Lo mío no es normal, pero lo tuyo tampoco

David Rodríguez

Fragmento

Introducción

Introducción

Hola, me llamo David, tengo treinta años, según la sociedad soy discapacitado y podríamos decir que soy el fundador de la primera fundación del mundo, ojo, cuidao, la primera ¿eh?, que lucha contra la verdadera discapacidad del ser humano: EL MIEDO.

En otras palabras, mi propósito en la vida es cambiar el concepto negativo que se tiene de la discapacidad, demostrando que lo que realmente nos limita no es ni la forma de andar (si no has visto la mía, te diré que tengo un flow brutal), ni que falte un brazo, ni que falte un cromosoma: es el miedo, y eso, amigo, lo tenemos todos, tanto tú que me estas leyendo, como tu madre, tu primo y, sí, también ese conocido que preferirías que fuese menos conocido y al que intentas esquivar cada vez que te cruzas con él. Sí, ese también tiene una discapacidad.

Eso sí, quiero que quede clara una cosa para que no haya posibles malentendidos y tú y yo podamos ser amigos y quieras continuar la lectura de este libro. Este nuevo enfoque no busca huir, omitir o embellecer la discapacidad tal cual es, sino señalar el lugar donde realmente tenemos que buscar las respuestas, o, dicho de una manera más llana, lo que hace es poner el dedo en la llaga donde realmente duele: en el plano emocional.

Porque, efectivamente, la discapacidad tal como hoy la entendemos, existe, mis andares con flow existen, son reales, pero ese no es el problema. Aunque es bien cierto que fueron responsables de que me hiciera algún que otro chichón en la cabeza, tropezar y caer no fue el verdadero desafío. Con el tiempo, descubrí que la verdadera batalla no estaba ahí fuera, sino dentro de mí, en todos esos miedos a los que la discapacidad me enfrentaba y que no siempre supe manejar. El miedo a que se rieran de mí en el colegio, el miedo a no gustar nunca a nadie, el miedo a quedarme solo... ¡Miedos, miedos y más miedos! Y, amigo, tal como te decía antes, esto nos pasa a todos. Es cierto que a mí lo que me conectó con estos miedos fue la discapacidad, pero en tu caso puede ser la pérdida de un ser querido, un desamor, el trabajo o incluso la misma discapacidad, ya que todos nos hacemos mayores y no estamos exentos de esa posibilidad.

Llegados a este punto, espero que ya hayas captado la esencia de lo que viene. Pero si todavía tienes dudas, permíteme aclararte algo: este libro no seguirá el arquetipo de «chico con discapacidad supera sus límites y le demuestra al mundo que puede con». Para ese tipo de historias ya tienes ejemplos como los de El Langui, Álex Roca o Desirée Vila. Y, ojo, me parecen inspiradores y conozco en persona a algunos de ellos. Sin embargo, siento que muchas de estas historias actuales son como borradores de un best seller en potencia: repletos de ideas brillantes, pero con un gran espacio para profundizar y pulir.

Con todo, no quiero que pienses que voy a obviar el tema de la superación personal. De hecho, compartiré mi historia contigo, pero no espero que al concluir te levantes emocionado y grites: «¡Menudo máquina! ¡Lucha por tus sueños, campeón!». A lo largo de estos capítulos verás que esa etapa de sentirme un superhéroe ya la he superado, y no busco aplausos. Mi deseo es más bien que al sumergirte en mis experiencias comprendas y experimentes por ti mismo, que, tal como te contaba al principio, en realidad el miedo es la mayor de las discapacidades, y que tú, por supuesto, también la sufres.

He de reconocer que al principio no pensaba que tú y yo viviéramos cosas parecidas; es más, me sentía aislado, como si existiera un abismo entre yo y el mundo. (A los quisquillosos de la ortografía os diré que sí, he escrito «yo» delante aposta, ya que en esos momentos no existía nada más que mi dolor y yo mismo). Naturalmente, por aquel entonces culpaba a la sociedad de no aceptarme tal y como era, y, como puedes imaginarte, arrastraba un resentimiento y un cabreo de la hostia; estaba muy, pero que muy enfadado. Por suerte, con el tiempo me fui dando cuenta de que era yo quien no se aceptaba a sí mismo. Es más, no era tan distinto como pensaba, pues existen más semejanzas entre tú y yo de lo que cabría suponer. Este entendimiento surgió cuando uní dos conceptos bastante distintos a priori: discapacidad y diferencia. Porque, ¿quién no se ha sentido rechazado alguna vez por vestir diferente, pensar diferente, actuar diferente o ser diferente sin más? Todos, ¿verdad? Pues la clave está en entender que tanto la discapacidad como cualquier otra cosa que nos haga sentir diferentes son reflejo de nuestros miedos internos. Por tanto, no se trata de evitarlos o de esconderlos, sino de aceptarlos y abrazarlos, ya que cuando esto ocurre, algo que inicialmente nos parecía una putada se acaba transformando en nuestra mayor virtud.

Y es justo ahí donde radica mi verdadera superación personal, en cómo deje de ser un idiota egoísta que no hacía nada por nadie y pensaba que el mundo giraba alrededor de su ombligo, a un idiota a secas (eso, como veis, no ha cambiado ni creo que cambie nunca), pero un idiota que desde entonces intenta que todo su esfuerzo valga para el mayor número de personas posible, y genere un gran cambio social.

En definitiva, un mundo donde las diferencias se celebren, los miedos se dejen a un lado y abracemos lo que verdaderamente somos: amor. Puede que esto haya sonado muy romántico y parezca salido de una agenda de mensajes cuquis, pero del mismo modo que decimos y aceptamos que el dinero mueve el mundo, estoy convencido de que el amor tiene el poder de transformar y mejorar cada rincón de nuestro planeta. Y sí, todos tenemos miedo, por supuesto, pero también tenemos amor, incluso más del que pensamos. Lo que pasa es que, a menudo, nuestros miedos nos empujan a ocultar ese amor para evitar que nos hagan daño si lo mostramos. Con este fin, y con esta idea en mente —dejar salir lo que verdaderamente somos— nació Fundación Pegasus.

David Pegasus

A lo largo de mis siete años como conferenciante hablando de miedos e inseguridades, he identificado una preocupación que surge una y otra vez: la profunda incertidumbre que sienten muchos al concluir esa «fábrica de churros» llamada sistema educativo.

En esta etapa, ocurre algo totalmente nuevo para ti, ya que por primera vez en tu vida te has de enfrentar al mundo por ti mismo. Que está muy bien, oye, pero no debemos olvidar que durante años hemos sido entrenados para todo lo contrario. Por un lado, está la sociedad, que nos moldea a su antojo con la intención de que sigamos la pautas que ella misma dicta para hacer de nosotros personas «normales» (atentos a este concepto, porque a partir de ahora saldrá mucho); por otro lado, tenemos a nuestras familias y amigos, que nos aconsejan sobre qué decisión tomar o qué camino es el más adecuado; aunque los mueva la mejor de las intenciones, estos consejos suelen estar condicionados por sus propios miedos. Y aún no te lo he dicho, pero ¿sabes cuáles son los miedos más peligrosos del mundo mundial? Dentro redoble... los de los demás, porque, a diferencia de los tuyos, no están bajo tu control.

Pues eso, que ahí estás tú: solo, acojonado y teniendo que tomar decisiones por ti mismo. Pero, claro, únicamente estas solo en el momento de decidir, porque para juzgar tus elecciones, no te preocupes que compañía no te va a faltar. A fin de no herir sensibilidades y que nadie se dé por aludido, vamos a asignar este papel a un personaje característico, superior y divino donde los haya, al que llamaremos «el sabedor de tó y de ná». Ahora bien, así entre tú y yo, ¿cuántas veces has juzgado a alguien, ¿eh, pillín? Yo mazo de veces, de hecho, creo que en las pocas páginas que llevo ya he juzgado a un par.

Dejando los juicios de lado, en esos momentos de indecisión, tu mente parece un disco rayado, repitiendo sin cesar estas tres preguntas: «¿Quién soy?», «¿hacia dónde voy» y «¿qué quiero?». Constantemente, una y otra vez. Obviamente, vivir de esta manera genera mucho sufrimiento e insatisfacción. Y, en un intento de escapar, recurres a diversas distracciones: atracar el frigorífico, poner música a todo volumen, hacer deporte o visitar PornHub un rato. Tengo que reconocer que esta última estrategia es marca de la casa, literalmente mataba mi sufrimiento a pajas, pero eso te lo cuento luego. En definitiva, en esta etapa te mueves por mera inercia, dejándote llevar por las circunstancias del día a día, por tus impulsos emocionales y por los pensamientos de otros. Básicamente te conviertes en un piojo humano que va de pelo en pelo buscando únicamente la aceptación social y la felicidad.

Sin duda, yo también fui uno de esos «piojos». Y a todos aquellos que creen que ya han superado esa etapa de incertidumbre y desconcierto y confían en no volverla a vivir, les tengo reservado un gran spoiler: ¡Regresa! Y con más fuerza que nunca; es más, cuando vuelve, te quedas totalmente petrificado y sin saber qué hacer, porque en ese momento tu cabeza no es capaz de identificar la causa concreta de esa sensación. Y no sé si lo sabes, pero no hay cosa que más odie tu cerebro que dejar un problema sin resolver. Es más, me podría aventurar a decir que esa es la fuente de mayor frustración del ser humano: sufrir sin encontrar una explicación.

No sé vosotros, pero cuando volví a sentir esa insatisfacción, me di cuenta de que evidentemente la causa no radicaba en finalizar la etapa escolar. En realidad, había un motivo mucho más profundo que nos ha estado limitando desde hace tiempo. Fue entonces cuando empecé a identificar y a ponerle nombre a uno de los grandes miedos del ser humano: el miedo al rechazo. Pero, como ya he adelantado, te hablaré de esto más adelante.

También es cierto que tengo que confesaros algo: yo fui un afortunado, ya que ese sentimiento posformación me duró bastante poco, y es que, por suerte o por desgracia, con tan solo veintiún años Pegasus apareció en mi vida, definiendo lo que hasta el día de hoy ha sido mi camino, mi propósito, que no es otro que hacer un mundo mejor.

¡Sí, soy un romántico, lo sé!

Eso sí, no creáis que Pegasus apareció de forma progresiva, ni que fue benevolente con mi inmadurez de aquel momento y las limitadas herramientas emocionales que poseía. No, no. Entró en mi vida como un auténtico elefante en una cacharrería, le dio tal hostia que me la desmontó de un plumazo, y todo esto en una milésima de segundo. Cuando quise darme cuenta, el proyecto ya contaba con más de cien familias, habíamos salido en la tele y nos reuníamos con marcas como Coca Cola, Spartan Race o Schweppes. ¡Una locura!

Todo esto fue tan repentino como cuando sientes que el estómago te da un giro de 180 grados y te entra una necesidad imperiosa de ir al baño, obligándote a salir corriendo para evitar un desastre en los pantalones. Te suena, ¿no? Pues Pegasus entró exactamente igual. Por cierto, ya que he utilizado este símil tan adecuado para la historia, quiero contarte que, en mi caso, el asunto adquiere cierto matiz más dramático. Mira que no me gusta inflar mis esfuerzos, pero en esta situación la realidad habla por sí sola: de por sí, mis «andares» no destacan por su velocidad. Pero si a eso le sumas la espasticidad repentina que me entra en todo el cuerpo con el fin de retener la inminente fuga, hace que mi marcha se asemeje a esa escena de Jumanji donde cientos de animales enloquecidos irrumpen en el salón. Imagina eso, pero en cámara lenta, haciendo que retumbe todo a mi alrededor. A esto solo queda añadirle mis aspavientos y mis desesperados gritos de «¡me cago, me cago!». Vamos, una estampa maravillosa y la mar de divertida para aquellos que la ven, pero te aseguro que para quien la vive es una experiencia más bien traumática y que no siempre acaba en buen puerto, no sé si me entiendes. Guiño, guiño.

Aprovecho esta dramática escena para deciros que este libro no solo intentará desafiar tus creencias y tus ideas preconcebidas, sino que también te proporcionará momentos para las risas en los que te contaré situaciones un tanto surrealistas, como aquel día que perdí el bus y tuve que cagar en una maceta, el día que me hablaron lento porque pensaban que mi cabeza iba como mis piernas, o el día en que una dulce señora me dio un euro pensando que estaba pidiendo en el metro. ¡Fantasía pura!

Retomando el tema, Pegasus llegó, muy pronto y sin manual de instrucciones. De hecho, de aquellas personas que presenciaron conmigo este parto, pocas fueron capaces de captar la verdadera magnitud del proyecto, o al menos de lo que aspiraba a ser. Y no los culpo, por aquel entonces mi cabeza era un auténtico revoltijo de ideas y conceptos tan ambiciosos que parecían sacados de una novela de fantasía o de ciencia ficción.

Recuerdo como si fuera ayer la cara del primer funcionario al que le presenté el «Proyecto Pegasus»: un poema. Me presenté con un documento en Word, escueto y bastante feo, en el que básicamente le decía que quería cambiar el mundo a través del deporte y que me diera una piscina. ¿Queréis saber el resultado? No me dio la piscina, evidentemente. Pero me dio algo mucho más valioso para mi yo de aquel entonces: un «NO puedes». Esto, para alguien a quien llevaban entrenando toda la vida para superar los «tú no puedes» y los «esto es así porque sí», fue el chispazo que necesitaba para llevar el proyecto a la realidad.

Siempre que reflexiono sobre este suceso y otros que ocurrieron en aquella época, me pregunto qué habría pasado si se me hubieran puesto las cosas fáciles. Sinceramente, creo que no estaría escribiendo estas líneas, y desde luego, Pegasus no existiría, o al menos no tendría la ambición que tiene ahora. Pero bueno, eso es otro cantar.

Independiente de lo joven e inexperto que era, y de la ambición y profundidad emocional que el proyecto tenía de forma intrínseca, todo lo que se planteó en esos momentos no era tan descabellado. Simplemente, había que verlo con un prisma diferente al que predominaba en aquella época pre-COVID, en torno a 2017. Y remarco lo del COVID porque, aunque pueda sonar mal, la aparición del virus permitió que Pegasus floreciera, ya que introdujo un concepto en nuestro paradigma social que estaba bastante anulado: el concepto del cambio.

Por aquel entonces, cualquier cambio era visto como un sobreesfuerzo, un escollo en el camino y un potencial riesgo que nadie quería asumir. En definitiva, el cambio daba... MIEDO. Y ese miedo era el responsable de la mayoría de los «noes» que siguieron. De hecho, la frase con la que más tenía que lidiar en aquel momento era: «David, muy bonito, pero las cosas son así y no se pueden cambiar». Como ya os he contado antes, esa frase para mí era como un «NO HAY HUEVOS» para un heteromachito: me incitaba a demostrarles que estaban equivocados.

En este punto quiero deciros algo que quizá os sorprenda o contraste con la percepción actual que se tiene de la entidad: ¡Pegasus NO es una fundación de discapacitados! Repito: ¡Pegasus NO es una fundación de discapacitados!

Si bien es cierto que propone una revolución directa en el sector de la discapacidad, a través de medidas como la eliminación del uso de voluntarios o donativos y la ruptura total con el enfoque clínico que trata la discapacidad como una enfermedad que debe ser curada, su alcance va mucho más allá.

Pegasus aspira a generar un movimiento de acceso universal inédito en el mundo, que unifique todas las luchas por la igualdad e inclusión de sectores discriminados, como son las mujeres o el colectivo LGBT entre otros. Eso sí, pretende hacerlo de una manera diferente, evitando caer en prácticas paternalistas o en la discriminación positiva como herramientas para empoderar a estos sectores, ya que estas acciones pueden incrementar la separación social. Un ejemplo de ello puede observarse en la actual distorsión del feminismo, que, en lugar de unir, ha polarizado mucho más la sociedad.

Pegasus, en cambio, sostiene que lo que hay que empoderar es lo que nos une. ¿Y qué nos une? ¿Que yo tengo una discapacidad y tú no? ¿Que yo soy hombre y tú mujer? NO. Lo que nos une es que todos somos humanos y que todos somos diferentes. Además, introduce un diferenciador clave, ya que señala el miedo como el verdadero culpable de la discriminación, no a la sociedad en sí. Esto conlleva una responsabilidad personal, y nos muestra que el trabajo no consiste en cambiar la sociedad para que nos acepte, sino en aceptarnos a nosotros mismos con nuestras diferencias, lo cual, finalmente, también nos permitirá aceptar las diferencias de los demás.

Dejando esto a un lado y volviendo a esos inicios de aquel ya lejano 2017, hay que decir que la creación de Pegasus trajo consigo el alumbramiento de algo incluso más grande que la misma entidad, ya que dio lugar a la aparición de diferentes facetas psicológicas que configuraron y determinaron mi personalidad. Estas facetas no son otras que «el David conferenciante», que cautivaba a la audiencia con sus inspiradoras historias; «el David influencer», que acumulaba miles de «me gusta» en sus publicaciones; o «el David emprendedor social», que representaba un ejemplo de superación, pasión y altruismo. Juntos, conforman lo que yo denomino el «DAVID PEGASUS», la viva encarnación de lo que significa ser consumido y transformado por una misión tan poderosa y ambiciosa como la de la Fundación Pegasus.

Y esta sin lugar a duda sí que es mi mayor creación, y la más autodestructiva de todas con diferencia. Porque a partir de ese momento, todas mis energías girarán en torno a un único fin: ser querido y aceptado por todos. Y es que, aunque os choque, el origen de la creación de Pegasus no fue ni mucho menos el amor incondicional —que, aunque escondido, algo había, por supuesto—. En realidad, buscaba construir un mundo donde David fuese aceptado y querido; o, en otras palabras, quería buscar la validación de los demás para conseguir de esta forma la validación de mi familia, de mis padres.

Esta creación no fue fruto del azar, ni mucho menos; emergió como la materialización física de una fantasía profundamente arraigada en mí. Esta se originó en los rincones más inocentes de mi más tierna infancia. Y es que, cuando era niño y me aburría durante aquellos interminables y recurrentes viajes al fisio o al médico de turno, me evadía de esa realidad sumergiéndome en un mundo imaginario donde yo era el encargado de repeler las fuerzas del mal convirtiéndome en su único e indiscutible héroe. En algunas de mis aventuras imaginarias asumía el papel de Anakin Skywalker, empuñando su sable láser para rescatar a la princesa Leia de las garras del Imperio. Otras veces, me veía como el hijo de Lobezno, defendiendo con pasión el lugar de los mutantes (los diferentes) en el mundo. Y en ocasiones me transformaba en una versión madrileña de nuestro entrañable amigo Spiderman, balanceándome entre los edificios de la ciudad. Independientemente del traje que me tocara llevar, había una constante común en cada una de estas fantasías: una familia imaginaria que me amaba de manera incondicional y elogiaba cada una de mis hazañas... ¿os suena? Mucha coincidencia para ser casualidad, ¿no?

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