Prólogo
Ocho años atrás
Sería una noche de mierda, todo apuntaba a ello. Lo había sabido desde el momento en que mis hermanos me impulsaron a salir de fiesta, y yo fui incapaz de negarme en rotundo. Y eso me ahogaba. Me ahogaba cada día más sin saber cómo detenerlo.
Desde mis dieciséis años me ahogaba en ese estado de incertidumbre sobre mi atracción sexual. Me ahogaba el hecho de ver a Jared, antes de conocer a su novia Miriam, y a Liam, tan machotes ellos, conquistando a todo bicho viviente, y yo no era capaz de hacerlo. No porque no quisiera, que quería. Más bien por sentirme menos a cada paso que daba para contentarlos, creyéndome un asexual en toda regla porque ninguna de las mujeres hiciese estallar en mí ese deseo del que tantas veces había oído hablar. Me ahogaba solo con beber un simple sorbo del botellín de cerveza que tenía entre mis manos mientras observaba, desde la zona vip de la discoteca en la que la «amiguita» (o lo que fuera) de Liam nos había colado, cómo mis hermanos entraban a las muchachas a matar. Y yo solo quería desnudarme, ponerme el pijama, enterrarme en mi cama y dormitar.
La música se escuchaba por cada rincón de la sala haciendo un eco molesto en mi pecho. Reggaeton. No era mi estilo musical preferido, ni siquiera lo escuchaba de manera habitual. Pero había que ser un antisocial en toda regla para que no me sonasen ninguna de esas canciones que reproducían. Enfoqué de nuevo la mirada en la pista y distinguí entre las cabezas a mis hermanos, muy bien acompañados, dirigiéndose a paso acelerado hacia mí.
—¡Enrique! —Apenas me dio tiempo a moverme cuando Liam cogió mi brazo—. Te presento a Tamara.
La chica era guapa, eso era innegable. Me impactaron sus ojos claros, su media melena rubia y ese pequeño vestido que lucía con una perfección pura. Sin lugar a duda, era una belleza. Ante mi intenso escrutinio, ella enrojeció.
—¡Enrique Berriel, encantado! —grité para hacerme oír por encima de la gente mientras le plantaba dos besos y apoyaba una mano en su cintura para después apartarme de ella.
Y no sentí... nada. Me resultaba atractiva, aunque, una vez más, no hubo chispa. En ese momento desconecté de todo. No lo hice para joder a mis hermanos, que estaban ya hartos de hacer de celestinos, tampoco porque la viera a ella haciéndole ojitos a Liam, sino porque tenía unas ganas tremendas de escapar de allí y refugiarme en mis pensamientos.
—¿Ella tampoco? —me preguntó Jared acercándose a mí con cara de pocos amigos.
Tenía la réplica preparada en la punta de mi lengua; sin embargo, terminó quedándose en mi boca porque Tamara se interpuso entre nosotros.
—¿Te apetece que tomemos algo?
Ella tenía agallas y yo no me pude negar ante mi cerveza ya vacía y el escrutinio de ellos. Asentí con la cabeza, y con Tamara agarrándose a mi brazo dimos media vuelta y fuimos a por una copa. Nos enfrascamos en una conversación; más bien, ella hablaba y yo escuchaba. Estar en esa situación me tensaba, no me sentía cómodo. Lo odiaba. Aguanté lo que pude, lo prometo, di ese margen de tiempo para no parecer un imbécil y poco después me excusé para ir al baño, necesitaba un minuto de tregua.
Al volver, Tamara ya no estaba sola. Liam, con su amiguita, y Jared y Miriam se encontraban junto a ella.
—Toma. —Me tendió Jared las llaves de su coche al verme llegar. Cosa rara en él, jamás dejaba que condujese su preciado buga. Lo miré con el ceño fruncido—. Acompaña a casa a Tamara, que yo esta noche me quedo con Miriam y Liam.
Puse la vista en este último, que le estaba metiendo la lengua a su «amiga» hasta la campanilla.
Así que de eso se trataba, joder. Tamara me agarró del brazo sin contemplaciones y se despidió de todos con la mano.
Me senté al volante enfadado, me lo habían vuelto a hacer. Tamara se puso de copiloto y, antes de arrancar, noté que su mano se posaba cerca de mi entrepierna.
Su acto me enmudeció durante unos instantes y tuve que echarme hacia atrás para analizarla mejor.
—Tu hermano Liam me ha dicho que eres virgen. La madre que lo parió.
—Ya. ¿Y?
Pude ver que mi respuesta no le sentó bien y su sonrisa se convirtió en una expresión desdeñosa.
—Me pareció raro, por tu edad y porque eres guapo.
Entrecerré los párpados, fulminándola con la mirada. No me gustaba la gente que se metía donde no la llamaban.
—¿Me estás juzgando?
—¡No! Solo que, si quieres... yo puedo ayudarte —me propuso mientras hacía presión en mi muslo.
Empezaba a cabrearme. Ya no sabía qué más hacer para que mis hermanos dejasen de prepararme estas emboscadas. Así que al final desistí. Lo haría. Estaba decidido.
Me acerqué a Tamara enmarcando su rostro con mis manos y la besé. Le comí la boca con un hambre, por mi desgracia, fingida, y ella tenía una clara intención de devorarme entero. Llevó sus manos a mi entrepierna mientras intentaba desabrocharme los vaqueros. Tamara tenía los ojos cerrados; y yo, abiertos de par en par. Eso no funcionaba, algo en mí no iba bien. Deseché esos pensamientos de mi mente y continué con mi tarea. Las ganas de sexo que tenía Tamara se notaban en cada acto, en cada caricia, pero mi pequeño yo quería seguir llevándome la contraria, haciendo que ninguno de sus intentos me excitara.
—Relájate y déjame hacer, los nervios, a veces, son muy traidores —susurró ella apartándose un momento de mi boca para bajar a por mi cuello, mientras sus manos no paraban de masajearme la polla.
Suspiré, era todo tan surrealista... ¡Una preciosa desconocida se estaba ofreciendo a desvirgarme! Y en lugar de estar como una moto, sentía... náuseas.
¿Ahora qué hacía?, me cuestioné mientras contemplaba sus intentos de seducción. Resoplé y me llevé una mano a la frente, me froté los ojos por cuarta o quinta vez, había perdido la cuenta, mientras pensaba en cómo narices había llegado a aquella situación. Ni siquiera sabía cómo ni dónde colocar mis brazos...
«Piensa en algo que te ponga a tono o se dará cuenta», me recriminé. Pero no, no podía. Y cada día me frustraba más no saber por qué.
Tamara siguió con su descenso, como pudo, ya que el volante y el poco espacio dentro del coche tampoco ayudaba, y con la boca húmeda sacó mi flácido miembro del pantalón para ponérselo en la boca.
—Mmm... Esto lo soluciono en un periquete... —dijo con la voz ronca por el placer.
Genial, eso mejoraba por momentos.
—Tamara... creo que... ¿Podrías parar?
Y lo hizo, me observó entrecerrando su mirada y por fin entendió que no tenía nada que hacer conmigo, que por más que lo intentara mi deseo no prendería. Ofuscada, excitada y sabiendo que esta noche no mojaría, se colocó bien la ropa y cogió su bolso para irse, no sin antes espetar con la voz tan alzada que la podrían escuchar incluso en Lanzarote:
—¡Que te folle otra, Enrique Berriel! Serás capullo...
Ella se marchó con una mezcla de furia y decepción, dando un portazo. Y yo me quedé solo, sumido en la oscuridad del coche, donde reflexioné sobre mi situación, un ejercicio que se convirtió en una tortura. La incomprensión de quienes me rodeaban, la presión constante de mis hermanos..., todo ello me ahogaba, me consumía poco a poco.
Necesitaba alejarme de Fuerteventura, alejarme de la confusión que me asfixiaba sin tregua. Mis hermanos, a quienes tanto quería, eran también parte de ese dolor insoportable, pues eran recordatorios constantes de que no encajaba en el molde que esperaban de mí.
Lo había decidido, estudiaría en Barcelona, donde había más variedad de estudios que en la isla, y así me alejaría de todo lo conocido en busca de algo que ni siquiera sabía si existía, pero donde podría ser yo mismo, sin pretensiones ni ataduras.
Capítulo 1
Enrique
Presente
Había sido capaz de dormir cinco horas, ni una más, ni una menos, del tirón. Para mi cuerpo ya era suficiente. ¿Me gustaba dormir? Sí. ¿Remolonear entre las sábanas? Aún más. Me encantaba despertarme con tiempo, sin prisas, y poder quedarme un ratito más, simplemente por el gusto de no hacer nada.
Palpé la mesilla de noche de mi derecha buscando el teléfono móvil, lo desbloqueé y empecé a leer las noticias del día. Las que el mismo teléfono me proporcionaba según mis intereses y búsquedas. Todas ellas sobre la inteligencia artificial, sí, esa en la que me encontraba metido de lleno y por la que gran porcentaje de la población sentía repulsión, aduciendo que terminaría por sacarnos el trabajo. Y no podrían estar más equivocados. ¡Y eso que yo era diseñador de páginas web!
Mucha gente temía los cambios, y yo el primero. No olvidemos por qué me encontraba en Barcelona... Por ser un puto cobarde que no sabía entender sus propias emociones... A lo que íbamos. Los humanos estábamos programados para buscar la estabilidad, para aferrarnos a lo familiar, con un miedo irracional a perder lo conocido, lo cómodo, lo seguro. Sin embargo, voy a poner un ejemplo práctico: la calculadora. Los científicos se manifestaron en las calles en contra de este invento por temor a perder sus empleos, demostrando que el miedo al cambio formaba parte de nuestra naturaleza, pero también formaba parte de nuestra capacidad superarlo y evolucionar. Porque, al fin y al cabo, la calculadora liberó a los científicos de la tarea de realizar y perder tiempo en los cálculos más complejos.
Y así es como veo yo la IA, una herramienta que, si se sabe utilizar bien, puede sacarnos de bastantes apuros. Porque sí; en lugar de resistirme, como mis compañeros, elegí aprender, adaptarme y abrazar las posibilidades de crecer y reinventarme. A causa de mis constantes inquietudes en todos estos años y las enseñanzas obtenidas, decidí quedarme en la gran ciudad para seguir estudiando y creciendo.
Fui deslizando mi dedo índice por la pantalla hasta que una noticia que destacaba por encima de las demás llamó mi atención: «Salvemos el océano, apertura de la gran organización que pretende cambiar el mundo».
Abrí el enlace y empecé a leer. No era un evento más, era una llamada a la humanidad para que reaccionara y se pusiera en acción. Las palabras allí plasmadas resonaron en lo más profundo de mi ser. La memoria del accidente que se llevó la vida de Miriam, la pareja de mi hermano, resonó con fuerza en mi pecho. Y eso me impulsó a expandir mi búsqueda sobre ese acontecimiento, quería saber la hora, el lugar y el día para presentarme en él. Sabía que, de alguna manera, si iba contribuiría a la mejora de las condiciones marítimas y con eso, que era lo mínimo que podía hacer, terminaría sanando un poco más mi alma torturada. Porque ese incidente había marcado en mí mucho más de lo que podía admitir; y aunque sabía que lo había superado, ese pequeño paso ayudaría a mantener viva la presencia de Miriam.
Después de unos días indagando sobre la apertura, di por fin con lo que buscaba. Si no me daba prisa, llegaría tarde. Y allí me encontraba, bajándome con urgencia del taxi que había pedido, con un café en la mano, para ser puntual y que no me cerraran las puertas.
Sin embargo, mientras consultaba mi reloj por quinta vez, algo grande y muy duro chocó contra mí, derramando, sin piedad, todo e
