PRESENTACIÓN
Vicente Undurraga
Del Huidobro que en Canciones en la noche (1913) decía a la amada «Yo quiero ser tu Bécquer» poco y nada queda en la poesía que escribió a partir de El espejo de agua (1916). Se trataban, esas primeras canciones, así como Ecos del alma y otras publicaciones tempranas, de poemas a fin de cuentas preparatorios, que no se despegaban de lo convencional, de las viejas rimas escolares; bien ejecutada y a veces, como en Adán, incluso notable, esa primera obra poética ningún lugar habría de otorgarle a quien por sus siguientes creaciones pasaría a ocupar uno ineludible en la poesía de la lengua.
Es en El espejo de agua donde algo extraordinario se comienza a abrir paso («un hombre salta en el sol»), el despliegue de un sendero creativo que daría en las tres siguientes décadas textos llenos de novedad en tantos de sus versos, de un aire distinto: una «vocación de altura» entendida como renovación del repertorio y la mecánica de las imágenes, que ahora más que nunca debían valer por sí mismas y no por su similitud o referencia a la naturaleza o a lo ya existente.
Los principios creacionistas expresados en El espejo de agua («Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra»), y que durante un buen tiempo el poeta multiplicaría militantemente en manifiestos e intervenciones públicas, cristalizan en versos como los del imponente Ecuatorial o los de Poemas árticos, ese libro de máxima concisión donde cada detalle, como la presencia de un cigarro en varias páginas, se vuelve especialmente resonante.
Y si bien es la de Huidobro una poética del viaje incesante, que ostenta a veces la fractura que busca infligirle al anquilosamiento del lenguaje poético –por ejemplo al eliminar todo signo de puntuación o al inventar palabras o deformarlas o importarlas desde otras lenguas–, es también una poesía que, como toda la importante, forma parte de un río milenario: «Todos los siglos cantan en mi garganta», dice en uno de los Poemas árticos (aunque un par de poemas más adelante escribe: «Y en mi garganta un pájaro agoniza»).
*
Del total de la obra poética de Vicente Huidobro, esta Poesía reunida excluye la lírica temprana, los poemas pintados, la poesía dispersa y la escrita en francés. Dicho de otro modo, agrupa los ocho libros capitales de Huidobro, las principales estaciones de su larga exploración poética. Si El espejo de agua, Ecuatorial y Poemas árticos reflejan de manera más directa o explícita la búsqueda del acontecimiento creativo en el poema mismo, esa que también se ve en sus libros en francés como Horizon carré y Automne régulier, en los siguientes dos títulos aquí recogidos, Altazor y Temblor de cielo, Huidobro lleva a cabo lo que a propósito del primero de ellos señalara Octavio Paz: «La épica no de un héroe, sino de un poeta en los fluctuantes cielos del lenguaje». Es entonces cuando, más allá de las imágenes programáticamente autónomas (que a veces se diluyen en su propio ingenio, pero que en sus mejores momentos proveen auténticas visiones, como la de ese caballo «que se va agrandando a medida que se aleja»), entra en escena algo tanto o más interesante: la crisis de dicha búsqueda o programa, lo que lleva al poeta a una creciente vacilación («En mi cabeza cada cabello piensa otra cosa»), saltando, como dijera el crítico René de Costa, «entre lo profético y lo burlesco, adquiriendo a veces un desmesurado tono luciferino».
Ese salto se traduce en que convivan en esta poesía el agitador lingüístico y el poeta amoroso, el incisivo aforista y el relator metafísico, el mago y «el presentador de la nada», la voz mesiánica y la irónica, manifestada esta última en la irrupción de una risa que Huidobro abrió para siempre en la poesía chilena. Una risa comprendida, valga aclararlo, como una forma del entendimiento, una resistencia a las hostilidades del mundo, «fuegos de risa para el lenguaje tiritando de frío».
Los siete cantos en verso de Altazor, así como los siete en prosa que conforman el más oscuro Temblor de cielo, son tan irregulares, si se quiere, como irrepetibles, llenos de pasajes, de líneas indelebles en las que cohabitan sin trabas anillos de planetas y un balón de fútbol y que alcanzan momentos de una feroz expresividad: «A veces un relámpago nos hace ver en el cielo una mujer despedazada que viene cayendo desde hace ciento cuarenta años».
Después de estos libros señeros, en la década de 1930 Huidobro apenas publica poemas sueltos y manifiestos, entre los que destaca «Total», que explicita la crisis del poeta que se quería desvinculado de la realidad (aunque nunca lo estuvo del todo) y al que los hechos irían aterrizando y metiendo de cabeza en las cuestiones políticas de su época.
Es comenzando la que sería su última década de vida, la de 1940, que Huidobro, ya de vuelta en Chile después de sus peripecias europeas y de construir su propio mito, vuelve a publicar libros de poesía. Edita, en 1941, dos compilaciones de poemas que había escrito durante los años 20 y 30 sin darlos a conocer, salvo algunos en revistas. Son Ver y palpar y El ciudadano del olvido, que marcan la llegada o más bien el asentamiento en Huidobro del tono coloquial o, en palabras de Cedomil Goic, de la «poesía parlante»; el segundo, El ciudadano del olvido, contiene probablemente los mejores poemas de ese tramo de su trayectoria en que el poeta aún mantiene parte del ánimo creacionista y enfático: «El mundo se va por el viento / Y un perro aúlla de infinito buscando la tierra perdida», pero que a la vez deja ver el horizonte de un escepticismo irremediable: «Pasan los días / La eternidad no llega ni el milagro».
Finalmente están los Últimos poemas. Los gloriosos Últimos poemas, que recopiló y publicó póstumamente su hija Manuela. Escritos hacia el final de su vida, se ha visto por lo general en ellos un vuelco radical, aun en el contexto de la voz siempre cambiante de Huidobro –de una transfiguración o «conversión poética», hablará por ejemplo Óscar Hahn–. Es posible verlos tal vez como una decantación, porque no abandonan del todo el ímpetu imaginativo ni cierta vehemencia. Es decir, se mantiene en esos poemas una voz característica pero se impone un desplazamiento final, una nueva apertura que tiene que ver ya no con la agitación y la invención a toda costa, sino con una feraz reconciliación con lo humano («Quieres volver los ojos a la vida») y con la naturaleza, notoria en sus inmortales «Monumento al mar» o «Éramos los elegidos del sol». Es sobre todo una atenuación del tono –un matiz en la vehemencia– la que modula los Últimos poemas, una serenidad en la mirada y la composición, reflejo quizás de un volcarse a tierra ante la intuición de la propia muerte. Como sea, esto no contradice sino que realza esa vocación de altura y ese movimiento perpetuo que marcaron el trabajo poético de Huidobro.
En definitiva, y dicho con un verso del propio poeta, esta reunión de ocho libros esenciales muestra cómo, poéticamente hablando, «un hombre se levanta y marcha hacia sus límites».
SOBRE ESTA EDICIÓN
Los libros recogidos en este volumen están dispuestos cronológicamente según su fecha de publicación, que es la que se consigna aquí en la portadilla de cada uno y que en algunos casos –Altazor, Ver y palpar y El ciudadano del olvido– son considerablemente posteriores a las fechas de escritura que el propio autor señalara.
Respecto a las versiones, en acuerdo con la Fundación Vicente Huidobro, hemos optado en esta Poesía reunida por remitirnos a la primera edición de cada libro, cuya data se consigna en el listado bibliográfico al final de esta nota. Sólo en el caso de Temblor de cielo se ha tomado como base la segunda edición, publicada en Chile en 1942 y vista por el propio autor. En cuanto a los Últimos poemas, mantenemos la edición –selección y orden– que meses después de la muerte de Huidobro publicara su hija Manuela. Para aclarar que se trata de textos aparte, a los poemas que no tienen título se les ha puesto, tanto en la página misma como en el índice, el primer verso entre corchetes.
Sobre esas ediciones, se han hecho las actualizaciones ortográficas que el tiempo ha impuesto, por ejemplo la eliminación de tildes en los demostrativos, así como correcciones de errores y erratas. En los casos en que las primeras ediciones dejaban dudas –básicamente erratas o ambigüedad entre saltos de estrofa y cambios de página–, se tuvo en consideración las Obras completas (Editorial Andrés Bello, Santiago, 1976) y la edición crítica de la Obra poética de Huidobro publicada por Cedomil Goic (Colección Archivos ALLCA XX, Madrid, 2003).
Conste un agradecimiento al incondicional y valioso apoyo otorgado por la Fundación Vicente Huidobro, en especial de parte de su presidente, Vicente García-Huidobro Santa Cruz, y del editor y consejero de la misma, Mario Meléndez.
Primeras ediciones de los libros reunidos en este volumen:
– El espejo de agua, Orión, Buenos Aires, 1916.
– Ecuatorial, Imprenta Pueyo, Madrid, 1918.
– Poemas árticos, Imprenta Pueyo, Madrid, 1918.
– Altazor o el viaje en paracaídas (1919), Compañía Iberoamericana de publicaciones, Madrid, 1931.
– Temblor de cielo, Editorial Plutarco, Madrid, 1931; segunda edición: Editorial Cruz del Sur, Santiago, 1942.
– Ver y palpar (1923-1933), Ediciones Ercilla, Santiago, 1941.
– El ciudadano del olvido (1924-1934), Ediciones Ercilla, Santiago, 1941.
– Últimos poemas, Talleres Gráficos Ahués Hermanos, Santiago, 1948.
EL ESPEJO DE AGUA
1916
A Fernán Félix de Amador,
poeta hermano
ARTE POÉTICA
Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
Cuanto miren los ojos, creado sea,
Y el alma del oyente quede temblando.
Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.
Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo, en los museos;
Mas no por eso tenemos menos fuerza;
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.
Por qué cantáis la rosa, ¡oh, Poetas!
¡Hacedla florecer en el poema!
Sólo para vosotros
Viven todas las cosas bajo el Sol.
El Poeta es un pequeño Dios.
EL ESPEJO DE AGUA
Mi espejo, corriente por las noches,
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.
Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron.
Es un estanque verde en la muralla
Y en medio duerme tu desnudez anclada.
Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,
Mis ensueños se alejan como barcos.
De pie en la popa siempre me veréis cantando.
Una rosa secreta se hincha en mi pecho
Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo.
EL HOMBRE TRISTE
Lloran voces sobre mi corazón...
No más pensar en nada.
Despierta el recuerdo y el dolor,
Tened cuidado con las puertas mal cerradas.
Las cosas se fatigan.
En la alcoba,
Detrás de la ventana donde el jardín se muere,
Las hojas lloran.
En la chimenea languidece el mundo.
Todo está oscuro,
Nada vive,
Tan sólo en el Ocaso
Brillan los ojos del gato.
Sobre la ruta se alejaba un hombre.
El horizonte habla.
Detrás todo agonizaba.
La madre que murió sin decir nada
Trabaja en mi garganta.
Tu figura se ilumina al fuego
Y algo quiere salir.
El chorro de agua en el jardín.
Alguien tose en la otra pieza,
Una voz vieja.
¡Cuán lejos!
Un poco de muerte
Tiembla en los rincones.
EL HOMBRE ALEGRE
No lloverá más
Pero algunas lágrimas
Brillan aún en tus cabellos.
Un hombre salta en el sol.
Sus ojos llenos del polvo de todos los caminos.
Y su canción no brota de sus labios.
El día se rompe contra los vidrios
Y las angustias se desvanecen.
El universo
Es más claro que mi espejo.
El vuelo de los pájaros y el gritar de los niños
Es del mismo color,
Verde.
Sobre los árboles,
Más altos que el cielo,
Se oyen campanas al vuelo.
NOCTURNO
Las horas resbalan lentamente
Como las gotas de agua por un vidrio.
Silencio nocturno.
El miedo se esparce por el aire.
Y el viento llora en el estanque.
¡Oh!...
Es una hoja.
Se diría que es el fin de las cosas.
Todo el mundo duerme…
Un suspiro;
En la casa alguien ha muerto.
OTOÑO
Guardo en mis ojos
El calor de tus lágrimas…
Las últimas,
Ya no llorarás más.
Por los caminos
Viene el otoño
Arrancando todas las hojas.
¡Oh qué cansancio!
Una lluvia de alas
Cubre la tierra.
NOCTURNO II
La pieza desierta;
Cerrada está la puerta;
Se siente irse la luz.
Las sombras salen de debajo de los muebles,
Y allá lejos, los objetos perdidos,
Se ríen.
La noche.
La alcoba se inunda.
Estoy perdido.
Un grito lleno de angustia;
Nadie ha respondido.
AÑO NUEVO
El sueño de Jacob se ha realizado;
Un ojo se abre frente al espejo
Y las gentes que bajan a la tela
Arrojaron su carne como un abrigo viejo.
La película mil novecientos dieciséis
Sale de una caja.
La guerra europea.
Llueve sobre los espectadores
Y hay un ruido de temblores.
Hace frío.
Detrás de la sala
Un viejo ha rodado al vacío.
ALGUIEN IBA A NACER
Algo roza los muros...
Un alma quiere nacer.
Ciega aún.
Alguien busca una puerta,
Mañana sus ojos mirarán.
Un ruido se ahoga en los tapices.
¿Todavía no encuentras?
Pues bien, vete,
No vengas.
En la vida
Sólo a veces hay un poco de sol.
Sin embargo vendrá,
Alguien la espera.
ECUATORIAL
1918
A Pablo Picasso
Era el tiempo en que se abrieron mis párpados sin alas
Y empecé a cantar sobre las lejanías desatadas
Saliendo de sus nidos
Atruenan el aire las banderas
LOS HOMBRES
ENTRE LA YERBA
BUSCABAN LAS FRONTERAS
Sobre el campo banal
el mundo muere
De las cabezas prematuras
brotan alas ardientes
Y en la trinchera ecuatorial
trizada a trechos
Bajo la sombra de aeroplanos vivos
Los soldados cantaban en las tardes duras
Las ciudades de Europa
se apagan una a una
Caminando al destierro
El último rey portaba al cuello
Una cadena de lámparas extintas
Las estrellas
que caían
Eran luciérnagas del musgo
Y los afiches ahorcados
pendían a lo largo de los muros
Una sombra rodó sobre la falda de los montes
Donde el viejo organista hace cantar las selvas
El viento mece los horizontes
Colgados de las jarcias y las velas
Sobre el arcoíris
Un pájaro cantaba
Abridme la montaña
Por todas partes en el suelo
He visto alas de golondrinas
Y el Cristo que alzó el vuelo
Dejó olvidada la corona de espinas
Sentados sobre el paralelo
Miremos nuestro tiempo
SIGLO ENCADENADO EN UN ÁNGULO DEL MUNDO
En los espejos corrientes
Pasan las barcas bajo los puentes
Y los ángeles-correo
Reposan en el humo de los dreadnoughts
Entre la hierba
silba la locomotora en celo
Que atravesó el invierno
Las dos cuerdas de su rastro
Tras ella quedan cantando
Como una guitarra indócil
Su ojo desnudo
Cigarro del horizonte
Danza entre los árboles
Ella es el Diógenes con la pipa encendida
Buscando entre los meses y los días
Sobre el sendero equinoccial
Empecé a caminar
Cada estrella
Es un obús que estalla
Las plumas de mi garganta
Se entibiaron al sol
que perdió un ala
El divino aeroplano
Traía un ramo de olivo entre las manos
Sin embargo
Los ocasos heridos se desangran
Y en el puerto los días que se alejan
Llevaban una cruz en el sitio del ancla
Cantando nos sentamos en las playas
Los más bravos capitanes El capitán Cook
En un iceberg iban a los polos Caza auroras boreales
Para dejar su pipa en labios En el Polo Sur
Esquimales
Otros clavan frescas lanzas en el Congo
El corazón del África soleado
Se abre como los higos picoteados
Y los negros
de divina raza
esclavos en Europa
Limpiaban de su rostro
la nieve que los mancha
Hombres de alas cortas
Han recorrido todo
Y un noble explorador de la Noruega
Como botín de guerra
Trajo a Europa
entre raros animales
Y árboles exóticos
Los cuatro puntos cardinales
Yo he embarcado también
Dejando mi arrecife vine a veros
Las gaviotas volaban en torno a mi sombrero
Y heme aquí
de pie
en otras bahías
Bajo el boscaje afónico
Pasan lentamente
las ciudades cautivas
Cosidas una a una por hilos telefónicos
Y las palabras y los gestos
Vuelan en torno del telégrafo
Quemándose las alas
cual dioses inexpertos
Los aeroplanos fatigados
Iban a posarse sobre los pararrayos
Biplanos encinta
pariendo al vuelo entre la niebla
Son los pájaros amados
Que en nuestras jaulas han cantado
Es el pájaro que duerme entre las ramas
Sin cubrir la cabeza bajo el ala
En las noches
los aviones volaban junto al faro
El faro que agoniza al fondo de los años
Alguien amargado
Las pupilas vacías
Lanzando al mar sus tristes días Toma el barco
Partir
Y de allá lejos
Mirar las ventanas encendidas
Y las sombras que cruzan los espejos
Como una bandada
de golondrinas jóvenes
Los emigrantes cantaban sobre las olas invertidas
M A R
MAR DE HUMAREDAS VERDES
Yo querría ese mar para mi sed de antaño
Lleno de flotantes cabelleras
Sobre esas olas fuéronse mis ansias verdaderas
Bajo las aguas gaseosas
Un serafín náufrago
Teje coronas de algas
La luna nueva
con las jarcias rotas
Ancló en Marsella esta mañana
Y los más viejos marineros
En el fondo del humo de sus pipas
Habían encontrado perlas vivas
El capitán del submarino
Olvidó en el fondo su destino
Al volver a la Tierra
Vio que otro llevaba su estrella
Desterrados fiebrosos del planeta viejo
Muerto al alzar el vuelo
Por los cañones antiaéreos
Un emigrante ciego
Traía cuatro leones amaestrados
Y otro llevaba al hospital del puerto
Un ruiseñor desafinado
Aquel piloto niño
que olvidó su pipa humeante
Junto al volcán extinto
Encontró en la ciudad
los hombres de rodillas
Y vio alumbrar las vírgenes encinta
Allá lejos
Allá lejos
Vienen pensativos
los buscadores de oro
Pasan cantando entre las hojas
Sobre sus hombros
Traen la California
Al fondo del crepúsculo
Venían los mendigos semimudos
Un rezador murmullo
Inclinaba los árboles
Sobre los mares
Huyó el Estío
QUÉ DE COSAS HE VISTO
Entre la niebla vegetal y espesa
Los mendigos de las calles de Londres Pegados como anuncios
Contra los fríos muros
Recuerdo bien
Recuerdo
Aquella tarde en Primavera
Una muchacha enferma
Dejando sus dos alas a la puerta Entraba al sanatorio
Aquella misma noche
bajo el cielo oblongo
Diez Zeppelines vinieron a París
Y un cazador de jabalís
Dejó sangrando siete
Sobre el alba agreste
Entre la nube que rozaba el techo
Un reloj verde
Anuncia el año
1917
LLUEVE
Bajo el agua
Enterraban los muertos
Alguien que lloraba
Hacía caer las hojas
Signos hay en el cielo
Dice el astrólogo barbudo
Una manzana y una estrella
Picotean los búhos
Marte
pasa a través de
Sagitario
SALE LA LUNA
Un astro maltratado
Se desliza
Astrólogos de mitras puntiagudas
De sus barbas caían copos de ceniza
Y heme aquí
Entre las selvas afinadas
Más sabiamente que las viejas arpas
En la casa
que cuelga del vacío
Cansados de buscar
los Reyes Magos se han dormido
Los ascensores descansan en cuclillas
Y en todas las alcobas
Cada vez que da la hora
Salía del reloj un paje serio
Como a decir
El coche aguarda
mi señora
Junto a la puerta viva
El negro esclavo
abre la boca prestamente
Para el amo pianista
Que hace cantar sus dientes
Esta tarde yo he visto
Los últimos afiches fonográficos
Era una confusión de gritos
Y cantos tan diversos
Como en los puertos extranjeros
Los hombres de mañana
Vendrán a descifrar los jeroglíficos
Que dejamos ahora
Escritos al revés
Entre los hierros de la Torre Eiffel
Llegamos al final de la refriega
Mi reloj perdió todas sus horas
Yo te recorro lentamente
Siglo cortado en dos
Y con un puente
Sobre un río sangriento
Camino de Occidente
Una tarde
al fondo de la vida
Pasaba un horizonte de camellos
En sus espaldas mudas
Entre dos pirámides huesudas
Los hombres del Egipto
Lloran como los nuevos cocodrilos
Y los santos en tren
buscando otras regiones
Bajaban y subían en todas las estaciones
Mi alma hermana de los trenes
Un tren puede rezarse como un rosario
La cruz humeante perfumaba los llanos
Henos aquí viajando entre los santos
El tren es un trozo de la ciudad que se aleja
El anunciador de estaciones Ha gritado
Primavera
Al lado izquierdo
30 minutos
Pasa el tren lleno de flores y de frutos
El Niágara ha mojado mis cabellos
Y una neblina nace en torno de ellos
Los ríos
Todos los ríos de las nacientes cabelleras
Los ríos mal trenzados
Que los ardientes veranos han besado
Un paquebot perdido costeaba
Las islas de oro de la Vía Láctea
La cordillera Andina
Veloz como un convoy
Atraviesa la América Latina
El Amor
El Amor
En pocos sitios lo he encontrado
Y todos los ríos no explorados
Bajo mis brazos han pasado
Una mañana
Pastores alpinistas
Tocaban el violín sobre la Suiza
Y en la estrella vecina
Aquel que no tenía manos
Con las alas tocaba el piano
Siglo embarcado en aeroplanos ebrios
A DÓNDE IRÁS
Caminando al destierro
El último rey portaba al cuello
Una cadena de lámparas extintas
Y ayer vi muerta entre las rosas
La amatista de Roma
ALFA
OMEGA
DILUVIO
ARCOÍRIS
Cuántas veces la vida habrá recomenzado
Quién dirá todo lo que en un astro ha pasado
Sigamos nuestra marcha
Llevando la cabeza madura entre las manos
EL RUISEÑOR MECÁNICO HA CANTADO
Aquella multitud de manos ásperas
Lleva coronas funerarias
Hacia los campos de batalla
Alguien pasó perdido en su cigarro
QUIÉN ES
Una mano cortada
Dejó sobre los mármoles
La línea Ecuatorial recién brotada
Siglo
Sumérgete en el sol
Cuando en la tarde
Aterrice en un campo de aviación
Hacia el solo aeroplano
Que cantará un día en el azul
Se alzará de los años
Una bandada de manos
CRUZ DEL SUR
SUPREMO SIGNO AVIÓN DE CRISTO
El niño sonrosado de las alas desnudas
Vendrá con el clarín entre los dedos
El clarín aún fresco que anuncia
El Fin del Universo
POEMAS ÁRTICOS
1918
A Juan Gris y Jacques Lipchitz,
recordando nuestras charlas vesperales
en aquel rincón de Francia
