La balada de Holt

Kent Haruf

Fragmento

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Al final, Jack Burdette acabó regresando a Holt. Ninguno de nosotros lo esperaba ya. Se había ausentado por ocho años y nadie en Holt había sabido nada sobre él en ese tiempo. Incluso la policía había dejado de buscarlo. Habían rastreado sus movimientos hasta California, pero después de que llegara a Los Ángeles lo perdieron y finalmente se rindieron. Así, en el otoño de 1985, por lo que cualquiera en Holt sabía, Burdette seguía allí. Seguía en California y casi lo habíamos olvidado.

Entonces, una tarde de sábado a principios de noviembre, apareció otra vez en Holt.

Ahora conducía un Cadillac rojo. No era un coche nuevo, lo había comprado poco después de abandonar el pueblo, cuando todavía tenía dinero para gastar. No obstante, seguía siendo llamativo, el tipo de automóvil que esperarías que condujera un chulo de Denver o un flamante millonario del petróleo en Casper, Wyoming. Ahí estaba toda esa pintura roja —el color, digamos, de una herida abierta, o de la intensa mancha que deja el pintalabios de una mujer una noche de sábado— y toda ella brillaba, resplandecía bajo el sol, como si la hubiera estado puliendo durante un día entero para nosotros.

Condujo ese coche, esa afrenta y escándalo para todo el pueblo si hubiéramos sabido quién lo conducía desde el principio, lo condujo por la carretera 34 a través de Holt y luego dio la vuelta en los límites del pueblo y regresó y se dirigió hacia el norte por Main Street, pasando la torre de agua, el banco, el correo y el Teatro Holt, y finalmente lo aparcó en Main Street en el centro del pueblo y no se bajó. En lugar de eso, durante el resto de la tarde y el anochecer, permaneció ahí sentado como si estuviera esperando algo, esperando y fumando cigarrillos y escupiendo al pavimento por la ventanilla bajada y solo de vez en cuando cambiando de posición en el asiento delantero para aliviar la presión del volante contra su abdomen. Supongo que creyó que alguien le diría algo. Pero nadie lo hizo. Al menos al principio. Ni siquiera parecían reconocerlo. Durante al menos una hora sus antiguos vecinos simplemente pasaron por delante de él, de compras, entrando y saliendo de las tiendas como cualquier sábado por la tarde, sin detenerse una sola vez para hablar o incluso hacer una pausa lo bastante larga para observar el Cadillac y mirar de quién era.

Pero al final a alguien se le ocurrió llamar al sheriff. Fue Ralph Bird, el propietario de la tienda de ropa para caballeros.

Sobre las cuatro y media de la tarde Ralph Bird miró a través del escaparate de su tienda y vio el Cadillac rojo aparcado al otro lado de la calle frente a la taberna. Al principio no le dio importancia. La temporada de faisanes había comenzado, por lo que había coches desconocidos circulando por el pueblo. Sin embargo, treinta minutos después, cuando miró la calle por segunda vez, vio que el coche seguía allí, con el mismo hombre sentado al volante, y eso le preocupó. Se puso a examinar el coche. No lo había visto en su vida. Pero después de unos minutos le pareció reconocer al hombre sentado en su interior. Se dio la vuelta y llamó a su esposa, que se encontraba en la trastienda.

—Eh —dijo—. Ven un momento.

—¿Qué quieres?

—Ven.

Hannah Bird salió de la rebotica donde había estado trabajando entre las estanterías de madera. Era una mujer alta y delgada con el cabello teñido de un tono pelirrojo oscuro. Se detuvo ante la puerta apartándose el pelo de los ojos.

—¿Qué quieres? —dijo—. Estoy ordenando las cajas de zapatos.

—Mira —dijo Bird.

—¿Qué?

—Ese coche. ¿Ves al tío de dentro?

Ella se acercó al escaparate.

—Lo veo.

—¿Qué te parece?

—No me parece nada.

—Míralo bien.

Ella miró de nuevo a través del escaparate. En ese momento el hombre de aspecto abotargado sentado en el asiento delantero del brillante coche giró la cabeza para escupir y ella pudo ver su perfil. Hannah Bird lo reconoció de inmediato.

—No se te ocurra hacer nada contra él, Ralph —dijo ella—. Déjalo en paz.

—Claro —dijo Bird—. Me pareció que era él.

—Pero no lo molestes. No tienes idea de lo que ese hombre podría hacer.

—Todavía me debe dinero.

—No me importa. Deja que la policía se encargue.

Ralph Bird no le hizo caso. La mujer le puso la mano en el brazo como si quisiera detenerlo, retenerlo a la fuerza, pero él le apartó la mano como si se estuviera sacudiendo una pelusa de la tienda. Abrió la puerta y salió.

—¡Ralph! —gritó ella—. ¡Vuelve, Ralph!

En la calle empezaba a hacer mucho frío. Las luces de mercurio de las esquinas estaban encendidas y sobre el pavimento soplaba una suave brisa. Bird miró a un lado y otro de Main Street; la calle estaba medio desierta. Luego se bajó del bordillo y cruzó la calle rumbo al Cadillac rojo de Burdette. Al llegar se detuvo un momento a observar la matrícula. El vehículo se había registrado en California. Luego rodeó el coche hacia la portezuela del conductor. Se asomó. Burdette lo estaba mirando a través de la ventanilla abierta.

Pero Burdette tenía mal aspecto. En los últimos ocho años en que Bird o cualquiera de nosotros no lo había visto había cambiado para mal. Ahora estaba gordo, incluso obeso; se le veía descuidado y desmesurado; se estaba quedando calvo y la piel le colgaba como sebo. «Era como si —diría Bird después— durante ocho años se hubiera estado alimentando con pastel de nata y carne de cerdo y últimamente no hubiera comido nada». Aun así, era Jack Burdette.

—Hijo de puta —dijo Bird—. ¿Qué haces aquí?

—¿Eres tú, Bird?

—Sí, soy yo.

—Te he visto por el espejo. Aunque he pensado que no vendrías a hablar conmigo. Que te limitarías a admirar mi coche.

—Pues he venido a hablar —dijo Bird—. Y también hablaré con Bud Sealy.

Burdette miró a Bird, luego soltó una carcajada, fuerte, áspera. Así que su risa no había cambiado para nada; era la misma, la súbita explosión que todos recordaban.

—Muy bien —le dijo Bird—. Adelante. Pásalo bien. Todavía tienes unos minutos.

—¿Por qué lo dices? ¿Porque ya le has dicho a Bud Sealy que estoy aquí?

—No. Porque se lo voy a decir.

—Pues hazlo. No me voy a ir a ningún lado. Y puedes decirle a Bud… —Burdette pareció reflexionar. Escupió una vez más por la ventanilla hacia la calle, esta vez junto a los pies de Bird—. Puedes decirle que tengo muchas ganas de verlo.

—Hijo de puta —dijo Bird—. Maldito…

Ralph Bird enmudeció de repente. Se alejó del coche y echó a caminar hacia la esquina. Se giró una vez para mirar atrás, y después avivó el paso. Cuando llegó a la esquina, estaba corriendo. Tomó Second Street y corrió hacia el este rumbo al juzgado, que estaba a una manzana de distancia. Siguió corriendo, agitando los brazos, un hombre menudo de mediana edad, elegantemente vestido con traje y corbata, corriendo por la acera oscura, pasando escaparates, fachadas de ladrillo. Finalmente llegó a Albany Street y subió los escalones del juzgado.

La luz del vestíbulo brillaba sobre el hormigón a través de las puertas de vidrio, pero estaban cerradas y Bird se detuvo presa del pánico, sacudiéndolas y golpeando el cristal. Finalmente recordó que era sábado por la tarde. Así que dio media vuelta, bajó trastabillando los escalones e inmediatamente echó a correr de nuevo. Rodeó la alta pared de ladrillo del juzgado en dirección a la esquina del edificio y luego siguió por la acera hasta una luz roja que brillaba sobre otra puerta. Esta puerta no estaba cerrada, la abrió de golpe y corrió escaleras abajo hasta el sótano. En la primera oficina del pasillo encontró a Dale Willard, ayudante del sheriff del condado de Holt, sentado y con los pies sobre el escritorio. Willard estaba cortándose las uñas.

—¿Dónde está Bud? —gritó jadeando junto al mostrador.

Willard alzó la vista y lo miró.

—¿Dónde está Bud Sealy?

—No está aquí.

—Ya lo veo. ¿Dónde está?

—¿Ahora mismo? Está en su casa cenando.

—Entonces, por el amor de Dios, llámalo por teléfono. Dile que venga.

Willard dejó caer los pies desde la superficie del escritorio y se enderezó en la silla lentamente. Se inclinó hacia delante y comenzó a sacudirse los trozos de uña que tenía en la camisa, que cayeron sobre el protector verde del escritorio. Hizo un montoncito perfecto.

—¿Estás preocupado por algo, Ralph? —dijo—. Pareces un poco agitado.

—¿Qué? —dijo Bird.

Seguía detrás del mostrador de la oficina, jadeando y sudando, con la cara tan roja como la remolacha y los ojos abiertos de un caniche asustado.

—¿Un poco agitado? Escucha. Si no piensas llamarle, al menos pásame el teléfono, que lo haré yo. ¿Cuál es su nú­mero?

—No. Supongo que puedo llamarle yo —dijo Willard—. En cuanto sepa que hay una razón para llamarle. En cuanto me entere de qué diablos estás hablando.

—¿De qué estoy hablando? —dijo Bird. Pero ahora estaba gritando—. Te voy a decir de qué…. —Entonces pareció contenerse, hacer un esfuerzo para calmarse. Pero no funcionó del todo, pues comenzó a hablarle a Willard como si se estuviera dirigiendo a un idiota—. Lo que estoy diciendo —continuó pronunciando las palabras demasiado lentamente— es que ese hijo de puta está de vuelta. De eso estoy hablando. Ahora haz la llamada.

—Claro. Pero ¿qué hijo de puta es ese, Ralph?

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Me refiero a que aún no has dicho quién es.

—Pues es Jack Burdette. Por el amor de Dios, al menos habrás oído hablar de él, ¿no? Sabes quién es, ¿no?

—Sí. Sé quién es Jack Burdette.

—Y sabes lo que hizo, ¿no?

—Sé lo que hizo. En el condado de Holt todo el mundo sabe lo que hizo.

—Entonces llama a Bud Sealy. Maldita sea. Ha vuelto… —Pero estaba gritando de nuevo. Su momentánea contención había desaparecido y una vez más estaba vociferando con el rostro encendido e indignado y la corbata aflojada—. Ha vuelto al pueblo ese hijo de puta y conduce un Cadillac rojo con matrícula de California. Y ha aparcado enfrente de la Taberna Holt y si no dejas de hacerme estas malditas preguntas y levantas tu gordo…

—Vale ya —dijo Willard. Se levantó y se inclinó hacia Bird—. Cierra el maldito pico.

—… ese tío va a… ¿Qué? —dijo Bird—. ¿Qué acabas de decir?

—He dicho que cierres el maldito pico. Ahora siéntate. Si necesito algo más de ti te lo haré saber. Mientras tanto mantén la boca cerrada.

El pasmo ante esas palabras casi apaciguó a Ralph Bird. No estaba acostumbrado a que le hablaran así; se quedó mudo. Se sentó en una silla en un rincón y cruzó las manos como un niño. Pero aún tenía la mirada encendida.

Willard lo observó unos segundos. Finalmente se acercó el teléfono y marcó el número. Mientras escuchaba el tono de llamada, empujó con el pie la papelera hasta dejarla debajo del borde del escritorio; luego, con la mano libre, barrió el montoncito de uñas cortadas, que cayeron dentro de la papelera.

Cuando Sealy contestó, Willard dijo:

—¿Bud?

—Sí.

—Escucha, Bud. Ralph Bird está aquí y… —Willard procedió a repetirle lo que Bird le había dicho.

En su casa, Sealy escuchó a Willard en silencio. Cuando Willard terminó de contar lo que sabía, Sealy preguntó cuánto tiempo hacía de eso y Willard se lo dijo y Sealy preguntó si había verificado algo y Willard respondió que no, no había verificado nada, había querido llamar primero, y Sealy dijo que lo dudaba pero que cuando terminara de cenar iba a conducir hasta ahí para verlo con sus propios ojos.

—Mientras tanto, ¿qué quieres que haga con Bird? —dijo Willard.

—¿Qué le pasa?

—Sigue un poco agitado.

—Joder —dijo Sealy—. Compóntelas como puedas. Llévalo a su casa con su esposa si no puedes contenerlo. Al menos ella le dará de cenar.

—Supongo que podré contenerlo —dijo Willard.

Ahora estaba completamente oscuro. Las farolas brillaban con claridad en las esquinas del pueblo, describiendo pálidos círculos de luz sobre el pavimento bajo los árboles. Era ese breve momento anticipatorio entre las seis y las siete de una tarde de noviembre, cuando todas las tiendas en Main Street han cerrado para el fin de semana, cuando los jóvenes del instituto aún no han comenzado a recorrer apresuradamente Main Street, cuando incluso la Taberna Holt e

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