Prólogo
Londres, 1814
Bella supo que habían venido a por ella tan pronto como oyó la campanilla de la puerta.
Lo había estado esperando durante semanas; la señal de que su vida, como la conocía, se había acabado para siempre. Había perdido el poder de decidir sobre sí misma, aunque, como se recordó entonces con amargura, lo que cierto era que nunca había sido del todo suyo.
Desde que podía recordarlo, siempre hubo alguien por encima de ella que eligió cuidadosamente cada uno de sus pasos.
Poco después, oyó unos tímidos golpes a su puerta y al elevar la mirada se topó con el rostro ansioso de su hermano pequeño, Robert, que, con doce años, seis menos de los que tenía ella, conservaba aún la candidez propia de la infancia. Era, quizá, la única persona en toda su familia que le inspiraba algún tipo de afecto.
—Mamá dice que debes ir al salón; tía Rosalind acaba de llegar —anunció con su vocecita aflautada.
Bella apretó los labios y sus uñas se clavaron en las manos al tiempo que se ponía de pie. Hasta entonces, había permanecido echa un ovillo en el banco junto a la ventana; su rincón favorito dentro de la habitación que había sido una especie de refugio para ella desde que era pequeña.
Una isla en medio de esa casa que sus padres habían convertido en un despliegue de riqueza con el único fin de escalar en la escala social que siempre los había despreciado.
—Iré en un minuto.
Ella se felicitó por lo firme que había sonado su voz; un poco áspera incluso, y al notarlo, esbozó una sonrisa temblorosa para que su hermano no pensara que estaba enfadada con él. Robert era muy pequeño para entender del todo lo que ocurría, pero lo bastante sensible para hacerse una idea de que algo que Bella había hecho acababa de poner a su familia patas arriba y, con ello, amenazado el frágil equilibrio de su vida diaria.
El muchacho asintió y, tras devolverle la sonrisa, se marchó hasta que sus pasos se perdieron por el pasillo.
Bella no se detuvo a pensarlo de más porque sabía que no tenía sentido hacerlo. Se dirigió al ornamentado espejo que su madre había elegido para ella tan pronto como se trasladó a esa habitación luego de abandonar el ala de los niños y miró su reflejo con atención.
Era alta; mucho, pensaban algunos; demasiado para ser mujer, cosa que a ella nunca le había molestado porque era lo bastante arrogante para considerar un beneficio el poder ver a los ojos incluso a los caballeros que revoloteaban a su alrededor.
Y cómo habían revoloteado desde que empezó a asistir a esos eventos por los que sus padres suspiraban, pensó con una mueca que deformó su expresión.
No era para menos; después de todo, era preciosa.
Con un largo cuello que había sido comparado con el de un cisne, unas facciones armoniosas y unos ojos tan azules como el mar más profundo, amén de una figura que había sido comparada por su modista con la de una estatua merecedora de un lugar de honor en un museo, no era de extrañar que atrajera miradas allá donde fuera.
A Bella aquello nunca le había molestado; todo lo contrario. La habían criado para sacar provecho a esos atributos con el fin de contribuir a la ambición de su familia en esa transición largamente anhelada de un abolengo casi inexistente, con una fortuna hecha en el comercio, a alcanzar las esferas más distinguidas de la sociedad.
Un matrimonio adecuado podía hacer maravillas por el estatus de una familia, acostumbraba decir su madre.
Pero nada de eso sería posible entonces, pensó Bella con un leve encogimiento de hombros al tiempo que se acomodaba un rizo oscuro tras la oreja. No habría un matrimonio adecuado para ella, no uno como el que ansiaban los suyos.
Eso, desde luego, era toda culpa suya, y entonces había llegado el momento de que se enfrentara a las consecuencias de sus actos.
Con un suspiro, abandonó su habitación, descendió al piso inferior y solo se detuvo un instante al llegar ante las puertas del salón de donde provenían unas voces femeninas muy familiares.
Al abrir y entrar luego de dar un ligero golpecito, se topó con dos figuras robustas sobre el sillón de damasco que era el orgullo de su madre; solo una de las muchas elegantes piezas que había adquirido a lo largo de los años con la esperanza de que eso atraería a su puerta a las más distinguidas damas de la ciudad.
Una esperanza vana, como recordó Bella al hacer un ligero asentimiento en señal de saludo dirigido no solo a su madre, sino también a su tía Rosalind, la mujer que había poblado sus pesadillas durante los últimos días.
La señora Rosalind Sprout era la única hermana de la señora Nicholls, la madre de Bella. Ambas provenían de una familia del condado de Sheffield a la que acostumbraban ensalzar como miembros de la aristocracia rural, pero eso era una gran mentira porque su abuelo había sido solo un párroco que tuvo la suerte de caer en gracia a la familia que le cedió la parroquia.
Luego, cuando la señora Nicholls conoció al que se convertiría en su marido, un negociante que, con el tiempo, obtuvo una pequeña fortuna al pasar a convertirse en proveedor del ejército, decidió cambiar su lugar de residencia a Londres, donde podría urdir toda una farsa respecto a su origen; poco después, la hermana menor hizo también un buen matrimonio con un capitán de la Armada retirado que la llevó a vivir a su propiedad en los páramos escoceses.
La distancia no había afectado los lazos entre ellas, que compartían la misma ambición y la mala costumbre de convertirse en absolutos bloques de piedra sin sentimientos cuando de castigar una falta se trataba.
Y Bella había cometido la peor de todas.
—Qué desperdicio.
La tía Rosalind se le había quedado mirando durante todo un minuto antes de prácticamente escupir esas palabras. Luego, observó a su hermana con el ceño fruncido y exhaló un largo suspiro que sacudió su abundante pecho.
—¿Estás segura de que no hay nada que pueda hacerse para resolver este problema sin tomar una medida tan drástica? Parece tan definitivo; recuerda que si seguimos adelante no habrá marcha atrás y terminará sepultada para siempre. —Miró a su sobrina tras decir aquello y una mueca de desdén asomó a sus labios—. No que no lo merezca, claro.
La señora Nicholls negó con un ademán tajante.
—No. Lo he pensado y es lo único que se puede hacer para resolver este problema y evitar que nos perjudique aún más de lo que ya lo ha hecho —respondió—. Tengo que proteger la reputación de los chicos.
Bella contuvo un resoplido, tentada a decir que eso era una tontería porque sus dos hermanos, Robert y el mayor, Patrick, era hombres, de modo que nada de lo que ella hubiera hecho podría perjudicarles de ninguna forma. De haberse tratado de mujeres… bueno, entonces la historia habría sido otra, pero ella era la única que había nacido con lo que en ese momento consideraba una maldición.
—Entonces no hay marcha atrás.
La tía Rosalind cabeceó con gesto resignado y la miró de nuevo.
—Has sido una tonta —masculló—. ¿En qué estabas pensando para caer de una forma tan absurda? Creí que eras más lista que eso.
Bella también lo pensaba. Lo había pensado desde que se dio cuenta de que era la más espabilada de sus hermanos y la única que había heredado la brillante cabeza de su padre, que sin importar cuán ambicioso y ridículo pudiera ser a veces, no dejaba de ser un as para los negocios.
También lo pensó cuando se dio cuenta de que su belleza podría traerle muchas ventajas, e incluso creyó que era lo bastante astuta para permitir que un truhan le hiciera la corte hasta que la tuvo comiendo de su mano y pudo hacer con ella lo que quiso antes de que se diera cuenta de que, en efecto, había tenido poco de lista y mucho de idiota.
—Estaba enamorada.
El murmullo brotó de sus labios con una voz débil que le costó reconocer como suya; pero de pronto, allí ante aquel par que no dejaba de juzgarla con la mirada, no pudo evitar sentirse muy pequeña y frágil, consciente de cómo sus errores la habían llevado a esa posición.
Cuando Henry Fletcher, el hijo mayor del barón de Groby, empezó a buscar su compañía con tanta insistencia, ganándosela con frases hechas y halagos a raudales, había considerado que era muy afortunada. Era un hombre guapo y provenía de una buena familia; incluso su madre había parecido complacida por esas atenciones, aunque no dudó en señalar que habría preferido cuando menos un conde.
Para entonces Bella podía darse cuenta de que Henry había sido muy astuto. Nunca prometió nada ni hizo un movimiento en público que pudiera llevar a pensar que tenía un interés serio en ella.
En la intimidad, en cambio…
Bella sentía sus entrañas arder de rabia al pensar en todo lo que le había permitido en privado llevada por la emoción de lo prohibido y las que creyó eran promesas sólidas. Se lo había entregado todo y él había huido como la rata que era tan pronto como una criada chismosa fue con la señora Nicholls para acusarla de lo que llamó «su inmoralidad».
De eso habían pasado semanas y así como se había desvanecido Henry también lo hizo el temor principal que se sacudió sobre la familia como una espada de Damocles.
Su error no había tenido consecuencias, pero a falta de aquellas, su reputación estaba igualmente arruinada y, aunque su padre había amenazado con ir hasta el mismísimo barón de Groby para exigirle que su hijo reparara su falta, la señora Nicholls, que era quien en la práctica hacía y deshacía en la familia, había decidido que no iba a poner la vida de su marido en riesgo con un hipotético duelo por la honra de su irresponsable hija.
Lo mejor, juzgó, visto que no les había traído más que vergüenza, era librarse de ella y centrar sus esfuerzos en los dos hijos que aún podían aspirar a un futuro como el que ella ambicionaba.
—¿Enamorada? Es lo más absurdo que he oído en mi vida.
Bella parpadeó y apartó los recuerdos para fijar la mirada en su tía, que mostraba una sonrisa carente de alegría.
Seguro que entonces la creía más idiota aún, supuso Bella, pero la verdad era que a ella también le parecía que había dicho una tontería.
¿Había estado realmente enamorada de Henry? Quizá, pero eso no la hacía menos ridícula.
—Dejemos esto; no tiene sentido continuar buscando una explicación a su falta. —La señora Nicholls le dio un golpecito en el brazo a su hermana con el abanico—. Prometiste que me ayudarías.
—Y lo haré.
—En ese caso, ¿cuándo puedes llevártela?
Bella rechinó los dientes al oírlas hablando de ella como si fuese un fardo que debían trasladar de un lugar a otro.
—En tres días. —La tía Rosalind se encogió de hombros—. Tengo que cumplir unos encargos para Rupert; después saldremos para Glasgow, y luego a casa.
La señora Nicholls asintió y Bella casi pudo percibir el alivio que le recorría cada partícula del cuerpo ante la idea de que, efectivamente, se libraría de ella.
—¿Segura de que a tu marido no le importa que se quede con ustedes?
—En absoluto. Y con Mary ya casada, su mala reputación no podrá afectarla en absoluto, aunque claro que nos esmeraremos por ocultar lo que hizo, ¿no es así, Isabella?
Bella captó el tono de advertencia en la voz de su tía e hizo lo único que podía en ese momento: asintió con semblante dócil.
Por dentro, sin embargo, gritó con todas sus fuerzas de la misma forma en que no había dejado de hacerlo desde que su madre anunció la semana anterior que había escrito a su hermana para confesarle su desgracia y que esta había respondido ofreciendo su ayuda en la forma de un exilio bien ejecutado.
El de Bella, claro, que había sido condenada a sepultarse en los helados páramos de Escocia para fungir de acompañante a su tía hasta el día de su muerte y así purgar su pecado. Ella solo tenía una hija que residía en Edimburgo y un marido con gota que apenas salía de casa. Su sobrina sería la encargada de cuidar de ambos en su vejez al tiempo que libraba a su familia de que les salpicara su recientemente adquirida mala fama.
Lo peor, en opinión de Bella, era que esa mala fama no era tal porque el asunto se había llevado con tal discreción que, salvo por la criada que había sido bien recompensada para mantener la boca cerrada, nadie en su entorno sabía de lo ocurrido.
Pero su madre no acostumbraba dejar cabos sueltos, y en eso se había convertido ella, en un desagradable asunto que resolver.
—Muy bien. Nunca podré agradecértelo lo suficiente, querida Rosalind —la señora Nicholls suspiró y miró a su hija con dureza—. Ya lo has oído. Partes en tres días, así que asegúrate de hacer tu equipaje. Ahora vete.
Bella asintió y se marchó cabizbaja y en silencio no sin antes oír cómo ambas señoras empezaban nuevamente a cuchichear, seguro para lamentarse una vez más de lo tonta que había sido y de la gran decepción que era para la familia.
Una vez fuera, sin embargo, encuadró los hombros que había mantenido encorvados y sus ojos azules relampaguearon mientras se dirigía a su habitación. Tras asegurar la puerta, tiró del baúl que una criada había bajado del ático por orden de su madre y empezó a lanzar cosas en él con la furia impresa en cada uno de sus movimientos.
Iba a abandonar esa casa, desde luego que sí, masculló entre dientes; no quería permanecer ni un minuto más en un lugar en el que había sido despreciada y descartada como un mueble ya inservible.
Pero su madre estaba equivocada si pensaba que podía continuar decidiendo sobre su vida. Había cometido un gran error, sí, y estaba dispuesta a pagar por él, pero lo haría en sus propios términos y estos no incluían sepultarse en Escocia para pasar el resto de su vida oyendo las recriminaciones de su tía.
Lo mínimo a lo que podía aspirar era a elegir su propia prisión.
Bella dejó la casa que había sido su hogar durante la noche con solo un fardo bajo el brazo y una buena cantidad de monedas que había ido reuniendo durante los últimos años, bien oculta entre sus ropas.
Armar el baúl sirvió como distracción, pero era muy consciente de que no podría llevarlo con ella si quería ocultar su huida; lo que cupiera en la bolsa que le había sonsacado a una criada tendría que bastar para empezar.
Con la complicidad de aquella sirviente y el muchacho encargado de hacer guardia fuera de la casa durante la noche, se escabulló sin ser detectada y logró conseguir un carruaje de alquiler que la llevó hasta donde debía de tomar otro de postas que habría de alejarla de Londres.
Hasta entonces, no había pensado con seriedad a dónde dirigirse. Al comprar el billete había elegido un vehículo que hacía la ruta hasta Sheffield, no tanto porque pensara realmente en ocultarse allí, sino porque, además de Londres, era la única ciudad con la se encontraba en parte familiarizada.
Sus padres provenían de allí y los habían llevado de visita a ella y a sus hermanos algunas veces en tanto crecían. Sabía que era un riesgo visto que podría toparse con alguien que la reconociera, pero de acuerdo a su plan, que según avanzaba no hacía más que parecerle cada vez más débil, solo deseaba encontrarse en un lugar que no le era del todo ajeno y sentirse lo bastante lejos de su familia para dar el siguiente paso.
El viaje fue duro e incómodo, ya que el coche iba repleto y se ganó varias miradas de curiosidad de sus acompañantes. Se había esforzado por llevar las ropas más humildes que poseía y cubrirse el rostro con la esperanza de no llamar la atención, pero fracasó estrepitosamente y debió de tolerar los avances de un muchacho que no cejó de buscarle conversación durante buena parte del viaje.
Hicieron varias paradas durante el camino, pero fue una de ellas la que habría de sellar su destino, ese que se le antojaba tan incierto.
Cuando bajó para estirar las piernas luego de que el cochero anunciara que tenía que hacer descansar a los caballos en un punto agreste y algo descampado, Bella hizo un recuento de las millas avanzadas y calculó que debía de encontrarse cerca de Norfolk, no muy lejos de la parada final.
Acababa de comer su última manzana, consciente de que tendría que buscar pronto algo más consistente porque se sentía débil y agotada, cuando reparó en que el muchacho del coche de postas que no había dejado de incordiarla la seguía a poca distancia.
Era muy avanzada la tarde y empezaba a oscurecer; el aire frío le cortaba las mejillas pese a que llevaba el bonete bien atado al mentón. Oía los pasos tras ella y empezó a inquietarse, en especial porque reparó en que el resto de pasajeros se había quedado cerca del carruaje.
Luego se reprendería duramente por ello, pero en lugar de regresar, se alejó más con la esperanza de que ese hombre la dejara en paz; sin embargo, continuó oyendo sus pasos tras ella. De modo que anduvo más y más, con el corazón acelerado hasta que casi corrió, pero tuvo que detenerse golpe cuando una mano tiró de su brazo y, por mucho que forcejeó, no logró sacudirse del agarre.
Al girar para enfrentarse a su atacante, se topó con ojos fríos y un rostro cruel que no había notado aquel poseyera. Intentó gritar, pero él usó la mano libre para sujetarla por el cuello, cortándole el aliento.
Bella intentó morderlo, y le dio un pisotón, con lo que quedó libre el tiempo suficiente para mirar alrededor y reparó en que, unos pasos más allá, el promontorio por el que había subido terminaba de golpe, abriéndose en un corto barranco.
Sin dudar, corrió hacia allí y su peso la hizo caer y caer hasta que su cuerpo pegó contra una hondonada. Se quedó sin aire por el impacto y entonces cayó en la cuenta de un sordo dolor en su mejilla que le arrancó un gemido.
Permaneció allí, inmóvil y aquejada por el sufrimiento durante lo que pareció mucho tiempo hasta que oyó a lo lejos el sonido de unas ruedas moviéndose y de unas voces perdiéndose en la distancia.
El carruaje partiendo, dedujo en medio de sus pensamientos entremezclados. ¿Qué les habría dicho él? Tal vez que esa chica sospechosa y que debía de traerse algo turbio entre manos para estar viajando a solas había decidido quedarse por allí.
¿Quién se lo cuestionaría? ¿A quién le importaría lo suficiente para hacerlo? El viaje estaba pagado. Iban a abandonarla, pensó; una vez más, estaba sola.
Pasó una hora y luego otra. La noche avanzaba y le castañeaban los dientes por el frío; la herida en su mejilla y la imposibilidad de moverse debido a los golpes provocados por la caída eran una agonía constante.
Se planteó que moriría y empezaba a hacerse a la idea cuando oyó unas voces cantarinas no muy lejos de allí. Quiso pedir ayuda, pero ningún sonido brotó de su garganta reseca.
Las voces se acercaron y escuchó un grito sobre ella seguido de unos pasos rápidos que se oyeron cada vez más cerca hasta que, al girar dolorosamente la cabeza a un lado, se topó con un rostro femenino ajado y bondadoso que la miró con la misma incredulidad que ella.
Luego de eso, todo fue oscuridad.
Capítulo 1
Norwich, condado de Norfolk. Diez años después
Debía de haber sido un ratón, pensó Bella tras ahogar un hondo suspiro de malestar al oír una serie de gritos que la obligaron a despedirse del agradable silencio de las últimas horas de la tarde.
Una pensaría que, a esas alturas, algo tan intrascendente como un pobre ratón carecería del poder para poner de vuelta y media a una casa habitada por cinco mujeres adultas y seis jóvenes con, le gustaba pensar, mentes bien amuebladas, pero era obvio que estaba equivocada.
Así se lo hizo suponer el revuelo que halló en el salón de descanso cuando irrumpió allí. Se topó con Florence Holbrooke subida a una silla, Amelia y Caroline Evans tomadas de las manos, tan pálidas como cadáveres, y Lydia Harris blandiendo el atizador de la chimenea sobre la cabeza en tanto Cecilia Rutley… la buena de Cecilia permanecía de rodillas ante un aparador con semblante de mártir.
—No tienes que matarlo —decía ella con una vocecita al borde del llanto—. Estoy segura de que ya se ha ido.
Aquella era una imagen digna de un museo, pensó Bella con la sombra de una sonrisa, muy a su pesar. El rostro angelical de Cecilia, con sus rizos rubios que escapaban del peinado y sus ojos verdes de un tono acuoso similar a un estanque, podría haber pasado por el de una madona rogando por los pecadores.
Aunque, en este caso, el pecador tuviera cola, orejas, y llevara semanas saqueando su despensa.
A su parecer, la idea de deshacerse del ratón era la más acertada; pero claro, de ella se decía que no poseía un corazón, mientras que las chicas eran buenas e inocentes. Además, en efecto, parecía que Cecilia estaba en lo cierto porque le bastó un rápido barrido a la habitación para darse cuenta de que, si aquel bicho había estado por allí, hacía un buen rato que habría huido.
De modo que aclaró su garganta y se dispuso a poner orden.
—Lydia, baja el atizador; vas a lastimarte. Amelia, Caroline, dejen de temblar de esa forma; tienen cuatro manos entre ambas, seguro que pueden hacer algo mejor que eso, y tú, Cecilia, ponte de pie; ¿no acaba Lucy de remendarte ese vestido?
Las jóvenes se sacudieron como si las hubiera golpeado un tornado e hicieron de inmediato lo que les ordenó, algo que satisfizo profundamente a Bella porque nada le complacía más que saber que la respetaban lo suficiente para hacer lo que les decía sin rechistar.
Había quienes decían que, más que respeto, lo que sentían por ella era miedo, pero a su parecer no había una gran diferencia entre una cosa y otra cuando se trataba de una maestra.
—¿Qué estaban haciendo antes de que ese pobre animal provocara semejante revuelo?
Cecilia respondió a su pregunta luego de sacudir con delicadeza el bajo de su vestido.
—Leíamos, señorita Morris —explicó—. A Lydia acaban de enviarle un nuevo libro de casa y lo compartía con nosotras.
—Ya. Supongo que ha debido de ser poco interesante considerando con qué facilidad se han permitido distraerse.
—Pero es que el ratón se le subió a Caroline, señorita Morris —intervino Amelia señalando a su hermana con estremecimiento—. Entonces ella empezó a gritar y…
—Me hago una idea —Bella suspiró—. Déjame ver ese libro.
La mano de Lydia tembló cuando, tras dejar el atizador apoyado contra la chimenea, se llevó una mano al bolsillo y le tendió un pequeño volumen.
—El castillo de Otranto, del señor Walpole —leyó con el ceño fruncido—. ¿Una novela?
—Es una de las favoritas de la señora Radcliffe —se apresuró a señalar Cecilia—. Trata de un castillo.
—Eso imaginé.
La joven ignoró el tono ácido de Bella.
—El protagonista, lord Manfred, es un hombre muy ambicioso, e intenta casarse con la que fue prometida de su hijo para asegurar un heredero.
—Vaya plan; muy propio de un hombre —rumió Bella sin disimular su desdén—. Espero que no tuviera éxito.
—Aún no lo sabemos.
Bella ahogó un resoplido al reparar en el gesto de ilusión de sus pupilas; ni siquiera ella era tan cínica como para arruinar algo que evidentemente les entretenía tanto; así que asintió y devolvió el libro a Lydia.
—Bueno, pueden continuar leyendo por quince minutos y luego las quiero a todas preparándose para la cena —advirtió luego de dar una mirada al reloj sobre la repisa—. Saben que la señorita Watson no tolera las tardanzas.
Se marchó sin aguardar respuesta; sabía que harían lo que les ordenaba. Se dirigió entonces al segundo nivel de la casa, a la izquierda, donde se hallaban las habitaciones del cuerpo docente de la escuela; las de sus jóvenes estudiantes se hallaban en el extremo opuesto.
Se detuvo ante la más alejada del pasillo y tocó un par de veces hasta que una voz aflautada la invitó a entrar.
Podría vivir mil años y nunca dejaría de sentir esa oleada de agradecimiento que la sacudía cada vez que sus ojos se posaban sobre el semblante amable de Louise Watson, pensó en tanto se acercaba a la mujer ovillada sobre un sillón con una gruesa manta que le cubría sus rodillas.
—Servirán la cena en cuarenta minutos; creí que querrías arreglarte.
La mujer sonrió e hizo un gesto de asentimiento en tanto la invitaba a ocupar una silla a su lado.
Lo mismo que el resto de los muebles de esa habitación, se trataba de una silla cómoda, pero austera; todo en la escuela era así: firme y confiable, tanto como la mujer que la había creado de la nada y que, en gran medida, había ayudado a Bella para que pudiera crearse también de nuevo a sí misma.
—Creo que no bajaré esta noche —dijo la señorita Watson con un mohín.
Bella la observó con el rostro ladeado, estudiando sus rasgos cansados. Cuando la conoció, diez años antes, acababa de cruzar la barrera de los cincuenta, pero entonces le había parecido vivaz y colmada de un espíritu juvenil; en ese momento, sin embargo, y en los últimos dos años en particular, había envejecido de una forma dramática. Sus ojos oscuros l
