AMELIA
La de Amelia, como todas mis historias amorosas, fue difícil. Y, sobre todo, muy difícil al final. Entramos a trabajar casi al mismo tiempo en el Hospital Mental Isabel Ferro de Buendía, de Armero, ella como psicóloga y yo como médico rural.
Era una grácil y alargada trigueña, una versión indonésica del hermoso fenotipo de los armeritas que eran gentes pálidas, trigueñas, de indomable pelo negro liso y ojos grandes del color del grano de café de sus montañas.
La descomplicada Amelia sonreía a toda hora con sus dientes blanquísimos y alargados; sus manos también extensas, con dedos que parecían pinceles. Nos gustamos de inmediato, pero yo tenía líos en Bogotá con Ángela, mi primer loco amor, mi novia de la Facultad, con quien estaba entre terminar o no la relación.
Pasaron los meses y nos fuimos acercando y gustando más y más, hasta que nos ennoviamos secretamente porque no queríamos chismes en el hospital. Nos encantaba hacer paseos de río en su Vespa, en la que también íbamos los sábados a comer empanadas con avena a Guayabal, entonces corregimiento del pueblo. Los dos éramos muy celosos, y ambos coincidíamos en tener razones para serlo; por eso, y por nuestros similar carácter explosivo, inmaduro y apasionado, la relación tuvo muchas tormentas, remansos y desiertos espinosos.
Al final, ambos concluimos que lo mejor, “lo único bueno”, dijo ella, era el sexo. Nos amábamos sin tiempo en las insoportablemente cálidas noches armeritas. Todo lo demás era un desastre. Entonces, sin proponérnoslo ni decírnoslo, comenzamos a funcionar como “simples” —no era nada simple— amantes de éxtasis clandestino.
Tres semanas antes de la avalancha, ella había ido a un congreso de psiquiatría en República Dominicana, antes del cual habíamos tenido la última de nuestras sudorosas ebulliciones de pasión. Al final, los dos nos quedamos en silencio y recuerdo que Amelia, con su cabeza sobre mi pecho, mientras me acariciaba las piernas, me dijo:
—Cómo somos de idiotas… Si nosotros en el fondo nos queremos.
No supe qué responderle, me quedé en silencio.
*
Amelia regresó de República Dominicana más displicente y distante que nunca. Evitaba mirarme, mientras, en los almuerzos de trabajo o en la cerveza de la tarde, con otros amigos, contaba distintas anécdotas risueñas y hacía ridículos alardes de los pasos de merengue y bachata que había aprendido en las fiestas del congreso.
Uno de los estudiantes de medicina, que también había estado en el viaje, circuló al desayuno las recién reveladas fotos del paseo, con muchas escenas de playa y baile en las que se veía a Amelia, varias veces, al lado de un mismo personaje, sonriente, moreno y de bigotes, que la tenía tomada por la cintura.
Al ver las fotos pensé: “Este es el final, voy a terminar del todo esta huevonada y tratar de reconquistar a Ángela, que, al fin y al cabo, me ha querido toda la vida”. Luego me fui rápido a hacer una consulta.
Pasaron varios días sin que nos habláramos. La noche anterior a la avalancha, terminé de trabajar tarde y al salir, y apagar la luz y echarle candado a la puerta del ala de consulta externa del hospital, vi que Amelia estaba esperándome, en una de las sillas de la sala de espera, con cara de desesperación y a punto de llorar.
La tomé por el hombro y le pregunté qué le pasaba. Me contestó, sorbiéndose los mocos, que ahí no me decía, que nos tomáramos algo. Salimos del hospital y cruzamos la calle para entrar a Pindalito, el hotel de enfrente, donde había servicio de piscina y bar, pero vimos que varias mesas estaban ocupadas por los alegres estudiantes de medicina, de terapia ocupacional y por los residentes que rotaban en el hospital. “Aquí tampoco”, dijo ella, “hay mucha gente”.
Salimos y se paró en la calle, frente a mí, y me puso en la mano un pequeño papel. Tenía el sello de un laboratorio clínico y en algún rincón decía “positivo”.
—¿Qué es esto? —le pregunté incrédulo e idiota.
—Es una prueba de embarazo, Ariel. Estoy embarazada. Estamos embarazados —dijo ella, haciendo especial énfasis en la palabra estamos.
—¿Qué? —le pregunté estúpidamente—. ¿Embarazada? ¿De mí? No puede ser.
—¿De quién más va a ser? —me reclamó ella y me tomó las manos, con los ojos inundados en lágrimas—. Yo no he estado con nadie más, se lo juro. Ese hijo es suyo. Es nuestro. Y yo a usted lo amo, Ariel. Pase lo que pase, créame o no, asúmalo o no, yo voy a tener ese bebé, con usted o sin usted.
Quedé paralizado y mudo. Amelia, muy decidida, se montó en su Vespa, accionó la palanca con el pie y arrancó hacia el pueblo. Yo la seguí con la vista hasta que desapareció.
Del cielo caían pequeñas, diminutas, bolitas de colores blancuzcos, beige y arena; volátiles, parecían copos de nieve. La noche siguiente el mundo se nos vino encima con toda su furia.
Y no volví a ver a Amelia Anzola Beltrán nunca más en mi vida.
EL KARMA DEL DRAGÓN
Estas páginas, pretenden —quizá torpemente— bordar el hilo de la trama que dará forma al proceso de dos rituales de exorcismo: el individual y el colectivo. Descifrar lo que por momentos pueden ser jeroglíficos pintados con letras será una aventura de cada lector, parte de un rito.
Atravesé un destino que se bifurcó la fatídica y horripilante noche del 13 de noviembre de 1985, en Armero, Tolima, Colombia. Viví momentos aciagos, labrados con fuego en mi memoria, y en la de toda una generación, porque la furia de un demonio, o de un dragón del inframundo, mató de un zarpazo a unas 25.000 almas y nos dejó con vida solo a mil, quizá cuidadosamente elegidos.
Cada uno de los que sobrevivimos quedamos marcados en el alma con ese sello indeleble tatuado con los hierros candentes del horror. En nuestro espíritu se instauró para siempre un maleficio que permanecerá hasta nuestra segunda y definitiva muerte. Porque, aunque vivos, ese 13 de noviembre fue para cada uno de nosotros lo mismo que una muerte de la que hemos tratado de deshacernos de una manera diferente y, quizá, a cual más ineficaz.
El lector presenciará este ejercicio de expulsión que puede llegar a ser demoníaca. Puede pasar que, con la mirada aguzada, entre líneas, palabras y frases, le sea posible percibir la magnitud de la maldición que emergió del centro de la Tierra y que nos embrujó a mí y a los demás sobrevivientes, al punto de que lo persiga un poco también y lo lleve, de algún modo, a hacer de la vida algo mejor.
El reto, al final, será lo mismo que un regalo.
*
¿Cómo escribir, sin ser escritor, este relato, mitológico y verdadero, de lo que me pasó en Armero?, ¿cómo no caer en el melodrama barato o el fácil voyerismo morboso por el dolor y la muerte?
Si este fuera otro de mis escritos de psiquiatría, no tendría ningún problema en llenar páginas y páginas de datos y recomendaciones. Pero ahora estoy hablando de mí, desnudándome en público, también como psiquiatra, y me da pánico escénico. No tengo valor para seguir escribiendo.
*
Entre el párrafo anterior y este pasaron dos semanas en las que estuve intentando huir, ocupándome en otras cosas; fueron días de resbalarme, perdiéndome por los estériles callejones, oscuros e inútiles, de las redes sociales.
Decidí, entonces, preguntarle a la inteligencia artificial sobre recomendaciones para superar la tenebrosa página en blanco. Le di algunos elementos de contexto sobre de qué iba la historia y comprobé que el algoritmo espía mi inconsciente.
No estás loco ni solo en el relato autobiográfico que estás creando, al sentir como una posesión demoníaca los efectos del trauma por la erupción del volcán. De hecho, en muchas culturas y mitos antiguos y recientes, los volcanes se han asociado con dragones y con demonios. En la antigua Grecia, por ejemplo, existe un mito según el cual el volcán Etna, en Sicilia, está asociado con el monstruo Tifón, descrito como un ser de cien cabezas de dragón que, al enfurecerse, arrojaba fuego y causaba erupciones volcánicas.
Hefesto (traducido como “Vulcano” para los romanos), tiene que ver con tu historia, puesto que este hijo de Júpiter (Zeus) y Juno (Hera), los dioses supremos del Olimpo, a diferencia de otros dioses, tiene un aspecto físico que no es el de un joven bello y atlético, sino el de un hombre robusto, marcado por la cojera y, a veces, descrito como poco agraciado [me encaja perfecto]. Vulcano (Hefesto en la mitología griega) encarna la paradoja del fuego: es capaz de destruir, pero también de crear. Esta diferencia lo hace único entre los dioses olímpicos y lo acerca más a la humanidad, pues sufre y supera adversidades.
Sentí que, con estos datos, no podía hacer otra cosa que convertirme al vulcanismo para hacer de Vulcano uno de mis dioses protectores.
¿Posesión demoníaca? La hermandad no podía ser mayor. Hefesto supo, como yo, sortear las dificultades que le representaban tener una discapacidad física —estaba cojo— y fabricó con destreza armaduras de oro, cinturones preciosos y escudos que libraron las más nobles de las batallas divinas y humanas.
Vi en mis manos las de él: artesanos, encantadores de palabras. Entendí entonces la importancia del fuego —la herramienta de trabajo de Hefesto, y el instrumento de mi desgracia—, de su capacidad arrasadora y mortal; pero también de su naturaleza transformadora y creativa.
El volcán también es potencia, renacimiento. La lava fertiliza, Hefesto martilla; yo escribo, y, entre el sueño y la vigilia, trato de entender y explicar.
Esa noche, antes de dormir, repasé lo que me había ocurrido con la inteligencia artificial, sin creer del todo en la fuerza de las asociaciones que estaba haciendo, que me parecieron poéticas, pero inverosímiles.
De repente, al despertarme la mañana siguiente, una sombra de duda se atravesó en mi cabeza. Vulcano es un hacedor de armas, ¿se podría entonces relacionar de algún modo con Armero? ¿Vulcano —armas— Armero? Le volví a preguntar a la inteligencia artificial: ¿cuál es el origen del nombre de Armero? El resultado me arrojó información y varios enlaces, uno de ellos me llevó a un viejo artículo del periódico El Tiempo:
Armero fue fundado con el nombre de San Lorenzo en 1895 y el 29 de septiembre de 1908 fue erigido como distrito municipal, según decreto firmado por el presidente Rafael Reyes. En 1930 tomó el nombre de Armero, según ordenanza de la Asamblea del Tolima en memoria de José León Armero, un prócer de la Independencia que terminó fusilado por el Ejército español en el municipio de Honda.
Continué en la búsqueda con los datos del chat de inteligencia artificial y pude leer que José León Armero fue arrestado y fusilado junto con Camilo Torres, el sabio Francisco José de Caldas y Policarpa Salavarrieta. Encontré una página que habla del origen español del apellido, en Toledo, y de su posible relación con la costumbre medieval de apellidar a las familias según su oficio; es decir, en este caso, fabricantes de armas.
No podía creer lo que estaba confirmando: Armero y Vulcano tienen el origen común de ser fabricantes de armas.
Mi reto ahora —como si fuera Homero, Tolkien o García Márquez— es integrar ambos relatos: la destrucción de Armero que devino en mi posterior amputación.
¿Desde el más allá —desde el Hades— los dragones del inframundo y los fabricantes de armas están íntimamente relacionados?, ¿fueron los celos del cojo Vulcano, por la prosperidad y alegría del lugar cuyo nombre le recordaba a un competidor en la fabricación de armas
