Los medicos de la guerra

Fernanda Lucía Hernández Martínez

Fragmento

Los médicos de la guerra

Presentación

Uno de los médicos militares entrevistados para este libro me dijo la siguiente frase: “Hay cosas de la guerra que no se cuentan”. Estoy de acuerdo con él. Sin embargo, hay otras que sí deben contarse. Es más, cosas que debería ser obligación contar y, mejor aún, recordar. Por eso, en parte, existe este libro, que no pretende ser un documento histórico, sino la recopilación de lo que vivieron, de sus historias y de su valentía. Así, al dejarlo registrado, cuando hay escasa bibliografía al respecto, saldaremos de alguna manera la deuda de agradecimiento que tenemos con todos ellos.

Soy médica de la Universidad Militar Nueva Granada, en Bogotá. Allí muchos de estos médicos militares fueron mis maestros y compañeros. Durante varios años he sido testigo de sus hazañas, proezas, arrojo y entrega, pero también de sus frustraciones y dolores. Por eso no tengo dudas de que son profesionales y personas más que especiales y excepcionales, pero desconocidas, o, mejor, sin el reconocimiento que merecen. Son héroes en silencio, anónimos, invisibles.

Todos en Colombia, en mayor o menor medida, tenemos presentes algunos hechos históricos del conflicto armado, como de los tiempos difíciles de la retoma de la zona de distensión en San Vicente del Caguán tras los fallidos diálogos de paz en el 2002, la Operación Jaque que dio libertad a quince secuestrados, entre ellos a la entonces candidata presidencial Íngrid Betancourt, o el macabro atentado con casa bomba en El Dorado (Meta), en el que murieron casi treinta uniformados, entre muchos otros. Sin embargo, es muy probable que la mayoría no sepa que en gran parte de estos momentos, los más difíciles de la guerra en nuestro país, al lado de la tropa ha estado el personal de salud, entre él médicos militares, con una sola misión: proteger la vida. Y, valga aclarar, vida en todo el sentido de la palabra, es decir, no solo la de los soldados, sino también la de otros militares, de civiles y del “enemigo”.

Debajo de sus uniformes hay seres de verdad, humanos. Son pocos los que, por vocación y alentados por el sueño de un mejor país, están dispuestos a ejercer una profesión en condiciones de tanto peligro e, incluso, a poner en riesgo su propia vida por salvar la de otros.

Son médicos de camuflado, no de bata blanca; de casco y botas de combate, que tuvieron que hacer cosas para las que no se entrena un médico, como dormir con un fusil debajo de la almohada, soltar el fonendoscopio para tomar un arma (con la adrenalina que eso produce) o vivir con la incertidumbre de saber si iban a tener que usarla. Médicos que tuvieron que caminar con la munición de un helicóptero en sus hombros, en medio de la oscuridad de la selva y la zozobra ante la posibilidad de encontrarse al “enemigo”. Médicos que entraron en campos minados para sacar heridos con sus extremidades cercenadas y todavía echando humo, médicos que tuvieron que enfrentar a líderes guerrilleros que quisieron reclutarlos. Y tantas otras situaciones.

Ellos han hecho lo inimaginable. Y por eso no puedo dejar pasar lo ocurrido en el año 2008, en el helipuerto del Hospital Militar Central, en Bogotá. Quienes lo vieron en televisión recordarán cómo, en plena pista, hombres de la Policía le ponían un traje antiexplosivos a un médico para que pudiera acercarse a la camilla donde estaba un joven soldado a quien debían extraerle una granada de MGL, aún sin detonar, que se le había alojado accidentalmente en el muslo derecho.

“Toca sacar esa granada como sea. No le vamos a amputar la pierna a ese muchacho, ni más faltaba”, dijo entonces el ya fallecido doctor Ricardo Uribe, cirujano de trauma y jefe de Urgencias del Hospital Militar por más de veinte años.

“Obviamente, el pánico fue terrible y más cuando llegaron los antiexplosivos con chalecos y cascos. La cosa estuvo dramática. Digamos que es un caso que nos impactó. Nos fue bien y el resultado fue excelente, pero uno siempre queda con la duda: ‘¿Qué tal que la próxima vez no tengamos tanta suerte?’ ”, dijo en una entrevista para Noticias Caracol1 años después de lo ocurrido. Esas fueron sus palabras.

El doctor Uribe me contó que, además de granadas, habían tenido que extraer otros explosivos no detonados: morteros incrustados en las extremidades, el tórax y el cuello. “Nos ha tocado hacer procedimientos que no enseñan en las universidades, que no están en los libros y que no tienen por qué estar. Es la atrocidad de la guerra”, agregó.

El conflicto no solo le enseñó a manejar las más aberrantes heridas. “Por más disputas y problemas que la gente tenga —afirma—, la gente no debe matarse. El camino del diálogo es fundamental”. El doctor Uribe recordaba especialmente el caso de un soldado que había tenido múltiples heridas abdominales con diversas complicaciones, pero que, cuando se despertó en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), lo primero que le preguntó fue que cuándo podía volver a su batallón porque allá estaban esperándolo sus compañeros. Impresionado, me dijo: “Ese es el espíritu del colombiano y esa es la naturaleza que debemos explotar”. Con la voz quebrada, aseguró que sus colegas, que más que eso eran su familia, se convertían en el bálsamo para todas esas emociones que no siempre podían expresar.

Él, que le hizo frente a la guerra desde los quirófanos del Hospital Militar, contó que muchas veces pasó más tiempo allí que en su casa debido a la escalada tan terrible del conflicto. Ese tozudo, irreverente y aguerrido cirujano es el claro ejemplo de la casta de estos médicos, los médicos de la guerra. Estoy segura de que su legado aún vive en discípulos, colegas y pacientes, y, además, de que trasciende lo académico porque, con conocimiento de causa, me dijo: “La guerra no es el camino”. Paz en su tumba y, a través de él, gratitud con todos los profesionales de la salud que ya no están con nosotros.

No hay duda de que ellos han tenido a la más dura y absurda de las maestras y han dado la talla. Ellos sí han visto la cara del “enemigo” y de su propia muerte. Sin embargo, a pesar de las heridas físicas, familiares y emocionales (ajenas y propias), continuaron con ímpetu su ejercicio con el único deseo de llevar alivio en medio del inmenso sufrimiento que causa la guerra. Por eso, este es un homenaje y un agradecimiento, que, por supuesto, jamás estarán a la altura de lo que hicieron.

He recogido “solo” quince testimonios, y digo “solo” porque quince es un número bajo si tenemos en cuenta los muchos que estuvieron y están sanando en medio del prolongado conflicto armado en Colombia. Y, aunque cada uno podría escribir un libro debido a la fuerza de lo vivido, todos tuvieron la generosidad de compartir conmigo recuerdos que todavía duelen, que aún los hacen llorar, momentos de los que hace mucho no hablaban o, simplemente, de los que no querían volver a hablar. Ha sido para mí un verdadero honor ser su interlocutora y poder plasmar en palabras sentimientos y vivencias (tal como ellos los recuerdan) que de otra forma nadie conocería.

A través de estos quince valientes, que, sin importar el retiro, siguen siendo parte de la tropa y estarían listos para volver (en caso de ser necesario y ¡ojalá que no!), les doy un gracias que abrace a cada uno de los soldados, oficiales y suboficiales, activos y retirados, a los voluntarios en Sanidad, a los enfermeros generales y de combate, a los instrumentadores quirúrgicos, bacteriólogos, odontólogos, psicólogos y demás personal de salud. Por supuesto, gratitud con las familias de estos profesionales, que, desde sus hogares, también vivieron el desasosiego del conflicto.

Este es un agradecimiento a cada persona que, con sus decisiones y acciones, hizo y hace posible una curación, una cirugía, un rescate, un traslado en medio de una situación tan compleja y dolorosa no solo para salvar a los pacientes de la muerte, sino para garantizarles la mejor calidad de vida posible.

Y por eso, tal vez, el más sentido agradecimiento a los jóvenes que van a la guerra. Y, ante todo, perdón por las heridas. Esas que no son solo de ellos, porque, como también me dijo uno de estos médicos, “todos en Colombia deberíamos sentirnos víctimas del conflicto así no hayamos estado en el campo de batalla”.

Siempre, a todos, gracias.

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Contexto

Medicina y guerra parecen palabras antónimas; mientras la primera protege la vida, la segunda la desprecia, la acaba. A pesar de la paradoja, una le ha servido a la otra. Quienes alivian y curan han acompañado a los ejércitos de todas las épocas, precisamente para tratar, en medio de la destrucción, de quitarles oportunidad a la muerte y a las múltiples armas, incluso no convencionales, que se han usado a lo largo de la historia. Y esto, a su vez, ha llevado a que la medicina avance de manera rápida y se logren importantes adaptaciones e innovaciones en salud.

Desde el antiguo Egipto, posiblemente antes de Cristo, hay descripciones, como las del papiro Edwin Smith2, de cerca de cincuenta heridas de guerra diferentes y sus tratamientos tanto científicos como mágicos. En la mitología griega, y nombrado en la Ilíada y la Odisea, aparece Peón o Peán, divinidad y médico de los dioses, quien cura a Ares (Marte para los romanos) cuando fue herido por Diomedes en la Guerra de Troya3. Y no podemos dejar pasar a Galeno, que acompañó y brindó tratamiento a las tropas aliadas de Septimio Severo en contra de Clodio Albino por el control de la Galia en el año 194 d. C.4.

Siempre han estado ahí. Dominique Jean Larrey, médico cirujano de las guerras napoleónicas, desarrolló, entre otros, el transporte en ambulancia y el concepto de triaje para clasificar pacientes según su gravedad y así definir la prioridad de atención5. El capitán médico español Santiago Ramón y Cajal sirvió en el Ejército Expedicionario de Cuba y tiempo después sería Nobel de Medicina por la teoría sobre las pequeñas células que formaban el cerebro, que hoy conocemos como neuronas6. Sir Howard Florey y sus asociados también cambiaron el panorama de las heridas de guerra con el perfeccionamiento y la producción a gran escala de la penicilina “terapéutica”7. Y, para no ir muy lejos, también hubo médicos ingleses, españoles y criollos que, con mezcla de academia europea y botánica del Nuevo Mundo, acompañaron la campaña libertadora de la Nueva Granada en las vicisitudes que implicaban no solo la batalla, sino una geografía compleja, así como los retos médicos del trópico que ponen en el campo a otros enemigos, como el paludismo8. Vale la pena citar al doctor Thomas Foley, médico del general Santander y quien le amputó el brazo al coronel de la legión británica James Rooke cuando fue herido de un balazo en el codo izquierdo en la batalla del Pantano de Vargas.

Todavía hoy, en nuestro largo e irregular conflicto armado, la medicina sigue ahí para aliviar, curar las demenciales heridas de la guerra y aprender de ellas y de todos los enemigos que trae consigo, como infecciones y hemorragias.

Son siglos de historia, sacrificios, apoyo a las tropas y dolorosos avances. Porque, hay que reconocerlo, el campo de batalla ha sido un laboratorio que ha permitido aportes que hoy siguen vigentes y nos benefician a todos. Desde las bases de la anatomía y el inicio del uso del alcohol como antiséptico, pasando por uno de los mayores avances, las transfusiones de sangre, que alcanzaron un gran desarrollo a partir de la Primera Guerra Mundial, hasta las nuevas técnicas quirúrgicas y los modernos dispositivos para estabilizar fracturas en el área de combate, además de la tecnología, como aviones y hospitales móviles, equipados no solo para rescate, sino para intervenciones de alta complejidad, y los avances en logística y comunicaciones que exige el ejercicio de la atención del trauma militar.

En la historia reciente de Colombia, la medicina militar tiene su núcleo en el Hospital Militar Central que, con más de ochenta años, ha sido el referente para la atención, principalmente, de oficiales, suboficiales, soldados (activos y retirados) y sus familiares. Es una institución que, además de diagnosticar, tratar y rehabilitar todo tipo de condiciones, incluidas, por supuesto, las producidas por la guerra, dados su talento humano, experiencia, tecnología e infraestructura, es reserva estratégica de la nación ante situaciones como desastres o lo vivido recientemente con la pandemia de COVID-19.

Allí también se hace investigación y docencia de pregrado y postgrado en medicina. Precisamente, en 1978, el sueño de unos médicos de la institución llevó a la fundación de la que sería la Escuela Militar de Medicina y Ciencias de la Salud, hoy convertida en facultad de la Universidad Militar Nueva Granada.

En dicha facultad se han formado, durante más de cuatro décadas, cerca de dos mil médicos cirujanos9, algunos de los cuales han decidido servir como oficiales de sanidad de las Fuerzas Militares (Ejército Nacional de Colombia, Armada de Colombia y Fuerza Aeroespacial Colombiana)10 y de la Policía. A esto se le llama escalafonarse, lo que está contemplado en el Decreto Ley 1790 del año 2000, con algunas disposiciones que se reglamentan en el Decreto 1495 del 2002. En pocas palabras, de manera voluntaria, el médico egresado (o cualquier otro profesional) de cualquier universidad escoge alguna de las instituciones y se incorpora siguiendo un proceso de selección e instrucción para poder desarrollar su carrera, pero además debe asumir labores administrativas y muchas funciones propias de la fuerza pública.

Precisamente, en la búsqueda de futuros médicos de sanidad, el pénsum de pregrado de la Facultad de Medicina de la Universidad Militar Nueva Granada ha realizado, a lo largo de los años, una inducción a la vida militar con una materia llamada Instrucción Militar, que se imparte durante los dos primeros semestres, y otra denominada Medicina y Salud Operacional, que se dicta durante el tercero y cuarto semestres.

En dichas asignaturas, los estudiantes reciben desde preparación táctica y entrenamiento físico hasta clases sobre fisiología de vuelo y aplicaciones de la terapia hiperbárica. Para la gran mayoría de profesionales que figuran en este libro, haber estudiado pregrado en la Universidad Militar les permitió, al graduarse como médicos, convertirse en miembros de alguna de las fuerzas e ingresar directamente con el grado de teniente. En la actualidad, el proceso es diferente.

Por otro lado, quienes egresan de la Universidad Militar, pero no se escalafonan, por reglamentación del Gobierno, al haber recibido cuatro semestres de formación militar, pueden ser parte de la reserva de oficiales. Es decir, son civiles que no están vinculados directamente a las fuerzas, pero que pueden seguir apoyándolas desde otros ámbitos y estar disponibles en situaciones de emergencia nacional que así lo requieran.

Desde la primera promoción de médicos de esta facultad, que egresó el 12 de enero de 1984, las Fuerzas Militares empezaron a tener profesionales propios que poco a poco fueron dando forma a los procesos y protocolos de atención, en desastres, entre otros, y, por supuesto, en combate. Estos últimos han sido cruentos y cambiantes con el paso del tiempo y también les han impuesto retos profesionales únicos, como leerán en sus historias.

Estos médicos militares han acompañado a las tropas en sus enfrentamientos con diferentes grupos armados durante décadas, pero sin duda uno de los momentos más complejos y difíciles de la guerra en el país se vivió durante la retoma de la zona de distensión, o la también llamada retoma del Caguán, en el año 2002. Esta ha sido catalogada como una de las mayores ofensivas militares en la historia nacional. Con ella se buscaba recuperar el territorio cedido a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) durante los diálogos de paz del entonces presidente Andrés Pastrana.

Ante el fallido proceso de negociación y las medidas tomadas, como el ingreso al área de miles de soldados con el claro objetivo de cerrar filas contra los violentos y retomar el control del Estado por la vía militar, se anunciaba un apocalipsis.

El número de lesionados y de muertos se iba a desbordar. Por eso, el personal de sanidad militar también debía tener su propia estrategia de respuesta. Así, por iniciativa y liderazgo médico, continuó un proceso que finalmente llevó a la conformación del Plan Pantera, que incluyó un eslabón decisivo en la atención del trauma militar: el Grupo Aerotransportable de Soporte Vital Avanzado en Trauma (GATRA).

Este grupo hizo aprendizajes propios y los tomó de otros ejércitos, como los de Israel, y del Comando Sur de los Estados Unidos. Su esencia consistió en descentralizar los servicios y en que los especialistas estuvieran más cerca del combate, en un radio de no más de una hora de vuelo en helicóptero, para brindarles a los heridos la mejor y más rápida atención, estabilizarlos y continuar, a través de varios niveles definidos de servicios, para garantizar que llegaran a la atención especializada final con la mayor probabilidad de supervivencia.

Los niveles de atención se definieron así11:

  • Nivel I: EMEREVAC (Equipo Médico de Rescate y Evacuación en Combate). Como su nombre lo dice, era el equipo encargado de prestar los primeros auxilios básicos en el campo de batalla, específicamente el control de hemorragias agudas, la profilaxis de la infección y la evacuación inmediata. Estaba conformado por un médico general y soldados entrenados. Los buenos resultados se debieron, en parte, al trabajo de este equipo, que reanimaba y evacuaba al herido en un tiempo promedio no superior a una hora y media, lo cual era decisivo para lograr la supervivencia del paciente.
  • Nivel II: GATRA (Grupo Aerotransportable de Soporte Vital Avanzado en Trauma). Constituido por un cirujano general, un ortopedista, un anestesiólogo, un médico asistente, una enfermera jefe, un bacteriólogo, un instrumentador y cuatro auxiliares de enfermería. Este equipo recibía a los heridos del EMEREVAC en un rango de tiempo menor de una hora desde el sitio de evacuación y efectuaba todos los procedimientos para atender y estabilizar a los pacientes, incluyendo maniobras de reanimación y cirugía de control de daños. También, en caso de ser necesario, iniciaba los cuidados intensivos básicos y preparaba a los pacientes para evacuarlos a un centro de mayor complejidad. La conformación de este grupo no fue aleatoria, pues se basaba en la evidencia disponible sobre las principales causas de mortalidad en el campo de batalla y, por lo tanto, en el personal en capacidad de manejarlas. En Colombia, en ese momento, las tres principales causas de muerte inmediata eran las heridas de tórax (34 %), el desmembramiento por minas antipersonales (17 %) y las heridas de cráneo (31 %). De ahí se desprendieron otras medidas de tipo preventivo, como el uso de chalecos antibalas y cascos, así como las operaciones militares para d

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