El gran nervio

Kevin Tracey

Fragmento

Título

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Introducción

Una nueva frontera en medicina

El 15 de noviembre de 2011 conocí al primer paciente que fue tratado con algo que yo inventé. Cuando él aún era joven, una enfermedad autoinmune lo condenó a la invalidez y a una muerte prematura. Estaba confinado en casa por un dolor debilitante en brazos y piernas; no podía trabajar ni jugar con sus hijos pequeños. Pero en 2011 un neurocirujano le implantó un dispositivo similar a un marcapasos bajo la clavícula izquierda. El especialista hizo un túnel bajo la piel con el fin de introducir un cable en el cuello y conectar el dispositivo al nervio vago. El dolor, la inflamación y la discapacidad del paciente desaparecieron tras recibir el implante. Este nuevo campo de la terapia de estimulación del nervio vago para tratar la inflamación está a punto de revolucionar la forma en que se atiende a millones de personas que presentan ese padecimiento. Su uso generalizado puede ayudar a prevenir una inflamación que cobra la vida de 40 millones de personas al año en todo el mundo. Y cuando no es mortal, esa alteración repercute en la salud de millones de personas más. La inflamación ha sustituido a las infecciones como la mayor amenaza para la longevidad humana saludable. Escribí este libro con el propósito de aportar información esencial alusiva al nervio vago, la cual explica además cómo esta parte neuroanatómica regula la inflamación en tu cuerpo y la manera en que puedes ayudarle a desempeñar su función, desde los hábitos saludables cotidianos hasta la última tecnología médica.

Aquí encontrarás una nueva forma de concebir tu sistema inmunitario. Tradicionalmente, se ha estudiado como un sistema que funciona de forma independiente, que se autocontrola y hace lo que quiere para protegerse de las amenazas de infecciones y lesiones. Los científicos y los médicos consideraban el sistema inmunitario fuera del dominio y el control del cerebro y del sistema nervioso, aunque se entendía que este último coordinaba las funciones de todos los demás sistemas orgánicos. Pero un descubrimiento que realizamos en mi laboratorio reveló que el cerebro y el sistema inmunitario están inextricablemente unidos por medio del nervio vago. Esta idea resultó determinante y nos permitió —a mis colegas y a mí— inventar el dispositivo de estimulación del nervio vago que en 2011 le dio al primer paciente una segunda oportunidad de vivir con plenitud.

El nervio vago se ha estudiado durante más de 2 000 años y ha intrigado a los científicos por su gran relevancia, pero aún guarda muchos secretos que cientos de laboratorios de todo el orbe se esfuerzan por desentrañar. Cada semana que transcurre surge más información que aporta pruebas de nuevas formas de aprovechar la capacidad del nervio vago para regular nuestros sistemas vitales y curarnos. Nuestros descubrimientos nos están guiando para desarrollar nuevas terapias contra la inflamación, la depresión, la ansiedad, la epilepsia, los trastornos por consumo de sustancias, los dolores de cabeza, las enfermedades cardiovasculares y gastrointestinales, la enfermedad de Alzheimer, la de Parkinson, los accidentes cerebrovasculares, la esclerosis múltiple y otras afecciones. Hay miles de publicaciones científicas y médicas que abordan estos temas, y mis colegas y yo hemos escrito muchos trabajos de investigación y artículos revisados por expertos. Quienes deseen sumergirse en discusiones detalladas sobre mecánica molecular encontrarán una muestra de ellos citados en las notas finales. El objetivo de este libro no es recapitular todos estos detalles, sino presentarte a tu nervio vago y darte suficiente información de modo que tú mismo empieces a aprovechar tu grandeza.

Descrito con frecuencia en la actualidad como una “superautopista” entre el cerebro y el cuerpo, el nervio vago resulta ser mucho más enigmático y luminoso que el tránsito de vehículos que pasan por esa vía. Al igual que los materiales con los que los instrumentos musicales de una orquesta producen sus sonidos característicos —cuerdas, cañas, pieles, cajas de resonancia, etcétera—, las 200 000 fibras que conforman el nervio vago vibran en sintonía con la salud. Las vibraciones son la música, y la canción es la vida.1

Si te abruman las miles de millones de opiniones que hay en internet —#vagusnerve— y en las redes sociales diciéndote que hagas esto, aquello o lo otro para estimular tu nervio vago, te comprendo. Los consejos que pululan “por ahí” son demasiados. Peor aún: con frecuencia son inexactos y a veces completamente erróneos. Muchas recomendaciones populares y terapias que se proponen, aunque en verdad estimulen el nervio vago, pueden o no aportar beneficios demostrados para la salud. Aunque algunas de estas ideas se basan en mecanismos científicos verificables y en conocimientos fisiológicos, ameritan una reflexión y un debate más profundos. La información contenida en este libro te ayudará a distinguir los hechos de las exageraciones. Como neurocirujano-científico, hago todo lo posible por desglosar conceptos complejos en términos fáciles de entender para explicar lo que sabemos, así como lo que aún desconocemos.

Si por desgracia tú o un ser querido sufren una enfermedad causada por la inflamación, espero sinceramente que este contenido te brinde conocimientos básicos sobre el papel que desempeña tu nervio vago en ese padecimiento y, al menos, te permita hacerles con mayor sapiencia las preguntas adecuadas a los profesionales de la salud. Nos encontramos en las primeras décadas de una revolución en la medicina, desde la cual se están diseñando terapias electrónicas informatizadas que antes eran inimaginables, con el fin de tratar enfermedades peligrosas e incapacitantes. He escrito este libro para hablarte de ellas.

Ha llegado el momento de publicarlo. Mientras escribo se han completado —o están a punto de completarse— grandes ensayos clínicos, y la estimulación del nervio vago pronto podría estar ampliamente disponible como una herramienta terapéutica para tratar problemas inflamatorios. Falta aún más trabajo por hacer, más conocimientos por adquirir y más resultados de ensayos clínicos por recopilar. Pero una avalancha de nuevos y prometedores datos se precipita montaña abajo por un camino que espero impulse la adopción de la terapia de estimulación del nervio vago en la práctica médica general. También creo que este avance beneficiará a millones de personas.

He tenido el privilegio y la gran fortuna de ser fundador y director de instituciones tanto del sector público como del privado, incluyendo SetPoint Medical, líder mundial en el ramo de la bioelectrónica y de la estimulación del nervio vago. Desde 2005 soy presidente y director general de los Feinstein Institutes for Medical Research de Northwell Health, en Nueva York, sede de más de 100 investigadores titulares y laboratorios, con una plantilla y un equipo de 8 500 personas que persiguen la misión institucional de “producir conocimiento para curar enfermedades”. Los Feinstein Institutes son un destino para la investigación y la transferencia de conocimientos clínicos y están reconocidos internacionalmente por su liderazgo en medicina bioelectrónica, inmunología, salud conductual, ciencias de la salud y otras áreas afines. Es un espacio colaborativo que acoge a científicos, médicos e investigadores creativos de todo el mundo, así como a estudiantes y personal clínico. Juntos, estos especialistas se sienten impulsados a generar conocimiento no sólo por el simple conocimiento, sino para realizar descubrimientos que allanen el camino a nuevas curas y tratamientos innovadores con el fin de mejorar la salud humana y crear un futuro mejor para todos.

Revelación completa: aunque mis patentes originales sobre la idea de usar la estimulación del nervio vago para tratar la inflamación me llevaron a cofundar una nueva empresa con el própósito de probar esta iniciativa en pacientes, no ejerzo ninguna función interna en SetPoint Medical. Sin embargo, sigo siendo asesor de la empresa con la esperanza de que el estimulador del nervio vago que han desarrollado, con base en mis patentes originales, llegue a estar ampliamente disponible para los muchos pacientes que lo necesitan. De vuelta a mi laboratorio, mis colegas y yo seguimos desarrollando nuevos inventos en el campo de la medicina bioelectrónica para tratar la inflamación, y he cedido mis derechos sobre estos inventos a mi empleador, los Feinstein Institutes, sin ánimo de lucro.

En los 40 años que llevo fascinado por el cerebro y la inflamación, he aprendido que el nervio vago encierra el potencial de aliviar el dolor y el sufrimiento. Por eso, cada día acudo a trabajar al laboratorio, donde colaboro con algunas de las personas más brillantes e innovadoras, entusiastas y persistentes del planeta, impulsadas por nuestra misión común de generar conocimientos útiles.

Este libro reúne todo lo que ahora sabemos sobre el nervio vago y el revolucionario potencial que encierra para nuestra salud. Lo he dividido en tres secciones. En la parte i, “Grandes secretos”, conocerás el nervio vago en todo su esplendor a través de relatos sobre su estructura y sus funciones. Si lo que más te interesa son las aplicaciones prácticas que puedan ayudarte a ti o a un ser querido, tienes la opción de pasar a la parte iii (y regresar a la primera más adelante). Dicho apartado inicial traza la historia de nuestra comprensión del nervio vago y revela nuestro conocimiento moderno de su funcionamiento interno por medio de herramientas modernas de microcirugía, optogenética, biología molecular y descodificación neuronal con inteligencia artificial. Poseer un nervio vago que funcione es realmente una cuestión de vida o muerte, y no sólo porque es el único nervio que tenemos que cuando se corta (por ambos lados) morimos. Es el responsable de equilibrar la vida cotidiana y el funcionamiento célula a célula de nuestros órganos y sistemas vitales, incluido nuestro sistema inmunitario. Todo esto lo lleva a cabo a través de sus reflejos.

La parte ii, “Grandes intervenciones”, te trasladará a los laboratorios y a las vidas de personas que aplican lo que ahora sabemos sobre el nervio vago para tratar enfermedades de formas que nunca creímos posibles. En algunos casos, he cambiado los nombres y los detalles con el fin de proteger la intimidad de los pacientes y he incluido citas del trabajo de mis colegas y de obras históricas para quienes busquen ahondar más en el tema. Cuando este libro entre a la imprenta, estará a punto de completarse un avance revolucionario en terapias bioelectrónicas, gracias al cual el dispositivo que puede implantarse en el nervio vago del cuello se reduce al tamaño de una cápsula de Tylenol (incluida su batería recargable) para estimular un reflejo curativo antiinflamatorio y frenar la inflamación. Describo cómo establecimos la nueva y apasionante frontera de la medicina bioelectrónica, dónde estamos hoy y por qué ya sabemos que es segura. Los estimuladores del nervio vago existen y los usa más gente desde hace más tiempo del que quizás imaginas: desde la década de 1990 cientos de miles de personas han recibido implantes del nervio vago aprobados por la fda (Food and Drug Administration, por su siglas en inglés; Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos) para tratar la epilepsia y la depresión.

Más recientemente, los ensayos clínicos sobre los reflejos del nervio vago que rigen el apetito, el metabolismo, la insulina y el control de la glucosa estudian si los ultrasonidos focalizados no invasivos pueden servir para tratar la diabetes y la obesidad. Y hay cientos de ensayos clínicos en todo el mundo que exploran vías indirectas al nervio vago que no requieren cirugía, sino que pretenden hackear el cerebro (de manera suave) con dispositivos que se colocan en el oído para estimular allí una rama del nervio vago y tratar potencialmente la depresión, la ansiedad, las migrañas, las cefaleas, la abstinencia de opiáceos, los trastornos del sueño y los problemas relacionados con el covid-19, así como potenciar la memoria y mejorar la función cognitiva. En la vanguardia de esta apasionante exploración, mi equipo de los Feinstein Institutes se está asociando con gigantes de la industria y colaboradores investigadores de docenas de otras instituciones.

La parte iii, “Grandes expectativas”, analiza en términos científicos las prácticas caseras más populares, como la meditación, la sumersión en frío y el ejercicio. Como neurocirujano-científico me preocupa hacer el diagnóstico adecuado, responder a preguntas complejas basándome en los mejores datos disponibles y ofrecer los consejos más seguros para beneficiar al paciente con el mínimo riesgo. Por esa razón, en la última parte del libro me esmero en ofrecerte herramientas prácticas prometedoras conforme la ciencia sigue avanzando. Desde prácticas ancestrales hasta las últimas tendencias en TikTok, la gente lleva mucho tiempo experimentando con intervenciones mente-cuerpo y formas caseras de aprovechar su nervio vago. Con el juramento hipocrático, las pruebas disponibles y la curiosidad como guías, tomo en cuenta los consejos del Dalai Lama, los del atleta de resistencia holandés Wim Hof y de otros expertos, y me sirvo del sentido común para desenredar la ciencia del nervio vago de la exageración en lo que respecta a la meditación, el control de la respiración, la sumersión en frío, el ejercicio y los dispositivos de venta libre. Explicaré lo que me parece cierto y útil, lo que es falso o incluso peligroso, y lo que simplemente aún no sabemos.

Conforme la ciencia y la innovación convergen en torno del nervio vago en la medicina y en la vida cotidiana, no sólo vamos comprendiendo cómo mantenerlo, sino también por qué nuestra salud y nuestro bienestar dependen de él. Espero aportarte conocimientos e inspirarte con historias reales de personas e investigaciones en curso. Los testimonios que aparecen en este libro son verídicos y provienen de mis experiencias personales, así como de las de quienes compartieron sus historias directamente conmigo, por lo cual les estoy profundamente agradecido. En algunos casos, he cambiado los nombres y los datos con el fin de proteger su intimidad, y también aquí he incluido citas del trabajo de mis colegas y de trabajos históricos para quienes busquen más detalles.

Con los conocimientos adquiridos, podrás hacerte cargo de tu salud y tomar decisiones informadas sobre tu bienestar. El primer paso para cuidar tu nervio vago es saber que lo tienes. El siguiente paso es entender lo que hace, lo que puedes hacer para mantenerlo sano (para que él te mantenga sano a ti) y lo que la medicina bioelectrónica puede hacer por ti. Entonces podrás plantear preguntas y tomar decisiones con el propósito de cuidar tu nervio vago a diario, y si padeces una enfermedad grave, informarte respecto de las opciones de tratamiento. Aprender sobre el gran nervio nos acerca a un mundo en el que se puedan evitar las inflamaciones catastróficas y tratar mejor las enfermedades inflamatorias que afectan a millones de personas.

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grandes secretos

Comprendiendo el poder oculto
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La electricidad podría sustituir tus medicamentos

El sufrimiento ha sido más fuerte que cualquier otra enseñanza.

Charles Dickens

Grandes esperanzas1

Un mensaje de mi correo electrónico me llamó la atención; el asunto decía: “Gracias por salvarme la vida”.2 Lo escribió una mujer llamada Kelly Owens, y contaba su historia. Cuando tenía 13 años, le diagnosticaron la enfermedad de Crohn y artritis inflamatoria, lo cual fue el comienzo de 15 años de enfermedad, hospitalizaciones, cirugías, inmovilidad y medicamentos inmunosupresores. Ninguno de ellos la ayudó. A finales de sus 20 años la trataron con esteroides durante tanto tiempo que desarrolló osteoporosis. Era una mujer joven con la densidad ósea de alguien tres veces mayor, una recién casada cuyo joven marido se había acostumbrado a cargarla sobre sus espaldas en un restaurante cuando sus piernas se hinchaban tanto durante la cena que no podía caminar de regreso hasta el coche.

En 2014, Kelly acudió a mí en HuffPost Live y poco después me mandó un correo electrónico por primera vez.3 Le respondí con información sobre nuestro trabajo con el nervio vago y le sugerí que siguiera de cerca los ensayos clínicos que SetPoint Medical estaba planeando. Tres años después, sus médicos le dijeron que no tenían más opciones y, lo que es peor, que debía volver a casa y prepararse para una vida completamente dependiente de la prednisona, un esteroide.

La cantidad adecuada de inflamación es el delicado punto de equilibrio entre las defensas de primera línea del organismo contra las infecciones y el propio sistema inmunitario que causa estragos en el cuerpo que debe proteger. El sistema inmunitario de Kelly había perdido el equilibrio y los efectos eran catastróficos. A pesar de depender de la prednisona para sobrellevar el día a día, sus piernas estaban tan hinchadas que a menudo no podía caminar, lo cual la obligó a abandonar su carrera docente. Los frecuentes brotes de la enfermedad de Crohn la obligaban a ausentarse mucho de su trabajo. Como último recurso, llorando, entró a clinicaltrials.gov, donde se enteró de que SetPoint realizaba ensayos clínicos en Europa. Pagar los medicamentos que no le sirvieron de nada destrozó sus finanzas, pero con el apoyo de amigos y familiares, Kelly y su marido, Sean, reunieron el dinero suficiente para mudarse. Entonces empacaron y se trasladaron al extranjero, de Nueva Jersey a Ámsterdam (Países Bajos).

En el Centro Médico Universitario de Ámsterdam le implantaron un pequeño dispositivo electrónico debajo de la clavícula que emitía señales eléctricas con el fin de estimular el nervio vago izquierdo y esperábamos que eso activara el reflejo antiinflamatorio para detener la inflamación excesiva. Al cabo de unas semanas, Kelly ya caminaba sin bastón por primera vez desde que era adolescente. Ocho semanas después, estaba en remisión clínica, sin síntomas gastrointestinales, corriendo tres kilómetros al día y haciendo ejercicio. Unos meses más tarde se le retiró finalmente la prednisona y quedó libre de la medicación.

Yo aún no conocía a Kelly en ese momento, pero las lágrimas empañaron las palabras en la pantalla cuando leí su mensaje de correo electrónico y me enteré de su triunfo. Imagina vivir su sufrimiento, o quizá no tengas que imaginarlo. Tal vez tú, como Kelly, seas una de las más de 500 millones de personas que padecen una enfermedad autoinmune en todo el mundo. O tal vez, como el marido, el papá y la mamá de Kelly, amas a alguien que la sufre. Quizá no tengas un diagnóstico, pero la inflamación te afecta de alguna u otra forma. De hecho, la inflamación nos afecta a casi todos.

Las novedades del correo electrónico de Kelly continuaban: “Ahora que volvimos, estoy planeando el resto de mi vida, algo que no había podido hacer en años”.

He tenido la suerte de entablar amistad con Kelly en los años que han pasado desde entonces, e incluso llegamos a ser colegas cuando ella se propuso como misión abogar por el acceso a la medicina bioelectrónica para todo aquel que pudiera beneficiarse de ella. Me dio el bastón que ya no necesita como muestra de gratitud por la investigación médica que dio lugar al pequeño implante junto a su clavícula, seguro como un marcapasos, y le devolvió la vida. El bastón está apoyado en el librero de mi estudio, con el mismo listón blanco que tenía atado al mango cuando me lo regaló y una tarjeta suya pegada. Cada vez que lo miro, pienso en lo perfecto y lo terrible que es tener un alegre bastón rosa que te ayude a caminar cuando eres adolescente.

Seis años después del agradecido correo electrónico de Kelly, SetPoint Medical continúa las pruebas clínicas de un dispositivo estimulador del nervio vago más nuevo y aún más pequeño para tratar a las personas con artritis reumatoide en Estados Unidos. La fda ha designado esta tecnología como un gran avance y espero que pronto se incorpore al arsenal de tratamientos que los médicos pueden prescribir en todo el país.4 Los pacientes piden a gritos una nueva opción para tratar la inflamación. Sus terapias actuales son caras, se administran a menudo en forma de inyecciones, tienen efectos secundarios peligrosos y no siempre ayudan. Los efectos secundarios de estos potentes fármacos inmunosupresores son tan peligrosos que justifican una “advertencia de recuadro negro” de la fda; la alerta más grave que existe cuando se presenta un posible efecto secundario es la muerte. La llegada de los estimuladores del nervio vago, como el de Kelly, permite albergar esperanzas de que en el futuro se ofrezcan a los pacientes alternativas más seguras a los tratamientos limitados de la actualidad.

Hoy, gracias a los antibióticos, las vacunas y la medicina moderna, es razonable que esperemos vivir hasta una edad avanzada. La mayoría morimos por causas no infecciosas: las enfermedades cardiacas y los accidentes cerebrovasculares, la diabetes y la obesidad, la neurodegeneración —como en las enfermedades de Alzheimer y el Parkinson— y el cáncer representan dos tercios de los 60 millones de muertes humanas cada año. Tal vez esta estadística no te sorprenda, pero lo que mucha gente no sabe es que todas ellas son enfermedades inflamatorias. Y este recuento no contempla los millones de personas que sufren enfermedades autoinmunes y otros problemas inflamatorios a lo largo de su vida.

¿Y si pudiéramos influir en las propias señales del nervio vago para ayudarle a hacer eso para lo cual la naturaleza lo diseñó? ¿Puede la estimulación del nervio vago ayudar a las personas con enfermedades al parecer intratables? ¿Puede ayudar a quienes queremos que nuestros cuerpos y nuestras mentes funcionen y prosperen mejor y durante más tiempo? ¿Y si pudiéramos hacer algo para mantener nuestro nervio vago en sintonía? ¿Y si pudieras comunicarte con tu sistema inmunitario o regular tu insulina y tu glucosa con un chip informático? Cuando hace unas décadas mis colegas y yo descubrimos que la cooperación armoniosa de tu sistema inmunitario y de otros sistemas vitales depende de la comunicación entre el cerebro y el cuerpo a través del nervio vago, empezamos a explorar formas de incursionar en ese tipo de música. Hemos encontrado muchas, con resultados medibles de los cuales te contaré.

La respuesta corta es: podemos tocar el nervio vago tal como lo concibió la naturaleza, con electricidad, ondas sonoras y chips informáticos, para salvar vidas como la de Kelly.

Alguien debe hacer algo al respecto

Cuando mi mamá, Dorothy, tenía 29 años, y yo cinco, ella murió de un tumor cerebral en un nublado y triste domingo de verano. Como mi papá no se atrevía a decírmelo, no lo supe hasta el viernes siguiente, después del funeral. Mi hermano, Tim, tenía cuatro años; mi hermana, Sharon, aún no cumplía los dos y era muy pequeña para entenderlo. Tim y yo nos enteramos de nuestra nueva fortuna sentados en el regazo de papá, en la sala de la casita estilo Cabo Cod donde él vivió hasta que se casó con mamá. No sé cuánto tiempo lloramos en sus brazos, pero cuando nos calmamos nos entregó a cada uno un nuevo coche Matchbox de juguete. Agarré el mío y salí corriendo de la penumbra al soleado patio trasero.

Una semana antes, más o menos, mamá se echó una larga siesta. Aburridos, Tim y yo empezamos a jugar a ser “reparadores de líneas telefónicas” en la casa, clavando clavos y ensartando cuerdas directo en los paneles de madera que recubrían la escalera (un lujo raro para mis papás, que acababan de empezar a hacer su patrimonio). Cuando nuestro padre llegó a casa del trabajo y nos vio, gritó tan fuerte que rompió nuestra fantasía, pero mamá seguía durmiendo a pesar del ruido.

Ahora lo entiendo. Un glioblastoma multiforme comprimía su cerebro y cortaba su sistema nervioso. Estuvo luchando contra el cáncer sin que ninguno de nosotros lo supiera. Dolores de cabeza durante meses, lapsus inusuales de pérdida de memoria, la decadencia constante de su elegante escritura: un tumor invadía su existencia, constriñendo y distorsionando las señales entre su cerebro y su cuerpo.

De lo que sucedió a continuación sólo conservo algunos recuerdos borrosos y oscuros. Íbamos hacinados en una camioneta Plymouth en un caluroso viaje de cinco horas a Hamden, Connecticut. Me quejé del calor y de la falta de aire acondicionado. Mi papá manejaba y me ordenó que me callara. En el asiento del copiloto, a su lado, mi mamá se limitaba a dormir.

Yo iba sentado detrás de ella. Tim viajaba detrás de mi papá y la pequeña Sharon yacía entre nosotros en su moisés, que se tambaleaba y amenazaba con volcarse con cada bache del camino (eran los años sesenta). Recuerdo haber observado la nuca de mi madre durante horas. Su pelo negro caía sobre sus hombros y rozaba el respaldo del asiento, justo fuera del alcance de las yemas de mis dedos. Ese es el último recuerdo que tengo de ella, y suena dramático porque lo fue. Nunca la volví a ver.

Mi papá nos metió a todos en el coche a instancias de un médico que examinó a mi mamá. Íbamos a ver a mi abuelo Culotta, el papá de ella, que era profesor de medicina en Yale.

Ahora lo entiendo. Dorothy sufría un papiledema grave, una afección que se produce cuando la presión en el interior del cerebro aumenta peligrosamente. Esta presión empujaba el nervio óptico desde el cerebro hasta la parte posterior del ojo. Usando un oftalmoscopio, con luz y lente de aumento incorporados, su médico le revisó la retina y encontró el punto donde se une el nervio óptico. Este punto se denomina disco óptico, cuyo aspecto, normalmente, es similar a una luna llena de color amarillo brillante, con un borde nítido, que relumbra en un cielo de retina roja.

Pero al revisar los ojos de mi mamá, el doctor notó una mancha deforme, con un perímetro borroso envuelto en niebla. Reconoció que la presión y la inflamación cerebral estaban introduciendo líquido en el disco óptico y en todos los demás nervios que conectaban el cerebro con el cuerpo. En Yale, el doctor William J. German, jefe de neurocirugía, fue el encargado de operarla.5 Como sospechaba que se trataba de un tumor, le practicó una craneotomía y le extirpó un círculo óseo de 10 × 10 centímetros del cráneo.

Para un neurocirujano, el cerebro humano normal es una obra maestra fascinante: de textura flexible, sutilmente rosado, elegante y grácil. Un Degas, tal vez. El agujero del cráneo es una ventana a una intrincada red de vasos sanguíneos que nutre y sostiene miles de millones de neuronas suspendidas en un tejido blando y brillante. Para mí nada de esto es “repulsivo” porque en el resplandor de un quirófano hay una extraña combinación de asombro y la sensación de que es hora de ponerse manos a la obra. Tengo un trabajo que hacer y, al mismo tiempo, soy consciente de que cada célula nerviosa dispuesta ante mí posee su propio dominio y es un portal único a una red superpuesta de señales que producen tus recuerdos, tus pensamientos, tus emociones, tus sentimientos, tus acciones y tus reflejos, cada respiración y cada latido de tu corazón, todo eso.

El cerebro de mi madre mostraba una apariencia diferente. Los tumores son repugnantes. Sin antes haber extirpado una pequeña muestra del tumor que presentaba ella, y entregarla al laboratorio de patología para su análisis, estoy seguro de que el doctor German ya sabía el diagnóstico. No obstante, permaneció junto a su paciente —como yo mismo lo he hecho cientos de veces en mi propio quirófano de neurocirugía— esperando a que sonara el teléfono para confirmar el resultado. Sabía también que, más tarde, en la sala de espera, él les daría las peores noticias a mi papá y a mi abuelo. Y, como les sigue sucediendo hoy a los neurocirujanos, esperaba equivocarse.

En 1963, como en 2023, el diagnóstico de glioblastoma multiforme significaba una noticia terrible. La supervivencia se mide en semanas y meses, no en años.6 No había ni hay ninguna terapia eficaz para detener el crecimiento que presiona el cerebro, atrapado como está en el cráneo. Incluso ahora, 60 años después, el tiempo promedio de supervivencia es de 12 a 15 meses. Así que, en el quirófano con Dorothy, cuando sonó el teléfono, el doctor German no tuvo más remedio que cerrar la apertura que le había practicado. Le vendó la cabeza y la trasladó a la sala de recuperación, pero mi madre no volvió a despertar. Su cerebro se siguió inflamando y murió ese domingo.

Recuerdo que unos días después del funeral me subí al regazo del abuelo. Respirando el dulce aroma a puro de su camisa y el cuero verde de su sillón donde leía revistas médicas, le pregunté por qué su amigo el doctor German no había curado a mi mamá ni la mandó a casa.

—El tumor que crecía en su cabeza era enorme y tenía muchas ramificaciones que se disparaban en varias direcciones. Era imposible extraerlas todas sin dañar las partes normales de su cerebro. Habría quedado paralizada e incapaz de hablar. Tu mamá no habría vuelto a ser ella misma. Nadie podría haber hecho nada.

—Entonces —dije—, alguien debería hacer algo al respecto.

Asintió y susurró:

—Bueno, tal vez algún día tú lo hagas.

Resultó ser un buen consejo profesional.

Entradas y salidas

Aunque perder a uno de los padres durante la infancia tiene consecuencias negativas, también son factibles otros resultados. Un niño de cinco años aprende que la vida no es eterna. Puede acabar en cualquier momento. Así que, ante esta certeza, es posible hacernos dos preguntas fundamentales sobre lo que resta de nuestra existencia: ¿qué queremos hacer? ¿Cómo aprovecharemos el tiempo que tenemos en la Tierra? Mi yo de cinco años decidió que, si podía, ayudaría a otros niños a no perder a sus mamás. Sin embargo, cuando crecí y me convertí en neurocirujano, mis intereses profesionales se ampliaron de las mamás a —simplemente— los demás.

Ciertos momentos de nuestro paso por la Facultad de Medicina son de verdad asombrosos. Después de años de estudio, lo que crees saber se sustenta en una base firme, hasta que un nuevo hecho o una nueva idea trastoca tu mundo, lo cual puede ocurrir, por ejemplo, cuando un profesor te revela un concepto innovador y sorprendente, o cuando presencias algo por primera vez. La fisiología humana posee misterios ilimitados, y algunos de ellos pueden impactarte con una fuerza impresionante. Recuerdo la primera vez que observé cómo los órganos del cuerpo humano están organizados en compartimentos; por ejemplo, las fascias separadas del tórax y el abdomen funcionan como los separadores de una maleta y mantienen todo en orden, en su sitio. O la forma en que, un día, nuestro profesor de anatomía, el doctor William McNally, introdujo sus manos sin guantes, y luego los antebrazos —hasta los codos—, en el tórax de un cadáver que examinábamos, para separar del mismo los lóbulos de uno de sus pulmones con aspecto negruzco porque en vida ese individuo había sido fumador. El académico lo hizo con sus propios dedos, ya teñidos de amarillo también por su adicción al cigarro, con el objetivo de mostrarnos los estragos de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el enfisema, lo cual nos remitía a pensar en que, de igual modo, sus propios pulmones debían presentar esa misma condición.

Sobre todo, recuerdo la descripción que el doctor McNally hizo del sistema nervioso humano, la cual es la misma que y

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