El hechizo de Agatha (Los secretos de Primrose Lake 3)

Noa Alférez

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Noviembre, 1879

Los callejones oscuros de Londres se habían vuelto mucho más hostiles desde que los crímenes se habían cebado con los más débiles. Agatha siempre había tomado la precaución de evitar ciertas calles y uno de sus compañeros solía acompañarla cuando el espectáculo donde trabajaban terminaba tarde. Ni siquiera la presencia del Justiciero, ese héroe que ayudaba a los débiles, calmaba el terror que hacía que las puertas y ventanas se cerrasen a cal y canto al caer la noche. Aunque en su mundo no todos podían permitirse el lujo de volver al hogar a una hora decente si querían ganarse el pan. Recordó la noche que había tenido la mala fortuna de encontrarse con ese asesino despiadado. Había sentido el verdadero terror, ese que provocaba un estremecimiento en la columna y parecía separar la piel de su lugar. Había pedido ayuda a gritos a sabiendas de que nadie la escucharía, recordando que la suerte siempre la había esquivado, y esa madrugada no sería diferente. Iba a ser la siguiente víctima del Sanguinario y nadie más que su gata lloraría su pérdida, el único ser de este mundo que la había querido de verdad. Justo cuando estaba a punto de aceptar lo inevitable, el Justiciero había aparecido envuelto en su capa y la había salvado. Ese hombre emanaba fuerza y también dolor, podía sentirlo. Su energía transmitía luz y oscuridad en una combinación imposible y poderosa, algo que la había acompañado durante días después de su encuentro. No había podido ver su rostro y se preguntó si sería capaz de reconocerlo si se lo encontraba algún día en cualquier otro lugar. Lo dudaba. En cualquier caso, había estado tan rodeada de miseria durante toda su vida que era capaz de distinguir la riqueza cuando la tenía delante. El Justiciero no pertenecía a su mundo. Con un solo vistazo había podido percibir la calidad de sus ropas, sus ademanes y su acento refinado, y el olor de su perfume, que se había pegado a su piel y a sus sentidos. Había esperado no volver a encontrarse nunca más con él, pero el destino no solía hacer caso a los planes de Agatha.

1

Agatha se sentía agotada. Cada noche le costaba más colocarse aquel vestido extravagante y meterse en la piel de la Gran Isadora. Fingir que los espíritus estaban presentes en aquel escenario en penumbra resultaba sencillo con la ayuda de Piotr, el dueño del teatro, y de su hijo Iván. Sus ancestros habían sido nómadas desde hacía siglos y ellos habían llegado a Inglaterra años atrás, con el circo familiar que atraía a los visitantes por sus números exóticos y su aire misterioso. Piotr había visto un filón en el esoterismo, muy en boga entre las clases pudientes, y había ganado lo suficiente para adquirir un pequeño teatro en el que alternaba los números subidos de tono con los de misterio. Agatha había ahorrado durante semanas para ver el espectáculo de su predecesora, y se sintió estafada cuando se dio cuenta de que todo era un fraude bien montado. La Isadora que ella vio en el escenario no era más que una farsante que, ayudada de hilos invisibles y una buena dosis de interpretación era capaz de engañar a los espectadores ávidos de emociones. Ellos querían creer, y ella fingía muy bien. Agatha sabía que era mentira, que los familiares difuntos de los que les hablaba a los presentes no estaban allí y que en las predicciones solo les decía lo que querían oír, datos vagos que podrían cuadrarle a cualquiera. Y lo sabía porque ella sí podía percibir ese tipo de cosas. Tarot, los posos del té o incluso una bola de cristal. Cualquier adorno le valía para canalizar lo que su mente le mostraba. Por eso, cuando por accidente presenció la discusión entre Isadora y Piotr una noche después del espectáculo supo que debía aprovechar la oportunidad. La médium, que en realidad se llamaba Daisy, había pasado frente a ella con una maleta en la mano y unas cuantas maldiciones en los labios.

—No volverá —susurró Agatha, oculta entre las sombras cuando el dueño del teatro salió en su busca.

El hombre se detuvo bruscamente al verla salir despacio de la oscuridad, y ella fue consciente del deseo y la sorpresa en su rostro. Agatha solo tenía dieciséis años en ese momento, pero ya poseía una belleza arrebatadora. Piotr jamás la poseería, Agatha era una flor demasiado pura para un hombre como él, aunque en ese momento se necesitaban. Él nunca sabría si los poderes de Agatha eran reales o no; le bastaba con que fuese convincente para el público.

Al principio, Agatha se había tomado tan en serio su labor, que su don parecía haberse agotado con el tiempo, hastiada de repetir una noche tras otra el mismo guion, como si fuese una cerilla consumida por una llama demasiado intensa. No importaba. Los tubos metálicos escondidos tras las cortinas que emitían sonidos espeluznantes como si fuesen flautas demoniacas; los hilos invisibles que hacían volar las telas, los juegos de imanes que movían los objetos sobre la mesa, las velas que chisporroteaban por los productos químicos que Piotr preparaba. La fantasía colectiva y el magnetismo de Agatha hacían el resto, y noche tras noche los clientes acudían entusiasmados a presenciar el espectáculo, y salían impactados.

La noche era desapacible y fría y no había nada que a Agatha le apeteciese más que quedarse en su cama con una buena manta y dormir hasta tarde. Cosa que no era nada fácil en la pensión de Dorothy, donde vivía, ya que la despertaba desde antes del amanecer el trasiego de los inquilinos que se levantaban temprano para ir a su trabajo. En cambio, ella no tenía más remedio que acostarse bien entrada la madrugada y no recordaba cuándo fue la última vez que había dormido más de unas cuantas horas seguidas, sobre todo desde que esos sueños extraños la asediaban y la hacían despertarse con el cuerpo helado y empapado en sudor.

Miró con rencor la estufa apagada de su camerino, si es que aquel cuartucho podía llamarse así, y maldijo al dueño de aquel tugurio que había empezado a castigarla por no aceptar sus atenciones. Primero había reducido sus honorarios, que apenas le daban para comer y pagar la habitación donde vivía, y después había eliminado todos sus míseros privilegios, como una cena frugal y una estufa que caldease aquel lugar, a pesar de que gracias a ella se llenaba los bolsillos. Unos golpes en la puerta la avisaron de que había llegado la hora de empezar. Esta se abrió y Piotr, el dueño y señor del teatro que había encandilado a la alta sociedad, apareció con su mirada obscena y su cara grasienta.

—¿Estás lista?

—Sí. —Se ajustó el velo que ocultaba su rostro desde la nariz a la garganta y que solo dejaba ver sus ojos y la hilera de monedas cosidas a la tela tintineó—. ¿Está lleno?

—A rebosar. Después del espectáculo tienes una sesión privada. Unos cuantos nobles ansiosos por conocer tus dones.

La sonrisa zafia del hombre dijo más que cualquier palabra y el estómago de Agatha se encogió. A pesar de que nadie podía ver su cara, los vestidos de satén de vivos colores que Piotr preparaba para ella dejaban entrever su figura bien torneada. A menudo tenía que sortear comentarios soeces y miradas lascivas, que trataba de ahuyentar con la amenaza de maldiciones que solían enfriar los ánimos. Lo habitual era que la gente aprovechase las sesiones privadas para intentar averiguar algo sobre sus seres queridos fallecidos o para que Agatha, o más bien Isadora, leyera su futuro en las cartas o en las líneas de sus manos o de cualquier otra forma, pero sabía de sobra que para algunos sus habilidades eran objeto de mofa, y que lo único que querían era estar un rato a solas con ella con la esperanza de desvelar sus misterios, y no precisamente los espirituales. Resignada, se dirigió hacia el escenario para realizar una nueva sesión casi idéntica a todas las anteriores. Por innoble que resultase, Agatha se había acostumbrado desde pequeña a mentir y a ser engañada. Su vida en el orfanato había sido una lucha constante por sobrevivir, desde conseguir que no le robaran lo más esencial, como la comida de su plato o la manta raída con la que se tapaba, hasta conservar la vida y la libertad cuando dejó de ser una niña adorable. Por eso, después de las primeras sesiones dejó de sentir remordimientos por jugar con el dolor de los demás. Quiso pensar que, para muchos de ellos, creer que sus familiares habían acudido a verlos desde el más allá era un alivio a su sufrimiento, sin embargo, la realidad era que lo hacía por dinero y no por piedad. Esa noche, como muchas antes, había fingido ver a un niño, a un militar, a una anciana. Se había dejado guiar por los jadeos, los ojos llorosos y los rostros compungidos de los espectadores para ahondar en la llaga y conseguir un espectáculo brillante y creíble. No se sentía orgullosa, aunque pensar que todos aquellos ricachones no moverían un dedo para ayudarla si llegaba a necesitarlo, la ayudaba a digerirlo. Cuando terminó se dirigió a su camerino para cambiarse de ropa con rapidez, y se colocó una túnica negra, a juego con el velo que cubría su cara y la capucha que ocultaba su pelo rojo. Aquella vestimenta oscura ribeteada en oro resultaba mucho más misteriosa e intimidante, justo lo que ella quería para que la gente guardase las distancias. La piel de su nuca se erizó y los nervios se asentaron en su estómago, su instinto quería decirle algo, mas no sabía descifrar el qué. Se dirigió por el angosto pasillo hasta la sala privada donde recibiría a los clientes, y se sentó en la silla de oropel. Sobre la mesa había una baraja del tarot, un candelabro con varias velas de color rojo y una bola de cristal. Todo estaba preparado, excepto ella.

A pesar de que Davenport no era alguien demasiado crédulo, después de conocer a Esmeralda, esposa de su amigo Tristan Langley, y a su hermana Ruby no le había quedado más remedio que replantearse sus creencias. Sin embargo, eso también le había hecho tener más conocimiento sobre los asuntos no terrenales, por llamarlos de alguna manera. Por eso había sido más que evidente para él que el espectáculo de la Gran Isadora no era más que un conjunto de trucos destinados a las mentes cándidas e impresionables, aunque había que reconocer su sutileza y efectividad. Mientras las damas jadeaban con una mezcla de expectación y horror, y los caballeros disimulaban su inquietud, él se había dedicado a usar la lógica y todos sus sentidos para deducir qué estaba pasando en el escenario. Un hilo invisible, un pañuelo que se deslizaba por el aire, unas velas que chisporroteaban justo cuando la médium pasaba los dedos sobre ellas. Todo estaba muy bien orquestado, tenía que reconocerlo. Cuando sus amigos decidieron pedir una sesión privada con Isadora, estuvo tentado a negarse, pero sabía que ninguno de ellos brillaba por su sensatez y prefirió quedarse para controlarlos.

—¿Quieres un poco, Matt? —ofreció Elliot, uno de sus amigos, tras darle un largo trago a la botella que llevaba escondida en el bolsillo del abrigo.

Matthew no contestó, se limitó a levantar la mano con gesto serio. Sus acompañantes perdían los modales cuando bebían demasiado, y eso, unido a la soberbia con la que solían conducirse en su día a día los convertía en un verdadero incordio. Ni siquiera entendía por qué seguía uniéndose de vez en cuando a sus planes, y cada vez los espaciaba más. Sin embargo, esa noche, al escuchar su propuesta de ir al espectáculo de Isadora había dicho que sí sin pensarlo, como si su voluntad hubiese hablado por él.

—Vamos, Davenport. Te estás convirtiendo en un anciano aburrido y ni siquiera has llegado a los treinta —añadió Raymond, el tercero en discordia, aceptando la botella que su amigo le tendió.

Matt estaba a punto de contestar cuando una puerta al final del pasillo se abrió y el hombre que había actuado como maestro de ceremonias en el espectáculo apareció en el umbral. Guardó silencio un instante mientras los miraba detenidamente intentando intimidarlos, o más bien contagiarlos, de aquel ambiente tenebroso que pretendía vender. A pesar de que sabía que aquello era una escenografía más, se sentía inquieto y expectante. Cuando los tres se adentraron en la estancia, la sensación de que aquello era muy real lo estremeció. El lugar no era demasiado grande, pero aun así resultaba impresionante. Las paredes estaban pintadas de color granate y la tenue luz de los candelabros situados en las esquinas les confería un reflejo extraño. A pesar de la bravuconería que habían mostrado unos instantes antes, los amigos de Matthew enmudecieron y se mantuvieron clavados en el sitio. Tenía que reconocer que él también. En el centro de la habitación, sentada en una silla dorada que imitaba un trono, aguardaba Isadora, que, envuelta en una túnica negra, los contemplaba impasible. El aura que la rodeaba era magnética y Matt se sintió atraído de una manera irremediable por su figura. Cuando ella levantó la mano para invitarlos a tomar asiento, la luz de la vela que había sobre la mesa arrancó destellos a los numerosos anillos, adornados con piedras de distintos colores, que lucía. Davenport, a diferencia de sus amigos, permaneció de pie a cierta distancia, dejando claro que no tenía intención de participar en aquel ritual. Cuando Isadora elevó hacia él sus ojos negros perfilados de manera excesiva con kohl, sintió que la piel le hormigueaba. Cuando tuvo la sensación de que su alma y sus pecados estaban expuestos, no supo si aquello era una mera representación teatral o si había alguna dosis de realidad.

—¿Están preparados para conocer la verdad? —Su voz sonó extraña en la habitación en silencio.

Elliot y Raymond, sentados uno junto a otro, se miraron y soltaron una carcajada nerviosa e infantil, fruto de la borrachera.

—Oh, claro que sí —admitió uno de ellos ahuecando la voz con sorna.

Isadora guardó silencio. El velo negro ribeteado de pequeñas monedas doradas que ocultaba su nariz y su boca se movió ligeramente, y Matt intuyó que había suspirado. Se preguntó cuántas veces habría tenido que lidiar con gente escéptica y poco respetuosa y tuvo el absurdo deseo de protegerla.

—En realidad, nuestras preguntas son muy básicas. ¿Podremos subsistir con las rentas de nuestra familia? Verá, señora. Trabajar es para fracasados, no sé si me entiende.

Isadora miró a Elliot unos segundos, y si hubiera estado sobrio, él a buen seguro habría sido incapaz de aguantarle la mirada. Sin mucho afán, ella extendió una baraja de tarot sobre la mesa y le pidió que cortara en algún lugar. Extendió tres cartas y las miró atentamente. Matt no pudo verlas ya que sus dos amigos se inclinaron intentando descifrar el significado de los dibujos. Isadora golpeó las cartas con la uña del dedo índice atrayendo la atención de todos.

—La abundancia los ha acompañado, pero no siempre será así. No es ningún secreto que si no actúan con sensatez en algún momento su buena fortuna puede verse comprometida.

Elliot bufó con incredulidad, aunque su amigo le golpeó en el hombro, súbitamente interesado en su porvenir.

—Y ¿puede decirme si debería encontrar alguna heredera que solvente ese… asuntillo? — soltó una carcajada y Raymond lo fulminó con la mirada, preocupado por su porvenir—. No te burles, amigo. Esto es importante.

Isadora ignoró el breve enfrentamiento entre los dos con los ojos clavados en la alta figura que se mantenía ajena y vigilante. Sus miradas se conectaron un instante, ambos lo sintieron.

—Dejemos las nimiedades. —Elliot dio una palmada en la mesa atrayendo la atención de todos—. Lo verdaderamente importante es descubrir si usted es tan hermosa como cuentan.

El caballero alargó la mano para apartar el velo que la cubría, pero Isadora estaba siempre alerta y se levantó de un salto para alejarse de su contacto.

—La sesión ha finalizado —anunció ella con voz firme.

—La sesión terminará cuando nosotros digamos, hemos pagado una buena suma para un trato… exclusivo —continuó él poniéndose de pie y dando unos pasos hacia ella—. Tengo más preguntas, quiero saber si vales lo que cobras y sobre todo si vas a acabar en mi cama esta noche.

—Ya es suficiente, Elliot. Déjala en paz. —La voz de Davenport vibró sobre sus cabezas sin que nadie pareciera escucharlo.

—No sé qué escondes bajo esas telas, pero quiero que sea para mí. —Elliot la acorraló contra la pared y apretó su cintura para acercarla más a él.

Raymond observó la escena con una sonrisa bobalicona en el rostro, que indicaba que no pensaba interponerse a sus intenciones, al contrario. Dio un paso para ayudar a Elliot a sujetarla y así poder ver su rostro, aunque ninguno sabía si se conformaría con eso si resultaba ser tan hermosa como les habían prometido. Elliot era caprichoso y déspota, y Raymond lo bastante idiota para seguir sus pasos con admiración y aceptar las migajas que él dejaba por el camino. Davenport era de otra pasta. Su honor y su integridad estaban fuera de duda y no vaciló en acortar la distancia que los separaba para detener aquello. No tuvo tiempo de reaccionar cuando, como por arte de magia, una daga apareció en la mano de Isadora, que apuntó con ella directamente al rostro de Elliot.

—Maldita zorra, no te atrevas —masculló él apretando su cuello con los dedos.

Matthew actuó con rapidez y sin pensar en que Raymond supusiese ningún obstáculo. Se colocó detrás de Elliot y rodeó su cuello con el antebrazo apretando con fuerza e ignorando las maldiciones y amenazas de este. Cuando al fin soltó a la mujer y sus fuerzas comenzaron a flaquear por la falta de aire, Matthew lo lanzó con fuerza contra el suelo a varios metros de distancia.

—Eres un malnacido —amenazó Elliot casi sin voz, llevándose una mano al cuello dolorido.

—Largaos de aquí, los dos. —La voz de Davenport sonó tan siniestra y autoritaria que ninguno se atrevió a rechistar. Raymond sujetó a su amigo del brazo y lo ayudó a levantarse. Juntos se dirigieron hacia la puerta y una vez allí le dedicaron una mirada amenazadora a Matt, que permanecía haciendo de escudo para aquella desconocida.

—Esto no quedará así.

—Rétame si quieres, Elliot. A la antigua usanza. —La sonrisa afilada de Matthew les dejó claro que no los temía y ambos se marcharon de allí entre maldiciones e insultos.

Solo entonces giró sobre los talones para ver cómo se encontraba aquella misteriosa mujer. Isadora seguía apoyada en la pared y su mano temblorosa sostenía la daga en dirección a Davenport.

—¿Se encuentra bien, señora? —se interesó, dirigiéndose a ella con una firmeza admirable a pesar de la amenaza.

—Usted también. Váyase.

Davenport asintió, sabiendo que era lo mejor. Pero no podía marcharse sin más, por alguna razón no podía permitir que esa desconocida creyese que él era igual que aquellos imbéciles. No cuando ella seguía temblando. Por un instante, Matthew creyó que podía escuchar su corazón latiendo desbocado, mientras aquellos ojos oscuros enmarcados por un maquillaje excesivo se clavaban en los suyos. Se acercó despacio como si quisiera serenar a un potrillo salvaje, y observó que el velo que cubría sus rasgos se movía pegándose a su boca por culpa de la respiración agitada. Quiso acercar los dedos a aquella tela y sentir la humedad de su aliento. En cambio, optó por sujetar con suavidad la pequeña muñeca de Isadora para hacerla soltar la daga. La yema de sus dedos rozó la piel cálida y el mundo se detuvo para él.

2

Matthew se quedó anclado a aquel instante, con el corazón palpitando desenfrenado y la sensación de que acababa de lanzarse por un precipicio. No sintió miedo, al contrario. Sabía que en el fondo lo esperaba la paz y la luz. ¿Estaría muerto? No le importaba, no tenía miedo a morir, aunque sí a pagar por sus pecados. Escuchó una voz femenina susurrando cerca de su oído, una carcajada cantarina que era solo para él, un crujir de sedas y una piel suave esperándolo. Un cabello rojo como un cielo al atardecer enredado entre sus dedos. Si ese era su castigo no estaba tan mal, después de todo.

Para Agatha la visión no fue tan agradable, y aunque ella ya estaba acostumbrada a ver cosas desconcertantes, nunca había tenido una conexión tan potente con solo un roce. Al principio el tacto de los dedos de ese hombre, su presencia imponente y la fuerza que emanaba de él fueron suficientes para paralizarla. Era absurdo que pretendiese alejar a quien acababa de salvarla, pero Agatha no se fiaba de nadie, la vida le había enseñado que hacerlo implicaba sufrir. Y perder. Abrió la mano para soltar la daga, que cayó al suelo con un tintineo, no porque quisiera, sino porque las fuerzas la abandonaron. Todo a su alrededor comenzó a girar y temió ser arrastrada por aquel remolino de colores y sensaciones. Su pecho se caldeó con una emoción que no había sentido hasta ese momento, algo vibrante que la hacía sentirse más viva que nunca. Sintió el abrigo de unos brazos fuertes, unos labios que recorrían su piel con dulzura, y el miedo la hizo agitar la cabeza para librarse de aquella ensoñación. Ella no se dejaría tentar, su destino y su determinación la conducían a un final que estaba escrito desde su nacimiento: la soledad. La paz y la ternura se disolvieron como si no fuesen más que azúcar bajo la lluvia dando paso al miedo. Todo se volvió rojo a su alrededor y al mirar sus manos vio que las tenía cubiertas de sangre. El frío y la humedad la hicieron estremecerse y buscó la luz con desesperación. Todo era tan real que podía percibir el olor metálico de la sangre mezclándose con el perfume caro y cautivador de aquel hombre, un perfume que la atraía hacia el desastre. Como si acabase de salir del agua helada jadeó con fuerza tomando aire y tosió al sentir que sus pulmones se expandían para recibirlo. Abrió los ojos justo cuando el caballero que la había tocado dirigía su mano hacia el velo para retirarlo y ayudarla a respirar. Ella lo empujó con fuerza y se alejó en dirección a la puerta con pasos inseguros.

—Lo siento, no pretendía… —Davenport no sabía cómo formular aquella disculpa porque no tenía ni idea de lo que acababa de ocurrir. Ni siquiera sabía si ella había sentido lo mismo o si había sido víctima de un hechizo.

—Tenga cuidado —advirtió ella sin girarse a mirarlo. Su voz sonó ronca y siniestra en la quietud de la estancia—. La sangre se paga con más sangre.

Agatha no sabía qué quería decir aquello pero las palabras fluyeron por sí solas, como tantas otras veces. Cuando al fin se alejó por el pasillo dejó de disimular la desazón que la visión le había provocado y se dejó caer contra la pared. Se arrancó el velo y respiró con fuerza, intentando aliviar el dolor que se había instalado en sus pulmones y su garganta y sollozó como si algo se hubiese roto dentro de ella.

—¿Qué ha pasado? —La voz preocupada de Iván la sacó de la vorágine de sensaciones que apenas le permitían tenerse en pie—. ¿Te han hecho daño?

—No, no te preocupes. —Lo tranquilizó Agatha. Miró al chico y se preguntó cómo alguien tan noble podía compartir la misma sangre que el desgraciado de Piotr—. Por lo visto esos tipos han pensado que la sesión privada incluía algunos servicios extras.

El joven se pasó las manos por el pelo y masculló entre dientes. Ambos sabían que no había sido un equívoco, y que era probable que Piotr hubiese sido un tanto ambiguo en su explicación.

—No me dieron buena espina. Lo siento, Agatha. Si yo pudiera hacer algo…

—Puedes limpiar la sala, en lugar de estar aquí perdiendo el tiempo. —La voz de Piotr tronó tras ellos y ambos se tensaron como las cuerdas de un violín. Iván lo miró con los puños cerrados a los costados; todos sabían que no se enfrentaría a él. Con los labios convertidos en una línea tensa sorteó a su padre y se marchó a cumplir con su labor.

—Se acabó, Piotr. No pienso pasar por esto otra vez —dijo ella echándose hacia atrás la capucha que ocultaba su melena pelirroja y que en esos momentos parecía pesar una tonelada.

Agatha intentó marcharse por el mismo camino que había seguido Iván, pero Piotr la sujetó del brazo con fuerza.

—¿En serio? ¿Cuántas veces me has amenazado con esa tontería? —El hombre se inclinó sobre ella para aspirar el olor de su pelo. No le importó que ella cerrara los ojos y su rostro se encogiese con asco—. No tienes dónde caerte muerta. ¿Prefieres limpiar los orinales de los ricos? ¿O subirte las faldas en cualquier esquina?

—Suéltame, Piotr. Esta vez es definitivo. —Agatha estaba cansada de jugar con los sentimientos de la gente, de volver a casa en plena noche exponiendo se vida y estaba harta de que ese hombre la mirase como si fuese de su propiedad. Tarde o temprano cumpliría la amenaza de hacerla suya, y no sería por las buenas. Le había amenazado muchas veces con marcharse, pero lo que acababa de sentir la había revuelto por dentro. Era inexplicable, sentía que aquel no era su lugar y que un peligro inminente la acechaba—. Dame lo que me debes, no creo que te cueste trabajo encontrar a otra Isadora.

—¿Te has vuelto loca? —bramó zarandeándola—. Ya tengo las entradas de mañana vendidas, no puedes hacerme esto. Si te vas ahora no verás ni un penique.

La mirada iracunda de Piotr indicaba que no cobrar no era lo peor que podía pasarle. Es

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