Tie-break

Anna Farrés

Fragmento

Via con me

Via con me

CRISTIAN

Pasajeros del vuelo IB-34367 con destino Barcelona, diríjanse a la puerta de embarque…

Vuelvo a casa con el rabo entre las piernas… otra vez. Es el tercer campeonato en el que no consigo pasar de la segunda ronda, cosa que no puedo permitirme si quiero seguir en la cima.

Me levanto de la silla y voy hasta la puerta de embarque, donde ya hay unas treinta personas haciendo cola para entrar. Es algo que no soporto de los aviones, la manía de la gente de ser la primera tanto en meterse dentro como en salir. Estoy seguro de que no tienen verdadera prisa y, aun así, empujan, dan golpes de maleta y se abren paso como sea para ser los primeros. Un escalofrío me recorre la espalda al imaginarme en medio de esa multitud.

Discretamente, me pongo en la fila cargando con la bolsa de tenis en la espalda. Es mi único equipaje y no pienso facturarlo. Sé lo que me van a decir, pero por eso mismo, siendo previsor, me he colocado en la fila en la que está Wendy, la azafata que coquetea con los pilotos que han entrado hace veinte minutos y que le sonríe a todo el mundo. Podría haberme puesto en la de Paul, que no juega en mi liga, pero al que no tengo problemas en engatusar. Sin embargo, es más serio y luce anillo de casado.

Siempre me han gustado esas bolsas enormes donde te cabe todo, lleves lo que lleves. De pequeño solía tocarlas cuando los jugadores del club las dejaban en el suelo de la recepción mientras hablaban entre ellos o cogían pista. De rojo, blanco, negro, amarillo o naranja fosforito. Tenía apenas cinco años y, si hubiese querido entrar en alguna, habría cabido.

Cuando me regalaron una, me acompañaba a todas partes, no solo para ir a las clases de tenis. En el colegio la profesora se lo tomó como una extravagancia y no me dijo nada, aunque la bolsa casi era más grande que yo.

Hoy la llevo por causas distintas a la de fardar.

Cuando es mi turno, le enseño el billete a Wendy, de largas piernas y escote pronunciado, que enseguida se percata del mamotreto colgado a mi espalda.

—Disculpe, señor, pero no puede subir esta bolsa en cabina… —afirma con voz dulce pero contundente.

Es el turno de Cris el Casanova.

Sonrío ladinamente y doy un paso hacia ella hablando con la voz aterciopelada y ronca que Dios me dio para estos casos.

—Verás, Wendy, aquí dentro llevo mis tres raquetas de la suerte. A la ida, las facturé con esta misma compañía y ¿sabes qué pasó? Que las perdieron. Jugué mi primer partido de Roland Garros sin ellas, y perdí por eso. No sé si sabes lo importante que es para un tenista jugar con su raqueta.

En este punto ya he captado su curiosidad. Los ojos verdes dicen que quieren seguir escuchando y yo no los privo de ello.

—No… no lo sé —termina diciendo.

—Para mí es parecido a tener una relación con la mujer de tu vida. La conoces de verdad, cada centímetro de su cuerda, en qué parte suele vibrar y cuál es más vulnerable; sus medidas, el ancho de la empuñadura, su grosor, el grip que tiene. Sé cuáles son los cuidados que necesita, los mimos que requiere y cómo tiene que ser tratada. Si juego con otra…, pierdo.

Esta analogía nunca falla, todas las azafatas terminan claudicando y dejando que suba la bolsa arriba. Normalmente el problema es menor, pero hoy voy en clase turista a falta de asientos en primera.

Wendy sonríe, se sonroja y asiente dejándome pasar.

—Espero que la próxima juegues con ella —susurra apoyando su peso en una pierna, inclinada hacia mí, esperando algo.

Ya sé qué es lo que espera, y no voy a decepcionarla. Aunque luego lo tire y me olvide de él, de Wendy y de este viaje.

—Yo también lo espero. ¿Quieres…? Me gustaría tener tu número. Puedes rechazarme cuando te llame, pero voy a correr el riesgo.

Ya está contenta.

Asiente y lo escribe en un pósit amarillo que llevo en el bolsillo.

—Buen viaje —dice mientras ya estoy caminando hacia el avión con su número en el bolsillo de los vaqueros y la bolsa de tenis en la espalda.

Asiento 25B. Cruzo el pasillo repleto de gente variopinta. Muchos abuelos que preguntan si después alguien los esperará con la silla de ruedas al aterrizar. Abuelas matusalénicas con el semblante resignado. Me pregunto qué clase de personas quieren viajar así. Yo desde luego tengo claro que cuando no pueda valerme por mí mismo no iré dando el coñazo a la gente para que me lleve de un lado a otro. Entorpecen al resto, y eso que no tienen ninguna necesidad de viajar, y menos en avión.

No me gusta volar, y se nota. Si tengo que viajar, prefiero el tren, sobre todo en viajes cortos, pero de París a Barcelona todavía no hay AVE —pero en Tardienta sí, con 1,5 pasajeros al día, ¿eh?—, así que hay que resignarse y subirse a un avión. Al menos consigo los billetes gratis gracias a Leandro. Somos amigos desde el colegio y creo que seguiremos siéndolo a menos que uno de los dos se muera o pase algo gordo, que nunca se sabe, por lo que voy a seguir viajando gratis en avión.

Me siento en la ventanilla con la bolsa bajo los pies. Apenas cabe, pero no tengo la culpa de que estos trastos los hagan para liliputienses. Que mido metro ochenta, coño, las rodillas tocan el asiento de delante.

Dos horas y esto pasará, volveré a casa y trazaré un plan para recuperarme de esta maldita racha.

—Perdone, creo que tengo la ventanilla.

La vecina de asiento ha llegado. Alzo la vista y me encuentro con unos ojos absurdamente bonitos. No soy de los que van fijándose en las cualidades de cada persona, pero a lo largo de mi vida sí he aprendido a ser observador, a captar los gestos de la gente cuando cree que nadie mira, a adivinar por su aspecto qué clase de vida llevan y qué clase de personas son, a qué se dedican y qué suele gustarles. Es una manía adquirida en las terminales de los aeropuertos, en los aviones y en las salas de espera de los médicos.

—Lo sé. Tengo algo de claustrofobia, así que, si no te importa cambiármelo…, te estaría muy agradecido.

No parece gustarle la idea por la mueca de desagrado que me pone, pero musita un «De acuerdo» con poco convencimiento, y a mí eso me basta.

Las pelirrojas traen mala suerte.

Era un libro que me hicieron leer en el colegio. Por suerte, en clase no había ninguna. En realidad, el libro no trataba de eso, pero muchos nos quedamos con el título y, ahora, una pelirroja se está sentando a mi lado en un avión. Puedo pensar que es un mal fario, aunque mi yo más racional me dice que eso es una tontería como una casa. Pero soy tenista, y solemos ser muy supersticiosos. No con esas cosas de los gatos negros, los espejos y demás, pero sí con otras del tipo «Si no llevo puesta la muñequera al revés, no voy a sacar bien». Como he dicho, son tonterías, pero nos dan seguridad al jugar.

La pelirroja saca una revista. Es alta, aunque debo de sacarle unos buenos diez centímetros. Por la ropa que lleva, blusa blanca abrochada hasta el cuello, vaquero de tiro alto hasta la cintura y zapatillas deportivas, se mira a la hora de vestirse, pero no es una shopaholic. Aunque esa chaqueta que descansa sobre sus rodillas sí que está a la última, he visto parecidas en los escaparates.

Debo reconocer que, para ir en chándal casi los siete días de la semana, tengo buen gusto a la hora de escoger ropa. Otros dirán que no, pero me aferro a que siempre salgo en alguna revista con «los hombres mejor vestidos» al final de cada año.

La pelirroja no es tan pecosa como cabría esperar y es morena, está bronceada —estamos a principios de junio; o toma el sol en la terraza los mediodías, o es artificial—, cosa que me hace pensar que en realidad no es pelirroja y estoy a salvo. Tiene la nariz algo respingona, los ojos un poco hundidos de un color miel algo más oscuro y los pómulos altos.

Antes de que despegue el avión, saco el iPad y pongo el partido desde el inicio. Mi partido. De todo se aprende, y esto voy a tener que analizarlo a fondo si quiero arreglarlo. Me da un poco de vergüenza verme a mí mismo cagándola, pero es lo que hay. Empecé bien, logré empatar a cuatro juegos en el primer set, pero luego me bloqueé y no logré remontar. Me barrió dos a seis en el segundo set, y ni siquiera me di cuenta; desde fuera parezco más un espectador que un jugador, viendo las pelotas pasar por mi lado sin poder reaccionar.

El avión se pone en marcha. Pasa un rato largo hasta que por fin alza el vuelo. Miro de soslayo otra vez y descubro a la pelirroja/no-pelirroja echando un vistazo a la pantalla. Enseguida desvía los ojos de nuevo hacia su revista.

La pillo un par de veces más hasta que me canso.

—¿Quieres verlo? No me importa —exclamo desviando el iPad un poco hacia la izquierda.

Ella gira la cabeza frunciendo el ceño.

—No, no.

—Si te preguntas si soy yo, sí que lo soy.

Carraspea un poco y espira por la nariz, como si estuviese un poco frustrada.

—Lo que me pregunto es cómo demonios te han dejado subir esa bolsa. Parece que haya un tercer pasajero.

—Es una historia un poco larga, pero voy a resumirlo en que me la perdieron a la ida y es aquí donde llevo mi raqueta. Soy tenista, ¿sabes?

—Nunca lo habría dicho…

Así que la chica supura sarcasmo por los poros. Es un reto, sin duda. Parece que no le he caído en gracia, lograr lo contrario sería un éxito sin precedentes.

—Pues sí. Estuve jugando mi primer partido de Roland Garros sin ellas y perdí por eso. No sé si sabes lo importante que es para un tenista jugar con su raqueta.

—Creo que lo sé.

—Para mí es parecido a tener una relación con la mujer de tu vida. La conoces de verdad, cada centímetro de su cuerda, en qué parte suele vibrar y cuál es más vulnerable; sus medidas, el ancho de la empuñadura, su grosor, el grip que tiene. Sé cuáles son los cuidados que necesita, los mimos que requiere y cómo tiene que ser tratada. Si juego con otra…, pierdo.

Ya sé que le suelto el mismo rollo a todas, pero funciona. Y, si funciona algo, ¿para qué voy a cambiarlo?

—No has perdido por eso. Estás distraído, tardas en ir a buscar la pelota, en golpearla. Juegas con cinco segundos de retraso, por eso no has ganado.

Observo la imagen y analizo mi reflejo. Sí que tiene razón la jodida. Tiene toda la razón del mundo.

Menudo zasca acaba de meterme.

—¿Entiendes de tenis? —pregunto, sorprendido.

—Un poco. Mi padre es aficionado. Deberías buscar a un buen entrenador. Un revés galáctico y gran velocidad, pero poca constancia.

—¿Quién ha dicho eso de mí?

—Héctor Fort. Lo leí por ahí.

—Sabes quién soy, entonces —deduzco con rapidez.

La pelirroja que puede que no lo sea entiende de tenis. No lo hubiera dicho nunca.

—Ajá.

—¿Has estado en Roland Garros esta semana? Este partido ya lo habías visto, ¿verdad? —me aventuro a afirmar.

Observo cómo pone los ojos en blanco y asiente con un poco de dolor, parece que la estuviesen torturando o que tuviera que decir algo muy vergonzoso.

Vergüenza la mía, que estaba en la pista y perdí estrepitosamente. Suerte que soy, palabras textuales de varias chicas, un sinvergüenza y un caradura de campeonato.

—Estuve tentada de tirarte el bocadillo que tenía en la mano y gritarte que dejaras de pensar y te concentrases en tu rival.

—¿Y por qué no lo hiciste? —le reprocho—. Peor no podría haberme ido. Soy Cris, aunque ya lo sabes. —Le alargo la mano—. Un placer.

Ella me aprieta la mano con decisión. Es una chica segura y con desparpajo. Al principio ha sido un poco borde; ahora está mejorando.

—Dafne, igualmente —responde con una mueca que esconde una pequeña sonrisa.

—Yo tenía una Atenea y una Octavia en clase, pero ninguna Dafne.

—De acuerdo… —susurra—. Voy a pedir una minibotella de vino, de esas tan cuquis que dan en los aviones. ¿Quieres una?

¿Ha dicho «cuquis»?

Confirmamos, ha dicho «cuquis» después de «vino».

—Vas fuerte. ¿Por qué no? Mi derrota se merece un brindis.

Dafne me mira de arriba abajo un poco. Da la impresión de que fuera la primera vez que lo hace, como si antes no hubiera sido digno de ser observado.

—Te lo estás tomando muy bien. Otros habrían llorado. ¿Te va el blanco?

—A mí me va todo. Es mejor tomárselo con filosofía, llorar no va a servirme de nada.

—Eso es verdad —afirma cuando la azafata trae las botellas y dos vasos de plástico—. Se aprende más de las derrotas que de las victorias.

—Amén —brindo yo—. Dime, Dafne, ¿qué hacías tú en París? ¿O has ido solo para ver un par de partidos?

Antes de que me responda, veo cómo bebe un buen trago.

—Iba a dar apoyo moral a mi novio con algo de su trabajo… Exnovio.

Tras decir esto, vuelve a beber un trago y se termina la botella cuqui.

Vaya, sí que va fuerte.

—Caramba, Dafne, no me digas que habéis roto en la ciudad más romántica del mundo —exclamo, medio sorprendido y medio en broma.

—No hemos roto, me ha dejado, que es distinto —aclara con calma—. Dice que soy una distracción, ¿puedes creerlo?

—No —afirmo mintiendo como un bellaco.

¿Cómo voy a contradecirla? Pero sí que lo es. Desde aquí puedo percatarme de sus grandes pechos bajo la blusa, de que la cintura de avispa le hace un cuerpo de reloj de arena envidiable y de esos ojos jodidamente preciosos junto con el hecho de que entienda de tenis…

Ya me tiene a sus pies.

—Que le den —dice, y noto que la lengua se le ha soltado un poco—. Soy feliz sin él, no lo necesito. Termino el máster de Historia este año. Vivo donde quiero… Es un ególatra egoísta —continúa diciendo mientras se termina la segunda botella cuqui.

Mi botella cuqui.

—No vas a tener ningún problema en encontrar a otro. Con suerte, hasta folla mejor.

Puede que me haya pasado de la raya. Dafne va a pedir un cambio de asiento. Pero se ríe liberando tensión entre nosotros. Se ríe porque empieza a estar contentilla.

—¿Sabes, Cris? No tengo problemas en hablar de sexo. Soy liberal, al contrario de lo que mi exnovio creía —puntualiza.

Hombre, teniendo en cuenta que se abrocha hasta el último botón de la blusa, no sé yo si eso es muy cierto, pero no la contradigo.

—Yo también lo soy, ultraliberal.

—Y mira que llevo tres meses de sequía absoluta. Cuando aterricemos voy a irme al Duty Free a comprarme uno de esos succionadores de clítoris.

Suelto una carcajada ante tal ocurrencia.

—Con lo buena que estás, Dafne, es un desperdicio. Yo no llevo tanto.

—A lo mejor por eso has perdido…

Otro zasca.

Pero ¿qué demonios le he hecho yo a esta mujer? Ahora soy yo quien la mira mal.

—Llevo muchos años jugando igual y he ganado muchos partidos.

—Tu novia tiene suerte.

¿Novia? ¿Qué es eso? La palabra «novia» no existe en mi vocabulario.

—¿Qué novia?

—¿No tienes novia?

—Nunca la he tenido. Tampoco entrenador, él también me dejó en París. Mi coach era novio de este, así que tampoco lo tengo. Solo estamos Robin y yo contra el mundo.

—¿Robin no será…? —pregunta señalando hacia mi miembro.

—No, no. ¿Quién leches le pone nombre a su pene? —exclamo con cierto rechazo.

—Hay gente rara —dice encogiendo los hombros.

—Es mi gato. Dafne, ¿quieres tomar una copa conmigo esta noche?

—Ya nos la estamos tomando. —Sonríe de forma maliciosa—. ¿Para qué?

—Para que me sigas diciendo lo mal que he jugado.

—Estoy segura de que tu entrenador ya te lo ha dicho montones de veces.

—Él diría que no las suficientes. ¿Alguna vez habías hecho esto?

Dafne arruga el entrecejo y tuerce un poco la copa. Es guapa la jodida.

—¿Ligar en un avión? Eres el primero.

—No, entablar conversaciones surrealistas con alguien en un avión.

—Ah, eso tampoco. Alguna mujer mayor lo había intentado conmigo, pero enseguida me hacía la dormida. ¿Y tú?

—Constantemente. —Después de decirlo, suelto una risilla para que vea que estoy bromeando—. No, en realidad solo me sale con pelirrojas guapas.

—¿Y si no fuera pelirroja?

—Para mí lo eres, ¿verdad que sí? No, no me digas nada, quiero pensar que ahora mismo estoy ligando con una pelirroja por primera vez en mi vida.

—¿No estábamos hablando de tener conversaciones surrealistas? ¿Estás ligando conmigo?

—Me parece más que evidente. Eres preciosa, y yo estoy bastante bueno, o eso dicen las revistas; no ligar contigo sería un pecado mortal.

—Así que piensas que soy preciosa.

—Yo y todo el avión. El ejecutivo de la fila de atrás no deja de mirarte. No, no te gires —exclamo al ver cómo tiene intención de cotillear—. A ver si va a pensar lo que no es.

—¿Es más guapo que tú?

—No, y, aunque lo fuera, seguro que no es más interesante que yo.

—Eres un creído —dice, pero noto que está intentando no sonreír.

—Hay una línea muy delgada entre ser creído y estar seguro de ti mismo.

Frunce los labios, y sé que no está de acuerdo con mi frase.

—Cristian Masdéu…

—Llámame Cris. Vale, puede que sea un poco creído, pero tengo un pelazo que se lo merece. ¿Vas a venir a tomarte la siguiente a mi casa? —pregunto con los ojos muy abiertos.

—Tienes que decirme para qué quieres que me tome la siguiente en tu casa.

Tengo dos opciones contrapuestas en su totalidad:

1. Decirle que me parece una chica interesante y que quiero conocerla mejor.

2. Hablarle claro.

Va algo perjudicada, pero creo que la primera opción es siempre la correcta.

—Bueno, Dafne, si te digo que me pareces interesante y que quiero conocerte mejor…

—No lo hagas —me interrumpe robándome mi vaso de vino—. Cris, soy una chica a la que acaban de plantar en París, que seguramente lleve más cuernos que un alce y que se ha puesto cachonda hablando de sexo. Y tú… estás en forma. Esto quiere decir que vas a poder sujetarme para… —se inclina hacia mi oído, su aliento me hace cosquillas— follarme duro contra la pared.

Qué mujer. Dafne tiene que ser una fiera en la cama. Me he puesto duro como el granito escuchando eso mientras veo de reojo el rubor incipiente en sus mejillas.

—Eso es lo que yo tenía en mente, no podría haberlo dicho mejor.

Está mordiéndose el labio inferior, se lo humedece con la saliva. Es carnoso, rollizo, apetecible.

—No hace falta esperar tanto. De aquí a que se haga de noche, el efecto del vino va a desaparecer y volveré a ser la Dafne racional que piensa antes de actuar. Te daré plantón —confiesa.

—Entonces ¿qué te parece si pedimos dos botellas cuquis más y en cuanto aterricemos vamos a tomarnos una tercera en mi casa?

Ella asiente.

Este está siendo el vuelo más placentero de mi vida, y yendo en clase turista.

Si es que hay que joderse.

Veneno en la piel

DAFNE

Abróchense los cinturones de seguridad. En breve estaremos en el aeropuerto del Prat…

Maldito alcohol.

Maldito Giulio.

Maldito todo.

Lo último que necesitaba este año era un episodio como el que he vivido. Iba a ser un año perfecto. Terminaría el máster, me iría a Grecia con mis mejores amigas y luego a Tailandia con mi novio. Pero he suspendido dos asignaturas por haber estado más centrada en su carrera que en la mía, así que me queda un año por delante con dos clases a la semana y, para más inri, ya no tengo novio.

Mi padre suele decirme que esto de hacer tantos planes a largo plazo acaba siendo perjudicial, que nada es inamovible. A mí me gusta estar organizada, tenerlo todo bajo control. La agenda que llevo en el bolso es mi biblia. Hay gente que me tacha de rígida, pero no tengo la culpa de que los demás sean un desastre.

—Tengo curiosidad, Cris. ¿Cómo te convertiste en jugador profesional?

Cristian Masdéu está sentado a mi lado en el avión. Ha sido casualidad, ni siquiera viajo en primera y él tiene pinta de ir ahí casi siempre. Al principio me ha cabreado, porque es un jugador famoso de tenis como mi novio —bueno, ex—, pero eso no se lo he dicho. Me ha sentado fatal, como si la Providencia me estuviese recordando mi desengaño amoroso. Encima tiene su enorme bolsa de tenis a los pies ocupando espacio vital.

No puedo evitarlo. Me irrita que la gente no haga lo que debe hacer, que no cumpla las ordenanzas municipales, ni las normas de civismo e ignore las señales de tránsito.

También los que no reclinan el asiento hacia delante a la hora de aterrizar o no ponen el teléfono en modo avión. Luego ocurren accidentes, evacúan a la gente y los de atrás quedan calcinados porque los de delante iban recogiendo sus maletas en una emergencia.

—Mi madre trabajaba en un club de tenis, así que, cada tarde, como no podía dejarme solo en casa, pululaba por allí. Los jubilados del club me enseñaron a jugar, le cogí el gusto; era bueno. Un ojeador me vio y el resto es historia.

Respiro hondo al mirarlo, porque es guapo. Es demasiado guapo como para haberme invitado a su casa a tomar una copa. Los rizos negros se le esparcen por la frente de formas graciosas. Lo lleva demasiado largo para jugar, la melena se le mueve mucho cuando salta. Todo él es masculino, con las manos muy grandes, las piernas torneadas; los pómulos se le marcan bajo unos ojos que son muy verdes, como sacados de una película de ciencia ficción. Me recuerdan a esos ojos que tienen los actores de las series de vikingos. Y la barba incipiente le cubre casi toda la parte inferior del rostro ocultando una bonita sonrisa ladina. Siento cómo los latidos de mi corazón van aumentando en ritmo a medida que lo observo.

—A mí me apuntaron a tenis como extraescolar, pero no me motivaba lo suficiente —revelo con cierto desdén—. ¿Dónde vives?

Me he tomado vino suficiente como para estar desinhibida y apreciar que Cris es un bombón. El vino suficiente como para terminar esta sequía que arrastro desde hace meses.

Me pilla por sorpresa cuando me coge la mano. Siento un calambre extraño, una especie de chispa que me recorre la piel del brazo y se desplaza por todo mi cuerpo.

Chispa.

No me había pasado nunca hasta ahora.

—En el centro. Tengo un piso, como tú dices, muy cuqui. Dafne… ¿Por qué te llamas así?

Con la desinhibición que llevo, no me costaría contárselo, pero esta historia está reservada a mi intimidad. Es curioso, la gente piensa que desnudarse, dejar que alguien te toque y te dé placer es lo más íntimo que puede haber, pero es mentira. La verdadera intimidad está en lo que guardamos en nuestra mente.

Desnudarse en cuerpo es fácil, en alma no tanto.

—A mi madre le gustaba. ¿Y a ti por qué te pusieron Cristian? Espero que no tuviese nada que ver con Cristiano Ronaldo.

—Yo tampoco, porque soy del Atlético —murmura bien serio.

La gente empieza a desabrocharse el cinturón de seguridad y nosotros hacemos lo propio.

¿En serio voy a irme con él? Es una locura, yo no hago este tipo de cosas, soy Dafne. Creo que la última tontería que hice fue… nunca. Cristian me gusta, que seamos dos desconocidos lo hace todo más fácil. No vamos a volver a vernos jamás.

Recorro el pasillo del avión con la bolsa de viaje a cuestas junto con mis dudas. Ya estamos en la terminal y puedo parar esta locura, decirle que he cambiado de opinión y que…

—Dafne —exclama con la voz algo ronca.

Es más un murmullo sutil y gutural que hace que me dé la vuelta hacia él con un extraño revoloteo en el estómago.

Entonces el mundo deja de girar.

No sé cómo lo logra, pero me coge de la cintura y me arrastra hasta tenerme enfrente, a escasos centímetros que vence con facilidad. Su boca choca contra la mía a cámara lenta y todo desaparece a nuestro alrededor.

Ignoro si es por el vino, por la sorpresa o porque es el primer beso con una persona que apenas conozco y que, por lo tanto, he idealizado. Tengo una percepción de él errónea, lo sé, de hombre que rebosa seguridad en sí mismo, pero que tiene un corazón de oro, y seguramente sea mentira.

Estoy flotando. Me dejo llevar por la suavid

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