Psicodélicos y mi otro yo

Rodrigo Jarpa

Fragmento

 Prólogo

Después de décadas en el olvido, las sustancias psicodélicas están encontrando un renacimiento en la cultura occidental. Históricamente asociados a lo transgresor, lo ilegal y en muchos casos, lo inmoral, hoy los psicodélicos están siendo reconsiderados como herramientas de transformación de la mente y el cerebro. Una transformación con el potencial de revolucionar la salud mental y ofrecernos una ventana a los mecanismos más profundos de la consciencia.

Junto a un grupo de jóvenes investigadores, provenientes de diversas disciplinas y países, en los últimos años hemos realizado investigaciones sobre el potencial de los psicodélicos para tratar condiciones como la depresión, la ansiedad, las adicciones, los trastornos de la alimentación y el dolor, entre otros. Gracias al desarrollo de nuevas tecnologías, hemos sido capaces de observar, por primera vez, cómo estas sustancias actúan en el cerebro para transformar la consciencia de manera tan profunda. Nuestros hallazgos muestran que un cerebro bajo los efectos de LSD, hongos psilocibios o DMT, es un cerebro que presenta mayor flexibilidad, fluidez y conexión.

Las investigaciones más recientes incluso sugieren que este impacto podría traducirse en transformaciones duraderas, con aumentos en la neuroplasticidad (cambios en la estructura cerebral) sin precedentes en la psiquiatría. Este aumento en las conexiones neuronales parece ofrecer a los individuos nuevas oportunidades para experimentar la vida de manera diferente: verse a sí mismos con una mirada fresca y revisar creencias y pensamientos que muchas veces dominan la experiencia de una persona con depresión o ansiedad, causando tanto sufrimiento.

La ciencia respalda estos efectos. Por ejemplo, en el estudio más amplio realizado hasta la fecha, una sola dosis de 25 mg de psilocibina (el compuesto activo de los hongos psilocibios) logró reducir, de manera rápida y duradera, los síntomas en pacientes con depresión mayor. Este y otros estudios también han demostrado que la administración de psilocibina aumenta el bienestar general, el sentido de propósito y el funcionamiento sexual, social y laboral. Comparados con los antidepresivos convencionales, cuyos efectos secundarios incluyen dependencia y disfunciones sexuales y del sueño, los psicodélicos ofrecen una alternativa prometedora.

Sin embargo, es importante recordar que los psicodélicos no son una panacea, ni un milagro que desciende de los cielos para salvar a la humanidad de su neurosis actual. Estas sustancias también conllevan riesgos psicológicos. Sin un cuidado adecuado y un acompañamiento experto, pueden llegar a traumatizar a quienes buscan en ellas una forma de aliviar su dolor existencial. Además, evidencia emergente indica que, en poblaciones vulnerables, con poca preparación o en contextos inapropiados, el uso de psicodélicos puede desencadenar problemas psicológicos que perduran en el tiempo.

Este panorama nos presenta los psicodélicos como un arma de doble filo: herramientas capaces de alterar la consciencia de manera poderosa, con el potencial de brindar beneficios revolucionarios, pero también riesgos considerables. Esto subraya la complejidad y vulnerabilidad inherentes a estas experiencias, así como la necesidad de una aproximación ética que las considere.

En este libro, Rodrigo abarca esta complejidad, al guiarnos a través de los aspectos más apasionantes y desafiantes de la ciencia y terapia psicodélica, combinando ciencia, filosofía y humanidades. Esta aproximación no solo busca comprender los efectos de los psicodélicos en el cerebro, sino también explorar su capacidad para conectarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que habitamos.

A través de estas páginas, encontrarás historias que te conmoverán, datos que te sorprenderán y preguntas que quizá nunca te habías planteado. Pero, más allá de eso, encontrarás una invitación a reflexionar sobre qué significa ser humano en un mundo que, aunque profundamente fragmentado, aún guarda el potencial de transformarse.

La ciencia avanza con preguntas, no con certezas. Y los psicodélicos, como señala Rodrigo, no solo modifican nuestra percepción de la realidad, sino que también nos impulsan a cuestionar lo que creemos saber sobre ella. De esta forma, este libro abre un espacio necesario para el diálogo, la exploración y la integración.

Espero que, al cerrar estas páginas, no solo hayas aprendido algo nuevo, sino que también sientas el impulso de mirar hacia adentro y hacia afuera con una curiosidad renovada y un compromiso más profundo con la vida. Después de todo, como bien sabemos quienes trabajamos en este campo, los límites de la mente humana son, en muchos sentidos, los límites de nuestro propio universo.

CHRISTOPHER TIMMERMANN

Presidente y fundador de la Fundación ECOH

Doctor en Neuropsicofarmacología,

Imperial College London

POR FAVOR, CON CIENCIA PSICODÉLICA

La ciencia no garantiza una vida perfecta, libre de dolor o peligros, pero nos prepara para navegar de mejor manera por las aguas inciertas de nuestra existencia. Actúa como un faro que ilumina el camino de lo desconocido, llevándonos a explorar territorios antes inimaginables. Derrite los hielos de la ignorancia, enfrentando a piratas, dragones y fantasmas que nuestra historia ha dejado a la deriva. La ciencia no ofrece certezas perpetuas, sino algo aún más valioso: la posibilidad de descubrir.

A lo largo de los siglos, la ciencia ha sido nuestra aliada en la batalla contra males y desafíos que parecían invencibles. Ha ampliado los límites de lo posible y mejorado la calidad de vida de millones de personas. Cada nuevo descubrimiento científico nos ofrece herramientas poderosas no solo para enriquecer nuestras propias vidas, sino también para transformar el mundo a nuestro alrededor.

Sin embargo, su importancia va más allá de sus aplicaciones tecnológicas o de resolver problemas cotidianos. Nos permite entender quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde podríamos ir. Como un maestro humilde, la ciencia se reescribe a sí misma con cada nuevo hallazgo. Nos recuerda nuestra pequeñez en la inmensidad del universo, mientras celebra nuestra capacidad de explorarlo y de maravillarnos con sus misterios.

De alguna manera, los psicodélicos nos ofrecen lecciones similares a la ciencia. El polímata Terence McKenna decía que estas sustancias nos enseñan que todo lo que creemos saber sobre el mundo es apenas una mínima parte de la realidad. Al igual que la ciencia, los psicodélicos nos empujan a ir más allá de nuestras concepciones cotidianas y abrir puertas hacia territorios inexplorados, donde podemos llegar a una comprensión más profunda tanto del mundo como de nosotros mismos.

Ambos —la ciencia y los psicodélicos— nos regalan esos momentos de revelación, esos destellos de «¡Ajá!», en los que todo cobra sentido por un instante. Por caminos distintos, ambos amplían nuestra percepción del universo y transforman nuestra comprensión de nuestro lugar en él.

A pesar de su potencial transformador, la ciencia no es inmune a los errores humanos. En múltiples ocasiones, sus descubrimientos se han desviado hacia fines destructivos. Uno de los ejemplos más dolorosos, es el uso de hallazgos científicos en la guerra o la explotación de tecnologías para obtener ganancias a costa del bienestar social y ambiental. Bajo la fachada del progreso científico se han escondido intereses que priorizan las ganancias sobre el bienestar humano. Farmacéuticas y corporaciones tecnológicas han sido acusadas de explotar sus productos, ignorando la ética y la justicia social. El monopolio de algunas editoriales científicas y la falta de rigor en ciertos estudios y publicaciones no ayudan a recuperar la confianza.

No obstante, sería un error meter a toda la comunidad científica en el mismo saco y quemarlos en la hoguera. Al contrario; las mujeres y hombres que dedican su vida a la ciencia requieren el apoyo de todos quienes, como sociedad, nos beneficiamos de su labor. Son ellos los que con rigor y dedicación, muchas veces enfrentando desafíos éticos y presiones externas, nos abren nuevas fronteras del conocimiento.

La invitación es más bien a cuestionar no solo cómo avanzamos en el conocimiento, sino también para qué y bajo qué principios lo aplicamos. Si el progreso científico se desliga de un progreso moral, si permite que intereses políticos o económicos lo contaminen, lo que hoy es medicina mañana podría convertirse en veneno.

Con esta misma cautela debemos aproximarnos al auge de los psicodélicos, entendiendo que, al igual que la ciencia, no representan soluciones mágicas capaces de resolver todos nuestros problemas. Aunque este «renacimiento» despierta un entusiasmo legítimo, es crucial avanzar con prudencia y un sano escepticismo. Esto cobra aún más importancia si consideramos cómo funciona nuestra mente: subestima la facilidad con la que personas inteligentes y sensatas, incluidas ellas mismas, pueden ser seducidas por ideas sin fundamento o dejarse abducir al País de las Maravillas. Este fenómeno no es casual. Es producto del modo en que nuestro cerebro procesa la información, utilizando sesgos y heurísticos —atajos mentales— para simplificar y dar sentido al mundo que nos rodea. Estos mecanismos nos ayudan a sobrevivir, pero no siempre nos permiten conocer la realidad con precisión, ser felices o alcanzar el Nirvana.

Si niegas esto y crees que eres inmune a estas «trampas cognitivas», tengo algo que contarte: está científcamente demostrado que negar esta vulnerabilidad solo aumenta el riesgo de que sucumbas a tus propios engaños. Por ejemplo, ahora mismo puede que no hayas notado que la palabra «científicamente», que leíste hace algunos segundos, estaba mal escrita. Einstein tenía razón cuando decía que la ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano. De manera paradojal, ese mismo cerebro que puede llevarte al error es también uno de tus mayores aliados. Al igual que la ciencia y los psicodélicos, su verdadero poder radica en cómo lo utilizamos.

El llamado renacimiento psicodélico es, en parte, una revolución científica que está abriendo un diálogo más amplio y revelando nuevos entendimientos sobre la mente y la consciencia. Este movimiento está redibujando los límites de la psiquiatría, la neurociencia y la espiritualidad.

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