No llegué a conocer a Anthony Bourdain. Nunca lo vi en persona, pero él y sus Confesiones de un chef fueron muy importantes para mí. Voy a explicar por qué.
Cuando era joven dejé mi Edimburgo natal y me fui a Londres, atraído no tanto por las brillantes promesas de la gran ciudad como por el punk rock. En esa época vivía para los conciertos, los clubes y los festivales, razón por la cual no era lo que se dice el candidato ideal para un puesto de trabajo, aunque sí se me daba bien fingir interés por conseguirlo mientras maquinaba las mil y una maneras de currar lo menos posible. Era un chico de clase obrera, criado en un barrio de viviendas de protección oficial, pero bendecido con la creencia de que tenía derecho a cualquier cosa que deseara, convencido de que el mundo me debía algo. Sólo quería dedicarme a la música y a escribir. Más o menos igual que ahora.
Para costearme las guitarras, los amplificadores y los equipos de grabación necesarios para ir por ahí fingiendo que tocaba en algún grupo, y entre los momentos que pasaba rellenando cuadernos con mis interminables reflexiones, trabajaba en la construcción y, de vez en cuando, pillaba algún cómodo trabajo de oficina. Pero muchas veces acababa de pinche en la cocina de algún que otro hotel de Londres, en el ferry del canal de la Mancha y en el catering de un evento multitudinario como el concurso ecuestre del Horse of the Year en Wembley o en Silverstone o en otros hipódromos. Es decir, en cualquier sitio en que estuvieran dispuestos a ofrecer un contrato temporal a un punki zarrapastroso como yo. En esos lugares solía trabajar de ayudante de cocina y en una ocasión — con resultados bastante lamentables— como cocinero especializado en preparar comidas rápidas.
Trabajar de albañil era duro. La construcción es una de las cosas más chungas a las que puedes dedicarte si, como yo, tienes alergia al trabajo físico. Las cocinas de hoteles y restaurantes, por su parte, también poseen sus propios inconvenientes: cada vez que entras en ellas, una ola de calor abrasador e implacable te deja literalmente achicharrado. A eso hay que sumar el amargo rencor que siente el hedonista irredento por tener que trabajar en condiciones sofocantes y en horarios intempestivos e imposibles de conciliar con la vida social mientras los demás se divierten. Por si eso fuera poco, uno sufría la tiranía de la jerárquica cadena de mando en sus huesos cuando, siendo el último en el escalafón, la cagaba —lo que ocurría tarde o temprano— y tenía que responder ante el chef.
El jefe de cocina no era como los demás, los currelas temporales que nos buscábamos la vida y veíamos aquello como un simple medio para alcanzar un fin: algún día iríamos a la universidad, recibiríamos alguna formación, tocaríamos en una banda de rock, lograríamos un éxito discográfico, nos echaríamos una novia rica, ganaríamos a las quinielas (por aquel entonces no había lotería) y encontraríamos la forma de escapar de aquel infierno. El chef era distinto. Él no iba a ir a ninguna parte, salvo tal vez a otra cocina idéntica a aquélla, normalmente después de insultar o agredir al dueño del establecimiento, al director general de la cadena de restaurantes o a algún cliente desagradable e ingrato de mil maneras distintas, a cuál más creativa, que a veces —y de forma devastadora— implicaban utensilios de cocina afilados o con comida muy muy caliente. El chef era un alcohólico volátil. El chef tenía todo el poder. Mi estrategia para sobrevivir en esos entornos era siempre la misma: hacerme amigo del chef, a menos que tus compañeros de trabajo lo odiasen tanto que, en lugar de él, fuesen ellos quien te hiciesen la vida imposible, en cuyo caso tenías que encontrar la manera de evitarlo o quitártelo de encima; hablo en masculino porque en aquel entonces el chef siempre era un hombre, claro.
Confesiones de un chef retrata con absoluta genialidad lo que Anthony Bourdain llama, muy acertadamente, la cultura pirata. Los bares nocturnos a los que va la gente al acabar el trabajo, donde todo el mundo se siente atraído como un imán hacia los demás, esos compañeros fugitivos, y se pone hasta las cejas de alcohol y drogas; también los revolcones apresurados y todos los amargos dramas que conllevan. Cuando vas medio borracho y acabas morreándote con alguien que intuyes que está con otra persona... y luego resulta que tienes que trabajar con esa otra persona al día siguiente, resacoso, paranoico y en una cocina irrespirable donde hace un calor espantoso y abundan los cuchillos bien afilados y las sartenes con grasa hirviendo. Luego viene la inevitable explosión, cuando te arrancas el delantal y anuncias que no piensas volver a trabajar en una cocina ni harto de vino... y unas semanas más tarde ya estás llamando a la puerta de un local idéntico mientras las facturas sin pagar se acumulan en tu mesa.
Muchos años después, cuando me di a conocer como novelista, The New York Times publicó un reportaje sobre la irrupción de la narrativa escocesa de la década de los noventa. El escritor Gordon Legge dijo con gran generosidad sobre mí: «Irvine ya era una estrella antes de serlo.» No creo ni de lejos que eso sea cierto, pero lo que sí sé es que nunca me he sentido más vivo, rebelde y libre —puro espíritu rock and roll— que cuando salía de aquellas cocinas para irme directo a una disco o a un pub, más allá de la hora legal de cierre, con un grupo de almas gemelas. Más que cuando tocaba en grupos pretenciosos, trapicheaba con drogas o hacía toda clase de chanchullos para conseguirlas, o incluso cuando me aclamaban como autor superventas en todo el mundo. Todo eso era, en parte, producto de la juventud, pero también de estar rodeado de otros crápulas como yo, muchos de los cuales tenían un pasado oscuro, algunos con un futuro aún más negro, y la mayoría con un sinfín de historias que contar.
Salir de fiesta después del curro no iba sólo de relajarse en plan lotófagos, sino de liberarse de un entorno laboral opresivo. Una cocina se rige por estructuras de disciplina castrense y sólo puede funcionar con eficiencia cuando todo el mundo sabe cuál es su lugar y cumple con los roles asignados. No es para nada una democracia. En una situación en la que unos individuos de naturaleza anarquista se ven obligados a trabajar en un entorno tan sumamente controlado, sin importar si el equipo tiene buen feeling o no, tarde o temprano algo acaba estallando. Y cuando eso ocurre, al único mando al que respetas es a aquel que siente verdadera pasión por su trabajo, al que se toma el tiempo de explicar las cosas y enseñar cómo se hacen, al que no te ve como un simple engranaje más de la maquinaria, del todo sustituible.
Anthony Bourdain estaba cortado por ese patrón, y alcanzó un gran éxito respetando la dinámica del deber cumplido y el trabajo bien hecho, pero sin dejar nunca de valorar el esfuerzo que hacían todos esos inadaptados por encajar en un sistema tan rígido como la hostelería. Su pasión por la comida y las cosas buenas de la vida resultaba muy estimulante, y percibimos su trágica muerte como una especie de castigo impuesto por los ricos y poderosos con el corazón helado y el alma muerta al mismísimo espíritu del rock and roll.
Los británicos llegaron tarde a la apreciación generalizada de la gran importancia de la comida en nuestra vida cultural. Cualquiera que haya crecido en las décadas de 1960 y 1970 sabe que no había nada que no pudiera volverse incomible en una cocina británica, sobre todo en Escocia, donde nos definíamos por la siguiente declaración existencial: si no puedes bebértelo, follártelo o freírlo, lo más probable es que no exista. Recuerdo una vez, de niño, cuando mis padres me llevaron a un Wimpy. En 1969, aparte de un par de locales de comida china y un sitio de carne a la parrilla donde te servían los bistecs completamente churruscados, aquél era prácticamente el único restaurante de la ciudad. Recuerdo que pensé que habíamos ingresado en las filas de la alta burguesía.
En el instituto de mi barrio, a los chicos que iban a clases de cocina se los consideraba homosexuales, en una época en que ese término iba acompañado de forma injusta por las connotaciones peyorativas que ahora tiene merecidamente la palabra «pederasta». Luego vino la gran revolución culinaria, que tuvo lugar casi al mismo tiempo que las mujeres empezaron a afeitarse el pubis. Que eso fuera pura coincidencia o no lo dejo como tema de estudio para los antropólogos sociales, pero basta con decir que enseguida la experiencia sensorial oral cobró mucha más importancia. De repente, los hombres de verdad cocinaban y se bajaban al pilón. Los Oliver y los Ramsay, los polis bueno y malo favoritos de los medios, transformaron la percepción que había en Gran Bretaña del trabajo de chef, que pasó de ser un chiste de mal gusto a algo bastante guay. Pero los polis buenos y los polis malos seguían siendo, a fin de cuentas, polis. Fueron Anthony Bourdain y Confesiones de un chef los que hicieron que no sólo los chefs y la gastronomía sino también las cocinas y todos sus moradores se convirtieran en territorio interesante para los entendidos. Bourdain era el chef de los villanos, el chef de los inadaptados, el chef de los rebeldes.
Quizá siempre fue un estilista literario nato. Su madre era periodista y trabajaba como editora en The New York Times, y de niño Anthony vivió en una casa repleta de libros. Incluso cuando ya parecía haberse consolidado como chef ejecutivo obsesionado con la comida (y un contador de anécdotas muy apreciado) en el modesto local de Les Halles de Park Avenue, en Manhattan (cuyo plato estrella era un bistec con patatas), Bourdain decidió, al más puro estilo del punk renacentista, explorar otros caminos. Su novela de crímenes culinarios, Bone in the Throat, se publicó en 1995, aunque era imposible que abandonara su vocación. Tras haber pasado por varios restaurantes inmerso en una vida de drogas y alcohol, Les Halles era su refugio, un lugar que parecía ofrecerle una especie de estabilidad.
Luego, en el año 2000, se publicó Confesiones de un chef y su escritura reemplazó repentina y espectacularmente a su cocina. El libro combinaba el tono íntimo y descarnado con el elemento transformador, haciendo realidad el sueño húmedo de cualquier editor de conseguir el estatus de libro de culto y éxito de ventas a la vez. Si bien el humor era irreverente, el respeto por su vocación era manifiesto e inquebrantable. De pronto, el universo personal de Anthony Bourdain se abrió al gran público. Narrador magnético e ingenioso, estaba hecho para brillar en televisión, a punto de caramelo para triunfar en los medios de comunicación. Pocas voces han logrado una transición tan completa del libro a la pequeña pantalla.
La reacción inevitable ante ese éxito se manifestó en los ataques de los críticos burgueses hacia el personaje de Bourdain en Confesiones de un chef, quejándose de que su transparente vulgaridad y su pose de chico malo socavaban la aguda inteligencia de sus argumentos. Pero creo que eso demuestra que no entendieron su espíritu radical. Cuando eres el forastero, el recién llegado al barrio, o te enfrentas a los capullos integrales que estaban ahí antes que tú o te preparas para ocupar tu lugar como uno de ellos. Y a veces necesitas recurrir a instrumentos contundentes, como la arrogancia salvaje y narcisista, para lograr que la gente conecte con el mensaje más profundo, como la política auténticamente subversiva y jubilosa.
Las páginas de Confesiones de un chef no esconden sus referentes literarios. La influencia de Sin blanca en París y Londres de Orwell es evidente: una crítica socialista a las terribles y brutales condiciones laborales que soportan los trabajadores de los restaurantes. Pero el capitalismo explota a todo el mundo, incluso a los multimillonarios, chupándoles el alma más que el dinero, empobreciendo sus mentes al relegarlas a distracciones pueriles de baja intensidad, lo que implica regodearse con el sufrimiento ajeno o mostrar una alegre indiferencia ante él.
Bourdain entiende de forma instintiva algo que muchos críticos marxistas burgueses no han sabido ver: machacar todo el día a la clase trabajadora con la cantinela de lo mucho que los explotan y lo jodidos que están sólo les niega humanidad y los empuja a los brazos de los opresores, quienes no ofrecen más que la falacia del racismo y el nacionalismo. Al igual que Orwell, Bourdain captó claramente el espíritu de la clase trabajadora, así como su opresión.
El programa de televisión de Bourdain mostraba su pasión y su humanidad en estado puro. Esos diarios de viaje en formato documental describen su evolución desde el aventurero trotamundos —con desventuras incluidas— al apóstol de la gastronomía y la civilización contemporánea, además de ofrecer un testimonio del intercambio cultural auténtico. Su fundamental papel en la democratización de la cultura gastronómica resulta innegable, pues derribó los antiguos preceptos elitistas de la alta cocina gracias a su postura pragmática y su entusiasmo ilimitado. El gran legado de Bourdain consistió en grabar en nuestra conciencia colectiva la idea de que las desigualdades políticas y sociales podrían entenderse y resolverse de manera significativa si analizáramos qué y cómo comemos. Esto está ya tan ampliamente aceptado en nuestro discurso, con películas tan aclamadas como El triángulo de la tristeza y El menú, que muchas veces olvidamos lo revolucionarias que fueron esas ideas de Confesiones de un chef y cómo Bourdain logró educar e informar al público general acerca de ese concepto.
Tanto en Confesiones de un chef como en el programa de televisión, Bourdain expone la hipocresía intrínseca del papel de la mano de obra inmigrante en la alta cocina y la feroz hipocresía de los sectores habitualmente marginados y discriminados que ahora ofrecen experiencias gastronómicas de estrella Michelin de las que muchas veces una clientela más adinerada disfruta con absoluta complacencia. La base moral de su defensa de los inmigrantes latinos que trabajan en la industria de la restauración pone en evidencia la demonización de este grupo demográfico por parte de las tóxicas élites políticas de Estados Unidos. Bourdain sabía que siempre fueron los inmigrantes, y no los chicos blancos consentidos, los que encarnaron el sueño americano. Nunca dudó en alzar la voz mostrando su desprecio hacia esas élites, una batalla alimentada por su rechazo a la esterilidad de sus propios orígenes como hijo de familia acomodada de los barrios residenciales, convirtiéndolo en arma para atacar al sistema desde la mentalidad de un anarquista punk rock y antiautoritario. El creciente privilegio que le ofreció su éxito no hizo más que intensificarlo.
Este conflicto interno se plasma con claridad meridiana en las páginas del libro. Con frecuencia, Bourdain parece atrapado en una crisis existencial, pues la condición de chef le brinda todo lo que ama y lo que odia a la vez, y si bien celebra la vida entre fogones, busca desesperadamente el salvavidas de la televisión. Sin embargo, una vez liberado de los amarres que lo ataban al restaurante, tuvo que enfrentarse a problemas similares: «Antes me sentía como en casa y “seguro” en la cocina. Conocía las reglas, o creía conocerlas. Era una vida repleta de absolutos, de certezas, y eso me reconfortaba como nada me ha reconfortado desde entonces.» Una vez más, Bourdain parecía aceptar y rechazar al mismo tiempo el papel de Hunter S. Thompson itinerante del mundo culinario. Al final, quizá un hombre con un corazón tan grande encontraría este mundo —cada vez más opresivo y sin embargo caótico— demasiado pequeño y mezquino para él.
Después del confinamiento entramos de cabeza en una época que ha resultado ser más terrorífica y a la vez mucho más aburrida que la anterior. Es una era dominada por una pandilla de tiranos miserables, mezquinos y bocazas y sus voceros, empeñados desesperadamente en incitar a los cada vez más desposeídos (es decir, a todos nosotros) a entrar en su juego superficial, irracional y dañino incluso para quienes lo promueven. La muerte de Anthony Bourdain fue una señal de que esos cabrones sin alma estaban ganando terreno. Gente como yo mismo, que no llegamos a conocerlo personalmente, pensamos de inmediato: «¡Mierda! ¡No puede ser!», experimentando la sensación de que no sólo habíamos perdido a un alma gemela, sino a una muy importante.
Eso fue así porque Anthony Bourdain era algo más que un chef, un escritor y un presentador de televisión: no sólo nos hacía sentir bien al comer, sino que quienes habíamos ocupado los niveles más bajos de la cadena alimenticia —prácticamente todos en algún momento de nuestra vida— nos sentíamos muy valorados al prepararla y servirla. Puede que no fuera el prototipo de embajador global de la magia de la cocina y su lugar en nuestra cultura, pero fue el mejor que podríamos haber deseado.
Fundamentalmente, fue todo eso por ser la encarnación de un espíritu que no sólo se encuentra en la música, la comida y el arte, sino en todas las cosas buenas de la vida. Una fuerza de energía cósmica librando una batalla furibunda contra las fuerzas que buscan mantener el control, secuestradas por los magnates tecnológicos y sus lacayos mediáticos, quienes, desde sus medios de pacotilla, hacen ruido sin cesar mientras sus amos roban a manos llenas, sin escrúpulos. Bourdain lanzaba a voz en grito verdades como puños sobre la condición humana en una casa llena de mentirosos. Olvídense del ruido y sintonicen esas frecuencias más altas, porque lo oirán. Y en las páginas de Confesiones de un chef, su voz extraordinaria se oye bien alta y clara.
IRVINE WELSH
CONFESIONES DE UN CHEF

Para Nancy


A veces me siento como si hubiera vivido tres vidas. Si así fuera, ésta sería una de ellas. Tal vez una y media.
Echando la vista atrás, al releer estas páginas, me da la sensación de que no importa qué mierdas creía que sabía, fuese cual fuese el momento de mi vida: no sabía una puta mierda sobre nada. Bueno, al menos de lo que es importante en la vida. Eso sigue siendo un proceso continuo: descubrir qué es lo importante y qué no.
Una de las cosas más reconfortantes de trabajar como cocinero profesional es que sí acabas sabiendo algunas cosas, vaya que sí. Sabes que, cuando los metes en el lavavajillas, los platos están sucios y luego salen limpios; sabes cuál es la mejor manera de preparar una tortilla; sabes cuándo un risotto se ha hecho bien y cuándo no; sabes que ser puntual es una virtud fundamental y que llegar tarde siempre es malo, siempre.
En un mundo imperfecto y en constante cambio, donde hay muy pocas certezas, eso sigue siendo un alivio increíble: saber algo con absoluta certeza.
MAYO
2012
Prefacio
Ahora las cosas son muy distintas.
Cuando escribí Confesiones de un chef, todavía trabajaba en la línea de cocina. Me levantaba a las cinco o seis de la mañana, me encendía un cigarro y me ponía a escribir. Intentaba echar un par de horas con el ordenador, luego me pasaba la maquinilla de afeitar, cogía un taxi y me iba derecho al trabajo. Normalmente, trabajaba en la estación de salteados durante la hora del almuerzo, hacía los pedidos por la tarde y luego me quedaba hasta las nueve o diez coordinando y supervisando el flujo de pedidos. El capítulo «Un día en la vida de chef» es una representación bastante precisa de un viernes típico para mí en aquella época.
Así que no me quedaba un minuto libre para ponerme a inventar mentiras y evasivas ocurrentes, ni aunque hubiese querido. No pretendía escribir una pieza de denuncia ni «sacar los trapos sucios del negocio de la restauración» y, francamente, me importaba un bledo el pan reciclado o toda esa movida de «pedir pescado los lunes». No defendía —ni defiendo— los cambios en el sector de la restauración. Me gusta el sector tal como es. Mi objetivo era escribir un libro que tanto mis colegas cocineros como quienes han dedicado casi toda su vida profesional a la hostelería encontraran entretenido y auténtico. Quería que sonara como si les estuviera hablando yo mismo... a eso de las diez de la noche de un sábado, por ejemplo, después de un servicio de cena frenético: los cocineros y yo ahí en la cocina, tomándonos unas cervezas y soltando pestes de cualquier cosa. Los lectores advertirán que el tono del libro es explosivo e irreverente, que las páginas destilan no poca testosterona y que de vez en cuando hago alguna que otra generalización exagerada. Eso es totalmente deliberado. Los chefs, a veces, son culpables de esa clase de cosas. No esperaba que alguien —salvo algunos cocineros de línea quemados con el trabajo, chefs curiosos y gente solitaria y atormentada— lo leyera. Estaba obsesionado con que quienes sí leyeran el libro no dijeran: «¡Qué cosa más falsa, tío...!» No quería que mis colegas se preguntaran: «¿Qué cocineros hablan así? ¡Menuda gilipollez! ¿Quién es este puto imbécil?» Quería escribir en cocinés, el idioma de la cocina, el idioma secreto de los cocineros, fácilmente reconocible para cualquiera que haya preparado patatas fritas en la freidora en un trabajo de verano o haya sufrido bajo las despóticas órdenes de un chef tiránico o del dueño de incompetente del restaurante. Quería que mis memorias/diatribas reflejaran la cosmovisión algo claustrofóbica del cocinero profesional: esa mezcla ligeramente paranoica y ferozmente territorial de orgullo y resignación que nos permite a tantos de nosotros levantarnos cada mañana y hacer lo que hacemos. Entendía que algunas de las cosas que decía en el libro iban a molestar a gente de entre el público general. Era lógico que la hostilidad con que los cocineros vemos a los civiles que llenan nuestros comedores —si se describe con total sinceridad—, fuese a provocar algunos disgustos, y mucha gente preferiría no hablar de algunos de los recortes ni del «mercadeo» que muchos de nosotros hemos presenciado a lo largo de nuestros ascensos y caídas en la jerarquía de las cocinas profesionales. La verdad es que me daba igual. Incluso me gustaba la idea de azuzar un poco a ese público. El caso es que no escribí el libro para ellos de todos modos. Escribí este libro para los cocineros. Los cocineros profesionales.
La nueva cultura de los chefs famosos es un fenómeno insólito y, lo admito, también molesto. Si bien no ha sido sino un fenómeno positivo para el negocio —y para mí en particular—, muchos de los profesionales del sector no podemos evitar burlarnos de todo el asunto. Al fin y al cabo, de entre todas las profesiones, se me ocurren pocas personas menos aptas que los chefs para ocupar de repente el foco mediático. Estamos acostumbrados a hacer lo que hacemos en privado, a puerta cerrada. Estamos acostumbrados a usar un lenguaje que a mucha gente le resultaría... bueno... ofensivo, como mínimo. Es muy probable que nos metiéramos en este mundillo porque el hecho de relacionarnos con gente normal en un espacio de trabajo normal nos resultaba imposible o poco atractivo. Muchos de nosotros no sabemos cómo comportarnos en público... y además nos trae al pairo aprender a hacerlo. Los fans de nuestros numerosos chefs televisivos y la multitud de personas que se identifican como «gourmets», han llegado a creer, por lo visto, que los chefs son seres mimosos y adorables que visten uniformes blancos impecables y que están encantadísimos de darles a probar una muestra de lo que sea que estén preparando en ese momento. La verdad, como bien saben los profesionales, es un poco distinta. Lo que se ha perdido en medio de toda esta locura gastronómica, obsesionada con los chefs y los restaurantes, es que cocinar en un oficio muy duro; que las exigencias diarias de servir los mismos platos de la misma manera una y otra vez requieren otras habilidades, menos telegénicas, más allá de soltar frases hechas y cultivar las relaciones sociales.
«¿Cuál ha sido la reacción de sus compañeros de profesión?», fue la pregunta más habitual en la avalancha de atención mediática que siguió a la publicación de este libro. «¡Benedict Arnold! ¡Alger Hiss!», fueron algunos de los vituperios que me dedicaron algunos autores. Se decía que los supuestos expertos en gastronomía y los gourmets estaban indignados.
¿La verdad? Nunca en mi vida me habían invitado a tantas comidas y bebidas gratis. Chefs cuyos calcetines no me habría considerado digno de lavar apenas unos meses antes me recibieron con los brazos abiertos, insistiendo en que entrara en sus cocinas para solidarizarme con su personal. En mi gira de presentación del libro por Estados Unidos y el Reino Unido —en Chicago, San Francisco, Los Ángeles, Miami, Filadelfia, Washington D. C. y Boston; en Londres, Glasgow, la zona rural de Bristol, Mánchester y en muchos otros sitios—, los chefs y los cocineros venían a las firmas del libro para saludarme, contarme sus historias y sacarme de allí para irnos de copas. Después de demasiadas comidas de avión o del minibar de los hoteles (la dieta de las giras de presentación), me iba a un restaurante en una ciudad desconocida, me sentaba en la barra, pedía una cerveza y un aperitivo, y pasaban cosas extrañas y maravillosas: de pronto aparecían amuse gueules, un plato tras otro, con su correspondiente maridaje de vino, tablas de queso, postres... Miraba a la cocina y algún cocinero, dándoselas de listillo —un completo desconocido—, me hacía un gesto de aprobación con el pulgar desde la puerta. Tanto en restaurantes de mala muerte como en los templos de la alta cocina, ya fuese aquí o en el extranjero, siempre veía la misma expresión en los rostros de los cocineros: esa mezcla de cautela y cinismo, como diciendo «espera lo peor y así nunca te llevarás una decepción» que tan familiar nos resulta a muchos de nosotros. Sin embargo, todos ellos eran simpáticos y amables.
También hubo momentos de auténtica ironía y asombro: un día, en mi cocina de Les Halles, sonó el teléfono y era un tipo con acento francés, que me llamaba para invitarme a su restaurante y así poder conocernos, charlar y comer algo. «¿Quién es usted?», le pregunté. «Soy Eric Ripert», me contestó. Me puse a temblar como un flan. Era como si... yo qué sé, como si me hubiese llamado el mismísimo Joe DiMaggio para decirme: «Eh, ¿te apetece que salgamos al jardín a batear un rato, colega?» Las cosas habían cambiado, acababa de darme cuenta. Ahora mis héroes me llamaban por teléfono. Curiosamente, después de decir que estaba seguro de que André Soltner no me invitaría jamás a esquiar un fin de semana, lo cierto es que me invitó a ir a esquiar. («¡Te llama Babe Ruth por la línea uno!»). A pesar de mi grotesca equivocación al escribir su apellido en la edición de tapa dura del libro, Bob Kinkead se portó maravillosamente conmigo en cuanto crucé la puerta de su restaurante y me obsequió con una comida espectacular. Norman Van Aken me llamó, me felicitó y me contó algunas anécdotas de sus propios comienzos en la selva. (También me pidió amablemente que dejara en paz a su amigo Emeril, quien, según él, es un tipo muy amable y sereno que sí sabe cocinar.) Gary Danko me dio de comer gratis. No creo que haya leído el libro, pero parece que a sus cocineros —una panda particularmente pirata de hooligans con el cuerpo lleno de piercings y cicatrices— sí les gustó, así que me trató con extrema cortesía. Algunos chefs con los que creía no tener nada en común me demostraron que, en el fondo, tenemos la misma mentalidad, una misma percepción de la cultura oscura y marcada por la adrenalina que todos compartimos.
Me sorprendí erigiéndome en el ejemplo perfecto del mal comportamiento en la cocina.
Muchas veces me preguntan qué es lo mejor de trabajar como cocinero, y es lo siguiente: formar parte de una subcultura. Formar parte de una tradición histórica, una sociedad secreta con su propio idioma y costumbres. Disfrutar de la gratificación instantánea de hacer algo bueno con tus propias manos, empleando todos los sentidos. A veces, puede ser la forma más pura y desinteresada de dar placer (aunque el sexo oral le sigue muy de cerca).
Ahora las cosas son muy distintas. He cambiado. No me ha quedado otro remedio. He aprendido, Dios sabe cómo, a portarme bien durante ratos más largos de lo habitual. Puedo hablar con frases breves cuando me lo piden. Sé a qué hacen referencia los términos «ingresos secundarios» y «porcentaje de participación»; bueno, más o menos: tengo seguro médico por primera vez en mi vida. Es más, por fin estoy al día con el pago de mi alquiler. Y, por desgracia, trabajo muchísimo menos en mi querida cocina de Les Halles. Si he traicionado a alguien en mi profesión, es a mis cocineros, a quienes siento haber abandonado mientras me pavoneo por el mundo promocionando mis libros en televisión. Durante un tiempo parecía que mi minúscula cocina iba a ser el sitio más fotografiado de Estados Unidos... por detrás de la plaza Dealey, el lugar donde asesinaron a Kennedy. Hubo un momento en que Angel, mi garde-manger, se planteó contratar a un publicista, y Manuel, el encargado de los fritos, ahora ya sabe iluminar una habitación («¡Prueba con el gel rosa, chef!»); además, todos los cocineros de mi cocina saben exactamente cuándo meter barriga para la cámara. Soy el chef que siempre odié como cocinero, siempre arriba y abajo, yendo o viniendo de otro sitio. Ahora tengo las manos —de las que me siento tan orgulloso en las últimas páginas del libro— tan suaves y bonitas como las de un bebé.
Soy un desastre.
Me consuelo pensando que, de todos modos, estaba llegando al final de mi utilidad como cocinero de línea. Demasiado viejo, con las rodillas hechas polvo de tanto agacharme para acceder a los frigoríficos bajo encimera, con mi capacidad para coordinar y supervisar disminuida por culpa de la edad y los excesos con el alcohol. Me gusta decirme que, de todos modos, en algún momento iban a llevarme al cementerio de chatarra. Adonde van los viejos chefs.
Por suerte, las personas importantes de mi vida no se han dejado impresionar para nada por esta rutilante vida loca que llevo ahora, al más puro estilo Hugh Hefner. «¡Eh, cariño! ¡Que esta noche salgo en la CNN! ¡Soy un puñetero autor superventas!», le digo a mi mujer, quien inevitablemente me responde: «Que sí... Que ya me lo has dicho... Oye, ¿tú sabes qué echan hoy en Tribunal TV?» Mi amigo Steven me llama desde Florida después de ver otro corte mío en el que salgo haciendo muecas ante la cámara y advirtiendo al público sobre los peligros del brunch. «Qué mal lo haces, tío», me dice, y luego se pone a subir el volumen de alguna canción de Billy Joel o Elton John que suena en ese momento en la radio... simplemente porque sabe lo mucho que me jode.
Sin duda, lo mejor que ha salido de toda esta notoriedad inesperada es haber conocido a cocineros a los que nunca habría conocido de otro modo. Eso y el reconocimiento de que esto nuestro a lo que nos dedicamos es algo mundial, que el espíritu rebelde sobrevive incluso en las cocinas de los mejores chefs; que en algún lugar en lo más hondo de su corazón, todos los cocineros saben hasta qué punto son distintos de los demás seres humanos y disfrutan con esa singularidad.
Este libro fue un gran logro para mí, después de una larga vida con problemas para llegar a fin de mes, yendo de restaurante en restaurante, luchando por ganarme la vida, habiendo abandonado mucho antes cualquier esperanza de alcanzar la cima del Olimpo culinario. «Está bien ver ganar a uno de los nuestros», dijo un cocinero de Boston. Las únicas personas que parecen odiarme de verdad por este libro son los que se ganan la vida escribiendo artículos sobre la mayonesa y sobre «cómo divertirse con las patatas fritas», además de, por supuesto, los vegetarianos, pero éstos no ingieren suficientes proteínas animales como para enfadarse de verdad. Los chefs y los cocineros —incluso los camareros— han reaccionado maravillosamente. Cuando escribí el libro había olvidado cuántas personas trabajan en el sector de la restauración y, lo que es más importante, cuántas han trabajado en él en algún momento. Y, tanto si ahora están sentados detrás de un escritorio como si pilotan su propio jet Lear, parece ser que muchos lo echan de menos. Ésa fue la última vez que pudieron decir lo que les diera la gana en el trabajo; la última vez que pudieron comportarse como unos salvajes, irse a casa sintiéndose orgullosos y exhaustos al mismo tiempo; la última vez que pudieron follarse a alguien en el cuarto de la ropa blanca y que no significara nada demasiado serio, o estar de fiesta toda la noche y despertarse en el suelo. Ésa fue la última vez que se sintieron unidos a personas de todos los rincones del mundo, de todas las razas, inclinaciones, religiones y orígenes. El negocio de la restauración es quizá la última meritocracia, donde lo único que importa es lo que hacemos. Ni siquiera he abandonado aún esa vida y ya la echo de menos. Creo que me pasaré por Les Halles y echaré un par de horas coordinando. Allí me siento seguro.
Esto es para los cocineros.
APERITIVO
Nota del chef
No me malinterpretes: el negocio de la restauración me encanta. ¡Diablos!, si todavía estoy en él... Llevo toda una vida de cocinero con formación clásica, y dentro de una hora probablemente esté hirviendo huesos y restos de carne para hacer demi-glacé y troceando solomillos en un sótano convertido en cocina de Park Avenue.
No voy a contar todo lo que he visto, aprendido y hecho a lo largo de mi accidentada carrera como lavaplatos, pinche, freidor, parrillero, salsero, subjefe de cocina y chef porque esté enfadado con el negocio o quiera horrorizar a los comensales. Y aunque fuera así, seguiría gustándome ser chef, pues ésa es la única vida que conozco de verdad. Si necesito algo a las cuatro de la mañana —un préstamo urgente, un hombro sobre el que llorar, un somnífero, una fianza o simplemente que alguien me recoja en coche en un mal barrio bajo una lluvia torrencial— no se me ocurrirá llamar a un colega escritor. Llamaré al subjefe de cocina, o al antiguo subjefe de cocina, o al salsero, alguien con quien trabajo o con quien haya trabajado en los últimos veintipico años.
No, lo que quiero es hablarte de las oscuras y recónditas entrañas del restaurante, una subcultura cuyos siglos de antigua jerarquía militar y espíritu de «ron, sodomía y látigo» han conseguido crear una mezcla de orden inquebrantable y caos que destroza los nervios... porque me parece tan reconfortante como un buen baño de agua caliente. En esa vida me muevo como pez en el agua. Hablo la jerga. En la pequeña e incestuosa comunidad que forman los chefs y cocineros de la ciudad de Nueva York conozco a la gente, sé cómo conducirme (todo lo contrario que en la vida real, donde siempre me parece estar pisando arenas movedizas). Quiero que los profesionales que lean este libro lo disfruten por lo que es: una mirada veraz a la vida que muchos de nosotros hemos llevado y respirado la mayoría de los días y las noches, al margen de una interacción social normal. No tener jamás una noche libre el viernes o el sábado, trabajar los días de fiesta, estar más ocupado que nunca cuando el resto de la gente acaba de salir del trabajo, nos hace ver el mundo desde un punto de vista a veces peculiar, cosa que espero reconozcan mis colegas chefs y cocineros. Los veteranos de la restauración que me lean pueden estar de acuerdo o no con lo que hago. Pero sabrán que no miento.
Quiero que los lectores conozcan la satisfacción que proporciona elaborar una buena comida a un nivel profesional. Me gustaría que entendieran lo que se siente cuando se logra alcanzar algo parecido al sueño de un niño: mandar la tripulación de su barco pirata. Qué se siente, ve y huele en medio del ajetreo y el estruendo de la cocina del restaurante de una gran ciudad. Me gustaría transmitir lo mejor posible las curiosas delicias del lenguaje, la jerga, y el humor negro que se despliega frente a los fogones. Me gustaría comunicar al lector la idea de que, a pesar de todo, la vida puede ser divertida.
En cuanto a mí, siempre me ha gustado verme como el pugilista Chuck Wepner de la cocina. Chuck, conocido como el «Sangrador de Bayonne» por la fragilidad de sus cejas, fue un serio aspirante al título en la época de los grandes combates de Muhammad Ali y Joe Frazier. Siempre se podía contar con que aguantara unos cuantos rounds sin desplomarse, repartiendo tanto como recibía. Yo admiraba su resistencia, su seguridad, su capacidad para combinar ambas cosas, de encajar una paliza como un hombre.
De modo que no es el «superchef» quien te habla. Claro que me gradué en el Culinary Institute of America (CIA), viajé por Europa, trabajé en algunos famosos restaurantes de dos estrellas Michelin de Nueva York, restaurantes realmente buenos. No soy un cocinillas amargado que habla pestes de mis colegas más famosos (aunque lo haré si se presenta la ocasión). Soy ese tipo al que llaman cuando alguien pretende montar una cena de campanillas y el chef resulta ser un psicópata o un borracho desagradable y megalomaníaco. En este libro hablo de los profesionales de la cocina común y corriente. Los héroes son los cocineros profesionales. Me he ganado bien la vida en esta profesión durante mucho tiempo, sobre todo en el corazón de Manhattan, entre los peces gordos... De manera que sé unas cuantas cosas. Todavía guardo algunas cartas en la manga.
Desde luego, hay muchas posibilidades de que este libro pueda acabar con mi oficio de chef. Contiene historias de terror. Consumo excesivo de alcohol, drogas, folleteo en la despensa, revelaciones repugnantes sobre la manipulación de los alimentos, práctica desagradable muy extendida en la industria. Revelar por qué no deberías pedir pescado los lunes, por qué quienes prefieren la comida muy hecha se conforman con las sobras o por qué una tortilla de marisco no es una elección prudente para el almuerzo no me convertirá en el santo de la devoción de mis potenciales empleadores. Mi evidente desprecio por los vegetarianos, los comensales que piden la salsa aparte, los intolerantes a la lactosa y los aficionados a la cocina de Emeril Lagasse, que tanto se parece a un ewok, no me llevará a dirigir mi propio programa culinario en el Food Network. No creo que, en un futuro próximo, vaya a pasar ningún fin de semana esquiando con André Soltner ni consiga que me masajee la espalda el bueno de Bobby Flay. Tampoco creo que me llame Eric Ripert pidiéndome ideas para preparar el plato especial de pescado para mañana. Pero de ninguna manera voy a engañar a nadie sobre la vida tal como la he visto.
Aquí está todo: lo bueno, lo malo, lo feo. El lector interesado podrá, por un lado, aprender a preparar platos vistosos y sabrosos con los utensilios que tenga a mano como un profesional y, por otro, decidirá no pedir nunca más mejillones a la marinera. Es lo que hay.
En mi caso, la vida de cocinero ha sido una larga aventura amorosa, con momentos tan sublimes como ridículos. Pero al igual que sucede con cualquier aventura amorosa, cuando miras atrás recuerdas mejor los buenos momentos... las cosas que te arrastraron a ella, las que te atrajeron, las que te hacían volver a por más. Espero poder transmitirle al lector aquellas vivencias y aquellos tiempos. Nunca he lamentado el inesperado giro de mi vida que me hizo recalar en el negocio de la restauración. Desde siempre he creído que la buena comida, el buen yantar, está por encima de cualquier riesgo. Lo mismo da que hablemos de un queso azul sin pasteurizar, de ostras crudas o de trabajar con socios del crimen organizado, para mí la comida siempre ha constituido una aventura.
PRIMER PLATO
La comida es cosa buena
Tuve el primer indicio de que la comida era algo más que una sustancia que embutirse en la boca cuando uno tenía hambre, como si repostara gasolina, al terminar el cuarto grado de la escuela primaria. Viajaba con toda la familia de vacaciones a Europa en el Queen Mary y estábamos en el comedor de primera clase. Por ahí tengo una foto: mi madre con gafas de sol Jackie O, mi hermano menor y yo con nuestros penosos y monísimos trajes de crucero, a bordo del gran buque de la Cunard, todos entusiasmados por nuestra primera travesía transatlántica, el primer viaje a Francia, la tierra ancestral de mi padre.
Sirvieron la sopa.
Estaba fría.
Fue todo un descubrimiento para un niño curioso de cuarto curso que, hasta ese momento, no tenía más experiencia en sopas que la crema de tomate Campbell con menudillos de pollo. Desde luego, no era la primera vez que comía en un restaurante, pero sí el primer plato que de verdad me llamaba la atención. Fue el primer plato del que disfruté y, lo que es más importante, del que me recuerdo disfrutando. Le pregunté a nuestro paciente camarero inglés qué era ese delicioso y sabroso líquido frío.
«Vichyssoise», fue la respuesta, una palabra que hasta hoy —aunque ahora el plato sea un viejo y cansa
