Prólogo a la segunda edición
Por experiencia sé que los prólogos no se leen porque son hechos para salir del paso y quedar bien: no con el lector, sino con el escritor, que por lo general es un amigo. Naturalmente, uno puede hacer un prólogo para sí mismo. Por eso quiero contar un cuento: me suelen preguntar cómo hago para escribir relatos. No he podido nunca responder, porque en la escritura siempre hay algo mágico y lo mágico está vedado.
A la segunda edición de Los años del tropel le he adicionado «Los bombardeos de El Pato». Este texto recoge un episodio reciente de la historia de la violencia, como es el asalto militar por tierra y aire a la región de El Pato en 1979. Aunque aparece en la última parte del libro para conservar el orden cronológico, en mi vida fue el primer relato que escribí y por lo tanto antecede a los de El tropel.
En el año 77, Andrew Pearse y Michael Taussig me invitaron a investigar para UNRISD (United Nations Research Institute for Social Development) sobre las formas de participación histórica del campesinado en los años cincuentas. Era el lenguaje de la época. Yo escogí la violencia como una forma de participación, tal como le había oído decir a Camilo Torres en la facultad de sociología.
Quise ensayar este enfoque. Dejar de tratar la violencia como una patología para verla desde adentro, desde el ojo y desde el corazón de sus protagonistas y de sus víctimas, que por lo demás siempre son los mismos.
Alejandro Angulo, entonces director del CINEP, me invitó a realizar el estudio con él. El país vivía días violentos, como algunos lo recordarán todavía. Con Alba Lucía Tamayo y Sonia Sánchez hicimos un detenido trabajo de campo en el Valle del Cauca y en el Norte de Boyacá. Nos propusimos explorar la violencia en el nido de los pájaros y de los chulavitas. Hoy recuerdo esos días con cierta nostalgia.
Una vez terminado el trabajo en las zonas, comencé a tratar de escribir el informe final. Había mil temas y mil matices, había personajes maravillosos que se resistían a ser enclaustrados en el texto «científico» y aséptico de un informe. Había mujeres a las que se les sentía el aliento y hombres que sudaban, y caballos. Daba vueltas alrededor del compromiso y del material que tenía en mis manos sin saber por cuál decidirme. Estaba paralizado. Los términos de referencia corrían y los personajes se negaban a entrar en ellos.
Una tarde me llamó Alejandro Reyes: se bombardeaba la región de El Pato en el Huila y los campesinos marchaban para denunciar los atropellos del ejército. Me interesó la situación y nos fuimos a verla. La gente había llegado y estaba concentrada en el estadio de Neiva. Hablamos con ella. Hablamos mucho con ella. Sin embargo, yo estaba descontento porque sabía que al final no sabría cómo manejar esas grabaciones.
De golpe, el milagro se produjo: encontré la voz, el tono, el color, el lenguaje, en una anciana llena de fuerza. Me topé con ella en medio del gentío a la entrada de los baños del estadio. Cuidaba a sus nietos. Me habló con una intensidad, con una certeza de su razón y con un dolor que todavía tengo presentes. Era Sofía Espinosa, en cuya cabeza aparece el relato de «Los bombardeos de El Pato». Toda la experiencia, toda la historia, todas las denuncias de los demás entrevistados se condensaron en su mirada.
Regresé a escribir directamente, como si ella me dictara. Salió de un solo tirón. Quedamos sin aliento. Encontré el camino. Con esta seguridad me boté encima de las entrevistas del Valle y de Boyacá y reviví a los hombres y mujeres de carne y hueso que habían contado su historia. De ese río de sensaciones salieron los personajes, uno a uno: Ana Julia, El Chimbilá, El Maestro, José Amador, Nasianceno Ibarra. Hablaban apasionadamente, sin objetividad, y así, chorreando «sangre y lodo», entraron en el texto. No se trataba de hacer la historia de la Violencia, sino de contar su versión.
Comprendí que era demasiado pretencioso e hipócrita estar en todas partes, porque cada cabeza es un mundo, cada personaje tiene su verdad y es víctima de ella. Está consignada en su propio interés y ello es respetable y debe ser respetado en una historia.
Pero el hecho de que hubiera encontrado el camino no equivalía a que ese, mi hallazgo, fuera recibido con los brazos abiertos por la academia, por la burocracia, por el lector de informes. A mis relatos les faltaba algo: que no se dijera nada.
Redacté, tomado todavía del espíritu de Sofía Espinosa, mi tesis de grado para la École Pratique de París. El profesor me respondió que le gustaba mi estilo literario, pero que tenía serias dudas sobre el carácter científico de la obra. La tesis trataba de ser una historia de la colonización del Ariari, tejida a través de dos relatos y orquestada en el análisis sociológico. Las dudas del profesor eran justas. Los relatos iban por un lado y la sociología por otro. Desde ese día decidí no volver a correr detrás de ella. Ni del grado.
Sábato dice que uno no escoge los personajes sino que los personajes lo escogen a uno. Añadiría que uno no encuentra los caminos sino que los caminos nos salen al encuentro casi todos los días. Si no los vemos es sólo porque nos hemos vuelto ciegos a lo nuevo y ya no vemos sino lo que hemos visto y estamos acostumbrados a reconocer.
Alfredo Molano
Bogotá, julio de 1991
El Maestro
Fui maestro de escuela hasta que me jubilé. Con mis prestaciones y unos ahorros abrí una tienda y un laboratorio de fotografía. He sido conservador durante toda mi vida y así pienso morir, aunque he estado en desacuerdo con el partido muchas veces. Sigo pensando que el conservatismo es el defensor de la Iglesia y de la familia, los únicos bienes que uno realmente tiene, porque lo demás son meros adornos. Dios es el verdadero apoyo en la otra vida y la familia en ésta: el resto es una majadería, puro orgullo, pura vanidad. Cuando a uno lo llama el Señor, le pasa lo que le pasó a León María Lozano, El Cóndor, cuando Rojas Pinilla lo sacó de Tuluá: sólo pudo llevarse a Agripina, su mujer; a Violeta, su hija, y un retrato de la Virgen del Carmen. La cosa no es la misma porque León María se llevó también a su perro, pero quiero decir que cuando a uno lo llaman no puede arrancar con nada de lo que ha hecho.
León María, por ejemplo, fue un hombre que nunca ambicionó dinero, ni riqueza, ni honores; sólo vivía para su fe; eso era lo que le importaba, sólo eso. Él habría podido ser un hombre muy rico porque tuvo todo en sus manos. La vida de mucha gente dependía de él. Que alguien viviera o no era algo que sólo él decidía, y por eso habría podido hacerse inmensamente rico. Y no. Cuando salió para Bucaramanga, exiliado por Rojas, lo único que llevaba, fuera de la familia, era su perro.
Eso fue por allá en el año 54, cuando Rojas Pinilla ya estaba en el gobierno. Habían sido muy amigos en la época en que Rojas era el comandante de la Tercera Brigada, con sede en Cali. Inclusive el general, una vez que vino a Tuluá, le regaló a León María una pistola bellísima y lo trató de gran patriota e ilustre colombiano. Pero Rojas, cuando fue presidente, temía que León María lo denunciara, dijera todo lo que sabía, contara lo que habían hecho en combinación. Entonces lo sacaron de Tuluá y después lo asesinaron en Pereira. Porque León María sabía muchas cosas que al general no le convenían; León María era el dueño de la política del partido conservador desde el 9 de Abril. Fue el que manejó el partido durante la Violencia, porque en Tuluá no se movía una hoja sin que él lo supiera. Se había destacado el 9 de Abril y de ahí salió hecho un jefe. Antes de esa fecha era un hombre humilde que vendía quesos en la galería. Yo mismo le compraba cada semana una lonja.
El 9 de Abril, después de la muerte de Gaitán, corrió el rumor de que los liberales iban a atacar el colegio de los salesianos, que lo iban a incendiar, a bombardear. Entonces León María organiza a una gente para defender el colegio. Con Anselmo Tascón y Martiniano Barrera armaron el parapeto. Unos en el colegio y otros puro enfrente, en la casa de Martiniano. Al rato pasaron unos camiones con manifestantes y El Cóndor dio la orden de fuego. Primero a bala y después a punta de dinamita detuvieron a los asaltantes. Hubo varios muertos y heridos. De ahí el cariño que el padre González, que era el rector, le tenía a León María: porque salvó a los salesianos de un atentado que quién sabe cuántos muertos hubiera costado.
León María no era querido sólo por la Iglesia y por los salesianos, sino por el conservatismo. Al otro día, es decir, el 10 de abril, reunió un poco de gente en los Molinos de Viento y los armó con palos, machetes y revólveres para tomarse el palacio municipal, que había caído en manos de los liberales el mismo 9 de Abril. Los liberales habían nombrado de alcalde municipal a Joaquín Paredes. Cuando estaban por salir hacia el palacio llegan los refuerzos, es decir, el ejército, que había mandado Rojas Pinilla para recuperar el poder en Tuluá. León María se les une y se toman el palacio, y entonces se crea la amistad con Rojas. Después León María, autorizado por el mismo ejército, organiza una especie de policía cívica para cuidar la ciudad y para denunciar a los liberales que atentaban contra el gobierno. Esa policía la creó el propio León María con la ayuda de la brigada. Yo fui a una de esas reuniones donde se organizaba la policía cívica y nos dijeron que de Bogotá iban a llegar las armas para defender a la ciudadanía y al gobierno, porque los liberales, los nueve-abrileños, como se llamaban, querían tumbar al conservatismo. Me acuerdo que de una de esas reuniones en que se hablaba de hacer las cosas rápido, volando, fue que salió el apodo de pájaro. Hacer las cosas como un pájaro era hacerlas volando, en el acto. Y en verdad así se hacía.
De esa policía cívica que organizó León María ayudado por el ejército de Rojas Pinilla fue que salieron los pájaros. Con esa policía cívica fue que se destacó más León María y que se hizo efectiva la consigna que a Tuluá trajo Caicedo Palau: el partido conservador tiene que armarse y defenderse porque, como lo había dicho Carlos Lleras Restrepo, el liberalismo tenía que ganar las elecciones. Esta consigna la dio en la casa de Heliodoro Rodríguez, yo mismo la oí. Estaban todos los notables: el doctor Tamayo Chica, el doctor Luis Carlos Delgado y otros que no me acuerdo. En ese momento no se trataba de matar a nadie, nadie habló de eso. La idea era solamente asustar al liberalismo, hacer un poco de bulla, crear el pánico en las elecciones para que los liberales no fueran a votar. Pero no era matar ni asesinar. Había que elegir a Laureano a toda costa. Por fortuna los liberales se retiraron de la elección y el partido conservador no se cayó. Pero hay que decir que había irregularidades. Yo tenía diecinueve años y fuimos a votar alrededor de mil muchachos entre los quince y los diecinueve a Trujillo. Nos fotografiaban en la casa de León María y nos daban la cédula. Así ganamos.
León María era el centro clave de ese pánico que había que crear, pero nadie, y menos Julio Caicedo Palau, que era el jefe del conservatismo, creyó o pensó que las cosas se le iban a salir de las manos. De ese clima que creamos se aprovecharon José Ríos en Trujillo, los Rojas de El Dovio y otros. Ellos fueron los que llevaron las cosas a un punto en que ya no había otra salida que echar para adelante, así eso fuera lo más horrible. Lo de Ceilán y Betania en el 40 no tenía por objeto hacer las masacres que se hicieron, sino aterrorizar a los liberales de esas regiones, que eran mayoría, para que no salieran a votar, pero lo que pasó fue que unos tipos inescrupulosos se aprovecharon de eso para robar, matar, asesinar. Después vinieron las venganzas de los liberales y después la defensa de los conservadores y eso se volvió una guerra. León María decía: «Yo no soy dueño de los sentimientos de mis amigos. Yo no puedo controlar todo, ni soy responsable de lo que ellos hagan».
II
En esos días yo tenía como unos veinte años y me acuerdo que después de esas reuniones políticas me compré un cuchillo, que en ese entonces valían setenta y ochenta centavos. Era una pretensión de muchacho que quería ser macho, verraco. Nos dieron órdenes de ir a Guacarí porque corría la bola de que iban a matar a León María, que venía de Cali. Salimos en buses y a mí me tocó en Puente de Buga con unos diez o veinte tipos. Allí estuvimos toda la noche, pero no pasó nada. León María, en agradecimiento, le regaló una casa al directorio y entonces era fácil reunirnos para recibir órdenes y consignas. Porque todas esas órdenes salían era del directorio y no de León María.
Yo fui muy amigo de los sobrinos de El Cóndor, que era un tipo muy reservado. Decía: «Yo no doy órdenes, pero tampoco puedo gobernar la voluntad de los que me estiman y me quieren». Se encerraba mucho tiempo en una pieza y a veces lo veíamos sacar armas y otras cosas, pero yo nunca le oí decir que había que matar a fulano o a zutano. No. Puede que a otras personas les conversara lo que había que conversarles, pero yo no fui testigo de algo mal hecho. Inclusive un día que me vio afilar mi cuchillo me dijo: «Bótelo o esté dispuesto a usarlo, pero no lo muestre tanto. El que carga un arma termina usándola».
Sin embargo, a pesar de que él no hubiera matado a nadie, al hombre no se la perdonaban, y fue así como la violencia iba haciendo más violencia: por las venganzas. Un día bajaba León María por la carrera 26 acompañado de Celino Guerrero, cuando al pasar por frente a la casa del doctor Cardona, donde había una tapia, le dispararon de uno de esos ojos. Cayó mal herido, lo alzaron rápido y lo llevaron para el hospital y así se salvó. Pero entonces vino la venganza. A un tipo que corría y que Celino alcanzó a ver, lo mataron a patadas sin saber quién era en realidad. A un señor Quintín Jaramillo lo buscaron y lo mataron porque alguien dijo que lo había visto por los lados donde le hicieron el atentado a León María. A un señor que llamaban Pan de Bono, porque era chiquito y blanco, también lo bajaron por la misma razón. Al esposo de doña Débora Sánchez, que tenía que ir al hospital, lo mataron porque les pareció raro que un liberal fuera allí cuando estaban operando a León María, sacándole las balas. Dizque el tipo iba a visitar a un amigo que estaba cerca de la pieza de El Cóndor y lo mataron ahí mismo. Aquella noche nadie durmió porque todos temían la venganza. Y así fue. Al otro día amanecieron quince cadáveres en las calles de Tuluá.
Es que la cosa se salía de las manos. Uno comenzaba a odiar a los propios amigos, a los condiscípulos, por el mero hecho de no ser conservadores. Un amigo mío del colegio, porque yo estudié con los salesianos, un muchacho Álvarez, se fue para las guerrillas, para los Llanos, a combatir a Laureano, y yo tenía la consigna de delatarlo si lo veía; pero yo no creía que le fueran a hacer nada malo. Un día lo vi y lo delaté. A los tres días mi amigo estaba muerto. ¡Qué pasión! Yo pensé que simplemente lo iban a echar del pueblo, pero no: lo mataron. Desde ese día no volví a ir al directorio, porque yo no estaba de acuerdo con el asesinato. Mi ideal era sostener en el poder al conservatismo asustando a los liberales pero no matándolos. Eso era lo que tenía que hacer el partido para no dejarse tumbar, porque en realidad los liberales eran mayoría y, si hubieran votado, Laureano no sale.
Pero las cosas se iban empeorando. Los amigos de León María se fueron enviciando con la muerte y poco a poco también con el robo. La gente al principio era amenazada para que no saliera a votar, pero después la mataban. Después vieron que eso era buen negocio porque dejaba la tierra libre y entonces comenzaron a echarlos de las parcelas. La gente se fue saliendo y la parcela se iba negociando. Inclusive no había necesidad de matar. Con sólo amenazar, la gente salía. Así fue apareciendo el robo de fincas, el robo de ganado, el robo de café.
León María se va volviendo cada vez más importante y con más poder. Maneja el partido conservador y por tanto, el poder. Él es el que da becas, da auxilios, cobra impuestos. Él es el que manda realmente la policía y el ejército. Él controlaba así a mucha gente, pero sus amigos eran unos pervertidos y entonces fue agrandándose la chipa del rejo, fueron haciendo cosas terribles: como lo de El Retiro, donde mataron diecisiete personas; como lo de La Carmelita, donde murieron varios; como lo de La Marina y, sobre todo, como lo de Betania y Ceilán.
En Betania se movilizó un ejército de pájaros ayudados por la policía y el gobierno. Movilización más grande no pudo haber para crear un foco de conservadores en esa cordillera, que era un fuerte liberal. Se pensaba entrar a la plaza y amedrentar a los habitantes. Pero resulta que los que dirigían la movilización se emborracharon y comenzó el incendio, el saqueo, el abuso de mujeres y el asesinato de hombres. La matanza fue tan horrible que los mismos conservadores nos culpábamos de tanta sangre: era que todo lo que se movía lo mataban. Una de las grandes vergüenzas del partido.
Lo mismo fue lo de Ceilán. De aquí de Tuluá salieron camiones llenos de gente para Ceilán, yo los ví. Venían de Riofrío y cruzaron Tuluá hacia la cordillera. Inclusive iban amigos en los camiones y se fueron a quemar a Ceilán en lugar de apenas atemorizarlo, como era la idea. De Tuluá a Ceilán quemaron también a Rancho Rojo, una propiedad que había entre ambos pueblos, y hubo saqueo y asesinatos. Todo lo destruyeron, mataron gente inocente, gente justa, gente buena; nada, nada respetaron. El río se volvió sangre y a ellos no se les dio nada.
Uno veía por aquí a todos esos pájaros, al otro día, vendiendo un marrano, una gallina, una máquina de coser, una ternera. Inclusive entre ellos mismos llegó a haber disputas y muertos por la repartición. Hubo enemistades entre los mismos violentos por deudas y por la distribución de las compañías que se hacían.
Porque con la violencia comenzaron a llegar aquí tipos especializados en negocios sucios. Venían de Antioquia, de Caldas, de Boyacá, gente valerosa pero mala. Eran capaces de medírsele a cualquier cosa con tal de que les dieran una parte del resultado del trabajo. Primero iban y miraban, evaluaban lo que la gente tuviera y después arreglaban la vaina. Eran acreditados por valerosos y casi todos venían de prestar servicio militar. Y en sus fechorías les ayudaba la misma policía. Iban, pues, sobreseguro.
