Capítulo 1
Estela conducía por las carreteras que llevaban hasta el valle del Jerte, tratando de recuperar los recuerdos de la visita que hizo a la zona años antes, pero ni la época del año era la misma ni la percepción de su mente de niña se correspondía con lo que estaba viendo.
A los once años pasó un verano en el pueblo que da nombre a la comarca, en casa de una tía de su madre, y se aburrió mucho pues siempre fue una chica de ciudad. No obstante, escuchó hasta la saciedad lo bonito que se ponía el valle en primavera, y cuando le encargaron un reportaje fotográfico sobre la estación que precede al verano, decidió hacerlo sobre la floración de los cerezos.
Habían pasado veinte años, ya la tía de su madre no vivía y la casa en que habitó se había vendido hacía mucho. Ante la imposibilidad de residir en el domicilio de su pariente, se había buscado un alojamiento en Piornal, uno de los pueblos más altos de la zona. Al documentarse para el reportaje —siempre lo hacía de forma exhaustiva antes de disparar la cámara— había averiguado que desde el mirador de ese pueblo se obtenía una de las mejores perspectivas del conjunto, y decidió que aguardaría en él el esperado momento.
Su intención era reflejar todo el proceso, desde los primeros brotes, y se dirigía hacia el pueblo cuando aún no había ningún vestigio de la famosa floración, aunque cuando llamó para reservar le aseguraron que esta no tardaría en producirse. Aprovecharía para hacer un poco de turismo por la zona, aunque viendo el trayecto en ascenso, lleno de curvas cerradas, sabía que no sería un recorrido placentero para ella. Las carreteras de montaña le causaban más que respeto y las evitaba siempre que podía. No era esa la ocasión, debería lidiar con ellas, aunque no le gustaran.
El alojamiento que había reservado era de aspecto rústico, situado a un kilómetro y medio del centro del pueblo. Cuando llegó pensó que se hallaba en otro mundo. El aire era limpio, el cielo de un azul intenso y no se escuchaba el más mínimo sonido que indicara que se encontraba en las proximidades de un núcleo urbano.
Salió del coche temiendo no encontrar a nadie en el interior del edificio, y al principio pensó que no se equivocaba. El mostrador de recepción estaba vacío, y no había indicios de ningún huésped en los alrededores. Pulsó el timbre que se encontraba sobre este, y poco después escuchó unos pasos recios que se acercaban.
Un hombre alto y fuerte, con barba y cabello castaño rizado, descendió por la escalera que había a la izquierda del mostrador. Vestía pantalón de pana y un jersey grueso a pesar de encontrarse a finales de marzo.
—Buenas tardes. Es usted la señora Estela Román, imagino —dijo el hombre.
—En efecto. ¿Me esperaban?
—Es la única huésped en este momento, no podría confundirla con nadie más.
—Imagino que habrá más cuando florezcan los cerezos.
—¿Viene a ver la floración? Aún tardará al menos una semana en comenzar. Los visitantes llegan cuando ya está avanzada, y se suelen alojar en el valle, no aquí. Piornal está bastante apartado.
—Yo vengo a trabajar. Soy fotógrafa y una revista me ha encargado un reportaje sobre la primavera. Pocos parajes reflejan esa estación mejor que esta comarca. Mi intención es sacar fotografías día a día desde el comienzo hasta la máxima plenitud. Pienso que desde esta altura tendré la mejor perspectiva para apreciar el avance.
—Desde el mirador se ve todo muy bonito, desde luego. Pero no debe limitarse a eso. También en el valle puede tomar fotos espectaculares. Toda la zona merece la pena.
—Lo malo son las carreteras. No me entusiasma conducir por este tipo de vías.
El hombre esbozó una sonrisa que dejó ver una dentadura perfecta. Unas leves arrugas aparecieron alrededor de los ojos marrones, y Estela pensó que debía sonreír a menudo.
—¡No son tan terribles! La peor es la que lleva del pueblo hasta la garganta la Olla. ¿Ha venido por esa?
—No, he subido por el otro lado. Cuestas empinadas, curvas cerradas...
Él lanzó una risa alegre.
—Supongo que para alguien que no vive en la zona suponen un reto. Yo ya estoy acostumbrado.
—¿Vive en el pueblo?
—No, subo y bajo cada día al valle. Con frío, calor, lluvia y a veces nieve, por eso hoy la subida me ha parecido un agradable paseo, a pesar de su opinión.
—¿El resto del personal también sube y baja cada día?
—En esta época no hay resto de personal, solo yo.
—¿No hay limpiadoras, cocineros, recepcionistas y todo un equipo de empleados?
—Yo me ocupo de todo, ya le he dicho que es la única huésped. Me llamo Germán y estoy a su servicio todos los días hasta después de la cena. Ha contratado media pensión, e imagino que será la comida de la noche la que desea hacer en el alojamiento.
—Con esas carreteras, por supuesto. No me arriesgaría a moverme por ellas en la oscuridad.
—Pues si me cumplimenta la documentación para el registro y me dice qué desea para cenar, le enseño su habitación.
—Tutéame, por favor. Si vamos a pasar aquí unos días sin más compañía que los piornos, mejor que sea sin formalidades, ¿no te parece?
El pueblo llevaba el nombre de los arbustos que abundaban por la zona.
—Perfecto. ¿Qué deseas para cenar?
—¿Qué soléis servir?
—De primero, sopas, ensaladas o embutidos de la zona; y de segundo, carne, pescado, tortillas...
—Una ensalada y un filete me parece bien. No te compliques mucho la vida para mí, soy de gustos sencillos y no suelo cenar mucho.
Una vez cumplimentado el registro, Germán cogió la maleta y la precedió por la escalera en dirección a la primera planta. Estela lo siguió contemplando la espalda fuerte y el poco esfuerzo con que cargaba su equipaje. Ella se ocupaba de llevar el equipo fotográfico, que raramente confiaba a nadie.
La habitación era de buen tamaño, con una cama grande cubierta por un edredón que prometía ser muy cálido.
—Por las noches hace frío. Estamos a más de mil metros de altitud. ¿Te gusta la habitación? Es la más espaciosa, pero si no te parece bien, puedes escoger otra y la preparo en un momento.
—Esta me parece perfecta. Gracias, Germán.
—Te dejo para que te instales. Si necesitas cualquier cosa, usa el teléfono. He desviado las llamadas a mi móvil y te atenderé en seguida —dijo señalando el aparato situado en la mesilla.
Germán salió de la habitación y Estela se acercó a la ventana. El paisaje era espectacular. Césped, árboles y sobre todo piornos. Había leído que cuando florecían todo se volvía amarillo y también era un espectáculo digno de fotografiar. Ojalá lo hicieran antes de su partida.
Deshizo el equipaje sin pararse a pensar en que estaba en un lugar aislado con la única compañía de un hombre desconocido. Sin embargo, Germán no le inspiraba ningún tipo de temor. Lo que ya no le gustaba tanto era pasar la noche sola en el alojamiento, cuando él se marchara al valle. No era una mujer temerosa, pero la situación apartada del hostal no le agradaba demasiado. Era urbanita y la idea de animales que pudieran rondar por la noche la atemorizaba.
Después de instalarse salió a dar un paseo. No se llevó ninguna de las cámaras, solo quería ver los alrededores y decidir qué podía fotografiar del entorno, aunque no fuera para el reportaje, sino para su colección particular.
Se acercó paseando hasta el pueblo, pequeño y con pocos habitantes, que la saludaron al pasar, observándola con atención. Sin duda, todos se conocían y de inmediato la calificaron como «forastera». El mirador, como había leído en internet, ofrecía una amplia vista de todo el valle.
Regresó al alojamiento antes de que se hiciera de noche. Germán le salió al encuentro cuando escuchó sus pasos.
—¿Quieres cenar ya o prefieres esperar un rato?
—Imagino que estarás deseando marcharte a casa. Aunque es un poco temprano para mí, puedo cenar ahora.
—De todas formas, según mi horario no me iré hasta las once de la noche. Preparo tu comida para las nueve, si te parece bien.
—De acuerdo. Mientras trabajaré un poco.
Subió a la habitación y conectó el ordenador. Redactó unas notas sobre lo que había observado en su paseo y lo que deseaba fotografiar al día siguiente. Como siempre que trabajaba, se sumergió en la tarea y perdió la noción del tiempo.
Unos ligeros golpes en la puerta de su habitación la trajeron al mundo real.
—Adelante —invitó.
Germán entreabrió la hoja de madera y asomó la cabeza.
—La cena estará en cinco minutos. ¿Te la sirvo aquí o en el comedor?
—No me gusta comer en los dormitorios, pero supongo que en el comedor no hay nadie.
—Ya te dije que eres la única huésped.
—¿Tú no cenas hasta que bajas al valle?
—Voy a hacerlo ahora; al lado de la cocina hay una pequeña habitación para uso del personal.
Estela lo miró con su mejor cara suplicante.
—¿Te molestaría si te acompaño en esa sala? Detesto comer sola, y mucho menos en un comedor vacío.
—Por mí no hay inconveniente. No suelo alternar con los huéspedes, más allá de servirles y hacer grata su estancia, pero haré una excepción contigo.
—Te aseguro que me resultará «muy grato» comer en tu compañía.
—Vamos, pues.
Lo siguió por la escalera hasta la planta baja. Germán le indicó una habitación pequeña, situada al lado de lo que parecía la cocina del establecimiento, y le pidió que se acomodara en ella, mientras terminaba de preparar la cena.
La estancia era bastante espartana, solo disponía de una mesa y varias sillas de aspecto cómodo, pero Estela la prefirió al gran y solitario comedor que habían visto al pasar.
Germán regresó poco después con una fuente de ensalada y dos platos, que colocó uno frente al otro en la mesa. Se acomodó ante uno de ellos y la invitó a servirse.
—Espero que no te moleste que me haya sentado a tu mesa.
—Tampoco a mí me gusta comer solo.
—¿Compartimos menú? —preguntó viendo cómo se servía ensalada después de ella.
—Yo de segundo tomaré algo más contundente que un filete. Un plato de caldereta de venado, y si te apetece hay suficiente para los dos.
—Demasiado pesado para mí como cena, pero la probaré si es eso lo que destila el delicioso aroma que llega desde la cocina.
—Te serviré un poco.
Compartieron la ensalada, y mientras comían, Germán respondió a todas las preguntas sobre el valle y la floración de los cerezos que Estela le formuló.
Después, cuando llegó el segundo plato —el filete para ella, acompañado de unos trozos de venado—, se había generado entre ambos una camaradería que les permitió dar paso a preguntas más personales.
—¿Por qué quieres hacer tu reportaje sobre la floración de los cerezos del Valle? —preguntó Germán sirviendo dos copas de vino de la tierra para acompañar la carne. Apenas unos sorbos en la suya.
—Podríamos decir que es un capricho. Hace años pasé un verano en el pueblo de Jerte y oí hablar hasta la saciedad de lo bonito que se pone todo en primavera. Cuando la revista para la que trabajo me encargó un reportaje fotográfico sobre esa estación del año, no me lo pensé dos veces.
—¿Y por qué te alojas en Piornal en vez de en el valle?
—¡Eso mismo me pregunto yo desde que ascendía por las empinadas carreteras! Pero leí que desde aquí se apreciaba todo en su conjunto y no pensé que el acceso fuera tan accidentado. Lo he pasado bastante mal, y lo peor es que tendré que bajar y subir varias veces para hacer las fotografías.
—Puedo llevarte yo, si lo prefieres. Ya estoy acostumbrado y no me impresionan las curvas ni los precipicios.
—¿Y tu trabajo?
—Mi trabajo consiste en atender a los huéspedes en todo lo que necesiten. Tú sola no das mucha faena, y me aburriría aquí todo el día, porque imagino que querrás recorrer la comarca.
—Sí; mi intención es fotografiar la zona antes y durante la floración, para que se aprecien los cambios.
—Pues mañana, si quieres, te bajo al valle para que comiences tu tarea. Prefiero mil veces conducir a permanecer aquí solo.
—Te lo agradecería mucho. La sola idea de subir y bajar a diario me produce mucha inquietud.
—Te enseñaré los rincones más bonitos y donde mejor se aprecia la floración, cuando se produzca.
—Gracias.
La caldereta estaba deliciosa y ambos la degustaron con placer. El postre consistió en unas piezas de fruta, y después Germán recogió todo lo relativo a la comida antes de marcharse.
Estela se retiró a su habitación, incapaz de sentarse sola en el salón, a pesar del agradable fuego que él se había ofrecido a encender en la chimenea.
Poco antes de las once, llamó a su puerta para despedirse.
—Me marcho ya, si no necesitas nada más.
«Compañía», pensó, pero no lo dijo. Consideraba que había abusado bastante de Germán imponiéndole su presencia en la cena y aceptando su ofrecimiento para hacerle de guía. Imaginaba que si subía y bajaba a diario tendría una familia que lo esperaba en el valle.
—Nada, muchas gracias.
—Todo lo que hay en el frigorífico está a tu disposición, si te apetece tomar algo a media noche.
«Ni loca voy a bajar y recorrer la casa sola de madrugada».
—Suelo dormir del tirón.
—Ten mi número de teléfono móvil. Si necesitas cualquier cosa, vendré.
—No te preocupes, estaré bien.
Desde la ventana lo vio subir a un todoterreno blanco y perderse carretera abajo. Comprobó que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas y se metió en la cama, dispuesta a dormir hasta el día siguiente.
Capítulo 2
Estela trató de no pensar en que estaba sola en una casa aislada en un pueblo desconocido y durmió la mayor parte de la noche, no exenta de inquietud. Se despertó en varias ocasiones creyendo haber escuchado ruidos a su alrededor, pero tras aguzar el oído, solo la rodeaba el silencio. Un silencio al que no estaba habituada.
Por la mañana, cuando se despertó, Germán ya estaba en el alojamiento, oía sonidos reales procedentes de la cocina y un delicioso olor a café llegaba desde la planta baja. Tras una ducha rápida se reunió con él.
—Buenos días, Estela. ¿Cómo has dormido?
—Mejor de lo que pensaba.
—¿Esperabas dormir mal?
Ella se encogió de hombros.
—No suelo pasar las noches sola en medio de la nada, rodeada de silencio y tal vez animales o merodeadores nocturnos. Vivo en una ciudad ruidosa, en un bloque de pisos con quince familias más.
Él la miró con la cabeza inclinada, ahondando en sus ojos.
—¿Te da miedo dormir aquí?
—Tanto como miedo, no..., pero me inquieta.
—¿Por qué no me lo dijiste anoche? Podría haberme quedado, aunque no sé si eso te tranquiliza o te perturba más.
—Me tranquiliza, sin duda.
—En ese caso, me quedaré mientras estés alojada aquí, sin otros huéspedes.
—¿A tu familia no le importará?
—Vivo con una hermana y con avisarla será suficiente.
—Gracias. Si hace falta que pague un suplemento por dedicación exclusiva...
—No es necesario. El alojamiento es de mi familia y lo gestiono yo como me parece. Te sirvo el desayuno en seguida.
Estela se sintió un poco decepcionada. ¿No iba a acompañarla?
—¿Tú no desayunas?
—Suelo hacerlo antes de subir, pero me tomaré un segundo café contigo, si no te resulta muy pesada mi compañía.
—Me gusta tu compañía —admitió, aunque después pensó que tal vez se había extralimitado al ser tan sincera. No deseaba incomodarlo, y mucho menos alejarlo.
—Siéntate entonces y en un momento estará todo dispuesto. ¿Café, té, tostadas, huevos, fruta...?
—Café con leche, tostadas y un zumo natural, si es posible.
—Que seas la única huésped no significa que no esté bien aprovisionado. En seguida estará todo.
—Gracias.
***
Después de un abundante desayuno en el que, además de mesa, compartieron un detallado informe sobre el recorrido que Germán tenía previsto hacer aquella mañana, subieron al todoterreno. Él insistió en que utilizaran su coche, más adecuado para las carreteras de la zona.
Con cierta aprensión, Estela se acomodó en el asiento del copiloto, y Germán arrancó el vehículo.
—Que estés habituado a estas carreteras no significará que conduzcas por ellas a toda velocidad, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Iré despacio, no pasarás miedo a mi lado; soy un conductor experimentado pero prudente.
—Eso espero.
Bajaron al valle con una velocidad moderada; tal como Germán había afirmado, conocía bien cada curva del camino y el vehículo circulaba con fluidez por la estrecha vía. No tener que estar pendiente de la conducción le permitió disfrutar del paisaje que, a pesar de no estar aún en su momento de floración, no dejaba de tener una gran belleza.
Estela se sintió segura a su lado, y contenta de que aquella noche él compartiera la casa con ella.
Una vez en la zona baja de la comarca, poblada de cerezos, Germán la hizo recorrer una amplia extensión, deteniéndose cada vez que ella deseaba bajar para tomar unas fotografías, lo que sucedía muy a menudo. Él aguardaba paciente a que terminara de disparar su cámara, tomando casi siempre varias instantáneas de un mismo elemento desde diferentes ángulos.
—¿Te aburres? —preguntó Estela una de las veces que subió al vehículo, después de una prolongada sucesión de tomas.
—En absoluto. Disfruto viéndote realizar tu trabajo.
—¿Parado y sin hacer nada?
—No soy hombre de mucha acción. Me gusta contemplar lo que sucede a mi alrededor, es muy relajante.
—¿Te gusta ver a una zumbada de la cámara disparar treinta veces sobre un mismo objetivo?
—Me gusta la gente que hace bien su trabajo. Porque supongo que no utilizarás todas las fotos que tomas sobre una misma cosa.
—En efecto. La mayoría de ellas las desecho y solo me quedo con las mejores, o las que más se adaptan a lo que necesito y quiero plasmar. Es una de las ventajas de las cámaras digitales. Pero supongo que debe resultar aburrido para alguien que no siente mi pasión por la fotografía.
—No tengo problema en permanecer en el coche viendo cómo trabajas. Me gusta la naturaleza, y a menudo me siento en algún rincón simplemente a disfrutar de ella. Como ahora. De modo que, por mí, no tengas prisa. No tengo nada que hacer hasta esta noche.
—Gracias, Germán. En realidad, yo soy un poco culo inquieto, como dice mi madre. Voy de un sitio para otro, siempre ocupada. La idea de permanecer esperando algo, sin hacer nada, me resulta inquietante.
—Aquí tendrás que hacerlo, aguardando a que la naturaleza haga su función. Ella no tiene prisa y los cerezos todavía tardarán unos días en florecer.
—¿Tienes idea de cuántos?
—Una semana, más o menos. Este año la floración va un poco retrasada por la climatología. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—El que sea necesario para el reportaje. La revista paga mi alojamiento, de modo que no tengo excesiva prisa. Espero que eso no te cause molestias...
—¿Por qué habría de causármelas? Un huésped es un huésped, y vivo de ello. Y más si es un huésped agradable como tú.
—¿Lo soy? —preguntó clavando en él sus ojos oscuros.
—Por supuesto. ¡No pensarás que hago de chófer para todos los foráneos que se alojan en el hostal!
—¿Por qué lo haces conmigo, entonces?
—Me caes bien. No has tratado de aprovechar el ser la única persona instalada en el alojamiento para sacar alguna ventaja. Al contrario, tratas de dar el menor trabajo posible.
—¿Piensas eso a pesar de que te tengo haciendo de guía turístico desde hace horas?
—La idea ha sido mía, y el ofrecimiento también.
—Te compensaré, por supuesto.
—El que hagas un reportaje sobre mi preciosa comarca es suficiente compensación.
—Mencionaré tu alojamiento en él y te conseguiré clientes.
—Se agradece.
—¿Hace mucho que te dedicas a la hostelería?
—Diez años. El hostal lo compró mi padre hace bastantes más y lo gestionaba junto con mi madre. Cuando ambos murieron y lo heredamos mi hermana y yo, nos planteamos la idea de venderlo, pero yo me encontraba a disgusto en mi empleo y decidí darle una oportunidad a la herencia familiar. Nunca me he arrepentido.
—¿En qué trabajabas?
—En Cáceres, en una inmobiliaria. Con un jefe bastante tirano y unos horarios infernales.
—Los de aquí tampoco son livianos. Entras al amanecer y te vas a las once de la noche.
—Pero mi jefe me cae mejor. Y los horarios los marco yo. Me gusta este trabajo, la paz que me transmite la naturaleza y la belleza del entorno.
Estela no podía negar que había belleza a su alrededor, y paz y sosiego, algo a lo que no estaba habituada.
Durante todo el día se dejó llevar de un paraje a otro, tomando decenas de fotografías que descargaría al llegar al hostal por la tarde.
Invitó a Germán a un almuerzo en uno de los restaurantes de la zona, dejándose aconsejar: unas migas extremeñas que hicieron las delicias de ambos, y al atardecer regresaron a Piornal.
Mientras Estela descargaba las fotografías en el ordenador, él preparó la cena: un revuelto de setas y jamón, acompañado de buen vino de la tierra. La tomaron, como la noche anterior, en la sala adyacente a la cocina. La conversación, desde el primer momento, giró en torno a las vidas de ambos, evitando los temas intrascendentes. A lo largo del día se había creado entre ellos una complicidad desconocida para los dos, pero muy especial.
—¿Por qué te hiciste fotógrafa? —preguntó Germán, deseoso de saber más de la mujer que compartía su mesa aquella noche.
—Siempre he sido un espíritu libre. La sola idea de encerrarme en una oficina o una fábrica me aterra.
—¿Trabajas como freelance?
—No del todo. Trabajo para un grupo editorial que me encarga todo tipo de reportajes para diferentes publicaciones. Voy donde me mandan, y fotografío lo que me recomiendan, pero cobro por reportajes entregados. En general me dan bastante libertad, como sucede en esta ocasión: mientras el reportaje refleje la primavera, puedo elegir cómo y dónde enfocarlo.
—Trabajar en lo que te gusta es todo un lujo. Yo lo he descubierto aquí, en Piornal.
—Ahora soy la única huésped. Perdona si soy indiscreta, pero ¿el hostal da suficiente para vivir?
—Mi hermana tiene su trabajo en un banco, y aunque el hostal es de los dos, yo disfruto de un sueldo por gestionarlo, del que puedo vivir sin lujos pero sin estrecheces. Si hay beneficios se reparten o se utilizan para mejoras en el establecimiento, lo que sucede la mayoría de las veces. Vivo bien, no necesito mucho.
—¿Tenéis temporada alta?
—En general, no. En verano suelen acudir algunas familias ya habituales, buscando las frescas temperaturas y la tranquilidad. Durante el resto del año es un chorreo continuo, pero no masificado.
—¿Ni siquiera durante la floración?
—La mayoría se quedan en el valle.
—¿Te ocupas tú de todo cuando hay más huéspedes?
—En esas ocasiones cuento con la ayuda de dos señoras del pueblo, que se encargan de la limpieza y la cocina.
Estela pensó que le agradaba saber que en aquel momento estaban solos Germán y ella, y que no había otros trabajadores en el hostal.
Después de la cena, la joven no permitió que Germán se ocupara de fregar los platos y recoger la cocina, y compartió con él esa tarea.
Terminada esta, él le ofreció tomar una copa en el salón, ante un agradable fuego que encendió en la chimenea. Aceptó, y se acomodaron en el amplio sofá que la enfrentaba.
—¿Qué quieres tomar?
—¿Qué tienes?
—Licor de hierbas, ron, ginebra, whisky... Lo habitual.
—¿Qué vas a tomar tú?
—Licor de hierbas.
—Que sean dos.
Germán sirvió los vasos con una generosa cantidad del licor y se acomodó a su lado. Observó que Estela contemplaba ensimismada las llamas y se preguntó qué estaría pensando. También fijó su mirada en las ondulantes figuras que presentaba el fuego y se cuestionó por qué estaba haciendo aquello. Nunca antes había propiciado ningún tipo de acercamiento con los huéspedes; sin embargo, desde el primer momento había sentido una complicidad con la fotógrafa, que lo impulsaba a ofrecerle algo más que el alojamiento habitual. Quería que se sintiera a gusto en su establecimiento y que recordara su estancia en Piornal como algo agradable.
Cuando telefoneó a su hermana para comentarle que se quedaría a dormir en el pueblo, esta le había preguntado si la huésped le gustaba, y le había respondido que no, que se trataba solo de trabajo y de hacer que una inquilina se sintiera cómoda y bien atendida. Pero no era verdad. Estela le gustaba, y deseaba que guardase un buen recuerdo de él cuando se marchara.
Rellenaron los vasos una segunda vez. Estela se sentía algo achispada, alegre y dicharachera. Comentó con Germán algunas anécdotas que le habían sucedido en su profesión y él correspondió con historias de huéspedes y del alojamiento. Después de la segunda copa, se retiraron a sus respectivas habitaciones. Hubo un ligero titubeo ante estas, como si ambos quisieran decir algo más que «buenas noches». Por un momento las miradas se quedaron prendidas, pero los dos las desviaron a la vez.
—¡Que duermas bien, Estela!
—Seguro que sí, sabiendo que estás cerca. Te lo agradezco mucho.
—No tienes que preocuparte, la zona es muy tranquila. No hay ni animales ni merodeadores. Buenas noches.
—Hasta mañana.
Entraron en los dormitorios y ninguno de los dos cerró por dentro.
Capítulo 3
Durante ocho días, Estela y Germán recorrieron la comarca y compartieron comidas y todo lo que se podía repartir con alguien con quien se convive durante veinticuatro horas.
Estela nunca había disfrutado de la libertad de realizar su trabajo con calma y sin horarios. Solía ir de un encargo a otro con apresuramiento, deseando terminar uno para comenzar el siguiente. Era su carácter y su forma de trabajar. En Piornal, sin embargo, se veía obligada a esperar a que florecieran los cerezos, y ellos se estaban tomando su tiempo. Por primera vez en su vida, no tenía prisa porque esto sucediera. Lo estaba viendo como unas merecidas vacaciones, en compañía de un hombre encantador, que le estaba enseñando a contemplar la vida de una forma diferente.
Solían levantarse cuando el cuerpo decidía que ya había dormido suficiente, desayunaban con tranquilidad en una de las terrazas del hostal, con la naturaleza brotando con fuerza a su alrededor. Después, Germán cogía el coche y se dedicaban a recorrer toda la zona: la cascada del Caozo, la garganta de la Olla —por cuya carretera Estela se alegró de tener un conductor experimentado—, el monasterio de Yuste, la comarca de La Vera, donde se aprovisionaron del famoso pimentón, y todos los rincones que a Germán le gustaban y que deseaba mostrarle.
Almorzaban en alguno de los restaurantes que les pillaba cerca a mediodía y regresaban al atardecer a su alojamiento en Piornal, cansados y con ganas de cenar cualquier cosa sencilla y pasar un rato en mutua compañía, sentados en el sofá ante el fuego de la chimenea.
Se acostaban cada uno en su habitación, ambos temerosos de que al amanecer los cerezos hubieran comenzado a florecer y aquellas vacaciones improvisadas, aquel capricho de primavera que había llevado a Estela hasta el Valle del Jerte, llegara a su fin.
Pero todo tiene su momento, y al octavo día de su estancia en Piornal, al levantarse y bajar a desayunar, Germán la recibió con una mezcla de excitación y abatimiento.
—Buenos días —lo saludó como solía y entró en la cocina para ayudarlo a preparar el desayuno, lo que se había convertido en una costumbre los últimos días.
—Ha comenzado —dijo él, sin responder al saludo matutino con otro similar.
—¿Qué ha comenzado? —preguntó Estela, a pesar de que sabía a qué se refería.
—La floración. Tu «capricho de primavera». ¿No es así como quieres titular tu reportaje?
—Sí —respondió ella.
—Pues la parte baja del valle ya ha empezado a florecer.
—¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto?
—Alguien de la zona lo sabe, aunque no lo vea. Lo noto en el aire, algo que una chica de ciudad como tú no aprecia. Después de desayunar iremos al mirador y podrás comprobarlo por ti misma.
Estela se sintió dividida ante la noticia. Por una parte, se notaba impaciente por comenzar su reportaje, por contemplar el espectáculo que había ido a fotografiar, pero por otra sabía que era el comienzo del fin. Que solo era cuestión de días para que su trabajo y su estancia en Piornal se terminaran. Y con ello tendría que decirle «adiós» a Germán, tal vez para siempre.
Algo en su interior se rebeló ante aquel pensamiento. Durante una semana se había acostumbrado a su presencia, a su compañía, a esa sonrisa que se extendía de su boca hasta sus ojos, reproduciendo alrededor de estos esas arruguitas que tanto le gustaban. Tanto como le gustaba él, tenía que reconocer.
—¿Cuánto tardarán en florecer del todo? —preguntó.
—Ya te he explicado que comienza en la parte más baja del valle y va subiendo de forma gradual hasta llegar aquí, debido a la climatología. La duración de todo el proceso oscila entre doce y quince días, no mucho más.
«O sea, que solo me quedan quince días para estar contigo. Habrá que aprovecharlos».
—Desayunemos entonces, y vamos hasta el mirador, para que puedas tomar las primeras fotografías —continuó él.
—De acuerdo.
Se tomaron su tiempo para hacer la primera comida del día, como si retrasando el momento de contemplar el fondo del valle cubierto de flores blancas pudieran ralentizar el tiempo que les quedaba de estar juntos.
Mientras caminaban por el pueblo, Estela sentía una nueva tensión entre los dos. Se preguntó si también él lamentaba que solo les faltara unos pocos días para estar juntos, menos de una semana para decirse «adiós». ¿Sentiría acaso lo mismo que ella? Nunca le había hecho la menor insinuación de que le gustara como mujer, de que lo que lo impulsaba a acompañarla por toda la comarca lo hiciera por otro motivo que atender a una huésped o evitar el aburrimiento de permanecer solo en el hostal.
Cuando se acercaron al mirador y su vista se posó en la parte cubierta de flores blancas, respiró hondo y vio las manos de él crispadas en dos puños tensos.
—Tenías razón —dijo—. Ha comenzado. Pronto te verás libre de mí, aunque eso suponga perder a un huésped. Imagino que estarás deseando disponer de todo el tiempo para ti.
—No lo estoy deseando en absoluto —confesó él—. Voy a echar mucho de menos nuestras excursiones, nuestros desayunos y nuestras charlas nocturnas al calor del fuego.
—Yo también.
—¿No estás loca por volver a la ciudad? ¿A las prisas, las aglomeraciones y las autovías?
—Contra lo que puedas creer, no. Me has enseñado otra forma de vivir, sin más reloj que el que te marca el hambre y la sed, o la salida y la puesta del sol. He descubierto que me gusta. Esta semana ha supuesto una especie de vacaciones que, por desgracia, pronto tocará a su fin.
—Sí —exclamó Germán, lacónico. No dijo nada más, se limitó a mirar hacia abajo con los puños apretados y la mandíbula contraída en un rictus severo.
Estela sacó la cámara y comenzó a hacer las primeras fotos que conformarían su reportaje.
Después, volvieron al coche para descender al valle y seguir tomando instantáneas desde la zona donde la floración había comenzado.
***
Llegaron al hostal cuando ya el sol hacía rato que se había ocultado. Estela quería hacer fotos nocturnas tanto en el valle como desde el mirador de Piornal, lo que retrasó el regreso.
Habían cenado en la llanura, antes de subir, y cuando al fin llegaron al alojamiento y Germán se dispuso a encender la chimenea, para sentarse a tomar la habitual copa nocturna, Estela pensó que no era eso lo que más le apetecía.
—Germán... —dijo sin saber muy bien cómo abordar el asunto que deseaba.
—¿Sí?
—¿Por qué llevas toda la semana haciéndome de guía, de camarero, de... todo?
Él dejó caer en el cesto el leño que tenía en la mano y se volvió para enfrentar sus ojos.
—¿De verdad no lo sabes?
—¿Es por complacer a una huésped?
—Aunque te alojes aquí y pagues por ello, no eres una huésped para mí, si es eso lo que quieres saber.
—¿Una amiga?
—No del todo.
—¿Qué clase de respuesta es esa?
—La que tú quieras entender.
—¿Te... sientes atraído por mí?
Germán sonrió con ese gesto que le llegaba a los ojos.
—Es una forma suave de decirlo. Me gustas. Mucho.
—En ese caso, no enciendas la chimenea, porque yo prefiero que nos vayamos a la cama. Juntos. También tú me gustas mucho y no quiero desperdiciar ni un
