A un paso de ti

Hannah Bonam-Young

Fragmento

Nota de la autora

Nota de la autora

Querido lector:

Solo cinco días después de que naciera mi primer hijo, publiqué el siguiente comentario en Instagram:

Lo único que siempre pensé que no podría hacer con una sola mano era ser una buena madre. Por muy irracional que parezca, cada vez que oía el típico comentario de que a las madres les vendría bien tener «un par de manos extra», se me encogía el corazón. Cuando era pequeña, a veces los adultos no me dejaban coger a los bebés porque les daba miedo y se ve que acabé creyéndomelo. Esa inseguridad se me quedó grabada y no me he visto obligada a hacerle frente hasta esta semana. Y bueno, solo quería comentar que eso de tener diez dedos está sobrevalorado, porque de momento este niño y yo nos estamos apañando de maravilla.

Hacía menos de una semana que había sido madre y aun así me sentía como si hubiera experimentado todas las emociones existentes sobre la faz de la tierra. Me estaba recuperando física y mentalmente de un parto traumático y un embarazo difícil. Tenía los pezones irritados, me dolía todo el cuerpo y estaba convencida de que mis partes bajas nunca volverían a ser las mismas. Y sin embargo… estaba más contenta que unas castañuelas.

No solo por el bebé que nos habíamos traído a casa (que es una maravilla), sino porque estaba equivocada al tener miedo. Todos estaban equivocados. Era perfectamente capaz de ser una buena madre.

Yo, como Win, nací con una extremidad diferente. Tengo la mano derecha menos desarrollada, igualita a la suya, que se describe en este libro. Y aunque he hecho todo lo posible a lo largo de mi vida para que esto no sea un lastre, lo cierto es que ha sido todo un reto. Siempre intentaba hacer antes en privado cosas que luego iba a tener que realizar en público. Cosas tan simples como abrocharme un pantalón nuevo o tomar apuntes en clase con el portátil. Me pasaba horas y horas pensando en los obstáculos cotidianos, ideando pequeñas adaptaciones y planificando mi vida hasta el más mínimo detalle para evitar la vergüenza y el fracaso. Entonces me enteré de que estaba embarazada y de repente me dio por pensar que no estaba lista para ello ni de lejos. Sabía que nada podía prepararme para lo que se me venía encima y estaba muerta de miedo…

Quería escribir un libro para aquellos que han permitido que el miedo al fracaso los frene. No solo para los que hemos decidido tener hijos o para los que tenemos alguna discapacidad, sino para todos los que se han visto obligados a hacer algo nuevo que les ha sacado de su zona de confort hasta tal punto que ya ni se acuerdan del miedo que tenían antes. Quería escribir algo sobre dos personas que se quisieran tanto que fueran capaces de cambiar los pensamientos negativos a los que se aferraban y aceptar plenamente sus diferencias. Donde se mostrara un amor validador, amable, considerado, alegre, paciente y dulce.

En este libro, Win emprende un viaje hacia la maternidad a través del embarazo. Como se trata de un embarazo totalmente inesperado, he incluido conversaciones entre Win, el equipo médico y su red de apoyo sobre la opción del aborto. Es importante señalar que este libro se desarrolla en Canadá, donde el derecho al aborto no se encuentra actualmente amenazado, como sucede en otros lugares, y por ello las opciones con las que Win cuenta son menos limitadas. Aunque al final opta por tener el bebé, me parecía necesario incluir dichas conversaciones porque el derecho fundamental a tener acceso a un aborto seguro y legal es algo que se cuestiona de forma constante. La decisión de Win no es mejor que cualquier otra y tampoco se ve presionada para tomarla. La decisión de Win es solo eso: su decisión.

Para finalizar esta nota, solo quiero decir que sé que el embarazo en las novelas románticas es un tema controvertido. No es para todo el mundo, lo cual me parece perfecto. Pero este libro trata de algo más que de un rollo de una noche que acaba convirtiéndose en un bebé. Trata de aprender a permitir que los demás conozcan tu lado más oscuro y vulnerable. De aprender a que te quieran bien, tal y como eres, y de aceptar ayuda. De cuestionar expectativas y superar obstáculos. De una discapacidad feliz.

Algo que, en mi opinión, necesitamos ver más a menudo.

Espero que te gusten Bo y Win tanto como a mí.

Con cariño,

HANNAH BONAM-YOUNG

Advertencias de contenido

• Contenido sexual explícito.

• Embarazo y síntomas de embarazo.

• Breve debate sobre el aborto (postura a favor del derecho a elegir, aborto no materializado).

• Capacitismo hacia personas con una extremidad diferente.

• Expareja verbalmente violenta (personaje no recurrente).

• Fallecimiento de un progenitor (pasado, alusión).

• Depresión y suicidio (pasado, alusión).

• Cáncer (pasado, no recurrente).

• Amputación (pasado, alusión).

1

—¿Sabías que esta canción habla de una orgía, creo? —le pregunto a la bruja que está al lado de la ponchera mientras señalo el altavoz.

—¿Qué? —exclama ella, apartándose la larga peluca plateada de la oreja con unas garras negras como el betún.

—La canción «Monster Mash». —Vuelvo a señalar el altavoz.

—¿Qué le pasa? —me pregunta, chillando más todavía.

—¡Una orgía! —grito, justo cuando la música para de repente y mi amiga y anfitriona de la velada, Sarah, se sube a una silla del comedor para dirigirse a sus invitados.

—No estoy interesada, gracias. —La bruja me fulmina con la mirada y se da la vuelta lentamente para dirigirse, por extraño que parezca, hacia el arco decorado con armas ensangrentadas.

—Más quisieras —murmuro entre dientes, mientras lleno el vaso de brebaje verde fosforito no identificado, evitando con éxito los ojos de caramelo flotantes.

Sarah, mi mejor amiga de toda la vida, está dando su discursito anual de «gracias por venir a mi fiesta de Halloween; es lo único que me importa en el mundo», al tiempo que yo me pregunto si alguien estará llevando la cuenta en secreto de los perritos calientes en forma de momia que me he zampado hasta ahora. Llego a la conclusión de que no y cojo otro.

—¡A la orden, capitana Winnifred!

Mierda, me han pillado. Meto la momia en el vaso y lo tapo con la mano.

—¿Estás bien? —me pregunta Caleb, el marido de Sarah, mirando mi copa con desconfianza.

—Mejor que nunca —contesto con candor—. Un año más de éxito —digo echando un vistazo a la casa, que está decorada con precisión profesional.

Caleb me imita y cuando veo en su cara un sutil gesto de orgullo y admiración por el trabajo de su mujer, apuesto la cabeza a que las siguientes seis palabras que saldrán de su boca serán…

—Por Sarah lo que haga falta —decimos al unísono. Él sonríe con la cerveza en la mano un pelín avergonzado y con cara de culpabilidad, pero sobre todo con convicción. Sarah y Caleb se conocieron en tercero de secundaria. Y ha estado cargando con sus libros de texto desde entonces, literal y metafóricamente hablando.

Adoro a Caleb. Es como un hermano para mí. O como un cuñado, si Sarah y yo fuéramos hermanas de verdad, como teníamos la cara de asegurar (véase: fingir) en el colegio. Es curioso, según una prueba de ADN que nos hicimos hace unos años, somos primas quintas. Desde entonces, siempre que tiene la oportunidad, Sarah dice simplemente que somos primas.

—Oye, ha venido mi amigo Robbie. Se me ha ocurrido que podría presentártelo —dice Caleb después de beber un buen trago de cerveza.

Ni de coña.

Llevo evitando con éxito a los tíos con los que Caleb quiere emparejarme desde la cita que tuve con uno de sus compañeros de trabajo. Winston se echó a llorar mientras describía a su madre —que estaba vivita y coleando— y el «precioso vínculo» que compartían. También me regaló una orquídea, lo cual podría haber sido un bonito detalle, dado que me encantan las plantas. Lo malo era que venía en un tiesto de cerámica enorme lleno de piedras y corteza que pesaba una tonelada. Como no podía dejarla en el suelo porque algún camarero podría tropezar con ella y morir de forma prematura, tuve que ponerla en la mesa en medio de los dos, lo que impedía que nos viéramos. Después de una cena aburridísima, tuve que llevármela a casa sentada conmigo en el asiento de atrás del taxi, mientras le escribía a Winston un mensaje diciéndole amable pero claramente que era mejor no repetir.

De hecho, esa cita no hizo más que reafirmar mi deseo de seguir optando por las relaciones esporádicas y de limitarme a las aplicaciones de contactos, en las que puedo elegir yo misma a los hombres.

—A lo mejor más tarde —le respondo a Caleb—. Estoy esperando para hablar con la anfitriona. —Señalo con la barbilla a Sarah, que se ha disfrazado de la princesa Buttercup. Caleb va de Westley.

—Como quieras, pero este es distinto. Además, su madre murió —añade con demasiado entusiasmo.

—¡Anda, qué suerte! —exclamo siguiéndole el rollo—. Me encanta cuando no tienen madre. Facilita mucho el tema de las vacaciones.

Caleb se ríe mientras se gira para echar un poco de ponche de lima en un vaso.

—Toma. —Me lo ofrece antes de coger mi copa momificada y tirarla a la basura—. Y come todo lo que quieras, Win.

Lo acepto y me acerco un poco más a él.

—Creo que eso es lo más erótico que me has dicho nunca, Caleb.

Justo entonces, alguien me da una palmada en el culo.

—¿Ya está tonteando contigo otra vez? Por favor, os lo he dicho un millón de veces: si vais a tener una aventura, al menos sed discretos.

—¡Buttercup! Qué bien que te unas a nosotros —digo, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Bonito disfraz…, una vez más. —Sarah suspira, dejando la muñeca muerta para señalar con ella mi elaborado traje de pirata.

—Hasta que me salga otra mano, seguirá teniendo gracia. —Le pincho una teta con el garfio hasta que la hago reír y ella me la aparta de un manotazo.

—Tenemos que ir a hablar con la gente, pero ¿quieres quedarte a dormir esta noche? He preparado la habitación de invitados y…

—Claro que os ayudaré a limpiar. Lo hago todos los años, guapa —digo sin dejarle acabar la frase—. ¡Fuera! A entretener a las masas.

Sarah pronuncia de carrerilla la frase «gracias, eres la mejor» mientras tira de Caleb como si fuera un perrito sumamente obediente atado por una correa.

—Qué disfraces más chulos —farfulla una chica borrachísima que va vestida de cera de color rojo.

—Seguro que ganáis el concurso de parejas —comenta la cera azul que va con ella al pasar a mi lado.

«¿Disfraces en pareja? ¿Yo? ¿Winnie la soltera? Por favor».

Deben de haber confundido a Caleb con un pirata y a mí con su novia. Al fin y al cabo, Westley era el temible pirata Roberts, así que no es una suposición tan descabellada. Aunque mi estilo de pirata encaja más con el clásico putón. Llevo las tetas prácticamente de pendientes y tengo las medias de rejilla rotas después de años reutilizándolas, lo que les da ese rollo perfecto de zorra casual. Llevo un cinturón ancho de cuero falso ceñido a la cintura y un pañuelo rojo atado sobre la media melena negra. Esa es una nueva incorporación que añadí después de haber perdido el sombrero de pirata en la bacanal del año pasado. Descanse en paz.

Seguiré llevando este disfraz hasta que la broma esté demasiado vista. Lo decía en serio. Y también porque —seamos realistas— me queda que te cagas. Además, estoy demasiado pelada como para comprarme uno nuevo. Pero mejor no hablemos de eso.

He ahí otra demostración de la genialidad de Sarah. La tía va y se pilla al friki de la informática más guapo de todos lo antes posible, hace que se enamore por completo de ella y espera a que se haga asquerosamente rico. Ahora Sarah es la amiga divertida a jornada completa. Anfitriona de fiestas, organizadora de eventos, lectora voraz, ama de casa sin hijos y con empleada doméstica. Ahora está intentando decidir la temática de la fiesta de mi trigésimo cumpleaños, para el que todavía faltan dieciocho meses.

—Perdona —dice una voz grave y sarcástica detrás de mí que hace que me gire.

Vaya, ahí está. El otro pirata con el que me han emparejado sin saberlo. Aunque a este no se me ocurriría hacerlo caminar por el tablón.

¿Qué es lo primero que me viene a la cabeza? Que es muy alto. Altísimo. Como si hubieran estirado su cuerpo con un rodillo antes de meterlo en el horno mágico de los niños bien en el que lo cocinaron. Lleva el pelo revuelto y con la raya al medio; el típico peinado de chico de boy band de los noventa que de repente vuelve a estar de moda. Y, aunque es rubio oscuro, creo que podría perdonárselo. Tiene una sonrisa mordaz que dice «corre mientras puedas», una nariz no torcida, pero sí irregular, y unos ojos dulces. La combinación de todo ello resulta absolutamente irresistible.

—Lo siento mucho, pero uno de los dos tiene que ir a cambiarse —bromea.

—Madre mía —digo, alisándome la falda y poniendo los brazos en jarras—. Qué vergüenza… No me lo puedo creer.

—Ya te digo, así ninguno de los dos ganará el concurso individual de disfraces y… yo no llevo nada debajo —susurra el desconocido, agachándose para acercarse más a mí, aunque sigue siendo más alto que yo.

Me aguanto la risa porque no quiero que esto termine ya. Rara vez aparece alguien nuevo con el que charlar. Y mucho menos tan guapo.

—Vaya, qué mala suerte. Deberías haberlo pensado antes. Yo llevo varios disfraces debajo.

La comisura de sus labios se crispa, pero el pirata se resiste a mostrar cualquier otro tipo de reacción. Reto aceptado.

—¿Por ejemplo? —me pregunta, cruzando los brazos sobre el pecho.

—De vikinga —respondo.

—Ahora que lo dices, sí veo asomar un trocito de cuerno —dice, señalando el lateral de mi cabeza con un dedo doblado.

—En realidad, ese es un detalle típico de los súcubos de Satanás, pero es normal que te líes.

—Qué inquietante. ¿Qué más?

—De criada sexy, por supuesto —respondo, batiendo las pestañas.

—Vaya, ese tengo que verlo —responde demasiado rápido.

Creo que en ese momento es cuando gano el concurso de quién aguanta más sin reírse que fingimos no estar disputando. El efecto sorpresa siempre triunfa.

—Pero me temo que debo insistir en quedarme con el disfraz de pirata. Verás… —Suelto el mango interior del garfio y me lo quito con la mano izquierda, dejando al descubierto la derecha, más pequeña y menos desarrollada, que está debajo—. Necesito un garfio. —Lo saludo cómicamente con la mano, agitando como puedo esos dedos pequeñitos y enroscados que no llegan ni hasta el primer nudillo.

Él no se ríe como pretendía, pero sí sonríe con malicia. Su mirada burlona está empezando a atraerme a una velocidad preocupante. Me sentiría frustrada si su expresión no fuera tan enigmática. Hay algo en su cara de guasa que indica que puede que vaya un paso por delante de mí.

—¡Anda! Pues entonces… a lo mejor podemos llegar a un acuerdo —dice, extendiendo un pie hacia mí.

«Tiene que ser una broma».

2

Tiene una pierna ortopédica. La ha recubierto con un vinilo de esos que imitan la madera y que se usan para forrar los estantes de la cocina, lo que hace que parezca la pata de palo de un pirata que asoma por debajo de los pantalones negros que lleva atados a la rodilla con un cordón fino de cuero.

—¡No jodas! —exclamo. Lo que por fin le hace reír. A carcajadas, de hecho. Un sonido atronador, sincero y profundo sale del fondo de su garganta, tensándole la mandíbula y haciéndole vibrar el cuello. Es una risa totalmente desinhibida. Y me atrevería a decir que muy sexy—. Estaba convencida de que iba a ganar este asalto —digo con voz temblorosa.

Él sigue riéndose; más que yo. Es algo a lo que no estoy acostumbrada y la verdad es que resulta reconfortante. Suelen decirme que tengo una risa muy escandalosa. Algunos hasta han llegado a compararme con una cría de foca llamando a su madre. Y cuando digo «algunos» me refiero a que más de una persona, en concreto en dos ocasiones distintas, me han dicho exactamente lo mismo.

—Este es un disfraz de pareja. Las ceras de colores tenían razón —digo sin aliento partiéndome de risa.

Él se pone una mano en el pecho como para tranquilizarse, mientras por fin se le empieza a pasar la risa. Entonces me regala una sonrisa infantil y pícara, al tiempo que me da un repaso de pies a cabeza con una mirada honesta.

Me pregunto si le estará gustando lo que ve. O más bien espero que le esté gustando. Porque sin duda a mí sí me gusta lo suyo. Cuanto más me mira de arriba abajo, más convencida estoy de que le complace mi aspecto.

La media melena negra, ni muy lisa ni muy rizada. Las cejas finas, depiladas sin piedad en la adolescencia. La nariz afilada, con un sencillo piercing dorado en la fosa nasal izquierda, situada entre unos ojos azules como dos glaciares. Y mi cuerpo, embutido en este disfraz que realza mis tetas y me afina la cintura, aunque no sea más que una ilusión óptica.

Yo diría que tengo un físico del montón. Me gusta dar paseos largos, nadar y bailar, pero también adoro pasarme los días de lluvia tirada en el sofá, los pasteles y los cafés con demasiado azúcar. Tengo los brazos y la espalda fuertes y definidos por años de entrenamiento a mariposa y a braza, pero mis caderas y mi barriga delatan los caprichos de una mujer bien alimentada y cómoda. No pretendo obligar a mi cuerpo a ser nada, ni privarlo de ningún placer. Simplemente es como es. Y me encanta así.

Pero ¿qué aspecto tendrá un día cualquiera este espécimen aparentemente perfecto que tengo ante mí? Yo diría que ha sido guapo desde niño, a juzgar por el discreto gesto de arrogancia de su barbilla y la ingenua dulzura de su sonrisa, que ojalá no fuera tan seductora. Debe de medir unos treinta centímetros más que yo y no puedo evitar preguntarme con qué fuerza tendría que tirar de su blusa plisada de pirata para acercar sus labios a los míos.

—Me llamo Bo —dice extendiendo la mano izquierda, pero mi cuerpo escucha un «¿quieres que te folle?», porque no hay nada que me resulte más incómodo que saludar a alguien con la mano derecha, ni más atractivo que un hombre que se haya anticipado a eso.

Le estrecho la mano con entusiasmo.

—Yo Win.

—¿Es un diminutivo de algo? —me pregunta, al tiempo que retira la mano y se la mete en el bolsillo del pantalón.

—De Winnifred, pero nadie me llama así. ¿Y tú? —Estiro el cuello de una forma un tanto exagerada, mirándolo como si fuera el gigante de un cuento de hadas—. ¿Por qué eres tan alto?

Ahora parece que no puede parar de reírse. Y yo no puedo parar de querer sacarle una sonrisa.

—¿Qué? —me pregunta con los ojos brillando de alegría.

—En serio, ¿cuánto mides? ¿Tres metros?

—Uno noventa, más o menos.

—¿Noventa y cuánto?

—Noventa y ocho.

—Eso es totalmente innecesario para la vida diaria. ¿Juegas al baloncesto?

—Jugaba. —Su sonrisa flaquea un poquitín, pero a mí no me pasa desapercibido. También me fijo en que, quizá inconscientemente, se agacha para frotarse la rodilla justo por encima de donde empieza la prótesis.

Pongo cara de circunstancias.

—Lo siento —le digo directa—. Yo nací con la mano así y soy tan boba que se me olvida que hay gente que…

—No te preocupes —dice interrumpiéndome, mientras sonríe levantando la barbilla.

—Ahí la he cagado. Pero hasta ahora la cosa iba bien, ¿no?

Él aparta la vista y sonríe con timidez, mirando hacia otro lado y balanceando el cuerpo un poco.

—Y puede seguir así. Si quieres, puedo igualar el marcador burlándome de tu mano —me propone de broma, obviamente.

—Sí, por favor. Eso sería muy útil —digo siguiéndole el rollo.

Él se gira hacia mí, mirándome fijamente con los ojos entornados y con una sonrisa cada vez más amplia que hace que la sangre se me agolpe en la superficie de la piel. Levanto una ceja en señal de desafío mientras él se plantea los siguientes movimientos, con la cabeza inclinada hacia un lado.

—Vale. —Bo extiende la palma de la mano y me llama con dos dedos para que me acerque—. Pues déjame verla.

Entrecierro los ojos con picardía mientras levanto mi minimano y la poso sobre la suya, que es casi el doble de grande. Trago saliva al sentir el impacto; el roce de nuestra piel hace que mis venas echen chispas.

—Joder… —susurra él. Me encanta cómo me agarra por la muñeca para darle la vuelta—. Es preciosa —declara, observándola con atención. Luego chasquea la lengua y la suelta, casi apartándola a un lado—. ¿Qué se supone que debería decir?

—¿A que sí? —digo, dándole la razón con los brazos levantados—. Es imposible reírse de ella. Es demasiado mona. Ya es oficial: te he aguado la fiesta.

—Lo mejor que se me ha ocurrido es un «me recuerda a Buscando a Nemo», en plan sarcástico, pero eso es más bien entrañable, ¿no?

—Nemo es un icono —respondo.

—Me encantaba ese pececito. —Bo se frota la nuca, mirando hacia el arco y el pasillo que están a nuestra izquierda—. ¿Te apetece sentarte?

Asiento y lo llevo al sofá amarillo de dos plazas que hay en el estudio de Sarah. Las paredes están llenas de libros y mapas de lagos del norte de Ontario. Es una habitación de inspiración campestre; porque la gente rica tiene fiestas y habitaciones temáticas.

—¿De qué conoces a Sarah y a Caleb? —le pregunto, sentándome sobre mis piernas frente a él. Desde esa distancia, veo que los ojos de Bo son de color avellana con manchitas verdes diminutas. Además, tiene más barba de la que creía, porque le nace más clara que el pelo. Y huele muy bien. Como a canela mezclada con algo almizclado, cálido y delicioso. Es el olor de alguien capaz de encender una hoguera y, a la vez, hacerte una tarta de cumpleaños. Sigo analizándolo sin reparo. No puedo evitarlo, así que tampoco me resisto. Y cuando por fin logro apartar la vista de su colección inusitadamente interesante de anillos de fantasía y de sus uñas pintadas de negro, me doy cuenta de que tiene los ojos clavados en el escote de mi blusa. Me está mirando el canalillo descaradamente.

Sonrío para mis adentros. El orgullo me hace echar hacia atrás los hombros y, por consiguiente, sacar pecho. Permito que me siga mirando con lujuria unos segundos más, antes de aclararme la garganta con delicadeza.

—Perdón —dice él sobresaltándose—. ¿Qué has dicho? —pregunta con cara de culpabilidad, al ver que lo he pillado in fraganti.

—¡Qué poca vergüenza! —exclamo riéndome—. Me estabas comiendo con los ojos.

Él se ríe nervioso.

—Ya, joder, lo siento. Nunca… Bueno, nunca había olvidado disimular cuando le doy un repaso a alguien —dice, muerto de vergüenza, con las comisuras de los labios todavía curvadas hacia arriba.

—Tranquilo, para algo me he puesto este disfraz. —Me encojo de hombros, jugueteando con el dobladillo de la falda.

—Lo siento muchísimo. No pretendía…

—¿Qué te parecen? —le pregunto interrumpiéndolo.

Él mira hacia el cielo como en busca de alguna deidad que lo ayude a tratar conmigo, lo cual me encanta.

Lo observo mientras esboza una sonrisa traviesa y se muerde la esquina del labio inferior.

—Pues increíbles, como el resto de tu cuerpo —dice con cautela. Ahora le toca a él aclararse la garganta mientras yo lo miro fijamente y me sonrojo—. Pero… ¿qué me habías preguntado?

Tartamudeo, incapaz de recordar lo que le estaba diciendo. Pero cuando echo un vistazo a la habitación, parpadeando para concentrarme en lo que me rodea, recuerdo en casa de quién estoy y, por consiguiente, lo que le había preguntado.

—¿De qué conoces a Sarah y a Caleb?

Bo se recuesta en el sofá, jugueteando distraído con el cuello desabrochado y arrugado de la camisa y abriéndoselo un poco más.

—Caleb y yo nos conocimos a través de un amigo común hace seis años, más o menos. Recuperamos el contacto a principios de este por un tema de trabajo. Es muy buen tío. ¿Y tú?

—Conozco a Sarah de toda la vida. Nuestras madres eran amigas íntimas en el instituto y las dos se quedaron embarazadas de penalti durante el último curso. Nos criaron juntas, como si fuéramos hermanas.

—Caray, así que conoces a Caleb desde…

—Tercero de secundaria, sí —digo, sin dejarle acabar la frase—. Hemos ido todos al mismo instituto. Soy la tercera en discordia desde entonces.

—La tercera en discordia —repite él—. Así que no tienes… —Su sonrisa se tuerce hacia un lado—. Iba a preguntarte si habías venido con alguien, pero lo diré de otra forma: ¿hay alguien que pueda darme un puñetazo por mirarte como acabo de hacerlo?

—No. —Doblo el dedo índice y me acaricio el labio con el nudillo, ocultando mi sonrisa, antes de volver a recuperar la confianza—. Nadie. Ni aquí ni en ninguna otra habitación. —Eso ha sonado mucho más sugerente de lo que pretendía, pero juega a mi favor y Bo sonríe un poco más mientras desvía la mirada hacia mis labios por un instante.

—Ni en ninguna otra habitación —repite, asintiendo con la barbilla levantada—. Tomo nota.

—¿Y tú qué? ¿Alguna novia de la que debería estar informada? —le pregunto antes de tragar saliva.

Parece ofenderle que insinúe siquiera semejante cosa y levanta las cejas con brusquedad.

—¡Claro que no!

—No serías el primer tío no disponible que actúa como si estuviera completamente libre —replico. Mi ex, por ejemplo, lo hacía a menudo.

—Cierto —reconoce—. No, no tengo novia. Ni aquí ni en ninguna otra habitación —bromea.

—Vale. —Me pongo cómoda, recostándome en el sofá y juntando los pechos, algo en lo que Bo se fija durante una décima de segundo—. Pues entonces… háblame de ti. ¿Quién eres?

—¿Por qué será que esa pregunta resulta siempre tan intimidante? —Bo se acaricia la mejilla con los nudillos, pasándose el pulgar por la mandíbula.

—Porque la experiencia humana no puede resumirse en un par de frases —contesto—. Pero aun así es de buena educación intentarlo.

Él asiente, mirándome de reojo de una forma supercuriosa e incitante que, aunque parece que a él no le plantea ningún esfuerzo, a mí me pone el corazón a mil.

—Está bien —dice—. Tengo veintinueve años y soy analista financiero. —Levanta una mano para impedir que lo interrumpa, cosa que iba a hacer—. Ya lo sé, una elección fascinante, pero la verdad es que a mí me encanta. —Se rasca la nariz con el dorso del pulgar, mientras mira a su alrededor por el rabillo del ojo—. Soy hijo único —añade—. Mi padre vive en Francia, así que no lo veo muy a menudo. Pero, aunque suene patético, es mi mejor amigo. Mi madre murió cuando era niño. —Se ríe sin ganas, como si no tuviera claro si está hablando más de la cuenta—. Eh… Trabajé de barista cuando estaba en la universidad y eso me convirtió en un friki del café. Cuando era adolescente, leí un libro sobre hábitos mentales saludables y ahora hago un sudoku todos los días porque tengo la paranoia de que si no se me va a pudrir el cerebro. Mis animales favoritos son los perros, pero nunca he tenido ninguno. Mi color favorito es el morado… —Vacila, como si no tuviera claro cuándo parar.

—Ha estado genial, gracias —digo.

—¿Sí? ¿He aprobado?

—Sí, muy revelador. Aunque tengo algunas preguntas al respecto.

—¿No deberías hablarme de ti antes? —señala Bo levantando una ceja.

—Ah, claro, vale —contesto cogiendo el vaso que he dejado en la mesa, delante de los dos.

Bo espera a que empiece a hablar mirándome fijamente, mientras se recuesta un poco más en el sofá.

—Tengo veintiocho años. —Le doy un trago a la copa—. Trabajo en una cafetería, así que también soy un poco tiquismiquis con el café. Además, en verano soy socorrista, algo que me encanta. Me pasaría la vida al aire libre si pudiera. Mi madre me llamaba cariñosamente «ardillita», por eso y porque tengo tendencia a acumular cosas. Actualmente, plantas. Ahora mismo, mi madre vive en Florida con una retahíla de novios bastante majos… Intento visitarla una vez al año, pero no estamos muy unidas. No conocí a mi padre. Y… —Intento pensar en una última cosa—. Mi color favorito es el verde.

—Bueno, encantado de conocerte, Fred.

—Por favor, no me llames así —le digo poniéndome muy seria, medio en broma.

—¿Qué? ¿Por qué no? —me pregunta, haciéndose el ofendido de una forma muy cómica.

—Porque no es un nombre muy sexy que digamos. No es que «Winnifred» sea muy bonito, pero ¿«Fred»? Suena al típico tío repulsivo al que nunca invitas en Acción de Gracias.

—Si tú lo dices…

—Imagínate gritando «Fred» en la cama. —Él sonríe todavía más y lo fulmino con la mirada, decidida a dejar claro mi punto de vista—. ¡Fred! —gimo—. ¡Sí, Fred! —grito, probablemente demasiado alto, con falsa lujuria—. Es horroroso. —Algunos de los otros invitados de la fiesta, confusos y puede que un poquitín molestos, se giran hacia nosotros. Les hago un saludo militar sin despegar la vista de Bo, antes de que vuelvan a sus conversaciones.

Aunque es un tópico tremendo, tiene una sonrisa radiante, mucho más deslumbrante que el sol. Me siento florecer con ella, como si fuera mi versión personal de la fotosíntesis.

—¿Por qué me miras así? —le pregunto, tímida de repente.

—Es que eres muy graciosa —replica él con naturalidad, sin cambiar de expresión.

«Ah». Hago un esfuerzo sobrehumano para apartar la vista y mirar a mi alrededor, fingiendo que el resto de invitados y sus disfraces de pronto me parecen mucho más interesantes. Soy muy consciente de que me estoy sonrojando por el cumplido y necesito con desesperación dejar de hacerlo. Cuando por fin vuelvo a mirarlo, Bo está concentrado en el capitoné del respaldo del sofá. Tiene la mano apoyada en el borde superior de mi lado y acaricia una y otra vez con el pulgar uno de los botones de tela con un pequeño movimiento circular. No debería afectarme y lo negaré si alguna vez me lo preguntan, pero hay algo inherentemente sexual en ese movimiento. Observo, demasiado fascinada, cómo rodea el botón con suavidad. Se me pone un nudo en la garganta y entreabro los labios al imaginarme su pulgar acariciándome de forma similar. Hace meses que las citas no van tan bien como para dejar que un hombre me toque así y la última vez que alguien lo hizo tampoco fue nada de otro mundo. Aun así, a juzgar por la respiración entrecortada que traquetea en mi pecho, creo que a Bo le dejaría intentarlo.

—Así que… no has venido con nadie —comenta Bo, haciéndome desviar la vista del botón a su cara.

—¿Es una pregunta? —digo recuperando la voz, que suena llamativamente ronca.

Él pone los ojos en blanco. Eso también me gusta.

—Supongo —responde alargando la palabra—. La cuestión es: ¿por qué?

—¿Ha llegado el momento de la noche en el que desvelamos nuestros defectos? —le pregunto.

—Estaba pensando más bien en cómo es posible que alguien como tú no tenga pareja. Pero sí —contesta.

—Ah, vale, gracias. —A pesar del sarcasmo, noto que me empieza a arder la cara de nuevo y me maldigo por ello. ¿Ruborizarse tres veces en una noche? Debe de ser un récord. Uno que espero no batir nunca—. En realidad la respuesta no es nada interesante. No busco nada serio. Según Sarah, soy extremadamente independiente.

Lo que no le cuento es que, cuando era pequeña, mi madre traía a casa a un desgraciado tras otro, aun sabiendo a la perfección que todas estaríamos mejor sin ellos. A sus ligues les bastaban unas cuantas semanas de relación para empezar a actuar como si tuvieran algún tipo de autoridad sobre su vida; o mejor dicho, sobre la nuestra. Normalmente empezaban por algo pequeño, como cambiar la marca de café favorita de mi madre por la suya. Luego, poco a poco, la cosa iba a más. Nuestros maratones nocturnos de telenovelas se convertían en un «Oye, cariño, el partido ha comenzado. ¿Por qué no acabas los deberes en tu habitación?». O en un «No, esta noche no vamos a comer tacos. A (insertar aquí el nombre del novio en cuestión) no le gustan». Luego acababan marchándose y volvíamos a empezar. Sarah, su madre y yo disfrutábamos del breve intervalo hasta que llegaba el siguiente rollete de mi madre y luego la consolábamos cuando la relación, invariablemente, se volvía a ir a la mierda. Como consecuencia, aprendí muy pronto que, para conservar el tipo de vida que quería, era mejor no invitar a ningún hombre a entrar en ella.

Pero, como la mayoría de bobas románticas empedernidas, a los veintipocos olvidé la regla de oro que me había autoimpuesto y me fui a vivir con mi novio Jack, que quería hacerlo todo a su manera, con independencia de cómo tuviera que actuar para conseguirlo. Lo cual, por supuesto, también acabó fatal. Y llevo recuperándome desde entonces. Mi autoestima y mis planes de futuro siguen siendo, básicamente, un desastre.

—¿Y tú? —le pregunto—. ¿Estás buscando a tu futura esposa?

—No. —Bo se ríe y levanta la vista un instante hacia el techo—. Para nada.

—Bueno, eso es… compatible. —Me muerdo el labio inferior, esperando que capte la indirecta, por cierto nada sutil.

En efecto, él la pilla y se me queda mirando durante un buen rato. Tanto que empiezo a sentir los latidos del corazón en el cuello. Sin duda era la respuesta que quería, pero no sé por qué, al venir de Bo, hace que me sienta un poco abrumada. Puede que sea por la forma en la que escudriña mi cara, como si estuviera tratando de ubicarme. Como si nos conociéramos de algo. O tal vez como si no pudiera creer que no sea así.

Signifique lo que signifique esa mirada, necesito que pare de una vez. Está haciendo que me suba demasiada sangre a la cabeza, y eso me sofoca y me marea.

—Me gusta tu pierna de pirata —comento, en un intento malísimo de desviar la atención de mí misma—. Me refiero al disfraz. No solo a la pierna, obviamente. A todo el conjunto —digo titubeando.

—Uf, menos mal. Por un momento he temido que solo me quisieras por la pierna —bromea.

Decido ignorar su uso frívolo del verbo «querer» y cambio de tema bruscamente para dejar atrás mi metedura de pata.

—¿Te ha pasado alguna vez? —le pregunto, cogiendo la copa con la esperanza de que me calme un poco—. Yo la semana pasada recibí un mensaje flipante por Instagram, de un tal Reese24. Decía que su polla parecería enorme en mi manita de bebé.

—Por favor. —Bo tuerce el gesto riéndose horrorizado.

—Ya.

—Hace falta estar pirado.

—Y tanto.

—Aunque… —Bo levanta las palmas de las manos, simulando una balanza inclinada.

—No —digo riéndome sorprendida—. No. Ni se te ocurra.

—A ver… —Se encoge de hombros con una mirada burlona—. Tiene razón. Seguramente lo parecería.

—Por favor.

—Sería un buen chute de ego. Puede que Reese24 no vaya tan desencaminado.

—Qué horror —farfullo entre risas—. Sois los dos asquerosos. —Frunzo los labios y los acerco hacia la nariz, como si la habitación apestara, mientras Bo se recuesta cómodamente y vuelve a apoyar el brazo por detrás de mí.

Seguimos charlando tanto tiempo que en la lista de reproducción de Sarah vuelve a sonar «Monster Mash». Bo se ríe de mi teoría sobre la canción, a diferencia de la bruja, y al final decide que va a investigar por su cuenta cuando llegue a casa para analizar a fondo la letra. La fiesta empieza a decaer al mismo ritmo que nuestra conversación. Un silencio agradable se va instalando entre nosotros y voy a buscar una tercera ronda de copas.

Sin embargo, por extraño que parezca, ese paréntesis en la conversación no me resulta incómodo. He tenido muchas citas en las que la conversación deja de fluir y es más fácil cortar por lo sano o irse a casa de alguno de los dos que esperar a que surja el siguiente intercambio de ocurrencias. Pero esta noche no hay escasez de temas, ni miedo a una conversación forzada y aburrida.

Estas pausas tranquilas parecen más bien intermedios. Como si estuviéramos actuando el uno para el otro. Turnándonos para ser la fuente de entretenimiento y el entretenido. Haciéndonos reír. Manteniéndonos alerta. Es tan divertido que reconozco que me gustaría tener más tiempo antes de que Sarah y Caleb echen a todos de casa esta noche. Aunque a lo mejor puedo convencerlo para que se quede un poco más.

Teniendo en cuenta todo lo que he aprendido sobre Bo hasta el momento, voy a tener que tomar la iniciativa. Es tan poco consciente de su propio encanto que hasta resulta cómico. Incluso roza la timidez. Puedo imaginármelo pidiéndome el número de teléfono, pero dudo que se atreva a proponerme que me vaya con él a casa.

Algo que acabo de decidir que quiero hacer.

—¿Es una peluca?

Cuando me doy cuenta, Bo me está rozando la mejilla con el dorso de un dedo para coger un mechón de mi pelo entre el pulgar y el índice y juguetear con él distraído.

—No, es natural. —Trago saliva cuando acaricia con el pulgar la parte inferior de mi barbilla.

Retuerce mi pelo entre los dedos, enroscándolo en el dorso de los nudillos como si fuera una serpiente a la que ha encantado. Reprimo las ganas de subirme a su regazo y ponerme a ronronear.

—Lo siento —susurra, humedeciéndose los labios. Pero sigue sin soltarlo.

—No me molesta —respondo en voz baja. Aunque lo que en realidad quiero decir es: «Sigue tocándome. Donde te dé la gana».

—Es precioso —dice, y me mira tan serio que resulta inquietante. Luego suelta el mechón y se recuesta en el sofá, exhalando un largo suspiro que le hincha las fosas nasales—. Creo que he bebido demasiado ponche.

—En serio, no me ha molestado. —Me acerco a él, intentando que me mire a los ojos. Tratando de suplicarle en silencio, de pedirle más. Pero es inútil. Es guapísimo, pero está claro que no tiene ni idea. Resulta tan entrañable como frustrante.

Así que decido que ya está bien. Puedo tomar yo la iniciativa. Soy una mujer moderna, qué narices. Puedo ir a por lo que quiero, aunque esa no sea precisamente una filosofía que practique a diario. Pero puedo hacerlo.

—Bo, ¿te apetece acompañarme arriba? —le pregunto, con una voz un poco más aguda de lo previsto, dado que estoy intentando hablar con confianza.

Él abre un poco más los ojos sorprendido y ladea la cabeza.

—¿Arriba?

No esperaba tener que repetirlo. Ni aclararlo. Me entran ganas de taparme la cara con un cojín del sofá, pero a la mierda. Ahora ya está.

—¿Por casualidad te apetecería acostarte conmigo? Tengo una habitación aquí —le explico, haciendo lo posible por mantener la columna recta para no encogerme. La clave es transmitir seguridad.

—¿Aquí? —Bo frunce el ceño, un poco perdido.

—Sí.

—¿Vives aquí?

—No, pero me quedo a dormir muchas veces. —Guardo silencio durante unos segundos, con la esperanza de que me saque del atolladero, pero parece confuso y un poco aturdido. ¿De verdad lo he malinterpretado todo? No sería la primera vez que me equivoco, pero tanto… Si parecía que ya estaba hecho.

Bo suelta una risita nerviosa y agacha la cabeza.

—Ah…, pues la verdad es que…

«Échale la culpa al ponche fluorescente», me digo.

—Perdona. Olvida lo que acabo de decir. —Voy a mentirme a mí misma para superar esto. «Bo es virgen. Practica el celibato porque ha hecho un voto solemne de por vida. Yo he sido la oferta más tentadora que ha tenido, pero debe ser fuerte. Yo no soy el problema. ¡No lo soy! No soy…».

—No —dice con demasiado ímpetu—. No… No quiero olvidarlo. Perdona, es que… —Niega con la cabeza—. No lo hago desde… —Baja la vista hacia la rodilla, justo al punto en el que empieza la prótesis.

«Ah».

Debería pensar. Debería pensar antes de hablar. Pero no lo hago. Rara vez lo hago, por desgracia.

—¿Te ha afectado al…? —termino esa frase que no debería haber empezado señalando su entrepierna.

«Winnifred June McNulty, no puedes ir por ahí preguntándole a la gente si le funciona bien el instrumento. Pero ¿de qué vas?».

—Qué va. Para nada. Está en plena forma. —Hace una mueca de desagrado por las palabras que ha elegido. O tal vez por la conversación en general.

Tengo que solucionar esto. Yo no soy así, no soy de las que tantean el terreno y luego se echan atrás, haciendo que la gente se sienta incómoda con su cuerpo o con sus diferencias. No puedo ser así. Eso me convertiría en una hipócrita tremenda.

Me acerco lentamente a él y pongo una mano sobre la suya.

—Entonces seguro que no cambia mucho. —Vacilo, mientras espero a que establezca contacto visual conmigo—. Estoy dispuesta a intentarlo, si tú también lo estás. Podría ser muy divertido.

Se gira para dirigirme una mirada triste, con las pupilas dilatadas y el ceño fruncido.

—¿Por qué me pone tanto lo que acabas de decir? —me pregunta en un susurro, casi con incredulidad.

«Sí, señor», pienso, recuperando una pizca de orgullo.

—Estoy deseando hacer esto desde que me estrechaste la mano con la izquierda. —Disimulo una sonrisa—. A lo mejor a ti te pasa algo parecido. En cierto modo, sabes que te entiendo.

Bo vuelve a bajar la vista hacia mis labios, asintiendo fascinado y con los ojos brillantes.

—Entonces ¿qué? —le pregunto, acercándome lo suficiente como para contar el número exacto de pecas que tiene en las mejillas y que se extienden sobre su nariz formando un puente entre ambas—. Porque como tenga que preguntártelo una vez más, a lo mejor intento ahogarme en la ponchera.

Sin dudarlo un segundo, Bo acorta distancias y me besa, tierna y fugazmente, poniéndome una mano en la mandíbula. Sus labios son suaves y cálidos, casi embriagadores.

—Sí —dice inhalando con fuerza, con la frente pegada a la mía. Luego se ríe en voz baja y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, antes de acariciarme con esa misma mano el cuello, el hombro y el brazo—. Vamos —dice agarrándome de la mano para levantarse.

—Espera —le digo, y tiro de él hacia atrás—. Mejor subo yo antes. Voy a asegurarme de que nadie más haya tenido la misma idea y se lo esté montando en el cuarto de invitados. Tú ve a la cocina a por un poco de agua… o algo así. Es la última puerta a la izquierda.

—Vale. —Bo asiente entusiasmado, demasiadas veces para mi gusto. Me recuerda a la

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