Tirano 3. Juegos Funerarios (Zeta)

Christian Cameron

Fragmento

1-new.jpg
2-new.jpg
3-new.jpg

316 a. C.

El kurgan de Kineas se alzaba sobre el delta del río Tanais cual pirámide del remoto Egipto cubierta de césped. En lo alto, un plinto de mármol de Paros parpadeaba al sol.

A los pies del kurgan, donde las aguas del Tanais, turbias tras el deshielo, batían la playa fangosa, se hallaba Srayanka, que había sido la esposa de Kineas. Detrás de ella aguardaba un barco de treinta remos con la popa firmemente varada en el barro, a la espera de sus órdenes. La mujer volvió a abrazar a sus hijos gemelos: Melita, que con doce años ya era la viva imagen de su madre, y Sátiro, idéntico a su padre tanto en complexión —caderas estrechas, hombros anchos— como en la forma de la boca. En ese momento le temblaban los labios porque contenía el llanto. Sátiro abrazó a su madre otra vez, luego Melita le tomó la mano y ambos se quedaron en la playa junto a Filocles, su preceptor.

—Espero que hagan algo más que estudiar manuscritos y poetas muertos —dijo Srayanka—. Llévalos a montar. Salid de pesca. Demasiado escribir mata el espíritu.

—La lectura ejercita la mente así como los deportes entrenan el cuerpo —entonó Filocles automáticamente, arrastrando las erres al pronunciar las palabras.

—Sólo estaré fuera cinco días. Termino esta desagradable misión y nos largamos al mar de hierba a pasar el verano. ¿Se me olvida algo?

Srayanka miró a Sátiro, que tenía muy buena memoria.

—Nos lo has dicho todo —respondió Melita.

—El nuevo entrenador de Corinto debería llegar cualquier día de éstos —dijo Srayanka—. Ocupaos de que sea bien recibido.

—Ya lo sé —dijo Filocles. No estaba más ebrio que de costumbre, y expresaba su impaciencia por la reiteración de las instrucciones con la soltura que confiere un viejo hábito.

—Todos lo sabemos —apostilló Melita.

A Sátiro le habría gustado hablar, pero bastante esfuerzo le costaba ya contener las lágrimas. Detestaba separarse de su madre. Sin embargo, recobró la compostura, respiró profundamente y dijo:

—Quiero ir en el barco.

Srayanka le sonrió, pues Sátiro amaba los barcos y el mar tanto como su hermana amaba los caballos y el mar de hierba.

—Pronto, cariño. Pronto estarás al mando de mi barco. —Miró hacia el agua—. Pero no en este viaje.

Temblando por el esfuerzo de reprimir sus sentimientos, Sátiro le sonrió. Srayanka le devolvió el gesto, complacida de que su hijo estuviera aprendiendo a controlarse.

Y entonces, a pesar de sus recelos, Srayanka bajó por la playa hasta la pasarela y embarcó.

Tardaron dos días en cruzar el paso que sorteaba los largos bancos de arena que delimitaban la bahía del Salmón, y un día más en abrirse camino entre los bajíos hasta salir al Euxino. Una vez que hubieron dejado atrás el último banco traicionero, navegaron costeando. Acamparon al raso para pasar la noche y al día siguiente continuaron remando despacio a lo largo de la playa de Panticapea, ante la ciudad de Herón, buscando el lugar señalado para el encuentro.

Hacía uno de esos días que la gente recuerda cuando recuerda haber sido feliz: el cielo profundo y de un azul deslumbrante, el sol primaveral iluminando la hierba verde que se perdía en el horizonte, el mar de un perfecto azur que reflejaba la bóveda celeste, y la nítida playa dorada contrastando con la tierra negra de los campos que se extendían hacia el sur y el oeste. En otoño estarían colmados de grano, ese bien que proporcionaba su riqueza al Euxino.

Srayanka iba sentada en la popa del barco con un reducido grupo de sus mejores guerreros y con Ataelo, un miembro de las tribus sakje que había sido el jefe de exploradores de su marido. En ese momento era algo más que un mero explorador: más de seiscientos jinetes componían su clan.

A los remos, una mezcla de griegos y lugareños meotes, así como labriegos sindis de tierras más occidentales. Srayanka sonreía al verlos remar juntos, pues la unión de las tres razas representaba su territorio, no del todo un reino, en el río Tanais. Ese día iba a desembarcar cerca de Panticapea para sellar su estatus mediante un tratado —un concepto que aun siendo griego entendía a la perfección— que garantizaría la seguridad de sus embarcaciones, sus labriegos y sus hijos.

Qué distinto era todo de los tiempos de su niñez, pensó, mientras el sol le calentaba el rostro. Como doncella lancera había cabalgado por el mar de hierba. Cuando la contrariaban, presentaba batalla. Cuando sus enemigos eran más fuertes que ella, galopaba hasta desaparecer en el mar de hierba. Kineas y su sueño de un reino en el Euxino habían cambiado todo aquello. Para entonces tenía a miles de campesinos que proteger y cientos de colonos y comerciantes griegos. «Rehenes.» Ya no podía huir a caballo.

En lo alto de la playa, a una distancia que un caballo recorrería en doscientos latidos, vio al hombre con quien había venido a tratar: Herón, el tirano de Panticapea. Igual que Ataelo, Herón había sido uno de los hombres de su marido doce años antes. No uno de sus favoritos, pero los vínculos perduraban. Herón tenía intención de convertirse en rey del Euxino y, por más que esa idea la ofendiera, saludarlo no le costaría ni un caballo, como decía el viejo refrán sakje.

Rio entre dientes.

Ataelo le dedicó una de sus amplias sonrisas. Resultaba fácil, además de erróneo, interpretar esas sonrisas como prueba de escasa inteligencia. Más bien ocurría que Ataelo era uno de esos hombres que encontraban muchos motivos para sonreír.

—¿Para ser feliz? —preguntó Ataelo. Quince años viviendo con griegos y su dominio del idioma no había mejorado un ápice.

—Vamos a convertir a Herón en kan del mar Interior —dijo Srayanka en sakje. En ese idioma, su desdén fue patente; ella, que portaba ostensiblemente la espada de Ciro y podría acabar sus días como reina de todos los sakje en el mar de hierba, debía arrodillarse ante un muchacho griego que tan sólo poseía una ciudad a su entera disposición.

—Por llamarle Eumeles —dijo Ataelo en griego, encogiendo los hombros—. Eumeles, no Herón.

Srayanka miraba hacia la playa cada vez más cercana y negó con la cabeza.

—No consigo que me caiga bien —dijo.

Ataelo se encogió de hombros, gesto que era prácticamente la única característica de los griegos que había adoptado. Lucía una pesada sobrevesta de seda de Qin con bordados de oro. Debajo llevaba una armadura de bronce con las escamas de asta. Pese a su reducida estatura tenía el aspecto de lo que era: un alegre caudillo.

—¿Quieres cambiar de parecer? —preguntó, hablando por fin en sakje.

Srayanka negó con la cabeza. Veía a Herón —Eumeles— de pie delante de su guardia, dos docenas de mercenarios. Resultaba fanfarrón, vestido de púrpura y oro, con sandalias rojas y una ornamentada espada. Justo a su lado había otro hombre, un desconocido, pero su posición revelaba que era casi tan importante como Herón. El segundo hombre no destacaba por su vestimenta, constitución ni ninguna otra característica. Tenía el pelo de un color anodino y era de estatura media. No obstante, el hecho de que estuviera tan cerca de Herón hizo que Srayanka entornara los ojos.

—¿Quién es? —preguntó en sakje. Con Ataelo no era preciso abundar en detalles.

Ataelo apenas movió levemente el mentón, pero su gesto decía que tampoco él había visto antes a ese hombre.

Srayanka sonrió a su capitán; nada de grandilocuencias como la del navarco, que era como los griegos llamaban a los comandantes de sus naves.

—Desembárcanos aquí —le ordenó—. Caminaremos un poco.

Ataelo sonrió ante tal precaución.

La proa siseaba como si el tajamar rezongara al hendir las olas del agua poco profunda y finalmente el barco crujió al vararse con contundencia en la arena. Los popeles saltaron a tierra y arrastraron el ligero casco un par de brazas playa arriba, y acto seguido los remeros hicieron lo propio y ayudaron a sacar la quilla del agua. Sólo entonces saltaron por la borda los sakje; ninguno de ellos tenía ni por asomo alma de marinero. Dos de los guerreros de Srayanka cayeron de bruces al saltar.

Srayanka observaba a Herón, que se encontraba sólo a unas docenas de largos de caballo.

—Poned el barco a flote —dijo en griego—. Preparadlo para zarpar de inmediato.

Srayanka comprobó su gorytos, la caja del arco que todos los guerreros llevaban siempre al hombro. Con los dedos palpó el arco y las flechas, el puñal atado con correas a la parte trasera de la caja y la espada de Ciro sujeta al cinto.

Todos los sakje la imitaron. Los guerreros miraron a Srayanka y a Ataelo.

—Parezco tonta —dijo—. Acabemos con esto de una vez.

«Por mis hijos», pensó. Le gustaba su vida, no sentía la menor necesidad de ser reina de todos los sakje, ni siquiera para reemplazar a Marthax, su antiguo enemigo. Deseaba disfrutar del resto de su vida. Bastaría con hincar la rodilla para que todo aquello por lo que había trabajado quedara a salvo.

Pero no quería postrarse. «Oh, esposo de mi corazón. Vencimos a Iskander y ahora me arrodillo ante un idiota.»

Caminar por la arena resultaba incómodo y poco digno, y deseó haberse sobrepuesto a sus temores y a su desdén y desembarcar a los pies de Herón. «A los pies de Eumeles», pensó. El espantajo. El inútil. Una persona insignificante que pretendía ser el heredero de su esposo.

Y de pronto estuvo allí, a un largo de caballo del hombre alto y delgado con la clámide púrpura. Le hizo una reverencia.

—Es guapa —dijo el hombre situado detrás de Herón. Su acento era ateniense, y Srayanka pensó en Kineas. El desconocido parecía intimidado.

—Toda tuya —dijo Herón. Dio media vuelta y desapareció entre sus guardias.

Traición. Lo comprendió en el acto.

Tuvo su akinakes —la espada de Ciro, tan larga como su brazo y siniestramente afilada— en la mano antes de que los guardias lograran cruzar la arena. «Menudo idiota; hacer ese gesto para advertirme de su traición», pensó, y el frío jade de la espada de Ciro la tranquilizó. Cuando el acompañante de Herón arremetió con la lanza contra ella, Srayanka agarró el arma, se la arrebató de un tirón al tiempo que le daba la vuelta y, acto seguido, por encima del gran escudo redondo de su atacante, le clavó a éste la punta en el cuello.

Recibió un golpe en el costado, pero la armadura que llevaba debajo de la túnica desvió la punta. Srayanka giró en redondo, pero ya los tenía a todos alrededor y no corrían riesgos. Se agachó casi hasta el suelo y blandió la espada corta hacia arriba, por debajo de un escudo. El agredido gritó mientras caía al tiempo que ella ocupaba su posición; un golpe en la espalda, y otro más, y de pronto la asaltó un dolor agudísimo. Pese al mareo y a la pérdida de fuerza en los miembros, el otro hombre estaba allí, y se abalanzó sobre él. Ya había perdido el control de sus músculos antes de que su espada golpeara el puente de la nariz del ateniense y la sangre manara a chorros, alcanzando la espalda de Srayanka. Vio los pies de sus enemigos; unos descalzos y otros con recias sandalias.

—¡Maldita puta! —gritó el ateniense.

Srayanka sonrió a pesar de que la oscuridad se cernía sobre ella y a que sabía exactamente lo que eso significaba.

El sonido contundente de una flecha clavándose en la carne... en otra ocasión el extraño ruido de la punta atravesando el thorax de cuero blanco del guardia le habría hecho sonreír, pero para entonces ya había descendido demasiado por la senda de la oscuridad. «Ataelo —pensó—. Aún está vivo y sigue disparando. Salva a mis hijos, Ataelo.»

Luego, gritos. Retumbar de pisadas. El ateniense maldiciendo, su voz como la de un hombre muy resfriado.

Frío, frío en todo el cuerpo. «Tendida despierta en su carromato en el mar de hierba, desnuda para invitar a Kineas a jugar, pero con frío. Y luego la calidez, la recompensa cuando él se acostaba a su lado, oliendo a hombre, a caballo y a bronce sucio como si fuese un perfume.»

—No me eches la culpa a mí —dijo Herón—. Te la he servido en bandeja. Eres tú quien la ha jodido.

—¡Me ha cortado la nadiz! —gimió el ateniense.

—Tonterías. La conservas casi intacta. He mandado aviso a mi curandero. Bien, ¿qué es lo que quieres? ¿Su cabeza?

Herón estaba impaciente. Srayanka formuló su maldición y la escupió sílaba a sílaba, como las últimas gotas de un tarro de miel, mientras se sumía en la negrura. Pero aún podía oír.

—Jódete —dijo el ateniense, arreglándoselas para aparentar coraje.

—Un insulto más y le diré al general Casandro que caíste en la refriega. ¿Queda claro? Bien. Mi curandero se ocupará de curarte la nariz y luego intentaré rectificar tu error antes de que me cueste más tiempo y dinero —dijo Herón, como siempre con aires de suficiencia.

—Has dejado escapar a la pequeña escita y ahoda su badco se ha ido —replicó el ateniense. La impresión de la herida se le estaba pasando—. Tú has sido el idiota que nos ha delatado. ¡Si me asesinas Casandro vendrá a pod ti!

—Si eres un ejemplo del poderío de Casandro, creo que he apostado por el caballo equivocado —alegó Herón—. Dale recuerdos de mi parte a doña Olimpia. Y recuerda bien esto: voy a ser el rey del Euxino. Éste era el precio. ¿Queda claro? —Una pausa—. Se suponía que iba a traer a los mocosos. ¿Dónde cojones están? Los quiero muertos.

—Que te jodan —le espetó el ateniense.

Srayanka estaba perdiendo interés. El frío se le iba pasando; notaba los pies cálidos de su hombre junto a los suyos, y captaba el aroma a bronce viejo, aceite y caballo, con un rastro de sudor masculino.

Como siempre, el contacto de Kineas la relajó; y se dejó llevar.

I. El forjado

I. El forjado

1

1

316 a. C.

—Tienes una buena complexión para ser un niño —dijo el atleta. Se apartó de su futuro alumno y le tendió una mano—. Pero si te enfrentas a un hombre en una prueba de fuerza, te vencerá.

El nuevo entrenador tenía las espaldas de un toro. Le sacaba una cabeza a su alumno de doce años y era mucho más fornido; su musculatura era digna de aparecer en la decoración de cualquier jarrón con motivos heroicos. Se llamaba Terón y había competido por los laureles en Nemea y Olimpia, perdiendo por poco en ambas ocasiones. Había efectuado un largo viaje para ser el entrenador del chico, y había dejado claro que quería ver qué le ofrecían.

Lo que le ofrecían era una figura delgada con los músculos de un niño, un niño atlético pero carente de peso y envergadura. Era bastante guapo, con una mata de pelo castaño oscuro y unos rasgos bien proporcionados. Tenía el cuerpo bastante bien formado, todavía no le habían roto la nariz ni le había salido el vello propio de la adolescencia.

El chico tomó la mano de su maestro y se puso en pie de un salto. Sonrió con petulancia y se frotó la cadera. Tenía las espinillas llenas de magulladuras, las manchas marrones eran tan constantes que su madre decía que parecía que llevaba pantalones escitas.

—Algún día te ganaré —dijo. Acto seguido cambió de estrategia y sonrió, preguntándose si no estaría pecando de excesivo desparpajo. Terón negó con la cabeza.

—Eres rápido y tienes talento, chico, pero ese pecho nunca será lo bastante ancho para que me hagas tocar la arena con la cabeza.

El chico hizo una reverencia, un gesto natural desprovisto de servilismo.

—Lo que tú digas —respondió. En realidad no lo pensaba, y su actitud quedó clara en la manera de expresarlo. De hecho, había un matiz de mofa en la frase. Miró a su preceptor, otro hombre de gran corpulencia, que estaba reclinado contra una columna de la stoa.

El rubor cubrió el semblante del atleta, manifestando su resentimiento.

La hermana del chico, sentada al fresco bajo el pórtico, se rio.

El nuevo entrenador, el posible futuro entrenador, giró en redondo.

—¡Una chica! —gritó—. No te está permitido entrar en la palestra. —Inclinó la cabeza—. Joven señora.

Se cubrió las partes pudendas con la mano.

Ambos varones iban desnudos.

La «joven señora» se levantó de su escondite.

—No estoy de acuerdo —declaró. Llevaba un quitón de hombre que cubría la esbeltez de sus caderas y piernas. También tenía doce años, y ya apuntaban en ella los hermosos pechos de su madre y unos grandes ojos de adulta de un color indefinido—. Mi madre insistirá, si lo prefieres. Yo también quiero aprender a luchar a la griega.

Terón, un atleta nato que había recorrido tres mil estadios a través del Euxino para aceptar un contrato que lo convertiría en un hombre rico en Corinto para el resto de sus días, se mantuvo en sus trece:

—Es impropio de mujeres practicar deportes —comenzó.

—Las mujeres espartanas participan en todos los juegos —repuso la niña—. Lo dice mi preceptor.

Desvió los ojos hacia el hombretón recostado debajo del peristilo.

—Cuando está sobrio —apostilló su hermano. Cogió un estrígil y comenzó a quitarse la arena de la espalda—. Y dice que las mujeres corren en Nemea. Tú competiste allí, ¿no es cierto, Terón?

El instructor miró a los gemelos y una lenta sonrisa le curvó las comisuras de los labios. Pero mientras el chico observaba la sonrisa, Terón alargó su gigantesco brazo y lo agarró, le obligó a dar media vuelta y lo derribó poniéndole la zancadilla, para acabar inmovilizándolo sobre la arena.

—En la palestra, hay que llamarme maestro —dijo—. Tu hermana no debería estar aquí. Cuando regrese de firmar su tratado, hablaré con vuestra señora madre sobre deportes femeninos. Estaré encantado de enseñar a correr a una niña que tiene los miembros tan largos. Pero de pancracio, nada. El pancracio es cosa de hombres. Es para matar.

La jovencita asintió. Su actitud ponía de manifiesto que lo hacía por mera cortesía, no porque estuviera de acuerdo.

—Mi madre ha matado a cincuenta hombres —dijo la niña—. ¿Y tú? —Asintió sin darle tiempo a contestar—. Pues en ese caso espero que me des una clase diaria —dijo a la figura recostada de su hermano gemelo—. Te irá bien enseñarme. Así aprenderás las lecciones por duplicado.

—Maestro, ¿puedo levantarme? —preguntó el chico.

Terón se puso de pie de un salto y volvió a tenderle el brazo.

Por supuesto.

Dio la espalda a la niña y se encaró a su nuevo alumno.

—¿Tu hermana siempre mira cuando entrenas? —preguntó.

El chico se rio.

—Entrena conmigo —contestó—. Maestro.

Terón meneó la cabeza.

—No hasta que haya hablado con vuestra señora madre. Joven señora, haz el favor de salir de la palestra.

La niña asintió de nuevo, con un gesto lento que fue idéntico al de su hermano.

—Volveremos a hablar de esto —sentenció. Se puso de pie con garbo, sin asomo de la torpeza retozona propia de su edad, y se marchó del atrio, camino de los baños. Se detuvo en el arco de entrada—. Deberías llamarnos por nuestros nombres —dijo—. Es la política de mi madre, y es una buena costumbre. Yo no soy la señora de este lugar, igual que tú tampoco eres el amo. Soy Melita. Mi hermano es Sátiro. Somos los hijos de Kineas de Atenas y de doña Srayanka. Nuestra familia luchó en Maratón contra los medos y en el mar de hierba contra Darío. Mi padre era descendiente de Heracles y mi madre lo es de Artemisa. —Inclinó la cabeza—. Aquí la única señora es mi madre, y no tiene amo.

Terón no conocía a muchas chicas de Corinto capaces de mirarle fijamente hasta lograr que apartara la vista. Aquella jovencita, sin embargo, no había pestañeado desde que comenzara a hablar.

—Tengo entendido que vuestro padre murió —dijo.

La niña, Melita, lo miró detenidamente.

—Volveremos a hablar de esto —repitió, y entró en los baños.

Terón se volvió hacia Sátiro, su discípulo propiamente dicho.

—Hemos quedado en tres asaltos —dijo. Echó la vista atrás para asegurarse de que la niña se había ido.

—¿Llevamos uno o dos? —inquirió el chico. No había malicia en su actitud. Lo preguntaba en serio—. ¿Maestro? —agregó, con un poco de retraso.

«Tengo que estar más atento si quiero que se quede», pensó Sátiro.

Terón balanceó los brazos.

—Llevamos uno —contestó—. ¿Estás listo?

El chico adoptó la posición. Estaba seguro de su postura; su preceptor sabía lo suficiente sobre el pancracio para enseñar a un niño. Terón permaneció inmóvil y Sátiro se mantuvo quieto el tiempo necesario para respirar profundamente veinte veces, soltando el aire despacio. Su postura era correcta: las manos en alto, el peso bien distribuido, el pie izquierdo adelantado y listo para dar una patada. Terón comenzó a moverse en círculos y Sátiro hizo lo propio, procurando mantener las distancias. La última vez había calculado mal el tremendo alcance de Terón. En ese momento se mostró más cauto.

Terón atacó, pasando el peso al pie derecho y alargando los brazos. El chico bloqueó uno de los brazos extendidos y le dio una patada en la rodilla, pero Terón se desplazó un poco y encajó el golpe en la pierna. Soltó un gruñido.

—Buena patada —dijo mientras retrocedía.

Sátiro sonrió e inició su ataque, girando sobre el pie delantero para asestar otra patada.

Terón se dispuso a cogerle la pierna —esperaba que repitiera el anterior movimiento— y tomó aire. La segunda patada fue una finta.

Sátiro sacudió el pie con el que había fintado, desplazando su centro de gravedad. Se acercó, agarró el brazo de Terón con ambas manos y apoyó todo su peso para hacerlo girar.

El otro brazo de Terón salió disparado y tiró del chico por los hombros, buscando una llave para girarle el cuerpo y liberar el brazo.

Sátiro era demasiado menudo para resistir el forcejeo mucho rato. Desesperado, mordió el bíceps izquierdo del entrenador, haciéndole sangrar.

Terón gritó y le asestó un puñetazo en la cabeza, y todo el cuerpo de Sátiro se sacudió con la fuerza del golpe, pero apretó la mandíbula e intentó seguir sujetando el resbaladizo brazo de su contrincante. Con la oreja apretada contra el pecho de Terón, Sátiro oía los rápidos latidos de su corazón mientras le obligaba a hincar una rodilla en el suelo ejerciendo presión en la coyuntura del hombro.

El segundo puñetazo que Terón le propinó en la cabeza hizo que Sátiro cayera desplomado en la arena. No era que hubiese decidido soltarlo; fue sólo que sus miembros perdieron fuerza. Se preguntó si iba a morir tal como les ocurría a los hombres en la Ilíada cuando las fuerzas abandonaban sus miembros. Empezó a perder el mundo de vista, la palestra comenzó a alejarse. Pero seguía oyendo. Oyó al corintio ponerse de pie y sacudirse la arena con las manos. Oyó que alguien aplaudía.

—Menos mal que has vencido —dijo la voz del preceptor, con un deje ebrio y sarcástico—. Resultaría embarazoso perder contra un nuevo discípulo. Además, dejarlo inconsciente probablemente le servirá de lección.

El nuevo entrenador parecía disgustado cuando contestó.

—No tenía intención de pegar tan fuerte —dijo—. Por Apolo, estoy sangrando como la ofrenda de un sacrificio. —Cambió el peso de lado. Sátiro lo oía todo. Oía la respiración del entrenador—. Lo lamento —agregó.

El preceptor se levantó de modo vacilante; sus pies esparcieron arena por el mármol al trastabillar, y el ruido de cada grano llegó a los oídos de Sátiro. Luego cruzó la palestra. Sátiro captó sus pasos irregulares en la arena, le oyó ir a buscar una cantimplora que estaba colgada en la pared del fondo y notó el agua fría en el rostro cuando se lo roció generosamente. El muchacho advirtió que los párpados pestañeaban por voluntad propia, y la luz entró en sus ojos como un rayo de dolor.

—¡Puaj! —exclamó Sátiro.

Intentó incorporarse y al cabo de unos instantes lo consiguió, aunque sólo fue para caer a cuatro patas y vomitar las gachas de cebada del desayuno. Todavía tenía sangre de Terón en la boca.

El instructor se arrodilló a su lado.

—¿Puedes entender lo que digo? —preguntó.

—Sí —contestó Sátiro—. Maestro.

Terón asintió.

—Me has dado un buen susto —dijo. Se encogió de hombros—. Te aplaudo. Que un chico me haya asustado así es una especie de victoria de por sí. Te tomaré más en serio. Pero promete que no morderás ni arañarás en los combates. Va contra las reglas.

—En Esparta, no —dijo el preceptor, al tiempo que limpiaba la boca del chico con su quitón.

Terón se sentó sobre los talones; su rostro traslucía claramente su desconcierto. A juzgar por su expresión era evidente que no acertaba a decidir si el preceptor era un igual o un esclavo. Tenía barriga y el pelo le comenzaba a ralear, y saltaba a la vista que estaba borracho; sin llegar a una completa embriaguez, como tantos esclavos que se pasaban la vida bebiendo a base de bien, pero no obstante borracho.

La palestra daba vueltas en torno a Sátiro, que no estaba de humor para ayudar al corintio. Además, si era incapaz de ver que las insignias del quitón de su preceptor eran de oro, señal de que era estúpido.

El borracho se inclinó hacia Sátiro.

—¿Sobrevivirás, chico? —preguntó. El olor a vino peleón de su aliento alcanzó a su pupilo, que volvió a vomitar. Cuando hubo terminado, alargó una mano hacia el preceptor.

—Sí, maestro —contestó Sátiro. No tenía inconveniente en llamar «maestro» al borracho.

Pero era evidente que Terón no había llegado a ser un campeón subestimando a sus rivales.

—Tú eres espartano —dijo al preceptor, que asintió.

—Fui espartano —admitió—. Ahora soy un caballero de Tanais.

La ingeniosa respuesta rezumaba burla de sí mismo.

—Terón de Corinto —se presentó el atleta, tendiéndole la mano.

—Filocles —respondió el preceptor, estrechando la mano de Terón. Éste hizo una mueca dando a entender que el espartano apretaba con fuerza para tratarse de un borrachín.

Los dos hombretones se miraron mutuamente por unos instantes. Terón sonrió abiertamente. Filocles sólo esbozó una leve sonrisa.

—¿Ya puedo levantarme? —preguntó el chico—. Todo me da vueltas —se quejó, frotándose las sienes.

Terón presionó con el pulgar el punto de impacto, con el corazón en un puño, y suspiró aliviado al constatar que no se movía nada al apretar. El muchacho procuraba mantener quieta la cabeza, aguantando el dolor.

—Se acabó la lucha por hoy —decidió el corintio—. Y nada de echar la siesta. Es peligroso dormir después de un golpe así.

—¿Has leído a los herméticos? —intervino Filocles.

Terón asintió, al tiempo que arqueaba una ceja mirando al preceptor, que sonrió complacido.

—Me encuentro mejor —dijo el chico. Mentira. Pero una mentira virtuosa—. Nos falta el tercer asalto.

—No —contestó Terón.

—Vayamos a pescar —propuso Filocles—. Es una manera muy agradable de pasar un día de primavera. Esopo estaría de acuerdo, y Jenofonte escribió un libro al respecto —concluyó. El espartano se puso de pie—. Traeré sedal y un poco de vino. Reuníos conmigo en las caballerizas antes de que el sol llegue a su cénit.

Hizo una reverencia.

Sátiro le correspondió, un tanto vacilante. Cruzó la arena por su propio pie y se dirigió a los baños.

—¿Pescas? —preguntó Filocles.

A Sátiro le resonaban los oídos y tuvo que esforzarse para caminar sin buscar el apoyo de las columnas, aunque desde luego no era el peor trance en el que se había encontrado.

—Mi padre era pescador —respondió el instructor.

—Tomaré eso por un no —dijo el espartano mientras Terón se dirigía a la entrada de los baños, donde entre la calidez del vapor por fin se sintió a salvo.

La ciudad de Tanais tenía la misma edad que los gemelos, ya que era la localidad más reciente a orillas del mar Euxino, en la remota bahía del Salmón. Los nuevos asentamientos se extendían casi un parasang por la ribera norte, con granjas griegas entre las sólidas construcciones de piedra de los campesinos meotes, oriundos del valle donde el trigo crecía como una alfombra de oro. Buena parte de la desembocadura del río estaba ocupada por pequeños embarcaderos de madera y secaderos de pescado: el famoso producto de la bahía del Salmón, el fundamento de la salsa de pescado que todo ateniense refinado ansiaba con fruición.

Entre el salmón y el trigo, la ciudad era próspera. Se trataba de una localidad pequeña en cuyo centro se alzaba un templo a Niké, con sus correspondientes baños y una palestra digna de una población mucho mayor, construidos en madera sobre cimientos de piedra y decorados según la última moda. La escultura de marfil sobredorado de la diosa era la ofrenda de dos de los más prominentes fundadores de la ciudad: Diodoro, un soldado de fortuna que por entonces se encontraba en el sur a las órdenes de Eumenes el Cardio, y León el Númida, uno de los principales mercaderes del Euxino. Sus nombres figuraban en los sillares del templo y la palestra, en la estela de piedra dedicada a los caídos de la ciudad y en el plinto de mármol del nuevo tribunal de justicia. León era propietario de los almacenes de la orilla del río, así como de los muelles de piedra, y sus aportaciones habían permitido dragar el puerto y construir el rompeolas que había convertido el rosario de islotes en una defensa impenetrable contra las ocasionales tormentas invernales del Euxino.

Doña Srayanka, la madre de los gemelos, no era griega. Su nombre no figuraba en las dedicatorias. Ningún sillar presentaba sus iniciales, y ninguna de sus armas estaba consagrada en el altar de Niké, pero su mano era visible a lo largo del todo el río. Como gobernante —reina, decían algunos— de todos los asagatje orientales, su palabra protegía el asentamiento contra las incursiones de las tribus del mar de hierba, y sus guerreros habían garantizado la independencia de la ciudad, manteniéndola al margen de la laberíntica política del naciente reino del Bósforo, en occidente. A su amparo, los sindi y los campesinos meotes vivían a salvo a lo largo del valle del río. Sus jinetes y los hippeis de la ciudad mantenían a los bandidos alejados de las tierras altas que se extendían entre el Tanais y el lejano Rha, de modo que los mercaderes como León pudieran traer sus valiosos cargamentos desde el mar Hircano, y aún más al este, desde Qin y la mismísima Seres.

Sátiro y Melita eran sus hijos. Los dos caminaban por la ciudad, cogidos de la mano, hacia las caballerizas que llevaban el nombre de su padre en el hipódromo donde Coeno, viejo amigo de su progenitor, seguía instruyendo a los hombres que quedaban de cuantos habían seguido a su padre hacia el este en su legendaria guerra contra Alejandro. La mayoría se encontraba de campaña en el sur con Diodoro, en calidad de mercenarios.

—¿Cómo tienes la cabeza? —preguntó Melita.

Sátiro pestañeó.

—No sé por qué —dijo lentamente—, pero me duele más al sol.

Entraron en el hipódromo, un edificio nuevo y bien construido, desproporcionado para el número de soldados de caballería que en realidad lo ocupaban. Sátiro apretó los dientes a causa del dolor de cabeza mientras recorrían la arena, y estrujó la mano de su hermana hasta que ésta lanzó un gruñido de dolor.

—Perdón —dijo Sátiro.

Cruzaron la hilera de columnas del pórtico de las caballerizas —columnas de madera, pero pintadas con esmero para que parecieran de mármol— y los envolvió el olor de los caballos.

Pelton, un viejo esclavo liberto de León, los saludó.

—Los dioses os hagan prosperar, gemelos —dijo—. El maestro Filocles ha elegido una mula. El tipo nuevo es demasiado corpulento y ha cogido un caballo.

En Tanais, el apelativo «gemelos» equivalía a un título. Melita asintió.

—Me llevaré a Bión —dijo.

Se trataba de un corcel sakje, mayor que un poni griego, como un caballo de batalla reducido a escala para una niña alta. Llamaba Bión a la bestia porque aquel castrado era su vida. Estuviera alegre o triste, enojada o eufórica, Melita resolvía los rigores de la vida cabalgando. Ya había acompañado dos veces a su madre a los pastizales veraniegos de los asagatje, donde había tenido ocasión de montar con las doncellas mientras su hermano estudiaba filosofía y derecho en la lejana Atenas. Su caballo era la respuesta a casi todo cuanto le ocurría.

Sátiro fue recorriendo los compartimentos de la cuadra hasta el final, donde el caballo de batalla de su padre comía paja de cebada con la satisfacción propia de un animal jubilado.

—¿Te apetece dar un paseo? —le preguntó al gigante.

Talasa era una yegua, pero una yegua de proporciones heroicas. Levantó la cabeza y acarició a Sátiro con el hocico, pidiéndole una golosina, hasta que el chico le dio una zanahoria. El animal mascó el manjar con remilgada paciencia, sacudiendo hacia atrás la cabeza.

—¿Quieres ir? —preguntó Sátiro de nuevo—. Me parece que la respuesta es que sí.

El esclavo liberto se rio.

—¿Cuándo ha contestado que no? ¿Eh? ¡Anda, dímelo!

Entró en el compartimento y puso una brida a la vieja yegua con un solo movimiento, metiéndole el freno en la boca sin siquiera tocarle los dientes.

Melita apoyó las palmas abiertas en el lomo de su caballo y montó de un salto.

—Pelton, ¿nunca te has peguntado por qué fuiste esclavo? —preguntó.

Pelton la miró el rato que tarda un insecto en cruzar una hoja.

—Pues no —dijo—. Por voluntad de los dioses, espero.

Arrancó una brizna de hierba y se la llevó a la boca.

—Podría ocurrirle a cualquiera, ¿verdad?

—¡Hermana!

Sátiro no siempre apreciaba el enfoque que su hermana daba al mundo; un enfoque directo, por expresarlo suavemente.

Melita bajó la vista hacia él desde lo alto de su montura.

—Bueno, era propiedad de León. Y León había sido esclavo. De modo que León no debería haberlo hecho.

—¿Hacer qué? —preguntó Sátiro. Le gustaba pensar que ya era un hombre, un hombre que entendía las cosas. Y una de las cosas que entendía era que no había que tomar el pelo a los esclavos a propósito de su esclavitud.

—Ser dueño de una persona —contestó Melita.

Sátiro puso los ojos en blanco. Sacó a Talasa de la cuadra y los pesados cascos de la yegua resonaron en los adoquines del suelo, emitiendo un ruido metálico que le penetró en el cerebro y aumentó el dolor de cabeza. La condujo hasta el escalón de montar y subió a su grupa, sentándose bastante atrás, como era propio de un chico a lomos de un caballo grande. Se ajustó el gorytos y luego se inclinó hacia su hermana. Vio a Filocles junto a la verja, hablando con Terón.

—No está bien hablar de esclavitud con los esclavos.

—¿Por qué? —preguntó Melita—. Pelton era esclavo. ¿A quién quieres que le pregunte? ¿A ti?

Sátiro rezongó como hacen los hermanos en todo el mundo, dio unos toques a Talasa en los costados con los pies descalzos y la yegua se puso en movimiento. Sátiro percibió su potencia. Pese a sus diecisiete años, era un animal grande, dotado de fuerza y espíritu, veterano de una docena de batallas. Siempre que la montaba se imaginaba que era su padre en el río Jaxartes, a punto de derrotar a Alejandro.

Pelton salió de la cuadra estrujando un sombrero de paja con el puño.

—Esto te vendrá bien, gemelo.

Sátiro hizo girar a la yegua describiendo una curva perfecta, agarró el sombrero y se lo puso. La sombra del ala ancha fue como un bálsamo.

—¡Que todos los dioses te bendigan, Pelton!

—¡Y a vosotros, gemelos! —respondió el antiguo esclavo.

—Mi hermana no tiene mala intención —dijo Sátiro.

Pelton sonrió.

—Espero que nunca tenga que averiguarlo por sí misma —agregó, antes de volver a entrar en la caballeriza.

Terón y Filocles estaban discutiendo sobre la naturaleza del alma cuando Sátiro y Melita pasaron junto a la estatua ecuestre de su padre que se erguía en un extremo del ágora, con la mano levantada, señalando hacia oriente, como si acabara de salir cabalgando del hipódromo. Había otra estatua de él en Olbia, donde ya tenía un estatus semidivino por haber sido el héroe que derrocara al tirano, y los sakje todavía le sacrificaban caballos en el kurgan de la costa.

En Atenas, sin embargo, muchos hombres hablaban mal de su progenitor, y un año antes Sátiro había asistido a los procedimientos judiciales que finalmente habían revocado la condena de su padre por traidor, convirtiendo a Sátiro en ciudadano y restituyéndole la fortuna de su abuelo. Cosa que sólo había servido para demostrar lo que todo chico de doce años sabe de sobra: el mundo es mucho más complicado de lo que le había parecido apenas dos años antes.

—Sin duda Platón expresa su punto de vista de manera muy convincente —comenzó Terón, como si ya hubiese expuesto ese argumento y todavía aguardara respuesta.

Filocles, con una bolsa de cuero colgada al hombro, puso su mula en movimiento. Terón iba en un caballo alto, uno de los de la caballería de la ciudad, y descollaba sobre el espartano, pero tuvo que hincar los talones con fuerza en los ijares de su montura para que avanzara. Bastaron unas cuantas zancadas de los cuartos traseros para constatar que el corintio no tenía madera de jinete.

Melita contemplaba el horizonte oriental como si siguiera la indicación de su padre. La ciudad ocupaba un promontorio, de ahí que alcanzara a verse hasta un parasang, e incluso más, bajo el sol de primera hora de la tarde.

—¿Eso es humo? —preguntó.

Filocles hizo visera con la mano y miró, lo mismo que Sátiro.

—Supongo que están desbrozando campos nuevos —dijo el muchacho. Acto seguido lamentó su tono de voz; no quería intimidar a su hermana haciendo gala de sus conocimientos cuando en realidad no sabía de qué hablaba. «Tengo que dejar de hacer esto», pensó.

Melita le miró y esbozó una sonrisa, como si pudiera oír cada palabra de su diálogo interior.

—León todavía está fuera —dijo, señalando los muelles vacíos al cruzar las puertas de la ciudad.

—León el Númida es nuestro ciudadano más rico —explicó Filocles a Terón, que estaba más preocupado por dominar a su caballo que por la vida social de la ciudad—. Casado con una bárbara. Un jinete de primera. Un hombre polifacético, si pensamos que inició su vida como esclavo.

—Incluso en Corinto he oído hablar de vuestro León —dijo Terón—. ¡Caray!

—Con un caballo, el mal genio no te servirá de nada —dijo Melita. Sujetó con una mano la brida de Terón y acarició el cuello de su caballo hasta que se calmó—. Eso es toda una escuadra, para esta época del año —agregó Melita, señalando hacia el mar.

Sátiro miró. Al principio no vio nada, pero al cabo de un momento divisó una hilera de velas que apenas asomaban en el horizonte, a tres o cuatro horas de distancia, en la bahía.

—Trirremes —sentenció, pues las velas eran del mismo tamaño. Más cerca, un pentekonter avanzaba hacia la playa a todo remo.

—¿Es el barco de mamá? —preguntó Sátiro. Sintió un gran alivio al verlo.

—Es pronto para que sea nuestra madre —contestó Melita. Pero sonrió. Ambos querían tenerla en casa.

Terón miró a la jovencita y enseguida apartó la vista, cambiando su peso de sitio para sentarse más atrás. El caballo percibió su falta de atención y decidió librarse de él. Se encabritó, luego saltó hacia delante, y Terón cayó al suelo como un saco de cebada. El castrado se dio a la fuga.

—¡Au! —exclamó Terón, y se quedó quieto donde estaba.

Sátiro se sujetó el sombrero de paja prestado con una mano y se inclinó hacia delante. Ese cambio de peso bastó para que Talasa se pusiera al galope, y el muchacho cabalgó raudo a través del campo de espelta que se extendía hacia el este hasta los muros de los lindes y la línea del camino. Alcanzó al castrado fácilmente, hizo virar a Talasa ante el morro del caballo díscolo y agarró las riendas que colgaban.

—Vamos, Hermes —dijo Sátiro.

Hermes era un castrado que echaba en falta sus atributos y tendía a destrozárselos a sus jinetes. Sátiro se puso de pie encima de Talasa y saltó a lomos del inquieto animal, tiró de las riendas y comenzó a recitarle una letanía de sandeces. El caballo giró y regresó al trote hacia el grupo, al tiempo que Talasa les seguía, obediente aun sin jinete.

Cuando estuvo al alcance de su voz, Melita gritó:

—¿Puedes dominarlo?

Sólo quería fastidiar a su hermano, cuya reacción fue espolear a su nueva montura y pasar al galope entre los otros tres, levantando polvo y casi arrollando a su nuevo entrenador.

—¡Perdón! —dijo. A modo de disculpa, ofreció al corintio las riendas del caballo de batalla de su padre—. Maestro Terón, esta yegua es el caballo más listo que haya existido jamás. Es la madre de la mitad de las monturas de caballería de este lado del Euxino y aun así sigue siendo lo más recio que camina sobre cuatro patas. Lo único que no debes hacer es sentarte tan hacia la grupa.

El atleta ofreció un lamentable espectáculo al montar el inmenso caballo sin escalón, aunque lo consiguió al cuarto intento. Melita no se molestó en disimular su risa. Terón la fulminó con la mirada y luego se volvió hacia Filocles.

—¿Ésta es la disciplina que mantienes? —preguntó.

Sátiro cruzó una mirada con su hermana y ambos cabalgaron un poco apartados de los adultos. Lo bastante cerca para escuchar, lo bastante alejados para dar una apariencia de privacidad.

—Si te refieres a las opiniones de Platón sobre el alma tal como, de modo bastante malicioso, las pone en boca de Sócrates, diría que son bastante interesantes, aunque no irrefutables —dijo Filocles.

—¿Te desagrada Platón? —preguntó Terón.

—Me desagrada cualquier sofista cuyo tema subyacente consista en demostrar que es más inteligente que su público. Dime un diálogo de Platón en que sea vencido por un estudiante.

Terón se encogió de hombros.

—Dudo que tal cosa haya ocurrido alguna vez —dijo.

Filocles se rio.

—El padre de los chicos estudió con Platón hasta que falleció. Me temo que lo que contaba sobre su antiguo profesor les ha dejado una huella indeleble. —El espartano sonrió—. ¡Prefiero a Simónides o a Heráclito!

—¿A ese hipócrita? ¡Sólo trabajaba por dinero! —señaló Terón, indignado.

Sátiro y Melita se miraron sonriendo porque su padre les había dicho que Platón era un imbécil pedante, comentario tan gracioso que todavía les hacía reír.

Terón miró a los niños.

—Ambos son bastante inteligentes —observó. No fue una pregunta, sino una afirmación.

Filocles asintió.

—¿Acaso hay alguna diferencia entre educar personas y criar animales? —preguntó—. Su señor padre era un soldado excepcional y un hombre muy culto; también un atleta aceptable; quedó tercero o cuarto en la centésima primera Olimpiada.

—¿En serio? —preguntó Terón—. ¿En qué disciplina?

—Pugilato —contestó el espartano—. Pero sólo en su juventud. De adulto nunca compitió.

—¿Por qué? —preguntó Terón. Cualquier chico que hubiese logrado subir al podio habría destacado de adulto.

—Por la guerra —dijo Filocles—. Tuvimos una buena ración de conflictos por entonces.

—Tampoco es que ahora andemos escasos —señaló Terón.

—En cualquier caso, la madre es igual. Ya lo verás cuando regrese de Panticapea. No es la beldad que fue en otros tiempos, pero sí una estratega de primer orden, habla muy bien para ser bárbara y es una atleta consumada.

Filocles miró hacia los campos y sonrió.

—¿Es corredora? —preguntó Terón. Correr era prácticamente el único deporte en el que competían las mujeres griegas.

La sonrisa de Filocles se hizo más amplia.

—Es arquera, arquera a caballo. Tal vez la mejor del mar de hierba. Y una espada bastante buena.

Terón asintió.

—Vaya. Ahora entiendo a la hija. De tal palo, tal astilla.

Echó un vistazo a Melita. Sátiro lo miró a los ojos.

El espartano asintió.

—Exacto —dijo.

Tardaron una hora en llegar al sitio donde solían pescar, un pequeño promontorio en un meandro del Tanais donde el agua que manaba de la fuente de Niobe (una ninfa del lugar) se precipitaba por la ladera para aumentar el caudal del río. El agua de la fuente corría todo el año, fría y clara, y las truchas se congregaban en las profundas pozas que quedaban justo por encima de la confluencia.

Los gemelos desmontaron de inmediato, amarraron los caballos en medio de un prado verdísimo, colgaron los arcos en las sillas y corrieron arroyo arriba, puñales de bronce en mano, para cortar cañas. Cuando estuvieron satisfechos con lo que habían encontrado, regresaron. Filocles estaba extendiendo los sedales de crin sobre la hierba segada por las cabras junto a la orilla del arroyo. Luego el espartano ató con destreza anzuelos de bronce decorados con hilo rojo y plumas del color de un caballo zaino.

—Nunca he visto a nadie pescar de esta manera —dijo Terón.

—¡Ven! —dijo Melita, cogiéndole la mano.

Terón mostró cierta timidez ante el contacto de la chica, pero fue con ella de buen grado.

—No asustes a los peces —dijo Melita en un susurro, y se puso a gatas para trepar al peñasco que los separaba del arroyo. En un abrir y cerrar de ojos estuvo en lo alto de la roca, mostrando apenas la cabeza a los peces. Levantó un brazo con cuidado, y cuando el corintio estuvo situado a su lado, señaló al agua—. ¿Ves las truchas? —preguntó.

Terón observó el tiempo que tardaría en luchar un asalto, siguiendo el dedo que señalaba, respirando quedamente.

—Las veo —asintió.

Melita fue consciente de la calidez que irradiaba un hombre adulto tendido junto a ella encima del peñasco. «Habrá que ir con cuidado», pensó.

—Mira —le dijo a Terón. «Es diferente de estar tendida al lado de mi hermano.»

Transcurría el tiempo. A Melita, fastidiada porque los insectos no cumplían con su cometido, le constaba que Terón debía de aburrirse. Pero al fin una mosca bajó lentamente, una de las grandes moscas marrones que tanto gustaban a los peces. Voló a ras del agua, rozando la superficie con su abdomen a cada tanto. Melita supuso que estaba poniendo huevos, huevos tan diminutos que no podía verlos pese a que había observado aquella danza infinidad de veces.

Su hermano se encaramó al peñasco hasta su izquierda.

—¿Pican? ¡Oh! —exclamó, cuando uno de los habitantes de la poza ascendió del fondo oscuro, atrapó el insecto justo en la superficie del agua y dio media vuelta con un destello rojo anaranjado, dejando un círculo de ondas tras de sí.

Melita sonrió encantada y bajó del peñasco dando palmas.

—¿Lo ves? —preguntó, o más bien constató.

La sonrisa torcida de Terón fue el gesto más amistoso que los chicos le habían visto hacer hasta entonces.

—Desde luego que sí. Esto no es pescar con redes, ¡es pescar con insectos!

—Pero no con insectos de verdad —dijo Sátiro—. No sé por qué, pero aunque los atrapes, los peces no pican. En cambio, si atas unas plumas a un anzuelo...

Señaló las cañas de cornejo que Filocles había montado. Los palos de cornejo tenían la altura de un hombre adulto y los sedales de crin eran de la misma longitud.

—Y si mueves la mosca por la superficie del agua como si fuese de verdad... —agregó Melita.

—Hay veces que, ¡zas!, pillas un pescado grande. Salen disparados como un rayo de Zeus.

Sátiro cogió una de las cañas con entusiasmo. Melita tomó otra y se desabrochó las sandalias.

—Me voy aguas arriba —anunció.

Filocles asintió.

—Yo iré con la joven dama.

La siguió. Ahora parecía estar sobrio, y Sátiro pensó que nunca había visto a su preceptor tan contento. Tal vez necesitase compañía. La compañía de un adulto. La idea entristeció un poco al chico. Deseaba ser un compañero adulto, pero amaba al espartano, con su afición a la bebida y todo, y si Terón de Corinto le hacía feliz, que así fuera.

Sátiro regresó al peñasco, cavilando sobre el corintio y sus extrañas reacciones con su hermana. Trepó con cuidado a la roca, puso la caña de cornejo a la altura de los hombros y lanzó el anzuelo por encima de su cabeza. El anzuelo emplumado surcó el aire quieto y se detuvo a ras del agua, mientras la pluma era sostenida por la tensión superficial.

Al cabo de un instante, Sátiro dio un levísimo tirón y la mosca se deslizó rozando el agua. Respiró hondo y repitió el movimiento.

Nada. Suspiró sin hacer ruido y apartó la mosca del agua echando la caña hacia atrás por encima de su hombro. El anzuelo describió un arco en el aire, rociándole la piel de minúsculas gotas de agua. Usando sólo la muñeca, volvió a lanzar el anzuelo al río, contuvo el aliento e hizo saltar la mosca.

El movimiento del pez fue tan rápido que sólo gracias a las incontables tardes que había dedicado a ese pasatiempo el chico logró tirar del anzuelo en el momento preciso, y de pronto tuvo un pez tan largo como su brazo enganchado a la punta de la caña. Levantó ésta e hizo caer al pez en la hierba corta de detrás del peñasco.

—¿Te importa sacárselo? —preguntó a Terón, que no pescaba, limitándose a observar.

El fornido instructor se arrodilló en la hierba y sacó el anzuelo de la boca del pez. Golpeó el pescado contra una piedra, sacó un cuchillo de bronce y destripó al animal en un santiamén.

—Tú ya has hecho esto antes —dijo Sátiro, en tono acusatorio.

Terón sonrió.

—Nunca había visto usar una mosca de esta manera —respondió Terón—. Pero mi padre tenía una barca de pesca. Apuesto a que limpiar pescado es lo mismo en todas partes.

Sátiro le ofreció la caña.

—¿Quieres probar? —preguntó.

Terón se limpió las manos en una charca cercana y agarró la caña.

—Me encantaría.

—¿Por qué no te cae bien mi hermana? —preguntó Sátiro mientras el Corinto lanzaba el anzuelo al agua.

—No tengo nada en contra de tu hermana —contestó Terón—. ¿Sabes que en Grecia las mujeres no van de pesca con sus hermanos?

Sátiro vio a un jinete al otro lado del arroyo. Estaba a un par de estadios y avanzaba tan deprisa que levantaba una polvareda.

—He estado en Atenas —dijo Sátiro con orgullo—. Todas las chicas tenían que quedarse en casa.

—Exactamente —asintió Terón.

—Una estupidez —agregó Sátiro—. ¡Me parece que es Coeno! —exclamó, bajando a toda prisa del peñasco.

—¿Quién es Coeno? —preguntó educadamente Terón. Un pez eligió aquel preciso instante para caer en la trampa y, pese a su inexperiencia, Terón tiró de la caña y consiguió una presa, una trucha al menos tan larga como su antebrazo.

—¡Muy bien! —exclamó Sátiro con todo el entusiasmo de su edad. Fue a quitarle el anzuelo a la trucha, un macho enorme de mandíbula poderosa y con un poco de grasa en el lomo. El pez se había tragado el anzuelo, y Sátiro tiró con cuidado del sedal de crin, procurando recuperar el instrumento; los anzuelos de pesca eran muy preciados.

—Coeno corre mucho —dijo Terón.

Sátiro agarró con dedos ensangrentados el anzuelo y tiró de él, arrancándolo del cartílago, y el gran pez se contrajo espasmódicamente y vomitó sangre. Entonces lo puso en la hierba y lo destripó.

—Coeno fue uno de los compañeros de mi padre —explicó mientras trabajaba—. Es bastante viejo; más viejo que tú. Se casó con una persa. Su hijo está estudiando en Atenas. —El chico sonrió—. Jeno es mi mejor amigo. Ojalá estuviera aquí. —Adoptó un aire más serio y agregó—: Coeno dice que un preceptor no es un buen sustituto de Atenas.

—Cabalga muy rápido —insistió Terón, todavía encaramado al peñasco.

Sátiro levantó la cabeza al tiempo que metía los dos peces en la bolsa de red que llevaba.

—Es verdad —dijo—. ¿Me disculpas?

—Hay otros jinetes detrás de él —dijo Terón, poniéndose de pie. Había algo inquietante en la postura de los recién llegados.

—Ve a por los caballos —dijo Sátiro—. Voy a bajar al camino. Trae a los animales y a los demás.

Terón vaciló y Sátiro volvió la vista atrás.

—Deprisa —insistió el chico—. Coeno está sangrando. Algo va mal.

El corintio decidió obedecer. Echó a correr aguas arriba por el camino que seguía el curso del arroyo.

2

2

Sátiro se apresuró en dirección contraria hasta que llegó donde las grandes ramas de los robles se inclinaban sobre el camino. Oía el ritmo del galope de Coeno. Se plantó en medio del sendero.

—¡Coeno! —gritó.

Si Filocles y Terón eran hombres corpulentos, Coeno aún lo era más, y la edad no había reducido su estatura ni menoscabado su excelente estado físico, que mantenía gracias al ejercicio constante. En ese momento se agarraba el costado izquierdo, y el vientre le sangraba profusamente.

—¿Qué haces aquí, chico? —preguntó con voz ronca—. ¡Por la luz de los ojos de mi diosa!

Se sujetaba al caballo con las rodillas, haciendo caso omiso de la herida en el costado.

Sátiro llevaba su puñal en bandolera, atado a un cordel. Lo pasó por la cabeza, abrió el broche que le sujetaba el quitón y se quitó la prenda.

—Véndate el costado —dijo Sátiro, lanzándole el quitón—. ¿Qué ha ocurrido?

—¡Nos han atacado! —respondió Coeno. Volvió la cabeza al oír un batir de cascos.

—Os siguen de cerca —señaló Sátiro. De repente se asustó—. ¿«Atacado»?

—Sármatas —concretó Coeno. Usó el quitón de Sátiro a modo de compresa para restañar la herida, y el muchacho se puso de puntillas para ayudarle a atarlo con el mayor cuidado posible. Pese a que le temblaban las manos, Sátiro estaba alerta, de modo que oyó un grito de su hermana y a Filocles contestándole.

—Rápido, chico —dijo Coeno—. ¿Quién está contigo?

—Filocles, mi hermana y Terón —contestó—. El nuevo entrenador.

Coeno miró hacia atrás. El promontorio que quedaba a su izquierda impedía ver a sus perseguidores.

—Hay que llegar a la ciudad —dijo. Estrechó la mano de Sátiro—. Gracias, chico —agregó con brusquedad.

El muchacho sonrió a pesar de los nervios.

El batir de cascos se estaba aproximando.

—Ares y Afrodita —murmuró Coeno—. Los tenemos encima.

Dio media vuelta a su caballo y empuñó la espada, un kopis de hoja curvada.

Dos hombres montados en ponis aparecieron a medio galope por la curva del camino. Eran bárbaros, y sus caballos estaban pintados de rojo. Uno levantó un arco y disparó, pese a encontrarse demasiado lejos, de modo que la flecha se quedó corta. Espolearon sus monturas para lanzarse a galope tendido y ambos dispararon flechas al unísono.

Sátiro salió corriendo del camino en dirección a los árboles. Iba desarmado y constituía un blanco fácil, y además tenía miedo. Coeno permaneció inmóvil en medio del sendero. Se le veía cansado y enojado. Echó un vistazo a Sátiro y luego apretó con las rodillas su caballo, que reaccionó iniciando un medio galope.

Las dos flechas siguientes le pasaron por encima de la cabeza.

Detrás de la pantalla de los árboles, Sátiro vio a su hermana a lomos de Bión, el caballo sakje, volando sobre el suelo pedregoso de la orilla del agua para luego saltar el arroyo como un venado.

Filocles surgió del cobijo de los robles con las riendas de sus caballos en un puño.

—¡Sátiro! —gritó.

El jovencito salió a toda prisa al camino y echó a correr hacia su preceptor.

El caballo de Coeno recibió un flechazo, soltó un relincho estridente y arremetió contra uno de los atacantes, y el brazo de Coeno se alzó para asestar el clásico golpe por encima, descargándolo tal y como un hacha corta la leña. El hombre sin armadura fue rebanado literalmente de la silla cuando la hoja lo desgarró desde la curva del cuello hasta el centro del pecho, pero el golpe fue demasiado fuerte y los caballos avanzaban demasiado deprisa, de tal modo que Coeno perdió su espada. Intentó hacer girar su montura, pero la yegua estaba herida y exhausta tras la larga galopada, y no quiso obedecer.

El otro asaltante de Coeno tenía sus propios problemas, pues había mantenido el arco en alto demasiado rato y se le había caído una flecha al camino. La indecisión lo paralizó cuando Coeno pasó junto a él como una exhalación, y nunca llegó a ver la flecha que le acertó en el vientre.

Sátiro hizo caso omiso de Filocles y montó de un salto a lomos de Talasa. Ignoró al espartano e hizo que su caballo enfilara el camino hacia donde el corcel de Coeno estaba a punto de desplomarse, reventado por el agotamiento y las heridas. La flecha de su hermana había salvado a Coeno, y el guerrero sármata seguía sentado en su caballo en medio del camino, agarrando con ambas manos el astil de la flecha, gritando agonizante pero todavía montado.

Más sármatas aparecieron por la curva del extremo del valle, atraídos por los gritos.

—¡Corre, Sátiro! —gritó Filocles otra vez.

El chico iba bien sentado. Talasa se movió debajo de él mientras se agachaba para amarrar el gorytos y atarse el cinto al tiempo que cabalgaba. Procuró ignorar el temblor de sus manos. No oía nada más que el batir de los cascos de su caballo y los latidos de su corazón, y se le había hecho un nudo en la garganta. Tenía miedo.

Melita no. Estaba en el camino, tensando una flecha en su arco. Disparó, y los hombres que había en el sendero se apartaron, la mayoría dirigiendo sus caballos hacia el margen o incluso metiéndose entre los árboles.

Sátiro no sacó el arco. En lugar de eso, se sirvió de las rodillas para situar a Talasa a la altura de Coeno, que estaba arrodillado en el camino.

—¡Coeno! —chilló. Su voz fue aguda pero potente, y el amigo de su padre levantó la mirada. Luego la expresión de su rostro cambió como si estuviera tomando una decisión difícil, pero se levantó, sujetándose el costado.

Melita volvió a disparar. Llevaba un arco ligero, y ahora que ya no contaba con el factor sorpresa, los sármatas estaban atacando de nuevo; hombres fuertes con arcos de hombre. Melita hizo retroceder a su caballo por el camino. Disparó una vez más, arqueando la espalda al hacerlo para sacar la máxima tensión de su arco.

Sátiro se agachó y tendió un brazo a Coeno. El dolor surcaba como una cicatriz el rostro del hombretón, que tenía los labios más blancos que rojos. Estaba muy cerca, pero por más heroico que fuera, un chico de doce años no podía izar a un guerrero a un caballo de batalla. Sin embargo, Coeno sacó fuerzas de flaqueza y consiguió subir una pierna a los lomos, aunque faltó poco para que derribara a su salvador. Talasa notó el cambio de peso y comenzó a girar, alejándose.

Filocles montaba a Hermes, y el entrenador le seguía. En cuanto vio a sus pupilos batiéndose en retirada, hizo girar a su caballo y lo puso al galope, alejándose camino abajo.

Los cinco galoparon dos estadios a lo largo del río sin aminorar, hasta que Bión se clavó una piedra en la pezuña y Melita tuvo que sacársela mientras los hombres vigilaban el camino a sus espaldas. Talasa no flaqueó en ningún momento ni bajó la cabeza durante la pausa. Lo que hizo en cambio fue mirar en derredor, como si supiera que se avecinaba un combate. De pronto levantó la cabeza, tensando las riendas, y relinchó.

Sátiro tenía un dolor de cabeza palpitante y cargaba con el peso de un adulto a la espalda, y los movimientos inquietos de Talasa le supusieron una dificultad adicional hasta que se dio cuenta de qué estaba viendo el animal.

—Por el padre de los dioses —dijo, señalando.

Coeno, encorvado por el dolor, levantó la cabeza.

—¡Oh, dioses! —exclamó, y volvió a encogerse.

Filocles alzó una mano.

—¡Ruido de cascos! —anunció.

Melita subió de un salto a lomos de Bión y en un instante tuvo el arco en la mano.

Una columna de humo se elevaba hacia el cielo en el oeste, en la ciudad. Melita la contempló tal y como un niño observa la muerte de un ser querido, incapaz de apartar la mirada.

Sátiro notó que la fuerza de la lucha —el daimon, la llamaban algunos— abandonaba sus miembros, y se sintió tan débil como cuando Terón le había golpeado en la palestra.

—A lo mejor sólo es una casa incendiada —dijo, aunque no se lo creía ni él.

A Melita se le quebró la voz al hablar, pero no derramó una lágrima.

—Es una incursión —dijo—. ¡Los barcos que he visto antes!

Filocles no parecía borracho en absoluto cuando habló.

—Tenemos que cruzar el río —declaró.

Había más jinetes sármatas doblando la última curva. Esta vez se acercaban con cuidado, y eran como mínimo una docena.

—Deberíamos buscar refugio en el santuario —opinó Melita.

Filocles observaba a los jinetes.

—Esto estaba planeado. —Negó con la cabeza—. No habrá refugio que valga en los templos, niños. Todos esos hombres han venido a mataros.

Sátiro respiró hondo.

Melita se irguió en la silla.

—Bien —dijo, y sus ojos brillaban por las lágrimas no derramadas—, pues entonces habrá que darles una sorpresa.

—Así se habla —dijo Filocles, quien desmontó sin coger ninguna arma.

—Niños, ¿podéis disparar contra un jinete lo más cerca posible de mí? Necesito una lanza.

Terón miró a sus acompañantes.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó.

Los jinetes no dejaban de disparar flechas.

—Márchate —dijo Filocles a Terón, que permanecía en el caballo que habían compartido—. Déjanos y vive.

Terón negó con la cabeza.

—¿Vosotros tres vais a luchar contra todos esos jinetes? —Sonrió de oreja a oreja. Los miró a uno tras otro, cada vez más sonriente, y saltó del caballo—. Me quedo.

Sátiro no pudo evitar sonreír ante la declaración del atleta. Sacó su arco y forcejeó para encordarlo con el peso de Coeno colgado de su espalda.

Terón alzó los brazos, tomó al hombre herido y lo dejó con cuidado en el suelo.

Filocles hincó ambas rodillas en el camino, cogió un puñado de polvo y se lo restregó por el pelo. Levantó los brazos.

—¡Furias! —gritó—. ¡Vosotras que guardáis los más sagrados juramentos! Ahora debo romper mi voto.

Terón miró a Sátiro.

—¿Qué voto? —preguntó.

Melita vigilaba a los jinetes.

—Madre dice que juró no volver a derramar la sangre de otro hombre —contestó—. ¡Cuidado!

Sátiro encordó su arco y cargó una flecha mientras los enemigos lanzaban una docena. Había demasiadas que esquivar, y el corazón casi se le paró de terror. El tiempo se dilató mientras las flechas caían, y de pronto ya eran agua pasada.

Ninguna de las flechas dio en el blanco. En ese momento el muchacho iba tendido sobre el cuello de Talasa mientras Melita cabalgaba a su lado; ambos caballos levantaban polvo mientras corrían derechos hacia los sármatas. De nuevo lo único que oyó el chico fue el batir de cascos de su montura. Aquél era un deporte que los gemelos conocían, aunque nunca lo habían practicado en circunstancias reales. Dejaron a su preceptor arrodillado en medio del camino; parecía un loco o un mimo en una obra de teatro.

Los sármatas no eran buenos arqueros. Tenían arcos de madera endeble y no los reforzados con asta y tendones que usaban los sakje, y como dependían demasiado de la lanza y la armadura, sólo eran eficaces en las distancias cortas; o al menos eso aseguraba su madre. Todos estos comentarios flotaban en la mente de Sátiro mientras los cascos de Talasa batían la hierba del margen del camino, marcando un ritmo lento que bien podría ser el de los últimos instantes de su vida.

Melita, que era la mejor arquera de los dos, soltó su primera flecha y dio media vuelta, guiando a Bión con las rodillas para que el gran castrado trazara una amplia curva hacia la derecha.

Sátiro siguió adelante hasta que vio que los sármatas levantaban sus arcos, y entonces disparó; un lanzamiento torpe, desbaratado por la velocidad y el miedo, de modo que la flecha voló alta y erró el blanco. Pero estaba tan cerca que su disparo causó el mismo efecto en algunos de los sármatas.

Aunque no en todos. Talasa perdió la fluidez de su galope cuando su jinete la hizo girar, y el ritmo de su carrera cambió. Cuando Sátiro miró hacia atrás, vio que tenía una flecha clavada en la grupa.

El joven le hizo dar media vuelta otra vez, encarándola hacia sus enemigos, que ahora, de repente, estaban muy cerca. Tenía una flecha en el arco, el culatín de asta se deslizó entre sus dedos hasta su sitio, el miedo unos pocos metros por detrás y acercándose. Eran hombres corpulentos, y el más próximo, que presentaba una fiera sonrisa, había soltado el arco para usar una lanza larga.

—¡Artemisa! —gritó el chico en lo que fue más un chillido que un grito de guerra, y soltó la flecha. Estaba tan asustado que le costaba respirar y apenas podía mantener las rodillas firmes sobre el ancho lomo de Talasa.

Su flecha, en cambio, no conocía el miedo. El hombre de la sonrisa recibió el impacto en medio del torso, atravesándole la armadura de cuero crudo. Cayó al suelo rodando sobre la grupa de su caballo y Sátiro pudo respirar de nuevo. Se inclinó mucho hacia la izquierda mientras Talasa seguía corriendo a grandes zancadas, sin apenas rozar el suelo, y logró girar para alejarse de los bárbaros. El hombre al que había dado gritaba, con la boca redonda y roja, los dientes cariados y negros, pero lo único que Sátiro oía era el batir de los cascos.

El joven intentó sacar otra flecha, pero cuando ya casi la tenía se le cayó. Palpó el gorytos en busca de otra. «Una más —pensó—. Dispararé una más y con eso bastará.» Alcanzó el emplumado de otra flecha con los dedos y la separó de las demás. Se inclinó hacia atrás, metió la flecha en el arco y el culatín en la cuerda, y encaró su caballo de batalla contra el enemigo.

Derribó a un segundo enemigo, y un tercero aulló al tiempo que agarraba la flecha que tenía clavada en el bíceps, expresando su ira, miedo y dolor por que un par de niños lograran despellejar a su grupo de ataque. La refriega había empujado a los sármatas camino arriba, casi hasta donde Coeno estaba tendido en la hierba y Filocles aguardaba arrodillado, pero los enemigos les hicieron caso omiso.

Talasa tropezó y faltó poco para que se cayera. Aflojó el paso bruscamente.

«Soy hombre muerto», pensó Sátiro. Se alzó sobre las rodillas y disparó de la manera que Ataelo el Sakje le había enseñado, aprovechando el punto álgido del ritmo del caballo. Su flecha se hundió profundamente en el vientre de un joven sármata. Sacó otra flecha mientras los atacantes se volvían hacia él. Había comenzado con un caballo mejor, pero Talasa era un animal ya viejo, estaba cansada y había llevado una pesada carga durante varios estadios; por más ánimos que tuviera, no podía mantener el paso indefinidamente.

Lita disparó otra vez, pero los sármatas apenas le prestaban atención. Disparó al caballo de un hombre que pasaba cerca de Coeno y el jinete salió despedido por encima de la cabeza del animal, rodó por el suelo e intentó levantarse.

Sátiro disparó a un hombre vestido de rojo con un yelmo dorado, pero la flecha rebotó en la coraza de escamas de bronce.

Filocles se puso de pie para dirigirse hacia el hombre que acababa de caerse de su caballo herido y lo mató dándole una patada brutal en el cuello. La columna vertebral del sármata se partió y el ruido se extendió por el valle. Luego Filocles se agachó y se hizo con la lanza del enemigo muerto.

La acción en el camino y el crujido de los huesos de su compañero atrajeron la atención de los sármatas, que por un instante se olvidaron de Sátiro. Ese momento de vacilación le salvó la vida, y Talasa pasó como una exhalación por un hueco del círculo que se estaba cerrando en torno a él. El chico disparó a un hombre tan de cerca que alcanzó a distinguir cada detalle de su mueca de dolor al ser herido, vio las salpicaduras de sudor del pelo del hombre cuando sacudió la cabeza y la creciente fuente de sangre que manó de su garganta allí donde se había clavado la flecha.

«Tiké.» El mejor disparo de su vida. Hizo dar la vuelta a Talasa otra vez, consciente de que el corazón podía reventarle en la siguiente zancada, pero mientras la yegua siguiera adelante él conservaría la vida. Enfiló el camino, que, debido al movimiento de la batalla, había quedado relativamente despejado.

Melita disparó otra vez y falló, pero Sátiro vio que los sármatas se apartaban del lugar al que había apuntado su hermana, regalándole unas cuantas zancadas más.

Talasa cruzó el camino cerca de Filocles. P

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos