Doña Perpetua

Arturo Cano
Alberto Aguirre

Fragmento

Doña Perpetua

1

Antes del ocaso

Los sufrimientos de antaño se intensificaban por punzadas agudas, intermitentes, que volvían un suplicio la acción mecánica de caminar. La maestra Elba Esther Gordillo había soportado durante varios meses la dolencia en los ortejos del pie izquierdo. El traspié provocado por el uso de unos zapatos de plataforma derivó en una fractura del metatarso, por compresión, que obligaría a cualquiera a usar una férula.

Para la presidenta del SNTE era preferible reducir el ritmo al andar, que perder la elegancia. Sólo la muerte de su antecesor y maestro, Carlos Jonguitud Barrios, en noviembre de 2011, la había hecho mostrarse en público con un pie enyesado.

El 1° de julio de 2012, en una sorpresiva aparición, acudió a una casilla en las Lomas de Chapultepec, pero encontró una larga fila de votantes. Agobiada, tuvo que pedir ayuda para mantenerse en pie.

Nadie la vería durante los próximos dos meses, en los que tomó unas semanas de descanso, acompañada por su hija, Maricruz, y sus nietos, Tadeo y Estelita. El 5 de septiembre reaparecería en Toluca, entre los invitados especiales al primer informe del gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila Villegas. El maquillaje, sin imperfecciones, no ocultaba en su frente un ligero hematoma, producto de otro tropezón durante sus vacaciones, que llamó la atención del mandatario de Aguascalientes, Carlos Lozano, y de la gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega, con quienes compartió una sección de la primera fila del Teatro Morelos. El dolor por el dedo fisurado crecía con otra fractura.

En los primeros días de octubre de 2012, en las vísperas del Congreso Nacional del SNTE, una discusión familiar sobre su estado de salud tomó una ruta escabrosa. “Me había dicho que ya estaba hasta la madre de los pleitos entre sus hijas —confesó uno de sus asesores—, y que iba a reunir a toda la familia para ponerle un alto definitivo.”

La ocasión fue una cena que ella convocó ex profeso. A nombre de sus nietos, René Fujiwara —recién estrenado como diputado federal— la emplazó a poner fin de una vez por todas a los tormentos físicos de su salud deteriorada. Y si eso implicaba disminuir sus actividades públicas al mínimo, ni modo.

¿Había llegado el momento de jubilar a la Maestra? En el cónclave familiar nadie se atrevió a opinar sobre esa moción, salvo su primogénita, Maricruz —mamá de René—, quien desde hacía mucho le había pedido dedicar más tiempo a sus nietos. En las antípodas, su media hermana, Mónica Arriola, acabó con la discusión tajantemente: “La Maestra —presumió— goza de cabal salud, a punto de cumplir 68 años. Está más fuerte que nunca, igual que el SNTE y Nueva Alianza, su partido político”.

El imperio de los votos

En un tris podrían haber convidado a un millar de sus leales a un elegante banquete en el ex patio del convento de San Hipólito o a una cena-baile en el salón de fiestas del Piso 51, dos de sus lugares preferidos, cuando de convites se trata. Pero ese sábado 14 de mayo de 2010, estaban obligadas a un doble festejo: por un lado, Eruviel Ávila Villegas ofrecería una taquiza —“sin límite de tiempo”— en honor de Elba Esther Gordillo, y por otro, la hija menor de la Maestra, Mónica, celebraba sus 40 años.

Además, el candidato a la gubernatura del Estado de México tenía una apretada agenda de campaña al día siguiente en el sur de la entidad y la presidenta vitalicia del SNTE no llegaría de San Diego sino hasta después de las cuatro de la tarde. La sede del doble festejo fue un restaurante de Ocoyoacac, al borde de la carretera México-Toluca.

Una velaria quedó instalada en el amplio pastizal, donde se acondicionó un lounge con butacas y sillas blancas para 400 invitados (muy pocos maestros entre ellos), así como mesas cristalinas, con arreglos florales minimalistas.

Ávila Villegas llevaba un mes como abanderado de “Unidos por ti”, la coalición que integró al PRI con el Partido Verde y Nueva Alianza, y en el camino había nombrado a la hija menor de Elba Esther coordinadora adjunta de la campaña. La coalición se había sellado dos semanas antes, en el salón rojo del Club Toluca, ante más de 10 mil maestros.

La mayoría de los invitados llegó al restaurante Jajalpa cuando ya había oscurecido. Poco antes de la medianoche, antes de que le cantaran Las Mañanitas, Arriola Gordillo tomó el micrófono para agradecer a Ávila Villegas —quien se había refugiado en uno de los sillones blancos para platicar con Elba Esther— y desvivirse en elogios a Luis Videgaray, a quien describió como el mejor operador político con el que había podido trabajar. “¡Te amo, Luis!”, dijo, antes de alzar su vaso y brindar por sus amigos. “Ahí nomás”, dijeron, con K-Paz de la Sierra, algunos de los contertulios.

Casi inmediatamente, el economista, quien entonces era presidente del PRI en el Estado de México, se retiró del lugar del brazo de su esposa, Virginia Gómez del Campo, sin despedirse de las festejadas ni de su candidato.

El incidente tendría, para algunos, consecuencias infaustas en el futuro electoral de Nueva Alianza, aunque no en lo inmediato: Ávila Villegas se despachó tres a uno al candidato de la coalición “Unidos podemos más”, Alejandro Encinas Rodríguez.

Una pareja para el “nado sincronizado”

“Parecemos uno mismo”, se ufanaba Luis Castro Obregón, cuando hablaba de su amiga Mónica Arriola. En junio de 2011, ambos se hicieron cargo de Nueva Alianza, él como presidente y ella como secretaria general. Su relación se había estrechado desde 1996, cuando los dos fueron observadores en las elecciones españolas que perdió Felipe González, en la versión de Castro. O bien, como dicen otros cercanos a la familia, cuando Mónica fue enviada a Europa por su madre, en 1994, debido a que andaba “un tanto extraviada en la vida”. Castro hizo las veces de chaperón.

Los choques de Mónica con los dirigentes formales del partido fueron siempre la comidilla en el sindicato y en el Panal. Tomás Ruiz, Xiu Tenorio, Miguel Ángel Jiménez y varios más tuvieron que soportar sus desplantes y las amenazas que siempre remataban con un “pues si no te parece le llamó a mi mamá”. No fue el caso de Luis Castro. “Mi relación con ella es excelente, parece que somos deportistas de nado sincronizado”, presumía el presidente del Panal. A esa pareja tan bien avenida le correspondió arrancar las negociaciones para la coalición que postularía a Enrique Peña Nieto como candidato presidencial en 2012.

Por supuesto que ése no era el único frente abierto. Fiel a una estrategia que siempre le resultó muy rentable, Gordillo no puso todos los huevos en una sola canasta. Mientras Luis y Mónica trataban de convencer a los negociadores del equipo peñista de ceder una decena de candidaturas al Senado de la República y 20 nominaciones “ganadoras” a la Cámara de Diputados, otro grupo —que encabezaba el yerno, Fernando González— contactaba a los operadores electorales de Los Pinos en previsión de que el ex secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, ganara la contienda interna panista.

—En la ruta de la coalición mantuvimos pláticas con las tres principales fuerzas políticas del país —dijo Luis Castro—. Hablamos con el PAN, que está en un proceso interno más complejo y largo. Y con una parte del PRD, pero dependía de varias condiciones.

—De que el candidato fuera Marcelo Ebrard…

—Sí, y de las posiciones comunes que podríamos tener. Pero dado que la ley nos obligaba a registrar el convenio antes de que se definiera la candidatura, definimos con el PRI, aunque acordamos una cláusula que nos permitía salir.

La cláusula establecía que el Panal no estaría obligado a respetar el convenio si, por alguna razón inexplicable, Enrique Peña Nieto no resultaba candidato.

Nueva Alianza ofrecía poner al servicio del PRI la estructura electoral operada por maestros comisionados y a cambio exigía un paquete de candidaturas al Senado en el que figuraban el ex gobernador de Nayarit, Ney González; el yerno, Fernando González, como candidato en Sinaloa; y Mónica por el Estado de México.

Sería una coalición parcial, si prosperaban las negociaciones, porque Gordillo ya había pactado con los gobernadores panistas Marco Antonio Adame, de Morelos; Guillermo Padrés Elías, de Sonora, y Juan Manuel Oliva, de Guanajuato; tres de las seis entidades con elecciones concurrentes, en las cuales se renovarían las gubernaturas.

“El problema fue la candidatura de Mónica”, contaban los negociadores elbistas. “No obstante que era propuesta del gobernador del Estado de México, Videgaray la vetó, y lo mismo pasó con la segunda opción, que era la candidatura por Chiapas.”

“Si mi nombre sirve, ¡yo lo pongo!”

Elba Esther Gordillo recorrió con aire de superioridad a su auditorio, los secretarios generales de todas las secciones de su sindicato y su comité nacional. Era el sábado 21 de enero de 2011 y la reunión no se veía fácil. Estaban ahí muchos de los dirigentes sindicales que el día anterior habían visto esfumarse una diputación que creían tener en la bolsa. “La vara es igual para todos”, dijo Elba Esther, queriendo subrayar el hecho de que su hija y su yerno también tendrían que ganarse sus cargos bajo las siglas del Panal.

“Nos pueden absorber”, comenzó un dirigente, para apoyar la ruptura. “Usted sabe que yo soy priísta, maestra, que entre gitanos no nos leemos las cartas. Y como líder sindical sé que la mayor estupidez que podríamos cometer sería volver a ser subordinados, como en los setenta o los ochenta”, selló el secretario general de una sección.

Uno más, cuyo nombre estaba incluido en la lista de candidatos de la coalición y que en la reunión anterior había ofrecido “los votos necesarios para tres diputaciones”, se desinfló: “Nos van a seguir, no sé, apenas un cinco o diez por ciento”.

Al final, los argumentos se resumieron más o menos así: “En 2006 el PRI no ganó el gobierno. El PAN no ha cuajado para enfrentar al SNTE. Si regresamos subordinados, lo que sigue es la absoluta subordinación”.

Elba Esther, por su lado, hizo un recuento de todos sus pleitos, desde Roberto Madrazo hasta Salinas y Zedillo. Luego ofreció su sacrificio: “Si mi nombre sirve, como operadora, como candidata, ¡yo lo pongo!”, dijo, y la ovación retumbó en las paredes de la Biblioteca Nacional de Educación, el hermoso edificio en el centro de la Ciudad de México que la hija mayor de Elba Esther, Maricruz, rentaba para bodas.

Los dirigentes nacionales y estatales del magisterio se pusieron de pie, unidos en un grito: “¡SNTE, SNTE, SNTE!”

Nada más se dijo.

¿Tienen el valor o les vale?

En la víspera del arranque formal del proceso electoral de julio de 2012, los integrantes del Consejo Nacional del SNTE acudieron a Rosarito, Baja California, a recibir línea de su máxima líder.

En ese mismo jardín “Puerto Nuevo”, del hotel Grand Baja Resort, la Maestra había sido aclamada presidenta vitalicia del SNTE cinco años antes, cuando asumió la misión de comandar la defensa del gremio magisterial, ante los embates y las “groserías” de Josefina Vázquez Mota y la derecha panista.

Aquella tórrida noche del lunes 12 de septiembre de 2011, las amenazas tomaron un rostro distinto: el empresario y filántropo Claudio X. González se había convertido en el enemigo público número uno del SNTE, y en las filas del sindicato existían dudas sobre la espiral de confrontación que había involucrado a su comité nacional.

“¿No se han dado cuenta de que el señor quiere ser secretario de Educación? Eso es lo que está buscando. Televisa también quiere la Secretaría de Educación Pública. ¡Ah que la…!”, se quejaba Elba Esther, oradora principal, al lado de Juan Díaz de la Torre, secretario ejecutivo nacional.

Desde el año 2000, González preside la Fundación Televisa y el programa Bécalos —una de las iniciativas que puso en marcha conjuntamente con el SNTE—, que tiene una membresía de 140 mil personas, de las cuales casi la mitad son maestros. Los equipos de cómputo que han entregado a más de seis mil escuelas públicas sirven a más de dos millones de alumnos.

Elba Esther emplazó a los secretarios seccionales a hacer bien las cuentas. “Chequen cuántos becados tienen en sus secciones. Búsquenlos. Háblenles… Denles un reconocimiento si quieren. Pero ¿saben qué? ¡Se los están adoctrinando en contra! Y al rato, ¡bonita feria van a tener en cada sección!”

La lideresa sindical formuló un relato pormenorizado de la estrategia echada a andar para inhibir la injerencia de la Fundación Televisa. En ese plan involucró —gracias a su yerno, Fernando González— a la Fundación TV Azteca, al Monte de Piedad y a Grupo Homex, empresas con las que se asoció para lanzar el programa “Generación Bicentenario”, que incluyó un show de televisión y la entrega de becas de por vida a mil alumnos de alto rendimiento de las escuelas de educación básica de todo el país.

La Maestra se sinceró cuando dijo que había pensado entregar estímulos económicos a los maestros de esos alumnos brillantes. “Estoy pensando que esa beca lleve el nombre de Elba Esther. ¡Vean hasta dónde llega mi vanidad!”, dijo, para enseguida recibir una cerrada ovación.

Al borde de un nuevo arrebato, la presidenta vitalicia del SNTE reclamó a los mandos medios y superiores del SNTE haber dejado correr las versiones de que Nueva Alianza se sumaría a la coalición electoral encabezada por Enrique Peña Nieto.

“Algunos creen que nos estamos alineando desde ahorita, sin darnos cuenta de que lo mismo que nos pasó ayer con el PAN, nos puede pasar mañana con el PRI” —argumentó—, “sin entender que nuestra libertad y nuestra fuerza radican justamente en nuestra autonomía e independencia. Y moleste a quien moleste, pese a quien le pese, tuvimos la fortuna de idear a nuestro partido, para bien o para mal.”

Elba Esther no informó sobre los avances en las reuniones que sus representantes sostenían con el PAN y el PRI. Dijo en cambio: “Más vale solos que mal acompañados”, y también que la prioridad era que Nueva Alianza colocara un “fuerte número de representantes” en el Congreso de la Unión, antes que definir su política de alianzas y seleccionar a su candidato presidencial.

“Poder es poder, señores. Poder es poder. Necesitamos tener un gran número de representantes en la Cámaras. Por eso mi súplica es: fortalezcamos a Nueva Alianza. Que no haya rivalidades entre el partido, los diputados y la dirigencia del sindicato.”

Las negociaciones de una coalición, argumentó, debían privilegiar las “metas claras” del proyecto magisterial: tener el control de la SEP, el ISSSTE y una bancada robusta, “para que nadie toque a este sindicato. Y si llegara alguien con esos afanes, se encontraría un grupo de diputados y senadores dispuesto a todo. Que no crean que van a tener voto incondicional”.

Una “separación amistosa” y un “personaje indefendible”

“No estuvimos dispuestos a renunciar a nuestra autonomía a cambio de un plato de candidaturas”, dijo Luis Castro, unas horas después del rompimiento de la alianza con el PRI, en enero de 2012. Entonces, nadie estaba en condiciones de prever que esa ruptura iba a tener, entre sus muchas consecuencias, el fin político de la Maestra.

La gota que derramó el vaso fue que el Panal no aceptó, en la versión de Castro, ampliar la coalición a entidades donde el PRI pensaba necesitarla, entre ellas el Distrito Federal.

—¿Por qué se deshace la alianza?

—Una parte de los priístas está actuando de manera tradicional, trampeando u obstaculizando los cambios que quiere impulsar Peña Nieto. Por eso aparece José Murat en el comité nacional o por eso aparece Mario Marín en los mítines. Creemos que eso no lo quiere ni le conviene a Peña Nieto —respondió Castro, en la declaración pública.

“No es una ruptura, es una separación amistosa”, completó Pedro Joaquín Coldwell, presidente del PRI, con quien el neoaliancista ni siquiera se había reunido, en contraste con la fluida relación que tuvo con su antecesor, Humberto Moreira.

Dos hechos dieron velocidad a la ruptura: uno, que el 15 de enero, López Obrador y Marcelo Ebrard —favorito de la Maestra— presentaron los resultados de sus encuestas y pactaron la nominación del primero a la presidencia; el segundo, la reestructuración del comité nacional del PRI, forzada por la renuncia de Moreira, trajo de regreso a posiciones importantes a personajes que Elba Esther consideraba sus enemigos.

La lectura en su entorno fue que la fracción del PRI que promovía la coalición estaba debilitada y que había entregado muchas posiciones del comité nacional al grupo contrario a llevarla adelante. “A lo mejor prosigue, si tres días antes no se anuncian los cambios en el CEN del PRI”, dijo entonces uno de los negociadores neoaliancistas.

A partir de experiencias en elecciones locales, donde los partidos grandes aliados le habían restado votos (el “efecto popote”, le llamaron), los estrategas del Panal convencieron a Elba Esther de que existía el peligro real de que obtuvieran muchos diputados y senadores, pero a costa de perder el registro. Así, los legisladores neoaliancistas serían mercancía en oferta al mejor postor. ¿Quién iba a controlar a esos 20 diputados? Peña Nieto con su mayoría, no la Maestra, decían los operadores.

Algunos días después del anuncio de la candidatura de López Obrador y de la reestructuración del CEN del PRI, la indecisión del Panal terminó y el joven partido procedió a firmar el convenio de coalición con el PRI y el PVEM el 18 de noviembre de 2011. A pesar de todo, el 20 de enero de 2012, la víspera de la inscripción de candidatos al Senado, la alianza electoral fue cancelada.

Sin el PRI, pero con el PRI

En mayo, Nueva Alianza retomó sus negociaciones con el PRI. “Teníamos que dejar atrás la crisis de la coalición total”, refirió Fernando González, quien representó a la Maestra en esa etapa. “Al principio había cierta altivez en el equipo peñista, pero cuan-do les dimos evidencia irrefutable del posicionamiento electoral de López Obrador, cambiaron completamente su actitud.”

Esa evidencia —sólo una encuesta en realidad— era el presagio de una catástrofe en ciernes, con el PRI en segundo lugar en el Distrito Federal, Veracruz y Nuevo León, tres de los gigantes electorales. En los meses siguientes, el trato entre los operadores de ambos lados fluiría sin contratiempos.

Nuevamente, Elba Esther había jugado a dos manos: amarrar una coalición parcial con el PRI o con el PAN, como primera opción, o postular a un ciudadano sin antecedentes partidistas… para repetir la lógica de 2006 que se cristalizó en el “uno de tres”, la estrategia electoral convertida en slogan de campaña por los publicistas J. J. Rendón y Juan Kuri, que los cuadros magisteriales atendieron con disciplina espartana.

El voto para diputados federales sería para el partido turquesa. En las otras boletas era susceptible de trueque o de venta. La derrota de Ernesto Cordero en la interna del PAN dejó al elbismo con la única opción de jugársela con Peña Nieto.

En esas andaban cuando en el PRI se impuso la “soberbia” de los “20 puntos de ventaja” en las encuestas y otro ingrediente que los peñistas soltaron varias veces en la mesa de negociaciones: “El problema es que a ustedes los encabeza un personaje indefendible que le carga muchos negativos a la campaña”.

La alianza ya no sería formal sino de facto.

Un hipster en el elbismo

Consumada la ruptura y antes de decidirse por el “ambientalista liberal” Gabriel Quadri, el Panal tuvo que desechar a “muchos espontáneos” que se acercaron a ofrecer sus servicios y lamentar que le “bajaran” a dos fuertes prospectos.

El primero fue el ex secretario de Salud José Ángel Córdova Villalobos, quien pronto dejó de coquetear con la idea de ser el cuarto candidato presidencial, pues le llovieron invitaciones nada cordiales para que se disciplinara y se sumara a Vázquez Mota. “Nos habló de amenazas contra su familia”, dijeron los operadores de la Maestra.

El segundo fue Esteban Moctezuma Barragán, alguna vez brazo derecho de Ernesto Zedillo y empleado del SNTE durante una época. Y claro, uno de los tres “amores” de Elba Esther. Pero a Moctezuma “le cayeron encima todos los mensajes”: Desde el poder, le dijeron que podía “pasar a la historia como un ex funcionario decente o alguien que se hundió con Elba Esther”. La posibilidad se cerró definitivamente cuando su patrón Ricardo Salinas Pliego —el ex zedillista preside la Fundación Azteca— le dijo que si se marchaba, no habría retorno.

Del largo desfile de nombres manejados desde la ruptura de la alianza Panal-PRI, hubo muchos que sólo estuvieron en los medios. “Sí se discutió que fuera una mujer, pero no era condición sine qua non. Buscábamos sorpresa y novedad, pero nunca consideramos a Rosario Robles, aunque sí tuvimos algún acercamiento con Patricia Mercado”, contó uno de los operadores de la candidatura.

Así, por factores externos, se abrió paso la idea promovida por un grupo de consejeros de Gordillo: un candidato con “perfil ciudadano” y “fuertes credenciales académicas”, en lugar de los “cartuchos quemados” que querían Mónica Arriola y Fernando González, quienes llegaron a considerar al ex consejero del IFE Emilio Zebadúa, asesor del SNTE desde años atrás y hoy oficial mayor de la Secretaría de Desarrollo Social de Rosario Robles.

Gabriel Quadri recibió el sí definitivo la noche del martes 14 de febrero de 2012, día del amor y la amistad. No fue casualidad. En esa fecha, con una cena que se prolongó hasta altas horas de la madrugada, Gordillo celebró su cumpleaños. Había cumplido 67 o 69 años —según la fecha que se dé por buena de entre sus contradictorias biografías— el 6 de febrero, pero la fiesta tradicional se había pospuesto por su ausencia del país.

Algunos de los colaboradores cercanos de la dirigente recuerdan su sorpresa cuando vieron que Fernando, el yerno, iba de un lado a otro preguntando quién sería el ungido. Ni él mismo lo sabía.

Luis Castro y Mónica Arriola no asistieron a la cena, pues tras la aprobación se dedicaron a afinar detalles con el flamante candidato que presentarían al día siguiente. Como en 2006, Nueva Alianza confió en la fuerza del aparato electoral del SNTE… y en el talento de sus mercadólogos, aunque a media campaña, en el cuarto de guerra, sustituyeron la narrativa de la Quadri-combi —concepto del consultor político Jordi Segarra, de origen catalán— por los spots de Juan Kuri, de Mala Idea.

Tras los votos del Verde

Un hecho dio el empujón final a la candidatura de Quadri: la postulación del hijo del veracruzano Rafael Ochoa Guzmán, Ulises, como candidato a una diputación federal por el Partido Verde. “Nueva Alianza perdió peso”, dijo Ulises y se fue.

Rafael Ochoa había sido colaborador de la Maestra y secretario general del SNTE hasta junio de 2011, pero en aquel momento pesaban sobre él sospechas de traición. En el cuarto de guerra gordillista vieron la jugada como una confirmación de que algunos sectores del PRI buscaban meterse en la vida del sindicato y de su brazo electoral. “Ya Francisco Labastida y otros habían amenazado con que no necesitaban de la alianza nacional porque iban a pactar con los líderes estatales del SNTE”, dijo por esos días uno de los estrategas de la Maestra.

En consecuencia, el Panal necesitaba reforzar su “autonomía”, y eso se conseguía por medio de la postulación de un candidato propio a la presidencia. Y ese candidato era Quadri, cuyo perfil de ambientalista le permitiría al Panal disputar los votos ecológicos del partido del Niño Verde.

Un punto de quiebre en las negociaciones de la coalición PRI-Nueva Alianza había ocurrido cuando Luis Castro puso en la mesa la candidatura de Mónica Arriola al Senado por el Distrito Federal. “La tenemos reservada para Pablo Escudero o quien designe el senador Beltrones”, respondió Luis Videgaray.

Se atravesaba de nuevo la historia de los viejos enemigos, Gordillo y Beltrones, puesto que Escudero, miembro del Partido Verde, es también yerno del sonorense. (“¿Por qué nadie habla de ese yerno, por qué sólo de Fernando?”, se quejaban los asesores de la Maestra.)

El pleito con Beltrones es una de las historias más repetidas en la biografía de la profesora Gordillo, aunque hacia finales de 2011, ambos ya se habían reunido al menos en dos ocasiones, “para limar asperezas”, como dicen los clásicos.

¿Pleito a muerte? A mediados de mayo de ese año, Canek Vázquez Góngora, muchos años secretario p

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos