Soy Adriana Eslava

Adriana Eslava

Fragmento

Soy Adriana Eslava

3.
Efecto mariposa

Un día cualquiera, hace poco, vi El efecto mariposa, en la que el protagonista viaja en el tiempo, hacia su infancia, para cambiar el curso de su dolorosa historia. Con esta película, entendí que todo lo que había pasado en mi vida había sido PERFECTO; que no importaba la imperfección de aquellos con quienes compartía mi tiempo, ni la maldad que debí enfrentar, ni los egos, ni las envidias, ni mis propias debilidades y equivocaciones. ¡Todo ocurrió de manera adecuada para que llegara ese día! Tan solo habían pasado veintitrés años y nueve meses desde el momento en que nací.

Mi primer contacto con los medios de comunicación fue a las pocas horas de nacida, pues algún reportero decidió que el país quería y debía oír en primicia el llanto de la hija de mi padre y de mi madre. Con esa motivación, una de las religiosas del hospital en el que nací —el San Rafael, de la ciudad de Ibagué— me pellizcó, para que ese hoy colega tuviera su exclusiva. Por fortuna, nunca tuve, ni tengo, recuerdo de ello; de lo contrario, mi apertura de corazón hacia la Iglesia católica seguramente no hubiera sido la misma.

Ser fotografiada por reporteros y objeto de publicaciones acerca de nuestro bello hogar fue lo que obtuve en los inicios de mi vida. Quizá por eso decidí NO SER FAMOSA; sabía que lo que se publicaba distaba mucho de la realidad, y que se contaban historias de cuentos de hadas que la gente esperaba que sucedieran, aunque nunca a ellos mismos.

Nací rodeada de todo lo que las personas creen importante: fama, dinero, belleza, éxito… los privilegios del universo. Pero nada de esto significó mucho cuando empezó en mi vida el primer caos, cuatro años después de llegar al mundo, con la destrucción de ese intento de familia… Digo intento porque estoy segura de que mi padre y mi madre lo deseaban y lo intentaron, solo que no estaban preparados y, muchas veces, toma media existencia entenderlo.

Sí, mis padres se separaron antes de que yo cumpliera los tres años, cuando mi hermanito contaba con tan solo diez meses de edad. Fue en la década de los sesenta, en Bogotá, cuando eso, sencillamente, aún no sucedía. Creo que durante los primeros años fui la única niña de mi colegio con esta situación.

Tal vez desde entonces, la vida misma me fue preparando para aceptarme y sentirme cómoda siendo diferente.

Eran las dos de la tarde y debía apresurarme a almorzar algo antes de ir a la prueba de un comercial de televisión, cuyo eslogan era “El rostro perfecto”. Aunque yo no buscaba ese tipo de trabajos, debo reconocer que aparecer en una que otra propaganda les ayudaba mucho a mis cuadres de caja; tenía muchas obligaciones y pocas fuentes de ingresos.

Salí de la oficina de arquitectos donde trabajaba como diseñadora y decoradora, y con uno de mis compañeros nos fuimos en mi carro al sitio del corrientazo (almuerzos caseros de restaurantes populares), donde ellos comían; de camino hacia allí nos cruzamos con otros que venían ya de regreso.

“Como no nos esperaron, voy a invitar a Guillermo a almorzar a Pajares Salinas”, les reclamé. Este ha sido, desde 1953, en Bogotá, la mejor expresión de la gastronomía española: un restaurante emblemático, y por siempre el mejor.

Entre risas continuamos el camino, hasta que mi compañero me dijo: “¡Es aquí!”.

Tenía un Renault 4 rojo, cuya placa empezaba con las letras “ALE”; justamente por ese motivo lo compré, pues parecía venir marcado para mí, con mis iniciales. Como era la primera vez que iba, tuve que dar un fuerte giro para parquear en el sitio y me encontré de frente, a muy corta distancia, con dos hombres en una moto; uno de ellos, el “parrillero”, tenía una pistola en la mano, me apuntó y disparó.

Solo recuerdo que se me vino a la mente un evento que había sucedido hacía poco, en el restaurante de un amigo, donde unos sicarios entraron y les dispararon a varias personas. Pensé que debía quedarme muy quieta, como si estuviera muerta… Sí, esa era la aterradora realidad con la cual nos había tocado convivir a los colombianos en los años ochenta.

Aún dentro del carro, cuando oí que la moto se había alejado lo suficiente, me senté de nuevo y pedí que me ayudaran. ¡No veía! O, mejor dicho, ¡veía muy poco!

Al tocar mi cara sentí un orificio en el pómulo derecho; deduje que, por el impacto de la bala, la inflamación me impedía abrir ese ojo, y que el izquierdo había sido lesionado por la explosión del vidrio, ya que el proyectil entró a través de la ventana.

El disparo estaba dirigido a mi sien izquierda. Pero estos carros, llamados el “amigo fiel”, tenían una particularidad: para abrir la puerta del conductor, era necesario girar la cabeza, el tronco y la mano derecha hacia la izquierda. Es por esto que la bala entró por el ángulo interno del ojo derecho y salió por el temporal del mismo lado, y al mismo tiempo destruyó el párpado, el globo ocular y la cavidad misma.

Les pedí a mis compañeros que me llevaran a la clínica, me deslicé a la silla del copiloto, y uno de ellos tomó el volante rumbo a la Fundación Santa Fe, la misma institución donde, hacía tan solo tres meses, mi padre había pasado sus últimos veintisiete días de vida… ¡Un lugar que me resultaba muy familiar!

Soy Adriana Eslava

4.
Teletón

En 1980 se realizó en Bogotá la primera Teletón en Colombia; precisamente el 5 y 6 de diciembre, fecha en la que estaba graduándome del Colegio San Patricio, por lo que creo que pasó desapercibida en mi vida.

Pero un año después no sucedió lo mismo. Recuerdo la noche final de esa maratón de amor y solidaridad, en la que se daba a conocer la necesidad de tantos compatriotas que no se podían mover por sí mismos y debían recurrir a una silla de ruedas. En aquella época no existía seguridad social obligatoria en Colombia; solo recibían tratamiento aquellos que tenían capacidad adquisitiva, o quienes estaban afiliados al Seguro Social. Un porcentaje mínimo de la población.

En ese especial de televisión que animaba y gestionaba Carlos Pinzón (1927-2020), con frecuencia informaban que aquellos que quisieran contribuir con la Teletón podían llamar a un número telefónico, y una compañía de taxis enviaría un carro a recoger la donación; pero yo, en ese tiempo, era estudiante de Diseño de Jardines y Paisajismo, y casi no contaba con dinero extra. Lo hablé con mi vecina, Pilar Gartner, que tenía la misma preocupación: “Mija, por tan poco dinero, ¡da vergüenza llamar!”, me contestó.

Uniendo lo de las dos y pidiendo en nuestras casas un poco más sí valdría la pena la llamada, pero decidimos tocar también las puertas de los apartamentos del edificio donde vivíamos. Solucionamos así lo que a muchos también les estaba sucediendo: “Quiero ayudar, pero no me le mido a llamar”.

Fue tan buena la respuesta en nuestro edificio que seguimos con el de al lado. Vaciamos y sellamos con esparadrapo el botiquín familiar, le abrimos un orificio y lo convertimos en una alcancía, ¡la primera y única de la Teletón! Esa alcancía salió junto con nosotras dos para conseguir lo que, con certeza, muchos más vecinos querrían aportar.

La noche pasaba, la gente respondía y nos animaba en nuestra iniciativa. Incluso nos enfrentamos con un tropiezo:

—¿A nombre de quién hago el cheque? —nos dijo Marielita González de Bravo (†2018), la fundadora y rectora del Liceo Boston, un buen colegio de Bogotá, fundado en 1959. ¡Nunca nos imaginamos que nos fueran a dar un cheque!

—A favor del portador y cruzado —respondimos. Sabíamos que todo debía ser entregado en el banco e imaginamos que esta era la forma correcta de hacerlo.

Nuestra campaña pro-Teletón fue un éxito. Por eso, llamé a Jorge Borda —mi mejor amigo, que en realidad era como un hermano para mí— a preguntarle si tenía carro y podía pasar a recogerme urgentemente. Llegó volando, creyendo que había sucedido algo grave, ya que en este momento todavía no existían los celulares, así que no se podía comunicar conmigo para tener claridad de la situación.

“No, tranquilo, no es nada grave, pero sí urgente: quedan tan solo dos horas y todavía hay muchos lugares donde recoger donaciones”, le dije cuando lo vi.

Recorrimos los mejores restaurantes de los barrios La Cabrera y el Antiguo Country, cerca de nuestro edificio, y la respuesta fue bastante motivadora.

Al acercarse la hora de cierre —medianoche—, entregamos la alcancía en una oficina bancaria. ¡Habíamos recogido un gran monto! Pero antes de cerrarla salí corriendo a un bar que estaba cruzando la calle, donde pedí la cifra exacta que necesitábamos para llegar a un número cerrado, nuestra meta personal, ¡y lo logramos! Tanto en mi primer aporte a Teletón como en los demás que he realizado en mi vida, siempre he estado rodeada de seres especiales.

Años después entregaría ese recibo de consignación como sustento de mi historia al alma de Teletón, Alfonso Corredor (†2008). Sería él, el inolvidable Alfonso, quien con los dineros que entregaba Carlos Pinzón (†2020) en su programa de televisión, siempre patrocinado por la programadora RTI, logró hacer la Clínica Teletón, donde, por mucho tiempo, prestaron servicios sin el amparo de la Ley 100, que tenía como función regular el acceso al servicio de salud y garantizar a la población el amparo en la vejez y la invalidez, entre otras. La Clínica Teletón funcionaba sin auxilios estatales, únicamente con los recursos que año tras año se conseguían en esas horas de solidaridad y generosidad de Carlos, su equipo, y de Fernando Gómez Agudelo, presidente de RTI.

En 1997, al privatizar la televisión, se diluyó el ejercicio de transformar a los colombianos en gente más solidaria. ¡Cuán necesaria se hace siempre esta iniciativa! Sobre todo en un país en el que la guerrilla sembró miles de minas antipersona, de las que campesinos, militares y policías siguen siendo víctimas hasta hoy, en esta forma de guerra tan inhumana.

Sentada en la silla del copiloto de mi Renault 4, tocaba mi cara y sentía una perforación en mi pómulo derecho. Era lógico, la bala debía haber penetrado por allí, pero mi preocupación se centraba en el orificio de salida. Pensaba, con seguridad, que la bala estaba alojada en el cerebro, y supuse que podría quedar, por ejemplo, en silla de ruedas. Era un pensamiento absurdo, pero creo que, para entonces, en mi mente la situación más difícil de afrontar podría ser esa; de ahí, la deducción poco lógica.

Y entonces vino a mi mente Jairo Clopatofsky. Imagina —o recuerda, si vivías en Colombia en los años ochenta—: sonaba la melodía “I Like to Live in America”, de Rubén Blades, como fondo para las imágenes de unos pies y unas piernas llenos de fuerza, que marcaban los acordes. El grupo de bailarines expresaba vida por medio de sus movimientos, y todo sucedía gracias a las notas musicales que salían de un piano interpretado por un joven, que, al terminar, cerraba la tapa del piano y se retiraba en silla de ruedas. Era el comercial de la Teletón.

Ese pianista no era pianista, pero sí usaba una silla de ruedas.

Jairo era entonces un joven marino, de familia de militares, que sufrió un accidente y, a causa de la equivocada asistencia que le dieron, al hacerlo permanecer sentado en una butaca en un centro hospitalario de tercer nivel, le causaron una lesión medular irrecuperable. Él era el protagonista de ese comercial, y su actitud, la de un ser que era capaz de mover masas.

En aquel tiempo, en Bogotá, podías llegar a un bar o a una discoteca y encontrar a la entrada una silla de ruedas; era la confirmación de que Jairo estaría dentro, con su caminador. Allí, bailando con todo lo que en su cuerpo se pudiera mover, nos daba a los demás un mensaje que tal vez no entenderíamos hasta que no nos viéramos enfrentados a una situación similar.

Su fuerza lo llevaría a convertirse en líder de las personas con discapacidad y llegaría al Senado de la República, durante varios períodos, hasta que sus seguidores estuvieron convencidos de que triunfaría y no necesitaría sus votos, y fue esta seguridad la que lo hizo quedar fuera.

Por esto, rumbo al hospital, pensé: “Si Jairo lo hizo, ¡yo también podré hacerlo!”.

Él me había enseñado semejante lección con el simple hecho de existir, de haberse atrevido a ir adonde nadie lo había hecho: espacios absolutamente incómodos, por ser poco amigables con la discapacidad. Pero él rompió esas barreras y, con su esfuerzo, nos marcó el alma a muchos y nos dio el valor para enfrentar y encarar dificultades o tragedias.

En esos momentos no nos conocíamos, pero es posible que nos hayamos saludado algunas de esas noches de fiesta. Con el tiempo, la vida me permitió acompañarlo en varios de sus eventos políticos como presentadora; era mi manera de agradecerle lo que había hecho por mí, sin saberlo.

Ahora, al escribirlo, no tengo claro si alguna vez le conté cuán importante había sido su ejemplo para mí en esos momentos de dudas e incertidumbres; él fue esa fuente de esperanza que trazaría mi camino. Que este sea el momento de decirte: ¡Gracias, Jairo! ¡Estuviste allí y me diste fuerza! Fuiste la primera referencia que tuve de alguien que sabía afrontar la calamidad de esa manera y triunfar. ¡Dios te bendiga!

Soy Adriana Eslava

5.
Camino a la clínica

La dueña del restaurante frente al cual había recibido los tiros me pasó, creo, un trapo para que pudiera secarme la sangre y taparme. Camino a la clínica, cuando sentía que había congestión en el tráfico, descubría mi cara para asustar a los vecinos y que nos dejaran pasar; ¡me imagino que estaba horrorosa!

Aquel día, por casualidad, había sacado la joyería completa: me había puesto mis cadenas, pulseras y anillos, todo lo que tenía de valor, que no era mucho, pero era mi “fortuna personal”. Con la calma que extraordinariamente experimentaba, en el trayecto a la clínica metí los anillos en el reloj, lo cerré, se lo entregué a mi compañero que estaba manejando, y las cadenas y pulseras las puse en el bolsillo de mi falda; una falda que había mandado a hacer, muy amplia, larga y de bolsillos profundos. Era como un uniforme privado que había asumido para trabajar.

De pronto, escuché que alguien le decía a mi compañero:

—Señor, esta es la entrada para cirugía ambulatoria.

¡No podía ser! Se había equivocado y nos habíamos pasado de la entrada a la clínica. Ahí perdí la calma autoimpuesta y le dije:

—La entrada era atrás, ¡métete en reversa que me muero! —No me importaba que tuviera que tomar en contravía la carrera Séptima, una de las más importantes y congestionadas de la ciudad, pues yo en realidad ya había llegado al punto límite.

Cuando por fin llegamos y me recibieron, oí muchas voces. Me preguntaron qué había sucedido: “Creo que me le cerré a una moto y el señor se molestó y me disparó”.

¡Era la única explicación posible para lo que estaba viviendo! Parece increíble, pero historias como esta se escuchaban con alguna regularidad en aquella época en el país. Con el tiempo entendimos que esa era la forma en que los sicarios (personas contratadas por otros para asesinar) se iniciaban, escogiendo personas al azar, para obtener su “licencia”. El narcotráfico había promovido esa escuela masiva de sicarios, y todos los colombianos éramos posibles blancos.

En medio de todo esto, recuerdo que me preguntaron mi nombre y el de mis padres. “Debo estar irreconocible”, pensé. Tan solo tres meses atrás había pasado por ese lugar durante veintiocho días, pues precisamente por allí me había visto obligada a entrar a la clínica para estar con mi papá por fuera del horario de visitas, mientras él agonizaba. Además, por tratarse del cariño y de la admiración que él suscitaba, y por lo especial de la circunstancia, la gente era muy amable y cariñosa… ¡pero ahora nadie me reconocía! Fue entonces cuando, por primera vez en mi vida, dije esta frase: “¿Cómo?, ¿no me reconocen? Yo soy Adriana, ¡la hija de Pepe Cáceres!”.

A partir de esa frase, en la clínica se creó toda una situación. Los médicos, que habían estado muy impactados por el proceso de mi papá, no podían creer que, en tan corto tiempo, llegara otro miembro de la misma familia, y menos en esa condición tan inexplicable y absurda.

Por cierto, las joyas que llevaba en la falda desaparecieron, junto con mi ojo.

Soy Adriana Eslava

6.
Mi padre

A mi padre realmente no lo conocí en vida, pero he tratado de hacerlo en estos años, cuando nadie se interpone, ni siquiera él mismo.

Ser su hija fue muy doloroso, pues como toda hija, el sentimiento hacia el padre puedo resumirlo como un amor inmenso, porque así lo mandan la carne, el alma y la razón, sumado a una gran admiración, siempre alimentada por mi madre.

Tan solo tenía tres años cuando ellos tomaron la decisión de acabar con nuestra familia; sí, suena duro, pero esa es la única realidad que sucede cuando una pareja escoge separarse. Y haberlo hecho en el tiempo en que eso no ocurría, fue aún más doloroso y difícil de afrontar, de vivir, de entender, porque, a lo largo de la vida, las personas que llegaron tampoco sabían cómo actuar, y lo más sencillo era tratar de borrar el pasado.

El hecho de que él fuera famoso hacía que yo supiera sobre él, sin tener mayor contacto; veía la ciudad empapelada de carteles con su fotografía, que anunciaban la temporada taurina que se avecinaba.

Todo esto deja heridas profundas en el alma que, por supervivencia, borré de mi memoria.

En estos años de tratar de descubrirlo —los mismos que llevo con mi inseparable parche—, un día me pidieron describirlo para una revista taurina, y así lo hice, el 20 de julio del 2007:

Hablarle hoy a una generación que difícilmente entiende lo que es el mundo del toro y hacerlo sobre un hombre que entregó su vida en una pequeña plaza, aun cuando era la máxima figura… no es tarea fácil.

¿Cómo explicar en pleno siglo XXI que existe un arte donde la pasión es el cimiento en el cual la fuerza bruta de una bestia se entreteje, en un lenguaje único, con los silencios de un hombre que busca descifrar, entender, enamorar y llevarla a la gloria, siendo rodeados por un público que es tan solo un espectador de esa intimidad irrepetible, inquebrantable y mítica?

Y trataré de hacerlo porque quienes venimos con estos genes en el cuerpo, tarde o temprano nos mueven el alma y nos vemos en el compromiso de hacer entender que, más allá de un simple espectáculo, brutal para algunos, es una forma de expresión del arte, de sacar en un ruedo lo que otros en un papel, en un lienzo o en una partitura.

Ser torero es ser de una casta distinta… Poder vestir como el más delicado de los bailarines y tener el valor del más grande guerrero, pero a la vez poseer la inteligencia de un sabio para entender, a través de una mirada, la realidad del encaste que espera tenga su mejor amigo: el toro.

Un torero es distinto, porque todo ser humano le huye a la muerte, pero él no. Él juega con la muerte, para amar la vida. La muerte es su constante, su compañera, el peligro es su lenguaje; y es que ese llamado lo lleva muy dentro, y nada diferente a estar frente a un toro es capaz de acallarlo. No es el peligro por sí mismo, es el resultado de enfrentar a un animal de 500 kilos único e irrepetible, al cual, ante todo y sobre todo, se le respeta, se le ama y se busca inmortalizar.

Porque la lidia es eso, un acople perfecto; es poder descifrar el torero, los genes que cuidadosamente por generaciones ha buscado el ganadero, para en unos pocos minutos permitir que esa casta, la del toro y la del torero, transforme una lucha irracional en un diálogo perfecto, una perfecta armonía, uno solo, toro y torero…

Y difícilmente podría conocer a un hombre con tanta pasión por este mundo como lo fue mi padre, Pepe Cáceres.

Un gran soñador que, siendo muy niño, en las calles empedradas de Honda, imaginó torear en España y lo logró: en la Real Maestranza de Caballería en Sevilla, por primera vez un torero colombiano tomó la alternativa.

Con la suficiente tenacidad como para entablillar sus infantiles piernas para que no se doblaran sus rodillas y poder permanecer frente al toro, aprendiendo a dominarse a sí mismo y venciendo sus miedos.

Dueño de una elegancia, señorío y gallardía que despertaban admiración y respeto por donde pasaba, dentro y fuera de los ruedos; con un corazón generoso que siempre estuvo presto a torear para ayudar a trasformar realidades económicas dolorosas de quienes buscaban su apoyo; con una disciplina férrea, que le permitió a los 53 años un estado físico solo comparable con el de un joven soldado que se prepara para la guerra; con la honestidad suficiente para vestirse de luces por última vez, con el mismo compromiso, ilusión y entrega que cuando lo hizo como novillero; con el desprendimiento suficiente para enseñar a los que venían atrás todo lo que con sangre, lágrimas y cornadas él había aprendido…

Un creador, porque a fuerza de muchas horas de tener el capote entre sus manos, de acariciarlo, de dominarlo, de fundirse en él siendo uno solo, gestó lo que únicamente un maestro es capaz: crear donde al parecer ya todo está creado; así nació La Cacerina, el lance del Maestro de América.

Y ese, José Humberto Eslava Cáceres, fue mi padre.

Sí, aprendí a admirarlo como profesional, como apasionado por el mundo del toro, su verdadera vocación, por su amor a la tauromaquia. Pero también como un hombre solidario, sensible, que amó sus raíces; de allí que, en otra oportunidad, me pidieron que escribiera algo para la edición especial de un periódico sobre el Tolima, departamento donde queda Honda, la ciudad en la que nació papá, o Pepe, como le dije de niña. Aquí lo comparto:

Pepe Cáceres y el Tolima

El ser hija de tolimenses y por ende serlo, cuando escucho “canta el alma de mi raza, en el bunde de Castilla”, que es el inicio del Bunde Tolimense, aquel que no oímos sentados, ni mucho menos bailamos, aquel que se siente y se canta de pie, hace que se acelere mi corazón y se llene de lágrimas mi alma.

Esas mismas notas acompañaron a mi padre tarde a tarde en las plazas de toros cuando, con una mirada autoritaria a la presidencia, pedía el cambio, ya no de tercio, sino de música; porque contrario a lo que rige la norma universal de acompañar una faena con los aires españoles, él impuso los melancólicos aires del bunde, pero solo cuando en su sangre sentía que podía entregar todo lo que su alma contenía: ese amor incomprensible y desbordado por el toro, ese respeto y gratitud hacia el público, esa razón de vida y muerte, su arte…

José Humberto Eslava Cáceres fue siempre tolimense; nació en Honda y en el barrio Bogotá empezó a soñar con poder ser torero, con llenar plazas, con ser figura. Ese niño que cambió el calor de las riberas del Magdalena por el frío melancólico de la ciudad encumbrada que lo acogió, lo acompañó y lo inmortalizó como figura, Manizales. La plaza que lo tiene plasmado en cada rincón y en su catedral reposan sus cenizas.

Pero el amor por sus raíces nunca se debilitó y su lucha por llevar la afición a la tierra que lo vio nacer hizo que transformara, lo que sería un coliseo, en la única plaza que llevaría el nombre de un torero vivo, la “Plaza de Toros de Ibagué - Pepe Cáceres”. Porque fue también allí, en las montañas de Anaime, corregimiento de Cajamarca, donde crio su ganadería “Campo Pequeño”.

Pasaría gran parte de su vida buscando lograr unos ejemplares que pudieran ser el resultado de su conocimiento, mezclado con una gran exigencia y toda su pasión. Y por ello no era fácil que sobrevivieran muchas de las becerras que eran tentadas…

Pero especialmente en noviembre del 85, cuando guiado más por el corazón que por la razón sacrificó a muchas de las que pudieron ser madres de los toros indultados para convertirlas en alimento que calmara el hambre de los miembros de la fuerza pública, rescatistas y sobrevivientes de la tragedia de Armero. Porque Pepe, sobre todo, tenía un corazón de Tolimense, un corazón “colombiano”…

Y también allí se enamoró de una mujer, la reina del Tolima, Reina Nacional del Folclor, reina de reinas y la primera tolimense que representó a Colombia en Miss Universo, Olga Lucía Botero Orozco. Fue su primera esposa y mi madre.

En la Plaza Murillo Toro, frente a la Catedral, se vivió ¡un matrimonio de ensueño! La gente aún recuerda lo que significó para el Tolima esta unión; eran dos de las figuras públicas más queridas por ese entonces en el país y ambos regresaban llenos de triunfos, que enorgullecían especialmente a los tolimenses.

Por haber nacido mi madre en Bogotá y sintiendo una deuda de gratitud hacia el Tolima, luego de haber vivido ocho meses de mi embarazo en Madrid, España, decidieron regresar a la patria chica para que yo naciera allí, en el hospital San Rafael de Ibagué.

Su primogénita debía ser también tolimense. Y si bien heredé entonces el amor por la música, también el triste son de tener que hacer fila como cualquier colombiano para pedir las visas.

Será por ello que, al nacer, vivir, morir amando el Magdalena, la pena se hace buena y alegre el existir.

Con esta manera jocosa de terminar el escrito intenté plasmar el amor de Pepe por el Tolima, que en herencia me tocó. Reflejada en ese pedacito del cañón de Anaime, “Campo Pequeño”, que aún conservo, para que mañana los hijos de mis hermanos tengan algo del recuerdo del lugar que su abuelo tanto amó y al que tanta vida le entregó…

A veces los seres humanos nacen para ser grandes en su vocación, con su arte, pero es claro que no todos tienen —o tenemos— la capacidad de ser padres, porque eso, ser padres, es también una vocación, más que una obligación con la naturaleza, con la genética o con la vida. Y eso, primordialmente, me lo enseñó él, mi padre.

Soy Adriana Eslava

7.
¿Eres valiente?

Ya en la clínica, el doctor que me recibió me examinó y me abrió el ojo izquierdo. Yo veía borroso; era lógico, pensaba, pues había recibido parte de la pólvora en este. El derecho no lo tocaba; seguramente estaba demasiado inflamado por el impacto en esa parte de mi cara, pensaba yo.

—¿Tienes un cirujano y un oftalmólogo de confianza?

—Sí, claro. —Pedí que llamaran a Francisco “Pacho” Sanclemente, un buen amigo de mi papá.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que me dijeron que debían trasladarme a la Clínica del Country, pues el equipo de radiología que necesitaban no estaba funcionando. Me prepararon para ir al lugar que había sido, por cuarenta y cinco días, mi segundo hogar, pues cuatro meses atrás mi madre había permanecido allí, enfrentando dos peritonitis y una obstrucción intestinal.

Una vez en la ambulancia, pregunté:

—¿En qué casos se prende la sirena?

—Cuando se trata de una situación grave —me respondió la enfermera.

—¿Y yo estoy grave?

—No, no lo estás.

—¿Y no podríamos decir que lo mío es grave? ¡Es que siempre he querido estar en una ambulancia con sirena!

Creo que la enfermera se sorprendió tanto con mi ocurrencia que me dieron gusto, ¡así que recorrí la carrera Séptima en una ambulancia con sirena! Cuando pasamos frente al edificio en donde crecimos, en el cual vivíamos, pensé que, precisamente, al escucharla, nadie podría imaginar que yo iría dentro de ella.

No puedo precisar cuánto tiempo transcurrió entre el examen y la llegada de dos amigas a las que pedí que les avisaran, pues no quería que mi familia se angustiara antes de saber qué sucedía en realidad; había sido un año muy duro.

Una de ellas fue Josie Kalifa, una francesa muy colombiana que ha sido un gran ejemplo para mi vida. Ella, la mañana del 26 de octubre de 1985, se despertó sin ver nada y sin explicación, pues no había sufrido ningún tipo de accidente; luego de muchos exámenes, el diagnóstico fue que había sufrido una perforación de retina en los dos ojos. Vendrían varias operaciones que le permitirían recuperar la visión, pero unos pocos años después, un glaucoma cegaría completamente su ojo izquierdo.

Esta mujer, sin siquiera imaginar que compartiríamos una situación similar, estuvo allí. Y desde el silencio, con su ejemplo, me enseñó la fortaleza; que nunca debía dejar de ser productiva y que, a pesar de lo que sucediera, debía ser responsable de mí misma y no depender de otros. Año tras año nos reuníamos para abrir una cédula de capitalización de Bolívar, a través de las cuales me incentivaba a ahorrar, y, a su vez, ella obtenía así recursos para vivir. Recuerdo que en cada oportunidad ella tenía que acercar más el papel a su ojo derecho, enmarcado en unos lentes muy gruesos, para indicarme dónde debía firmar y qué debía escribir. La visión por su único ojo empeoraba cada día. Qué mujer tan admirable, qué lección de vida imparte a quienes tenemos la capacidad de ver lo que los otros tienen para enseñarnos.

Después de los exámenes me regresaron a la Santa Fe, y, bajo el efecto de la morfina para el dolor, pero aún sin ver, el doctor Gabriel Jiménez Echeverri, el oftalmólogo que me atendió, me preguntó:

—Adriana, ¿eres valiente?

—Doctor, hace tres meses murió mi padre y hace seis casi se muere mi madre… y un año atrás mi abuelita. Mi vida ha sido muy difícil… así que, ¡sí! Yo creo que soy valiente.

—Adriana, perdiste el ojo derecho, y la ciencia, hasta ahora, no logra que puedas recuperar la visión, pues el nervio óptico no se puede reconectar. El ojo izquierdo está muy delicado; vamos a hacer todo lo posible para salvarlo.

Fue entonces cuando sentí, absurdamente, una gran paz y, con absoluta seguridad, respondí:

—Doctor, por el ojo izquierdo no se preocupe. Dios, a través de sus manos, lo va a salvar; y por el derecho tampoco, porque para lo que hay que ver en este mundo, ¡con un ojo basta! Más bien opérenme rapidito que estoy cansada de tanto dar vueltas.

Teniendo el panorama completo de lo que sucedía, llamé a quien, hasta ese momento, había sido un ser muy importante e influyente en mi vida. Me sabía su teléfono de memoria: “Kata, dicen que me hicieron un atentado y, como mi Renault 4 no es blindado, me dieron un tiro. No es necesario que vengas, ya entro a cirugía, pero por favor avísale a mi mamá y mi abuelita. Yo sé que voy a estar bien. ¡Ah!, y cancela la cita con el abogado para la sucesión, pues definitivamente no podré ir”.

Soy Adriana Eslava

8.
Mi fe

La fe es algo que se lleva dentro, que se alimenta y se mantiene por la fe de otros y aparece cuando menos lo imaginamos, casi siempre en los momentos más difíciles; pero en mi caso, la conciencia en la existencia de Dios en mi vida había sido permanente, eso sí, con un dios a mi manera, pero que yo enmarcaba en la fe católica.

La fe, como el amor, es una decisión; está allí y, cuando deseas que funcione, te le dedicas, lo alimentas, lo fortaleces y entonces, solo entonces, da verdaderos frutos.

Hasta el accidente, no había sentido TAN FUERTE la presencia de Dios en mi vida, pero hoy puedo asegurar que fueron las oraciones de mi abuelita, Vepita, y de mis mayores las que obtuvieron el milagro de la aceptación absoluta y total de esta situación, con la convicción de que nada malo nos sucede en realidad, si tenemos a Dios con nosotros. Y digo en realidad porque puedes pensar que, si tenía a Dios, ¿por qué me dispararon? Hoy entiendo que así es como nos enseñaron a creer en Dios, pero la fe va mucho más allá de esto.

Nos dijeron que Dios nos protege de todo, que si estamos con él nada malo nos va a suceder, ¡y eso es cierto! Así será cuando estemos EN EL CIELO, porque en la tierra somos nosotros, los hombres, los que decidimos qué hacer con nuestra vida y con la de los demás, como lo decidieron los que quisieron quitármela.

Pero creer en Dios te da la certeza de que todo sucede para algo, y que nunca te llegará una situación que no puedas superar y, con el tiempo, sacar frutos de ella. Él está ahí para que, al tomar su mano, sientas su compañía, fortaleciéndote para vivir esta vida tan terrena, difícil y real, pero con una fuerza capaz de afrontarlo todo y salir victorioso.

Poco recuerdo del momento en que me desperté después de la cirugía, que duró como diez horas, pues debían reconstruir la órbita derecha, el párpado y los fondos de saco. Fue el proyectil de un 38 a un metro de distancia que solo dejó estragos.

Estuve un tiempo realmente corto en la clínica, ocho días, que fue el tratamiento de cuidados intensivos, ¡pero no para el cuerpo, sino para el alma!

Los míos me habían conocido como una mujer fuerte, una gran luchadora, y el compromiso era claro ante esta situación; yo no podía ser nada diferente.

Las reacciones de los demás fueron asombrosas; constantemente llegaban diferentes personas, esperando entrar a visitarme para darme un saludo; otras me llamaban o enviaban un bello mensaje acompañado de un ramo de flores, y fueron tantos que el corredor de la clínica parecía una floristería.

Pero creo que lo fundamental fue mi ACTITUD. Yo puse mucho de mi parte como respuesta a tanto

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