Rafael Núñez

Indalecio Liévano Aguirre

Fragmento

Rafael Núñez

Prólogo de Eduardo Santos a la primera edición 12 de agosto de 1944

Cuando hace dos meses conocí en sus originales la vida de Rafael Núñez, escrita por Indalecio Liévano Aguirre, y gentilmente me pidió él que prologara su primera obra, no vacilé en acceder a su solicitud porque me inspiraba viva simpatía y no poca admiración ese magistral esfuerzo.

Vinieron luego viajes imprevistos, hondas crisis políticas todavía más imprevistas, y en todo eso ha fracasado casi mi deseo de complacer a Indalecio Liévano. No me era ya posible escribir, como lo hubiera querido, un estudio reposado sobre su obra pero como él insistiera en su amable deseo de que mi nombre figurase al lado del suyo en esta su primera salida a los campos de la crítica histórica, ahí van estas líneas apresuradas, cuyo principal valor quizás estará en que no demoren demasiado al lector ansioso de conocer una nueva interpretación de la vida y obra del doctor Núñez.

La obra de Liévano Aguirre tiene ante todo, para mí, un valor extraordinario como ejemplo para la nueva generación. Sin ánimo de molestarla, debo confesar que una de las cosas que más preocupan en ella es su poca voluntad para el arduo empeño, su afición a las cosas superficiales y transitorias. Su agitación parece más que todo epidérmica y revela una inquietante tendencia a traducirse en el esfuerzo de corto alcance y de muy ligera penetración; en el breve artículo improvisado, cuando no en el discurso más improvisado todavía; en su desvío por la tarea reflexiva y paciente que impone una larga labor. Liévano Aguirre ha desechado esos caminos fáciles. Con noble y audaz ambición se ha lanzado al libro y a la presentación de vigorosas ideas nuevas, sin amedrentarse por la tempestad de críticas que ello pueda suscitar. Desde su punto de vista liberal ha querido revisar todo un criterio liberal de medio siglo para juzgar al hombre más discutido y más aborrecido en las filas del liberalismo. Y ha hecho todo esto con un espléndido sentido literario, con cualidades auténticas de escritor nato, que se revelan de modo sorprendente en páginas que tienen brillo excepcional. Ha evitado el escollo de la erudición excesiva y el de la retórica aparatosa y nos presenta un libro de recia arquitectura en que los defectos inevitables a un primer ensayo están más que compensados por méritos incontestables.

Por esta razón esencial la obra de Liévano Aguirre merece ser acogida con entusiasta simpatía y lo coloca de una vez en la primera fila de nuestros historiadores. A ese puesto lleva él un nuevo criterio que no puede pasar inadvertido. Es un libro de historia en que al lado de la pasión inevitable y fecunda que no puede estar ausente de un espíritu juvenil, al lado de un espíritu polémico revelador de un robusto temperamento, se encuentra el empeño por descubrir las raíces íntimas de los actos humanos. No se limita solamente a los documentos oficiales y a los hechos públicos que van marcando la evolución del estadista cuya vida quiere ofrecernos sino que se detiene, con la más inteligente perspicacia, en las características psicológicas del hombre cuya vida examina, en sus pasiones, en los vendavales de su vida privada, en la manera como iba desarrollándose un alma tormentosa que se orientaba tanto por las ideas políticas como por los sentimientos íntimos.

Considero magistral la interpretación que Liévano Aguirre hace de la vida de Núñez a través de sus poesías. Seguramente se ha descuidado demasiado este aspecto de la personalidad del doctor Núñez. Muchas veces se ha querido juzgar al poeta con criterio meramente retórico, cuando la verdad es que en Núñez el poeta, el hombre privado y el hombre público están indisolublemente ligados. En Núñez no era la poesía una abstracta pasión literaria sino la expresión apasionada y hondísima no sólo de sus sentimientos sino de las situaciones en que se encontraba aun en lo más árido de la vida pública. Hay no pocos poetas colombianos cuya obra podría estudiarse con prescindencia total del medio en que actuaron y hasta de las peripecias de su propia vida personal; poetas de índole parnasiana, que tendían a la belleza pura, que manejaban el idioma con delicadeza de orfebres y se inspiraban en las vastas ideas generales que en todo tiempo y lugar animan los actos humanos. El doctor Núñez era todo lo contrario. Descuidado como escritor, ajeno a los primores del estilo, tenía la poesía únicamente como medio de expresión de su alma volcánica. El verso era para él el grito de su temperamento, en el amor, en la ambición, en la amargura, en la torturante vida pública. No escribió sus memorias, pero sus poesías son el mejor comentario de su vida y de su acción.

Así lo comprendió Liévano Aguirre y ese, para mí, es el mejor acierto literario y psicológico de su obra. Con certero instinto vio dónde estaba la mejor clave de interpretación de la personalidad del doctor Núñez y nos presenta en su biografía una figura profundamente humana, alimentada siempre por fuertes e implacables pasiones, por un cálido sentido de la vida, por rencores, venganzas, ambiciones y sensualidades que ejercían influjo decisivo sobre lo que pudiera considerarse como mera orientación política.

La fría enumeración de las actividades públicas de Núñez y de la manera como ellas modificaron la vida colombiana, no podría jamás explicarnos por sí sola la personalidad del padre de la Regeneración. Se equivocan, a mi modo de ver, quienes quisieran ver en él tan sólo a un doctrinario, a un pensador político, a un organizador de las instituciones. Podría ser todo eso pero era además una pasión en marcha, una pasión humana, influida decisivamente por todas las cosas grandes y pequeñas que afectan la vida de los hombres.

El no haberlo comprendido así fue el más grande de los errores cometidos por los círculos radicales que implacablemente quisieron combatirlo. Con equivocación fundamental concentraron sus tiros en la persona misma de Núñez y despertaron así todos sus ímpetus de combate y todos sus sentimientos de venganza; descuidaron demasiado las ideas del político y cuanto en ellas había de fecundo y realista y se empeñaron en combatir a un hombre que resultó más peligroso cuanto más acosado.

Estará por demás decir que no compartimos muchos de los juicios de Liévano Aguirre sobre la vida y la obra del doctor Núñez. Pero él inicia una reconsideración valerosa del criterio demasiado sectario con que hasta ahora se le ha juzgado. Seducido quizás por esa extraordinaria personalidad y por las líneas directivas de su pensamiento, no quiere detenerse en las fallas esenciales de sus realizaciones ni en las exageraciones funestas a que lo llevara su temperamento apasionado, pero la rectificación que él intenta es necesaria y oportuna. Hay que conocer y estudiar la historia política de nuestro siglo XIX, alumbrándola con consideraciones económicas que no se habían tenido suficientemente en cuenta y que modifican muchos de los conceptos tenidos hasta ahora como evidentes. El interés o la pasión de los partidos políticos, guiados en ocasiones tan sólo por las apariencias, han dado a muchos de los hechos y de los hombres de nuestra vida pública una ubicación distinta de la que en realidad debe corresponderles. Liévano Aguirre plantea, por ejemplo, una nueva interpretación de la administración del general José Hilario López y de la iniciación del gobierno del general Obando que podrá desconcertar a muchos por su novedad pero que se apoya en muy fuertes razones. Con originalidad audaz quiere censurar, por razones y motivos liberales, muchas de las orientaciones y campañas de quienes figuraban como exponentes del liberalismo, y en esto revela sus extraordinarias dotes de historiador. ¡Cuántas veces en la historia las apariencias resultan totalmente opuestas a las realidades y los hombres aparecen obrando a la sombra de banderas fervorosamente agitadas en forma contraria a lo que esas banderas deberían significar! Los acontecimientos, como las indomables corrientes marinas, suelen muchas veces llevar a los hombres a lugares y situaciones que no figuraban en su itinerario y no es raro el caso de que ni siquiera se den cuenta clara de ello. Es la posteridad inteligente la llamada a establecer la verdad y a explicar lo que muchas veces parecía inexplicable.

Suscitará muchas polémicas el libro de Liévano Aguirre y así se lo deseamos cordialmente. Sus interpretaciones tienen que encontrar impugnadores vehementes y ello podrá constituir uno de los mejores éxitos de su libro. Se volverá a discutir el constante tema de si el doctor Núñez fue un vencido o no, si su obra fue o no benéfica y si merece o no el calificativo de traidor con que durante medio siglo lo han abrumado todos los liberales. Pero esto tendrá que hacerse no ya con el superficial sentido retórico de las campañas electorales sino con la serenidad de la crítica histórica que vaya al fondo mismo de los hechos.

Para nosotros es evidente que la más trágica equivocación de nuestra vida política fue la que padecieron, respecto del doctor Núñez, los políticos radicales en los diez años anteriores a 1886. El grupo radical tenía indiscutiblemente excelsas condiciones morales pero adolecía de un fanatismo y de una intransigencia que a todos nos costó muy caro. Cuando el doctor Núñez preconizaba reformas que la opinión nacional reclamaba con angustia, ellos cerraban los ojos a esa política reformista para no pensar sino en el odiado enemigo. En un enemigo que multiplicaba sus ofrecimientos de conciliación y acuerdo y que fundamentalmente vinculado a la política liberal no quería desprenderse de ella y reclamaba una y otra vez para la realización de sus justos programas reformistas el concurso de sus antiguos copartidarios.

La manera como ese concurso fue negado sistemáticamente, en forma ruda y agresiva, con sentimientos de hostilidad personal implacable, es uno de los hechos más sorprendentes de nuestra historia. En muchos momentos los radicales procedieron con un áspero fanatismo que cualquier conservador les hubiera envidiado. En lugar de abrir paso a las reformas, lo redujeron todo al prurito de cerrarle el paso a un hombre, y no es exagerado decir que lo arrojaron adonde él no quería ir, que lo empujaron ciegamente a las soluciones que él no quería adoptar.

Una vez más se repitió la historia. Cuando el Libertador en sus últimos días decía con lucidez genial: “El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos”, iluminaba los hechos políticos de los últimos días de la Gran Colombia. Los ideales del Libertador de autoridad, de jerarquía, de gobierno firme, los encarnaba mejor que nadie Santander dentro de su espíritu legalista, porque Santander buscaba en la ley precisamente la fuente de la autoridad vigorosa y enérgica que quería ejercer. El Libertador, ya en su decadencia, y asediado por los aduladores que suelen ser la maldición de los hombres de Estado, no lo comprendió así y dentro del pesimismo sin fronteras que lo dominaba en esos dos últimos años de su vida, echó por caminos en que la autoridad se desprestigiaba por su propio exceso y la anarquía se infiltraba a través de las derrotas de la ley.

Los radicales también, después de la catástrofe del 86, hubieran podido decir: “El no habernos compuesto con Núñez nos ha perdido a todos”. Mejor que nadie comprendió Núñez que la anarquía de la Federación no podía continuar sin dar al traste con la República; que las instituciones que se habían creado para contener los impulsos cesáreos del general Mosquera estaban culminando en un régimen de desorden incompatible con la vida regular y progresista del país. En ese sentido muchas de las páginas de La reforma política en Colombia tienen caracteres de axioma y era evidente que, por su vigor intelectual y su maravillosa comprensión de las realidades colombianas, tenía que ser Núñez uno de los conductores esenciales de esas reformas que él mejor que nadie preconizaba.

No lo comprendieron así los radicales. Muchos de ellos se daban cuenta de la exactitud de las doctrinas de Núñez pero los cegaba la hostilidad al hombre y entonces, con prodigiosa habilidad, que también la historia tendrá que reconocer, los conservadores llenaron el vacío que la pasión radical producía. Al fanatismo radical opusieron una amplitud habilidosa que no reconocía límites y así por la fuerza misma de los hechos vino a crearse una situación que dado el temperamento del doctor Núñez y las armas que contra él se empleaban, no podía menos de tener las consecuencias lógicas que tuvo. Lógicas, porque resultó que al lado de la pasión ardorosa del doctor Núñez, herido en las más sensibles fibras de su vida privada, surgió el doctrinarismo vigoroso del señor Caro que era, él sí, un pensador de hondísima raigambre. Y en esto nos apartamos fundamentalmente de las teorías de nuestro amigo Liévano Aguirre. Combatido sin piedad el doctor Núñez por los radicales y apoyado magistralmente por la política que inspiraba el espíritu agilísimo de don Caro Holguín, se veía arrojado el hombre de El Cabrero a las playas conservadoras, y allí lo esperaba el señor Caro con una doctrina no improvisada y con principios de recia urdimbre reaccionaria.

El doctor Núñez, como todos los grandes pasionales, pasado el ardor de la lucha carecía de la paciencia del constructor. No podría nunca decirse de él que fuera un gran administrador, ni que su energía de combatiente se mantuviera intacta en las tareas reflexivas del gobernante. Él quería vencer y dominar y en la hora de la victoria lo invadía cierto cansancio de la lucha y cierto desdén por los frutos, después de que él había visto caer por tierra a los enemigos que tanto mal le habían hecho. Y como era un hombre de tormentosas pasiones y no un frío estadista enamorado de unas cuantas ideas generales, dejaba que esas pasiones lo llevaran a extremos que él mismo no había previsto y contra los cuales ya no quería o no podía reaccionar. De ahí el fracaso evidente de la práctica de los ideales que él preconizó en muchas páginas de La reforma política en Colombia. Había sentido, con clarísima comprensión del espíritu colombiano, lo erróneo de una política irreligiosa y de una persecución a la Iglesia que era contraria a la índole de nuestro pueblo, pero en reacción contra esos excesos nos dejó llevar a los límites de la teocracia y cambió un mal por otro. Le dolía el sectarismo contra las minorías nacionales, quería dar a los conservadores mayores garantías y más sustantivo papel en la vida pública y pudo ver cómo la Regeneración llevaba el exclusivismo sectario y la persecución a los adversarios a extremos que no se habían conocido en las épocas de la Federación. Si los radicales y liberales del 63 al 84 habían dado a los conservadores menos de lo que ellos merecían, los conservadores y nacionalistas del 86 al 99 no les dieron nada a los liberales ni les reconocieron nada. Si le dolía al doctor Núñez el espíritu partidista que creaba tantos desórdenes en los años de la Federación, dejó crear un espíritu partidista y perseguidor que nos llevó fatalmente a la más grave y dura de las guerras civiles de nuestra historia. Si la llamada soberanía de los estados creaba en las épocas federales un absurdo estado de anarquía política y administrativa, el doctor Núñez dejó que de esa anarquía, en que sin embargo lucían tantos elementos de vida y de energía, se pasara al aniquilamiento de las secciones; que la algarabía anterior fuera reemplazada por un vasto silencio estéril.

Para mí, el doctor Núñez supo vencer pero no supo utilizar su victoria. Supo implantar en el país normas nuevas de disciplina que estaban haciendo falta evidente; supo reconstruir la unidad nacional pero no pudo o no quiso impedir que de esos principios se sacaran conclusiones contrarias a los ideales que él había preconizado. Pudo contemplar en los últimos años de su vida, como él mismo lo dijera, “la pirámide invertida”. Y por esas últimas cartas, que Liévano Aguirre cita, revela toda su íntima tragedia: “Si usted viera mi interior —dice—, qué sorpresa sentiría. Si hay una alma triste sobre el haz de la Tierra es la mía. ¡Me aliento ya sólo de recuerdos que no representan sino el vacío!”. “Escribo para el público como si fuera un autómata, por distraer la imaginación abrumada y envuelta en sombras a la manera de un astro en eclipse…”.

Seductora figura por todos conceptos esta del doctor Núñez. Nadie ha sido más odiado, nadie encontró también mayores adhesiones. No tenía ninguna de las condiciones externas que parecen en nuestra América determinantes de la popularidad; jamás alcanzó glorias militares, ni fue un orador capaz de arrebatar a las multitudes. No tenía, ni con mucho, la prestancia de Obando ni la majestad romana de un Caro. De cuna muy modesta, jamás dispuso de bienes apreciables de fortuna y según sus íntimos no era uno de esos conversadores cuya brillantez seduce al interlocutor. Pero era una inteligencia en marcha de proporciones extraordinarias y ponía esa inteligencia al servicio de pasiones tan fuertes y tenaces como nunca las sospecharon sus adversarios. Era contradictorio, como todos los grandes políticos. Sería grave error verlo como el autor de algún nuevo sistema filosófico o como uno de esos grandes pensadores que abren nuevos caminos a la mente humana y dan nuevas interpretaciones a la vida. Nada de esto fue el doctor Núñez. Fue un gran político que se dio prodigiosamente cuenta de las realidades colombianas, que supo con la sola fuerza de su inteligencia y de su pasión crear nuevas corrientes en la conciencia colectiva, que poseyó una destreza incomparable en el manejo de los hombres y que supo conocer —a veces con cruel escepticismo y sin embarcarse demasiado por escrúpulos morales— todos los resortes, altos y bajos, del alma humana. Pero creo yo que sus pasiones, los errores monumentales de sus adversarios y las confusiones inevitables que crean las luchas políticas deformaron y falsificaron sus ideas. Que él conoció el error y la amargura de lo que Montalembert llamaba “triunfar demasiado”; que otros, más reciamente doctrinarios que él y más fríos, se aprovecharon de su victoria y lo llevaron de un exceso a otro exceso y de los errores del libertinaje y del sectarismo a los errores del sectarismo y de la reacción autoritaria.

El libro de Liévano Aguirre es un admirable excitante para las reflexiones políticas; es una invitación a juzgar los hechos del siglo XIX con un severo criterio de análisis y no con superficial pasión retórica de tipo político. Es una interpretación inteligente y singularmente atractiva, de una de las personalidades más vigorosas de la historia de América, que debe estar ya más allá de la diatriba y del elogio interesado. Que sea atendida esta invitación juvenil al análisis documentado de nuestra historia política es el deseo que formulo, al saludar en Indalecio Liévano Aguirre a una de las mejores promesas de las nuevas inteligencias colombianas.

Rafael Núñez

Primera parte

Rafael Núñez

CAPÍTULO 1
Un drama de generaciones

Las disonancias no resueltas en las relaciones de carácter
y de manera de ser del espíritu de los padres,
continúan resonando en el ser del niño y
producen su historia pasional interior.

Federico Nietzsche

EL DRAMA DE UNA AMBICIÓN EN EL TIEMPO. EL ABUELO. LA MADRE. EL PADRE. PRIMERA VISIÓN DEL MUNDO. SUS PRIMEROS FRACASOS Y SUS PRIMEROS ODIOS. LA ATRACCIÓN DEL PODER. EL AMOR. LA SABIDURÍA DE LA VIDA. EL CASTIGO DE LA REALIDAD IMPLACABLE.

 

 

La vida de Rafael Núñez es la victoria de una familia de vencidos; es el triunfo de una ambición lastimada durante varias generaciones por la adversidad y la derrota. Rafael Núñez es la cumbre victoriosa de esa ambición y por lo tanto su final. Sus padres y abuelos sólo le legaron el dolor de grandes derrotas y la inmensa necesidad de convertirlas en victorias. Por ser el heredero de una tradición de humillaciones y dolores, su vida presenta a veces aspectos de venganza atávica.

Don José María Moledo, el abuelo materno, barcelonés de nacimiento, aristócrata por temperamento y por tradición, llegó en 1790, movido por la ambición de riquezas y especialmente de gloria a las tierras del Nuevo Mundo, tan propicias para los hombres valientes y resueltos. Refinado, buen militar, generoso y pendenciero, todo hacía pensar que tendría una carrera triunfal. Contrajo matrimonio con doña Andrea de Hormaechea, de la cual tuvo un hijo que, como la madre, no vivió mucho. En 1810 contrajo segundas nupcias con la mejicana María Rafaela García de Ferro, con quien nunca pudo entenderse y de quien tuvo una hija, Dolores Moledo, destinada a ser la madre del Regenerador.

Poco después partió para Santa Fe, donde se puso al servicio de la causa de la emancipación, obteniendo el nombramiento de director supremo de la guerra por esta provincia. Sin embargo, esto que parecía ser el primer paso hacia la realización de sus ambiciones, fue solamente el principio de sus dificultades. Su nacionalidad española suscitó desconfianzas entre los patriotas y le creó resistencias que le fue imposible vencer. Por eso no tardó en abandonar a Santa Fe con dirección a Cartagena, donde fue nombrado comandante del batallón “Fijo”.

Pero allí, sólo aumentaron sus desgracias; en la guerra entre los realistas de Santa Marta y los patriotas de Cartagena, perdió la batalla de Pedraza y fue acusado de traidor —destino trágico de esta familia— y destituido del mando.

Luego, su vida se pierde en la mediocridad de la derrota, de una derrota que le cerraba cruelmente todas las puertas del éxito; y pocos años después muere, sin dejar otra huella que la de sus desventuras, y su hija, quien pasó a manos de don Vicente García del Real, con quien contrajo matrimonio la señora de Moledo poco después de enviudar.

Así termina la primera etapa de este drama de generaciones.

Pero Dolores Moledo creció y la historia debía continuarse con su implacable dramatismo. Bella, ardiente, llena de ilusiones, todo lo esperaba de la vida y del amor. Educada en un ambiente distinguido como el del hogar de su padrastro y cuidadosamente alejada de todas las pequeñeces del mundo, nunca pudo transigir con nada que no fuera virtuoso y elegante.

A los 14 años conoció a su primo, el coronel Francisco Núñez García, hombre atractivo por muchos aspectos, de apariencias toscas pero de fondo tierno, acostumbrado a disimular sus sentimientos más delicados por su larga vida en los cuarteles, en la cual, cuando no se es duro hay que parecerlo. En sus aventuras galantes el coronel Núñez García fue siempre un hombre reservado que disimuló con una supuesta alegría las amargas decepciones de su juventud. Tal vez, por eso, el día que conoció a la señorita Moledo, niña de 14 años, se prendó de ella al adivinar que a esa jovencita que lo ignoraba todo, podría confiarse por completo; que con ella podía ser tierno sin parecer ridículo, amarla con devoción sin ser rechazado.

Y así, este hombre ya maduro, curtido en los campos de batalla, acostumbrado al lenguaje de los campamentos y a las voces de mando, comenzó la conquista de la niña de 14 años, para quien los hombres eran más maravillosos cuanto más desconocidos. Vestido con su brillante uniforme de coronel que embellecía su figura de atleta, se presentaba por las tardes en la casa de don Vicente y allí, en la penumbra de la gran sala de recibo, llena de antigüedades que ponían un tono de triste majestad en el ambiente vespertino, el hombre rudo intenta ser sutil, y sus labios acostumbrados a las palabras de muerte balbuceaban tímidas palabras de amor, que la señorita Moledo escuchaba con turbación, prendada en su sencillez juvenil, de ese rostro en el cual parecía reflejarse una gran pasión. Y el amor de un hombre cansado y el de una niña llena de ilusiones, los llevó al matrimonio. Al principio fueron felices. Él descubrió un mundo de delicadezas ignoradas, y ella uno de voluptuosidades desconocidas. Poco después, el 28 de septiembre de 1823, nació el primer hijo, Rafael Wenceslao Núñez Moledo.

Mas la guerra y la política no tardaron en alejar al coronel de su hogar. La ambición de toda su vida fue llegar a igualar a los grandes caudillos de su época: a Montilla, a Obando. Por eso ansiosamente buscó en los campos de batalla y en las intrigas de la política, la fortuna y la gloria que lo elevaran hasta ellos. Por eso abandonó su hogar y volvió a su antigua vida militar, volvió a ser el hombre de guerra, el aventurero, y otras mujeres llenaron sus ratos de ocio en los campamentos. De esos amores tuvo otro hijo: Miguel Núñez.

Pero todos sus esfuerzos fueron inútiles: ni la fortuna ni la gloria vinieron a él. “Buen oficial para mandar un batallón —dice Tamayo exactamente—, se distinguió en el arma de artillería; no ejecutó proeza digna de figurar en la historia, no obtuvo fuera de pasajera recompensa, altos honores. Temperamento exaltado, el destino le obligó a vivir en los cuarteles con mezquina paga. El coronel Núñez fue el tipo del hombre que siempre llega tarde a todas partes; de ahí su infelicidad”.

Todas estas derrotas agriaron más su carácter y lo lanzaron a una vida de desenfrenadas licencias que lo separó aún más de su hogar. Doña Dolores, demasiado joven para comprender y más aún para soportar, al ver rotas todas las ilusiones de su juventud, lloró con esa infinita amargura con que las mujeres verdaderamente virtuosas se despiden para siempre de la felicidad y del amor. Después, la soledad y el orgullo la endurecieron y se encerró en su casa de la calle del Coliseo, resuelta a no dejar adivinar de nadie el fracaso de su corazón.

Allí su único consuelo fue su hijo Rafael; en su enorme desventura, su hijo se convirtió en el centro de sus afectos. Huérfana de caricias y ternura, todos sus mimos fueron para ese hijo suyo, profundamente sensible y afectuoso. Y así poco a poco le fue llegando la tranquilidad, una tranquilidad resignada, que sólo interrumpían las no muy frecuentes visitas de su marido.

Y en ese hogar dominado por la sombra de una pena secreta y huérfano de afectos paternales, fue creciendo el futuro Regenerador. Adorado y consentido por su madre, cuidado por su padre a su manera, es decir de un modo un tanto frío, en su espíritu se fue formando lentamente una misteriosa simpatía por la mujer, simpatía que en el curso de su vida habría de constituir uno de los más salientes rasgos de su carácter.

Los pocos datos que hay sobre su infancia nos lo presentan como un niño débil, enfermo con frecuencia, de rostro pálido, muy efusivo y afectuoso y dotado de una imaginación verdaderamente precoz.

Todos los innumerables cuidados que le procuró su madre, y el amor casi apasionado de ella para con ese hijo, único consuelo de su soledad, formaron en él un afecto hondo, inconsciente, que se cristalizó en una dependencia absoluta del niño con la afligida madre. Dormía junto a ella, jugaba siempre a su lado, escuchaba embelesado de sus labios viejos y emocionantes cuentos de piratas, y sobre todo, se iba dando cuenta poco a poco de que en medio de la vida atormentada de su madre, él era su única esperanza, y sentía entonces un inmenso deseo de sobresalir, de ser poderoso para darle gusto en todo, para que todos la miraran como a una reina.

¡Oh madre! ¡En la natura no hay sonido
que exprese claramente lo que has sido
para el hombre, lo que eres y serás!
Que tu imagen, más grande que la idea,
es imposible que copiada sea,
pues para ello la pluma es incapaz.
(“La madre”, Rafael Núñez)

Y así, pasan algunos años; el niño crece, y tiene que salir del hogar para entrar por primera vez en contacto con sus semejantes en la escuela. Su salud no ha mejorado mucho, su cuerpo es débil y al entrar en ese mundo desconocido un extraño temor se apodera de él.

Cuando inició sus estudios, era Cartagena uno de los centros militaristas más importantes del país. Allí estaba intacto el espíritu bélico de la Guerra Magna y una heroica brutalidad saturaba el ambiente de la población.

Y el niño de naturaleza débil dio sus primeros pasos en ese medio fuerte y cruel. Acostumbrado a ser el centro de todo en su hogar, la convivencia con compañeros que se burlaban de su figurita endeble fue un cambio brutal, que produjo una honda revolución en su espíritu.

Esas primeras épocas de la vida son para el hombre un ensayo de acción sobre su medio y sobre sus semejantes y el resultado de tal ensayo, según sea adverso o favorable, deja en el espíritu huellas imperecederas; si se obtiene un resultado satisfactorio para el niño, el hombre será un ser tranquilo, audaz y seguro de sí mismo; en cambio, si se fracasa, resultará un hombre prudente y hábil en la búsqueda de subterfugios protectores de la personalidad, subterfugios que podrán ser el cinismo, la vanidad o la aparente seguridad de sí mismo, actitudes todas que indican el empeño de disfrazar realidades íntimas que no se quieren dejar conocer.

Este primer choque del joven Núñez con su ambiente deja en su espíritu la amarga sensación de que el mundo le es hostil, de que la soledad ha de ser en adelante su refugio. Una gran desconfianza por los hombres, por sus camaradas, lo aleja de ellos, y lo obliga a envolverse en una actitud solitaria y distante.

Esto le crea más antipatías y hace más frecuentes y crueles las burlas y más doloroso el abismo que lo separa de sus semejantes. Odios profundos, de esos que relampaguearán toda su vida, se apoderan de él; y un deseo confuso de ser superior a todos, de mandarlos, tortura sus largas horas de silenciosa meditación en el solitario caserón de la calle del Coliseo. Porque en el ser humano, cuando sus deseos y su actividad chocan contra una resistencia que le impide realizarse plenamente, la fuerza potencial que este hecho acumula, tiende a buscar una salida que evite esta condensación peligrosa y lo logra regularmente por medio de la imaginación que sueña realizar lo que la realidad hace imposible; es tal lo que se entrevé en el verso de Núñez:

Así a veces un hombre en su alma siente
impulso de gloriosa vocación.

Son precisamente estos choques y tensiones entre las fuerzas internas de un ser y las realidades de su medio, las productoras de esos estados de espíritu que llevan a los hombres a la poesía, a la música y al arte en general, porque sólo en este campo encuentran un lenguaje suficientemente amplio y humano para expresar la grandiosa confusión que domina sus almas. La poesía atrae a Núñez en esas épocas con fuerza irresistible, que su misma facilidad de expresión fomenta. Comienza entonces a escribir versos llenos naturalmente de los problemas internos de su complejo y juvenil espíritu; versos en los cuales se nota la dificultad que experimenta el autor para que quepan en sus palabras las contradictorias fuerzas que batallan en su alma, dificultad que Núñez describirá años después en esta forma:

¡Oh sueños! ¡Oh nieblas! ¡Oh sombras inmensas!
¿Qué voz las pudiera decir o cantar?
Y eso es lo que bulle del hombre en el seno;
dudas y esperanzas, salud y veneno,
misterios profundos de bien y de mal.
El canto es apenas informe lamento,
de aquellos combates un rumor fugaz,
perfil oscilante de un cuadro sombrío,
un eco lejano del Bóreas bravío,
un grano de arena del fondo del mar.

Ya desde esa época comprendió que en la inteligencia estaban su fuerza y su defensa. Sus antepasados a pesar de su espléndida fuerza física habían fracasado, pero él con su talento haría todo lo que ellos sólo alcanzaron a ambicionar.

La facilidad y la fortuna de sus razonamientos, desde la más corta edad, le produjeron desde entonces la impresión exacta del singular valor de su talento. Y su imaginación formidable, casi morbosa, lo obligó a volar por reinos de fantasía, llenos de triunfos y de gloria; estos sueños obraron como un sedante en su espíritu atormentado por secretas e imposibles ambiciones.

Entonces, impulsado por el gran descontento que lo dominaba se lanza al estudio, a buscar en la ciencia, en el conocimiento humano, la solución de sus problemas interiores y sobre todo, apoyo para ascender en la vida, para triunfar. Mas la irresistible violencia de los sentimientos que lo lanzan al estudio determina en él la calidad de la asimilación de los conocimientos que va adquiriendo. Su labor no es, ni podía ser, metódica, sistemática, sino al contrario, desordenada y ansiosa. Descuida los conocimientos primarios, pone poca atención a las lecciones de la escuela adonde asiste, de lo cual son índice sus deficientes conocimientos en gramática, por lo cual sufrirá toda su vida; pero en cambio devora libros de todas clases encontrados en la biblioteca de su casa, estudia a saltos economía, política, retórica, ciencias sociales, ciencias naturales, impulsado por un anhelante deseo de formarse una concepción general y explicativa del mundo, de dominar una serie de conocimientos que le permitan ser pronto superior a sus compañeros. Asimila todo lo que puede de la ciencia materialista de su época y por un tiempo él mismo se convierte en un materialista. “El cerebro secreta pensamiento como la caña miel”, decía en uno de sus versos.

Mas su consagración al estudio lo hace más solitario. Se aleja de todos para concentrarse en sí mismo, para soñar con todo lo que ambiciona y de lo cual está hasta el momento tan lejano. A veces experimenta hondas crisis de tristeza que sólo la ternura de su madre puede calmar.

Termina su bachillerato en 1840, a los 17 años, e inicia sus estudios de Derecho en la Universidad de Cartagena. Dos influencias se marcan por entonces en su espíritu: la lírica de Zorrilla y la política de Lamartine. Historia de los girondinos —de este último— causó profunda impresión en el futuro Regenerador. La grandiosa rebeldía que palpita en esta obra encontró adecuado eco en el espíritu rebelde del joven Núñez.

Todo hombre que siente latir en sí una rica vida intelectual, necesita en su juventud de un maestro que lo libre de las influencias, conceptos y prejuicios de su medio, de un libertador que le enseñe nuevos caminos, que le haga pensar y dudar. Y esto fueron Zorrilla y especialmente Lamartine para Núñez. Después de repetidas lecturas de Historia de los girondinos su obra preferida, su espíritu quedó limpio de viejas influencias, y un anhelo de libertad iluminó el horizonte, todo posibilidades, del joven pensador. Esta influencia tuvo grandes consecuencias en toda su existencia; fue de esas que quitan mucho pero que no dan nada. Toda su vida posterior y especialmente su madurez no son otra cosa que el angustioso intento por librarse del vacío intelectual que ella le dejó.

Mas, sobre el escabroso terreno de esta honda lucha espiritual, se abrió por ese tiempo un horizonte de dicha para ese joven atormentado. Una mujer, mejor aún, casi una niña, perteneciente a distinguidísima familia cartagenera, se cruzó en su camino y dejó en la vida del futuro Regenerador una huella imborrable.

Años después recordaría así esta hora suprema:

¿Cómo rehacer la forma
de la que conmovió nuestro ser todo
al contacto celeste de sus labios;
de la que acompañó nuestra inocencia
a entreabrir el botón de la existencia?

El nombre de ella debe quedar oculto, pues por razones que respeto, quienes podían revelarlo no se han creído con derecho para hacerlo. Pero su influencia, en la vida de Núñez tan grande, es imposible pasarla inadvertida.

Núñez llegó a ella dominado por un sentimiento en el que se entremezclaban extrañamente toda la vibrante juventud de sus sentidos, una indefinible ternura y la ambición de afirmar su personalidad en esta, su primera y grande aventura de amor.

De naturaleza ardiente, ella había presentido en el amor algo maravilloso y el deseo de descifrar su misterioso presentimiento la hacía confiada, la impulsaba a ser tierna, a no disimular los estremecimientos de su naturaleza apasionada.

Todo su fuego interior daba realce a su extraña y atrayente belleza: a los movimientos de su cuerpo al caminar, que tenían ese ritmo misterioso que produce una sensación de apasionada armonía; a su conversación, en la cual se mezclaban las ignorancias de la niña con los presentimientos de la mujer que en ella se despertaba; a sus ojos, en los cuales brillaba una extraña melancolía hecha del desasosiego de una naturaleza que desea muchas cosas que ignora.

Cuando les era posible, salían por las tardes a la playa y entre las ruinas de las viejas fortificaciones españolas, hablaban largamente de sus sueños, tratando ambos de ocultar con conversaciones al parecer indiferentes la pasión que los dominaba. Pero el amor, la música del mar y de las palmas, aquellos atardeceres “en que del mar la brisa estremecía su cabello, que el lirio embalsamaba”, la soledad en ese ambiente majestuoso y romántico, los vencía, y un silencio temeroso se interponía entre ellos, silencio que al fin, inevitablemente, interrumpía la infinita dulzura de las caricias.

Y así, la exaltación peligrosa de los sentidos, el fuego interior de esas almas jóvenes y enamoradas, la terrible atracción de lo desconocido, terminaron por arrastrarlos a un abismo de pasión en el cual ya no pudieron detenerse hasta tocar su maravilloso y terrible fondo.

Mis labios a los tuyos se juntaron;
tu aliento con mi aliento se juntó;
las brisas para mí no murmuraron;
los astros para mí no destellaron;
y sólo para ti suspiré yo.
(“Los dos”, Rafael Núñez)

Un vértigo de felicidad se apoderó de ellos; el delirio les cerró los ojos y no les permitió darse cuenta de su pecado. Dominada ella por nuevas y deliciosas sensaciones, sólo pensó en amar y amó profundamente; admirado él, ante esa juventud infinita en la entrega, dejó desbordar el torrente de sus ternuras, de sus tristezas y de sus soledades, que buscaron naturalmente a la amada como los ríos buscan el mar.

Dime, mujer, responde si el delirio
es un fuego vulgar, o si el martirio,
el martirio del alma está con él;
dime si puede sucumbir la mente,
sin que antes se haya en nuestro ser doliente
mezclado con la sangre ardiente hiel.
(“Todavía”, Rafael Núñez)

La mayoría de los hombres en su juventud ven interrumpidas o fracasadas sus primeras ilusiones amorosas; su primer amor es casi siempre de un amargo platonismo que deja en ellos una sensación de inseguridad y desconcierto.

En Núñez, en cambio, su primera pasión amorosa fue su primera realidad amorosa. Su vida sentimental se inicia con una victoria que inunda su espíritu de tranquilidad y de exactitud para apreciar las situaciones afectivas. Toda su vida amorosa es el reflejo de este primer triunfo, porque la seguridad que él le dejó fue el más sabio consejo, la mejor experiencia para su vida futura.

Las dos proyecciones de su personalidad, sus deseos de triunfo y sus impulsos hacia el amor, por circunstancias de su medio y de su destino se desarrollaron de manera bien distinta; la primera, que lo condujo a la política, fue una senda de espinas; de ella dijo: “Es una batalla incesante, un struggle for life, brutal en el fondo, bajo mentirosos velos”; la otra fue una vereda de flores, las flores del amor. Por eso si sus sufrimientos hicieron de él un escéptico, el amor en cambio, la única felicidad de su existencia, hizo nacer en él una fe misteriosa que lo llevó, en una de sus poesías, a dar personalísima definición del amor:

Y desde entonces comprendió mi espíritu
que amar no es otra cosa que creer.

Con este primer amor, Núñez adquirió la plena conciencia de cuán imperativamente su espíritu y sus sentidos lo impulsaban hacia la mujer, descubrió la potencia de ese centro de la atracción femenina, alrededor del cual giraría toda la vida.

De este momento en adelante, en él es una necesidad agradar a la mujer, y sus modales, sus actitudes, su mismo modo de pensar, todo como que se prepara para tal fin. De este momento en adelante su ambición de gloria tendrá por rival su ambición de amar y ser amado, y tras de sus más grandes actitudes estará siempre una mujer.

Pero este amor debía tener un amargo final. La fatalidad de la vida bien pronto puso fin a la corta felicidad de los dos. Después del pecado vino el castigo implacable. ¡Ella iba a ser madre! El muchacho desconcertado, lleno de angustia, se lo dejó conocer a su padre en busca de un consejo acertado; mas don Francisco, con marcado egoísmo, sin pensar en ella, y aprovechando que tenía necesidad de hacer un viaje a Tumaco, usando y abusando de su autoridad paternal, lo obligó a seguirlo para separarlos así y terminar definitivamente este peligroso asunto. “Mi padre —le contó años después a su secretario— era un hombre de carácter fuerte. No recuerdo haber recibido de él nunca un beso. Imagínate mi nostalgia en aquella costa de Tumaco, donde llueve a todas horas, lejos de mi madre. Creo, aquello fue la causa de mi escepticismo. Nadie es escéptico porque quiera serlo. Lo predisponen al escepticismo el medio ambiente físico y el medio ambiente espiritual. Cuando Rafael Pombo escribió su ‘Hora de tinieblas’, debió atravesar por una desesperación como la mía en Tumaco”.

Los meses transcurridos en la solitaria aldea del golfo fueron decisivos para Núñez, pues allí sus desilusiones, sus temores al fracaso, los sentimientos de impotencia, las necesidades de triunfo se hicieron más violentamente dolorosas y fue tan grande su sensación de soledad, que su espíritu dio un salto definitivo adelante, en el terreno de la independencia de todo. En las interminables horas de perenne niebla el joven tomó una resolución: triunfar a toda costa, no servir a nada ni a nadie, sino hacer que las ideas y los hombres le sirvieran a él.

Hasta el momento su existencia había sido vivida “hacia adentro”, en una continua interiorización, mas en estos días el joven se da cuenta de que tal cosa lo separa del mundo, y por consiguiente del triunfo, que no es otra cosa que el dominio de la realidad y de los hombres. Por eso, en adelante todo su esfuerzo estará encaminado a salir de sí mismo, a adaptarse al mundo y a sus realidades, a moverse en ellas con perfecta desenvoltura. Quiere ardientemente triunfar y por eso está resuelto a entrar en el campo de batalla; quiere la gloria que sus ambiciones imperiosamente le piden y por eso abandona su ensimismamiento para entrar en una realidad que es nueva para él, pero que ambiciona conocer para poderla dominar. ¡No más soñar! ¡Luchar en el mundo, luchar contra los hombres y vencerlos; hacerse amar de las mujeres! He ahí el programa de vida que se traza Rafael Núñez en la triste soledad de Tumaco.

Ya no ama ni respeta nada porque se encuentra lleno de sí mismo. Es un joven que ha adquirido la primera cualidad que se necesita para dominar a los hombres: la de despreciarlos. Prematuramente el sufrimiento lo ha hecho escéptico a su pesar: “Nadie es escéptico porque quiere serlo”, y sobre su frente, la sombra de pensamientos adultos contrasta extrañamente con la suavidad de sus facciones juveniles.

El hombre que triunfa fácilmente, que como persona, como sujeto, no es un problema para sí mismo porque su modo de ser se adapta fácilmente a las modalidades del ambiente, puede consagrarse al triunfo de un ideal romántico, renunciar sin gran trabajo a sí mismo, e incluso, llegar a sacrificarse románticamente por tal ideal, porque la paz interior prepara al hombre para los grandes renunciamientos; pero cuando por una clara desarmonía con el medio, un ser es problema en cuanto individuo para sí mismo, sufre y se siente sufrir, tiene necesariamente que llenarse de su Yo, que convertir su persona y su vida en el primero y fundamental problema a resolver, tiene que serle imposible comprender con desinterés los problemas de los demás, porque está demasiado lleno de los propios, porque está oyendo la música de sus ambiciones cada vez más grandes y sintiendo la tortura de sus odios cada vez más implacables. El individuo entonces se siente solo en el mundo social, y al producirse este fenómeno psicológico se origina, casi simultáneo con él, uno segundo: la conciencia de que ya no tiene obligaciones de solidaridad para con sus semejantes, que la vida no es cooperación sino lucha.

La personalidad de estos hombres es por eso, unidad surgiendo de la cantidad; dolor hecho egoísmo, independizándose de las grandes corrientes de la solidaridad. Su deseo de dominar a los demás hombres es apenas la natural reacción contra las ofensas que de ellos recibieron; por eso son compasivos y fraternales con los que sufren —por una íntima afinidad afectiva— e implacables y crueles con los que les oponen resistencia. En ellos, su naturaleza se concentra toda en un supremo y titánico esfuerzo para defenderse y lograr triunfar y por eso sus doctrinas dejan de ser conceptos y pensamientos que se van formando plásticamente al compás de las distintas circunstancias de su existencia, instrumentos intelectuales producidos por el organismo para su protección, casi un sexto sentido para afrontar convenientemente la realidad. Son hombres de pensamiento, no hombres de ideas; a ellos se les puede aplicar claramente la diferencia que estableció Unamuno entre esas dos categorías intelectuales. “La idea —decía Unamuno— es algo sólido, fijo; el pensamiento es algo fluido, cambiante, libre. Un pensamiento se hace otro, una idea choca contra otra. Podría decirse acaso que un pensamiento es una idea en acción, o una acción en idea; una idea es un dogma. Los hombres de ideas, tenidos por ellas, rara vez piensan”.

Y bien pronto se le presentó a Núñez la ocasión de aventurarse por ese mundo que ambicionaba conquistar. A mediados de 1840 estalló la guerra civil, la guerra de “Los Supremos”, y el joven se lanzó a ella a probar sus fuerzas. Abandonó a su padre y corrió a las filas contrarias de donde don Francisco militaba; padre e hijo, pues, quedaron frente a frente, como hermanos y hermanos lo estaban en esa gran contienda.

Esta guerra fue rica en impresiones nuevas para el joven combatiente. Ella endureció más su corazón, pues le mostró a los hombres en el más primitivo estado de barbarie, y con dolorosa exactitud le enseñó que la vida es una lucha implacable en la cual sólo sobreviven los más fuertes. En ella tuvo ocasión de conocer a un joven que despertó su interés más que su afecto: Manuel Murillo Toro. Se trataron en su curso con aparente estimación, pero no con sinceridad, pues ambos poseían algo que nunca une: una gran ambición.

Era lo único que tenían en común estos dos personajes cuyo destino los llevaría muy alto y cuya ambición los haría chocar en una lucha mortal.

Núñez era un ambicioso apasionado y sentimental, Murillo un ambicioso frío; por eso en Murillo todo, sus actitudes, sus palabras, expresan serenidad y dominio de sí mismo, y en cambio en Núñez había cierto apasionado e imperioso desorden, que anunciaba las torturas de su vida interior.

Murillo se movía con rapidez entre los hechos porque su escasa cultura no le estorbaba en la apreciación de los mismos, como sucedía a Núñez, a quien los problemas intelectuales alejaban con frecuencia de la realidad. Murillo era un político práctico; Núñez un político imaginativo y poeta. Murillo, hombre de origen humilde, deseaba ascender para conquistar una posición; Núñez, miembro de una familia de abolengos, pero en decadencia, deseaba obligar a los hombres a reconocer algo que, imaginaba, maliciosamente le habían usurpado.

Estos dos hombres no podían más que estorbarse, pues ambos miraban ansiosamente hacia idéntica meta: el poder. Por eso ni la guerra ni la vida en común en los campamentos hicieron nacer una sincera amistad entre los dos.

Al terminar la contienda, después de las campañas de Mosquera y Herrán en el sur, que dieron el triunfo al gobierno del presidente Márquez, los dos se separaron, pero no se olvidaron, como no se puede olvidar lo que confusamente se presiente como un obstáculo para el porvenir. Núñez recibió la paz con inmensa alegría, pues su temperamento amante de la tranquilidad y su sensualismo le habían hecho ya insoportables las incomodidades y la brutalidad de la guerra, y hacia su hogar lo impulsaba una fuerza irresistible: el deseo de volver al lado de su madre, la necesidad de su comprensión, de su ternura, de sus cuidados.

Alejado de ti mi alma se agita
cual nave sin timón,
como flor sujeta, aunque marchita,
del oscilante y combatido vástago
que brotó junto al mar roto peñón.
Quiero sentado junto a ti, al reflejo
de la luz del hogar,
contarte cuánto sufro cuando dejo
por el ruido del mundo, el rumor plácido
de esta morada de mi dicha altar.

Ya en el hogar, entre padre e hijo se estableció una paz tácita; disimularon sus diferencias y evitaron hablar sobre aquellas cosas que podían distanciarlos. Don Francisco, ya viejo y cansado por una larga vida de licencias y fracasos, insistió, apoyado por la madre, en que terminara su carrera de abogado para que pudiera encargarse del sostenimiento de la casa y Núñez accedió, consagrándose al estudio, hasta que en el año de 1845 se recibió abogado en la Universidad de Cartagena…

Por tanto, usando de la facultad de que estamos investidos, declaramos al mencionado licenciado Rafael Núñez, sólidamente instruido en la Jurisprudencia; y, le conferimos el grado de doctor en Jurisprudencia; y para que pueda hacerlo constar y gozar de las prerrogativas y derechos anexos a este grado, le expedimos el presente título, sellado con el sello de la Universidad, y refrendado por los secretarios que suscriben en Cartagena, a diez de enero del año del Señor de mil ochocientos cuarenta y cinco.

El rector, doctor Manuel del Río

Con este grado se inicia propiamente su ambiciosa vida pública, su lucha por el poder, que terminará en el sillón de los presidentes de Colombia. Esta etapa está caracterizada por la impaciencia. Todavía no ha aprendido a esperar y quiere obtenerlo todo en un momento. Se encarga de algunos pleitos, de lo cual quedó rastro en los archivos judiciales de Cartagena, pero bien pronto se da cuenta de que esta no es su vocación, que el campo de los litigios no corresponde a sus grandes ambiciones y por eso, sin abandonar del todo su profesión, se lanza a la política.

Entra a la Sociedad Democrática de Cartagena y rápidamente allí, sus singulares capacidades, su conversación convincente y —¿por qué no decirlo?— cierta habilidad para la intriga, lo llevan a la presidencia de ese club político. El día que en medio de una solemne ceremonia se le confirió tal autoridad, él creyó ver en ello un presagio y su ambición de llegar a la suprema magistratura del país tomó lineamientos más precisos en su espíritu.

Después fundó un periódico que tituló La Democracia y consignó en él, con ese estilo suyo tan poderoso aunque incorrecto a veces, la gran riqueza que su inteligencia aportaba como ayuda a su ambición.

En este periódico Núñez aparece como un extremista, demagógico y radical. Mas en esos escritos Núñez ni era sincero ni había meditado cuidadosamente las ideas en ellos expuestas.

En esos momentos el futuro Regenerador no defendía ideas como lo haría después, sino que se servía de ellas como de peldaños para ascender, para hacerse conocer; de ahí la exageración y espectacularidad de las mismas. Los conceptos que expuso en este periódico buscaban ante todo llamar la atención, eran las ideas muy en boga entonces, pero expuestas con cierta originalidad y violencia que denunciaban claramente la intención de su autor. En esos artículos sólo es admirable la agilidad dialéctica que exhiben y nada más.

Y bien pronto el novel periodista obtuvo lo que quería. En 1849 fue nombrado rector del Colegio Nacional y poco después el gobernador de la provincia de Bolívar lo llamó a la Secretaría de Gobierno.

Ya en su nueva posición, Núñez entra en contacto con un nuevo mundo donde las intrigas y las influencias reinan soberanas. Con detenimiento observa la marcha del mundillo político de la provincia, se da cuenta de sus bajezas, de sus secretos, de sus intrigas y saca de todo saludables enseñanzas. Allí comprende que en la política no son suficientes los méritos y la preparación para poder triunfar, sino que es necesaria cierta capacidad de intriga, cierta sutil simpatía que atraiga a los hombres, y que en ella, en infinidad de ocasiones, es más fácil ascender por la amistad de un hombre que por una gran labor administrativa.

Y fue precisamente en esos días, cuando tuvo ocasión de conocer a quien debía representar un gran apoyo en su carrera pública, al general Juan José Nieto.

Era este un militar de grandes méritos, bonachón, generoso y gran amigo. Desde que trabó conocimiento con Rafael Núñez sintió por él afecto casi paternal, y se impuso la obligación de ayudarlo a triunfar, y así entre los dos se estableció una gran amistad que justificaba las frecuentes visitas del joven a la casa del general, donde él y su mujer lo recibían con pruebas de singular afecto. La vida, pues, empezaba a sonreírle, y cierta alegría inundaba a veces su espíritu haciéndolo más comunicativo.

Y entre tanto la mujer a quien había abandonado sufría por su desgracia y por su amor perdido. Desilusionada de todo prematuramente, no tardaría en encontrar para su vida una solución que atormentaría siempre a su amante. “Más tarde esta burlada mujer que le torturó siempre con su recuerdo —dice Revollo del Castillo—, contrajo matrimonio con el amigo más íntimo de Núñez, quien le escribió a este una carta contándole su desposorio, reparando así el honor de la mujer caída. Y, cosas enigmáticas de la vida, este distinguido caballero vino a ser más tarde tío político de Núñez, cuando este se unió civilmente con doña Soledad Román, sobrina carnal de aquel”.

Y así mientras Núñez ascendía lentamente; mientras en esa lucha implacable de su vida sufría y hacía sufrir; era sacrificado a veces y a veces sacrificaba a otros, don Francisco Núñez, el padre, llegaba a sus últimos días vencido, desilusionado y desaparecía sin dejar otra huella que la de su hijo Rafael, en cuya vida debía ponerse glorioso fin a este drama de generaciones.

Rafael Núñez

CAPÍTULO 2
La atracción de la gloria

La dicha el hombre ardientemente ansía
pero no siempre el derrotero ve.

Rafael Núñez

DOÑA SOLEDAD ROMÁN. UN CORTEJO QUE TERMINA EN FRACASO. VIAJE A PANAMÁ. LAS DUDAS DE UN ESPÍRITU ANHELANTE DE VERDADES ABSOLUTAS. LA INTUICIÓN DE DIOS. EL ESCEPTICISMO DE NÚÑEZ. DOÑA CONCEPCIÓN PICÓN Y HERRERA. SU MATRIMONIO CON DOLORES GALLEGO. SU VIAJE A CARTAGENA REVIVE UN PELIGROSO RECUERDO. LA PASIÓN SUCUMBE ANTE EL DEBER.

 

 

La tarde avanza, Cartagena agitada por la interrupción de los trabajos diarios se torna animada, bulliciosa. Sobre la playa, “cinta ondulante de menuda arena”, camina una joven, a la cual acompaña un grupo de chiquillos que gritan y se divierten a su lado.

De estatura mediana, maravillosamente formada, sus movimientos gráciles constituyen extraña armonía con las palmeras de la playa que a esa hora las brisas agitan suavemente, a la vez que contrastan con la soberana quietud del mar azul.

Soledad Román recorre esa tarde, según su costumbre, las chozas de los pescadores para llevarles un auxilio. Todos esos chiquillos que la acompañan son sus ahijados, y además, en esas excursiones solitarias que las señoras de la ciudad le critican, sus guardianes.

Esta joven que avanza pisando ligeramente la tibia arena tiene ese singular encanto que no produce la belleza perfecta, casi siempre fría, sino más bien esos conjuntos donde graciosamente se combinan perfecciones y defectos.

No es bella, pero resulta difícil hallar una figura cuyos contrastes dejen más honda impresión de musicalidad y ritmo. Para un escultor puede ser insignificante, pero, en cambio, para un hombre enamorado de la vida, esta mujer es la más irresistible encarnación de la feminidad, pero de una feminidad desafiante y dominadora. Sus ojos grandes de mirada suave, prometedora, y su mentón afirmativo, imperioso, son símbolos de ese espíritu suyo paradójico, lleno de encrucijadas y sorpresas.

Cuando entra en las calles de la ciudad, con los cabellos ligeramente despeinados por la brisa del mar, sonrosadas las mejillas por el prolongado ejercicio, una admiración nueva, no ya la de los sencillos pescadores, sino la de los jóvenes cartageneros, la rodea. Las crónicas no son parcas en el relato de la admiración de que es objeto Solita Román, y no lo son porque ninguna mujer ha causado tan honda impresión en la ciudad. Miradas ardientes y galanteos de todas clases surgen esa tarde a su paso sin intimar su naturaleza femenina, gozosa con todos los deseos que siente despertar a su alrededor.

Pero al lado de ese general homenaje masculino, ella presiente el odio de las mujeres que presumen de recatadas, y esto la pone furiosa, impulsándola a desafiarlo por medio de sus éxitos femeninos que les lanza como un reto.

Casi sin amigas, con muchos amigos aunque ninguno, como es sabido, le interesa en particular, se ha encerrado en una actitud de defensa, orgullosa, egoísta, pero a la vez desafiante, llena de incitaciones. Ser admirada, obedecida, es en esa época, cuando cuenta 18 años, la inclinación dominante de su absorbente personalidad.

Por eso, a la vez que goza con todos los homenajes que como mujer recibe, los juzga por otra parte como la cosa más natural y merecida del mundo. “Era siempre tanta la gente que me buscaba —relata en sus Recuerdos— que mi padre, importunado algunas veces en sus quehaceres de la botica, me gritaba desde abajo: ‘Señora presidenta de la República, aquí la buscan…’”. “Con la guardia de honor del general José Antonio Nieto también me sucedió algo curioso. Acerté a pasar un día por delante de la puerta de nuestro Palacio Departamental y la guardia formó y me hizo el saludo militar. Alguna persona se acercó al general Nieto y le puso en conocimiento del hecho, censurando el proceder del oficial, pero el general Nieto, hombre galante, lo dejó con tres palmos de narices, porque le contestó que habían hecho bien y que si él hubiera mandado la guardia, también me habría presentado las armas…”.

Graciosa, femenina, vengativa, orgullosa, todo esto es Solita Román. Sus éxitos por un lado, y las resistencias que su conducta encuentra siempre entre ciertos círculos aristocráticos de Cartagena, crean en ella una necesidad de subir cada vez más alto, de vengarse de las humillaciones sufridas, de librarse de los prejuicios de ese medio estrecho, en el cual su naturaleza exuberante se mueve con dificultad. Para lograrlo, empieza por crearse su independencia económica, para lo cual monta un almacén y como dice en sus Recuerdos: “Comencé mis negocios como si toda la vida no hubiera hecho otra cosa”.

Esto, naturalmente, le crea nuevas resistencias; las críticas caen sobre ella sin misericordia y sus relaciones con los mismos círculos sociales, después de este último paso, se hacen aún más tirantes. “Si hoy tiene Cartagena un sabor tan añejo —decía años después— a pesar de su ensanche y del enorme crecimiento de la población, calcule cómo sería aquello en tiempos de decadencia en que severísimas etiquetas mantenían a las jóvenes casi en calidad de mujeres moras.

“En un medio tan enrarecido, joven yo y con muchos atractivos, además de una holgada posición pecuniaria, el hecho de que me pusiera al frente de un mostrador produjo sensación. ¿Que yo bajara del salón donde hacía música y dejara la cómoda mecedora en que era peinada y calzada por una camarera para ponerme a trabajar en una tienda? Aquello no era cosa de menor cuantía y naturalmente, las miradas todas me siguieron, no sé hasta qué punto, para alabar mi laboriosidad, pero sí hasta dónde para mover la lengua en hablillas y cuentos de sobremesa”.

Mas había en la ciudad un sitio adonde la bella cartagenera era recibida como en su propia casa: en la residencia del general Nieto, gobernador de la entonces provincia de Bolívar. Para el general y su señora, era Solita Román algo así como una hija, tal el afecto que le profesaban; por eso la joven, muchas veces después de sus visitas vespertinas de caridad, se dirigía al hogar del gobernador a poner con su chispeante conversación una nota de alegría en la vida de esos dos bondadosos admiradores de su brillante y un tanto alocada juventud.

Pero aquella tarde, Solita Román se dirigía a la casa del gobernador animada de un sentimiento diferente de los que habitualmente le llevaban allí; movida por una curiosidad muy femenina, muy propia de su naturaleza antojadiza: el deseo de conocer a un joven de quien Nieto le había hablado mucho y muy bien, y cuyas andanzas amorosas había oído contar con cierta insistencia, especialmente con relación al escándalo de ciertos amores, cuyas consecuencias inútilmente se había tratado de ocultar. Todo esto contribuyó a excitar su imaginación y a darle cierto misterioso interés a su encuentro con Rafael Núñez en la casa del gobernador, encuentro al cual marchaba esa tarde impulsada por cierta caprichosa ansiedad.

Cuando llegó a la casa de Nieto, ya Núñez se hallaba allí conversando con el general sobre los problemas del despacho administrativo. Ella, muy mujer, abarcó desde el primer momento todos los detalles que de aquel hombre le pudieran interesar y apreció con igual lucidez todo lo que en él podía chocarle.

De estatura más bien alta, delgado, manos largas y huesosas, que siguen con ademanes un tanto nerviosos las ideas de su conversación; de frente espaciosa y límpida que parece contener a duras penas la masa cerebral, y que descansa en su base sobre un par de cejas bien pobladas cuyas sombras oscurecen sus ojos de mirada triste; en la parte media del rostro, sus pómulos salientes, su nariz aguileña, sus mejillas hundidas y en general sus líneas fuertes y algo duras, matizan su gesto con un tono de sombría resolución; y la sonrisa de sus labios, irónica, hostil, habla de la soledad de ese hombre huraño entre sus semejantes, aunque siempre correcto y hasta obsequioso. Su rostro es una historia: la de su trágica lucha en la vida, la de las íntimas contrad

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