HOLA,
GRACIAS POR
ESTAR AQUÍ
Este libro tiene tres partes. La primera es donde quiero conectar contigo, compartirte partes de mi historia y donde comienza tu viaje con este libro; la segunda parte es un glosario de emociones en el que, de manera sencilla, te explico qué son las emociones, cómo se diferencian de los sentimientos y, además, hacemos un recorrido por las cinco emociones básicas y algunas de sus derivadas; y en la tercera encontrarás ejercicios prácticos de escritura y terapia del arte para conectar con algunas de las emociones que leíste en el libro.
A lo largo de estas páginas, verás códigos QR que podrás escanear para escuchar algunos episodios de Así Me Siento Podcast que complementan tu lectura.
Este es tu libro, así que te lo entrego con mucho amor para que sea tu compañero en este viaje hermoso que es sentir. Ráyalo, dibuja y escribe en él, subráyalo, compártelo.
Solo te pido que le abras tu corazón, que cada ejercicio lo hagas con honestidad y sin prejuicios para que sea aquí donde empiece este camino sin fin que es sentir y que cultives en cada página la conexión contigo.
PRÓLOGO
ASHLEY FRANGIE
Los Ángeles, California
Principios de la primavera del 2025
Hablar de las emociones suele ser complicado. Todo lo que nos atraviesa el cuerpo es complicado: el dolor, el amor, la apatía y lo que sentimos mientras caminamos esta vida tan compleja y bella.
Tenemos atajos para todo, tenemos maestrías en escapar de la vulnerabilidad que se necesita para que alguien te vea. Repetimos cientos, miles y millones de veces la respuesta automática a la que quizás sea la pregunta más común en la humanidad: “¿Cómo estás?”. “Bien, estoy bien, ¿y tú?”, aunque por dentro nos encontremos lejos de estarlo. Y rara vez se toma esta pregunta con la seriedad que requiere. Es, si lo piensas bien, una invitación a mirarnos, a detenernos. Pero, con el paso de la vida, decir “bien” nos ha salvado de mil y una conversaciones incómodas (a las que yo, personalmente, hasta hace poco les agarré el gusto). Esta pregunta también nos ha orillado a no cuestionar todo aquello que sentimos, a no comprender aquello que nos atraviesa y nos toca. Nos ha dejado imposibilitades de distinguir si es que estamos aburrides de nuestra pareja o si en realidad es una apatía que traemos colgada del pie por enojos mal acomodados.
No hemos comprendido que nuestro pasado se esconde en estas emociones y que si no logramos desenredarlas, sentarnos, mirarlas y abrazarlas, estamos destinades a perdernos de la guía y el gozo que es el sabernos la única especie conocida hasta el día de hoy que no solo siente, sino que sabe que siente.
Conocí a Juanjo por primera vez hace algunos años. Se sintió como si ya estuviéramos destinades a querernos. Me parece fascinante eso de la tecnología, que hace sentir cercanos hasta a quienes tenemos a más de 5 600 kilómetros de distancia. Kilómetros que separan la costa de California, en la que vivo, de la bellísima Bogotá, donde vive él. Pero nos unen un millón de aventuras juntes. Es un aliado de primera, el compañero que siempre quieres que te toque en tu equipo. Es al que le he aprendido que si se llega con el corazón en la mano a todo lo que se hace, pocas cosas pueden salir mal.
Desde que Juanjo entró a trabajar a nuestra compañía, Dudas Media, me he identificado muchas veces con él. Al acompañarlo en su proceso de formación como líder, hemos transitado de la mano lo difícil que puede ser sostenerse con firmeza y poner límites sin perder la ternura.
Me gusta pensar que gran parte del camino que hemos recorrido (tanto en lo personal como en lo profesional) se debe a que, desde hace algunos años, nos hemos dado a la tarea de separar, diferenciar y comprender las emociones de una manera distinta. Hemos tratado de crear contenido, espacios e información que dejen atrás ese “estoy bien” al que estamos acostumbrades y que nos permita sabernos atravesades por nuestras emociones.
Me gusta pensar en las emociones como aquello que colorea toda la vida.
¿Qué es un concierto sin euforia?
¿Qué es un beso sin deseo?
¿Cómo saldríamos adelante sin la panza llena de coraje?
¿Quién dejaría relaciones si no fuera por los límites que dibuja el enojo?
La vida sería lo que muches tememos: monótona y sin mucho que hacer. Si la nostalgia no llegara los domingos por la noche, ¿cómo te meterías en la cama? ¿Cuáles serían las playlists de mis roadtrips al norte si no fuera por la melancolía? Si no fuera por la tristeza, ¿qué sería de nosotres, del arte que creamos?¿En qué nos convertiríamos? ¿Qué haríamos? ¿A quién le escribiríamos? ¿Cómo pediríamos perdón? ¿Cómo diríamos “te extraño”?
Este libro es una invitación al lenguaje que hablas, al que habitas, el primero que conociste y el que morirá contigo, pegado al pecho.
Deseo que, entre todo, encuentres el valor de mirarte como eso: un cuerpo que siente. Y siente mucho. Recuerda que eres la única especie que es consciente de que siente; y que, además, se pregunta por qué siente, qué significa, de dónde viene, qué hacer con eso.
Nos miramos pronto,
Ashley Frangie
ESCORPIO
& EMOCIONAL
CÓMO EMPIEZA MI HISTORIA Y POR QUÉ HABLAR DE EMOCIONES
Llegué a este mundo el 25 de octubre de 1998 y desde entonces tengo el corazón latiendo en las manos y las emociones a flor de piel. Soy escorpio; no sé si crees mucho en los signos del zodíaco, pero se dice que es de los signos más intensos y emocionales. Supongo que eso tendrá algo que ver con mi forma de ser y cómo percibo el mundo. No lo sé.
Siempre fui un “niño emocional, rebelde y que grita mucho”; esto contaba la gente que me rodeaba mientras crecía, con un tono de reclamo y queja. Con el tiempo, decidí “comprarme” esos adjetivos y apropiarme de ellos, porque para mí no son negativos, y desde ese lugar he podido resignificarlos y entender que es ahí donde está mi fuerza.
Recuerdo sentir mucho desde pequeño: sentía que el corazón me latía con velocidad cuando algo me emocionaba y se me ponía la piel chinita cuando pensaba en mis sueños o lo que quería ser de grande. Recuerdo, también, que muchas veces me sentía como navegando un barco en mar abierto con una marea enfurecida que podía voltearme cuando algo me enojaba o, por el contrario, lo sentía suavecito, como si el barco y yo fuéramos grandes amigos que se abrazaban y se acompañaban.
Cuando pienso en cómo crecí y en mi infancia, se juntan dos emociones, que, aunque son de las más comunes, también son las más opuestas: la tristeza y el amor.
Por ahí dicen que antes de llegar al mundo escogemos a quién será nuestra madre y nuestro padre. Esto lo escuché por primera vez, cuando tenía once o doce años, de un profesor de Filosofía en el colegio, que además lo dijo en alemán, así que no sé si le entendí muy bien.
La idea de que yo escogí dónde nacer me parecía ilógica. En ese momento, eso no era una opción para mí; era un preadolescente con un mundo emocional interno complejo y me sentía muy enojado. Sin embargo, hoy ya no peleo tanto con esa idea y he podido darme cuenta de que por alguna razón escogí a mis padres… razón que hoy sigo buscando.
Crecí en una familia no tan numerosa, pero lo bastante grande para que no fuera sencillo acomodar los platos en una mesa. En cuanto a las emociones, no recuerdo que alguien se acercara a explicarme eso que estaba sintiendo, eso que con tanta fuerza tocaba a mi puerta para acompañarme. Lo que sí recuerdo es que cuando la tristeza me invadía, llegaban cuestionamientos como: “¿Por qué estás triste si lo tienes todo?”. Si llegaba el enojo, alguien me decía: “Ve a tu cuarto y no grites tanto”. Si llegaba la ansiedad, la frase por excelencia era: “¡Ay, qué ridiculez!”.
Así que, aunque no me acompañaron mucho a explorar el porqué, el cómo y el cuándo, sí me enseñaron a minimizar, negar y no transitar las emociones. Con el tiempo, y después de varios años de terapia, he podido entender que los adultos que me rodeaban estaban haciendo lo mejor que podían con los recursos emocionales que tenían. Y que, como yo, también eran torpes en su navegar emocional.
Cuando te digo que siempre he caminado la vida con el corazón y las emociones guiando mi andar, es cierto. Aunque por años intenté ocultarlos, era casi como tapar el sol con un dedo. Cuando la alegría me acompañaba, de verdad se hacía notar: me reía a carcajadas, corría de un lado a otro y hasta lágrimas felices se me escurrían por los ojos. Los días junto a mis primas, las tardes pintando con mi abuela, jugar solo, verme todos los conciertos de RBD mientras imaginaba ser uno de ellos en esos escenarios enormes, las tardes de los viernes con mi mejor amiga María José, cantar y crear eran cosas que me hacían sumamente feliz. Hoy también siguen siendo esos momentos sencillos, pequeños y que se guardan cerquita al corazón los que me hacen habitar la alegría.
La alegría puede llegar junto con otras emociones: el amor, la valentía y la confianza, por ejemplo. Con la alegría, viene el sentirme inspirado. Siempre he sido una persona que busca inspiración todo el tiempo, aquí y allá, para mí, para otros y para nadie. Me inspira entender cosas nuevas. También he encontrado inspiración en la vida de mi abuela Mary, en cómo caminó su vida y en todos los momentos que viví cerquita de ella, llenos de arte y pancito de la panadería de la esquina. Estas emociones son las que más se me ha facilitado sentir. Muy distinto a cuando la tristeza se sentaba en mi sala, ya que era de esas visitas que se vuelven ahogantes.
Para mí, la tristeza ha sido de las emociones más complejas de sentir desde pequeño y hasta hoy. Así como los ojos se me inundan de lágrimas, también el pecho. De pequeño, recuerdo que la conversación con la tristeza era un juicio en el que me reprochaba y me decía que “tenía todo para no sentirla”. Me sentía tan culpable, tan inadecuado.
Entonces, la tristeza se convertía en un baile esquivo: la siento por alguna razón, pero no debo sentirla porque, para las demás personas, no tengo motivos para estar triste. Con frecuencia, la tristeza venía a visitarme más de una vez al día, a la semana y al mes. Su visita era de esas que gritan tan fuerte que, junto con el ruido externo, no me permitían hablar. Este baile llegaba también con mucha culpa.
La culpa. Esta emoción que he sentido como una condena. Esta es una emoción tan compleja que, cuando llega, muchas veces se sienta en un sillón grande y su conversación es difícil de llevar. Esta emoción la sentía en cada célula del cuerpo, la sentía como un peso gigante en la espalda y abría la puerta a una espiral sin salida de cuestionamientos y reproches. Llegaba sintiéndose como un gran arrepentimiento por no cumplir con algo, por quizás no hacer algo que alguien quería que hiciera o, incluso, por sentir otras emociones. Con el tiempo y la edad, empezó a acompañarme hasta cuando me veía al espejo o me sentaba a comer.
¿Y el miedo? El miedo me ha acompañado siempre. Me tocaba a la puerta para decirme que no iba a ser amado, ni aceptado, ni exitoso o que simplemente no iba a poder ser. Aún lo hace.
Para mí, el miedo era eso que también debía guardar bajo la alfombra, no dejarlo ver mucho y tampoco nombrarlo. Era esa parte que me hacía sentir chiquito y menos valiente. El miedo me paralizó por años; no me dejaba moverme para ningún lado. Hoy puedo decirte que me muevo y hago todo a pesar del miedo.
De pequeño, tenía una pesadilla recurrente: iba junto a mi familia en un avión y en algún momento terminábamos en la turbina y moríamos como mueren los personajes principales en cualquier película de terror. Esta pesadilla era mi miedo al abandono gritando.
En mi adolescencia, vivía aterrorizado por no ser perfecto, por no llegar a ser a quien invitan a ser parte de algo o por no tener miles de amigos y amigas alrededor. Este era mi miedo a no pertenecer haciéndose notar.
Y así he venido descifrando todos los miedos que me han acompañado en la vida. Me gusta pensar que aunque camino con miedo, ya no lo alimento. Cuando vives el miedo en silencio, este sigue creciendo, así que he hecho un trabajo titánico en ser más vocal y ponerlo en el centro de la mesa. Ahí, teniéndolo ya afuera, lo puedo desmenuzar y entender sus mensajes, de dónde viene y cómo puedo acomodarlo mejor para que no interfiera en mi fluir.
De adolescente (y creo que hasta hoy), he sido una persona enojada y poco gentil, muchas veces conmigo y, otras, con la vida y con los míos. El enojo es una emoción que llega con mucha intensidad, que tiene mala fama, que creemos que cuando aparece romperemos todo lo que tenemos alrededor. Pero, para mí, tiene uno de los mensajes más necesarios en la vida e incluso puede ser de las emociones que más nos aman.
El enojo viene a ayudarnos a establecer y mantener límites personales en torno a cosas o ideas que valoramos; es decir, nos señala qué es importante para nosotros y nosotras y nos muestra eso que ya no está funcionando en nuestra vida. Busca que, al crear estos límites, siempre te sientas amado o amada, incluido o incluida y valorado o valorada por tu gente. Con frecuencia, se me ha dificultado poner límites, especialmente de pequeño. Por miedo a la confrontación, poco marcaba la raya con algunos amigos, amigas y familia que la habían sobrepasado.
En mi camino para entender mis emociones, he seguido y leído a Karla McLaren, una de las educadoras e investigadoras de las emociones más importantes de la actualidad, quien dice que las emociones tienen niveles y que es importante entender esos niveles para identificar las emociones a tiempo y navegarlas de manera sana. En ciertas situaciones, el enojo se sentaba en mi sala, en una silla pequeña, buscando mi atención, y como no lo volteaba a ver, se sentaba en un sillón un poco más grande hasta que terminaba sentado casi encima mío y entregándome su mensaje con estruendos.
Por años, intenté evadir el enojo por la manera en que lo vivía y lo veía a mi alrededor. Mi papá ha sido una persona explosiva y eso me hizo notar cómo afuera lo amaban o lo odiaban por su carácter. Ver esto me limitó profundamente y me enseñó un camino que yo no quería para mí. En casa, recuerdo que cuando mi hermano y yo teníamos problemas en la escuela, nuestro mayor miedo era esperar a que papá llegara a las siete y treinta de la noche, pues sabíamos cómo explotaría.
Entonces, para mí, el universo del enojo era destrozar el mundo, gritar a todo pulmón y ser el creador de un relato de terror. Por eso, era una de las emociones que no me permitía sentir o navegar.
Pero no todas las emociones se sienten como si fueran a explotar hacia afuera. Hay unas que nos inundan por dentro, que hacen nido en el pecho y aprietan tanto que nos quedamos sin aire.
La ansiedad es mi vieja amiga. Me ha acompañado por años y puedo ver su rastro. Hemos tenido muchas conversaciones; algunas veces me ha roto sueños y proyectos, y otras veces he podido conciliar con ella. Sin duda, la ansiedad me ha llevado a lugares de mucho dolor y poca luz de mi vida.
Creo que esta emoción no solo es la que siento con más regularidad, sino la que me visita con más intensidad. Esta hace que el corazón se me acelere, que me empiecen a sudar las manos, que se me paralicen los pies, que respire más rápido y que sienta un nudo en la garganta que muchas veces no me permite pedir ayuda. Tiene la capacidad de crear cientos y miles de posibles escenarios para cada situación y tiende a irse por los más dolorosos y fatalistas.
Mientras crecía, la ansiedad fue regalándome sus mensajes poco a poco, pero, por estar huyendo de ella y tratando de bajarme de la ola en la que me subía con rapidez, no los escuchaba. Con los años, nos hemos hecho amigos y ahora soy un mejor anfitrión cuando ella llega a tocar mi puerta.
Otra emoción que me ha acompañado por años ha sido la vergüenza. Al crecer, me di cuenta de que era diferente: tenía un cuerpo distinto, otros gustos, otra forma de sentir el mundo e incluso una manera diferente de vivir mi masculinidad. No me di cuenta de esto solo, sino que muchas personas se encargaron de hacérmelo saber.
Esta necesidad insana de reprochar lo diferente, característico de la época de los años dos mil, me dejó a un lado. A mi hermano mayor (con siete años de diferencia) le gustaban las motos, era el clásico deportista y tenía habilidades extraordinarias en la música. Además, gozaba de ser popular en el colegio y era delgado, característica que parecía vital para ser alguien cool en ese entonces. Y yo… pues era un poco más “grande”, como lo decían las personas intentando no ser más violentas al opinar de mi cuerpo. Comentarios así, como tener el cuerpo más “grande” u otros que decían que no parecíamos ni familia, marcaron la diferencia, mostrándome como válido el cuerpo de mi hermano y el mío como erróneo. No fui el mejor deportista en el colegio e incluso mi creatividad fue la mejor aliada para inventar mil maneras de no estar en la clase de Educación Física. Era tal la inconformidad con mi cuerpo que me angustiaba el hecho de moverlo y que las demás personas lo vieran. No fui muy bueno en la música y no pude tocar guitarra; eso de coordinar ambas manos y seis cuerdas era un reto incomprensible para mí. Solo cantaba, y eso, al parecer, era de “niñas” o de “maricas”. No fui el más popular, pero tampoco tuve problemas para socializar; sin embargo, no era el que más amigos y amigas tenía en Facebook (como se medía la popularidad en esos momentos).
La vergüenza es esta emoción que llega cuando sentimos que el ser que somos está def
