Confesiones

Henry Marsh

Fragmento

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Para William, Sarah, Katharine e Iris

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Ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente.

FRANÇOIS DE LA ROCHEFOUCAULD

En lo que dependa de nosotros, hay que tener siempre las botas calzadas y estar dispuesto a partir...

MICHEL DE MONTAIGNE

La medicina es la ciencia de la incertidumbre y el arte de la probabilidad...

SIR WILLIAM OSLER

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Prólogo

Suelo bromear con que mi posesión más preciada, la que más valoro entre todas mis herramientas y libros, y entre todos los cuadros y antigüedades que heredé de mi familia, es mi botiquín de suicidio, que guardo escondido en casa. Consiste en una serie de fármacos que he ido reuniendo a lo largo de los años, aunque no sé si harán efecto todavía, porque venían sin fecha de caducidad. Sería un poco embarazoso despertarme en cuidados intensivos tras un intento de suicidio fallido, o verme sometido a un lavado de estómago en Urgencias. El personal hospitalario a menudo contempla con desdén o suficiencia a quienes intentan suicidarse, como si hubiesen fracasado tanto a la hora de vivir como a la de morir y fueran responsables de su propia desgracia.

En mis inicios como médico residente, antes de empezar a especializarme en neurocirugía, hubo una joven a quien salvaron de una sobredosis de barbitúricos. Había tomado la decisión de morir tras una aventura amorosa fallida, pero una amiga la encontró inconsciente y la llevó al hospital, donde fue ingresada en la UCI y conectada a un equipo de ventilación asistida durante veinticuatro horas. Después la trasladaron a la sala en que yo ejercía de residente de primer año —el grado más bajo de médico hospitalario—, donde empezó a despertar. Observé cómo recobraba la conciencia y volvía a la vida, sorprendida y desconcertada al principio por seguir ahí, y luego no muy segura de querer regresar al mundo de los vivos. Recuerdo haberme sentado en el borde de su cama para hablar con ella. Estaba muy delgada, era claramente anoréxica. Su cabello corto y de tono caoba se veía apelmazado y despeinado tras un día en coma y enchufada a un ventilador. Sentada y con la barbilla apoyada en las rodillas dobladas bajo la sábana, parecía tranquila. Quizá siguiera bajo los efectos de la sobredosis, o tal vez tuviera la sensación de que ahí, en el hospital, se hallaba en el limbo entre cielo e infierno, como si le hubieran concedido una breve tregua a su infelicidad. Trabamos cierta amistad durante los dos días que pasó allí, antes de que la trasladaran para ponerla al cuidado de los psiquiatras. Resultó que teníamos conocidos comunes de nuestro pasado en Oxford, pero después le perdí la pista.

Debo admitir que no estoy nada convencido de que me atreva a utilizar los fármacos de mi botiquín de suicidio cuando me vea ante los síntomas tempranos de la demencia —algo que puede suceder pronto—, o si desarrollo alguna enfermedad incurable, como uno de esos tumores malignos con los que estoy tan familiarizado por mi trabajo como neurocirujano. Cuando te sientes bien y en forma, es relativamente fácil abrigar la fantasía de morir con dignidad quitándote la vida, puesto que la muerte es todavía algo remoto. Si no muero de repente, de un accidente cerebrovascular o un ataque al corazón, o porque me atropellan yendo en bicicleta, no puedo predecir cuáles serán mis sentimientos cuando sepa que mi vida toca a su fin, un fin que bien podría ser penoso y degradante. Como médico que soy, no me hago ilusiones. Pero no me sorprendería demasiado que empezara a aferrarme desesperadamente a la poca vida que me quedara. Al parecer, en los países donde el llamado «suicidio asistido» está legalizado, mucha gente que padece una enfermedad terminal, pese a haber expresado su voluntad de morir sin sufrir, llegado el momento no se decide por esa opción. Quizá sólo querían verse reconfortados por la idea de que, si el final resultaba particularmente desagradable, podrían acelerarlo y pasar sus últimos días en paz. Pero también podría deberse al hecho de que, cuando se aproxima la muerte, empezamos a albergar la esperanza de que aún pueda existir un futuro. Desarrollamos lo que los psicólogos llaman «disonancia cognitiva», que nos hace abrigar pensamientos totalmente contradictorios. Una parte de nosotros sabe y acepta que nos estamos muriendo, pero otra siente y cree que todavía tenemos un futuro. Es como si nuestros cerebros llevaran integrada la esperanza, al menos en una parte.

A medida que se aproxima la muerte, nuestra identidad puede empezar a desintegrarse. Algunos psicólogos y filósofos mantienen que esa identidad, ese sentirnos individuos con la libert

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