La dicha de habitarnos

Natalia María Chaparro

Fragmento

La dicha de habitarnos
1. La bendición tras las heridas

“¿Por qué y para qué sigo acá? ¿Por qué no puedo desaparecer de una vez por todas? ¡No quiero que nadie me vea, no quiero ocupar un espacio en este lugar!”.

Esta era la voz que con más frecuencia podía escuchar.

Durante años habité mi cuerpo y anduve mi camino con el traje de la víctima muy bien puesto. Me sentía poco afortunada y, en cierto sentido, castigada por Dios. Veía mi historia como una real desgracia que se traducía en ser una mujer que no era del todo mujer: infértil y árida, sin encajar en ningún lado. No quería ser vista por el miedo a ser rechazada y juzgada.

Unos meses después de mi aterrizaje en esta tierra, me operaron de una hernia inguinal. En teoría, era una cirugía sencilla. Sin embargo, tal vez por el pequeño tamaño de mis órganos internos, por azar o por un error médico, perdí mi ovario izquierdo. Ese evento, que por algún tiempo permaneció olvidado en algún lugar recóndito de mi psiquis, luego se reveló como mi primera iniciación: lo que marcó mi camino y me condujo hasta donde estoy hoy.

Por mucho tiempo, odié al cirujano, le puse la cara de una criatura maligna y responsable de todos mis malestares. Sin lugar a dudas mi actitud estaba influenciada por la tendencia común en nuestra cultura de culpar a otros por aquello que nos pasa, de entregarles el poder de cómo nos sentimos y, en esa medida, de ceder nuestra soberanía y poder esencial. Si bien hoy encuentro esa mirada bastante debilitante y poco responsable, reconozco que me resultó útil por varios años. Tal vez necesitaba sentir el agobio y la pesadez de la victimización hasta que fuese real y absolutamente insoportable. Pues solo así pude escoger salir de ahí y asumir la situación desde otro lugar.

Sé que para mis padres este evento no fue fácil de digerir. Y creo que no tuvieron las herramientas necesarias para afrontar la situación y, por ende, para protegerme. Asumiendo que un bebé no entiende nada, nadie nunca me contó lo que había pasado. Nadie se acercó a tocar mi cuerpo con la intención de suavizar el miedo que causó ese evento doloroso para cualquiera.

Desde que estamos en el vientre materno y durante nuestros primeros dos años de vida se desarrolla el primer chakra o centro energético, asociado a la salud física y a la sensación de seguridad. Traumas físicos o emocionales, enfermedades o un entorno inseguro afectan negativamente este chakra. Dejan como secuela, en algunos casos, una conexión inestable con el cuerpo, además de una sensación de miedo e inseguridad constante. Sin duda alguna, yo fui uno de esos casos. Esta cirugía fue la primera de varias entradas al hospital durante mi niñez.

Mi mamá nunca sintió la fortaleza para contenerme o cuidar de mí. Tal vez por ello, y agobiada por la sensación de no hacerlo bien, se mantuvo en un trabajo que implicaba viajar y ausentarse por varios días o semanas, además de delegar el cuidado de sus hijos a una nana.

Mi nana, Petia, era preciosa. Fui muy afortunada de tenerla. Aún puedo recordar en mi piel la dulzura de sus cuidados y esa devoción que, si bien por años olvidé, hoy puedo sentir cuando cuido y sostengo a mis cachorros. Mi tía Caya también nos acompañaba con frecuencia, y se sentía como una figura maternal casi más presente que mi propia madre.

Crecí en una familia bastante particular. Viví con mi hermano Juan, mi papá y las nanas. Mi mamá estaba presente algunas veces y muchas otras no. Como buena mamá patriarcal, llegaba a casa con sus niveles de energía en ceros, después de darlo todo en su trabajo, y con pocas ganas o capacidad de asumir y, mucho menos, de disfrutar la maternidad. Comprendo hoy, sin resentimiento, que para muchas mujeres el éxito nunca se ha asociado a las tareas del hogar: “Yo no trabajo” o “Yo no hago nada, me quedo en casa cuidando de mis hijos” son afirmaciones que encuentro con frecuencia. Estas respuestas me confrontan e invitan a repensar, una y otra vez, hacia dónde direcciono mi valiosísimo tiempo y energía de una manera coherente con aquella certeza que vibra con mucha fuerza en mi ser: maternar a mis hijos y sostener nuestro clan es una labor sagrada. Una que tiene un enorme impacto en la sociedad que todas las familias componemos.

Seas mamá o no, quiero invitarte a sentir y revisar cuáles son tus creencias asociadas a la maternidad. ¿Puedes reconocer a la maternidad como una práctica espiritual? ¿Puedes definirla como una labor sagrada, valiosa e importante?

Tenía (digo tenía porque uno de ellos ya no está en este plano) dos medios hermanos que, por razones que nunca entendí, no vivieron con nosotros y solo los veíamos esporádicamente. Creo que, para todos mis hermanos, yo representaba una amenaza, algo que les quitaba la atención y el afecto de mis padres y me lo hicieron saber incontable cantidad de veces. Me hicieron bullying, me pegaron, me gritaron y, aun así, mi hermano Juan siempre fue y aún es uno de mis más grandes amores. Todavía me pregunto si en ese entonces empecé a hacerme la idea de que el amor se basaba en estar al cuidado y en función de entregar algo a alguien, a pesar de sentirme maltratada o no celebrada.

Aclaro: no estoy juzgando ni señalando a nada ni a nadie, tengo presente que todos nos encontramos para servirnos en nuestro proceso de aprendizaje y expansión de la conciencia. Sé que cada una de las personas que han sido parte de mi historia, lejos de ser culpables de alguno de mis malestares, son maestros y maestras que con su presencia me han dado la oportunidad de sanar, comprender y enriquecer mi experiencia.

Luego de graduarse del colegio, mis papás decidieron que Juan fuese a prestar servicio militar y recuerdo que eso me afectó mucho. Ahí, creo que, por primera vez, fue evidente mi amor devocional hacia él, traducido en un profundo deseo o, más bien, una necesidad de cuidarlo. Gracias a esta experiencia, mi hermano y yo nos acercamos mucho y pudimos vivir el gran tesoro de la hermandad.

Para mí, el regalo más bello que mis papás me han dado es él. Comprendemos nuestras heridas como nadie más sabe hacerlo. Con una mirada, podemos tocarnos el alma y, aún en la distancia, siempre nos ha unido una conexión que sé que viene de vidas pasadas.

Hoy, al ver en retrospectiva, comprendo que, frente a la ausencia de mi mamá, yo asumí el rol de la mamá de la casa y traté de cuidar a mi familia con esmero. Eso, siento yo, sembró en mí una sensación que aún hoy me suele visitar: la voz que me dice que no soy capaz o no hago las cosas lo suficientemente bien. Ese sentimiento se originó en el momento en que recibí el peso de una responsabilidad que no me correspondía ni tenía las capacidades para asumir a una edad tan temprana.

EL ARQUETIPO DEL NIÑO ADULTO

Cuando se nos entregan responsabilidades grandes, en edades en las que nos corresponde tener la energía y pensamiento enfocados en dejarnos sostener, jugar, explorar y disfrutar la existencia, puede surgir el niño adulto. Se trata de una frecuencia energética o un arquetipo que nos siembra la necesidad de cuidar a otro y de responder de maneras no coherentes con la niñez. Si bien esto se da como una estrategia de supervivencia, suele dejar engranada en la psiquis un prejuicio de que nunca vamos a lograr hacer las cosas como se esperan. De que no vamos a tener la capacidad para superar las expectativas y, por ende, sentiremos que no somos suficientes.

Así transcurrió mi niñez, rodeada de hombres. Quería ser uno de ellos y, sin saberlo, añoraba la presencia de un modelo femenino. Todavía recuerdo la fuerza con la que extrañaba a mi mamá. Solía meterme en su armario, porque el olor de su ropa me reconfortaba. Ahora sé que ella también extrañaba tenerme cerca y, frente al dolor que la distancia física le generó, hizo un quiebre interno. Algo así como una ruptura de lazos que le permitió llevar su vida laboral en libertad. La expresión de su cariño se manifestaba con regalos, muchos regalos que traía de cada viaje y yo me habitué a eso. No la dejaba entrar a la casa cuando ya estaba preguntando “¿Qué me trajiste?”. Desde esa dinámica aprendí a acumular objetos y a sentir un aparente bienestar cada vez que mi divina madre llegaba con su maleta de obsequios para mí.

Doña Jeannette, mi mamá, era azafata. Sus horarios eran absolutamente dementes. Dormía poco, se levantaba en la madrugada o a mitad de la noche. Cambiaba de latitud, de altura y de ritmo muchísimas veces al mes.

Hoy sé que, si algo desequilibra los sistemas endocrino y nervioso, es llevar una vida que no respeta el ritmo circadiano. Como mamíferos diurnos que somos, pertenecientes a la Tierra y afectados por sus ciclos, nos corresponde, si queremos tener salud, bienestar y cordura, dormir cuando está oscuro y movernos cuando es de día. Nada reemplaza el dormir bien y el tener tiempo suficiente de exposición a la oscuridad, a la hora que corresponde. Como consecuencia, mi mamá empezó a presentar síntomas que los médicos diagnosticaron como trastorno de ansiedad, trastorno obsesivo-compulsivo, y no sé qué otras cosas. No quiero decir que estos diagnósticos o condiciones no existan. Eso ni lo sé, ni es mi labor definirlo. Lo que siento y creo es que, como en muchos casos, había algo que el cuerpo de mi mamá estaba pidiendo. El malestar y los síntomas eran claras expresiones de un sistema que no estaba recibiendo los cuidados necesarios para estar en armonía.

A mi edad, y tras mi inocente lente, yo solo percibía que de repente, por cosas como una fuerte lluvia o un trancón, mi mamá rompía en llanto e hiperventilaba. Llegaba de un vuelo y se encerraba, con la luz apagada, después de discutir con mi papá. Gritaba, lloraba, tiraba puertas, etcétera. A mí me daba miedo, mucho miedo y sentía que el suelo que me sostenía no era muy estable. Cuando le preguntaba a mi papá, su respuesta, muy acorde a esa generación que aprendió a no sentir o a apagar las emociones costara lo que costara, me respondía “Ella es así, tú debes ser de teflón y todo debe resbalarte”. Confieso que todavía experimento algo de furia cuando me acuerdo de eso. Me irritaba sentir que mi dolor era invalidado y he llegado a creer que ahí se originó mi malestar con los hombres.

En lugar de sentir un espacio seguro para expresar mi tristeza, yo sentía una presencia que, de manera aparentemente amorosa, me señalaba que mi experiencia, mis emociones y las voces de mi vientre estaban equivocadas. Que estaba imaginando o sobredimensionando la situación. Razón por la cual aprendí a ignorarme, a reprimir mi sentir y silenciarlo.

Pato (así le digo desde niña a mi papá) es un hombre precioso, siempre listo para servir, dulce, amable y que le cuesta nombrar o siquiera dar paso a sus emociones. Fue mi cuidador principal, mamá y papá a la vez. Estuvo presente en mis presentaciones del colegio, reuniones de profesores, citas médicas y demás. Pato es un católico ferviente; enamorado de la Biblia y practicante dedicado. Sin duda alguna fue él quien sembró en mí la devoción. Íbamos a misa todos los domingos, sin falta. Leíamos la Biblia y rezábamos en las mañanas y en las noches.

Al pobre Pato le tuve que salir yo como hija y fuente de adoración. Lo he confrontado de todas las formas humanamente posibles y él nunca ha dejado de ser una fuente de apoyo y amor. Un día, en la misa, le dije: “Pa, ¿por qué tengo que decir ‘por mi culpa’? yo no he hecho nada”, y él solo supo decir “No sé, nenita, solo repite”. A pesar de la dulzura de la respuesta, ¡hasta el sol de hoy siento náuseas con esa afirmación! La culpa es un sistema de creencias que nos desconecta de nuestra esencia divina. Nos impide asumir el aprendizaje de la vida con responsabilidad y nos lleva a sentirnos sucias por ser humanas y, sobre todo, por ser mujeres.

Pato y yo parecíamos esposos. Creo que, en mi psiquis, frente a la ausencia física de mi mamá, cumplí el rol de pareja de reemplazo. Recuerdo que dejé de ir a fiestas o de salir con amigas para acompañarlo, pues me daba tristeza que se quedara solito. Lo protegía a capa y espada y, ante mis ojos, la “culpable” de todo lo malo que sucedía en casa, incluida la relación de pareja de mis padres, era mi madre. Hubiese querido tener, en ese entonces, una visión menos distorsionada para poder ver la situación de mi mamá con más compasión y menos dureza.

Mi papá era aparentemente perfecto y, en su desconexión emocional, abandonó a mi mamá sin tener que irse a ningún lado. Ella, una mujer preciosa, llena de ganas y con un espíritu libre que, a punta de fármacos quisieron apagar. Frente a la distancia de mi señor padre, mi mamá emprendió vuelo a otros lugares y con otras personas. ¡Normal! ¡Hoy leo esto como autocuidado! Cuidar de nuestro ser mujer implica honrar y atender cada una de las dimensiones que nos componen, y una de ellas es nuestra energía creativa y sensual. Cuidar y cultivar eso que nos hace sonreír el alma, sin importar si es o no aprobado por el mundo externo. Y eso hizo mi mamá. Viajó, saboreo la vida, ¡vivió plenamente y sin excusas! Pero, mi lente machista de ese entonces, teñido de historias y creencias patriarcales, solo la enjuició.

Todo esto ocurrió en plena adolescencia y fue no solo muy doloroso, sino confuso. En este panorama tomaron fuerza las creencias castrantes asociadas a lo femenino, que en muchas mujeres han estado vivas y que les impide vivir su naturaleza de manera fluida y en gozo. Llegué a creer que ser mujer era ser sucia, fuente de pecado y digna de todo castigo.

A muchas, creo, nos faltaron modelos femeninos inspiradores para seguir. Mujeres que dieran voz y forma al poder sagrado esencial, a su cuerpo de manera coherente y que con firmeza nos señalaran el camino a las niñas y jóvenes.

SIENTE Y ESCRIBE

Pon tus manos en tu vientre, ahí donde está tu útero, y respira. Reconoce el pulso, la vida latiendo dentro de ti. Escucha el tambor que suena en tu vientre y que da paso a la canción que viniste a danzar. Respírate y saboréate.

¿Puedes reconocer las creencias que surgen en ti cuando escuchas la palabra mujer?

¿Qué ideas, asociaciones, colores, sentires o formas surgen cuando invitas este concepto a tu pensamiento?

¿Qué es para ti ser mujer hoy?

En esa etapa de mi vida, en la que lo femenino en mí se encontraba distorsionando, reconozco haber usado ese poder sagrado como una fuerza seductora que me permitía manipular, principalmente, a mi papá y luego a los hombres que se cruzaban en mi camino. Fluctuaba entre este deseo de manipular y un temor inmenso a ser rechazada, todo alimentado por la incomodidad que sentía con mi cuerpo, cómo se veía o, más bien, cómo lo veía yo.

Yo era una niña linda, muy flaquita y sin curvas. Razón por la cual, influenciada por el bombardeo de imágenes que me señalaban que las mujeres “buenas” eran voluptuosas, me ponía todo tipo de rellenos para parecer que tenía tetas, tomaba Pony malta de manera desenfrenada para ver si me crecía la cola o pasaba algo mágico. Todo esto sin ningún éxito.

En otras áreas, sobre todo en lo que implicaba moverme, era bastante segura. Bailaba, reía, jugaba y, en esa edad en la que los niños empiezan a ser atractivos, coqueteaba hasta con mi sombra. Era, para que nos entendamos, bastante “calienta güevas”. No daba ni la mano, pero sí incitaba a todo. Al mirar hacia atrás me doy cuenta de muchas cosas.

La más evidente y “preocupante”: yo le tenía pánico a los hombres. De hecho, las primeras exploraciones de mi sexualidad fueron con mujeres. Con un hombre era impensable. Me sentía vulnerada y en riesgo. Juzgada y objetivizada. Con la compasión que hoy veo a esa niña asustada y llena de inseguridades, reconozco que mi comportamiento era el resultado de una gran distorsión de lo que es la energía sexual. Plagada de culpas y asociaciones pecaminosas sobre el placer, no era posible imaginar que vivir o, mucho menos, celebrar mi ser sexual y sensual era un acto de gratitud con la vida.

Como buena hija del patriarcado, siempre atribuí mi sexualidad a un encuentro con un otro, en mi caso, con un pene. Sí, mis mujeres bellas, la sexualidad falocéntrica es también un invento patriarcal, en el que se nos prohibió ser dueñas de nuestro placer. Dueñas y canales de esa energía sagrada y divina que da origen a todo lo creado. Más adelante hablaremos de esto a profundidad, pues creo que ahí radica la posibilidad de volver a nuestra soberanía. Al valor sagrado que tiene la vida y que todas, tengamos hijos o no, tenemos el poder de gestar y parir.

Recuerdo el día en que, al espiar a mi mamá unos días después de que mi papá se fuera de la casa llorando, la pillé hablando por teléfono con alguien a quien interpreté como peligroso. Probablemente sería cualquier amiga o amigo. Pero yo, en medio de mi confusión y con el deseo de encontrar un culpable evidente del divorcio, escogí creer que se trataba de un novio.

¡Esa noche tuve un shock! Literal y metafóricamente me “shokié”. Dejé de ver con claridad, grité como una demente, me aruñé la cara y rompí las cortinas de mi cuarto. Mi mamá, abrumada y sin saber cómo contenerme, llamó a Pato y le pidió que me recogiera. Ese día empezó mi descenso. Mi viaje hacia lo más oscuro y recóndito de mi ser y de esa historia transgeneracional que tal vez me correspondió a mí, a través de mi experiencia, ordenar para sanar.

LA DEPRESIÓN

Después de ese episodio con mi mamá, me sentía congelada. Mi cuerpo físico tenía frío constantemente y, por ello, empecé a vestirme con varias capas de ropa. Mi sonrisa se borró de mi rostro y de mi alma. Todo era oscuro. Sin duda fue la primera noche oscura del alma que Natalia, la niña alegre y amiguera, vino a experimentar con intensidad.

Dormía en las clases del colegio, en los recreos y en el bus. En casa dormía también. Entré en una suerte de hibernación multidimensional. Mi fuente de estímulo y dulzura eran las galletas. Cada día de colegio, me bajaba del bus y compraba varias galletas de Auto Pan. Ese era mi único alimento.

Comer es una relación. Un acto que nos vincula con algo que está afuera y que nos permite incorporar energía a nuestro cuerpo, para vivir. Comer nos lleva, de una forma instintiva y simbólica, a esa memoria de la madre. Cuando el entorno parece odioso y no encontramos fuente de satisfacción alguna, comemos. Me volví comedora emocional. Y comía hasta que la llenura me impedía sentir o hablar. Comía cosas que nublaban la sabiduría intrínseca de mi cuerpo, que me inflamaban y dañaban mi microbiota y, con ello, la capacidad de sentirme bien. Un placer que duraba no más de diez minutos sembraba en mi cuerpo debilidad, malestar y todo aquello que antagoniza el placer real y sistémico.

Empecé a perder peso a pasos agigantados. En uno de mis diarios de esa época, escribí “Cada vez ocupo menos espacio” y, de alguna forma, lo que pretendía era desaparecer. Quise morir y sembré con tanta fuerza ese deseo en mis células que mi cuerpo colapsó. En medio del llanto me decía “Si voy a ser una mamá como la mía, nunca quiero ser madre”. Mis juicios hacia mi mamá y el rechazo que sentía por ella, que se expandía hacia todas las mujeres, se materializó en un absoluto adormecimiento de mi vientre.

Frente a lo visible, mis papás creyeron que tenía anorexia y, en medio de la desesperación, me llevaron a una psiquiatra. Sin ánimos de ofender a nadie, debo reconocer que la doctora me parecía un personaje bien extraño y tan o más loca que yo. Su propuesta de engordarme a como diera lugar no atendía las voces de mi alma, pero aun así accedí. Cuando su propuesta incluyó fármacos, una voz dentro de mí, que a pesar de todo seguía viva, me susurró “¡Huye!” y me negué a seguir el tratamiento. No tenía argumentos, pero algo en mí me dio la fuerza para buscar otras opciones. No tengo nada en contra de usar medicamentos cuando realmente apoyan un proceso. Pero, en este caso, y en muchos en los que nuestra prisa y deseo de inmediatez nos llevan a ignorar lo que nuestro cuerpo realmente necesita, un fármaco por sí solo no hace mucho más que reprimir, disimular o esconder las voces del alma expresadas en síntomas.

Uno de mis ángeles de la guarda, una mujer fantástica y mi figura favorita en mi linaje, apareció para salvarme. Mi tía Paty, seguramente preocupada porque para mi familia era evidente que yo no estaba nada bien, me llamó un día a decirme que un maestro de meditación y kriya yoga vendría a Colombia a dar un taller y me sugirió asistir. La verdad, en esa falta de motivación, no sé qué me impulsó a ir. ¿Habrá sido la Gracia Divina que nunca me ha soltado la mano? No lo sé. Solo sé que llegar allí se tradujo en reclamar de nuevo mi existencia en este plano.

Llegué al taller y me abrumó verme rodeada de gente. Me aterraba un poco, sobre todo porque sentía que todos los ojos estaban puestos en mí y mi flacura extrema. Me senté sin tener claridad de qué íbamos a hacer ni para qué; simplemente seguí las instrucciones. El swami era un hombre muy bello, con una presencia que irradiaba paz. Si bien mucho de lo que decía no era racionalmente entendible para mí, mi cuerpo se suavizó. Sin argumentos específicos, le dije a Pato que quería volver y él accedió a llevarme a las meditaciones semanales que uno de los discípulos del swami guiaba.

Algo se movió en mí y de repente sentí que mis ganas de morir se habían disipado. Volví a sonreír, a sentir amor por quienes me rodeaban, a vincularme con mi entorno con una nueva mirada y sentir.

Mi actitud se fue transformando, pero el impacto que tanta contracción dejó en mi salud física siguió acompañándome. Mi cuerpo expresaba todos los mensajes destructivos que por varios meses sembré en mí. Es claro que la enfermedad tiene un origen anterior a la materia. Es decir: para que haya una afección anatómica o fisiológica, tiene que ocurrir antes algo a nivel energético, emocional o comportamental. No quiero decir que debamos ignorar lo físico o asumir tratamientos exclusivamente basados en lo espiritual o energético, no. Cuando algo se ha materializado y es perceptible en la disfunción del cuerpo físico, es obvio que merece atención. Buscar el origen del malestar, darle espacio y orden a las emociones y creencias que lo sostienen es clave, mientras se atiende y cuida la estructura corporal de manera respetuosa y contundente.

Quiero invitarte a revisar tu cuerpo y a identificar las historias grabadas en él. Conecta con cada dolor, síntoma o diagnóstico médico que te acompaña. ¿Puedes reconocer la voz del alma que estos expresan? Date el permiso de ver y sentir más allá de lo que te han contado acerca de ti y sin pretender que algo sea distinto, trata de reconocer el poderoso mensaje que, a través de dolores o síntomas incómodos, tu sabio sistema busca comunicar.

Meses después de la separación, mis papás se reconciliaron, Pato volvió a la casa y, en ese momento, tal vez porque sentí que podía dejarme caer, mi cuerpo colapsó.

Visité médico tras médico, acupunturistas, homeópatas, chamanes, naturópatas y especialistas en diferentes sistemas. Y al final de cada tratamiento, todo me devolvía a un mismo lugar de frustración y desesperanza.

Fui un libro viviente de endocrinología, en el que coexistían desórdenes varios que se traducían en debilidad física, ausencia de mi menstruación, inflamación crónica de la panza, intolerancia a muchísimos alimentos, frío, mareos, entre otros. Me diagnosticaron hipotiroidismo, luego Síndrome de Ovario Poliquístico, resistencia a la insulina y, por último, colon irritable. Una suma de sentencias que se resumían en: “Debes tomar estos fármacos para siempre, usar anticonceptivos para simular una menstruación y aceptar que nunca vas a poder gestar sin intervención médica”.

Yo interpreté estas palabras como absoluta certeza. Las integré como propias y las hice parte de mi identidad.

Es realmente sorprendente la facilidad con la que muchas entregamos nuestra soberanía a otros, en nombre del cuidado o la responsabilidad. Yo agradezco con cada poro de mi piel el regalo de esa experiencia, en su momento tan dolorosa y frustrante, pues sé que fue gracias al aparente fracaso de cada tratamiento y a un profundo sentido de frustración que pude quebrarme en mil pedazos, para repararme en lo esencial y verdadero. Desde entonces, siempre me acompaña la certeza de que yo soy la fuente de mi sanación y que en mí habita la Sabiduría Perfecta para ordenar y vivir en armonía.

¿Eres consciente de la versión de tu historia que recreas en tu pensamiento, compartes y reconoces como real? Te invito a escribir tu historia, primero, bajo el lente de la víctima, desde la criatura desafortunada a la que le pasan cosas desastrosas o dolorosas sin entender por qué.

La mía era: “Fui abandonada, mi cuerpo fue maltratado. Ahora, por eso, me siento insegura y tengo miedo a las relaciones. Por errores médicos, soy infértil, lo cual me hace indigna de ser considerada una mujer…”.

En esta versión de mi historia, tenía argumentos que justificaban cada uno de mis patrones de conducta y formas en que me hacía daño. Mi responsabilidad era nula, pues no podía tomar acción para sanar y recrear una versión de mí que me sirviera y honrara mi ser luminoso.

Luego escribe esa misma historia, pero ahora con la voz y la mirada de la soberanía. Desde esa versión de ti que sabe recibir los obstáculos como oportunidades, para la expansión del Ser Consciente y Divino.

La mía va algo así: “La Divinidad usó a un médico que marcó mi andar y que contribuyó en mi primera gran iniciación, aquella que me ha permitido explorar el cuerpo de la mujer, para servir a muchas otras. La ausencia física de mi madre sembró en mí el deseo de buscar y conectar con la Madre Universal”.

Podemos ver nuestra vida como un castigo y, en ello, soltar el poder creador que nos ha sido entregado. O podemos también ser creadoras de nuestra experiencia, y recibir cada evento como una nueva oportunidad de aprendizaje y expansión.

LA INICIACIÓN AL SER MUJER

Mi menarca fue a los 14 años y no tuvo mayor impacto en mi cotidianidad. Sí sé que algo me sugería que, con mi sangre, una nueva versión de mí, de la niña que era, se transformaba. Mi mamá no tuvo historias empoderadoras que contarme acerca de la menstruación y me lo expuso siempre como un evento desafortunado, doloroso y difícil de llevar. De hecho, me decía “El día más feliz de mi vida fue cuando me sacaron la matriz”. Frase que sonaba un poco extraña y que, sin yo saberlo, sentenciaba inconscientemente mi percepción de lo femenino.

En otras culturas que tienen una visión matrística, esa primera menstruación es un ritual de paso que se celebra y reconoce como la llegada de una nueva mujer a la aldea.

Desde el punto de vista hormonal, lo que ocurre es fascinante: el diálogo entre el sistema nervioso central (hipotálamo e hipófisis) y el yoni1 empieza a establecerse. Se da por un estímulo en la glándula pineal, asociada energéticamente al sexto chakra o tercer ojo. Es algo así como si la mirada de la intuición, la Sabiduría Divina que desde adentro nos guía a todas, se expandiera para instaurar el ritmo del proceso creativo, adentro, en nuestro precioso vientre.

Yo me pregunto, ¿cómo sería recordar nuestro ciclo como una herramienta de poder y creatividad? ¿Cómo sería movernos de manera respetuosa con esos cambios que nuestro cuerpo expresa de una manera tan evidente?

Ver y asumir nuestra ciclicidad como un castigo o algo que nos obstaculiza el andar es negar nuestro superpoder. A veces, muchas para ser exacta, creo que el patriarcado, de manera muy eficiente, se encargó de desvincularnos del poder y la belleza de nuestro ciclo menstrual. Es claro que cuando nos movemos conectadas con lo que este nos revela, somos todopoderosas y eso al sistema instaurado no le hace bien.

Mi mamá nunca quiso hacerme ningún mal; todo lo contrario, desde su visión y experiencia dolorosa asociada a su menstruación, quiso advertirme a modo de protección. La información ni siquiera venía directa y exclusivamente de ella. Como mujeres, estamos conectadas a nuestro linaje familiar femenino. Guardamos en el vientre historias, acuerdos, memorias de dolor, trauma, abuso y violencia que vivieron nuestras antepasadas. Memorias que, si queremos, todas podemos sanar, ordenar y transformar a nuestro favor y en servicio de nuestras ancestras y de esa descendencia que, desde nuestro vientre, si lo así lo escogemos, florece.

En mi caso, el peso d

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