ÍNDICE
Doce ideas… a modo de presentación
1. Los dioses son celosos
2. Lo que se ha venido pensando
3. En los niños
4. ¿Será el amor?
5. El amor caníbal
6. Somos seres que desean y desean y desean…
7. Amor y posesión
8. Yo no soy celoso
9. Siempre estamos en falta
10. Hombres celosos, mujeres celosas
11. ¿Existe la pasión latina?
12. El cerebro celoso
13. ¿Los tienen otros seres vivos?
14. Eso son celos
15. La génesis de los celos
16. La predisposición a los celos
17. En el ciclo vital de la pareja
18. Las emociones en la experiencia celosa
19. Las respuestas de los celosos
20. De la humillación a la pérdida
21. El mundo que crean
22. Descalificación y opresión del celado
23. El dispositivo matrimonial
24. La existencia de terceros
25. ¿Fidelidad o exclusividad?
26. ¿A qué somos fieles?
27. En el siglo XXI
28. Solamente tus celos…
29. Desvelar y ocultar. Contradicciones de la verdad
30. La culpa y el perdón
31. Jinetes del Apocalipsis: dependencia, fusión, desencanto y posesión
32. Cuando los celos matan
33. Tipos de celos
34. Celos anormales
35. Otros tipos
36. De la insignificancia a la autoestima
37. Contra los celos…, seducción
38. Consejos prematrimoniales
39. Intervención y tratamiento
40. Estrategias generales de terapia
41. Recomendaciones para un celoso
Nota al lector
Doce ideas… a modo de presentación
Cine, literatura, publicaciones periódicas, canciones, internet… Pocos asuntos generan tanto interés, deseo e intriga entre la gente como el amor y la pareja. Y pocos también generan todo eso unido al dolor, la angustia y la violencia. ¡Celos! ¿Son una forma de amor? ¿Van de su mano?
Si hiciéramos esta pregunta a diversas personas, encontraríamos tantas respuestas como sujetos cuestionados. Habría quien ingenuamente contestara: “De ninguna manera, los celos son cuestión de inseguridad e inmadurez”. Otros afirmarían que hablar de amor sin celos es hablar de otra cosa, de algo que no es amor. Y aun encontraríamos algunos que se sentirían desairados si no fueran, de una u otra manera, celados por su pareja: “De vez en vez hay que dar al otro un piquetazo para confirmar que nos sigue amando…”.
Las posibilidades de mirar un fenómeno tan universalmente humano son infinitas. El problema es complejo y comprometido: los celos invaden el mundo de las relaciones amorosas generando desenlaces diversos, la mayoría sufrientes, otros francamente trágicos…
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¿Qué hay de amor en los celos? ¿Qué hay de celos en todo amor? ¿Cómo saber si los celos dependen de la imaginación del celoso o de la realidad que está viviendo? ¿Cómo reconocer si algunas personas son más celosas que otras? ¿Cómo diferenciar los celos controlables de aquellos que se viven como una enfermedad crónica? Son preguntas difíciles. Más aún cuando caemos en la cuenta de que estos no siempre se producen como resultado de una situación o un tipo de relación: hay veces que el contexto pareciera propicio para desencadenarlos y, sin embargo, no aparecen. Y otras sucede lo contrario: aparecen sin ninguna razón… Caprichosos, corrosivos, dominantes…
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Los seres humanos somos seres que desean. Y desear es desear poseer… El deseo lo quiere todo y, como esto es imposible —y más aún en el amor—, aparecen la decepción, la duda, la sospecha, y con ellas, los celos…
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Somos seres con una gran necesidad de apego y dependencia, que surge de nuestra más temprana experiencia como bebés necesitados. Y lo que en su día fue útil y lógico puede acabar por convertirse, con el paso de los años, en un exagerado afán de poseer al otro, de asegurar su cercanía. Vistos desde este ángulo, los celos expresan más un sentido de propiedad que un deseo erótico o un sentimiento amoroso. En ese caso cabría preguntarse, siendo adultos, qué se busca como producto de una relación amorosa: ¿una madre que nos cuide y nos calme?, ¿o una pareja que nos haga compañía?
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El celoso siempre trata de disminuir la incertidumbre y atenuar el riesgo de perder a la persona amada y, sin darse cuenta, en este intento se dirige hacia la destrucción de su amor. Si bien en la mayoría de los casos los celos son patrimonio de la imaginación, siendo el estímulo que los desencadena de naturaleza simbólica, se manifiestan siempre en el campo de lo real, y las acciones que se derivan de ellos suelen ser desde absurdas y aburridas insinuaciones hasta conductas terriblemente destructivas.
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Pero ¿qué es lo que detona la aparición de los celos? ¿Podrá ser la misma interacción entre la pareja la que favorece una dinámica de este tipo o habrá personas que nacen con un temperamento celoso? Es difícil dar respuestas únicas a estas preguntas, pero proponemos que son provocados por la estructura misma del amor vivido dentro de una institución matrimonial de corte patriarcal.
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Los celos son una de las experiencias emocionales más intensas, de modo que no podemos minimizar su impacto. Combinan sentimientos avasalladores: humillación, envidia, miedo, competición, rabia, que se apoderan de la persona celosa, nublando su razón y dirigiendo desatinadamente su conducta. Posesión, dependencia, control y hostigamiento son intentos del celoso por asegurar el “amor” de su pareja. Lo dice Antonio, el protagonista de la película Celos, de Vicente Aranda: “Solo para mí, de la cuna a la tumba”.
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Ante los pesares que produce esta experiencia, buscamos culpar al otro, argumentar que es su conducta la que provoca celos. Rara vez echamos una mirada al interior de nosotros mismos para cuestionar nuestra inseguridad y nuestro miedo. Y olvidamos que el amor, el verdadero amor, no tiene garantías… Los contratos y los pactos, sí; pero las relaciones amorosas viven en el territorio de la duda…
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Las reacciones del celoso son diversas: unas inmediatas e irreflexivas, otras contenidas; algunas realistas, otras producto de la imaginación… Varían según se trate de unos celos moderados o de aquellos que llegan a la obsesión y al delirio, pero en la mayoría de los casos se dan conductas que van saturadas de preguntas hostigantes y entrometidas, de acciones persecutorias, de una sobreprotección humillante y de intentos de “reconquista” caballerescos que molestan y desgastan el amor.
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Los efectos de estas actitudes hacen que la persona celada se sature y se enoje, pero simultáneamente se debilita y duda de sí misma y de sus capacidades. Vive con una actitud permanente de defensa, que le hace eliminar sus intereses, sus deseos y, en ocasiones, incluso sus valores, para no “generar” más conflictos. Los efectos del acoso permanente varían en grado e intensidad, pero no es extraño escuchar en las víctimas este tipo de preguntas: “¿Cómo es que me metí en esto?, ¿cómo no me di cuenta?, ¿cuál es el sentido de seguir viviendo un amor que asfixia?, ¿cómo escapar…?”.
¿Se puede convivir con un celoso? ¿Tratar con una persona moralista, perfeccionista, extremadamente religiosa y responsable, ansiosa, suspicaz es garantía de fracaso y dolor?
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No todas las manifestaciones celosas son iguales. Algunas pueden considerarse más “normales” que otras, y algunas caen de lleno en el campo de la psicopatología.
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Es preciso que antes de casarnos o de emparejarnos tengamos ya la lucidez y la consciencia necesarias para saber detectar a tiempo una relación de ese tipo, y que esta claridad nos permita evitar un compromiso que terminará en posesión y dependencia. Y si en su momento, no pudimos anticipar que nos estábamos adentrando en una relación dominada por los celos, y llega el punto en que esta está ya inmersa en un callejón sin salida, no hay que olvidar que valdrá la pena considerar salir de ella.
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El amor se gasta y en ocasiones existe otra persona a la que el amado prefiere… ¿Qué ocurre cuando los celos, lejos de basarse en una sospecha, surgen de un suceso real? La humillación y la pérdida posibles se convierten en un hecho. Si no hay una elaboración, si no ocurre el olvido o el perdón, los celos consumen la vida. ¿Cómo manejarse ante esta situación? ¿Resignarse? ¿Salirse? ¿Luchar por lo que se quiere?
El siglo XXI está consolidando un cambio drástico y acelerado. La revolución tecnológica, la crisis del capitalismo, el auge de los movimientos sociales —entre ellos destacadamente el feminismo— y la decadencia del patriarcado abren las puertas a una nueva sociedad, que desafía la idea de un amor cerrado y total y abre una nueva forma de relaciones amorosas. Es de prever que ello, unido a la ruptura de modelos convencionales anteriores, haga que los celos existan de forma importante. Habrá que plantearse una vida en la que los celos se tengan, se sientan… y buscar la manera de no dejarnos arrastrar por ellos.
¿Seguimos reaccionando de forma celosa o intentamos una forma de amar diferente?
A LOS CELOS
¡Oh niebla del estado más sereno,
furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
de verde prado en oloroso seno!
¡Oh entre el néctar de Amor mortal veneno,
que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh espada sobre mí de un pelo asida,
de la amorosa espuela duro freno!
¡Oh celo, del favor verdugo eterno!,
vuélvete al lugar triste donde estabas,
O al reino (si allá cabes) del espanto;
Mas no cabrás allá, que pues ha tanto
que comes de ti mismo y no te acabas,
mayor debes de ser que el mismo infierno.
LUIS DE GÓNGORA
CAPÍTULO 1 Los dioses son celosos
Celos. Uno de los más grandes y extendidos sufrimientos de los seres humanos. Y, por ello, siempre les hemos buscado explicación. Incluso forman parte de los mitos acerca de los orígenes de la humanidad, como el del andrógino —una de las más ingenuas y hermosas de las explicaciones— presente en muchas culturas, si bien la más conocida para nosotros es la que provine de los clásicos griegos. Según ella, al principio de los tiempos los seres humanos eran simultáneamente hombres y mujeres. Seres tan completos acabaron por mostrarse arrogantes y soberbios y quisieron destronar a los dioses, echarlos del cielo, dioses que, en castigo por tanto atrevimiento, los dividieron en dos. Unos serían hombres y otras mujeres, quedando cada uno, desde entonces, buscando su otra mitad, que nunca encontrará… Eso desató problemas, luchas y, sobre todo, celos, y fueron estos tan violentos que, para compensarlos y evitar la total destrucción del género humano, los dioses enviaron también el amor. En otras versiones de este mito, los andróginos, al tenerlo todo dentro de sí, resultan muy aburridos, y el dios Zeus decide dividirlos en dos para que el mundo sea un lugar más animado. Aparecen los celos, las luchas, los conflictos y sí, el mundo es más animado, pero a costa de mucho dolor.
Si pensamos que los dioses son creaciones de los humanos, es lógico que sean como nosotros. Recuérdese que el mismo Yahvé, en el Deuteronomio y en el Éxodo, se define a sí mismo como celoso: “Yo soy un Dios celoso”, afirma en varios capítulos de esos libros. Eso supone que la idea que se transmite a través de las religiones es que todo el mundo es celoso, y que eso es algo lógico y respetable. Pero, de forma un tanto paradójica, según la Biblia —que no se puede olvidar que es el texto básico que conforma nuestro pensamiento—, los celos y su pariente la envidia no solo están dentro de los primeros pecados de la humanidad, sino que son causa de graves problemas y violencia. Así que los celos, que definen al mismo Dios, son al tiempo gravemente peligrosos para los seres humanos. Eso es lo que nos muestra el episodio de Caín y Abel.
La fértil imaginación de los griegos, junto con la amabilidad de la naturaleza de la Grecia mediterránea, hizo que crearan dioses muy implicados en tramas noveladas, en las que estos se entrelazan con los seres humanos de una forma apasionada. Y así encontramos decenas de historias fascinantes y terribles sobre los celos y sus consecuencias. Elijamos una. Se trata de la historia de la ninfa Eco. Zeus, el dios de los dioses y esposo de Hera, tenía la justificada fama de ser muy mujeriego, y tanto diosas como mortales eran objeto de sus preferencias. En uno de esos episodios, Eco recibió el encargo de entretener a Hera —descrita como tremendamente celosa— para que no descubriera los avances amorosos de Zeus con otras ninfas. Cuando esta descubrió el engaño al que había sido sometida por Eco, se vengó de ella. (No estará de más empezar a observar que la venganza va a ser una de las características de la conducta de los celosos). Quiso que muriera, pero Zeus lo impidió, aunque ni el mismo padre de los dioses pudo impedir un castigo que fue inteligente y terrible. Fue condenada a no poder hablar por sí misma, sino a repetir lo que decían los otros. Incapacitada para el trato humano se retiró a los bosques, donde conoció a Narciso, que la ignoró, y acabó desesperada vagando tras él sin alimentarse ni descansar, de manera que de ella solo quedó su voz, repitiendo eternamente las palabras de los demás. Esa es la voz que encontramos en tantos paseos por el campo.
La lista de diosas y mujeres celosas de la Grecia clásica es impresionante, muy superior a la de hombres, dado que, en ese tiempo, en las sociedades agrícolas y patriarcales, las mujeres apenas podían vivir en sociedad si no estaban vinculadas a un hombre, por lo que la presencia de un tercero resultaba más amenazante para ellas —contrariamente a lo que ocurre en la actualidad, en que ellos son más celosos porque, en general, tienen más que perder—. Esa lista ofrece personajes de una belleza y una fuerza increíbles, y todas destacan por su refinamiento e inteligencia en la venganza, muy diferente de la del hombre, más brutal y automática. Es el caso de Deyanira, que, abandonada, crea un vestido para la futura esposa de Heracles, que hará que esta se queme viva cuando se lo ponga. O el de Medea, que asesina a sus propios hijos con tal de hacer daño a Jasón, que la ha abandonado de manera ignominiosa y cobarde.
Consideremos ahora la guerra de Troya, uno de los episodios más importantes en la elaboración de historias míticas. En pocos episodios de la mitología clásica se involucran los dioses y los hombres de manera tan intensa. Desde luego, esa guerra puede ser entendida de muchas maneras. Pero una de ellas
