Hernán Cortés. Más allá de la leyenda

Christian Duverger

Fragmento

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ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Prólogo. Un nuevo Cortés mestizo

Prefacio. Cortés, el independentista

Introducción

Primera parte: De Medellín a Cuba(1485-1518)

  Capítulo 1. Infancia (1485-1499)

    Referencias genealógicas

    La vida de familia en Medellín

  Capítulo 2. La España medieval de Isabel la Católica

    La Castilla entre Portugal y Aragón

    La guerra civil: Isabel contra la Beltraneja

    El viraje de 1479

    La Inquisición

    La caída de Granada

  Capítulo 3. El descubrimiento de América

    El Atlántico, mar portugués

    El tan oscuro Cristóbal Colón

    El reparto del mundo

  Capítulo 4. La adolescencia (1499-1504)

    Salamanca

    Nicolás de Ovando, gobernador general de las Indias

    La incertidumbre

  Capítulo 5. La Española (1504-1511)

    El oro y las primeras políticas de colonización

    La pacificación de los indios

    La vida en Santo Domingo: de Ovando a Diego Colón

  Capítulo 6. Cuba (1511-1518)

    La conquista de Cuba

    El conflicto con Velázquez y el asunto del matrimonio

    El fin de un mundo

    La ruta de Yucatán

    La expedición de Grijalva

    La tercera expedición: la hora de Cortés

Segunda parte: La Conquista de México (1518-1522)

  Capítulo 1. Trinidad, enero de 1519. Gran partida

  Capítulo 2. Barcelona, 15 de febrero de 1519. Carlos I

  Capítulo 3. Cozumel, febrero de 1519. Náufrago

  Capítulo 4. Tabasco, marzo de 1519. La Malinche

  Capítulo 5. San Juan de Ulúa, 22 de abril de 1519. Desembarco

  Capítulo 6. Villa Rica de la Vera Cruz, mayo de 1519. Fundación

  Capítulo 7. Cempoala, junio de 1519. Alianza

  Capítulo 8. Fráncfort, 28 de junio de 1519. Carlos V

  Capítulo 9. Villa Rica de la Vera Cruz, julio de 1519. Hundimiento

  Capítulo 10. Tlaxcala, septiembre de 1519. Enfrentamientos y alianzas

  Capítulo 11. Cholula, octubre de 1519. Masacre

  Capítulo 12. México-Tenochtitlan, 8 de noviembre de 1519. Cortés y Motecuzoma

  Capítulo 13. Veracruz, mayo de 1520. Subversión

  Capítulo 14. México. Templo Mayor, mayo de 1520. Masacre

  Capítulo 15. México-Tenochtitlan, 30 de junio de 1520. Noche Triste

  Capítulo 16. Tlaxcala, julio de 1520. Repliegue

  Capítulo 17. Tordesillas, septiembre de 1520. Rebelión

  Capítulo 18. Tepeaca, octubre de 1520. Nueva España

  Capítulo 19. Aquisgrán, octubre de 1520. Coronación

  Capítulo 20. México-Tenochtitlan, noviembre de 1520. Epidemia

  Capítulo 21. Texcoco, abril de 1521. Preparativos

  Capítulo 22. Villalar, 23 de abril de 1521. Represión

  Capítulo 23. México-Tenochtitlan, junio de 1521. Sitio

  Capítulo 24. Santiago de Cuba, junio de 1521. Intrigas

  Capítulo 25. México-Tenochtitlan, 13 de agosto de 1521. Derrota

  Capítulo 26. Valladolid, 15 de octubre de 1522. Ratificación

Tercera parte: Nacimiento de la Nueva España (1522-1528)

  Capítulo 1. El proyecto cortesiano (1522-1524)

    La idealización del mestizaje

    Cortés, la encomienda y la esclavitud

    Cortés y España

  Capítulo 2. El viaje a Las Hibueras (1524-1526)

    El abandono del poder

    El golfo de las aguas profundas

  Capítulo 3. Retorno en el tumulto (1526-1528)

    La volatilidad del poder

    La Especiería

    La partida para España

Cuarta parte: La Corona contra Cortés (1528-1547)

  Capítulo 1. La primera Audiencia: el exilio en Castilla (1528-1530)

    Regreso a los orígenes

    La entrevista con Carlos V

    Los favores del rey

    La caída de Nuño de Guzmán

  Capítulo 2. La segunda Audiencia: la llamada del Mar del Sur (1530-1535)

    Las afrentas del regreso

    Las pretensiones de la segunda Audiencia

    El espejismo californiano

    La magia del Pacífico

  Capítulo 3. La envidia del virrey Mendoza (1536-1539)

    Celebraciones

    El Perú

    La era de la discordia

  Capítulo 4. La España de la desilusión (1540-1547)

    El combate por el honor

    Los berberiscos

    La expatriación de Carlos V

    La última carta

    La muerte

    Epílogo. La conjura de los tres hermanos (1547-1571)

    El mito de Quetzalcoatl

    El golpe de Estado de los criollos

    El fin de la utopía

    Conclusión

Agradecimientos

Notas

Notas a pie de página

Bibliografía

Referencias cronológicas

Glosario

Genealogía de Carlos V

Genealogía de Cortés

Índice onomástico

Índice topográfico

Álbum de fotos. El Hospital de Jesús

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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A mi mujer,

de Santo Domingo a México,

de Baracoa a Chametla,

ese itinerario que recorrimos juntos.

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El que no entra por la puerta

es ladrón y salteador.

SAN JUAN, X, 1

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PRÓLOGO

UN NUEVO CORTÉS MESTIZO

JOSÉ LUIS MARTÍNEZ

Entre los nuevos mexicanistas franceses sobresale Christian Duverger, quien hacia 1978 comenzó sus estudios realizando monografías sobre temas prehispánicos: el espíritu de juego, los sacrificios humanos, los orígenes y la conversión religiosa de los indios. En 1999 saltó a un tema más amplio y ambicioso: el arte en Mesoamérica. Hoy nos ofrece Cortés, un libro original y apasionante.

Dentro de la gran tradición de la prosa francesa, Duverger es un narrador cuya fluidez no se ve impedida por las marañas documentales. Cortés tiene una bibliografía impresionante: sus propios escritos, los de sus compañeros y jefes, los testimonios indígenas, los de historiadores y cronistas de la Conquista, desde Bernal Díaz hasta los contemporáneos de hoy, así como anécdotas y alusiones, favorables, neutrales o feroces contra él. Nuestro autor maneja lo esencial de este repertorio, que rara vez cita en su texto principal; prefiere ponerlo en las notas, y así logra esa fluidez antes aludida. La historia de Hernán Cortés se lee como una novela de aventuras, pero con una novedad importante: no hay buenos ni malos, pues, según Duverger, Cortés se enamora de sus enemigos y se vuelve un Cortés mestizo. Los malos, en todo caso, serían el gobierno español, Carlos V y sus agentes, que impiden al héroe Cortés llevar a cabo sus acciones de mestizaje. Tal es la idea principal de esta biografía.

En lugar de los taínos, mitificados por los humanistas, para Duverger existen los mexicas, que encarnan otro modelo cultural y otra forma de civilización. Librados de sus prácticas sacrificiales, éstos pueden testimoniar genio humano y son una alternativa.

La idea del capitán general es realizar un injerto español en las estructuras del imperio azteca, a fin de engendrar una sociedad mestiza. Para Cortés, no se trata en ningún caso de trasplantar al altiplano mexicano una microsociedad castellana, una copia colonial, marchita, de la madre patria, lo cual se había hecho en La Española y en Cuba, con el éxito conocido. En México, los españoles deberán fundirse en el molde original. Pronto, por ejemplo, Cortés se empeña en aprender el náhuatl, la lengua de relación en Mesoamérica, como lengua oficial de Nueva España. Decide que en la escuela la enseñanza se imparta en la lengua vernácula o en latín. En México no habrá hispanización. Aprovechando los consejos ilustrados y las lecciones particulares de Marina, Cortés parece dominar el náhuatl, aunque en los actos oficiales conserve a su intérprete indígena para respetar las tradiciones autóctonas.

En las páginas siguientes, Duverger, en su entusiasmo cortesiano, hace algunas afirmaciones que me parecen difíciles de aceptar; por ejemplo, la existencia de pruebas de que Cortés logró comprender el sistema de escritura pictográfico [de los nahuas] y que hizo de él un uso realmente mestizo.

Toda empresa de mezcla cultural —escribe Duverger— pasa por el mestizaje de la sangre: Cortés tiene al respecto una opinión perfectamente ajustada; concibe la emergencia de su sociedad mestiza como una maternidad, ya que la mujer, y sólo ella, representa la parte más civilizada del mundo y puede ser investida de esta misión de confianza: engendrar el Nuevo Mundo. Fascinado por la mujer amerindia, a la que profesará culto, impondrá la mezcla de sangres al hacer que las mujeres mexicanas se conviertan en madres de la nueva civilización. De allí su feroz oposición a la presencia de mujeres españolas en su operación de conquista.

El retrato físico que Duverger hace de Hernán Cortés es por lo menos sorprendente. Como de 1,70 metros de estatura [los antropólogos que examinaron sus huesos creen que medía 1,58], bien formado, esbelto y musculoso, su rostro no es bello ni feo, nariz aguileña, cabellos castaños, ojos negros, de humor parejo, de conversación placentera, erudito, cultivado, diestro en el retruécano, que gusta de la fiesta sin ser juerguista, que bebe vino sin embriagarse, que sabe apreciar la buena mesa sin poner mala cara por lo frugal; es elegante y siempre bien puesto, aunque vista sin ostentación; vivaz y chispeante, sin caer nunca en la pretensión. No es altivo ni despreciativo, pues tiene la aptitud de saber escuchar, comprender y ser compasivo. En el fondo, es un hombre simpático y caluroso que posee gran dominio de su comportamiento. A partir de este cuadro caracterológico muy bien documentado, Duverger descarta todo exceso de orden sexual, pues Cortés no es un libertino.

Respecto del tema erótico en la vida de Cortés, Duverger escribe más adelante que, a partir de enero de 1524, en Coyoacán desde luego y después en México, Hernán vive como un príncipe nahua, un noble que trata con respeto y deferencia a sus numerosas esposas. Hacia estos años tendrá tres hijos con mujeres indígenas, y Duverger encuentra en esta triple descendencia el casamiento de Cortés con el Mundo Nuevo.

Además de la lengua y la sangre, la cristianización de los indios es la tercera empresa del proceso de mestizaje. Lejos de intentar hacer tabla rasa del pasado pagano, el conquistador tiene muy pronto la intuición de que no habrá cristianización de México si no se captura la sacralidad de los lugares de culto indígena. Al principio, no construye iglesias sino que transforma los antiguos santuarios paganos en templos cristianos y, cuando en Cempoala ve la tristeza de los indios ante los despojos de los ídolos de su santuario, comprende que el mensaje cristiano será rechazado si no se arraiga en el antiguo paganismo. Para Cortés el catolicismo no es una religión de exclusión, pues su valor reside en la universalidad de su mensaje y en su esencia altruista. En las antípodas del espíritu inquisitorial, Cortés no tiene ningún escrúpulo en imponer su visión humanista del cristianismo, liberal y tolerante. En el fondo, la única verdadera condición que se exige a los indios para su conversión es que abandonen los sacrificios humanos. El cristianismo es también una religión sacrificial y la misa no es otra cosa que la reactualización del sacrificio de Cristo. Pero, precisamente, percibe el paso de lo real a lo simbólico como una conquista cultural, una conquista de civilización. Cortés encontrará religiosos intelectualmente preparados para el desafío mexicano. En su empresa lo ayudarán los franciscanos. En el ánimo de los evangelizadores de México existe la idea dominante de que es preciso apartarse de los españoles y de su lengua. Así pues, los doce predicaron en la lengua vernácula, y se acercarán a los indios expresándose en su idioma sin obligarlos a perder su cultura y abandonar su propia lengua. Aunque el choque de los primeros tiempos haya sido rudo, la historia dio la razón a Hernán. Los indios adoptaron un cristianismo mestizo, suficientemente indígena para ser aceptado por los mexicanos, y suficientemente cristiano para no llegar a ser declarado cismático por el Vaticano.

Todas las demás acciones de Cortés, en México y en España, son expuestas por Duverger con este mismo espíritu apologético. Concluyo citando un juicio de las páginas finales de este libro entusiasta: “De psicología compleja, desprendido del espíritu del tiempo, visionario, Hernán no es un conquistador ordinario. Molesta porque pertenece a los dos campos a la vez. Ajeno a todo oportunismo, es un mestizo de fe y de convicción”. Es ésta una de las biografías cortesianas mejor escritas. Su visión de Cortés, positiva a toda costa, sorprenderá o encantará a sus lectores.

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PREFACIO

CORTÉS, EL INDEPENDENTISTA

Es el 8 de noviembre de 1794 y estamos en la iglesia del Hospital de Jesús. Es el día en que se cristaliza el sueño del virrey Güemes, segundo conde de Revillagigedo: se va a inaugurar un mausoleo para honrar a Hernán Cortés. Todos los detalles han sido cuidadosamente dispuestos por el propio virrey, que solicitó a José del Mazo, destacado arquitecto de la época, el proyecto de un monumento conmemorativo: un obelisco de mármol de siete metros de altura y un altar para exponer los restos del conquistador contenidos en una urna de cristal. La urna está en el pedestal de un majestuoso busto de bronce firmado por Manuel Tolsá. Es un cambio radical; hoy se muestra, se exhibe con ostentación lo que hasta ese momento estaba oculto, disimulado, discretamente enterrado en el piso de una iglesia franciscana. Se exhuma un símbolo escondido. Cortés, el proscrito, sale de la sombra a la luz. Para el extremeño que se hizo mexicano es el reencuentro con la historia.

La fecha elegida para la inauguración conmemora los 275 años de la entrada de Cortés en Tenochtitlan. El sitio escogido para construir el mausoleo, el del primer encuentro de Cortés con Motecuzoma. La voluntad del virrey es clarísima: a través del primer actor de la Conquista de México busca instaurar un nuevo simbolismo, el de un país mestizo, original, que ya no puede ser considerado ni una réplica ni un satélite de la lejana España. ¿Prefiguración de la Independencia? Sin duda.

La inauguración tiene lugar en ausencia del conde de Revillagigedo, que pocos meses antes había sido llamado a España, tras cumplir con éxito su encargo. En cinco años transformó la ciudad, le dio esplendor arquitectónico y restableció la seguridad. Era un humanista ilustrado que se interesó en la historia prehispánica, algo que ya en sí era una revolución. Cuando por casualidad se encontraron, durante las obras de ornato de la plaza mayor, la famosa Piedra del Sol y la gigantesca Coatlicue (1790), dispuso no enterrar de nuevo esos monumentos “gentílicos”, como hasta entonces se acostumbraba, sino que, por el contrario, quedaran expuestos. La Coatlicue halló cobijo en el patio de la Real y Pontificia Universidad, mientras que la Piedra del Sol quedó fijada en posición vertical en el ángulo suroeste de la catedral.

Los historiadores por lo general interpretan el retiro del virrey Güemes como castigo por su afrancesamiento. Es cierto que, como buen ilustrado, no disimulaba su simpatía por la Revolución Francesa y a menudo se rodeó de consejeros de ese país. Algo que, en una época en que Francia y España están enzarzadas en la guerra del Rosellón, puede interpretarse como provocación política. Sin duda. Pero quizá sería un error soslayar otro elemento tan inconfesado como real: el conde de Revillagigedo es favorable a la Independencia de México, cuyas bases simbólicas sienta de forma deliberada al insertar el pasado prehispánico en el hilo de la historia mexicana y al exhumar a Cortés, inventor del México mestizo. Este hecho pudo haber provocado su destitución.

El momento central de esta ceremonia del 8 de noviembre de 1794 es un discurso. Más precisamente, un sermón a cargo de fray Servando Teresa de Mier. Resulta difícil hoy en día entender por qué y cómo se eligió a este joven predicador dominico, oriundo de Monterrey, cuyo carácter exaltado era ya bien conocido. Pero sin duda se le veía con buenos ojos en la corte, y encarnaba el espíritu del tiempo. Después de las exequias de Cortés, celebradas ante el pleno de las autoridades, es él quien pronuncia el sermón del 12 de diciembre, en la colegiata del Tepeyac, por la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, una vez más ante una asamblea de notables entre los cuales figuran el nuevo virrey, Branciforte, y el arzobispo Núñez de Haro. En ese instante puede verse en fray Servando al favorito del pequeño club de las élites novohispanas. Podría, pues, pensarse con razón que el contenido de sus dos sermones, el del 8 de noviembre y el del 12 de diciembre, revela el estado de ánimo de las autoridades mexicanas frente a esos dos nuevos símbolos nacionales que son ahora Cortés y la Virgen de Guadalupe.

Para dar un toque actualizado a la presente edición en este año de conmemoración del bicentenario de la Independencia de México, pensé en exhumar el texto del sermón del 8 de noviembre. Resultaba tentador desentrañar tras las palabras de fray Servando la instrumentalización protoindependentista de la figura de Cortés, que rompía con siglos de un silencio incómodo.

Pero en el momento en que Cortés parece que va a gozar de una rehabilitación triunfal, súbitamente alzado al firmamento de los héroes, la historia trastabilla. No ha llegado todavía la hora del reconocimiento. El 13 de diciembre de 1794, es decir, al día siguiente de la fiesta de la Virgen de Guadalupe, fray Servando es suspendido y pierde su licencia para predicar. Le es confiscado el manuscrito del sermón y se le encierra en secreto en el convento de Santo Domingo de México. El 21 de marzo de 1795 el arzobispo condena a Mier a diez años de reclusión en el convento de Las Caldas, cerca de Santander, en Cantabria. Fray Servando es desterrado y expulsado a España.

¿Cuáles serían entonces esas palabras, esas ideas que provocaron tal alarma y tan brusco viraje por parte de las autoridades civiles y eclesiástica de la Nueva España?

Consultemos, pues, los documentos inculpatorios: los textos de los sermones. Nos aguarda ahí una sorpresa. Si el contenido de la prédica del 12 de diciembre nos es conocido, en cambio la oración fúnebre de Cortés desapareció. La primera declaración de hechos, ese texto, aunque crucial para un momento fundamental tanto en la vida de su autor como en la historia de México, no está en las Obras completas de fray Servando publicadas en cuatro volúmenes por la Universidad Nacional entre 1981 y 1988.[1] Tampoco queda huella de la alocución cortesiana en los Escritos inéditos (1944), ni en los Escritos políticos (1989), ni en la compilación de Escritos y memorias (1994). ¿Habremos de concluir que se trata de algo intencional?

¿Existirá acaso una edición antigua en alguna de las “colecciones de documentos”, aquellas compilaciones heterogéneas tan del gusto de los eruditos del siglo XIX? Emprendí una paciente investigación visitando bibliotecas y acervos documentales, rastreando posibles traducciones extranjeras (pues Mier tuvo que pasar la mayor parte de su vida en el destierro en España, Francia, Italia, Gran Bretaña y Estados Unidos). Todo en vano.

Volvamos pues al manuscrito, pero ¿dónde buscarlo, dónde hallarlo? El archivo del siglo XIX de los dominicos de México se quemó en la Revolución. El documento no está en los acervos de la Inquisición del Archivo General de la Nación. Edmundo O’Gorman, editor de las obras completas de fray Servando, lo da por perdido.[2] Lo mismo opinan los historiadores especializados en la época a quienes he consultado. No sabemos si estará extraviado para siempre; lo cierto es que fue ocultado. ¿Será tal desaparición el resultado de un azar inocentemente selectivo o fruto de un tabú freudiano agazapado en el superego nacional mexicano?

Aun por omisión, tenemos aquí un testimonio: Cortés sigue siendo más molesto, más polémico de lo que se podría creer.

En el fondo, ¿qué pudo haber dicho de terrible fray Servando aquel soslayado 8 de noviembre? Lo sabemos a grandes rasgos gracias a apuntes dispersos[3] y gracias a su sermón sobre la Virgen de Guadalupe. Y es que esas dos intervenciones públicas son gemelas, cercanas en el tiempo y en el espíritu. A propósito de la Guadalupana, la tesis de Mier podría resultar a primera vista extravagante. Según él, el ayate de la imagen de la Virgen, prueba de su aparición milagrosa, no sería la tilma de Juan Diego, sino el manto del apóstol santo Tomás, quien tras haber evangelizado la India habría seguido su camino hasta América y convertido a los antiguos mexicanos. Aun cuando una larga tradición señala que el sepulcro de santo Tomás está en Mylapore, hoy un barrio de Madrás (Chennai) en el estado de Tamil Nadu, al sur de la India, es interesante leer entre líneas a fray Servando. Pretende dar a México profundidad histórica integrando el pasado indígena en la historia nacional: por una parte, los hallazgos arqueológicos de la época (la Piedra del Sol, la Coatlicue, la Piedra de Tizoc, etcétera) prueban que los aborígenes tenían una escritura (en glifos), y por lo tanto que eran civilizados; por otra parte, Mier afirma que la cristianización de México es antigua y la data sin reserva alguna en el siglo I d. C. En realidad la Tonantzin del Tepeyac se habría aparecido a santo Tomás, en cuyo manto habría quedado fijada la imagen, y Juan Diego sólo redescubrió la sagrada tilma. En cuanto a Tomás, el Dídimo, se le habría venerado en el mundo prehispánico bajo el nombre de Quetzalcoatl, cuyo carácter gemelar compartía.[4] Se entiende con facilidad la razón de esta aventurada relectura: Mier pretende disociar la evangelización de la llegada de los españoles y, con ello, suprimir la legitimidad de la Conquista.

Pero queda el momento crucial de la Conquista. ¿Qué hacer con ella en esta reescritura independentista de la historia mexicana? No hay más que dos posturas posibles: o bien se sataniza la actuación sucesiva de los conquistadores y de la Corona, con lo cual España se ve relegada al papel de ocupante ilegítimo, o se pondera esa apreciación reconociendo el componente hispánico como un elemento de identidad mexicana. En otros términos, o se “indigeniza” por completo la historia de la nación, disfrazándola con una retórica un tanto artificial, o bien, se acepta la realidad del mestizaje. Y ahí es donde la erección del mausoleo de Cortés cobra todo su sentido: el capitán general de la Nueva España es a la vez símbolo de la hispanidad y un símbolo de la rebelión contra España, que nunca dejó de perseguirlo. Al honrar a Cortés en vísperas de la Independencia se celebra al conquistador y a la víctima de la colonización española, un héroe y un proscrito; en realidad, un personaje cuyo heroísmo ya para 1794 deriva de su calidad de proscrito.

La ambigüedad de ese Cortés inclasificable es lo medular de la oración fúnebre de fray Servando. El predicador lo elogia por haber erradicado la idolatría y suprimido los sacrificios humanos, pero efectúa una criba entre los conquistadores: habría algunos animados por la codicia y otros que fueron portadores de los valores del Occidente cristiano. Contradice en este sentido al también dominico Las Casas, cuyas exageraciones y ausencia de matices critica. Por desgracia no sabemos si Mier abordó en forma directa el tema del mestizaje o si se conformó con ensalzar al Cortés blanco de la vindicta de la Corona e independentista anticipado. Pero una cosa sí sabemos, ambos sermones de fray Servando, el de Cortés y el de la Virgen de Guadalupe, están íntimamente vinculados en el ánimo del predicador y en el espíritu del tiempo. Forman un todo. La Independencia, que ya se empieza a vislumbrar, impone una nueva historia nacional mexicana que debe inscribirse en una trayectoria prehispánica y a la vez conservar una parte de hispanidad. De esa hispanidad, Revillagigedo y Mier eligieron el lado rebelde. El lado cortesiano.

La unidad de esta díada Cortés-Guadalupe no resistirá las borrascas de la Independencia. Si bien Hidalgo pondrá su lucha bajo el estandarte guadalupano, el mausoleo de la iglesia del Hospital de Jesús será desmantelado el 16 de septiembre de 1823 y el sermón del 8 de noviembre desaparecerá, censurado por el tiempo.

Así, clavada en el corazón de la relación entre España y México, la figura de Cortés sigue siendo un enigma que desconcierta. Entre el rechazo y la fascinación, ocupa un espacio simbólico fuertemente contrastado que, durante siglos, imposibilitó toda lectura histórica llana y serena. El presente libro intenta descifrar el mito para presentar un Cortés vivo, más allá de su leyenda.

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INTRODUCCIÓN

Antes que hombre, Cortés es un mito, un mito con facetas que siempre se han disputado escuelas de pensamiento concurrentes e ideologías rivales, de tal manera que cada una de ellas pudo concebir a “su” Cortés: semidiós o demonio, héroe o traidor, esclavista o protector de los indios, moderno o feudal, codicioso o gran señor...

Existe aquí una aparente paradoja. Es fácil imaginar que un personaje histórico ofrezca tal cantidad de interpretaciones si los documentos que le conciernen son escasos o incompletos; sin embargo, no es el caso de Hernán Cortés. Conocemos al conquistador de México por toda una serie de fuentes que es posible confrontar: están primero sus escritos, narraciones oficiales destinadas a Carlos V, correspondencia pública y privada o actas de jurisdicción; el testimonio de sus contemporáneos, archivistas y cronistas como Mártir de Anglería o López de Gómara; compañeros de conquista, como Díaz del Castillo(1) o Aguilar; eclesiásticos como Las Casas.

Tenemos también —cosa inédita— la visión de los vencidos. Incitados por los primeros franciscanos, algunos indígenas dejaron constancia en su lengua, el náhuatl, transcrito en caracteres latinos, de su propia versión de la Conquista. A todo eso se agrega una pléyade de documentos administrativos inherentes al gobierno de los territorios mexicanos recién conquistados, una multitud de documentos judiciales que registraron con todo detalle los juicios contra Cortés y, en contraposición, las denuncias hechas por el conquistador. Desde la segunda mitad del siglo XVI, el corpus cortesiano se enriqueció con biografías enfocadas en la Conquista de México, escritas por historiadores de varias nacionalidades. Ahora bien, ese vasto edificio historiográfico ha engendrado con el paso de los años las lecturas más diversas.

El debate no se centra entonces en la manera de leer los documentos históricos, sino en la personalidad de Cortés, cuyos contornos son, sin lugar a dudas, polémicos. El conquistador se inscribe en una fase particularmente sensible de la historia de América, en la que todas las sociedades indígenas son exterminadas con brutalidad por obra de la colonización española. En este encuentro del Viejo y el Nuevo Mundo, un choque de una inconmensurable violencia, cada uno ve la barbarie en el otro campo. En defensa de unos y otros se utilizan muchas veces argumentos ideológicos, pasionales o impulsivos. La Conquista de México toca la fibra más sensible del humanismo y arroja una cruda luz sobre uno de los rasgos más perturbadores de la civilización humana: su esencial mezcla de contrarios. La muerte está en el centro de todos los dinamismos, el egoísmo sella todos los impulsos de generosidad colectiva, la felicidad de unos es la desgracia de otros. ¿Cómo leer una cultura en la que se yuxtaponen las hogueras de la Inquisición y el espíritu libre del Renacimiento? ¿Cómo comprender el refinamiento de los aztecas y su pletórico recurso al sacrificio humano?

¿Se debe renunciar, por ello, a abordar serenamente la historia de Cortés? No, en absoluto. Pero hay que partir de un principio: no se puede en este caso estudiar al hombre sin analizar al mismo tiempo la leyenda impregnada a su piel, ya sea negra, ya dorada. Sin embargo, reducir también a Cortés a su leyenda sería perder la oportunidad de descubrir al hombre y a su tiempo. Su itinerario personal no se limita a los dos años de la Conquista de México, ese lacónico 1519-1521 de los diccionarios. Cortés tiene una trayectoria: una infancia, deseos, ambiciones, voluntad e inteligencia, pero también es presa del abatimiento y de ofuscamientos; conoce tanto el éxito como el fracaso; posee familia, amigos y se debate entre amores complicados; envejece, sus sienes encanecen; no esquiva las lindes de la amargura, tiene penas y alegrías; sus reflexiones profundas chocan con sus preocupaciones más terrenas y cuando ve venir la muerte juzga a su época, piensa en el porvenir de España y México.[5] En una palabra, Cortés lleva una vida de hombre, una vida plena de 62 años.

Sorprende que la historiografía tradicional no haya tratado de escrutar al personaje en su totalidad y en su continuidad. ¿Acaso se habla del Cortés que tenía sus primeras experiencias en la administración de Santo Domingo?; ¿del Cortés agricultor en Cuba?, y ¿quién sabe que Cortés está al lado de Carlos V en su expedición de 1541 contra los berberiscos? Arraigada en la imagen del conquistador que quema sus naves en la playa de Veracruz o que tortura a Cuauhtémoc, el último soberano indígena, para que revele el escondite del “tesoro de los aztecas”, con dificultad la memoria colectiva concibe a Cortés como el explorador del Pacífico que descubre California, que comercia con el Perú o que intenta abrir la ruta del poniente hacia las Molucas y Filipinas. Es difícil también reconocer, entre los invitados a la boda del príncipe heredero de España, el futuro Felipe II, al hombre que algunos años antes desafiara a la Corona al tomar posesión de México. De este modo, a la vez que una simple cronología contribuye a restituir las diferentes fases de la vida de Cortés, se impone un trabajo que les dé coherencia.

Resulta ilusorio tratar de comprender al hombre sin entender su siglo, pero aquí hay que mirarlo desde dos ángulos. Cortés, hijo de Castilla, es al mismo tiempo un tránsfuga que elige muy pronto a la América de los indios. No es posible limitarse al estudio del contexto hispánico, hay que pasar al lado indígena para apreciar ese extraño itinerario cortesiano trazado en la frontera del Viejo y el Nuevo Mundo, unión inédita entre dos partes del universo civilizado que hasta entonces no se habían encontrado.

No habría proliferado el mito en torno al personaje si Cortés no hubiera sido un hombre profundamente original. Con frecuencia se ha eludido esta evidencia en favor de explicaciones mecanicistas que hacen del conquistador un instrumento de una colonización inexorable, echada a andar desde tiempo atrás, desde el primer viaje de Colón en 1492. Ahora bien, con Cortés nada es simple ni ordinario. Al contrario del arquetipo del conquistador bandido, Cortés es sutil, letrado, seductor y refinado; prefiere el gobierno de las mentes a la fuerza bruta que, no obstante, sabe manejar; aprovecha impunemente la debilidad de sus compañeros por la fiebre del oro; sabe analizar y anticipar, proyecta el porvenir, construye a largo plazo mientras que muchos otros se embrollan con las dificultades de lo inmediato o en las empresas de corto alcance. Aunque es manipulador por naturaleza, dispone de una sólida red de amistades y simpatías incondicionales. Si se conduce en el terreno del poder de manera tan atípica, es porque su visión de la historia y de la política se aleja por completo de los esquemas dominantes. Mientras que la mayoría de los colonos españoles de la primera generación alardea de un desprecio total por los indios, Cortés alimenta un sueño de mestizaje. Al evitar, a sangre y fuego, que se repita el escenario antillano de exterminación de los nativos; al concebir y realizar un injerto español en el tejido cultural y humano del imperio azteca, Cortés funda en realidad el México moderno. Este alumbramiento épico agravió y continúa agraviando a los hijos del mestizaje y a los descendientes de la potencia conquistadora, porque en ese instante del encuentro se mezclan el respeto y el despojo, la fascinación y el odio, la crueldad y la nobleza, el amor y la indiferencia, la codicia y el altruismo; porque nada en esta historia se escribe lineal o serenamente, necesitamos sumergirnos en esta complejidad que gira alrededor de un hombre y de su concepción del Nuevo Mundo.

Otra cuestión, considerablemente más política, influye sin duda en el destino de Cortés: la actitud de la Corona respecto del naciente imperio colonial. Al llevarse a cabo, al margen de cualquier estrategia, el descubrimiento de América, perturba profundamente a una Castilla cristiana entregada en ese momento a la reconquista de su territorio ibérico. ¿Esa Castilla es capaz de inventar al momento una nueva filosofía del poder que tome en cuenta la extraordinaria novedad de esas “Indias occidentales”? ¿Qué sistema de delegación de poder podría establecerse del otro lado del océano? ¿Cómo organizar la administración y el control de un territorio situado más allá de los mares, a 45 días de navegación? ¿Cómo conducirse con esos indios tan numerosos sobre los que se discute —con muy mala fe— su pertenencia al género humano?

A estas cuestiones iniciales pronto se agrega el problema de la acumulación sucesoria de los infantazgos de Carlos V. En efecto, el joven Carlos de Gante, nieto de Fernando de Aragón y de Maximiliano de Austria, hereda casi simultáneamente la Corona de sus dos abuelos: Fernando de Aragón muere en 1516 y Maximiliano I en 1519. Carlos I, proclamado rey de España a los dieciséis años, se va a convertir tres años más tarde en Carlos V, rey de los romanos y emperador germánico. Ahora bien, a este conjunto de posesiones europeas gigantescas pero dispersas, ya difíciles de administrar, se suman los inmensos territorios de la Tierra Firme, esa América continental cuya dimensión no tiene nada que ver con las extensiones de las islas del Caribe ya ocupadas. La Conquista de México, emprendida en 1519 por Cortés, instaura de hecho una situación inédita que España quizá no estaba preparada para manejar y que tendrá dificultades para dirigir. Cortés se encuentra entonces en el centro de un sismo filosófico y político, producto del cambio de proporciones del mundo, y su acción contribuye innegablemente a provocar la cesura entre la época medieval y el Renacimiento.

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PRIMERA PARTE

DE MEDELLÍN A CUBA

(1485-1518)

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CAPÍTULO 1

INFANCIA

(1485-1499)

Los orígenes de Cortés están envueltos en cierto misterio. Nació en Medellín, Extremadura, en el corazón de la meseta ibérica, probablemente en 1485. Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento y el aludido la omitió siempre, sin que se sepa por qué. Incluso su biógrafo oficial, el padre Francisco López de Gómara, a quien Cortés tomó como capellán y confesor al final de su vida, se conforma con proporcionar, en su Historia de la conquista de México el año 1485.[6] Ese laconismo de los primeros biógrafos no se rompe más que una sola vez en un texto anónimo de unas veinte hojas del que sólo se conoce una copia, que data del siglo XVIII.[7] El autor desconocido traza allí una biografía sucinta de Cortés que se detiene el 18 de febrero de 1519. Se menciona en ella que el conquistador nació en 1485, a finales del mes de julio.[8] Tal imprecisión en la precisión no deja de ser extraña, aunque existen variantes.

La tradición franciscana de finales del siglo XVI sitúa el nacimiento de Cortés en 1483.[9] Se cree comprender por qué: es el año del nacimiento de Lutero. En México, los franciscanos vieron en esta conjunción una especie de signo divino: ¡Cortés, el evangelizador de la Nueva España, vino a la tierra para convertir a los indios y compensar así la pérdida de batallones de cristianos volcados en la Reforma! Desde su primer día de vida, el hombre queda atrapado por su leyenda, y su biografía se vuelve una apuesta simbólica. Si se agrega que existe en Medellín (Badajoz), en el lugar de su casa natal, una especie de estela que indica: “Aquí estuvo la habitación donde nació Hernán Cortés en 1484”,[10] se observa que no hay dogma en la materia. Aunque uno se pueda conformar con la versión que sugirió el mismo Cortés a sus allegados, es decir, 1485, esta verdad a medias representa quizá el indicio de una voluntad de no ser más explícito.

REFERENCIAS GENEALÓGICAS

Cortés fue también muy discreto respecto a su origen familiar. Con su apoyo, se impuso a la historiografía una especie de vulgata: fue el vástago de una familia de pequeños hidalgos, honorables pero pobres. De allí le vendría el gusto por el dinero —del que habría carecido— y su sed de honores y de poder sería la consecuencia de la fascinación clásica de los pequeños hidalgüelos por los grandes de España. Esta lectura, bastante difundida, tiende, se sabe bien, a presentar a Cortés como un conquistador entre los conquistadores; es decir, el producto banal, en suma, de su tiempo y de su clase social. ¿Es así?

De acuerdo con todos los documentos, Fernando Cortés de Monroy es hijo único de Martín Cortés de Monroy y de Catalina Pizarro Altamirano. Bautizado en la iglesia de San Martín en Medellín, lleva el nombre de su abuelo paterno. No es sorprendente que Fernando, Hernando y Hernán, al ser en español tres grafías de un solo y mismo nombre, se utilicen indistintamente en los textos. La historia ha conservado la forma abreviada, Hernán, pero sabemos por testimonio de Bernal Díaz del Castillo[11] que se hacía llamar Cortés, a secas, por sus hombres y sus amigos, lo que arreglaba un problema protocolario que distaba de ser anodino. En efecto, los nobles españoles o las personas titulares de un cargo oficial tenían derecho al tratamiento de don junto a su nombre; ese don era el apócope del latín dominus, señor. Ahora bien, Cortés siempre se negó a hacerse llamar don Fernando o don Hernando, lo que varios miembros de su círculo le reprochaban. Consideraba que la esencia de la autoridad no estaba contenida en una fórmula de tratamiento ni se heredaba al nacer. Se descubre detrás de tales detalles una personalidad bien templada, con una mirada crítica sobre las costumbres propia de un analista sagaz.

Él es hidalgo[12] por sus dos ascendencias. “Su padre y su madre son de linaje noble”, escribe Gómara. “Las familias Cortés, Monroy, Pizarro y Altamirano son ilustres, antiguas y honradas”.[13] Otro documento precisa que se trata de “linajes antiguos de Extremadura, cuyo origen se encuentra en la ciudad de Trujillo”.[14] Algunos turiferarios[15] se las ingeniaron para hacer remontar la genealogía de Cortés a un antiguo rey lombardo, Cortesio Narnes, ¡cuya familia habría emigrado a Aragón! En cambio, el dominico Bartolomé de las Casas, quien profesa una enemistad declarada hacia el conquistador de México, proporciona una versión minimalista; lo presenta como “hijo de un escudero que yo cognoscí, harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo y dicen que hidalgo”.[16] Fue el mismo Cortés quien facilitó a López de Gómara informaciones sobre la modesta situación económica de su familia. El cronista lo expresa con una fórmula elegante: “Tenían poca hacienda, empero mucha honra”.[17] Durante la década de 1940, un historiador local se dedicó a estudiar la importancia de la hacienda de los Cortés en Medellín y llegó a una estimación que confirmaba la mediocridad de los ingresos familiares.[18] Con la distancia, esta adición de fanegas de trigo y arrobas de miel, esa especulación sobre los arrendamientos cobrados (cinco mil maravedíes), esa reconstrucción a partir de reconstituciones no parece nada convincente. El método implica evaluar todo a ojo de buen cubero: el nivel de vida, el precio de las mercancías y los rendimientos. El ejercicio entonces es puramente teórico y de todas maneras no estamos seguros de contar con la totalidad de la información sobre las propiedades familiares de los Cortés. Así que no es indispensable repetir lo que se ha dicho sobre la pobreza de Hernán Cortés; se puede incluso tener una opinión radicalmente opuesta.

Sabemos por textos judiciales y declaraciones bajo juramento[19] que el abuelo materno de Hernán, Diego Altamirano, casado con Leonor Sánchez Pizarro, era el mayordomo de Beatriz Pacheco, condesa de Medellín. Él fue alcalde y notable de la ciudad. En cuanto a Martín Cortés de Monroy, padre de Hernán, tuvo cargos oficiales durante toda su vida, principalmente los de regidor y luego procurador general del Consejo de la villa de Medellín. En el antiguo sistema medieval español —la costumbre y fuero de España—, las ciudades no atribuían esos oficios sino a los hidalgos y, como se trataba de cargos costosos, se escogía para ocuparlos a quienes disponían de una fortuna personal. Al mismo tiempo que permitía ostentar un rango, servía para poner al abrigo de toda tentación de concusión a los dignatarios que estaban a cargo de la colectividad.

Por otra parte, Diego Alonso Altamirano aparece en un gran número de textos con su título de “escribano de Nuestro Señor el Rey y notario público en su Corte”.[20] Era jurista y probablemente hizo sus estudios de derecho en la Universidad de Salamanca. La familia Altamirano, que lleva igualmente el apellido de Orellana,[21] es una de las dos familias que reinaban en Trujillo; la otra es la casa de los Pizarro, cuyos escudos podemos ver con frecuencia mezclados con los de los Altamirano en casi todas las moradas señoriales trujillanas de los siglos XIV, XV y XVI. Por su madre, nacida Pizarro Altamirano, Cortés pertenece entonces a las dos familias más poderosas de esa ciudad, de la que Medellín parece ser como una especie de extensión campestre.

De igual forma conocemos muy bien a la familia Monroy, la rama paterna del joven Hernán. Aunque dotado de un patronímico francés, se trata de una añeja familia de la costa Cantábrica. Sabemos que del norte de España, de las montañas de Asturias que siguieron siendo cristianas durante toda la ocupación árabe, partió el movimiento de reconquista que tomó un giro irreversible después de la batalla de Las Navas de Tolosa, en 1212. Los Monroy, “cristianos viejos”, se implicaron en esta larga lucha contra la presencia musulmana y tomaron parte activa en la reconquista de Extremadura, la cual recibió su nombre en el siglo XIII, cuando se constituyó la “frontera extrema” del reino de Castilla y León. Es en este contexto de cruzada interior que se fundó la caballería española: órdenes de Santiago, de Calatrava, de Alcántara. En el entorno feudal, esas órdenes poderosas, indispensables aliadas de la Corona, captan una parte no despreciable del poder militar, religioso y económico de la época.[22] Ahora bien, son los Monroy quienes, con algunas familias, a veces aliadas o competidoras, controlan en el siglo XV la orden de Alcántara. Alonso de Monroy llegó a ser gran maestre en 1475, en condiciones sobre las que regresaremos.

El feudo de los Monroy se encuentra en Belvís, en el valle del Tajo, a unos cien kilómetros al noroeste de Trujillo, cuyo imponente castillo familiar sigue desafiando los siglos. Pero los Monroy ocupan igualmente una posición social dominante en la ciudad de Plasencia, donde su gran casa, flanqueada por dos torres, se levanta orgullosamente desde el siglo XIII muy cerca de la catedral. Tienen casa propia en Salamanca y forman parte de la leyenda de la ciudad: hacia mediados del siglo XV, dos hermanos Monroy fueron asesinados por los hermanos Manzano, descontentos por haber perdido contra ellos un partido de pelota. En lugar de verter lágrimas, su madre, que se convertiría en la célebre María la Brava, se colocó una armadura y junto con los amigos de sus hijos persiguió a los jóvenes criminales que habían huido a Portugal. Los encontró en Viseu y llevó a cabo su venganza: los decapitó y trajo su cabeza en un poste, entró a caballo a Salamanca en una macabra procesión para ir a depositar las cabezas de los asesinos en la iglesia donde habían sido enterrados sus hijos. Alonso de Monroy, el turbulento dirigente de la orden de Alcántara, tío abuelo de Hernán, se cuenta también entre las figuras heroicas de las canciones de gesta y los romanceros del siglo. Dotado de una estatura colosal y de una fuerza hercúlea, era un jefe de guerra infatigable de quien no sorprende que se haya creado una imagen legendaria de caballero invencible.

En suma, esta peculiar genealogía cortesiana está muy bien equilibrada. Gente de armas y letrados se apoyan y complementan, el anclaje urbano se combina con la posesión de grandes dominios rurales; los enlaces matrimoniales cuidadosamente calculados acabaron tejiendo por todo Extremadura una vasta red de lazos familiares donde están emparentados los Monroy, los Portocarrero, los Pizarro, los Orellana, los Ovando, los Varillas, los Sotomayor o los Carvajal. Los recursos financieros no parecen faltar, puesto que estallan esporádicamente dispendiosas guerras civiles privadas en el seno de esta nobleza, lista para desgarrarse por historias de sucesión o querellas de torreón. En el fondo, el marco es absolutamente medieval.

Aunque Cortés haya tenido la delicadeza de no pasar nunca por un heredero o un hijo de papá, y no cesara de pedir que se le juzgara por sus actos y su éxito personal —lo que es una postura loable—, no por ello deja de beneficiarse, al menos al principio, del apoyo de un medio familiar privilegiado. Su padre, fiel transmisor de la acción de su hijo, tendrá siempre acceso a la corte de Carlos V y él mismo contará discretamente y sin ostentación con la confianza íntima de las almas bien nacidas.

LA VIDA DE FAMILIA EN MEDELLÍN

Cortés parece no haber tenido sentimientos muy tiernos por su madre Catalina, a quien profesaba un respeto filial, conforme a la mentalidad de la época, sin emoción. El retrato que hace a López de Gómara es de una aridez implacable: “recia y escasa”, dura y mezquina. El cronista utiliza una perífrasis que no suaviza lo suficiente el retrato: “Catalina no desmerecía ante ninguna mujer de su tiempo en cuanto a honestidad, modestia y amor conyugal”.[23] Al convertirse en viuda en 1528, Cortés la llevará con él a México en 1530, donde morirá algunos meses después de su llegada. Su muerte no parece afectarle con desmesura.

En cambio, Cortés profesa una verdadera admiración por su padre Martín y, a falta de la ternura o afecto que no se acostumbraba prodigar en esa época, mantiene con él una sana relación de confianza y complicidad; tiene siempre el sentimiento de que su padre comprende su proceder y nunca duda en pedirle apoyo. Por ejemplo, en marzo de 1520, cuando Hernán está en México, en una posición todavía incierta, don Martín Cortés de Monroy interviene ante el Consejo real para denunciar la actitud del gobernador de Cuba con respecto a su hijo: “El dicho Diego Velázquez, sin causa ni razón, ha mostrado tanto odio al dicho mi hijo que […] ha de procurar hacer todo el daño que pudiere al dicho mi hijo […] Suplico a V. M. lo mande todo proveer mandando que cese todo el escándalo”.[24] Así es ese padre, que habla alto y fuerte a Carlos V y con eficacia: es un partidario incondicional de su hijo.

Si entre padre e hijo la estima y la confianza son recíprocas, también se dibuja la semejanza en el carácter. Hernán heredó de Martín una forma de piedad que no está hecha de ritualismo ciego sino de modestia frente al destino, el cual está en las manos de Dios. Como contrapunto de esta aceptación de la trascendencia divina, ambos dan prueba de una indiscutible reserva hacia los poderes temporales. En las antípodas del espíritu cortesano, Martín tiene la costumbre de hablar claro y asumir sus propias convicciones. Animado con la certeza que da la buena fe, Martín Cortés de Monroy tiene tendencia a reconocer sólo a Dios como amo. Por supuesto, las tentativas de los Reyes Católicos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, para unificar España apropiándose de los bienes de la nobleza, no le caen en gracia. Encontraremos entonces a Martín con las armas en la mano, participando como capitán de caballería ligera en la guerra civil de 1475-1479 en el campo de Alonso de Monroy, el Clavero, enemistado entonces con la reina Isabel.[25] El desafío a la autoridad real, exacerbado por la solidaridad familiar, caracteriza el espíritu del tiempo. La insolencia altanera de los grandes de España que no se descubrían ante el rey no es una leyenda. En aquel final del siglo XV, Martín Cortés participa en el mundo feudal ibérico, donde es bien visto mostrar valor al defender los privilegios y donde la insumisión a los poderes políticos nacientes pasa por ser una virtud. Esa hechura cultural de la personalidad de Martín llegará a ser en Hernán un verdadero rasgo de carácter y se traducirá en lo que se podría llamar un natural insumiso.

Hijo único, probablemente mimado por sus dos padres, el pequeño Hernán fue educado en la casa familiar de Medellín por una nodriza.[26] Un preceptor y un maestro de armas vinieron muy pronto a instruir al niño al domicilio, según la costumbre de las familias nobles. ¿Por qué una tradición incansablemente repetida hace de Cortés un niño enclenque, de salud delicada, varias veces aquejado de fiebres y enfermedades graves? Quizá se trate simplemente de poner el acento en el beneficio de las santas invocaciones que le prodigaba su nodriza, particularmente dirigidas a san Pedro. Se puede excluir sin miramientos esta hagiografía que tiende a hacer de Cortés niño una criatura elegida de Dios y, por lo tanto, protegida para que se cumpla su destino. La verdad es que de adulto será una fuerza de la naturaleza que seguramente vivió una infancia normal en un siglo en el que había que vencer a la enfermedad para sobrevivir.

Cortés pasa su infancia, hasta la edad de catorce años, en esta pequeña ciudad de Extremadura, que cuenta con algunos miles de habitantes. Erigida al pie de un imponente castillo enclavado en la cumbre de una colina que domina el vasto valle del río Guadiana, Medellín fue siempre un punto de control de los desplazamientos humanos en esta región. En la intersección del camino norte-sur que va de Sevilla a Salamanca y del camino este-oeste que por el valle de Guadiana comunica Portugal y Castilla, Medellín probablemente fue siempre una plaza fuerte. Primero celta,[27] luego griega, la ciudad fue ocupada por los romanos en 74 a. C., cuando el cónsul Quintus Cecilius Metellus disputaba Lusitania a Sertorius, que se había vuelto disidente. Es en esta época, en honor a su conquistador, que la ciudad es bautizada como Metellinum, de donde se derivará el Medellín castellano. Los romanos edifican allí un puente de piedra esencial para la circulación, una fortaleza para sostener ese puente estratégico y toda una ciudad con su foro, su teatro y sus templos. Tomada por los árabes en el 715, Medellín resiste cinco siglos de ocupación musulmana sin que la ciudad sufra el menor declive de vitalidad; se mantiene el castillo —e incluso es remodelado— y las tierras agrícolas siguen produciendo. La Reconquista es obra de los caballeros de la orden de Alcántara, que toman posesión de la fortaleza en 1234.[28] Situada desde entonces en la frontera de dos poderes rivales, Medellín va a encontrarse en el centro de un interminable conflicto territorial entre Portugal y Castilla. Esa guerra de posición no encontrará verdaderamente su epílogo hasta 1479 con el Tratado de Alcaçovas.

El pequeño Hernán nace en una atmósfera relativamente pacífica, aunque perdurarán las secuelas de esta separación entre dos campos adversos, la cual fue motivo de división de las familias y de los habitantes de Medellín. Se está lejos, sin embargo, de la descripción bucólica que retoman con frecuencia los biógrafos de Cortés, quienes imaginan al pequeño Hernán llevando una vida casi campestre, cazando liebres con su lebrel, bañándose en el Guadiana o recorriendo a caballo inmensas tierras de pasto. A finales del siglo XV, Medellín, aunque cercada por los dominios agropastorales de la orden de Alcántara, que colindaban con los de la orden de Santiago, sigue siendo una ciudad activa y próspera, con una burguesía bien establecida y una rica comunidad judía. A título de ejemplo, durante la recolección de fondos solicitada por la reina Isabel para la guerra contra Granada, el dinero aportado por Medellín la coloca en el décimo lugar de las ciudades contribuyentes.[29]

Cortés no es entonces un niño de campo, sino más bien un niño de grandes espacios, a quien le bastaba con subir al pie del castillo y sentarse en el hemiciclo del antiguo teatro romano para ver desfilar, hasta perderse de vista, los inclinados paisajes de Extremadura, como una llamada al sueño y, quizá, a la aventura.

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CAPÍTULO 2

LA ESPAÑA MEDIEVAL DE ISABEL LA CATÓLICA

No se sabe cuáles son los ecos del mundo que llegan hasta el joven Hernán. Pero lo cierto es que el mundo medieval agoniza ante sus ojos y no puede dejar de sentir el sismo cultural que sacude a aquel final del siglo XV. Los historiadores, desde hace mucho tiempo, ubican el fin de la Edad Media en 1453. En efecto, en ese año, Constantinopla cae en manos del sultán Mahoma II y el imperio bizantino desaparece. Aunque tales fechas, cuya arbitrariedad se intuye, constituyen un parteaguas y pueden tener un interés clasificatorio, se permite discutir la legitimidad de esa cesura. Personalmente, tiendo a pensar que el Renacimiento, con todo lo que implica de cambio y modernidad, no se manifiesta antes del periodo 1515-1520. Regresaremos a esto más adelante, puesto que esta mutación del mundo, que es una consecuencia del descubrimiento de América, ocurre precisamente cuando Cortés emprende la Conquista de México. Por el momento, demos un vistazo a la España de esta segunda mitad del siglo XV, que es todavía completamente medieval.

LA CASTILLA ENTRE PORTUGAL Y ARAGÓN

En primer lugar, España está en busca de su propio territorio. Se sabe que los moros ocuparon la Península desde el siglo VIII. La Reconquista, la guerra de liberación emprendida por los herederos de los visigodos cristianos, comienza en el siglo XI. Es en esta lucha cuando aparece el Cid, el famoso Rodrigo (Roderic) Díaz de Vivar. En el siglo XIII, después del decisivo éxito obtenido por los cristianos en Las Navas de Tolosa en 1212, los musulmanes abandonan sus posiciones, con la notable excepción del reino de Granada, al sur de España. Desde esa época, existe entre los príncipes cristianos españoles el sueño todavía lejano de una Hispania unida. Pero por el momento todavía reina la división. La península Ibérica está fraccionada en tres bloques principales: Portugal, al oeste, con las fronteras que conservó después; Castilla, en el centro, y Aragón al este. La España unificada y poderosa del siglo XVI nacerá de la voluntad de una mujer: Isabel de Castilla.

Desde 1454, Castilla es patrimonio del rey Enrique IV, el Impotente. No es posible comprender el sentido de las gestiones de Isabel la Católica si no nos detenemos un instante en este personaje desconcertante. Enrique IV, al ser el único hijo sobreviviente del primer matrimonio del rey Juan II de Castilla con María de Aragón, sube al trono a la muerte de su padre; tenía entonces treinta años. Como era fruto de una sucesión de matrimonios consanguíneos, sufre de varias degeneraciones: independientemente de su fealdad, que se ha convertido en legendaria, heredó la abulia de su padre, por lo que durante toda su vida será incapaz de tomar una decisión. En torno a él, dos favoritos no cesarán de luchar por tener el control de su persona: Beltrán de la Cueva, su valido, y Juan Pacheco, marqués de Villena. Muy joven, Enrique había sido casado con Blanca de Navarra, pero no había podido consumar el matrimonio. Una vez convertido en rey, sus consejeros, animados por la preocupación de que tuviera descendencia, lo incitaron a repudiar a la inmaculada Blanca, quien había permanecido virgen, y a buscar otra alianza. Se casó entonces en segundas nupcias con Juana de Portugal, hermana del rey lusitano Alfonso V, en Córdoba, el 21 de mayo de 1455. Pero la hermosa Juana, de ojos de brasa, tampoco tuvo éxito. Una vez más, el rey Enrique, al ser impotente y profesar un vivo disgusto por las mujeres, tampoco pudo consumar el matrimonio.

Rodeado por una especie de guardia pretoriana mora, llevaba con gusto un turbante para ocultar sus cabellos rojos y se negaba a cazar y a hacer la guerra

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