Nota de la autora
El germen de El reloj del fin del mundo surgió de una escapada a la Laguna Negra de Urbión en octubre de 2021. La magia del lago glaciar me atrapó. Durante aquel viaje, aún no lo sabía, una idea fue anidando en mi cabeza. Tenía que ver con la incapacidad de olvidar a quienes nos han marcado, a aquellos que nos impiden pasar página. La asociación con Los puentes de Madison fue inmediata.
Sabía que tenía algo de lo que tirar: agua, puentes, magia y Los imborrables, título provisional con el que trabajaría. A mi regreso a Valencia comencé a documentarme: visitar con discreción tiendas de esoterismo, hacerme con manuales de lectura del tarot… Mientras tanto, mi novela Veintitrés fotografías veía la luz.
Finalmente, entregué el manuscrito a mi agencia en junio de 2024. Meses después, los acontecimientos del 29 de octubre de ese año nos demostraron que la realidad puede ser infinitamente más cruel que cualquiera de las ficciones imaginables.
Deseo de corazón que El reloj del fin del mundo sirva de evasión y abrazo a los valencianos. No se me ocurre nada más tempestivo que luchar contra el olvido.
Prólogo
El avión de Lluvia Sanchis llegó puntual.
Volvía a casa en línea regular, pero se trataba del billete más caro de su trayectoria. Era el precio, pensó el hombre del aeropuerto, de lo que estaban a punto de hacer. Y estaba dispuesto a pagarlo.
Mientras la esperaba, sus manos le sorprendieron temblonas en el asiento trasero del vehículo. Al sentirse observado, bajó del coche fingiendo soltura y enfiló la terminal de llegadas. No era bueno para el negocio que su círculo más cercano percibiera su miedo.
A una distancia prudencial, le siguió su equipo de seguridad.
Minutos después, Lluvia Sanchis avanzaba hacia la salida con ese brío que traen pegado al caminar las personas que viven, más que deprisa, rápido. La luz de la mañana se enredó en su cabello limpio y emitió unos destellos dorados. El empresario se dispuso a acarrear el equipaje de la mujer melada. Ser un caballero desfasado era una de las pocas cosas que prefería no delegar.
—Bienvenida a Madrid, Lluvia. ¿Qué tal el vuelo? —se interesó.
—Bien, gracias. Agotador. —Le estrechó la mano con firmeza.
—Permítame. —Se abalanzó sobre su equipaje.
—No es necesario.
—Insisto.
—Y yo insisto más.
De nuevo en el coche, él sonrió perplejo. Vio cómo Lluvia se enfrascaba en su teléfono sin mediar palabra. En cierto modo, le resultó refrescante que alguien obviara su presencia, por la falta de costumbre.
Mientras la escrutaba con curiosidad, se mintió a sí mismo pensando que no había tenido alternativa, que las circunstancias le habían obligado a traer a aquella mujer a Madrid. Si bien era cierto que el empresario se sabía entre la espada y la pared, podría haber detenido perfectamente aquella locura antes de que todo estallara. Podría haber desistido, sí, pero no quiso. El tiempo apremiaba y sus socios amenazaban con retirarse, lo que hubiera significado a todas luces dejar morir el proyecto después de tanto esfuerzo. La solución, rememoró en el interior del vehículo de alta gama, apareció como por ensalmo semanas atrás mientras ojeaba el Expansión: una mujer guapa y fiera le sonreía desde una entrevista a cuatro columnas. Se trataba de Lluvia Sanchis, la española que había triunfado como jefa de producción en uno de los entornos artísticos más exigentes del mundo. Y, entonces, lo supo: ella era la pieza fundamental para engranar la máquina de hacer dinero en la que llevaba trabajando desde ni recuerda.
Si alguien podía entender la importancia del sentido de la escena en el negocio del sexo, esa era Lluvia Sanchis. Después de trabajar cinco años en el Colosseum, el teatro del casino más relevante de Estados Unidos, con cerca de tres millones de espectadores satisfechos al año, y llevar a raya al equipo técnico, al cuerpo de baile, a los escenógrafos de los diferentes pases diarios, a las estrellas y sus managers, la capacidad de la directiva estaba fuera de toda duda. La empatía ya era otra cosa. En Nevada, la compasión se dejaba junto al abrigo en el guardarropa del Caesars Palace.
Durante el trayecto repasó en su mente la primera vez que conversó con Lluvia a través de la pantalla:
—Todo el mundo habla del relato. De la construcción del maldito relato a la hora de vender proyectos, cuando lo verdaderamente importante es la representación, la puesta en escena —dijo Lluvia durante aquella videoconferencia.
—No puedo estar más de acuerdo. Continúe, por favor —respondió él.
—Pero, para la empresa que usted quiere montar, señor…
—Mi nombre no es relevante por ahora, señora Sanchis. Puede llamarme Conseguidor, todos lo hacen.
—Como quiera… —continuó, molesta, Lluvia—, pero para el proyecto del que usted me habla entenderá que haya que ir a lo grande.
—No concibo los negocios de otro modo.
—A lo que me refiero es que por el tipo de público al que aspira necesita un golpe de efecto monumental. Una puesta en escena que deje boquiabiertos a sus clientes, que en el momento que pongan un pie ahí se olviden de quiénes son, de qué los ha llevado allí y entren en un mundo…, digamos, de fantasía. Que los haga sentir únicos. Y eso, señor mío, no es barato.
Le gustó que aquella mujer no juzgara ni la empresa ni el concepto ni la mercancía a todas luces ilegal y que, desde el primer momento, se uniera a aquella lluvia de ideas dando por hecho que aceptaba el encargo.
—La escucho —prosiguió atento en aquella cita virtual de hacía unos meses.
—¿Quién diría que ostenta la mayor concentración de poder ahora mismo? —preguntó Lluvia.
Silencio.
—¿Poder? ¿Que quién tiene el poder, dice?
—Sí, el poder.
—Pues, a nivel global, diría que los bancos, por supuesto.
—Frío —respondió Lluvia.
—¿Los gobiernos?
—Congelado.
—¿Internet? —aventuró él.
—Mejor, pero no se acerca, Conseguidor.
—¿El sexo?
—Mmm. Caliente. Me alegra saber que comparte puntos de vista con el escritor Philip Roth —bromeó Lluvia—. Ya sabe lo que dicen: «No importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo».
—El animal moribundo. Tiene buen gusto, señora Sanchis. Roth está entre mis autores de cabecera. ¿Sabe que ese libro debe su título a un poema de Yeats?
Esto último el Conseguidor lo dijo en un tono apenas audible porque aquella mujer parecía estar en otra parte. Muy lejos. Como si no le importaran ni Roth ni los gustos literarios del empresario ni el Conseguidor en absoluto.
—Pero no…, Conseguidor. Tampoco es el sexo la respuesta que busca. Es la imagen. El poder es de la imagen, señor mío. En nuestros días, el poder social corresponde a la industria cultural.
—Creo que no la sigo.
—La industria cultural, es decir, el arte, la fotografía, la publicidad y, sobre todo, el cine, ha moldeado durante décadas nuestra sociedad —ilustró Lluvia—. Somos el resultado de lo que consumimos. Dando por buenos ciertos constructos. Si lo piensa, todos pensamos en imágenes.
El Conseguidor ladeó la cabeza como un perro curioso.
—Hay escenas que forman parte de nuestro modo de ver el mundo —prosiguió Lluvia—. Son poco menos que patrimonio de la humanidad: Robert Redford mientras le lava el pelo a Meryl Streep en Memorias de África, Indiana Jones al huir de un risco rodante, el comienzo de La guerra de las galaxias, Chaplin cuando juega con el globo terráqueo, las bicicletas voladoras de ET, las lágrimas en la lluvia de Rutger Hauer en Blade Runner, el baile de Rita Hayworth en Gilda, Escarlata O’Hara cuando pone a Dios por testigo… ¿Sigo?
El Conseguidor negó con la cabeza.
—Formamos parte de una legión de generaciones a las que nos han dicho cómo han de ser las mujeres, el sexo, el amor. La representación del éxito, del dinero, cómo hemos de vestir. Qué consumir. Cómo son las fantasías sexuales apropiadas, qué coche desear, en qué casa vivir…
—Ya veo.
—A fin de cuentas, todo es un decorado. Vivimos en un Show de Truman permanente, solo que de este no podemos escapar.
—Y, dígame, Lluvia, ¿puede usted adaptar todo ese universo para… para… los encuentros sexuales de… —dudó a la hora de pronunciar en voz alta el nombre de su empresa— … The Bridge?
—Creo que sí. Solo tengo dos requisitos.
—¿Cuáles?
—Trabajar con mi propio equipo de técnicos, iluminadores, atrecistas, maquilladores, estilistas…
—Tiene sentido. ¿Y la segunda condición?
—Libertad total, presupuestaria y escenográfica. Y eso implica que quizá necesite habilitar nuevas salas, modificar espacios… Eso ahora no puedo saberlo con la información de la que dispongo, sin ir a localizar el emplazamiento. Porque, por lo que me dio a entender en sus anteriores correos, el encargo es en el subsuelo. Y, como sabe, trabajar por debajo del nivel del mar ralentiza mucho el proceso.
Mirada de evaluación.
—¿Qué me dice?
—Como comprenderá, señora Sanchis, a estas alturas no me voy a arredrar por que tenga que tirar algún que otro tabique.
PRIMERA PARTE
Recordar:
Del latín recordāri,
‘volver a pasar por el corazón’.
EDUARDO GALEANO,
El libro de los abrazos
1
Cinco años después
Es en momentos como estos, en el interior de un tubo de resonancia magnética, en los que a Lourdes Nadal, funcionaria de carrera, le encantaría haber aprendido a meditar. Pero no sabe. No puede.
Al entrar en la sala de resonancias del hospital La Fe, el auxiliar, muy amable, le ha comentado que el tubo está abierto por un lateral, algo que le ha aliviado el agobio. Un poco. También la sonrisa de él. Su vocación de servicio. Le ha reconfortado la calidez del técnico. Que se haya presentado y que la haya llamado por su nombre de pila, Lourdes. Un nombre que le es ajeno, Lourdes, que no reconoce como propio. Porque Lourdes Nadal es para todo el mundo, incluso para los que la quieren, simplemente Lu.
El chico le ha dicho poco antes de comenzar que se trata de una prueba larga.
—Tranquila, Lourdes, ponte cómoda. Al ser una prueba de cervicales serán unos treinta minutos.
Ella lo miró espantada.
—¡¿Media hora?!
«Sin música, sin teléfono, sin un libro», ha pensado con horror sin saber muy bien qué demonios va a hacer ella media hora a solas consigo misma, en su cabeza. No se le ha ocurrido penitencia peor.
Ha sido entonces cuando la ansiedad ha llegado en tromba, sin avisar. Y, avergonzada, le ha preguntado al chico amable del que no recuerda su nombre si podía ir al baño. Era el baño o huir. Así que el baño le ha parecido la opción más aceptable, la menos ridícula. Ha recorrido los metros que separan la sala de la prueba del aseo del pasillo casi al galope. Y se ha sentado sobre la taza del cuarto de baño con la tapa bajada, con la cabeza entre las piernas, tratando de controlar la respiración. Ya que estaba, al salir, se ha lavado la cara. El espejo del baño le ha devuelto su imagen. A pesar de que la luz le confiere a su piel una tonalidad verdosa que no se merece, le ha sorprendido su aspecto. Su buen aspecto siempre sorprende a Lu.
Ya no es una niña redonda y asustada. Es una mujer guapa, de edad indefinida, aunque se empeñe en echarse encima ese manto de invisibilidad conseguido a fuerza de labiales color nude, cabellos recogidos en una diligente cola baja, pendientes de perla de botón y colonia de bebé. Un aspecto de mujer discreta, de maestra de colegio concertado, que viste ropa ancha en un intento de cubrir, borrar el recuerdo de aquella niña fofa que llevaba vestidos de nido de abeja y mangas de farol. Hace tanto. Una mujer neutra, invisible, que se comporta como se espera de ella. Que siempre hace lo correcto. De ahí aquella disonancia interna. Aquel dolor. Aquel nudo de contracturas. La tendinitis agravada por la inflamación de su hombro izquierdo. Bursitis, dijeron. La resonancia de cuello para descartar algo peor.
La escapada al baño no ha servido de gran cosa. Ganar tiempo no es muy útil esta vez, y Lu ya está de regreso en la sala. El chico sin nombre habla con su compañera, que no le hace el más mínimo caso, con la mirada pegada a su teléfono móvil, se diría que con Super Glue.
—¿Ya has vuelto? Puedes dejar la ropa ahí. Por favor, quítate los pendientes, cadenitas, pulseras, anillos… Avísame cuando estés.
Lu se ha desprendido con parsimonia de los pendientes de presión, la minúscula cadena de oro blanco que siempre lleva, el reloj y las pulseras. También de su anillo de boda. Ha estudiado durante unos segundos su mano, delgada, huesuda. Y la marca que le ha dejado el anillo en el dedo, en ese instante desnudo. No es la primera vez que se desprende de la alianza en estos diecinueve años de matrimonio con León, claro que no. Pero sí la primera desde que han decidido separarse. Que lo ha decidido él de forma unilateral. León lo resolvió al largarse de casa. Porque si por Lu hubiera sido continuaría con León. Porque ella —«Estúpida, estúpida», se ha dicho— pensaba que aquello sería para siempre. Lu ha dejado la alianza sobre la balda de aquella sala ascética en la que no hay más que una percha, un estante y una silla para dejar su ropa perfectamente doblada.
Visto con perspectiva, el anillo se le ha antojado algo ínfimo, desvalido. «Cómo algo tan pequeño puede doler tanto».
Una voz.
—Lourdes, ¿ya estás?
La pregunta del técnico la saca de sus pensamientos. Lu sale descalza y vestida con esa prenda ridícula de papel de los hospitales intentando sin éxito que no se le vea la ropa interior por la parte posterior. El chico la ayuda a entrar en el tubo. La acomoda y continúa:
—Muy bien, pon las piernas aquí y la cabecita aquí. Recuerda que no te puedes mover. Eso invalidaría la prueba. Solo las manitas hasta aquí. ¿Vale?
Lu lleva mal no moverse, pero peor no pensar. Su cabeza es una centrifugadora. Su mente no es un lugar acogedor donde vivir cuando se está en reconstrucción.
Ha de pensar cómo será su vida a partir de ahora sin León.
Lu mira al técnico anónimo y tiene la impresión de que el chico casi puede palpar su horror al silencio, a la soledad.
A ella misma.
—Cierra los ojos y escucha la música, Lourdes. —Por primera vez desde que ha entrado, Lu cae en la cuenta de que hay hilo musical—. No puedes hacer nada, así que duérmete.
Y Lu sonríe por la candidez del muchacho. «Dormirme… —suspira por lo bajo—, si hace días que no sueño con otra cosa». Porque Lu acumula semanas sin pegar ojo, sin echar una cabezada tranquila, decente. En el interior del tubo, palpa los extremos y localiza en el lateral derecho un botón del pánico. «Ojalá la vida tuviera uno de estos», es lo último que piensa antes de caer rendida.
—Todo ha ido bien. Puedes pasar mañana a recoger los resultados por el mostrador o puedes consultarlo en la aplicación móvil del hospital.
Lu está de vuelta en el cuartito. Y se viste con parsimonia. Allí están todas sus cosas. También la alianza. En esta ocasión, no acierta con el cierre de la cadenita. La presbicia no se apiada de nadie. Introduce el collar en el compartimento interno del bolso para intentarlo más tarde, con más tiempo y más tino. Cuando llega al capítulo de la alianza duda qué hacer. Y el anillo regresa, tras unos segundos interminables, al dedo anular de la mano izquierda, donde ha estado los últimos diecinueve años, diez meses y cuatro días.
Para desprenderse de ese último vestigio de su vida con León también necesita de más tiempo, de más tino.
2
Han pasado dos días desde que Lu se hiciera la resonancia y no hay nada raro. Sus cervicales están en plena forma y Lu piensa cuál será el siguiente síntoma al que culpar por el dolor que la arrasa. Porque el dolor no remite. Tampoco el de su hombro izquierdo.
Lu se ha citado con Marta, su hermana menor, en una cafetería animada del centro, un punto de encuentro habitual en el que disponen de una carta decente para celiacos.
—Tienes que dejar de ir tanto a spinning y comenzar con los ejercicios de fuerza —le dice Marta—. Lo tuyo, Lu, es postural.
—Con sobrevivir ya tengo bastante, gracias. Solo me faltaba a mí ponerme a hacer pesas.
Marta se ríe. Con esa risa fresca que solo pueden tener las personas que son felices. Tiene dieciséis años menos que Lu. Y se nota. En su forma de moverse, de hablar, de ver la vida. Y en que no le duele nada. Y ni siquiera es consciente de lo raro que es eso, que la vida y el cuerpo no duelan.
—Anda, no me seas coqueta.
—No tiene nada que ver con la coquetería, sino con la autopreservación. No sabes cuánto me acuerdo de mamá. ¿Recuerdas cuando decíamos que nos iba a durar hasta los ciento veinte años?
—En ello está —sonríe Marta.
—Me refiero a que ahora la comprendo, Marta. Es como si me estuviera convirtiendo en mamá.
—¡No digas eso! —Exagera su expresión.
—Es que la entiendo. A ella y a sus miedos. Que lleve camiseta interior hasta en agosto. Que renuncie a llevar peso, que huya de las corrientes como de la peste. Que no se bañe en el mar desde hace cuarenta años. Que camine despacio, pendiente del suelo.
—Sí, con esos pasitos tan suyos, de codorniz, como si tuviera más miedo a equivocarse que a tropezar.
—Es que lo tiene, Marta. Tiene miedo. Ahora lo comprendo. Vive sola. Teme caerse y tronzarse un hueso o coger un constipado demasiado fuerte. Tiene miedo a irse, en definitiva… Y yo, por primera vez, soy de algún modo consciente de esa fragilidad. Del paso del tiempo.
La mujer que educó a Lu y a Marta está orgullosa de ellas. Más de Lu que de Marta, al menos por la fachada. Porque hasta la ruptura con León las apariencias dejaban entrever que Lu había llegado, que había logrado salir del barrio del brazo de un radiólogo. Un médico siempre sería un médico. «Pareces una de ellos», solía decirle su madre. Y esa expresión ahora le produce una sensación ambivalente, de hastío y de ternura, porque a través de la vida de Lu su madre trata de remozar tantas cosas… Cubrir unos orígenes humildes que afloran a la superficie como una terca mancha de humedad.
«Pareces una de ellos».
«Con mamá —piensa Lu—, con parecerlo basta». La realidad nunca importó demasiado. En cambio, Lu se abraza en su fragilidad, porque conoce sus limitaciones.
Quizá sea una mujer aburrida, tensa, rota.
Una mujer a la que se le ha olvidado divertirse.
La voz de Marta la trae de vuelta. Ni rastro del barrio en los bolsillos. Tan solo una certeza de aquella excursión al pasado: Lu no pretende ser quien no es. Y sin duda no es una persona que haga entrenamientos de fuerza.
—Mira que mi entrenador es un prodigio —insiste Marta.
—Ay, Marta. Que estoy hecha un solar. Déjame, de verdad te lo digo. Que, con ir al fisio, las pruebas médicas y buscar asesoramiento legal por lo de León, no sé cómo me da tiempo ni de ir al trabajo.
—Creo que tienes que socializar más, Lu, conocer a gente. Salir de ese bucle en el que estás, que no te reconozco, hermana. Sacudirte esa nube negra que diluvia sobre tu cabeza…
Lu es discreta con sus cosas y teme decirle la verdad a Marta, pero le aterra todavía más que su hermana le concierte una cita incómoda con su entrenador.
—No te molestes, Marta. No necesito una niñera para quedar con un hombre. Lo cierto… —duda con un atisbo de sonrisa—, lo cierto es que estoy viendo a alguien desde hace algún tiempo.
Mirada de estupefacción.
—Define «algún tiempo».
Tontear en aplicaciones de citas ayuda a Lu a no pensar. A ser otra. Distinta. Cualquier otra persona, no aquella aburrida que siempre hace lo correcto, la que ahora está tomando un descafeinado junto a la ventana de esa cafetería del centro.
—Verás, en realidad solo nos escribimos —explica Lu—. Nos conocimos en una aplicación. Intercambiamos los números de teléfono hará cosa de un par de semanas y nos wasapeamos a todas horas. No sé hacia dónde va esto, Marta. Pero me está sentando bien. Mientras hablo con él, no pienso en León. El resto del tiempo, pues… no dejo de mantener conversaciones imaginarias con él, situaciones en mi cabeza en las que él accede a reconciliarnos y la vida es maravillosa. No sé, Marta, creo que me estoy volviendo loca…
—Lu, no te mortifiques. Es normal que te sientas así. León y tú lleváis juntos una vida entera…
—¿A ti también te ocurre?
—¿El qué? ¿Tener conversaciones imaginarias con mis problemas? Todo el tiempo —dice Marta—. Soy una máquina ganando discusiones dos días después.
Ríen.
—Pues ¿sabes? Creo que voy a quedar con él.
—¿Con quién?
—Con el chico de la aplicación, con… con… Lazcano.
—¿Se llama Lazcano?
Lu se sonroja hasta la raíz del pelo. Mira a los lados. Lo último que quiere es que su nueva situación sentimental acabe en la sección de sociedad de Las Provincias para deleite de sus vecinos y el horror de su madre. Una vida monitorizada es el peaje de la vida cómoda que ha tenido con León, uno de los radiólogos más reputados de la ciudad.
—Pues… no sé si ese es su apellido. Ni siquiera conozco su nombre con certeza… En la aplicación se hacía llamar Pablo L. Nos conocimos así y, durante estas semanas, hemos continuado con la misma dinámica.
—Y esa dinámica es…
—Hemos preferido no darnos mucha información, nada de fotos ni decirnos nuestros nombres reales . Nada que pueda romper este espejismo. No sé, Marta, es como si quisiera proteger esta magia del principio. Bastante estúpida me siento ya, llorando por las esquinas por el buen doctor, como para ir suspirando por un tal Pablo. Simplemente seremos Luciérnaga y Lazcano. Y a él le ha parecido bien.
—Al menos, hasta que os conozcáis en persona…
—Eso es.
—¿Y puede saberse lo que te ha propuesto Lazcano o también es secreto?
Lu duda unos segundos. No sabe cómo se tomará Marta que haya quedado con un desconocido que tiene como foto de perfil en la aplicación de citas un amanecer.
—Pues pasar un fin de semana juntos, en una especie de retiro de meditación en Sotillo de Duero, con motivo del solsticio de invierno.
Lu estaba en lo cierto en ser cauta. Observa la mirada de preocupación en la cara de Marta.
—¿Y vas a ir? —Su hermana pequeña la mira con gravedad porque sabe que ese comportamiento no es propio de ella. Que los solsticios y todos esos cuentos de brujas la traen sin cuidado. Lu es germánica, jamás ha creído en semejantes chorradas.
—Me lo estoy pensando. Me gusta cómo me hace sentir ese hombre. Viva. Importante. Es como si le conociera desde siempre… Además —añade—, nunca he estado en Sotillo. Me vendrá bien un cambio de aires.
—Ay, cariño, me suena raro. Cuando te animaba a conocer a otras personas no me refería exactamente a quedar con un tipo del que no sabes nada de nada. Y menos en un lugar tan alejado. No sé, Lu. Me parece bastante irresponsable… Peligroso, incluso.
—Habrá más personas —la tranquiliza Lu—, el retiro está coorganizado por la propietaria de una tienda local con ganas de dinamizar la zona y un hostalito con encanto.
—Veo que ya has tomado una decisión.
—Siempre puedes venir a hacerme de niñera… —bromea Lu.
Lu ve cómo su hermana pequeña afloja el semblante y se relaja. A Marta le gusta verla así, atreviéndose a vivir.
—Ojalá pudiera, pero sabes que tengo la misión comercial a Bruselas y estaré allí los próximos meses. Pero… ¿sabes lo que te digo?
—Dime.
—Pues que vayas con cuidado.
—Eso ya me lo has dicho, pesada. ¿Algo más?
—Que, si vas, haz que valga la pena.
3
Por fin es viernes. El último día laborable de una semana que parecía no acabar nunca. Por la tarde, Lu canturrea mientras se dirige hacia Sotillo de Duero, una pequeña localidad de Paria de la que nunca había oído hablar hasta que Lazcano, el chico de aquella red social, le propuso citarse allí con la excusa del solsticio de invierno. A Lu le costó tomar la decisión, pero ahora conduce de buen humor hacia el punto de encuentro. Se diría que siente algo muy parecido a la ilusión, un sentimiento que creía borrado. Con todo, lo que menos la seduce del plan es el retiro en la Laguna Negra; la espiritualidad de la funcionaria está tan atrofiada como su flexibilidad, pero quizá Lazcano pueda lubricar ambas cosas.
Lu y Lazcano llevan dando demasiados rodeos durante las semanas que conversan, pero ninguno de los dos se atreve a llamar a las cosas por su nombre. Y han iniciado una delicada danza de evitación alrededor del elefante de la habitación que ambos fingen no ver.
Que aquello es lo que es.
Y que no pasa nada.
Que son adultos.
Que se han conocido en una aplicación y que, en algún momento, tendrán que resolver esa tensión efervescente. Y que Sotillo de Duero es un lugar tan bueno como otro cualquiera para verse y «lo que surja», fundamentalmente porque está lejísimos de todo.
Lu mira por la ventanilla de su coche.
Va dejando los árboles atrás y la velocidad la tranquiliza, la mece. Siempre le ha gustado pensar mientras conduce. Por la sencilla razón de que no puede hacer nada más. El vehículo como una unidad estanca, a salvo; una habitación del pánico en la que tener tiempo, por fin, para pensar. Pensar durante las cinco horas que separan su ciudad de Sotillo.
La música de la emisora suena, por debajo, entrecortada, imperceptible. Y Lu sonríe, tontorrona. Por el rabillo del ojo ve que le ha entrado un wasap en el teléfono, que descansa en el salpicadero.
Ya sabe de quién es, pero prefiere no leerlo. Guardar esa ilusión casi infantil como un tesoro para poder paladearla con tiempo. De momento, se abstiene de responder a aquel hombre del que apenas sabe nada y, sin embargo, parece conocer desde siempre; y Lu proyecta todos sus anhelos sobre Lazcano, aquella figura sin rostro, un gran contenedor sobre el que juega a construir al amante perfecto. Como un gran Mr. Potato al que le pone el arrojo de León aquí, la belleza del entrenador de Marta en la nariz o su obsesión por Altamira en los labios. Sin saber que el peligro de los comienzos digitales es que cada persona se enamora de sí misma al reconocerse en un perverso juego de espejos. Después, la casualidad, buscar afinidades, coincidencias, gustos musicales con calzador, el sesgo de la confirmación. Las neuronas espejo trabajando al máximo. Cómo no enamorarse. Es más fácil de lo que parece. Generaciones enteras han sido program
