Franco

Giles Tremlett

Fragmento

Introducción. Un mesías militar

Introducción

Un mesías militar

El 19 de mayo de 1939, un hombre de estatura baja vestido con uniforme caqui y faja roja de general del Ejército español bajó de un coche descapotable en el actualmente llamado paseo de la Castellana, una amplia avenida de Madrid, para subirse a un estrado de dos pisos ubicado delante de un imponente arco de la victoria. Los pasos del Generalísimo Francisco Franco eran cortos, como correspondía a un hombre de cuarenta y ocho años que medía 1,63 metros, cuya cintura y barriga habían engrosado para darle un perfil de pera. Su poco impresionante presencia, acentuada por una voz aguda y aflautada, resultaba engañosa. Ocultaba una acerada confianza en sí mismo y una sangre fría apuntaladas por una tranquilidad preternatural. Muchos lo habían subestimado. A esas alturas, sin embargo, no cabía la menor duda de su ambición ni de su capacidad para alcanzar sus objetivos. Estaba ahí para celebrar su absoluto triunfo personal y político como el Generalísimo que había ganado una guerra civil de tres años. Comenzaba así una dictadura de treinta y seis años en el sexto país más poblado de Europa.[1]

Franco era mucho más que un general victorioso. Estaba de acuerdo con sus aduladores, atareados con la descripción de su triunfo en términos bíblicos. Era el Redentor. Había extraído la mala sangre del cuerpo enfermo de España y la había derramado en las cunetas. Aquello había costado medio millón de vidas, pero el precio había merecido la pena. Los enemigos que habían emponzoñado y debilitado la nación durante ciento veinticinco años, desde que los liberales se arrimaron por primera vez al poder, no solo habían sido vencidos, sino también políticamente aniquilados. Solo era comparable a los grandes héroes de la historia española: el Cid, Cristóbal Colón o los conquistadores del siglo XVI que sometieron gran parte de las Américas para España.

La decadencia había terminado por fin. Se había restaurado el orgullo español y aguardaba la gloria. De hecho, era precisamente lo que se intentaba escenificar aquel mismo día en el espléndido paseo de la Castellana (que ahora lucía el nombre de avenida del Generalísimo en honor al propio Franco). En torno a un millón de personas llenaban las calles, aunque los propagandistas del nuevo régimen estimarían el doble. No importaba que un número similar estuviesen encarcelados o exiliados, al menos no para Franco.[2] Ahora habría paz. Sería su paz, forjada en términos indoblegables.

El contraste entre la nada carismática presencia de Franco y su poder absoluto sigue siendo una de las múltiples contradicciones desconcertantes. En persona, podía ser afable, tímido, cortés, a veces gracioso y a menudo mortalmente aburrido. Como líder, sin embargo, era frío y despiadado. Uno de los embajadores de Mussolini, como muchos de quienes lo conocieron, se sentía confundido. El Caudillo, como también se llamaba con frecuencia a Franco, era «duro de un modo no insolente, sino más bien suave y flexible, como una piedra bien pulida», y combinaba «frialdad y elegancia [con] […] una manera mesurada de decir las cosas más graves».

En realidad, había dos Francos: el soldado y el civil. El Franco soldado estaba lleno de confianza y resolución. El Franco civil era calculador, lento y cauteloso.[3] Con ambos disfraces, su característica definitoria era el orgullo obstinado. Jamás reconocía sus errores. Sus motivaciones políticas eran reaccionarias y ultranacionalistas, y se hallaban integradas en lo que un embajador británico describiría como una «espesa niebla de autocomplacencia». Su régimen llegaría a basarse, por encima de todo, en su imposición del control y el rígido conservadurismo social de la religión y el género que regía en su propia casa. Su mayor debilidad era un ego descomunal y de piel fina.

Buena parte de su gobierno se revelaría desastroso, pagado por los españoles de a pie con el hambre, la miseria y la sofocante grisura de una sociedad dominada por los sacerdotes, los soldados o los burócratas del régimen. Sin embargo, se negaba a renunciar, incluso cuando su estatus personal como un paria internacional trajo penalidades a todo el país. Los acontecimientos influían en las acciones de Franco, pero jamás hacían mella en sus creencias fundamentales ni en su ilimitado amor propio. La crónica de su mandato, de hecho, versa más sobre la adaptación de los españoles a Franco que sobre la transformación de este por aquellos. Los españoles solo se liberaron con su muerte en 1975, en la cama de un hospital emplazado en ese mismo bulevar bordeado de árboles. Por entonces, el franquismo era lo único que había conocido la mayoría de la gente. Ahora bien, este había pasado por fases notablemente diferentes. España era irreconocible en comparación con el país que había acabado conquistando en 1939. Una década y media de extraordinario, aunque tardío, crecimiento económico antes de su muerte significaba que la sociedad española había sufrido la clase de transformaciones sustanciales que hoy en día solo la población de países como Vietnam o China está preparada para comprender. El campo había cedido el paso a la ciudad. La electricidad, el agua corriente y la escolarización habían llegado a la mayoría de los hogares. Los coches, los tractores y los televisores eran normales. Había un marcado contraste con la escasez, el hambre y la represión vengativa de los primeros años del régimen, cuando muchos luchaban por sobrevivir. En términos comparativos, España seguía siendo un rezagado europeo, pero el pueblo no siempre era consciente de ello. El crecimiento provocaba optimismo, entusiasmo y una gratitud mal informada.

La muerte de Franco produjo una genuina efusión de duelo, lo cual planteaba interrogantes inquietantes acerca de la autocracia. ¿Por qué no había más personas abiertamente encantadas de haberse librado de él? Las respuestas a ello, excavadas en parte de la lobreguez de la propaganda y la censura, son con frecuencia incómodas. La reciente bonanza económica y el optimismo que esta engendró fueron parcialmente responsables. Algunos, sin embargo, o bien no deseaban la libertad, o bien la calificaban por debajo de otros deseos. Temían el cambio y preferían la estabilidad forzosa o la imposición deliberada de su visión del mundo a los demás. Muchos otros simplemente consentían. Justificaban esto ante sí mismos como un consentimiento en aras de la preservación de un sentido de agencia y autoestima. Franco no dio ninguna otra opción a los españoles. Una inversión temprana en el terror pagó dividendos durante décadas, incluso cuando desapareció de la vista pública. Franco modeló a los españoles, ya en la aquiescencia, ya en la oposición. Algunos lo amaban. La mayoría no conocían otra cosa. Habían sido literalmente educados en el franquismo.

Nada de esto se podía haber imaginado el nublado día del desfile de la victoria de Franco en 1939. El amplio escenario estaba dividido en dos niveles principales, con los dignatarios y los obispos sentados y distribuidos por el extenso nivel inferior. Prominentes entre ellos eran los representantes de sus aliados fascistas Adolf Hitler y Benito Mussolini, en tanto que el embajador de Francia, el mariscal Philippe Pétain, parecía más taciturno con su bigote blanco de morsa. De los seis países más poblados de Europa, la Francia de Pétain y Gran Bretaña eran las únicas democracias que quedaban en pie mientras los fascistas y los autócratas de derechas conducían al continente que aún dominaba el mundo hacia una nueva guerra mundial. Un segundo nivel de la tribuna estaba reservado para los generales y almirantes de alto rango, apiñados en pie como en el puente de un buque de guerra. Encima, un minúsculo estrado con espacio para poco más de dos personas se alzaba sobre el bulevar como un púlpito o un puesto de vigilancia. La guardia personal de Franco, con sus capas y sus turbantes blancos —la Guardia Mora—, había trotado junto a su coche blindado y ahora bordeaba la calle bajo él.

A lo largo del bulevar y en los campos al norte de la ciudad, ciento veinte mil efectivos aguardaban bajo las nubes grises para desfilar ante el hombre que había encabezado la batalla para derrocar una joven democracia. Sin embargo, primero subió al púlpito con Franco otro general, que prendió en su pecho la Cruz Laureada de San Fernando, el mayor honor militar de España. Franco codiciaba esa medalla desde hacía un cuarto de siglo mientras ascendía en el escalafón del Ejército. Ahora podía otorgársela a sí mismo.[4]

Los partidarios de Franco lo creían merecedor de esa brillante distinción. Después de todo, ningún general español en la historia reciente había logrado una victoria tan absoluta. La gran estrella, con sus cuatro brazos de dos puntas, estaba prendida a su pecho izquierdo en el espacio de encima de la faja. Su sencillo atuendo militar, coronado por la boina roja preferida por sus aliados católicos más reaccionarios y vestido sobre la camisa azul de la estirpe de fascistas de cosecha propia de España, reflejaba la trinidad de visiones del mundo sociales y políticas superpuestas que apuntalaban su régimen naciente: el catolicismo reaccionario, el nacionalismo marcial y el fascismo. A pesar de sus contradicciones, y utilizando el anticomunismo como elemento aglutinante, las había cimentado en una plataforma desde la cual imponer su visión de cómo debían vivir y ser gobernados los españoles.

Aunque ese mismo día el propio Franco hablaría de Madrid como una víctima —una ciudad de mártires de la furia «roja» de inspiración comunista que supuestamente gobernaba los corazones de sus enemigos—, ese desfile fue una celebración de conquista más que de liberación. Se había supuesto que la capital de España caería poco después de una insurrección militar en contra de un Gobierno electo de izquierdas, a la que Franco se unió en julio de 1936. En cambio, Madrid resistió durante tres años a los ejércitos de Franco, que se autodenominaban «nacionales».[5]

Las cinco horas de desfile estaban destinadas, entre otras cosas, a transmitir un mensaje de triunfo total, indoblegable e irreversible de una parte de España sobre la otra. La incómoda alianza de Franco de conservadores, neorreaccionarios y fascistas se había impuesto sobre una mezcla igualmente heterogénea de liberales, izquierdistas, anarquistas, comunistas y regionalistas.

El propio Franco lo veía como la derrota de la historia o, más bien, del siglo y cuarto anterior de la historia de España. «El siglo XIX, que quisiéramos eliminar de nuestra historia, es la negación del espíritu español», diría más adelante.[6] Ese siglo había sido contaminado por las impurezas extranjeras; la Ilustración, el liberalismo, la masonería, la democracia, el marxismo y la denigración de una Iglesia católica que, a su juicio, definía a la raza española. Más tarde ese día denunciaría el «espíritu judaico» que estaba detrás de todo aquello.[7] Para Franco, aquel era un triunfo de la pureza y un retorno a un orden religioso y social natural que había engendrado a los héroes del siglo XVI, que habían conquistado un gran imperio en las Américas para España y su Dios cristiano. Así pues, Franco era tanto el deslumbrante hombre nuevo como la reanudación de la gloria interrumpida de España, un nuevo conquistador. Su nombre estaba blasonado en los arcos que tenía a sus espaldas, tres veces en cada pilar: «¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!». Escucharía y vería continuamente a partir de entonces esa triple repetición de su nombre, pintada en los muros o gritada por las multitudes, conforme se diseñaba con esmero un culto a la personalidad.

La Providencia lo había llevado hasta ahí, pensaba. En realidad, su triunfo personal era el producto de su ambición, su competencia militar, su impiedad, su autoestima ilimitada, su lucidez, una sinuosa habilidad para las intrigas egoístas y un carácter autoritario y desconfiado por naturaleza.

Había sido un comandante en jefe metódico; para Hitler y Mussolini, cuando estos intervinieron de un modo crucial a su favor con hombres, armas, armamento y aviones, frustrantemente lento. No obstante, libre de toda inseguridad, Franco rehusaba ser apremiado. En vez de ello, a su manera glacial, se dio a la tarea de erradicar al enemigo con lentitud en el campo de batalla y extirparlo en la retaguardia. Incluso sus colaboradores y familiares más cercanos estaban asombrados por su carácter gélido, que se enfriaba más con el paso del tiempo. Pocas cosas lo conmovían más allá de un deseo personal de ascender en el escalafón y de la idea de que España era un país despreciado cuya reputación tenía que ser defendida a toda costa. En esto se asemejaba a un duelista de la Regencia que exigía respeto por encima de todo, incluida su propia vida. De hecho, tenía una mentalidad esencialmente anticuada, una regresión al siglo XIX o incluso más atrás.

Franco era un autócrata. Sin embargo, no tuvo que imponerse en toda España. Una parte del país había respaldado la insurrección y el derrocamiento de la democracia. Puede que esta no fuese la mayoría que él reivindicaba, pero representaba a un sector significativo de la sociedad española. Nadie se había unido a la guerra imaginando que de esta resultaría una dictadura personal de treinta y seis años, ni siquiera que Franco se convertiría en su Generalísimo y Caudillo. Sobre sus fieles, no obstante, también impuso disciplina. A lo largo de las décadas de adoctrinamiento, reemplazo demográfico y adormecimiento de los españoles en un estado de pasividad y apatía política, fueron muchos más los que se convirtieron al rígido conservadurismo social que apuntalaba la forma de pensar del propio Franco. Incluso un amplio sector de aquellos que seguían sin convertirse al franquismo temía la incertidumbre de un futuro sin él.

El historiador Antonio Cazorla Sánchez, por lo demás un biógrafo de Franco profundamente crítico, cree que la mayoría de los españoles llegó a apoyarlo, aunque fuera de manera pasiva. «Su ascensión política y ejercicio del gobierno se convirtieron en una tragedia para el país —sostiene—. Sin embargo, sería ingenuo o autocompasivo pensar que se mantuvo en el poder casi cuarenta años solo por la fuerza o el engaño».[8]

La magnitud exacta del apoyo a Franco es imposible de calibrar. Esto forma parte del manual de estrategias del autócrata. Dicen hablar en nombre de una mayoría, pero no consultan al pueblo (excepto bajo circunstancias rigurosamente circunscritas o corruptas, como Franco hacía de manera ocasional). También es cierto que la tiranía de una minoría considerable, o incluso de una mayoría, sigue siendo una tiranía.

El don de Franco consistió en convertir el conservadurismo social español en una imposición autocrática. En su versión más dura, la convirtió en una máquina asesina. No es de extrañar que la oposición permaneciese amedrentada. El enigma de cómo podía hacer eso y granjearse el apoyo se explica mejor por su uso de otro truco de autócrata: culpar de todos los contratiempos a los enemigos de la nación. Quizá su talento más singular, sin embargo, fuese persuadir a un número significativo de españoles de que eran incapaces de gobernarse a sí mismos o de vivir pacíficamente sin él. Franco pensaba que el pueblo español era grande por naturaleza pero, solo bajo su disciplina autoritaria y, en ocasiones, violenta podría realizar esa grandeza, tal como lo hizo con las tropas que lideró cuando era un joven oficial.

Las ideas políticas de Franco no eran evidentes todavía el día de su desfile de la victoria, en parte porque estas eran muy escasas. Se había escondido desde hacía tiempo detrás de una calculada ambigüedad, que algunos atribuían a la retranca de un oriundo de la lluviosa región noroccidental de Galicia. En su juventud eso le había servido de disfraz para su ambición. A la larga, también le ayudó a proyectarse como un pragmatista benevolente. No obstante, la interminable exhibición de saludos con el brazo en alto, esvásticas y otros adornos fascistas en los uniformes de los oficiales alemanes e italianos que lo acompañaban en su estrado mostraban dónde estaban sus simpatías. El régimen ad hoc instaurado a principios de la guerra —comparado con un «Estado campamental»— parecía ahora encaminarse hacia el fascismo. En realidad, el Estado franquista estaba aún en pañales. Dispondría de mucho tiempo para mutar.

Si los españoles no estaban seguros de lo que motivaba a Franco en 1939, él hizo poco por ayudar a quienes lo estudian en la actualidad. Sus pensamientos y sentimientos internos son en buena medida inescrutables. Su escritura suele adoptar la forma de discursos barrocos cargados de eslóganes patrióticos y frases épicas pero poco reveladoras. Sus prejuicios (contra los izquierdistas, los liberales, los judíos e, intensa y extrañamente, contra los masones) eran claramente visibles allí, y en especial en las columnas de prensa que firmaba con el seudónimo Jakim Boor. Pero las cartas y los diarios escritos por otros dirigentes que sentían la necesidad de dialogar consigo mismos o con otros simplemente no existen en su caso. Franco jamás conoció tal necesidad, entre otras razones porque la inseguridad rara vez perturbaba su mente. Para hacernos una idea de su vida emocional o intelectual hemos de recurrir a los diarios y las memorias de aquellos que trabajaron a su lado. Estos admiten con frecuencia que su impenetrable y legendaria frialdad los obligaba a hacer conjeturas.

Un inusual atisbo de los pensamientos íntimos del dictador apareció en los cines españoles en 1942 con la película Raza, basada en un bosquejo escrito por el propio Franco. El título sintetizaba sus preocupaciones políticas. La «raza» española, simplemente permaneciendo fiel a sí misma, podía alcanzar cualquier cosa que desease, argüía. No necesitaba al resto del mundo. De hecho, la raza solo fracasaba cuando estaba contaminada por las ideas extranjeras. Eso venía sucediendo desde que el pensamiento de la Ilustración francesa se había propagado a España, seguido por sus descendientes bastardos: el liberalismo, la democracia, la masonería y el comunismo.

Raza revelaba asimismo el abrazo místico de Franco al martirio marcial, con la guerra como la forja de una nueva nación, una visión surgida de su experiencia como oficial del Ejército colonial en el protectorado español en Marruecos. Los espectadores veían una empalagosa versión de domesticidad española en la que los hombres viriles luchaban y morían defendiendo la reputación de la nación, mientras las mujeres los apoyaban, rezaban y criaban hijos. Antes de que el padre parta para luchar en la entonces colonia española de Cuba en 1898, uno de sus hijos comenta: «No comprendo que el morir pueda ser hermoso». El padre le responde con unas palabras que expresan los pensamientos del propio Franco: «Lo es, Pedrito, lo es. El deber es tanto más hermoso cuantos más sacrificios entraña».[9] Resultaba revelador que Franco asociase esta idea con el momento más traumático de la historia española reciente, cuando se habían perdido en 1898 los restos del gran imperio de antaño. Devolver a España esa antigua grandeza era de hecho su misión primordial.

El recurso de Franco a la cinematografía era un reflejo de su creencia, a veces errónea y catastrófica, en la amplitud de sus propios conocimientos y capacidades. Sin embargo, también mostraba que era capaz de imaginar una historia e inventar una narración, aun cuando esta siempre adoptase una misma forma: el héroe que se mete en peligros, dispuesto a dar su vida para defender su honor y el de su nación, y emerge de ellos en un estado cercano a la santidad. De hecho, así es como su propio régimen describiría al mismo Franco.

Previamente, en un libro publicado en 1922 sobre sus hazañas militares, Marruecos: diario de una bandera, había mostrado la disciplina, el deseo y la capacidad de escribir. El libro está repleto de clichés y manidas heroicidades, pero revela asimismo un glacial interruptor emocional que le servía en la batalla y en la política. «En la guerra hay que sacrificar el corazón», declara.[10] Gracias a la supervivencia de grupos guerrilleros, no levantó por completo el estado de guerra en España hasta 1951, lo cual le brindaba sobradas excusas para seguir sacrificando su corazón durante muchos años. De este modo, algunas supuestas medidas de guerra, como la rígida censura de la prensa previa a la publicación, siguieron en vigor hasta mediados de la década de 1960. Su régimen continuó ejecutando gente hasta el último momento.

Las dudas rara vez nublaban su mente, ni tampoco acostumbraba a reconocer su ignorancia. Ello lo condujo a tomar terribles decisiones económicas durante su mandato, al tiempo que convertía a ese hombre por lo demás desconfiado en una presa fácil para proyectos milagro desacertados o fraudulentos, como la explotación de vetas de oro supuestamente ricas bajo España o la existencia de una fórmula secreta para la creación de combustible sintético.

Aunque Franco no estableció un pleno poder sobre la totalidad de España hasta 1939, la era franquista comienza en 1936, ya que su autodeclarado acontecimiento inaugural es la insurrección armada que él contribuyó a liderar y que desencadenó la guerra civil española. El franquismo se convirtió en un concepto mutable, pero lo impulsaban ya los dos objetivos de devolver a España su grandeza y mantener a Franco en el poder. En general fracasó en el primero. En términos comparativos, España siguió siendo pobre e impotente. Durante la primera mitad de su dictadura, resultó un desastre económico. Los años posteriores de crecimiento del llamado «milagro económico español» nunca llegaron a compensarlo del todo. Tanto Italia como Portugal, las naciones al este y al oeste, aventajaban a la España franquista en crecimiento del PIB per cápita entre 1936 y 1975.[11] No obstante, algunas cosas permanecieron inmutables. El régimen no solo proclamaba con gran insistencia que el orgullo español había sido restaurado, sino que convirtió además esa soberbia irreflexiva en una virtud. Supeditó asimismo ese orgullo a un único hombre: el propio Francisco Franco.

Ahora bien, el Caudillo impuso exitosamente su paz durante más de tres décadas. Su España estaba básicamente tranquila, al menos para aquellos no obligados a lidiar con la pobreza extrema o purgados (como los 15.107 de los 15.860 funcionarios públicos despedidos en Cataluña) y castigados por pertenecer al bando perdedor.[12] Los terremotos políticos y sociales podían sacudir el resto del mundo, pero la vida en la España franquista, por miserable que fuese para algunos, apenas parecía temblar. Ello se debía en parte a que el régimen de Franco, al haber abandonado otros objetivos, pasó a consistir básicamente en la imposición del orden, la conformidad y el conservadurismo social. Por lo demás, su principal objetivo era mantener al propio Franco en el poder.

La obediencia a la Iglesia y al Estado provocó un notable resurgir de la devoción. Los historiadores que buscaban una forma de describir su precaria filosofía política acabaron bautizándola como nacionalcatolicismo. Las décadas de control de las escuelas, los periódicos, las cadenas de radio y televisión y las obras de novelistas, cineastas y demás creadores sirvieron para propagar la apatía política. La censura retiraba de la vista los disturbios públicos, incluso aquellos tan banales como la brutalidad rutinaria en los campos de fútbol.[13] El deseo individual de rebelarse contra las restricciones morales, sexuales y culturales del régimen de Franco (que eran un fiel reflejo de su propia vida doméstica extraordinariamente conservadora) perduraba en mucha gente, pero la sociedad en su conjunto estaba amansada, incluso subyugada, por la imposición cultural, social, religiosa y legal de las costumbres franquistas. En la España de Franco, nadie sentía eso tan profundamente como las mujeres, ya fuese en su dependencia impuesta de los padres y maridos, ya en su adopción más amplia de la religiosidad, ya por su necesidad de guiarse por las reglas del régimen en beneficio de sus hijos o por los castigos infligidos a ellas (pero no a los hombres) por adulterio.

Las pretensiones implícitas y arrogantes de Franco de considerarse la figura más relevante en el escenario español durante al menos tres siglos están justificadas. Resulta difícil nombrar a alguien que compita con su impacto sin recurrir a la extraordinaria serie de monarcas de la modernidad temprana que dieron a España el primer imperio global del mundo en los siglos XV y XVI.

Resulta tentador ver a Franco, con su mezquina y reaccionaria mentalidad y su falta de rigor intelectual, como una rareza de la historia, un hombre mediocre que tuvo suerte. Sin embargo, no había ninguna mediocridad en la familia de Franco. Una sola habitación de infancia compartida de la que sale un héroe nacional de la aviación (su hermano Ramón fue un equivalente europeo de Charles Lindbergh) y un dictador dista de ser algo normal.

De hecho, solo cabe entender a Franco en el contexto más amplio de la historia española. Las «dos Españas» del conservadurismo y el liberalismo que surgieron de la guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte (1808-1814) estaban enfrentadas en el hogar de su infancia. Se hallaban representadas por una madre piadosa y un padre dominante, pero políticamente liberal, que se negaba a dejarse impresionar jamás por su propio hijo, por extraordinarias que fuesen sus hazañas. Un popular poema de Antonio Machado ya había avisado que «Españolito que vienes al mundo te guarde Dios; una de las dos Españas ha de helarte el corazón».[14] El conflicto entre ellas se acentuó con la profunda humillación —sentida especialmente por la familia naval de Franco— después de que la antaño gloriosa armada fuese hundida por Estados Unidos en breves batallas frente a Cuba y las Filipinas en 1898. Aquello supuso asimismo el fin del imperio.

El viaje de Franco desde la infancia hasta el lecho de muerte es más fácil de comprender en términos de esta historia que como el camino seguido por un líder inspirador de un proyecto político moderno. Fue más bien un reflejo de lo que les sucede por doquier a las naciones cuando caen desde muy alto. El imperio es adictivo y crea un sentimiento de poder, riqueza y superioridad otorgados por Dios. España no es en modo alguno la única nación que se aferró a ideas de excepcionalidad una vez desaparecido el imperio, como cualquier escritor británico de nacimiento debe admitir. En ese sentido, Franco explica y se explica por la historia de España. Personifica su batalla perdida final con el declive colonial.

Esa batalla se libró sin una firme idea rectora más allá de aferrarse al poder. El temprano entusiasmo expresado por Franco por el totalitarismo de estilo fascista sería descartado, aunque no todas las estructuras de poder establecidas para promoverlo se dejaron de lado.[15] Dicho esto, el temprano abrazo público del totalitarismo por parte de Franco fue sincero y condujo a diversas descripciones de su régimen inicial como «fascista», «semifascista» o «seudofascista». Así, su dictadura personal de lenta evolución fue siempre en cierto sentido «fascistizada» (como dicen hoy en día los historiadores de España), incluso si la fortaleza de esta disminuía de manera gradual. Su dictadura también tuvo mucho tiempo para evolucionar, pues duró casi el doble que la de Benito Mussolini y el triple que la de Adolf Hitler.[16]

Esta biografía no solo aspira a comprender a Franco como persona, sino también a explicar el franquismo como un fenómeno modelador de la sociedad, que reflejaba el carácter y los intereses del propio dictador por encima de la influencia del flujo y reflujo de las facciones que lo rodeaban. Sus concepciones personales de la virilidad, la jerarquía, la religión o las mujeres ejercieron probablemente un impacto mayor y más prolongado en la vida cotidiana de los españoles que sus torpes incursiones en la economía o incluso sus más exitosos y grandes programas agrícolas, hidrológicos o turísticos. En su versión más incongruente, esto conllevó la imposición en España de costumbres e ideas de la época victoriana, mientras el resto del mundo occidental se entregaba a la revolución social de los trepidantes años sesenta y las revueltas políticas lideradas por los jóvenes de la misma década. Tampoco se puede negar la existencia generalizada en la sociedad española de algo denominado «franquismo sociológico», una mentalidad que sobrevivió al dictador.

La vida siguió su curso, como lo suele hacer en los regímenes autoritarios y dictatoriales. Podía ser fácil navegar por el franquismo, especialmente si no figurabas entre los empobrecidos, los purgados o los castigados. De hecho, la narrativa se divide aquí entre los ganadores de la Guerra Civil y los perdedores, para quienes el régimen vengativo de Franco hizo que la vida fuera bastante más dura. Si no agitabas las aguas, podías apañártelas con facilidad. Si tenías dinero, entonces, como siempre, eso resultaba más sencillo. Si simpatizabas con algunas de las ideas nucleares del régimen —como la religión, el ultranacionalismo o la importancia de la obediencia a la jerarquía—, la vida se facilitaba más aún. Podías refunfuñar acerca del franquismo, pero sin alzar demasiado la voz y, desde luego, sin predicar su derrocamiento. «La mayoría de la “gente común” vivía en un estado de ambigüedad cotidiana en la que el rechazo, la resignación y la aceptación pasiva de la dictadura se mezclaban en una misma persona», escribía el historiador Francisco Sevillano Calero.[17]

El régimen aplicaba con frecuencia sus propias reglas de modo selectivo, lo cual reflejaba la ambigüedad natural del propio Franco. Como consecuencia, a lo largo de las décadas los españoles aprendieron a abrirse camino por —o a sortear— el franquismo, interpretando su estado de ánimo, jugando al gato y al ratón y autocensurándose. Eso podía resultar igualmente agotador. En privado, se reían de sus absurdidades. No obstante, nunca se rebelaban del todo e incluso aquellos que entraban en fricción con el régimen eran modelados por este, aunque solo fuese por oposición.[18]

En resumidas cuentas, Franco doblegó a su voluntad a los españoles. Estos se quejaban, pero en general no se rebelaban (una pequeña élite de estudiantes, activistas convencidos y algunos grupos terroristas de aparición tardía fueron las excepciones). Tenían poca elección y, en la etapa final del dictador, fueron arrojados a una vertiginosa espiral ascendente de crecimiento económico, que hizo que muchos estuviesen más interesados en gestionar su creciente prosperidad personal, o en salir de la pobreza, que en la política.

De hecho, el rompimiento de las reglas en la forma de corrupción engrasaba la maquinaria del franquismo. Al Caudillo no le preocupaba aquello, para consternación de los puristas de su propio régimen. Eso creó un terreno de juego desigual en el que los honrados y los pobres salían perdiendo y otros eran abocados a la corrupción por necesidad o por ambición. Todo ello hace que el franquismo se asemeje más a las dictaduras posteriores de Latinoamérica que a los regímenes totalitarios más coercitivos e ideológicamente coherentes de la Alemania nazi o de la Unión Soviética de Stalin.[19] Apenas sorprende que el general Augusto Pinochet de Chile, otro ambicioso oficial militar convertido en dictador, fuese uno de los pocos jefes de Estado que asistieron al funeral del Franco.

El dictador se impuso tan plenamente que el franquismo pudo permanecer casi invisible para los visitantes extranjeros, a menos que ellos mismos rompieran las reglas del decoro público (como hacían en los años sesenta las mujeres en biquini) o se topasen con la policía cuando ejercía su poder ilimitado sin tener que rendir cuentas. Los estadistas visitantes —especialmente los presidentes estadounidenses, para quienes siempre se organizaban masivas recepciones populares— se sorprendían de que pudiera exponerse públicamente sin temor al asesinato.

La libertad nunca es absoluta, ni tampoco lo es la represión. Uno de los trucos de Franco consistía en ofrecer la idea de que ciertas restricciones se podían suavizar (aunque sin levantarse del todo) en cualquier momento. Dada su lenta toma de decisiones, tales promesas flotaban en el aire durante años. Si acababa por producirse una suavización, como en el caso de la censura, existía de inmediato la amenaza opuesta. Podían volver a aplicarse las restricciones si alguien llegaba demasiado lejos. En la década final de la vida de Franco, enfrentado a los estallidos de violencia contra su régimen, declaró varios estados de emergencia y promulgó decretos en los que se suspendieron libertades ya restringidas.[20]

En esos turbulentos a la par que prósperos años anteriores a su muerte, el Estado franquista comenzó a arrastrarse de nuevo hacia donde había comenzado, como una máquina dura de corazón para imponer el ideal de orden de Franco. En la mayoría de los demás sentidos, el proyecto franquista se había vaciado de contenido ideológico para convertirse en lo que un historiador denominó «autoritarismo burocrático». Hasta el Vaticano se volvió en contra de la versión reaccionaria del catolicismo que Franco había convertido en un pilar de su régimen.

Al final, pues, el franquismo consistía en la restricción (de la libertad, el debate y el comportamiento) y en el mantenimiento del poder del Generalísimo. Los ideales proclamados de viva voz —como la construcción del imperio o la autarquía económica— hubieron de ser abandonados, aunque a nadie se le permitía señalar que eso fuese exactamente lo que ocurrió. Resulta comprensible que el horror inicial, la grisura a medio plazo y, finalmente, el tedio del régimen de Franco llevaran a los españoles a enterrar las ideas de su propia excepcionalidad. Sabían que España no era una nación puntera. Franco había fracasado, al menos en sus propios términos. Tras la muerte del Generalísimo, sin embargo, esta constatación les ayudó a evitar el extremismo político de toda índole. A ello contribuyó asimismo su exitosa despolitización de los españoles. Así pues, el periodo franquista sosegó algunas de las pasiones más destructivas de las dos Españas, incluidas las abrazadas y exacerbadas por el propio Franco.

Ese es el resultado más positivo de los treinta y seis años de Franco en el poder. Dado que jamás se rebelaron, los españoles fueron conducidos a la transición democrática subsiguiente por sus propias élites, incluidas muchas que habían servido al dictador. Esa empresa resultó extraordinariamente exitosa y solo tardaron tres años en convertir el país en una democracia propiamente dicha. Ello implicó asimismo que las élites de Franco pudieran garantizar no solo su propia prosperidad continuada. En un acto de generosidad y tolerancia por parte de los demócratas y los izquierdistas, consiguieron garantías de que nadie las juzgase ni las culpase por lo que habían hecho.

Resulta notable que la única disculpa por su papel en la imposición del franquismo mediante una guerra civil viniera de la misma Iglesia católica, que, debido a sus millares de sacerdotes asesinados, fue también la víctima más clara de los excesos izquierdistas durante la misma guerra. Tras su muerte, sin embargo, era como si Franco hubiese sido el único responsable de una dictadura de treinta y seis años. Nadie se planteaba reconocer errores ni aceptar la culpa personal por haber contribuido a la restricción de las libertades. En vida, era bien sabido que Franco no cometía errores. Sus cambios de dirección se presentaban como prueba de sabiduría infinita, más que como el fracaso de lo que había hecho con anterioridad.

Desde luego, el Generalísimo jamás sintió la necesidad de disculparse. Antes bien, al morir perdonó «a cuantos se declararon mis enemigos» y advirtió que «los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta». En su creencia de que España se hallaba bajo el ataque constante de extranjeros que intentaban pulverizarla con sus ponzoñosas ideas o sus amenazas de violencia, permaneció totalmente inalterado y libre de todo arrepentimiento.[21]

1

El desastre

Ferrol, Galicia, 3 de julio de 1898

La casa de tres plantas del oficial de suministros navales Nicolás Franco en la estrecha y alargada retícula de calles en el interior del puerto atlántico amurallado del Ferrol, en el noroeste de España, era sobria y bien construida, sin alardes ni pretensiones. Con su exterior de granito y su galería acristalada en el piso superior que sobresalía sobre la calle, era una buena vivienda de clase media en una modesta ciudad. Por dentro, sin embargo, distaba de lo habitual. En 1898, el estrecho edificio flanqueado por bloques similares en el número 136 de la calle de María albergaba una colección de niños con futuros extraordinarios: el líder nacional de España durante treinta y seis años, un héroe pionero de la aviación transatlántica, un embajador y una hermana mandona que, pese a ser la tercera en edad, a veces imponía su voluntad al resto. Supervisaban a los niños su conspicuamente piadosa madre, Pilar Bahamonde, y el brillante, veleidoso y autoritario patriarca de la familia, don Nicolás, cuyo tratamiento de cortesía «don» reflejaba su posición social. Una quinta hija, una niña de ojos verdes llamada Paz, estaba todavía en el vientre de su madre y moriría cinco años más tarde, víctima de una enfermedad que los médicos no fueron capaces de identificar, pero que le causaba sibilancias pulmonares. Una afligida Pilar Bahamonde tuvo temporalmente «una pena como para volverse loca», a decir de su hija.[22]

En apariencia, el miembro menos destacable de esa familia era el futuro dictador, corto de estatura y delgado como un palo, Francisco Franco Bahamonde. En una ciudad tan pequeña, se sabía que los apellidos que recibió de sus padres reflejaban la fusión de dos familias que llevaban tiempo suministrando altos oficiales al cuerpo administrativo de la Armada. Tales cosas tenían su importancia en Ferrol, ubicada en el extremo de una ría de catorce kilómetros del tipo de las que jalonan el litoral atlántico de Galicia. La monótona localidad de color granito, encerrada en una muralla de seis kilómetros, era un gueto militar donde todo giraba en torno a la Marina española. Ferrol se había convertido en una de sus tres principales bases y astilleros peninsulares a comienzos del siglo XVIII y la familia Franco había residido allí desde entonces, mientras Ferrol se transformaba en una importante instalación naval rodeada por una ciudad provinciana, que ahora participaba de los delirios nacionales acerca del poder y la importancia de España en el contexto mundial.

El 3 de julio de 1898, Ferrol ignoraba que unos dramáticos acontecimientos de otros lares estaban transformando el futuro de España, de su antaño glamurosa armada y de la familia que habitaba el número 136 de la calle de María. Aquel fue el día en que, en aguas frente a Cuba, la más potente flotilla de la Armada del país fue destruida por la potencia mundial emergente, Estados Unidos de América. En esa ciudad marina, también fue el día en el que muchos perdieron a sus cabezas de familia, a amigos y a parientes cercanos.

Aquella mañana, el almirante Pascual Cervera había ordenado a su flotilla que huyese de la bahía cubana de Santiago. Sabía que sus buques no podían superar ni en potencia de fuego ni en velocidad a los estadounidenses que aguardaban cerca de su angosta entrada, pero aún confiaba en que algunos lograrían escapar. El almirante se había percatado hacía mucho tiempo de la futilidad de luchar contra la Armada de Estados Unidos. «Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil y si en él muero, como parece seguro, cuida de mi mujer y de mis hijos». Semejantes preocupaciones eran ignoradas por aquellos que se aferraban a ideas de la excepcionalidad española. Poco ayudaba la concepción quijotesca del honor de la Armada. Unos cuantos años antes, el almirante Castro Méndez Núñez había sido aplaudido por declarar que «España, la Reina y yo, preferimos honra sin barcos, que barcos sin honra».[23]

La batalla se convirtió en lo que los estadounidenses llamaban ya un «tiro al pavo», cuando se ataba y se disparaba a las aves en las ferias. La flota del comodoro William Sampson se situó en la boca de la bahía, desde donde bombardeó a los buques españoles apenas protegidos y los persiguió cuando intentaban tomar velocidad. Se perdieron los seis barcos de guerra y murieron trescientos cuarenta y tres hombres. El almirante Cervera, a pesar de su predicción, logró sobrevivir y fue uno de los muchos que, exhaustos, nadaron hasta la orilla.[24] La mayoría de los navíos fueron varados por sus tripulaciones para inhabilitarlos antes de la captura. Solo falleció un marinero estadounidense.

Se perdió la colonia más importante de España, la Cuba rica en azúcar. La acción fue una repetición casi exacta del hundimiento de la escuadra del Pacífico en la bahía de Manila dos meses antes, el 1 de mayo de 1898, que pronto condujo a la pérdida de otra importante colonia de España, las Filipinas. En aquel caso, el comodoro George Dewey hundió ocho de los trece barcos españoles en unas pocas horas (al parecer con una pausa para el desayuno) con el costo de solo ocho marineros estadounidenses heridos. Los españoles habían culpado de ello al comandante, el contralmirante Patricio Montojo. La derrota cubana, sin embargo, fue una prueba incontrovertible de un malestar más profundo. Supuso asimismo la pérdida segura del vecino Puerto Rico y el fin del imperio en su conjunto.

La autoestima de España se hundió con su armada. Con ella se despidieron cinco siglos de gloria imperial. El desplome desde tan vertiginosas alturas fue duro y emponzoñó la política durante décadas. Los hijos de Franco eran plenamente conscientes de ello y la idea de devolver la grandeza a esa España caída modeló el futuro del joven Francisco.

En unas pocas horas se había confirmado un nuevo orden mundial. Este había requerido un esfuerzo concertado de políticos como Theodore Roosevelt, junto con los magnates de la prensa William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, para avivar la fiebre de guerra. Los periódicos de Hearst convirtieron el misterioso pero probablemente accidental hundimiento del crucero USS Maine (y la muerte de doscientos sesenta y ocho marineros) en el puerto de La Habana en un ataque español. Los estadounidenses acudieron enseguida al grito de guerra: «¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!».[25]

Los periódicos españoles habían sido también muy entusiastas, mofándose de los supuestamente retrasados e incivilizados estadounidenses y conduciendo a los políticos hacia juicios erróneos y funestos. En un inicio, casi todo el país respaldó la guerra. «España hizo América como Dios hizo el mundo —escribió el expresidente Emilio Castelar—. América será española eternamente». Una joven diarista, María de Echarri y Martínez, señalaba que los cerdos norteamericanos serían atacados de forma salvaje por los bravos españoles.[26]

Con hasta doscientos mil soldados españoles en Cuba y el ejército permanente estadounidense de la preguerra integrado por tan solo treinta mil, semejante optimismo había parecido justificado. Pocas personas eran conscientes de la debilidad de la Armada —incluida la falta del blindaje que protegía sus buques— o de la profundidad del deseo cubano de independencia. Sin embargo, incluso aquellos que preveían la derrota la preferían a una rendición, que podría destruir una frágil monarquía española dirigida por el rey de doce años Alfonso XIII, bajo la regencia de su madre María Cristina, que sostenía un orden social demasiado pesado en la cúspide y temeroso de la ira popular. Cervera lo declaró «un desastre honroso», regresando a la idea de que el honor era más valioso que la victoria. En una época en la que las naciones occidentales reclamaban con arrogancia un deber de civilizar el mundo colonizándolo (extrayendo convenientemente al mismo tiempo la riqueza), España ya no desempeñaba ningún papel.

Los españoles se habían estado regodeando en lo que un contemporáneo definió como «un baño de historia romántica». Desde el legendario caballero medieval el Cid hasta Colón, los conquistadores de América y los siglos de imperio, los españoles habían visto su grandeza como un designio divino. «Era axiomático lo de que Dios, con inagotable largueza, nos había dado cuanto hay de magnífico y apetecible en la tierra: riqueza, fertilidad, clima delicioso, frutas regaladas, ingenio preclaro, valentía y hermosura, todo menos un buen gobierno», a decir de un escritor español.[27] Con esa imagen ahora hecha añicos, se encendió una mecha que convirtió la casa de la calle de María en el origen explosivo de algunas de las historias más extraordinarias de la España del siglo XX.

«Un suceso de gran trascendencia había contribuido grandemente al ambiente que desarrolló mi infancia: la pérdida de las Colonias, cuya resaca acompañó aquellos años de mi vida», diría más tarde Francisco Franco en referencia a la «injusta crítica del 98» y el subsiguiente menosprecio del Ejército y la Armada. De forma más explícita, culpaba de ello a los extranjeros, a las ideas extranjeras y, lo que resulta más extraño, a la masonería, que había atraído a algunos liberales influyentes, pero en el resto del mundo había dejado de ser en buena medida el centro de descabelladas teorías conspiratorias.[28]

La combinación de estos acontecimientos se dio en llamar el Desastre de 1898. Entre ellos, cristalizaron la larga decadencia de una orgullosa superpotencia global que había pasado gran parte del siglo discutiendo sobre por qué otros países la estaban dejando atrás. Que ese debate exagerase considerablemente el grado en el que España estaba rezagada en lo concerniente al desarrollo económico y social no venía al caso. Las apasionadas lamentaciones y las amargas discrepancias entre las élites españolas respecto de cómo recuperar la gloria de la nación ponían de manifiesto antiguas líneas de falla provocadas por la Ilustración. Poco importaba que a muchos españoles, si no a la mayoría, no les importase en realidad o que las corridas de toros de Madrid hubieran continuado sin incidentes después de las noticias de Manila.[29]

La industria azucarera de Cuba había sido uno de los motores de la economía española, que financió parcialmente la Revolución Industrial en casa. La isla caribeña se sentía tan cercana que el seis veces presidente del Consejo de Ministros Antonio Cánovas del Castillo la había declarado «la Alsacia-Lorena de España». El periódico La Época había previsto en 1897 que «España sin Cuba […] entraría en un periodo de rápida e inevitable decadencia». Pero la lucha por conservar Cuba había resultado onerosa. Un cálculo temprano estimaba que un tercio de los doscientos mil soldados españoles enviados a combatir contra los insurgentes cubanos habían muerto, en su mayoría de fiebre amarilla u otras enfermedades. Los enfrentamientos en el campo de batalla suponían tan solo una de cada quince muertes, en un ejército en el que la corrupción campaba a sus anchas y los servicios médicos eran pésimos.[30]

Sobre el terreno, sin embargo, se esperaba que los oficiales españoles dirigiesen desde el frente y, si fuese menester, actuasen de forma gloriosa. Un subalterno británico de veinte años llamado Winston Churchill participó brevemente como observador en el bando español contra los insurgentes que perseguían la independencia cubana en diciembre de 1895. Quedó impresionado por su desprecio ante el peligro. Churchill observó cómo el general al mando, Álvaro Suárez Valdés, cabalgó hasta llegar a menos de quinientos metros del enemigo. «El general, un hombre muy valiente, con un uniforme blanco y dorado en un caballo blanco, atrajo abundante fuego sobre nosotros y oí el silbido y el zumbido de suficientes balas para satisfacerme durante algún tiempo», escribió. A Churchill le fue otorgada la Cruz del Mérito Militar de España por su breve intervención.[31]

Para el joven Francisco Franco y sus amigos, el Desastre fue terriblemente real. Uno de los compañeros de infancia y futuros ministros del régimen, Camilo Alonso Vega, perdió a su padre en el crucero Vizcaya. Los heridos y mutilados fueron desembarcados en Ferrol. El primo segundo, vecino y futuro ayudante de campo de Franco, Francisco Franco Salgado-Araújo —conocido como Pacón para diferenciarlo de Paquito, diminutivo del futuro Caudillo— cumplió ocho años en 1898, el año en que su primo tenía seis. Recordaba «una gran impresión de tristeza, reflejo de la de mi pueblo natal, de donde era la mayoría de las dotaciones de dichas escuadras [derrotadas]».[32] En la calle de María, Cuba se sentía más cercana que ciertas partes de la España peninsular. Ahora era una fuente de desconcertada conversación. ¿Qué error había cometido España?

«La marina militar ha muerto […]. Lo que queda de material no sirve para nada», escribió Manuel Baamonde, el conservador tío abuelo de Franco, otro oficial de la administración de la Armada, en un libro publicado al año siguiente que debía de reposar en un estante en la calle de María (estaba dedicado al abuelo materno de Franco don Ladislao, quien con el tiempo ocupó la planta baja).

Baamonde culpaba a unos políticos carentes de voluntad y firmeza (y fue uno de los últimos de la familia que prefería su apellido sin la «h» intercalada). En 1899, cuando estaba escribiendo el libro, quedaban poco más de cincuenta buques de combate, en su mayoría pobremente acorazados y de alcance limitado. Mientras la opinión popular se volvía en contra de los militares, Baamonde advertía que, si los políticos dejaban España «sin Ejército ni Marina estamos expuestos a perder aún lo poco que nos queda». Al igual que muchos conservadores, temía que España caminase hacia nuevos desastres, toda vez que los nacionalistas de Cataluña y del País Vasco también la amenazaban desde dentro. El país estaba destruyendo el legado de Isabel de Castilla, la extraordinaria reina del siglo XV «que unificó a España y le dio un Nuevo Mundo». El joven Francisco absorbió esa mentalidad reaccionaria, que culpaba a los políticos entrometidos de traicionar a un país de una grandeza otorgada por Dios.[33]

De hecho, vivir en Ferrol suponía atestiguar a diario la estatura menguante de España. Casi un centenar de buques tuvieron que ser desmantelados (o fueron hundidos o varados) entre 1898 y 1900. Algunos se habían construido en el astillero de Ferrol, que luchaba por fabricar los nuevos buques acorazados de la época, pero seguía haciendo reparaciones y acondicionando buques construidos en otros lugares. El buque más prestigioso de la flota, el crucero protegido Carlos V, no consiguió unirse a la flotilla internacional en el puerto de Portsmouth para el funeral de la reina Victoria en 1901. Se averió en el camino y tuvo que regresar a Ferrol. «Todo está roto en este desventurado país; no hay gobierno, no hay cuerpo electoral, no hay partidos políticos; no hay ejército, no hay marina; todo es ficción, todo es decadencia, todo es ruinas», escribía El Correo el 7 de febrero de aquel año.[34]

El Desastre acrecentó la enorme división política entre las «dos Españas», que había surgido con anterioridad en el siglo XIX. En un lado estaban los liberales supuestamente progresistas, que deseaban imitar a los estados occidentales más exitosos de la época, vigorosos, laicos, industrializados y en rápida modernización. En el otro lado estaban los conservadores, que creían que España se había debilitado bajo la influencia de las ideas de los extranjeros semipaganos y que necesitaban con urgencia redescubrir su verdadera alma histórica y religiosa. «Aquí yace media España, murió de la otra media», había escrito el cáustico periodista Mariano José de Larra en un mordaz bosquejo de un cementerio conmemorativo del día de Difuntos de 1836. Las dos Españas estaban presentes con claridad dentro de la casa de Franco, donde el abrasivo e inteligente comisario Franco era notoriamente de «ideología y talante liberales», a decir de su hija. Ello contrastaba con el aferramiento de su piadosa esposa a las antiguas certezas de la tradición y la Iglesia.[35]

La propia casa pertenecía en origen al abuelo paterno de Francisco, que llegó a la cima del servicio de suministros de la Armada como intendente general, equivalente a un vicealmirante. En el otro lado de la familia, el abuelo materno don Ladislao Bahamonde había hecho exactamente lo mismo. El contador de relatos fantásticos Ladislao acabaría muriendo como el almirante más viejo de España, a sus noventa y tres años, después de comer tanto chorizo en una taberna local que reventó sus vasos sanguíneos, según Pilar, la hermana de Francisco. Tras la muerte de su abuela materna, don Ladislao ocupó la planta baja, rodeado por su colección de armaduras y los libros guardados con cuidado en una vitrina. Era un constante contrapunto conservador del padre; de hecho, el contraste era tan acusado que el salvaje y rebelde Ramón se sentía especialmente próximo a él.[36]

La familia vivía en los dos pisos superiores, amueblados en lo que los españoles llaman, en honor de la reina Isabel II de mediados del siglo XIX, estilo isabelino: muebles pesados de madera oscura, con sillas y sofás de brocado rojo. Las flores del mercado, que eran baratas en la bien regada Galicia, decoraban la casa durante buena parte del año. Una cocina completamente equipada albergaba un fogón de leña y dos barricas de madera para agua de veinticinco litros que se llenaban en la fuente pública. A diferencia de otros españoles de su tiempo, la familia no sufría escasez, pero había pocos lujos. El salario de un oficial no permitía excesos, al menos no con cuatro hijos que criar, aunque había una onza de chocolate para cada uno dos veces por semana. Una costurera acudía para hacer o reparar ropa y las lavanderas se encargaban de la colada. Francisco compartía una habitación del piso superior con su hermano menor Ramón. En los frecuentes días lluviosos, los niños jugaban al escondite o a policías y ladrones en los enormes armarios o en el desván, que daba a tejados de tejas y chimeneas. Estaba abarrotado de baúles llenos de viejos uniformes navales que servían para disfrazarse y, presumiblemente, para que Francisco fantasease con el día en que también él podría llevar los impecables trajes blancos o azules.[37]

La familia Franco era un perfecto ejemplo de la intensa endogamia de la élite de la Marina. Tal era el entrelazamiento genético que Pacón, dos años mayor, era a la vez primo segundo y tío segundo del pequeño Francisco. Ahora bien, la familia no fue tan selecta ni gloriosa como a Francisco le habría gustado. Los intendentes eran burócratas contables, no combatientes. Tampoco solían ser especialmente ricos, salvo que fuesen corruptos. Al igual que las generaciones de hidalgos españoles, contaban sus riquezas en prestigio social. El Desastre de 1898 y la humillación de la Armada redujeron su estatus de forma considerable.

Pequeño y delgado, Francisco Franco era conocido por diminutivos como Paquito, Franquito o Cerillito. Se abría camino en la tormentosa y agobiante atmósfera impuesta en la casa por su padre manteniéndose al margen de los problemas. Don Nicolás «con sus hijos fue siempre excesivamente exigente y severo», así como «de mucha inteligencia, pero excéntrico», a decir de Pacón, que pasaba mucho tiempo en la casa después de que sus padres murieran jóvenes. «Nunca se envaneció de los méritos de sus hijos, ni tampoco daba demasiada importancia a sus éxitos, a pesar de que no le faltaran motivos para haberse sentido bien orgulloso de ellos en muchísimas ocasiones».[38] De hecho, don Nicolás se negaba tajantemente a dejarse impresionar por Francisco, cuya estrechez de miras inducida por su madre le ofendía. Ese desdén paterno perseguiría a Francisco a lo largo de su vida.

Don Nicolás perdía los estribos con facilidad, sobre todo cuando le llevaban la contraria.[39] Los enfrentamientos más violentos se producían entre su padre y el hermano mayor, «ingenioso pero distraído», que también se llamaba Nicolás y que supuestamente se veía obligado a esconderse debajo de un sofá si traía malas notas del colegio. El listo, rebelde y extrovertido hermano menor Ramón era el favorito del gárrulo padre. Francisco no podía competir con él. A decir de su hermana Pilar, Nicolás era «brillante, inteligente y un buen estudiante», aunque también «muy travieso y holgazán», mientras que Francisco (conocido como Paco) era un alumno obediente que iba saliendo adelante en la escuela. «En cuanto a lo de brillante, pues no, la verdad es que Paco no lo fue, pero cumplidor, sí. Eso lo ha sido siempre», decía su hermana. «Dibujaba bien y en esto tenía mucha habilidad […] pero era un chico corriente. No se distinguía ni por estudioso ni por desaplicado […]. Cuando estaba de broma era alegre, pero desde pequeño fue muy equilibrado», recordaban sus primos. Él y el «travieso y atolondrado» Ramón se peleaban tan ferozmente que Francisco tenía supuestamente en la oreja una marca de los dientes de su hermano menor. Pilar se consideraba a sí misma una figura de autoridad. «Yo mandaba como general en jefe. Les cascaba a todos cuando eran unos malos bichos cuando no querían hacer lo que yo quería», admitiría más adelante. Por su parte, su madre había sido «la persona más buena y más santa del mundo» con sus hijos.[40]

Francisco era el ojito derecho de su madre, a quien acompañaba obedientemente a misa (sin mostrar signos él mismo de una especial devoción) y llegó a ser el hijo más encariñado con ella. Pilar era guapa, devota, dulce, bondadosa y vigorosa. «La adoraba —decía Pilar—. En su educación influyó más nuestra madre tal vez porque Paco estaba mucho más unido a ella». Ello no lo volvió débil ni maleable, ni especialmente dado a los rezos. Francisco era «obediente, educado y cariñoso […] [y] callado, lo cual no significa que fuese tímido», según su hermana. Ramón diría más tarde que era «un estirado» y «el niño bueno».[41]

Don Nicolás se sentía encadenado por una esposa cuya firme y piadosa religiosidad (de dos misas diarias) debía de despreciar profundamente. Su elevada opinión de sí mismo, mientras tanto, implicaba que le importaban poco los demás, lo que le hizo impopular en la Armada.[42] Para el joven Francisco, era ese eternamente frustrante blanco de toda ambición, la persona que se niega de forma tajante a ser impresionada. De hecho, hasta el mismo día de su muerte, el padre de Franco siguió estando mucho más satisfecho de sí mismo que de los grandes logros de su hijo.

La obediencia, el respeto y su habilidad para disimular se convertirían en las herramientas de supervivencia de un niño de peso paja con orejas de soplillo que medía 1,63 metros. Francisco debió de salir de la adolescencia pesando apenas cincuenta kilos. A causa de un defecto congénito —un paladar estrecho y un tabique desviado—, tenía una voz débil y aguda que permanecería con él de por vida y se sumaba a su aspecto enclenque.[43]

El drástico contraste entre el físico de Franco y la forma en la que más tarde se impuso en la historia española ha tentado a los observadores a ver un intento de compensar las humillaciones infligidas por su propio cuerpo. No obstante, en el cambio de siglo los españoles no eran altos y Ramón era aún más bajo, con una estatura de 1,57 metros (aunque sus ojos verdes encandilarían más tarde a sus admiradoras). Un leve defecto en el paladar era una desventaja relativamente menor en un tiempo en que —como Paz, la hermana pequeña de Franco— un buen número de niños no sobrevivían a la infancia.[44] Era más probable que la humillación y su venenoso hermano, el orgullo vengativo, hubiesen sido engendrados por su padre que por su cuerpo.

Francisco era más duro de lo que parecía. Pilar («que hubiera sido un general en jefe estupendo […] de mucho carácter» si hubiese sido un hombre, a decir de sus primos) lo recordaba soportando estoicamente el dolor de un alfiler al rojo vivo clavado en su piel durante un juego infantil de resistencia física. Cuando se cayó de un armario y perdió el conocimiento, lo primero que dijo al recobrar la conciencia fue: «¡Pero estáis aterrados. Aún no estoy muerto!». Pilar admiraba su valor.[45]

Francisco mostraba un modesto talento para la resolución de problemas, el dibujo y las matemáticas, pero jamás asombró a nadie con su intelecto o su creatividad en los pequeños colegios privados dirigidos por exoficiales de la Marina en Ferrol. Ese énfasis naval en la resolución de problemas, sin embargo, era preferible al aprendizaje memorístico fomentado en otras escuelas españolas.[46]

De hecho, era el enérgico y exigente padre quien se aseguraba personalmente de que sus hijos tuvieran una educación más amplia que la de sus pares. Los fines de semana los obligaba a salir de casa y los llevaba a hacer largas y agotadoras caminatas por las verdes colinas de Ferrol y su escarpada ría. Hablaba sin parar, vomitando información y explicando cada cosa, desde los tipos de suelos, árboles, plantas y aves hasta la electricidad, los telégrafos o los teléfonos. Poblaban la bahía todo tipo de embarcaciones, desde doce o catorce barcos de pesca de madera y de remos llamados traineras hasta los últimos buques de guerra acorazados. Don Nicolás les daba «magníficas lecciones de historia naval ferrolana», según Pacón. Les ofrecía asimismo descripciones detalladas de las embarcaciones que veían, repletas de explicaciones técnicas del funcionamiento de cada cosa. Buena parte de todo aquello pudo quedársele grabado a Franco, que, a juicio de uno de sus médicos, poseía «una memoria asombrosa».[47]

Pacón vivía en la casa de sus abuelos maternos, pocas calles más allá, y pertenecía a una densa red de tíos, primos y abuelos, la mayoría de los cuales vivían en Ferrol. Formaban parte de la vida cotidiana de los hermanos Franco, pero su infancia no era algo de lo que Francisco hablase demasiado más adelante. «No era la época de su vida que recordaba con más afecto», decía su hija Carmen. Ello solo se explica por su profunda aversión hacia su leído y excéntrico padre, la versión doméstica de un déspota absolutista ilustrado. En ese escenario, Franco se convirtió en el protector impotente de su madre y acumulaba odio hacia su padre.[48]

No sabemos cuándo cobró conciencia por primera vez de que su padre andaba con otras mujeres, pero ese descubrimiento, cuandoquiera que se produjese, solo pudo haber acrecentado su desdén. Desde luego, Francisco no se había enterado todavía de que su padre tenía un cuarto hijo secreto, un varón mayor que nació después de que don Nicolás dejase embarazada a una muchacha de catorce años en los años anteriores a su matrimonio. Acabaría por considerar la moral relajada y el liberalismo político dos de los mayores enemigos tanto suyos como de España.

En Ferrol, como señalaría más tarde Francisco, «todos los niños de nuestra edad éramos amigos», con lo cual se refería a los de su misma clase. De hecho, los veinticinco mil habitantes de la ciudad se dividían en distintos guetos sociales. Franco y sus semejantes no se mezclaban con los hijos de los pescadores de Ferrol, de los cualificados trabajadores portuarios ni de los marineros sin graduación. «Allí el que no era marino de guerra, o descendiente de marinos, estaba más o menos discriminado», contaba su sobrina Pilar Jaraiz, que recordaba que las niñas de seis o siete años se negaban a jugar con las hijas de los tenderos o de los comerciantes. Ferrol tenía «más jerarquías que [los santos en] el cielo», según otro contemporáneo.[49]

En verano, los chiquillos alquilaban barcas de remos para pescar en la ría o una lancha que los llevase a la playa. Jugaban a atrapar la pelota, al escondite o a la peonza, volaban cometas y simulaban batallas con tirachinas y piedras en las calles y plazas de Ferrol. Una de las plazas estaba vigilada por una estatua de Cosme Churruca, un heroico capitán español que había muerto luchando contra la Armada Real británica en Trafalgar en 1805 (nueve de las quince embarcaciones españolas implicadas tenían su base en Ferrol). La familia Franco reivindicaba sus lazos de sangre con él y con otro famoso mártir de la misma batalla, Dionisio Alcalá Galiano.[50] El joven Franco aprendió que morir en combate era algo glorioso.

También aprendió a enorgullecerse de la manera en que los españoles, que habían sido arrastrados a la debacle de Trafalgar por un dominante Napoleón Bonaparte, se habían unido para expulsar a los franceses en una exitosa guerra de independencia entre 1808 y 1814. No obstante, aquella victoria también había expuesto profundas fisuras. Los españoles habían luchado y muerto por el regreso de Fernando VII, conocido como el Deseado. En su ausencia, habían redactado una Constitución radicalmente ambiciosa, la Constitución de Cádiz, en la que la soberanía ya no era ejercida exclusivamente por el monarca. En vez de ello, esta residía en «la nación», esto es, en el pueblo español.[51] A su regreso, Fernando VII rechazó la Constitución y restableció el absolutismo real. Los partidarios de la carta magna eran conocidos como liberales y fueron perseguidos u obligados a exiliarse. Las décadas posteriores vieron oscilar bruscamente el péndulo de la política española entre diversas formas de absolutismo y liberalismo en medio de docenas de pronunciamientos o intentos de golpe militar. Entretanto, países desde Argentina hasta México siguieron la lógica de la Constitución de Cádiz para proclamar, con sus propios gritos de independencia, que ahora eran soberanos. Esas pérdidas solían considerarse el problema del monarca; la idea de que España y su imperio pertenecían al pueblo, más que al rey, todavía no había arraigado lo suficiente para que la gente experimentase un sentimiento personal de pérdida. Aquellos eran los territorios de la monarquía y era esta la que los había perdido.[52]

Mientras tanto, España había pasado de la monarquía a la República, y viceversa, y la fe en las instituciones fundamentales se desmoronaba por momentos. Tres devastadoras guerras civiles durante el siglo XIX vieron sublevarse a los carlistas, con sus boinas rojas y su odio a la Ilustración, en un intento de imponer el catolicismo estricto y un linaje real diferente en el trono (a resultas de una discusión sobre si se debía permitir que se sentase en él una mujer, Isabel II). Esas guerras provocaron unas doscientas mil muertes por toda España.

Desde 1876, en un intento de aportar estabilidad, los dos principales partidos políticos y la monarquía restaurada habían gestionado un simulacro de democracia conocido como el «turno pacífico», basado en elecciones amañadas que les permitían la alternancia en el Gobierno. Los corruptos jefes locales conocidos como caciques empleaban el soborno, el fraude, la intimidación y el relleno de urnas para garantizar los resultados «correctos». Esto brindaba estabilidad, pero fomentaba el cinismo respecto de la política. Los adversarios recurrían a la violencia. El anarquismo se convirtió en la expresión eventualmente violenta de las quejas de la clase trabajadora, mientras las industrias fabriles y la pobreza urbana se propagaban por ciudades como Barcelona, Bilbao y Valencia. Cuando el anarquista Santiago Salvador lanzó dos bombas durante una representación del Guillermo Tell de Rossini en el Liceo de Barcelona en 1893, mató a una veintena de miembros de la pujante burguesía. En 1897, el pistolero anarquista Michele Angiolillo mató al presidente del Consejo de Ministros Antonio Cánovas del Castillo, el principal artífice del corrupto «turno pacífico», que fue solo uno de los cuatro jefes de Gobierno asesinados entre 1870 y 1921.[53]

Se estaban propagando otros credos no conservadores. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y su sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT), habían sido fundados a lo largo de las dos décadas precedentes por Pablo Iglesias, un hombre nacido en la clase trabajadora de Ferrol una generación antes que Franco. El joven Francisco también pudo haber sido consciente del crecimiento de la militancia de la clase trabajadora, desde que en 1899 comenzara en Ferrol y Valencia una ola de huelgas impulsadas por el Desastre, que se extendería después a las principales ciudades del país durante los años siguientes; en 1902 se había declarado la ley marcial en tres provincias y los buques de guerra se estaban utilizando como cárceles a raíz de una huelga general en Barcelona.[54]

Los pobres de Ferrol salían adelante a duras penas, como Francisco sabía. «Recuerdo lo que impresionó mi sensibilidad infantil el bajísimo nivel de vida de las aguadoras que suministraban el agua a las casas —escribiría más tarde—. Después de hacer grandes colas en las fuentes públicas, a la intemperie, percibían quince céntimos por transportar y subir a los pisos, sobre la cabeza, las sellas (herradas) de veinticinco litros de agua. O aquel otro caso de mujeres que, en el puerto, descargaban, por una peseta de jornal al día, el carbón de los barcos».[55]

Dos tercios de los españoles eran analfabetos y la mayoría vivían en poblaciones rurales y aldeas donde la alta política de Madrid o las batallas navales remotas apenas afectaban a su existencia. En ciertos lugares, el poder de los terratenientes sobre las vidas de las personas eclipsaba el del Estado. Con todo, a la altura de 1898 los españoles creían por lo general que la soberanía residía en la nación y en su pueblo, no solo en el rey. Esa idea se propagó a las pocas colonias restantes de España, lo cual implicaba que Cuba parecía ahora parte de su propiedad comunal. Su pérdida, a diferencia de la de las anteriores colonias, se antojaba compartida y personal.[56]

Mientras que la sensación de crisis y división nacional era más que evidente en Ferrol, las díscolas «dos Españas» también se hallaban presentes en los dramas domésticos de la familia Franco. Mucho más adelante, durante una de sus escasas meditaciones autobiográficas, el Caudillo describiría a sus padres señalando que «respondían al tipo medio de señores de entonces: ellos severos, adustos, autoritarios, fríos en religión, que la consideraban como cosa de mujeres; ellas virtuosas, creyentes, fieles […] y amparadoras de los hijos, ante los que, muchas veces, tenían que hacer de madre y de padre». En casa, eso significaba la misa dominical con su madre («una señora muy chapada a la antigua, de las que tienen un reclinatorio con su nombre en la iglesia», según Carmen, la hija de Franco), seguida por largas y vigorosas caminatas con su padre.[57] Ocasionalmente lo castigaba su padre, quien no tenía ningún reparo en dar un cachete a un hijo, y Francisco se enfurecía cuando pensaba que no se lo merecía.

Mientras Nicolás Franco expandía las mentes de sus hijos, su madre les enseñaba a vivir en «el santo temor de Dios». El pequeño Francisco incluso lloró en su primera comunión, el comienzo de una tendencia hacia la lágrima fácil en público como una rara aunque a veces performativa exhibición de emoción. Francisco era el único hijo que se tomaba en serio aquello. De hecho, se convirtió con facilidad en el más socialmente conservador de ellos, una consecuencia directa de ser también el que más idolatraba a su madre. Por parte de su familia materna aprendió asimismo que había tres demonios, enumerados por su hermana Pilar como «el ateísmo, la masonería y el comunismo. Que son tres cosas […] que se reducen a lo mismo». La obsesión con los masones, vistos desde tiempo atrás como enemigos de la Iglesia católica, era primitiva e impulsiva. No obstante, desde una edad temprana, Francisco Franco «vio algo en los masones que le repelía», aseguraba Pilar.[58]

La impaciencia de Nicolás Franco con su esposa coincidía con la de los liberales anticlericales con la propia España. Cuando estos miraban a Europa, veían países que habían abrazado la innovación industrial, el capitalismo aventurero, la construcción de imperios, la laicidad del Estado y la modernidad social. El poder de las naciones se medía por sus colonias. Incluso la más pequeña vecina ibérica de España, Portugal, poseía sectores de África entre los que figuraban Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu, y puestos de avanzada asiáticos en Goa y Timor Oriental. En casa, los liberales veían una nación lastrada por una jerarquía social fosilizada, la monarquía y la Iglesia. Fuera de las grandes ciudades, los cambios llegaban a paso de tortuga. El cineasta Luis Buñuel, refiriéndose a su localidad natal de Calanda en Aragón, afirmaba que «la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial».[59]

En la época de exámenes en los años hasta 1907, Franco viajó en barco con su compañero de clase y primo mayor Pacón hasta la cercana La Coruña —una ciudad portuaria mayor cuyos colegios podían supervisar los exámenes públicos— y se hospedó con Gilda, la excéntrica, cultivada y célebremente tacaña hermana de don Nicolás, cuya criada caminaba un par de pasos por detrás de ella. Gilda era también la madrina de Francisco, aunque eso no le impidió hacer que Pacón y él durmieran en un colchón en el suelo. Otra tía era abadesa en uno de los conventos de la ciudad, donde se servirían tés en abundancia. Francisco aprobó los exámenes, lo cual le permitió solicitar el ingreso en las academias militares de cadetes. Pacón suspendió.[60]

Cuando el padre de Franco fue destinado a Madrid en 1907, su mujer no lo acompañó. Al trasladarse, Nicolás abandonó a su familia para vivir con su amante, una mujer a la que su hija Pilar se referiría como «una tal Agustina». Se trataba de la maestra de escuela Agustina Aldana, descrita como «una mujer modesta de pueblo […] [de] una paciencia infinita», cuya «sobrina» compartía su apartamento en la calle Fuencarral entre rumores de que era hermanastra ilegítima del futuro dictador. En la conservadora Ferrol, aquello suponía un escándalo enorme y una humillación para el joven Francisco. Este era perfectamente consciente de que esa circunstancia conllevaba una vergüenza pública para su madre, una cruz social, personal y moral que esta acarreaba con dignidad.

Las criadas chismorreaban sobre cómo don Nicolás se había «casado» informalmente con su amante durante una fiesta en el jardín de una popular taberna madrileña. Los demás muchachos se burlaban de que no tuviesen padre. No sabemos cómo reaccionaba Francisco, pero este estaba desarrollando un orgullo de piel fina que resultaba herido con facilidad. Su hermano pequeño Ramón odiaba esa situación y siempre consideró que Ferrol era un cruel hervidero de chismorreo.[61]

Sea como fuere, las líneas de batalla estaban trazadas. Los exuberantes hermanos de Francisco tenían un carácter más parecido al de su padre, pero estaba claro a qué España pertenecía Francisco. Su padre representaba la traición, el liberalismo y males como la masonería: todo aquello que Francisco llegaría a odiar. Conforme se acercaba a la edad adulta, Francisco buscaría sus modelos en otros lugares.

2

Cadete

Alcázar de Toledo, julio de 1907

En julio de 1907, Francisco Franco, que a la sazón contaba catorce años, volvió a viajar en barco desde la ría de Ferrol hasta La Coruña, esta vez acompañado por su padre Nicolás. Desde allí se desplazaron en tren a Madrid y luego a la academia de infantería albergada en el Alcázar de Toledo, en el centro de la Península, donde superó el examen de ingreso. El joven Francisco hubiera deseado seguir la tradición familiar entrando en la Marina, pero, para cuando Franco quiso solicitar la incorporación en la escuela de cadetes de la Armada en Ferrol, ya no pudo optar a ella. Las réplicas de 1898 se propagaban todavía por las Fuerzas Armadas y las admisiones a la escuela de cadetes fueron restringidas por un Gobierno insolvente.[62]

Así pues, Francisco se convirtió en el primero en romper la costumbre familiar al solicitar una plaza en la escuela de infantería de Toledo. Fue uno de los aspirantes más jóvenes, un signo de un talento para aprobar exámenes, aun cuando nunca lo hiciese con demasiada brillantez.[63] La carrera de infantería aumentaba de modo considerable sus probabilidades de experimentar la guerra real, un pensamiento emocionante que pronto modelaría sus ideas de virilidad y patriotismo. Al fin y a la postre, pese a todos sus aires sociales, su arrogancia intelectual y sus impresionantes rangos, su padre y sus antepasados intendentes eran en realidad meros contables uniformados.

En un principio, sin embargo, Franco estaba resentido. Ya se había imbuido de la instintiva aversión de los militares por los políticos que los controlaban, incluida su financiación. Esa era la mentalidad habitual de las frustradas élites navales ferrolanas que, con un reclutamiento de oficiales ahora ralentizado, veían súbitamente perturbado el futuro de sus hijos. «Nadie acertaba a comprender que esto se hiciese precisamente en los momentos en que la nación se enfrentaba con la construcción de la nueva escuadra, que había de hacer necesario, a corto plazo, un mayor número de oficiales», diría más tarde Franco.[64]

Para el joven Francisco Franco, más allá de su provincia natal, su país continuaba siendo un misterio. Como la mayoría de los habitantes de una tierra atravesada por anchos ríos y altas cadenas montañosas, apenas había viajado más allá de la provincia de La Coruña. De hecho, cuando su tren ascendió a la altiplanicie española conocida como la Meseta, descubrió que buena parte del país era cálido y seco, con un sol que abrasaba un paisaje polvoriento. Aquello era muy diferente del verdor atlántico pluvial de su hogar. En Toledo, pronto aprendería que los crudos inviernos de la Meseta son más rigurosos que los veranos y que el clima muda con rapidez del uno al otro.[65]

No fue un viaje divertido. La falta de «intimidad y atención» de su padre lo hizo emocionalmente incómodo, contaría más tarde. Tal vez Francisco intuyese asimismo que el traslado de su padre a Madrid desde Ferrol aquel año era algo más que una partida temporal. En la estación de Toledo los esperaban carruajes tirados por seis caballos, el único transporte lo suficientemente fuerte para soportar las empinadas calles de la ciudad. Padre e hijo pasaron allí dos semanas mientras Franco completaba sus exámenes y se encargaban los uniformes de cadete. Deambulaban por las estrechas calles de Toledo y visitaban su histórica catedral decorada con trofeos de batallas medievales. No existe evidencia alguna de que el joven Franco apreciase la riqueza del arte religioso toledano, cuyo máximo exponente era la obra mística del Greco, pero sin duda debió de haber sentido el peso de la historia en la temprana capital medieval de Castilla.[66]

La academia de infantería ocupaba la austera e imponente fortaleza del Alcázar del siglo XVI que se alzaba sobre la ciudad y el sinuoso río Tajo, y había sido restaurado recientemente después de que un incendio destruyera el edificio en 1887.[67]

En el ambiente de rivalidad e intimidación de una academia militar, Franco era un niño entre hombres. De los trescientos cincuenta cadetes de su año, solo alrededor de cuarenta eran menores de dieciséis. Había algunos ya veinteañeros. Dada su estatura, le entregaron un rifle Mauser con 15 centímetros de cañón recortados para los ejercicios. Se sentía humillado por el arma de tamaño infantil y pedía prestados rifles propiamente dichos cada vez que podía. Las novatadas eran habituales y sus compañeros se metían con él. Lo ataban a su cama o lo sacaban de ella y le escondían los libros. Los cadetes se levantaban temprano y tenían a menudo falta de sueño. Las reglas mezquinas suponían que fuesen castigados continuamente. Francisco tenía pocos amigos. Como recordaría más adelante, aquello era «un auténtico Calvario».[68]

El muchacho pequeño y de aspecto frágil recurría para sobrevivir a la arrogancia personal y a la resiliencia adquirida bajo el techo de un patriarca déspota, aunque nunca olvidaría la crueldad y la humillación. Su orgullo se veía herido con frecuencia, entre otras razones porque, como comentaría más tarde su primo Pacón, «tenía un enorme amor propio». En este caso, de tal palo, tal astilla. La academia fue asimismo un rito de iniciación. La única vez que al parecer respondió con violencia a las burlas acabó delante del comandante, pero se negó a dar ningún otro nombre, aceptó el castigo y se granjeó el respeto. Franco ingresó de esta guisa en la edad adulta de uniforme y en medio de la adversidad. Para bien o para mal, el Ejército se convertiría en su familia.[69]

La instrucción corría a cargo básicamente de jóvenes tenientes que servían como instructores «auxiliares» a los perezosos y en buena medida ausentes oficiales superiores. Un instructor, el intelectual y escritor militar Antonio García Pérez, exhortaba a los cadetes en estos términos: «Soñad a diario en lo que representan los cuarteles que orlan los tímpanos de los arcos del patio, en las broncíneas inscripciones que adornan los muros; en la gloria de un ayer que vivió deslumbrante en las mismas salas que huellan vuestras plantas». Debían recoger «el espíritu y llevadlo [sic] por el campo de la historia aplaudiendo y admirando a los que en ese mismo Alcázar recibieron mundiales respetos». En otras palabras, la escuela de cadetes era un lugar en el que seguía perviviendo el imperio antaño magnífico, aunque solo fuese en la imaginación.[70]

Las palabras del propio Franco, escritas décadas después, se harían eco de ello misteriosamente. «La emoción que me producían esos lugares gloriosos, con sus piedras seculares, embargaba mi ánimo y desbordaba mis ilusiones —decía—. Aquí, en la cuna de la Infantería española y ante la evocación de sus glorias, se desvanecían mis antiguos sueños marineros y descubría que iba a hacer algo importante en mi vida, al tener el honor de vivir bajo esos techos».[71]

Franco no solo aprendió la historia de las guerras recientes entre franceses y alemanes o rusos y japoneses, sino también las grandes leyendas de la historia militar española, desde las campañas de Aníbal hasta las hazañas del general del siglo XVI Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como el Gran Capitán, que había dirigido los triunfantes ejércitos españoles a través de Italia.[72] Ahora bien, si el espíritu de Franco se sentía inspirado, su cerebro no. Poco se hacía para fomentar el pensamiento práctico. En vez de ello, los estudiantes tenían que memorizar y repetir secciones de sus libros de texto. Después de que Franco fuese a la biblioteca y se documentase sobre fortificaciones con el fin de ofrecer una presentación más completa que la que figuraba en su libro de texto, fue reprendido por no seguir el manual correcto. El aprendizaje memorístico era aburrido, pero no difícil para alguien que preparaba cada lección en caso de que fuese llamado para repetir como un loro una lista de hechos, reglas o tácticas de combate aprobadas. Estudiaba justo lo suficiente para sacar adelante los exámenes, «con afán de saber y no de pasar», decía.[73] Un cadete lo recordaba como «taciturno, apagado, nada brillante […] con una voz de falsete».[74]

El único instructor a quien admiraba de forma expresa enseñaba derecho y le proporcionó una visión clara y simple de las normas militares y civiles, en la que se apoyaría más adelante en su vida. Aparte de eso, el momento más emocionante fue la visita de un héroe de la guerra cubana o filipina, que había conseguido una medalla que el propio Franco codiciaría más tarde con pasión, la Gran Cruz Laureada de San Fernando. «Había luchado al arma blanca con el enemigo y conservaba, en su cabeza, las gloriosas cicatrices de los machetazos recibidos», recordaría Franco con posterioridad.[75]

El currículo mostraba que poco se había aprendido del combate contra los insurgentes en Cuba y las Filipinas, donde los enemigos guerrilleros habían infligido graves daños. Y ello a pesar de que esos problemas no eran meramente históricos: las tropas españolas estaban librando por entonces una batalla similar en las montañas del norte de Marruecos, donde intentaban imponer su autoridad sobre las tribus rifeñas, como parte de una repartición europea más amplia del noroeste de África. Las montañas del Rif eran un lugar inhóspito, cuyos belicosos habitantes reaccionaban con furia ante la presencia española. Franco lo veía como una oportunidad para restaurar el orgullo militar perdido en Cuba y las Filipinas y, añadía, para «reparar la injusta crítica del 98».[76]

Esta denominada campaña de «pacificación» en Marruecos provocó entusiasmo entre los cadetes de Toledo. Franco esperaba de todo corazón «el día que pudiéramos figurar entre las fuerzas combatientes» (dado que, en guerras anteriores, los cadetes habían sido enviados a combatir antes de completar su formación). En la academia, sin embargo, Franco aprendió todavía el dogma tradicional, pronto practicado con efectos desastrosos en la Primera Guerra Mundial, de los ataques frontales en formación contra posiciones fortificadas. Más tarde observaría que tales tácticas convertían a los soldados españoles en Marruecos en «codiciado blanco del fuego rifeño».[77]

Los valores que adquirió serían, a la larga, más impactantes que las destrezas. Lo modelaron sobre todo las ideas del heroísmo y el patriotismo, aunque la ardua tarea de sobrevivir a las adversidades y preservar el orgullo personal era también crucial. El amor a la patria y la obediencia militar sustituirían el defectuoso modelo paterno de don Nicolás. García Pérez los exhortaba a incorporar «al sentimiento algo que la razón no puede alcanzar imponiendo la voluntad algo también que no puede la inteligencia esclarecer». En otras palabras, los hombres enamorados de su propio ingenio, como don Nicolás, eran inferiores a aquellos que daban un salto espiritual de fe para amar su patria. La propia guerra era noble, purificadora y necesaria.[78]

No se trataba de un sentimiento exclusivamente español. Ideas similares impulsarían pronto a millones de europeos a su muerte en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la autopercepción histórica de España como forjada en la defensa armada del cristianismo tornaba especialmente seductora esa idea semimística de la guerra. Franco aprendió de hombres como García Pérez que, durante siglos, España había sido «la nación de Cruzada perpetua, la centinela de la civilización cristiana».[79]

Ahora bien, ese no era el único punto de vista disponible para los cadetes, y otros instructores bebían de la larga tradición liberal decimonónica de España, en la que los generales también habían desempeñado un papel fundamental. Ciudadanía, progreso, razón y ciencia, por ejemplo, eran las creencias esenciales de otro instructor y escritor prolífico, el antimonárquico Enrique Ruiz-Fornells, un hombre que veía que la creencia de la clase de los oficiales en la valentía por encima de todo lo demás era también un camino hacia el desastre. En otras palabras, Franco podía escoger entre el liberalismo prodemocrático y la soldadesca mística y autoritaria. Prefirió esta última.[80]

El único intento del flacucho e inmaduro Francisco de cortejar a las chicas lo hallamos en los poemas sentimentales y casi infantiles que enviaba a casa para algunas de las amigas de su hermana Pilar, quienes los leían juntas y se reían de su sensiblería. «Nos partíamos de risa. Le tomábamos el pelo», decía Pilar, recordando cómo eso provocaba la ira de su susceptible hermano. Durante las vacaciones regresaba a Ferrol junto con los otros jóvenes de las academias de oficiales de toda España. No hablaba mucho de Toledo y prefería sumergirse en la intimidad de la vida doméstica, regresando a su papel de hijo obediente y responsable.[81]

Otra catástrofe militar española, esta vez infligida por las tribus rifeñas mal armadas en Marruecos, dominaba las conversaciones entre los jóvenes cadetes en el verano de 1909. Aquel mes de julio los rifeños mataron a ciento cincuenta y tres soldados españoles e hirieron a quinientos noventa y nueve más en el Barranco del Lobo, próximo a Melilla; junto con Ceuta, aquel era uno de los emplazamientos militares en la costa norte de África que habían pertenecido a España durante siglos.[82]

En el Barranco del Lobo, los oficiales andaban dando tumbos por los campos no cartografiados gritando «¡Seguidme si sois hombres!», mientras conducían a tropas mal entrenadas a barrancos en los que se convertían en blancos fáciles. Esa misma semana, los reservistas que partían y sus familias en Barcelona se enfurecieron tanto por los peligros innecesarios que, cuando los obreros metalúrgicos convocaron una huelga contra la guerra, estallaron los disturbios. Estos duraron una semana entera. Los alborotadores quemaban iglesias y se enfrentaban a los policías y a los soldados en lo que llegaría a conocerse como la Semana Trágica. La violencia contra la Iglesia contaba ya con una larga tradición en España; las turbas mataban a los sacerdotes en la década de 1830 durante las guerras civiles contra los ultrarreligiosos carlistas, que odiaban a los liberales. Murieron más de cien civiles y ocho soldados. Aquello sirvió de lección para Franco sobre «la ingrata tarea a que está llamado el Ejército, en casos de excepción, para garantizar el orden, defender la Constitución y el imperio de las Leyes».[83] En otras palabras, se podía convocar al Ejército para actuar en contra de su propio pueblo.

Franco era consciente, sin embargo, de que aquellos a quienes se embarcaba forzosamente a Marruecos tenían derecho a quejarse, puesto que los españoles más adinerados podían pagar librarse del reclutamiento militar. «Que vayan también los ricos», había sido un grito de guerra durante los disturbios. De hecho, un hombre rico de Ferrol había creado un fondo especial que permitía a cualquiera de la ciudad librarse pagando. «Lo que no acertábamos a comprender era el que pudiera mantenerse una ley de reclutamiento tan vetusta, que conservase en su texto la reducción a metálico del servicio militar mediante el pago de una cuota», recordaría más tarde Franco (y le producía un enfado similar el hecho de que los cadetes ricos de su propia academia pudiesen vivir en alojamientos privados fuera del Alcázar).[84] Ello no le impedía ver a los alborotadores como «subversivos» y la Semana Trágica como una prueba de que los políticos debían tratar mejor al Ejército.

Con el patio del Alcázar engalanado con coronas de laurel con los nombres de recientes batallas en Marruecos, tapices de la catedral y un altar cubierto de damasco amarillo, Franco fue nombrado segundo teniente o alférez en una ceremonia de graduación el 5 de junio de 1910. Su primo Pacón, que, pese a ser dieciséis meses mayor, había tenido que repetir sus exámenes escolares y no había ingresado en la academia hasta un año después que Franco, estaba presente cuando el muchacho de diecisiete años se convirtió en uno de los oficiales más jóvenes del Ejército español. «Por su aspecto físico aún parecía más joven; sin embargo, por su gran afición al estudio y por la seriedad con la que realizaba todos los cometidos de su vida oficial, parecía de más edad», decía Pacón.[85]

Luciendo su uniforme de gala con una espada atada a la cintura, Franco escuchó preguntar al oficial a cargo de la ceremonia: «¿Juráis a Dios y prometéis al Rey servir constantemente sus banderas, defenderlas hasta perder la última gota de vuestra sangre y no abandonar a los que os están mandando en acción de guerra o preparación para ella?».[86]

«¡Sí, juramos!», respondió Franco a coro con sus compañeros cadetes.

El prematuramente serio oficial adolescente había tenido poco impacto, terminando en la 251.ª posición de una cohorte de 312. Su hermano menor Ramón ingresó en la academia un año después y, pese a entregarse a todos los excesos del alcohol, el juego y las visitas a los burdeles que Franco rechazaba, ocupó el 37.º puesto de una clase de 413.[87]

Puede que Francisco se contentase simplemente con sobrevivir a la academia. No la había disfrutado, pero había desarrollado la capacidad de afrontar la adversidad.[88] Ahora era ya un adulto y el Ejército, que había modelado sus visiones de la hombría con su exagerado culto a la «virilidad», era su vida.

3

«Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo»

Marruecos, 1912-1917

Francisco Franco era demasiado joven para la guerra, pero tenía edad suficiente para las aburridas tareas de la vida en una guarnición provincial. El menudo segundo teniente, que por entonces lucía un ralo bigotito adolescente, fue enviado de vuelta a casa a Ferrol para incorporarse a una pequeña unidad falta de personal, el Regimiento de Infantería de Zamora n.º 8. Aquello era tedioso y frustrante, aunque sin duda disfrutaba de su salario, su uniforme bien planchado y su vida en casa con su madre Pilar. Con ciento cincuenta pesetas al mes, «me llegaba para vivir en El Ferrol decorosamente», recordaba su primo Pacón. Su madre destacaba entre sus pares como una mujer abandonada, aunque en un principio se negaba a reconocer que su marido se había ido de casa, y decía que sencillamente lo habían destinado a Madrid, y más adelante excusaría su ausencia ante sus nietos asegurando que estaba muy atareado en la capital.[89] Ella continuaba siendo «la persona más buena y más santa del mundo», según su hija Pilar. Su estoicismo contrastaba fuertemente con el hombre a quien Francisco y sus hermanos culpaban de su sufrimiento.

Francisco Franco recordaría más tarde sus ascensos con su madre por una empinada colina de Ferrol para adorar la imagen de la Virgen María en la ermita de Chamorro, parte de la rutina de los lugareños devotos que, en momentos de piadoso fervor, subían la pendiente con los pies descalzos y ensangrentados. A veces, Pilar escalaba el rocoso sendero de la ladera para dar gracias por los milagros que mantenían vivos a sus hijos aventureros y amantes del riesgo.[90]

Franco estaba tan descorazonado por la vida en la guarnición como Pacón, quien llegó al año siguiente para unirse a una compañía de solo cincuenta hombres, o una docena por oficial, en lugar de los doscientos cuarenta reglamentarios. «¿Para esta realidad, me decía, he pasado tres años estudiando las campañas de Aníbal, del Gran Capitán, de Napoleón, la guerra franco-prusiana y la ruso-japonesa, logística, táctica de las tres armas etc. etc.?», se preguntaba Pacón.[91]

Su juventud y su bajo rango conllevaban que Franco no podía luchar en Marruecos, donde los oficiales aceleraban sus carreras logrando ascensos por hazañas en el campo de batalla cuando España comenzó a «pacificar» lo que pronto se reconocería formalmente como un protectorado en el escarpado norte del país. Para hombres como Franco, España no solo se estaba sumando por fin a la repartición europea de África, sino que también estaba recuperando el espíritu de conquista con el que se forjaban los imperios. Se contaba que los jóvenes oficiales gritaban «¡Ascenso o muerte!» al graduarse en Toledo. Tanto él como Pacón estaban desesperados por unirse al combate.[92]

España tenía ya un pie en África: había mantenido un puesto de avanzada en la costa norteafricana en Melilla (a ciento noventa kilómetros a través del Mediterráneo desde la ciudad portuaria española de Almería) desde el siglo XV y otro en Ceuta (a solo veintisiete kilómetros por la boca del Mediterráneo desde el territorio bajo control británico de Gibraltar) desde 1668. Cuando los trabajadores españoles profanaron sin darse cuenta una tumba sagrada en Melilla en 1893, se necesitaron quince mil hombres para impedir que el pueblo de la agreste región del Rif derribara allí un fuerte nuevo a modo de respuesta. En 1904, ante la insistencia de Gran Bretaña, que deseaba limitar el poder francés en la región, Francia invitó a España a unirse a ella en la tarea de «proteger» al sultán de Marruecos Abdelaziz. Su dinastía alauita gobernaba el país, o partes de él, desde 1631 y jamás había solicitado esa ayuda.[93]

Pero la campaña de Marruecos fue un cáliz envenenado, que provocó frecuentes turbulencias internas en España por su coste en sangre y en dinero. Dado que los capitalistas europeos ofrecían también enormes recompensas por los derechos de explotación minera, la frágil estabilidad de las tribus se había hecho añicos. Esta fue reemplazada por un panorama cambiante y combustible de alianzas y enemistades, que se sumaba a lo que un informe del Ejército describía como «la falta de un enemigo regular y definido».[94]

Los periódicos españoles patrioteros se jactaban de que España ingresaba en el club de las potencias coloniales europeas y sugerían que el joven rey Alfonso XIII debía ser conocido como «el Africano», al igual que el general romano vencedor en la segunda guerra púnica, Publio Cornelio Escipión. En realidad, el entrometido monarca era, en las palabras de un historiador, un monarca constitucional «que gozaba de muchos de los atributos de uno absoluto». En 1904, cuando todavía contaba dieciocho años, había nombrado a un nuevo jefe del Estado Mayor sin consultar al Gobierno, obligando de este modo a dimitir al presidente del Consejo de Ministros.[95]

En 1906, España albergó una cumbre en el puerto meridional de Algeciras, durante la cual las potencias coloniales decidieron el futuro de Marruecos. A España se le entregó la parte más difícil, más peligrosa y menos rica. «Por débiles tenemos que contentarnos con las migas de un festín que debiera ser para nosotros solos», se quejaba el periódico Correspondencia Militar, que leían los oficiales como Franco. El protectorado de España equivalía a poco más del 5 por ciento de Marruecos, pero incluía su costa mediterránea y una pequeña franja del Atlántico hasta Larache, que llegaría a ser la segunda ciudad del protectorado después de su capital, Tetuán. Tenía una población de cuatrocientos mil habitantes. Una segunda porción de tierra, el cabo Juby, se extendía más al sur y colindaba con el Sáhara español, un tramo de áspero litoral atlántico y árido desierto que España había reclamado en 1884.[96]

Sin pelos en la lengua, el escritor republicano Vicente Blasco Ibáñez (cuyas novelas Los cuatro jinetes del Apocalipsis y La tierra de todos se convertirían en películas de Hollywood protagonizadas por Greta Garbo y Rodolfo Valentino) acusó al monarca de veinte años de conducir a España a un cenagal africano:

La pobre España es para Alfonso XIII algo así como una caja de soldados de plomo de las que se venden en los bazares. El eterno adolescente quiso jugar a monarca importante en Europa y para serlo aceptó en Algeciras el protectorado sobre el Rif, o sea sobre una región que figura como perteneciente a Marruecos y donde jamás en el curso de los siglos pudieron ejercer su autoridad efectiva los sultanes marroquíes.

En el banquete diplomático de Algeciras a España le dieron el hueso, lo que nadie podía tragar: el indominable Rif; pero Alfonso XIII lo aceptó gozoso, con una alegría de subteniente […]. Así empezó la guerra española de Marruecos, la más incomprensible y absurda que se conoce en la historia.[97]

Franco compartía la pasión de su rey por aquella aventura colonial y, cuando por fin se permitió que los segundos tenientes se presentasen voluntarios en febrero de 1912, Pacón y él viajaron a Melilla.[98] Iban acompañados por oficiales que regresaban tras recuperarse de sus heridas. Esto era una prueba, si es que hacía falta, de que se habían ofrecido voluntarios para afrontar peligros. De hecho, esa experiencia compartida convirtió a los oficiales que lucharon allí en un grupo distintivo y cohesionado, los llamados africanistas, que se consideraban a sí mismos una élite militar. Algunos veían Marruecos como una forja, que moldeaba patriotas de hierro que podrían restaurar por fin la grandeza de la nación. Franco, que tenía todavía diecinueve años, abrazó esa idea con pasión mientras disfrutaba de una brillante carrera como un joven oficial.

Los dos primos fueron destinados a unidades separadas. Franco se unió a un regimiento dirigido por su antiguo comandante en la academia de Toledo, el coronel José Villalba Riquelme. El primer consejo de este al elegante alférez fue que cubriese la vaina de su espada, ya que esta brillaba al sol y lo convertía en un blanco para los francotiradores. La conquista española (eufemísticamente denominada «pacificación») no fue bienvenida y los marroquíes se sentían libres para matar españoles a voluntad. Se trata de un «enemigo mil veces más difícil que el que se presentaría en otra lucha», diría más tarde Franco, expresándose en términos típicamente épicos. «[Es una] guerra en que la crueldad acecha y en que los descuidos se pagan a caro precio».[99]

Los francotiradores rifeños, conocidos como «pacos»

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos