Gabriel García Márquez. Una vida

Gerald Martin

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

Uno de los inconvenientes de acometer una biografía es que hay que pedir un sinfín de favores a infinidad de personas, la mayoría de las cuales responden con generosidad y buena voluntad, aunque su esfuerzo no les reporte absolutamente nada. Rara vez ha podido un biógrafo estar en deuda con tanta gente o, de hecho, quedar tan profunda y completamente agradecido a casi todos ellos; aunque, desde luego, las posibles deficiencias del libro deben atribuirse sólo a mí.

En primer lugar y por encima de todo, en Inglaterra (y Estados Unidos), le doy las gracias a Gail, mi esposa, que durante dieciocho años me ha ayudado a recabar información, a preparar y a escribir el libro, con una generosidad, una dedicación y, sobre todo, una paciencia extraordinarias; este libro es también suyo y sin su ayuda aún me quedarían años enteros para terminarlo. También quiero dar las gracias a mis hijas, Camilla y Leonie, que nunca se han quejado por haberlas desatendido ocasionalmente a ellas y a sus respectivas familias, a las que tanto queremos. En segundo lugar, a mi querido amigo John King, de la Universidad de Warwick, quien ha leído ambas versiones de este libro, incluida la más extensa, pero siempre en el momento y el modo oportunos para aliviar mis neurosis y potenciar al máximo mi tiempo y mis esfuerzos. Le estoy eternamente agradecido.

Gail Martin, Andrew Cannon y Leonie Martin Cannon (ambos abogados y expertos en literatura), Liz Calder y Maggie Traugott leyeron el manuscrito y aportaron sugerencias valiosísimas. Camilla Martin Wilks ofreció su asesoría crítica con los árboles genealógicos en un momento difícil.

Mi agradecimiento hacia Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha no puede ser mayor. Pocas parejas atienden tantos compromisos públicos y privados como ellos, y aun así me han tratado con cortesía, generosidad y buen humor a lo largo de estas casi dos décadas, a pesar de que por ambas partes éramos conscientes, aunque no fuera necesario verbalizarlo, de que pocas invasiones de la privacidad son más exasperantes —o incluso trascendentales— que las reiteradas y siempre impredecibles peticiones y necesidades de un biógrafo. Sus hijos, Rodrigo y Gonzalo (y la esposa de éste, Pía), también han sido amables conmigo y me han brindado su ayuda. Sus secretarias, en especial Blanca Rodríguez y Mónica Alonso Garay, siempre han atendido mis solicitudes, y su prima Margarita Márquez Caballero, la secretaria de Bogotá, no sólo ha sido encantadora, sino también eficiente y servicial más allá del cumplimiento de sus responsabilidades. Carmen Balcells, la agente de García Márquez en Barcelona, ha hablado conmigo largo y tendido en varias ocasiones y ha facilitado sumamente mi tarea, tanto al principio como al final. Jaime Abello, director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano de Cartagena, ha brindado un gran apoyo estos últimos años, al igual que su colega, mi inimitable e inolvidable amigo Jaime García Márquez; y sin Alquimia Peña, directora de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, ni siquiera hubiera conocido a Gabriel García Márquez, para empezar. Más adelante, Antonio Núñez Jiménez puso a mi disposición su conocimiento de primera mano acerca de la relación entre García Márquez y Fidel Castro, así como las instalaciones de su Fundación de la Naturaleza y el Hombre en La Habana.

En Colombia, la generosidad, el conocimiento de su país y la habilidad para establecer contactos de mi amiga cachaca Patricia Castaño, me allanaron el camino y pusieron a mi alcance recursos impagables para un investigador extranjero; éste no sólo habría sido un libro distinto sin su ayuda y buen criterio, sino además una tarea mucho menos interesante y amena sin la amistad y la hospitalidad que tanto ella como su esposo, Fernando Caycedo, me han brindado. Gustavo Adolfo Ramírez Ariza ha contribuido a una comprensión más profunda de la relación de García Márquez con la capital del país (a pesar de que él mismo también es costeño), y asimismo me ha prestado su juiciosa y fundamental asistencia en relación con las ilustraciones y otros detalles (mis agradecimientos también a su madre, Ruth Ariza); Rosalía Castro, Juan Gustavo Cobo Borda, Margarita Márquez Caballero y Conrado Zuluaga me abrieron sus archivos personales en Colombia con una generosidad exenta de vacilaciones y me facilitaron material de fuentes indispensables. Heriberto Fiorillo ha tenido la amabilidad de poner a mi disposición los recursos de la nueva «La Cueva» y Rafael Darío Jiménez me ha guiado por Aracataca con gran discernimiento y buen humor.

En Colombia también he gozado del privilegio no sólo de reunirme en varias ocasiones con la madre de Gabriel García Márquez, Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García, sino de que sus parientes me hayan tratado casi como a uno más de la familia («el tío Yeral»), sobre todo sus hermanos y hermanas, así como sus cónyuges e hijos. Puesto que las comparaciones son odiosas, estoy agradecido a todos por igual, no sólo por la información que me facilitaron, sino también por la extraordinaria experiencia humana que me han brindado, tanto individual como colectivamente: Margot García Márquez; Luis Enrique García Márquez y Graciela Morelli, e hijos; Aida Rosa García Márquez; Ligia García Márquez (la genealogista de la familia, una ayuda valiosísima para cualquier investigador); Gustavo García Márquez, y Lilia Travecero, y su hijo Daniel García Travecero; Rita García Márquez y Alfonso Torres, Alfonsito y todos los demás; Jaime García Márquez, Margarita Munive y Patricia Alejandra; Hernando (Nanchi) García Márquez y familia; Alfredo (Cuqui) García Márquez; Abelardo García y familia; Germaine (Emy) García; y por último, aunque no en orden de importancia, el inolvidable y muy añorado Eligio (Yiyo) García Márquez, su esposa Myriam Garzón y sus hijos, Esteban García Garzón y Nicolás García Garzón. Espero ofrecer una «biografía de la familia» más profusa en un volumen posterior.

Entre la larga parentela de la familia, he conocido y obtenido la generosa asistencia del escritor José Luis Díaz-Granados y su hijo Federico, su madre Margot Valdeblánquez de Díaz-Granados (otra de las memorialistas indispensables de la familia), José Stevenson, también distinguido escritor y buen amigo, cuyo conocimiento de Bogotá ha sido impagable, Óscar Alarcón Núñez (otro escritor; presumen de contar con varios en la familia), Nicolás Arias, Eduardo Barcha y Narcisa Maas, Miriam Barcha, Arturo Barcha Velilla, Héctor Barcha Velilla, Heriberto Márquez, Ricardo Márquez Iguarán en Riohacha, Margarita Márquez Caballero (mencionada anteriormente), Rafael Osorio Martínez y Ezequiel Iguarán Iguarán.

En París, Tachia Quintana de Rosoff siempre me ha acogido con cordialidad y me ha prestado su ayuda, como lo hizo también su difunto esposo, Charles Rosoff; me siento privilegiado de haberla conocido.

A lo largo y ancho del mundo, además de los mencionados anteriormente, entre las personas a las que he entrevistado se cuentan Marco Tulio Aguilera Garramuño, Eliseo (Lichi) Alberto, Carlos Alemán, Guillermo Angulo, Consuelo Araujonoguera («La Cacica»), Germán Arciniegas, Nieves Arrazola de Muñoz Suay, Holly Aylett, Carmen Balcells, Manuel Barbachano, Virgilio Barco, Miguel Barnet, Danilo Bartulín, María Luisa Bemberg, Belisario Betancur, Fernando Birri, Pacho Bottía, Ana María Busquets de Cano, Antonio Caballero, María Mercedes Carranza, Álvaro Castaño y Gloria Valencia, Olga Castaño, Rodrigo Castaño, José María Castellet, Fidel Castro Ruz, Rosalía Castro, Patricia Cepeda, Teresa (Tita) Cepeda, Leonor Cerchar, Ramón Chao, Ignacio Chaves, Hernando Corral, Alfredo Correa, Luis Carmelo Correa, Poncho Cotes, Luis Coudurier Sayago, Claude Couffon, Antonio Daconte, Malcolm Deas, Meira Delmar, José Luis Díaz-Granados, Eliseo Diego, Lisandro Duque, Ignacio Durán, María Jimena Duzán, Jorge Edwards, María Luisa Elío, Rafael Escalona, José Espinosa, Ramiro de la Espriella, Filemón Estrada, Etzael y Mencha Saltarén, y familia en Barrancas, Luis y Leticia Feduchi, Roberto Fernández Retamar, Cristo Figueroa, Heriberto Fiorillo, Víctor Flores Olea, Elida Fonseca, José Font Castro, Marcos María Fossy, Alfonso Fuenmayor (estoy en deuda con Alfonso por un recorrido inolvidable por el casco antiguo de Barranquilla), Carlos Fuentes, José Gamarra, Heliodoro García, Mario García Joya, Otto Garzón Patiño, Víctor Gaviria, Jacques Gilard, Paul Giles, Fernando Gómez Agudelo, Raúl Gómez Jattin, Katya González, Antonio González Jorge y Isabel Lara, Juan Goytisolo, Andrew Graham-Yooll, Edith Grossman, Óscar Guardiola, Tomás Gutiérrez Alea, Rafael Gutiérrez Girardot, Guillermo Henríquez, Jaime Humberto Hermosillo, Ramón Illán Bacca, Michael Jiménez, José Vicente Kataraín, Don Klein, Maria Lucia Lepecki, Susana Linares de Vargas, Miguel Littín, Jordi Lladó Vilaseca, Felipe López Caballero, Nereo López Mesa («Nereo»), Alfonso López Michelsen, Aline Mackissack Maldonado, «Magola» en La Guajira, Berta Maldonado («La Chaneca»), Stella Malagón, Gonzalo Mallarino, Eduardo Marceles Daconte, Joaquín Marco, Guillermo Marín, Juan Marsé, Jesús Martín-Barbero, Tomás Eloy Martínez y Gabriela Esquivada, Carmelo Martínez Conn, Alberto Medina López, Jorge Orlando Melo, Consuelo Mendoza, Elvira Mendoza, María Luisa Mendoza («La China»), Plinio Apuleyo Mendoza, Domingo Miliani, Luis Mogollón y Yolanda Pupo, Sara de Mojica, Carlos Monsiváis, Augusto (Tito) Monterroso y Barbara Jacobs, Beatriz de Moura, Annie Morvan, Álvaro Mutis y Carmen Miracle, Berta Navarro, Francisco Norden, Elida Noriega, Antonio Núñez Jiménez y Lupe Véliz, Alejandro Obregón, Ana María Ochoa, Montserrat Ordóñez, Jaime («El Mono») Osorio, Leonardo Padura Fuentes, Edgardo («Cacho») Pallero, James Papworth, Alquimia Peña, Antonio María Peñaloza Cervantes, Gioconda Pérez Snyder, Roberto Pombo, Eduardo Posada Carbó, Elena Poniatowska, Francisco (Paco) Porrúa, Gertrudis Prasca de Amín, Gregory Rabassa, Sergio Ramírez Mercado, César Ramos Hernández, Kevin Rastopolous, Rosa Regás, Alastair Reid, Juan Reinoso y Virginia de Reinoso, Laura Restrepo, Ana Ríos, Julio Roca, Juan Antonio Roda y María Fornaguera de Roda, Héctor Rojas Herazo, Teresita Román de Zurek, Vicente Rojo y Albita, Jorge Eliécer Ruiz, José («El Mono») Salgar, Daniel Samper, Ernesto Samper, María Elvira Samper, Jorge Sánchez, Enrique Santos Calderón, Lászlo Scholz, Enrique (Quique) Scopell y Yolanda Field, Elba Solano, Carmen Delia de Solano, Urbano Solano Vidal, José Stevenson, Jean Stubbs, Gloria Triana, Jorge Alí Triana, Hernán Urbina Joiro, Margot Valdeblánquez de Díaz-Granados, Germán Vargas, Mauricio Vargas, Mario Vargas Llosa, Margarita de la Vega, Roberto de la Vega, Rafael Vergara, Nancy Vicens, Hernán Vieco, Stella Villamizar, Luis Villar Borda, Erna Von der Walde, Ben Woolford, Daniel Woolford, el señor y la señora Wunderlisch, Martha Yances, Juan Zapata Olivella, Manuel Zapata Olivella, Gloria Zea y Conrado Zuluaga. Deseo expresar mi agradecimiento a todos ellos y me gustaría poder detallar con exactitud lo que cada uno de estos interlocutores ha hecho por mí o en qué me ha ilustrado, pero haría falta otro libro para ello.

También agradezco la información, las conversaciones y otras formas de asistencia u hospitalidad de, entre otros: Alberto Abello Vives, Hugo Achugar, Claudia Aguilera Neira, Guadalupe Beatriz Aldaco, Federico Álvarez, Jon Lee Anderson, Manuel de Andreis, Gustavo Arango, Lucho Argáez, Ruth Margarita Ariza, Óscar Arias, Diosa Avellanes, Salvador Bacarisse, Frank Bajak, Dan Balderston, Soraya Bayuelo, Michael Bell, Gene Bell-Villada, Giuseppe Bellini, Mario Benedetti, Samuel Beracasa, John Beverley, Fernando Birri, Hilary Bishop y Daniel Mermelstein, Martha Bossío, Juan Carlos Botero, Pacho Bottía, Gordon Brotherston, Alejandro Bruzual, Juan Manuel Buelvas, Julio Andrés Camacho, Homero Campa, Alfonso Cano, Fernando Cano, Marisol Cano, Ariel Castillo, Dicken Castro, Juan Luis Cebrián, Fernando Cepeda, María Inmaculada Cerchar, Jane Chaplin, Geoff Chew y Carmen Marrugo, William Chislett, Fernando Colla y Sylvie Josserand, Óscar Collazos y Jimena Rojas, Susan Corbesero, Antonio Cornejo Polar, Sofía Cotes, Juan Cruz, George Dale-Spencer, Régis Debray, Jörg Denzer y Leydy Di Caicedo, Jesús Díaz, Mike Dibb, Donald Dummer, Conchita Dumois, Alberto Duque López, Kenya C. Dworkin y Méndez, Diamela Eltit, Alan Ereira, Cristo Figueroa, Rubem Fonseca, Juan Forero, Fred Fornoff, Norman Gall, Silvia Galvis (cuyo libro, Los García Márquez, es del todo indispensable), José Gamarra, Diego García Elío, Julio García Espinosa y Dolores Calviño, Edgard García Ochoa («Flash»), Verónica Garibotto, Rosalba Garza, César Gaviria y Ana Milena Muñoz, Luz Mary Giraldo, Margo Glantz, Catalina Gómez, Richard Gott, Sue Harper Ditmar, Luis Harss, Andrés Hoyos, Antonio Jaramillo («El Perro Negro»), Fernando Jaramillo, Carlos Jáuregui, Orlando y Lourdes Jiménez Visbal, Carmenza Kline, Michael Kool, John Kraniauskas, Henry Laguado, Patricia Lara, Catherine LeGrand, Patricia Llosa de Vargas, Fabio y Maritza López de la Roche, Juan Antonio Masoliver, Tony McFarlane, Pete McGinley, Max y Jan McGowan-King, María Emma Mejía, María del Pilar Melgarejo, Moisés Melo y Guiomar Acevedo, Sara de Mojica, Óscar Monsalve, Mabel Moraña, Patricia Murray, Delynn Myers, Víctor Nieto, Harley D. Oberhelman, John O’Leary, William Ospina, Raúl Padilla López, Michael Palencia-Roth, Alessandra María Parachini, Rafael Pardo, Felipe Paz, Conchita Penilla, Pedro Pérez Sarduy, Carlos Rincón, Manuel Piñeiro («Barbarroja»), Dagmar Ploetz, Natalia Ramírez, Arturo Ripstein, Jorge Eduardo Ritter, Isabel Rodríguez Vergara, Jorge Eliécer Ruiz, Patricio Samper y Genoveva Carrasco de Samper, Emilio Sánchez Alsina, Noemí Sanín, Amos Segala, Narcís Serra, Donald L. Shaw, Alain Sicard, Ernesto Sierra Delgado, Antonio Skármeta, Pablo Sosa Montes de Oca, Adelaida Sourdis, David Streitfeld, Gustavo Tatis Guerra, Michael Taussig, Totó la Momposina, Adelaida Trujillo y Carlos («Caturo») Mejía, Carlos Ulanovsky, Aseneth Velázquez, Ancizar Vergara, Erna Von der Walde, Dan Weldon, Clare White, Colin White, Edwin Williamson, Michael Wood, Anne Wright y Marc Zimmerman. De nuevo, me gustaría poder detallar cada una de sus contribuciones, muchas de ellas considerables, algunas inmensas. Aquienes haya podido pasar por alto, mis más sinceras disculpas.

También doy las gracias a Roger MacDonald, bibliotecario de la Universidad de Portsmouth, Inglaterra, por la ayuda que me prestó con asiduidad al comienzo de este proyecto, y al legendario Eduardo Lozano, bibliotecario latinoamericano de la Universidad de Pittsburgh.

Dean Peter Koehler y Dean John Cooper, de la facultad de letras y ciencias de la Universidad de Pittsburgh, me ofrecieron su inestimable apoyo durante muchos años.

No puedo dejar de mencionar a Neil Belton, extraordinario editor, de quien partió la idea original de este libro; pasamos buenos momentos juntos. Mi agente, Elizabeth Sheinkman, entró en mi vida en un momento providencial y ha demostrado su iniciativa, su decisión y su cálido respaldo en todo momento; mis más sinceras gracias para con ella.

En penúltimo lugar, el equipo de Bloomsbury —Ruth Logan, Nick Humphrey, Phillip Beresford, la sensata e ingeniosa Emily Sweet, y el imperturbable Bill Swainson, cuyas aptitudes diplomáticas y su inspirado trabajo editorial fueron del todo cruciales— ha tratado a su réprobo autor con una paciencia y delicadeza más allá de los límites que dicta su oficio; no han escatimado esfuerzos y han hecho el libro mejor, y por ello mis más sinceros agradecimientos.

Y finalmente, el equipo español —mi primer contacto, Claudio López; mi heroica traductora en Barcelona, Eugenia Vázquez; nuestro brillante asesor lingüístico, el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez; y mi editor en Madrid, Miguel Aguilar, siempre paciente, inventivo y emprendedor— ha logrado sacar el libro que ustedes, los lectores hispanohablantes, tienen ahora en sus manos; quiero expresarles no solamente mi alivio sino también mi inmensa gratitud.

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Prefacio

Prefacio

Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es el escritor más célebre que ha dado el «tercer mundo» y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado «realismo mágico», que ha cobrado un asombroso vigor en otros países en vías de desarrollo y ha cosechado adeptos entre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, por citar sólo un ejemplo obvio. García Márquez tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizá el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso en el «primer mundo» que conforman Europa y Estados Unidos, en una época en la que cuesta encontrar grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival.

En realidad, si tomamos en consideración los novelistas del siglo XX descubrimos que la mayor parte de los «grandes nombres» sobre los que la crítica actualmente coincide llegan hasta los años cincuenta (Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf ); pero en la segunda mitad del siglo, quizá el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido García Márquez. Su obra maestra, Cien años de soledad, publicada en 1967, apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo. En ese sentido, tanto en relación con el asunto que aborda —a grandes rasgos, la colisión entre «tradición» y «modernidad»— como su acogida, probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente «global».

También en otros sentidos es García Márquez un caso excepcional. Es un escritor serio y no obstante popular —en la estela de Dickens, Victor Hugo o Hemingway—, que vende millones de ejemplares de sus libros y cuya celebridad no va muy a la zaga de la de deportistas, músicos o estrellas de cine. En 1982 fue el ganador del Premio Nobel de Literatura, y uno de los más populares en tiempos recientes. En América Latina, una región que no ha vuelto a ser la misma desde que García Márquez inventara la pequeña comunidad de «Macondo», todo el mundo lo conoce por su apodo, «Gabo», al igual que ocurría con el «Charlie» del cine mudo o con el futbolista «Pelé». A pesar de ser una de las cuatro o cinco personalidades más destacadas del siglo XX en su continente, García Márquez nació, como suele decirse, «en medio de ninguna parte», en un pueblo de menos de diez mil habitantes, la mayoría analfabetos, de calles sin asfaltar, carente de alcantarillado y cuyo nombre, Aracataca, también conocido como «Macondo», hace reír la primera vez que lo oyes (aunque su similitud con «Abracadabra» tal vez debería llamar a la cautela). Muy pocos escritores famosos de cualquier otra parte del mundo proceden de lugares tan apartados, aunque menos todavía son los que han vivido su época, en lo cultural y lo político, con la plenitud y la cercanía con las que lo ha hecho él.

García Márquez es ahora un hombre que vive en la abundancia, con siete residencias en lugares elegantes de cinco países distintos. En las últimas décadas se ha permitido pedir (o, con mayor frecuencia, rechazar) cincuenta mil dólares por una entrevista de media hora. Ha colocado sus artículos en casi cualquier periódico del mundo y ha cobrado por ellos sumas suculentas. Al igual que ocurre con los de Shakespeare, los títulos de sus libros se adivinan tras un sinfín de titulares de prensa de todo el planeta («cien horas de soledad», «crónica de una catástrofe anunciada», «el otoño del dictador», «el amor en los tiempos del dinero»). Se ha visto obligado a encarar y soportar el tremendo peso de su fama durante la mitad de su vida. Sus favores y su amistad han sido codiciados por los ricos, los famosos y los poderosos: François Mitterrand, Felipe González, Bill Clinton, la mayor parte de los presidentes de Colombia y México de los últimos tiempos, al margen de otras celebridades. Sin embargo, a pesar de su fulgurante éxito literario y económico, se ha mantenido fiel toda la vida a la izquierda progresista, a la defensa de buenas causas y a la creación de empresas positivas, entre ellas la fundación de reconocidas instituciones dedicadas al periodismo y al cine. Al mismo tiempo, su estrecha amistad con otro líder político, Fidel Castro, ha sido una fuente constante de controversia y críticas durante más de treinta años.

He estado diecisiete años trabajando en esta biografía.* Contrariamente a lo que me decía todo aquel con quien hablaba en los primeros estadios del proyecto («No conseguirás acceder a él, y si lo haces, no “cooperará”»), conocí a mi hombre a los pocos meses de acometer el proyecto, y aunque no puede decirse que desbordara entusiasmo («¿Por qué quieres escribir una biografía? Las biografías significan la muerte»), se mostró cordial, hospitalario y tolerante. De hecho, siempre que me han preguntado si ésta es una biografía autorizada, mi respuesta ha sido invariablemente la misma: «No, no es una biografía autorizada, es una biografía tolerada». No obstante, para sorpresa y gratitud mías, en 2006 el propio García Márquez dijo ante los medios de todo el mundo que yo era su biógrafo «oficial». ¡Así que probablemente yo sea su único biógrafo oficialmente tolerado! Ha sido un privilegio extraordinario.

Como es bien sabido, la relación entre biógrafo y biografiado es siempre una relación difícil; debo decir que en mi caso he sido inmensamente afortunado. En su condición de periodista profesional y escritor que se sirve también de la vida de las personas a las que ha conocido al urdir sus obras de ficción, García Márquez se ha mostrado paciente, cuando menos. Después de conocerlo en La Habana en diciembre de 1990, dijo que secundaría mi propuesta con una única condición: «No me hagas hacer tu trabajo». Creo que estaría de acuerdo en decir que no ha sido así, y, por su parte, ha respondido prestándome su ayuda cuando realmente la he necesitado. Para elaborar esta biografía he llevado a cabo unas trescientas entrevistas, muchas de ellas con interlocutores cruciales que ya no están entre nosotros, pero soy consciente de que Fidel Castro y Felipe González tal vez no hubieran estado en la lista si Gabo no les hubiese transmitido de algún modo su confianza en mí. Espero que esa confianza siga incólume ahora que está en situación de leer el libro. Siempre se ha negado a brindarme la charla íntima y franca con la que inevitablemente sueñan los biógrafos, por considerar esa clase de interacción «indecente»; sin embargo, habré pasado alrededor de un mes entero en su compañía, en momentos y lugares distintos, a lo largo de los últimos diecisiete años, tanto en privado como en público, y creo que son pocos los que han podido escuchar de sus labios algunas de las cosas que me ha dicho. Aun así, nunca ha tratado de influir en mí en ningún sentido, y siempre ha comentado, con la combinación de ética y cinismo del periodista nato: «Escribe lo que veas; yo seré lo que tú digas que soy».

Las fuentes documentales de la biografía estaban en español, todas las obras se leyeron en español y la mayoría de las entrevistas se hicieron en español; aun así, fue escrita en inglés. Además, huelga decirlo, el cauce más normal es que una biografía, en especial la primera biografía completa, la escriba un compatriota del biografiado, que conoce el país de origen tan bien como él mismo y que capta hasta los matices más insignificantes al comunicarse. No es mi caso —aparte del hecho de que García Márquez sea una figura internacional, no solamente una celebridad colombiana—, pero como él mismo dijo exhalando un suspiro cuando mi nombre se mencionó en una conversación, y acaso no del todo sinceramente: «Bueno, supongo que todo escritor que se respeta debería tener un biógrafo inglés». Sospecho que, a sus ojos, mi única virtud era el amor y el apego que he profesado siempre al continente que lo vio nacer.

No me ha sido fácil sortear las múltiples versiones que García Márquez ha ido sembrando con los años a propósito de prácticamente todos los momentos determinantes de su vida. Al igual que a Mark Twain —y es una comparación provechosa—, le encanta fabular, por no mencionar su deleite por los cuentos chinos; asimismo, le gustan las historias redondas, no menos en el caso de los episodios formativos que componen la historia de su propia vida; al mismo tiempo, es pícaro y contrario al academicismo, y de ahí nace su debilidad por falsear y tratar de desconcertar a periodistas y catedráticos para que pierdan la pista. Esto forma parte de lo que él llama «mamagallismo» (volveremos a dicha frase, que por el momento podemos entender como el gusto por la tomadura de pelo). Aun cuando sepas con absoluta seguridad que cualquier anécdota particular está basada en algo que «realmente» ocurrió, resulta en extremo difícil encasillarla en un único molde, porque descubres que ha contado la mayoría de las anécdotas célebres de su vida en varias versiones distintas, todas las cuales encierran al menos una parte de verdad. He experimentado personalmente esta mitomanía, de la que yo también me he contagiado con regocijo; aunque en mi vida particular, no en este libro, espero. A la familia García Márquez no dejaban de impresionarle mi tenacidad y buena disposición para dedicarme a investigar ciertos aspectos en los que solamente «los perros rabiosos y los ingleses» (como diría Noel Coward) tendrían la imprudencia de ahondar. Por esa razón me ha resultado imposible aniquilar el mito que el propio García Márquez ha diseminado, y en el que desde luego cree, hasta tal punto que en una ocasión —y al parecer esto es típico de mis obsesiones— pasé una noche calado hasta los huesos por la lluvia en un banco de la plaza de Aracataca, a fin de «empaparme del ambiente» del pueblo en el que, según se dice, nació el sujeto de esta biografía.

Después de tantos años apenas puedo creer que el libro finalmente cobre existencia y que en este momento me halle escribiendo el prefacio. Un sinfín de hastiados biógrafos mucho más ilustres han llegado a la conclusión de que el tiempo y el esfuerzo invertidos en la tarea no merecen la pena, y que sólo los insensatos y los ilusos acometen una empresa como ésta, acaso impulsados por la posibilidad de entrar en íntima comunión e identificarse con los grandes, los justos o, simplemente, los famosos. Tal vez me haya visto tentado de dar mi conformidad a esta conclusión; pero si alguna vez hubo un asunto al que mereciera la pena dedicar una cuarta parte de la propia vida, sin duda sería la extraordinaria trayectoria vital y profesional de Gabriel García Márquez.

Julio de 2008 y mayo de 2009

Prologo

Prólogo

De orígenes oscuros

1800-1899

Una calurosa, asfixiante mañana de comienzos de la década de 1930, en la región costera tropical del norte de Colombia, una mujer contemplaba por la ventanilla del tren de la United Fruit Company las plantaciones de banano. Hilera tras hilera, titilaban entre la luz del sol y la sombra. Había embarcado en el vapor nocturno, asediado por los mosquitos, que atravesaba la gran ciénaga desde el puerto de la ciudad caribeña de Barranquilla, y ahora viajaba hacia el sur por la Zona Bananera con destino a Aracataca, el pequeño pueblo de interior donde varios años antes había dejado a su primer hijo, Gabriel, apenas un niño de pecho, a cargo de sus padres, ya entrados en años. Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García había dado a luz a otros tres niños desde entonces, y ésta era la primera vez que regresaba a Aracataca desde que su esposo, Gabriel Eligio García, la llevó a vivir a Barranquilla y dejaran al pequeño «Gabito» al cuidado de sus abuelos maternos, Tranquilina Iguarán Cotes de Márquez y el coronel Nicolás Márquez Mejía. El coronel Márquez era un veterano de la cruenta guerra de los Mil Días que se libró durante el cambio de siglo, un adepto de por vida al Partido Liberal de Colombia y, en sus últimos años, tesorero de la municipalidad de Aracataca.

El coronel y doña Tranquilina se habían opuesto con inquina al noviazgo de Luisa Santiaga con el apuesto García. No solamente era pobre y forastero, sino también hijo ilegítimo, mestizo y, quizá lo peor de todo, ferviente incondicional del detestado Partido Conservador. Apenas llevaba unos días de telegrafista en Aracataca cuando puso los ojos en Luisa, uno de los mejores partidos entre las jóvenes casaderas del pueblo. Sus padres la mandaron fuera de la región a casa de varios parientes durante casi un año, a fin de quitarle de la cabeza su absurdo encaprichamiento con el atractivo recién llegado, pero de nada sirvió. En cuanto a García, si albergaba la esperanza de que al casarse con la hija del coronel haría fortuna, quedó decepcionado. Los padres de la novia se negaron a asistir a la boda que al fin logró organizar en la capital de la provincia, Santa Marta, y por añadidura perdió su puesto en Aracataca.

¿Qué iba pensando Luisa mientras miraba por la ventanilla del tren? Tal vez había olvidado las incomodidades de este viaje. ¿Acaso pensaba en la casa donde había pasado la niñez y la juventud? ¿Cómo iban a reaccionar todos ante su visita? Sus padres. Sus tías. Los dos hijos a los que hacía tanto que no veía: Gabito, el mayor, y Margarita, su hermana menor, que también vivía con los abuelos. El tren silbó al atravesar la pequeña plantación bananera de Macondo, que le trajo recuerdos de su propia infancia. Minutos después, Aracataca aparecía ante sus ojos. Y allí estaba su padre, el coronel, esperándola a la sombra... ¿Cómo la recibiría?

Nadie sabe lo que dijo. Sin embargo, sabemos lo que ocurrió a continuación.1 De vuelta en el viejo caserón del coronel, las mujeres preparaban al pequeño Gabito para un día que no olvidaría jamás: «Ya está aquí, ya llegó tu mamá, Gabito. Está aquí. Tu mamá. ¿No oyes el tren?». El sonido del silbato llegó una vez más desde la estación cercana.

Gabito diría después que no guardaba recuerdo alguno de su madre. Lo había dejado antes de que pudiera retenerla en su memoria. Y si ahora cobraba algún sentido, era el de una ausencia súbita que sus abuelos nunca le habían explicado realmente; una ansiedad, como si hubiera algo de malo en ello. Por su culpa, tal vez. ¿Dónde estaba el abuelo? El abuelo siempre aclaraba las cosas; pero había salido.

Entonces Gabito los oyó llegar por el otro extremo de la casa. Una de sus tías llegó y lo llevó de la mano. Todo fue como en un sueño. «Tu mamá está adentro», dijo la tía, de modo que entró y al cabo de un instante vio a una desconocida, al fondo del salón, sentada de espaldas a la ventana, cuyos postigos estaban cerrados. Era una mujer hermosa que llevaba una pamela de paja y un vestido largo holgado, con mangas hasta las muñecas. Respiraba jadeante al calor del mediodía. A él lo invadió una extraña confusión, porque, a pesar de que la mujer le causó una grata impresión a primera vista, de inmediato se dio cuenta de que no la quería del modo en que le habían dicho que había que querer a una madre. No como quería al abuelo y a la abuela. Ni siquiera sentía por ella el cariño que sentía por sus tías.

La señora dijo: «¿Y no le vas a dar un abrazo a tu mamá?», y entonces ella se levantó y lo abrazó. Nunca olvidaría su aroma. No había cumplido un año cuando su madre lo dejó. Ahora tenía casi siete. Así que sólo entonces, porque ella había vuelto, lo entendió: su madre lo había abandonado. Y Gabito jamás se sobrepondría a ello, en buena medida porque nunca conseguiría afrontar los sentimientos que este hecho provocaba en él. Y entonces, muy pronto, lo abandonó de nuevo.

Luisa Santiaga, la díscola hija del coronel y madre del pequeño Gabito, había nacido el 25 de julio de 1905, en la pequeña ciudad de Barrancas, entre el territorio virgen de La Guajira y la provincia montañosa de Padilla, al este de la Sierra Nevada.2 Cuando Luisa vino al mundo, su padre pertenecía a un ejército derrotado, el ejército del Partido Liberal, vencido por los conservadores en la gran contienda civil colombiana, la guerra de los Mil Días (1899-1902).

Nicolás Ricardo Márquez Mejía, el abuelo de Gabriel García Márquez, nació el 7 de febrero de 1864 en Riohacha, La Guajira, una ciudad polvorienta, salobre y calcinada por el sol de la costa atlántica al norte de Colombia. Era la minúscula capital de su región más agreste, el hogar de los temibles indios guajiros y refugio de contrabandistas y traficantes desde los tiempos de la colonia hasta la actualidad. Poco se conoce acerca de los primeros años de Márquez excepto que recibió solamente una educación elemental; sin embargo, le sacó partido y lo enviaron hacia el occidente por un tiempo, a vivir con su prima Francisca Cimodosea Mejía en la ciudad de El Carmen de Bolívar, al sur de la majestuosa ciudad colonial de Cartagena. Allí, la abuela materna de Nicolás, Josefa Francisca Vidal, se encargaba de criar a los dos primos. Más adelante, después de que Nicolás pasara unos años recorriendo toda la región costera, Francisca, soltera para el resto de sus días, se uniría a su familia y viviría bajo su techo. Nicolás pasó un tiempo en Camarones, un pueblecito de la costa Guajira a unos veinticinco kilómetros de Riohacha. Cuenta la leyenda que llevó a cabo incursiones precoces en una o más de las guerras civiles que con regularidad interrumpían la vida de la Colombia del siglo XIX. Cuando regresó a Riohacha a la edad de diecisiete años, aprendió orfebrería bajo la tutela de su padre, Nicolás del Carmen Márquez Hernández. Era el oficio tradicional de la familia. Nicolás había terminado los estudios primarios, pero la suya era una familia de artesanos que no podía permitirse que siguiera en la escuela.

Nicolás Márquez era productivo en otros sentidos: al cabo de dos años de su regreso a La Guajira, el inquieto viajero adolescente había engendrado a dos hijos ilegítimos —«hijos naturales», los llaman en Colombia—, José María, nacido en 1882, y Carlos Alberto, nacido en 1884.3 Su madre era una soltera excéntrica de Riohacha llamada Altagracia Valdeblánquez, emparentada con una influyente familia conservadora y mucho mayor que Nicolás. No sabemos por qué no se casó con ella. A ambos hijos les pusieron el apellido de la madre; a pesar del ferviente liberalismo de Nicolás, los dos se criaron como católicos devotos y conservadores incondicionales, pues en Colombia se acostumbraba hasta hace poco a que los hijos adoptaran la filiación política de sus padres; pero los chicos no habían sido criados por Nicolás, sino por la familia materna, y ambos lucharían contra los liberales —y por ende contra su propio padre— en la guerra de los Mil Días.

Justo un año después del nacimiento de Carlos Alberto, Nicolás, con veintiún años, se casó con una muchacha de su edad, Tranquilina Iguarán Cotes, que había nacido, también en Riohacha, el 5 de julio de 1863. Aunque Tranquilina era hija ilegítima, llevaba los apellidos de dos destacadas familias conservadoras de la región. Tanto Nicolás como Tranquilina eran, a todas luces, descendientes de familias blancas europeas, y a pesar de que Nicolás, un casanova incorregible, se entretuviera con mujeres de cualquier raza y color, las jerarquías esenciales de la piel clara a la oscura se mantendrían implícita o explícitamente en todos sus tratos, tanto de puertas adentro como de puertas afuera. Y era preferible que muchas cosas quedaran en la oscuridad.

Y así comenzamos a remontar a tientas los sombríos laberintos genealógicos que tan familiares resultarán a los lectores de la novela más célebre de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. En esa obra se esfuerza en no ayudar a sus lectores con recordatorios acerca de los detalles de las relaciones de familia; por lo común, sólo da los nombres de pila, y éstos se repiten obsesivamente generación tras generación. Esto acaba formando parte del desafío tácito que la obra plantea al lector, pero sin duda reproduce las confusiones y preocupaciones que el propio autor experimentó cuando, de niño, trataba de dar sentido a las enmarañadas redes históricas de la tradición de la familia.

Pongamos por caso a Nicolás, que fue hijo legítimo, pero no fue criado por sus padres, sino por su abuela. Esto no era nada inusual en una sociedad fronteriza que sustentaba su seguridad en el concepto de los clanes familiares. Como hemos visto, él tuvo dos hijos ilegítimos antes de cumplir los veinte años. Tampoco en ello había nada de extraño. Inmediatamente después se casó con Tranquilina, que, al igual que Altagracia, pertenecía a una clase superior a la suya, aunque, para compensar las cosas, era hija ilegítima. Además, era también prima hermana suya; esto tampoco resultaba raro en Colombia, y sigue siendo más común en América Latina que en la mayor parte del resto del mundo; no obstante, al igual que la ilegitimidad, lleva todavía un estigma. La pareja tenía una abuela común, Juanita Hernández, que viajó de España a Colombia en la década de 1820, y Nicolás descendía del matrimonio legítimo original, mientras que Tranquilina procedía de su segunda relación, ilegítima, que, tras quedar viuda, inició la señora con un criollo de Riohacha llamado Blas Iguarán, diez años menor que ella. Y así resultó que, tan sólo dos generaciones después, dos de los nietos de Juanita, Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes, primos hermanos, se casaron en Riohacha. Aunque ninguno de sus apellidos coincidían, su padre y su madre eran de hecho hijos de la audaz Juanita, y por ende hermanastros. Nunca sabías con certeza con quién te casabas. Y el pecado que ello entrañaba podía llevar a la condenación o, peor aún —como temen los miembros de la familia Buendía a lo largo de Cien años de soledad—, ¡a que naciera un hijo con cola de cerdo que pusiera fin al linaje!

Como es natural, el espectro del incesto, cuya sombra planea inevitablemente sobre un matrimonio como el de Nicolás y Tranquilina, añade otra dimensión, mucho más siniestra, al concepto de ilegitimidad. Y más adelante Nicolás sembró, tal vez, docenas de hijos ilegítimos después de casarse. Vivía, no obstante, en una sociedad profundamente católica, en la que se respetaban todas las jerarquías y esnobismos tradicionales, en la cual los órdenes más bajos correspondían a los negros o los indios (con quien, por descontado, ninguna familia respetable quería verse relacionada en ningún sentido, a pesar de que en Colombia prácticamente todas las familias, incluso las más respetables, tienen esa clase de parentesco). Esta mezcolanza caótica de raza y clase, con tantas posibilidades de ilegitimidad y un único camino, recto y estrecho, a la verdadera respetabilidad, es el mismo mundo en el que muchos años depués crecería el pequeño García Márquez, y de cuyas perplejidades e hipocresías participaría.

Poco después de contraer matrimonio con Tranquilina Iguarán, Nicolás Márquez la dejó encinta —desde el punto de vista patriarcal, siempre es el mejor modo de dejar a una mujer— y pasó unos meses en Panamá, que por entonces todavía era parte de Colombia, trabajando con un tío suyo, José María Mejía Vidal. Allí engendraría a otra hija ilegítima, María Gregoria Ruiz, con la mujer que tal vez fuera el verdadero amor de su vida, la hermosa Isabel Ruiz, antes de regresar a La Guajira poco después del nacimiento de su primer hijo legítimo, Juan de Dios, en 1886.4 Nicolás y Tranquilina tuvieron dos hijas más: Margarita, nacida en 1889, y Luisa Santiaga, que nació en Barrancas en julio de 1905, aunque ella insistiría casi hasta el final de sus días en que también era originaria de Riohacha, porque creía que tenía algo que ocultar, como se verá más adelante. Su esposo también sería hijo ilegítimo, y con el tiempo daría a luz a un hijo legítimo al que llamaron Gabriel José García Márquez. No es de extrañar que la ilegitimidad sea una obsesión en las obras de ficción de Gabriel García Márquez, por muy humorístico que sea el tratamiento que dé al tema.

Los hijos ilegítimos de Nicolás no tuvieron muertes atroces en la guerra civil, como el nieto predilecto del coronel fantasearía en su novela (en la que aparecen diecisiete bastardos).5 Sara Noriega, por ejemplo, era la hija «natural» de Nicolás y Pacha Noriega (a ella misma también se la acabó conociendo por ese nombre); se casó con Gregorio Bonilla y se fue a vivir a Fundación, la población junto a la vía del tren después de Aracataca. En 1993, su nieta, Elida Noriega, a la que conocí en Barrancas, era la única persona del pueblo que aún conservaba uno de los pececillos de oro que tallaba Nicolás Márquez. Ana Ríos, la hija de Arsenia Carrillo, que se casó en 1917 con Eugenio Ríos, sobrino y socio de Nicolás, a quien le unía una estrecha relación (y que a su vez era pariente de Francisca Cimodosea Mejía, la cual también vivía con Nicolás), dijo que Sara se parecía mucho a Luisa, «la piel suave como el pétalo de una rosa y sumamente dulce»;6 murió en torno a 1988. Esteban y Elvira Carrillo eran mellizos ilegítimos hijos de Sara Manuela Carrillo; Elvira, la querida tía Pa de Gabito, después de vivir con Nicolás en Aracataca, cerca del fin de su vida se marchó a Cartagena, donde su hermanastra menor, la legítima Luisa Santiaga, «la acogió y la ayudó a morir», según el testimonio de Ana Ríos. Nicolás Gómez era hijo de Amelia Gómez y, de acuerdo con otro informador, Urbano Solano, se fue a vivir a Fundación, igual que Sara Noriega.

El hijo mayor de Nicolás, el ilegítimo José María Valdeblánquez, fue de toda su prole el que alcanzó mayores logros, pues fue héroe de guerra, político e historiador. Se casó muy joven con Manuela Moreu y tuvieron un hijo y cinco hijas. El hijo de una de ellas, Margot, es José Luis Díaz-Granados, también escritor.7

Nicolás Márquez se marchó de la árida capital costera de Riohacha y se instaló en Barrancas mucho antes de ser coronel, pues ambicionaba convertirse en terrateniente, y la tierra era más barata y fértil en los montes que rodeaban esa ciudad. (García Márquez, no siempre fidedigno en estas cuestiones, dice que el padre de Nicolás le dejó allí algunos terrenos.) Pronto adquirió la hacienda de un amigo en un lugar que se conoce como El Potrero, en la falda de la sierra. La hacienda se llamaba El Guásimo, igual que un árbol frutal de la zona, y Márquez empezó a cultivar caña de azúcar, de la que hacía «chirrinche», un ron de destilación artesanal; se cree que comerció el licor ilícitamente, al igual que la mayoría de los hacendados de la zona. Con el tiempo adquirió otra hacienda más próxima al pueblo, junto al río Ranchería. La llamó El Istmo, porque para acercarse a ella hasta día de hoy hay que vadear algún cauce. Allí cultivó tabaco, maíz, caña de azúcar, frijol, yuca, café y bananos. La hacienda puede visitarse todavía, medio abandonada, con sus edificaciones deterioradas o en algunos casos ya desaparecidas; un añoso mango sigue en pie, cual ruinoso estandarte de familia, y todo el paisaje tropical destila melancolía y nostalgia. Tal vez esta imagen recordada no es sino fruto de la imaginación del visitante, porque sabe que el coronel Márquez dejó Barrancas bajo una sombra de sospecha que aún parece cernirse sobre toda la comunidad. Sin embargo, mucho antes de que esto ocurriera, la existencia sedentaria del coronel quedaría ensombrecida por la guerra.

Menos aún se sabe acerca de los primeros años del padre de Gabriel García Márquez de lo que se conoce a propósito de su abuelo. Gabriel Eligio García nació en Sincé, Bolívar, el 1 de diciembre de 1901, al otro lado de la inmensa ciénaga, incluso más allá del río Magdalena, durante la gran guerra civil en la que Nicolás Márquez tomaba parte activa y hacía gala de sus méritos. El bisabuelo de García fue al parecer Pedro García Gordón, de quien se decía que nació en Madrid a comienzos del siglo XIX. Desconocemos cómo o por qué razón acabó García Gordón en Nueva Granada, o con quién se casó, pero en 1834 tuvo un hijo llamado Aminadab García en Caimito, Bolívar (actualmente, departamento de Sucre). Según Ligia García Márquez, Aminadab se «casó» con tres mujeres distintas, que le dieron tres hijos. Entonces, «viudo», conoció a María de los Ángeles Paternina Bustamante, que había nacido en 1855 en Sincelejo, veintiún años más joven, y de su unión nacieron tres hijos más, Eliécer, Jaime y Argemira. Aunque la pareja no estaba casada, Aminadab reconoció a los hijos y les dio su apellido. La niña, Argemira García Paternina, vino al mundo en septiembre de 1887, en Caimito, el lugar de nacimiento de su padre. Sería la madre de Gabriel Eligio García a la edad de catorce años, y por ende, la abuela paterna de nuestro escritor, Gabriel García Márquez.8

Argemira pasó la mayor parte de su vida en la ciudad ganadera de Sincé. Era lo que en la cultura hispánica solía llamarse una «mujer del pueblo». Alta, escultural y de piel blanca, nunca se casó, sino que mantuvo relaciones con numerosos hombres y dio a luz a siete hijos ilegítimos de tres de ellos, en particular de un tal Bejarano9 (todos sus hijos llevaron su apellido, García). Sin embargo, su primer amante fue Gabriel Martínez Garrido, que entonces se dedicaba a la enseñanza, aunque era el heredero de una estirpe de terratenientes conservadores; excéntrico hasta rozar el desvarío, había dilapidado casi toda su fortuna.10 Sedujo a Argemira cuando ella tenía trece años y él veintisiete. Por desgracia, Gabriel Martínez Garrido estaba ya casado con Rosa Meza, originaria de Sincé, como su esposo: tuvieron cinco hijos legítimos, ninguno de los cuales se llamó Gabriel.

Así pues, el nombre por el que se conocería al futuro padre de Gabriel García Márquez toda la vida fue Gabriel Eligio García, no Gabriel Eligio Martínez García.11 Cualquiera preocupado por estas cuestiones habría averiguado enseguida que era hijo ilegítimo. A finales de la década de 1920, no obstante, Gabriel Eligio compensaría estos inconvenientes. Del mismo modo que Nicolás Márquez había adquirido un importante rango militar durante la guerra y se había convertido en «coronel», también Gabriel Eligio, que había aprendido homeopatía por su cuenta, empezó a anteponer a su nombre el título de «doctor». El coronel Márquez y el doctor García.

Primera parte

Primera parte

El país natal: Colombia

1899-1955

1 De coroneles y causas perdidas 18991927

1

De coroneles y causas perdidas

1899-1927

Quinientos años después de que los europeos toparan con el Nuevo Mundo, a menudo América Latina parece una decepción para sus habitantes. Es como si su destino hubiera sido determinado por Colón, «el gran capitán», que descubrió el nuevo continente por error, que equivocadamente lo llamó «las Indias» y murió lleno de amargura y desilusión a comienzos del siglo XVI; o por Simón Bolívar, que puso fin al gobierno colonial español a principios del XIX, pero murió consternado ante la desunión que reinaba en la región recién emancipada y atenazado por la sombría impresión de que «el que sirve a una revolución, ara el mar». Más recientemente, el destino de Ernesto «Che» Guevara, el icono revolucionario romántico por excelencia del siglo XX, que murió como un mártir en Bolivia en 1967, sólo confirmó la idea de que América Latina, el continente desconocido, la tierra del futuro, alberga grandiosos sueños y fracasos calamitosos.1

Mucho antes de que el nombre de Guevara recorriera el orbe, en un pequeño pueblo de Colombia que la historia sólo iluminó fugazmente durante los años en que la United Fruit Company, con sede en Boston, decidiera plantar allí bananeras a comienzos del siglo XX, un niño escuchaba absorto mientras su abuelo contaba relatos de una guerra que duró mil días y que al acabar le había hecho sentir también la amarga soledad de los vencidos, relatos de hazañas gloriosas de antaño, de héroes y villanos espectrales; historias que le enseñaron al niño que la justicia no se entrama de manera natural en la urdimbre de la vida, que el bien no siempre vence en el reino de este mundo, y que los ideales que llenan los corazones y el espíritu de muchos hombres y mujeres pueden ser derrotados e incluso desaparecer de la faz de la tierra. A menos que perduren en la memoria de quienes viven para contarla.

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A finales del siglo XIX, setenta años después de conseguir la independencia de España, la república de Colombia era un país de menos de cinco millones de habitantes controlado por una élite de tal vez tres mil propietarios de grandes haciendas, la mayoría de los cuales eran políticos y empresarios, y muchos también abogados, escritores o gramáticos. De ahí que la capital, Bogotá, fuera conocida como la «Atenas sudamericana». La guerra de los Mil Días fue la última y más devastadora de una veintena de guerras civiles nacionales y locales que habían arrasado Colombia durante el siglo XIX, libradas entre los liberales y los conservadores, los centralistas y los federalistas, la burguesía y los terratenientes, la capital y las provincias. En muchos otros países, el siglo XIX asistió a la victoria de los liberales o sus equivalentes en la histórica batalla, mientras que en Colombia los conservadores dominaron hasta 1930 y, tras un breve interludio liberal de 1930 a 1946, asumieron de nuevo el poder hasta mediados de los cincuenta y a día de hoy siguen siendo una fuerza poderosa. Ciertamente, Colombia es el único país donde a finales del siglo XX las elecciones generales se debatían aún entre un Partido Liberal y un Partido Conservador tradicionales, sin que otras fuerzas políticas lograran afianzarse de manera perdurable.2 Esto ha cambiado en los últimos diez años.

Aunque la guerra se denominase «de los Mil Días», en realidad el conflicto había acabado antes casi de empezar. El gobierno conservador disponía de recursos sumamente superiores y los liberales quedaron a merced de las excentricidades de un líder carismático pero incompetente, Rafael Uribe Uribe. A pesar de eso, la guerra se prolongó durante poco menos de tres años, siendo cada vez más cruel, enconada e inútil. Desde octubre de 1900, ninguno de los dos bandos hacía prisioneros: se anunció una «guerra a muerte» cuyas sombrías consecuencias se dejan notar todavía en Colombia. Cuando todo acabó, en noviembre de 1902, el país estaba devastado y empobrecido, la provincia de Panamá estaba a punto de perderse para siempre y alrededor de cien mil colombianos habían perecido en la matanza. Durante décadas se sucederían enemistades y venganzas fruto del modo en que se había resuelto el conflicto. Esto ha hecho de Colombia un país paradójico, en el cual durante casi dos siglos los dos partidos mayoritarios han mantenido una amarga enemistad sin ocultarlo, si bien se han unido tácitamente a fin de garantizar que el pueblo nunca tuviera una verdadera representación. Ninguna nación latinoamericana ha padecido menos golpes de Estado o dictaduras en el siglo XX que Colombia, pero sus habitantes han pagado un altísimo precio por esa apariencia de estabilidad institucional.

La guerra de los Mil Días se libró a lo ancho y largo del país, pero el centro de gravedad poco a poco se desplazó hacia el norte, a las regiones de la costa atlántica. Por un lado, la sede del gobierno, Bogotá, nunca estuvo seriamente amenazada por los rebeldes liberales; por otro, éstos se retiraron indefectiblemente hacia las rutas de fuga que con frecuencia tomaban sus dirigentes para ir en busca de refugio a países vecinos cordiales o a Estados Unidos, donde trataban de reunir fondos y comprar armas para la próxima ronda de hostilidades. En esta época, el tercio norte del país, lo que se conoce como la «Costa» —sus habitantes son apodados «costeños»—, comprendía dos departamentos de enorme importancia: Bolívar al oeste, cuya capital era el puerto de Cartagena, y Magdalena al este, cuya capital era el puerto de Santa Marta, enclavada al pie de la imponente Sierra Nevada. Las dos ciudades más importantes a ambos lados de la Sierra Nevada —Santa Marta al oeste y Riohacha al este— y todas las ciudades que hay entre ambas bordeando la sierra —Ciénaga, Aracataca, Valledupar, Villanueva, San Juan, Fonseca y Barrancas— cambiaron de manos en múltiples ocasiones durante la guerra, y fueron el escenario de las hazañas de Nicolás Márquez y sus dos hijos mayores, ambos ilegítimos, José María y Carlos Alberto Valdeblánquez.

En algún momento a principios de la década de 1890, Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán se habían trasladado con sus dos hijos, Juan de Dios y Margarita, a la pequeña ciudad de Barrancas, en La Guajira colombiana, y alquilaron una casa en la calle del Totumo, a pocos pasos de la plaza. La casa aún sigue en pie. El señor Márquez puso una joyería, donde forjaba y vendía sus propias piezas —collares, anillos, brazaletes, cadenas y, su especialidad, pececillos de oro— y, a lo que parece, estableció un negocio rentable que hizo de él un miembro respetado de la comunidad. Su aprendiz, y a la larga socio, era un hombre más joven llamado Eugenio Ríos, casi un hijo adoptivo, con quien había trabajado en Riohacha tras traerlo de El Carmen de Bolívar. Ríos era el hermanastro de la prima de Nicolás, Francisca Cimodosea Mejía, con la que éste se había criado en El Carmen y a la que más tarde se llevaría consigo a Aracataca. Cuando empezó la guerra de los Mil Días, tras una larga época de frustración y resentimiento liberal, a los treinta y cinco años Nicolás Márquez se estaba haciendo un poco mayor para la vida aventurera. Además, había fundado una vida acomodada, fructífera y agradable en Barrancas, y procuraba afianzar su creciente prosperidad. Aun así, se unió al ejército de Uribe Uribe y peleó en las provincias de La Guajira, El Cesar y Magdalena, y existen testimonios de que luchó con mayor tesón y más tiempo que muchos otros. Es un hecho cierto que estuvo implicado en la contienda de buen principio cuando, en calidad de comandante, formó parte de un ejército liberal que ocupó su ciudad natal de Riohacha, y todavía seguía involucrado cuando el conflicto tocó a su fin, en octubre de 1902.

A finales de agosto de 1902, el ejército liberal, recientemente reforzado, bajo el mando de Uribe Uribe, que poco antes había llevado a cabo una de sus reapariciones imprevistas, había avanzado hacia el oeste bordeando la sierra desde Riohacha hasta la aldea de Aracataca, ya conocido bastión liberal, adonde llegó el 5 de septiembre. Allí Uribe Uribe mantuvo dos días de conversaciones con los generales Clodomiro Castillo y José Rosario Durán, además de otros oficiales entre los que se contaba Nicolás Márquez. Y fue allí, en Aracataca, donde tomaron la funesta decisión de luchar una vez más, la cual llevaría a su desastrosa derrota en la batalla de Ciénaga.

Uribe avanzó hacia Ciénaga a primera hora de la mañana del 14 de octubre de 1902. Las cosas empezaron a torcerse para los liberales desde el momento en que un buque de guerra del gobierno empezó a bombardear sus posiciones desde el mar. Uribe Uribe fue derribado de su montura y varias balas que agujerearon su guerrera no alcanzaron su persona de milagro (no era la primera vez que eso le ocurría). Exclamó, igual que lo hubiera hecho el coronel Aureliano Buendía de García Márquez: «¡Cuántos uniformes de repuesto se creen estos godos que tengo!». («Godos» era como los liberales llamaban a los conservadores.) El hijo adolescente de Nicolás Márquez, Carlos Alberto, murió como un héroe; su hermano mayor, José María, cuarto oficial al mando de la «División Carazúa» del ejército conservador, sobrevivió.

Dos días después, destrozado por la muerte de Carlos Alberto, José María salió de Ciénaga y se dirigió al campamento de los liberales derrotados, donde su padre, entre otros, se recuperaba de las heridas. José María llevaba un ofrecimiento de paz de los conservadores. A medida que su mula se acercaba a las tiendas de los liberales, una avanzadilla le interceptó y hubo de cabalgar con los ojos vendados para exponer a Uribe Uribe las condiciones de los conservadores. Nunca sabremos lo que ocurrió entre el hijo ilegítimo de diecinueve años y su padre rebelde en aquella ocasión histórica, ensombrecida por la muerte del hijo pequeño. Uribe Uribe discutió la propuesta de los conservadores con sus oficiales. Decidieron aceptar. El joven mensajero volvió cabalgando a Ciénaga y, entrada la noche, llegó a la estación de ferrocarril, donde una multitud enloquecida lo recibió y lo llevó a hombros a dar la buena nueva. Diez días después, el 24 de octubre de 1902, los dirigentes conservadores y Uribe Uribe con sus respectivos jefes del Estado mayor se encontraron en la plantación bananera de Neerlandia, no lejos de Ciénaga, para firmar el tratado de paz. Fue poco más que una hoja de vid tratando de ocultar una amarga verdad: los liberales habían sufrido una derrota catastrófica.

A finales de 1902, Nicolás Márquez regresó a Barrancas a reunirse con su esposa Tranquilina y procuró rehacer su vida. En 1905 nació su tercera hija, Luisa Santiaga, y las cosas parecían haber recobrado la normalidad.3 Sin embargo, en 1908 Nicolás se vio envuelto en un violento episodio que cambiaría su destino y el de su familia para siempre, y que no le dejaría más remedio que marcharse de Barrancas. Todos allí conocían aún la historia cuando pasé por Barrancas ochenta y cinco años después, en 1993. Por desgracia, cada cual contaba una versión distinta. Sin embargo, nadie niega los hechos siguientes. Cerca de las cinco de la lluviosa tarde del lunes 19 de octubre de 1908, el último día de la semana de festividades de la Virgen del Pilar, mientras la procesión con su imagen avanzaba hacia la iglesia, a pocas calles de distancia, el coronel Nicolás Márquez, un político, terrateniente, orfebre y respetable hombre de familia de la localidad que por entonces contaba alrededor de cuarenta años, disparó y dio muerte a un hombre más joven llamado Medardo, sobrino de su amigo y compañero de armas, el general Francisco Romero. Algo que nadie niega tampoco es que Nicolás era un donjuán o, dicho sin ambages, un mujeriego empedernido. Para lectores de otras latitudes, esta reputación puede parecer contradictoria con la imagen de hombre de dignidad y buena posición que tenía entre sus vecinos. Sin embargo, cuando menos hay dos clases de celebridad que un hombre considera un bien muy preciado en sociedades de estas características: una es cultivar su buena reputación como tal, granjearse el respeto convencional, siempre mezclado con el temor, que debe saber cómo imponer; y la otra es su fama de donjuán, o de macho, que los demás divulgarán de buena gana, por lo general para su complacencia. El truco está en asegurarse de que ambas reputaciones se refuercen mutuamente.

La primera versión que oí fue tan convincente como cualquiera de las que le siguieron. Filemón Estrada había nacido en el mismo año en que tuvieron lugar los acontecimientos. Ahora estaba completamente ciego y aquella historia remota se mantenía vívida en su memoria, conservaba una intensidad que otros testimonios habían perdido. Filemón contó que Nicolás, que ya tenía varios hijos ilegítimos, había seducido a Medarda Romero, la hermana de su viejo amigo el general Romero, y luego, cuando aparecieron unos pasquines, creyó que él había fanfarroneado de ello mientras se tomaba unos tragos en la plaza. Hubo muchos rumores, la mayoría chismes a costa de Medarda, pero también algunos que implicaban a Tranquilina. Medarda le anunció a su hijo: «Esta calumnia hay que lavarla con sangre, hijo mío, no hay otro modo. ¡Y si no vas a buscarlo tú, me va a tocar ponerme tus pantalones y a ti ponerte mis faldas!». Medardo, un hábil tirador que había cabalgado con Nicolás en la guerra y entonces vivía en la aldea vecina de El Papayal, desafió e insultó a su antiguo comandante en repetidas ocasiones, tantas que éste se tomó en serio las advertencias y a partir de entonces estaba al acecho del joven. Medardo fue al pueblo el día de la fiesta, endomingado con una gabardina blanca, y tomó un atajo por un callejón que ya no existe. Al descabalgar de su montura con un manojo de forraje en una mano y una vela de peregrino en la otra, Nicolás le preguntó: «¿Estás armado, Medardo?». A lo que éste contestó: «No». «Bueno, recuerda lo que te advertí», y Nicolás disparó una vez, algunos dicen que dos. Una anciana que vivía al fondo de la calleja salió y le dijo: «Así que al final lo mataste». «La bala del honor venció a la bala del poder», contestó Nicolás. «Después de eso —dijo el ciego Filemón—, el viejo Nicolás Márquez se precipitó calle abajo, saltando charcos, con el revólver en una mano y el paraguas en la otra, y buscó a Lorenzo Solano Gómez, su compadre, que lo acompañó a entregarse. Fue encarcelado, pero después, su hijo José María Valdeblánquez, que era muy listo y casi abogado, lo sacó de la cárcel. Puesto que Medardo era hijo ilegítimo, no se sabía a ciencia cierta si se apellidaba Pacheco o Romero, de modo que Valdeblánquez dijo que no estaba claro quién había sido asesinado exactamente; se trataba de un tecnicismo jurídico, ¿sabe?, y así es cómo Valdeblánquez lo sacó.»

No fue otra que Ana Ríos —hija de Eugenio, el socio de Nicolás, que muy probablemente tenía más razones para saber la verdad que la mayoría— quien me contó que Tranquilina estuvo muy implicada en la tragedia.4 Recordaba que era una mujer sumamente celosa, y no sin razón, pues Nicolás la engañaba una y otra vez. Medarda era viuda, y las viudas siempre dan que hablar en los pueblos; de ella se rumoreaba que era la amante habitual de Nicolás. Tranquilina se obsesionó con esa posibilidad, tal vez porque Medarda pertenecía a una clase más acomodada y por ello suponía un peligro mayor que las demás conquistas de su esposo. Se decía que Tranquilina había consultado a las brujas, que había traído agua del río para limpiar el umbral y que había rociado zumo de limón alrededor de la casa. Luego, según se cuenta, un día salió a la calle y gritó: «¡Hay un fuego en casa de la viuda Medarda! ¡Fuego! ¡Fuego!», a lo que un muchacho a quien había pagado para que esperara en el campanario de la iglesia de San José empezó a tocar alarma, y poco después ella vio como Nicolás se escabullía de casa de Medarda a plena luz del día (se supone que mientras su amigo el general se hallaba ausente).

Cuando prestó declaración ante las autoridades, a Nicolás Márquez le preguntaron si admitía haber matado a Medardo Pacheco, y dijo: «Sí, y si vuelve a la vida, lo mato otra vez». El alcalde, conservador, decidió proteger a Nicolás. Se mandaron ayudantes a recoger el cuerpo de Medardo. Voltearon el cadáver bajo la lluvia y le ataron las manos a la espalda antes de llevárselo. La mayoría de la gente acepta que Medardo provocó la confrontación y «se buscó» lo ocurrido; puede que así fuera, aunque los propios hechos parecen demostrar que fue Nicolás quien escogió cuándo, dónde y cómo llevar a cabo el enfrentamiento final. No disponemos de información suficiente para discernir cuán justificable o censurable pudo ser su acción; es evidente, no obstante, que no hubo en ella ni el más remoto heroísmo. Nicolás no era un finquero sedentario sino un curtido veterano de guerra, y el hombre al que mató furtivamente pertenecía a un rango militar inferior y era más joven que él.

Muchos en Barrancas creyeron que fue cosa del destino. En español, un acontecimiento como ése se considera una «desgracia», y se dice que en la familia de Medardo muchos se apiadaron del coronel y su infortunio. Sin embargo, llegó a hablarse de un linchamiento y se temieron disturbios, de modo que tan pronto pudieron sacarlo con garantías, enviaron a Nicolás custodiado por guardias armados a Riohacha, su ciudad natal. Ni siquiera allí se sentía a salvo, así que lo trasladaron a otra prisión en Santa Marta, al otro lado de la Sierra Nevada.5 Al parecer, un pariente de Tranquilina con influencias logró que la sentencia se redujera a un año de cárcel, con «la ciudad como prisión» durante el segundo año. Tranquilina, los niños y otros miembros de la familia lo siguieron hasta allí unos meses más tarde. Algunos comentan que logró comprar su puesta en libertad con lo que sacaba de sus artesanías; que trabajó en un improvisado taller de joyería dentro de la cárcel e hizo peces, mariposas y cálices, y que después se valió de sobornos para salir. Nadie ha hallado todavía ningún documento en relación con el caso.

La familia García Márquez nunca afrontó plenamente las consecuencias de este suceso, y se adoptó una versión aséptica de la historia, según la cual en cierto momento surgió el rumor de que Medarda, que no era ninguna chiquilla, estaba otra vez «haciéndole un favor a algún lugareño». Uno de los amigos de Nicolás comentó el chisme mientras bebían en la plaza principal, a lo que éste dijo: «¿Será verdad?». La historia que llegó a oídos de Medarda sugería que el propio Nicolás había hecho correr el rumor, y le pidió a su hijo que defendiera su honra. Años después, Luisa recordaría a menudo que ante cualquier alusión a aquel episodio poco menos que innombrable, Tranquilina decía: «Y todo por una pregunta». En esta versión, el tiroteo es un «duelo», el muerto se lleva su merecido y el asesino se convierte en «la verdadera víctima» del asesinato.6

En 1967, inmediatamente después del éxito de Cien años de soledad (donde García Márquez ofrece una versión menos idealizada del asesinato que el resto de su familia), Mario Vargas Llosa le preguntó a su autor quién había sido la persona más importante de su infancia. García Márquez contestó:

Era mi abuelo. Fíjense que era un señor que yo encuentro después en mi libro. Él, en alguna ocasión, tuvo que matar a un hombre, siendo muy joven. Él vivía en un pueblo y parece que había alguien que lo molestaba mucho y lo desafiaba, pero él no le hacía caso, hasta que llegó a ser tan difícil su situación que, sencillamente, le pegó un tiro. Parece que el pueblo estaba tan de acuerdo con lo que hizo, que uno de los hermanos del muerto durmió atravesado, esa noche, en la puerta de la casa, ante el cuarto de mi abuelo, para evitar que la familia del difunto viniera a vengarlo. Entonces mi abuelo, que ya no podía soportar la amenaza que existía contra él en ese pueblo, se fue a otra parte; es decir, no se fue a otro pueblo: se fue lejos con su familia y fundó un pueblo... Sí. Él se fue y fundó un pueblo, y lo que yo más recuerdo de mi abuelo es que siempre me decía: «Tú no sabes lo que pesa un muerto».7

Muchos años después, García Márquez me diría: «No sé por qué mi abuelo se enredó en ese asunto y por qué las cosas tuvieron que ser así, pero eran tiempos difíciles después de la guerra. Sigo creyendo que no le quedó más remedio que hacerlo».8

Puede que se trate de una mera coincidencia, pero octubre sería siempre el mes más aciago, la época de los malos augurios, en las novelas de Gabriel García Márquez.

Los movimientos de Nicolás Márquez después de su ignominiosa partida de Barrancas están rodeados de misterio.9 Luisa, la madre de García Márquez, daba versiones distintas dependiendo de quién fuera su interlocutor.10 A mí me contó que Tranquilina y ella viajaron en barco desde Riohacha a Santa Marta pocos meses después de que trasladaran allí a Nicolás (Luisa tenía sólo cuatro años), que lo pusieron en libertad al año siguiente y que la familia se mudó entonces a la vecina Ciénaga, donde vivieron otro año, para llegar a Aracataca en 1910. Ésta ha acabado por ser la historia oficial.

Sin embargo, la gente de Ciénaga insiste en que Nicolás y su familia pasaron allí tres años después de que saliera de prisión, de 1910 a 1913, y se trasladaron a Aracataca en 1913.11 Puede que Nicolás utilizase Ciénaga como base desde la que explorar la región en busca de nuevas oportunidades; de ser así, podría haber empezado a trabar intereses políticos y comerciales en Aracataca, un pueblo en esencia liberal, antes de trasladar allí a su familia. También parece posible, no obstante, que una de las razones para permanecer en Ciénaga, fuera por un año o por tres, es que en dicha ciudad residía entonces Isabel Ruiz, a quien Nicolás había conocido en Panamá en 1885, en torno a la época en que se casó con Tranquilina, y que había dado a luz a una hija suya, María Gregoria Ruiz, en 1886.

Ciénaga, a diferencia de la colonial Santa Marta, era una moderna ciudad comercial, estridente y desenfrenada, centro además del transporte de la región. Por su ubicación a orillas del Caribe, servía de conexión con la Ciénaga Grande, que los barcos de vapor atravesaban para entrar en contacto con el tráfico por carretera tanto en dirección al río Magdalena y Bogotá, como a Barranquilla, una ciudad comercial y en rápida expansión; por añadidura, la primera línea de ferrocarril de la región unía Santa Marta y Ciénaga desde 1887, y se amplió entre 1906 y 1908, por la espina dorsal de la Zona Bananera, hasta Aracataca y Fundación.

La Zona Bananera está situada al sur de Santa Marta, entre la Ciénaga Grande y el río Magdalena por el oeste, el Caribe o el océano Atlántico por el norte, y por el este la gran ciénaga y la Sierra Nevada, cuyos picos más altos son el Colón y el Bolívar.12 Por encima de ella se alza la Sierra Nevada, el hogar de los indios kogi, dados a la vida recluida y pacífica. Los primeros fundadores de Aracataca eran un pueblo muy diferente: los belicosos chimilas, un grupo de indios arhuacos. La tribu y su jefe eran los llamados cataca, «agua clara». Por eso dieron su nombre al río, de modo que su pueblo se llamó Aracataca («ara» es río en chimila), «el río de las aguas diáfanas».13

En 1887, los hacendados de Santa Marta introdujeron el cultivo del banano en la región. En 1905 se afincó allí la United Fruit Company, con sede en Boston. Llegaron trabajadores de todo el Caribe, entre ellos «cachacos» (el despectivo nombre que los costeños dan a sus compatriotas del interior del país, en especial de Bogotá),14 y también otros llegados de Venezuela, Europa, e incluso el Medio y el Lejano Oriente: la «hojarasca», vilipendiada por los protagonistas de la primera novela de García Márquez que lleva ese mismo título. En apenas unos años, de ser un pequeño asentamiento, Aracataca se transformó en un municipio próspero, un «Wild West boom town», según la expresión de García Márquez. Adquirió la municipalidad en 1915, y pasó a participar plenamente del sistema político colombiano.

Quien de veras dirigía el municipio no era el coronel Márquez, como su nieto aseguraría con frecuencia, sino el general José Rosario Durán.15 Durán era propietario de varias grandes plantaciones en los alrededores de Aracataca; había liderado las fuerzas liberales en las guerras regionales durante dos décadas y fue el verdadero referente de los liberales de Aracataca durante casi medio siglo. Nicolás Márquez había sido uno de sus subordinados militares más próximos, y quizá el aliado político en quien más confió entre 1910 y 1913. Así pues, fue Durán el que ayudó a Márquez a instalarse en la ciudad, a adquirir tierras en Ariguaní y otras propiedades en Aracataca, y a conseguir el puesto de recolector de impuestos del departamento y, posteriormente, el de tesorero municipal.16 Estas responsabilidades, sumadas a su reputación militar, hicieron del coronel Márquez uno de los miembros sin duda más respetados y poderosos de la comunidad, por más que siempre estuviera a merced de la buena voluntad de Durán, y se viera sometido a las presiones de los cargos políticos del gobierno conservador y de los gerentes de la United Fruit Company.

La madre de García Márquez, Luisa, me contó que Nicolás fue nombrado «recolector de impuestos del departamento» de Aracataca a principios de siglo,17 posiblemente en 1909, pero no llevó a su familia allí de inmediato dadas las precarias condiciones de salubridad en el pujante pueblo tropical, que por entonces albergaba a menos de dos mil habitantes y apenas empezaba a desarrollarse. Sin embargo, imaginémoslos a todos —el coronel Márquez; doña Tranquilina; sus tres hijos legítimos, Juan de Dios, Margarita y Luisa; su hija ilegítima, Elvira Ríos; la hermana de Nicolás, Wenefrida Márquez; su prima Francisca Cimodosea Mejía; y sus tres sirvientes indios, Alirio, Apolinar y Meme, comprados por cien pesos cada uno en La Guajira— llegando en el tren pintado de amarillo de la compañía bananera llenos de optimismo, en una visita de exploración, en agosto de 1910. Por desgracia, las inmediaciones de Aracataca eran todavía insalubres y estaban plagadas de enfermedades, y la tragedia golpeó a los recién llegados sin pérdida de tiempo, cuando Margarita, de veintiún años, murió de tifus. Siempre pálida, con el cabello rubio recogido en dos trenzas, era el orgullo y la alegría del coronel, y su supersticiosa familia tal vez interpretara su muerte como una especie de castigo por los pecados de su padre en Barrancas. Ahora nunca podrían casarla y prepararle el matrimonio que sin duda concebían, y todas sus esperanzas recaerían desde entonces en la pequeña Luisa. La tradición familiar cuenta que, poco antes de morir, Margarita se incorporó en la cama y, mirando a su padre, dijo: «Se apagan los ojos de su casa».18 Su pálida presencia perviviría en la memoria colectiva, especialmente, por paradójico que parezca, en el daguerrotipo que le sacaron cuando tenía diez años; además, el aniversario de su muerte, el 31 de diciembre, nunca volvería a celebrarse en la casona amplia y confortable que el coronel empezó a construir cerca de la plaza Bolívar.

Nicolás Márquez, aunque nunca amasó riqueza y siempre esperó, en vano, la pensión prometida a todos los veteranos de la guerra civil, se convirtió en uno de los ilustres patricios de la comunidad, un pez gordo en un estanque de reducidas dimensiones, que acabó por ser dueño de una gran residencia de madera con suelos de cemento que en Aracataca se consideraría —y su nieto Gabriel no la tendría en menor valía— una auténtica mansión, en comparación con los ranchos y las chozas donde moraban la mayoría de los lugareños.

Luisa, la hija del coronel, estaba a punto de cumplir diecinueve años y su padre tenía sesenta cuando en julio de 1924 llegó a la ciudad, procedente de su Sincé natal, un nuevo telegrafista llamado Gabriel Eligio García.19 Para entonces hacía ya varios años que en Aracataca se disfrutaba de la «jai lai», o la gran vida. A Luisa la habían mandado al Colegio de la Presentación, el más respetado en la retrógrada ciudad de Santa Marta, si bien lo había dejado a la edad de diecisiete años a causa de su delicada salud. «No volvió al internado porque los abuelos dijeron que estaba muy flaca, muy acabada y les daba miedo que se fuera a morir como Margarita, la hija mayor», recuerda su hija Ligia.20 Luisa sabía coser y tocaba el piano. La habían educado para que encarnara la mejora de posición social en la que Nicolás y Tranquilina esperaban hallar consuelo cuando se trasladaron de La Guajira a la Zona Bananera. Así que el coronel se quedó de una pieza ante la idea de que su hija, criada con tanto esmero, pudiera enamorarse de un despreciable telegrafista de piel oscura llegado de fuera, un hombre sin padre y con escasas perspectivas de futuro.

Cuando se conocieron, Nicolás Márquez y el pretendiente de su hija, Gabriel Eligio García, tenían poco en común salvo, irónicamente, un aspecto que en la obra de Gabriel García Márquez deviene un tema recurrente: una colección de hijos ilegítimos. Aunque Nicolás había nacido dentro del matrimonio y Gabriel Eligio fuera de él, ambos habían engendrado más de un hijo ilegítimo antes de casarse, con poco más de veinte años.

Gabriel Eligio había pasado la infancia y la juventud en la pobreza, aunque poco se conoce con detalle de su vida anterior; de hecho, parece que ni siquiera sus propios hijos le pidieron muchos pormenores: era siempre el lado Márquez el que de veras contaba, la parentela de La Guajira.21 Se sabe, sin embargo, que tenía hermanastros, que se llamaban Luis Enrique, Benita, Julio, Ena Marquesita, Adán Reinaldo y Eliécer. Sabemos también que, con ayuda de unos parientes, completó la educación secundaria —un logro notable en cualquier lugar del mundo en aquellos tiempos—, y se dice que a comienzos de la década de 1920 se las arregló para iniciar unos cursos en la escuela de medicina de la Universidad de Cartagena, aunque pronto se vio obligado a abandonarlos. Más adelante les contaría a sus hijos que su padre, maestro de escuela, se había comprometido a financiar sus estudios, pero lo acuciaron problemas económicos y tuvo que faltar a su promesa. Sin medios para costearse los estudios, se marchó de casa y buscó trabajo en las provincias caribeñas de Córdoba y Bolívar, donde trabajó de telegrafista en pueblos pequeños, aunque ejerció también de médico homeópata, y recorrió toda la región fronteriza de ríos, ciénagas y selva. Es posible que fuera el primer telegrafista de Magangué, antes de trabajar en Tolú, Sincelejo y otros pueblos. En esa época, el puesto de telegrafista gozaba de indudable reputación entre las clases bajas, ya que implicaba la tecnología moderna de la maquinaria y se presumía que el operador era letrado. Era, asimismo, un trabajo duro y exigente. En Achí, un pequeño pueblo junto al río Cauca, al sur de Sucre, nació Abelardo, el primero de sus cuatro hijos ilegítimos, cuando Gabriel Eligio tenía sólo diecinueve años; volvió a meterse en problemas en Ayapel, en el límite de la provincia de Córdoba y lo que es hoy la provincia de Sucre, a orillas de una inmensa ciénaga. Allí, en agosto de 1924, pidió en matrimonio a su primer amor verdadero, Carmelina Hermosillo, después de que ella alumbrara a otra hija, Carmen Rosa. En un viaje a Barranquilla para hacer los preparativos, al parecer su pariente Carlos Henrique Pareja lo disuadió de tan cándida decisión,22 y Gabriel Eligio huyó a la ciudad bananera de Aracataca, donde nuevamente encontró trabajo en la oficina de telégrafos. Para entonces era ya un consumado seductor, ávido de conquistas sexuales envueltas en poesía y canciones de amor. O, como su célebre hijo lo expresaría más adelante, «un perfecto caribe de los años treinta». Lo que significaba, entre otros atributos, ser hablador, extrovertido, hiperbólico y moreno, o muy oscuro, de piel.

Se presentó en la casa de Aracataca del coronel Nicolás Márquez con la carta de recomendación de un cura de Cartagena, un antiguo conocido del coronel. Por esta razón, según la versión del propio Gabriel Eligio, el coronel, famoso por su hospitalidad, le dedicó una calurosa bienvenida, lo invitó a comer y al día siguiente lo llevó a Santa Marta, donde su esposa Tranquilina y su única hija, Luisa, pasaban el verano cerca del mar. En la estación de Santa Marta, el coronel compró una alondra enjaulada y se la dio a Gabriel Eligio, para que obsequiara a Luisa con ella. Esto —francamente inverosímil, por otra parte— habría sido el primer error del coronel, aunque, de nuevo según Gabriel Eligio, no se enamoró de Luisa a primera vista. «Y para serle franco, Luisa no me impresionó, a pesar de que era muy bonita».23

Tampoco puede decirse que Luisa quedara impresionada por Gabriel Eligio. Siempre insistía en que no se vieron por primera vez en Santa Marta sino en Aracataca, tras la muerte de un niño del pueblo; mientras ella y otras jóvenes cantaban para enviar a la criatura a un lugar mejor, una voz masculina se unió al coro, y al volverse todas para ver de quién se trataba, vieron a un apuesto muchacho de chaqueta oscura con los cuatro botones abrochados. Las otras muchachas corearon «Vamos a casarnos con él», pero Luisa dijo que a ella le pareció «un forastero más».24 Luisa, que no era ninguna incauta a pesar de su inexperiencia, estaba alerta, y durante mucho tiempo rechazó todas y cada una de sus insinuaciones.

La oficina de telégrafos estaba enfrente de la iglesia, detrás de la plaza principal de Aracataca, cerca del cementerio y apenas a un par de calles de la casa del coronel.25 El recién llegado contaba con una segunda carta de recomendación, ésta dirigida al párroco. Desconocemos si el buen Padre advirtió que recibía frecuentes visitas femeninas a avanzadas horas de la noche, pero se dice que Gabriel Eligio no sólo disponía de una hamaca para sí, sino también de una cama bien engrasada para sus amantes en la trastienda de la estafeta. Era un aficionado al violín que no carecía de talento, y cuyo numerito de fiesta era «After the Ball» —el amargo vals de la edad dorada norteamericana que exhortaba a los jóvenes amantes a no dejar escapar sus oportunidades—, por lo que el sacerdote lo invitó a que acompañara con el violín al coro de las llamadas «Hijas de la Virgen». Fue como poner al zorro a jugar con los polluelos. Una de sus conquistas involucra a una maestra recién titulada, Rosa Elena Fergusson, con la cual llegó a rumorearse que habría boda; el rumor se propagó hasta tal punto que en una fiesta en casa de Luisa bromeó con la hija del coronel que ella sería su dama de honor, o tal vez su madrina. Esta broma, sin duda calculada para despertar en Luisa celos en caso de que sintiera cualquier atracción por Gabriel Eligio, les permitió llamarse «madrina» y «ahijado», y encubrir su intimidad, cada vez mayor, bajo la ficción de una relación formal que ninguno de los dos se tomaba en serio.

Gabriel Eligio era un hombre que sabía tratar a las mujeres, y por más señas, era apuesto. Si bien distaba mucho de ser un cínico, era descarado, y mucho más seguro de sí mismo de lo que cabría esperar de alguien con sus orígenes, cualificaciones y talento. En la zona del país de la que él procedía, las sabanas de Bolívar, los habitantes tenían fama de ser extrovertidos y bulliciosos, en marcado contraste con la aprensión, la introspección y la redomada suspicacia de los que, como Nicolás Márquez y Tranquilina, eran oriundos de las tierras fronterizas de La Guajira, que a comienzos del siglo XX aún se consideraban territorio indio. La afabilidad del coronel en público era contraria a su cerrazón guajira, hondamente arraigada, al apego a las viejas costumbres y los lugares antiguos, y a su recelo de los extraños. Además, lo último que necesitaba era un yerno sin titulación que se convirtiera en una carga más, cuando lo que él anhelaba era un enlace satisfactorio con una familia de mayores posibles y, por lo menos, tan respetable como la suya.

Luisa era algo delicada y un poco consentida; era la alegría de su padre. La leyenda habla de ella, tal vez con cierta exageración, como «la niña bonita de Aracataca».26 En realidad no era hermosa como dictan los cánones, pero era atractiva, vivaz y refinada; aunque también algo excéntrica y, desde luego, bastante fantasiosa. Se hallaba encerrada en su casa y su clase social por un padre y una madre a los que quería y respetaba, pero cuya preocupación por su seguridad sexual y social se veía obsesivamente reafirmada por la historia díscola de su propio padre.27 Además, como el mismo Gabito advertiría, la familia ya cultivaba una larga tradición —paradójicamente «incestuosa»— de rechazo a todos los pretendientes que vinieran de fuera, la cual hacía de los hombres «cazadores callejeros furtivos» y condenaba a las mujeres, con frecuencia, a la soltería. En cualquier caso, Luisa era infinitamente menos experimentada que el hombre que, ocho meses después de su llegada a Aracataca, centraría firmemente su atención en ella y se propondría hacerla su esposa.

Empezaron a cruzar miradas apasionadas en la misa del domingo, y en marzo de 1925, Gabriel Eligio buscó el modo de expresar sus sentimientos y pedirle la mano. Se detenía bajo los almendros frente a la casa, donde Luisa y su tía Francisca Cimodosea Mejía se sentaban a coser a la hora de la siesta o al caer el sol; en ocasiones aprovechaba la oportunidad de charlar con ella a la sombra del gran castaño del jardín, mientras la tía Francisca, azote de varios pretendientes de Luisa, merodeaba cerca de ellos como correspondía a una carabina, igual que la desventurada tía Escolástica de El amor en los tiempos del cólera.28 Al fin, bajo aquel árbol monumental, hizo una de las propuestas matrimoniales menos galantes de los anales del folclore romántico: «Mire, señorita Márquez —le dijo—, anoche me desvelé pensando que tengo rigurosa necesidad de casarme. Y la mujer que yo tengo en el corazón es usted. No quiero a ninguna otra. Dígame si usted tiene alguna intención espiritual sobre mi persona, pero no se sienta forzada a complacerme, pues no crea que me estoy muriendo de amor por usted. Le doy veinticuatro horas para pensarlo».29 Fue interrumpido por la temible tía Francisca; pero veinticuatro horas después, Luisa le mandó una nota con uno de los sirvientes indios en la que le proponía un encuentro secreto. Le dijo que dudaba de la seriedad de su propuesta, si no sería otro de sus devaneos; él repuso que no esperaría, había otros peces en el estanque. Ella precisaba que la tranquilizara, y él juró que, si lo aceptaba, nunca amaría a otra mujer. Se pusieron de acuerdo: se casarían y serían el uno para el otro. «Sólo la muerte» se lo impediría.

No tardó el coronel en advertir indicios preocupantes del encaprichamiento mutuo y decidió cortar la relación de raíz, sin darse cuenta de que a esas alturas ya había florecido plenamente. Cerró las puertas de su casa al telegrafista y se negó a dirigirle la palabra. Que García estuviera haciéndole la corte a su hija era un trago amargo que Nicolás y Tranquilina no estaban dispuestos a tolerar. En una ocasión en que el coronel era anfitrión de un acontecimiento social del que Gabriel Eligio no podía ser excluido, fue la única persona de la sala a la que no invitaron a sentarse. El joven estaba tan intimidado que incluso se compró un revólver. Sin embargo, no tenía ninguna intención de marcharse del pueblo. A Luisa sus padres le dijeron que era demasiado joven, aunque ya tenía veinte años y Gabriel Eligio veinticuatro. No cabe duda de que también debieron de hacerle notar que era de piel oscura e hijo ilegítimo, un empleado público vinculado al odioso régimen conservador contra el que el coronel había luchado en la guerra, y un miembro de la «hojarasca», los desperdicios humanos que el viento traía de fuera. Aun así, el noviazgo continuó en la clandestinidad: en la puerta de la iglesia después de misa, de camino al cine o en la ventana de la casa del coronel, si no había moros en la costa.

La tía Francisca le habló a su primo el coronel de las nuevas maniobras, y éste tomó medidas radicales. Dispuso que Luisa, escoltada por Tranquilina y una sirvienta, emprendiera un largo viaje a La Guajira, y que por el camino se quedara en casa de amigos y parientes. Incluso actualmente se trata de un recorrido incómodo y difícil, porque no ha llegado a terminarse ninguna carretera moderna. En aquella época, un buen trecho discurría por senderos al borde de los precipicios de las laderas más bajas de la Sierra Nevada, y nunca antes Luisa había montado en mula.

El plan del coronel fracasó rotundamente. Luisa burló la vigilancia de Tranquilina con la misma facilidad de la que él mismo siempre había hecho alarde. El veterano de tantas batallas no había contado con que Gabriel Eligio elaborara su propia «estrategia de campaña», y no debió subestimar los recursos de un telegrafista. El amor en los tiempos del cólera narra toda la historia de los mensajes en clave que circulaban con la ayuda de los telegrafistas de cada pueblo por el que pasaban madre e hija. Ana Ríos recordaba haber oído que la comunicación telegráfica era tan eficaz que cuando a Luisa la invitaron a un baile en Manaure, le pidió permiso a su futuro esposo para asistir. La respuesta, un sí, llegó aquel mismo día, y la muchacha bailó hasta las siete de la mañana.30 Gracias a la solidaridad de sus compañeros telegrafistas fue posible que, cuando madre e hija tomaron tierra en Santa Marta a principios de 1926, Gabriel Eligio estuviera en el muelle para recibir a su amada, que descendió del barco con un «romántico» vestido rosado.

Como era de esperar, Luisa se negó a volver a Aracataca y se quedó en Santa Marta con su hermano Juan de Dios y su esposa Dilia, en la calle del Pozo. Es de imaginar el coste que este desafío supuso en términos de drama familiar. Dilia ya había sufrido en carne propia la hostilidad hacia los extraños de la familia Márquez Iguarán, que más parecía un clan, y con gusto se ofreció a ayudar a su cuñada, a pesar de que Juan de Dios mantenía una atenta mirada sobre las dos mujeres en nombre de su padre. Gabriel Eligio pudo visitar a Luisa los sábados y los domingos en condiciones de relativa libertad, hasta que tiempo después lo trasladaron a Riohacha, que se hallaba demasiado lejos para visitas de fin de semana. Luisa habló con el párroco de Santa Marta, monseñor Pedro Espejo, que antes lo había sido de Aracataca y mantenía una buena amistad con el coronel Márquez. El 14 de mayo de 1926, el cura le escribió al coronel para convencerlo de que los jóvenes estaban desesperadamente enamorados y que el matrimonio evitaría lo que misteriosamente denominó «peores desgracias».31 El coronel transigió —debió de tomar conciencia de que apenas faltaban unas semanas para que Luisa cumpliera veintiún años— y la joven pareja se casó en la catedral de Santa Marta, a las siete de la mañana del 11 de junio de 1926. Era el día del Sagrado Corazón, emblema de la ciudad.

Gabriel Eligio diría que no invitó a sus suegros a la boda a causa de un sueño. Sin embargo, parece más probable que fueran ellos los que se negaran a asistir. Mario Vargas Llosa, quien obtuvo la mayor parte de la información de primera mano de García Márquez en 1969 y 1970, dice que el propio coronel insistió en que la pareja viviera «lejos de Aracataca».32 Cuando se lo recordaban, Gabriel Eligio siempre replicaba que había complacido al coronel con mucho gusto. Mientras viajaban en barco a Riohacha, ambos mareados, le confesó a su flamante esposa que en sus primeros años de donjuán rural había seducido a cinco vírgenes y que tenía dos hijos ilegítimos. Aunque no podemos por menos que dudar que la hiciera partícipe del historial de su propia madre en el terreno sexual, el hecho de que el hombre con el que acababa de casarse admitiera sus propias fechorías debió de ser para ella una sorpresa sumamente desagradable. A pesar de ello, por el resto de sus días Luisa recordaría los meses que pasó con Gabriel Eligio en la casa que alquilaron en Riohacha como una de las épocas más felices de su vida.33

Luisa pudo quedar encinta la segunda noche después de la boda —caso que no lo fuera antes— y, según la leyenda familiar, la buena nueva prometía hacer más cordial la gélida relación entre Gabriel Eligio y el coronel. Se dice que se enviaron regalos a través de José María Valdeblánquez. Sin embargo, Gabriel Eligio no cedió hasta que un día llegó Juan de Dios de Santa Marta para decir que Tranquilina anhelaba ver a su hija embarazada y Gabriel Eligio le dio permiso para viajar a Aracataca y dar a luz allí.34

Luisa, con veintiún años cumplidos, regresó a su Aracataca natal una mañana de febrero, sin su esposo, tras casi dieciocho meses de ausencia. Estaba embarazada de ocho meses y llegaba mareada del barco, tras otra travesía turbulenta de Riohacha a Santa Marta. Unas semanas después, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana, en medio de una tormenta poco habitual para esa época del año, dio a luz a un niño, Gabriel José García Márquez. Luisa me contó que su padre había salido temprano a misa cuando las cosas «se ponían mal», pero cuando volvió a casa todo había acabado.

El niño nació con una vuelta de cordón alrededor del cuello —luego él mismo atribuiría su tendencia a la claustrofobia a aquel contratiempo temprano— y pesó, según se dijo, cuatro kilos doscientos gramos. Su tía abuela, Francisca Cimodosea Mejía, propuso que lo frotaran con ron y le echaran agua bendita, por si había algún otro percance. De hecho, el niño no sería bautizado oficialmente hasta los tres años y medio, junto con su hermana Margot, quien para entonces vivía también apartada con los abuelos. (Gabito conservaría un nítido recuerdo de su bautismo. Fue oficiado por el padre Francisco Angarita en la iglesia de San José de Aracataca, el 27 de julio de 1930, y los padrinos fueron los dos testigos de boda de sus padres, su tío Juan de Dios y su tía abuela Francisca Cimodosea.)

El coronel Márquez celebró el nacimiento. Su querida hija se había convertido en otra causa perdida, pero decidió considerar que incluso aquel revés no había sido más que una batalla, y tomó la determinación de ganar la guerra. La vida seguía, y a partir de entonces dedicaría todas sus energías, nada despreciables por entonces, al primogénito de su hija, a su nieto más reciente, a «mi Napoleoncito».

2 La casa de Aracataca 19271928

2

La casa de Aracataca

1927-1928

Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas, sino el de la casa misma de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Es un sueño recurrente que todavía persiste. Más aún: todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa. No que he vuelto a ella, sino que estoy allí, sin edad y sin ningún motivo especial, como si nunca hubiera salido de esa casa vieja y enorme. Sin embargo, aun en el sueño, persiste el que fue mi sentimiento predominante durante toda aquella época: la zozobra nocturna. Era una sensación irremediable que empezaba siempre al atardecer, y que me inquietaba aun durante el sueño hasta que volvía a ver por las hendijas de las puertas la luz del nuevo día.1

Con estas palabras recordaba Gabriel García Márquez, medio siglo después, en conversación con su viejo amigo Plinio Apuleyo Mendoza en París, la imagen más poderosa de su infancia «prodigiosa» en el pequeño pueblo colombiano de Aracataca. Gabito no pasó los primeros diez años de su vida junto a su madre y su padre y los muchos hermanos y hermanas que siguieron su llegada al mundo con puntual regularidad, sino en la casona de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes.

Era una casa llena de gente —abuelos, tías, huéspedes de paso, sirvientes, criados indios—, pero también llena de fantasmas (por encima de todos, quizá, el de su madre ausente).2 Años más tarde, cuando el tiempo o la distancia lo alejaran de allí, aquella casa seguiría obsesionándolo, y el esfuerzo por recuperarla, por recrearla y dominar los recuerdos que conservaba de ella sería en buena medida lo que lo convertiría en escritor. Era un libro que llevaba en su interior desde la infancia: los amigos recuerdan a Gabito con poco más de veinte años escribiendo ya una novela interminable a la que se refería como «La casa». Aquel viejo caserón de Aracataca perteneció a la familia hasta finales de la década de 1950, aunque otros inquilinos lo alquilaron después de que Gabriel Eligio se llevara a su esposa y a sus hijos de Aracataca, una vez más, en 1937. Con el tiempo reaparecería, intacta, aunque con cierto halo de alucinación, en la primera novela de García Márquez, La hojarasca, escrita en 1950. Sin embargo, no sería hasta más adelante que, en Cien años de soledad (1967), la obsesión se desarrollara plenamente y agotara todo su potencial, de modo que la infancia de Gabito —vívida al tiempo que angustiada, y a menudo aterradora— se materializara para toda la eternidad en el mundo mágico de Macondo; y en un punto en que, desde la casa del coronel Márquez, su visión del mundo abarcaría no sólo el pequeño pueblo de Aracataca, sino también el resto de su Colombia natal y, acaso, toda América Latina y aún más allá.

Tras el nacimiento de Gabito, Gabriel Eligio, que seguía trabajando en Riohacha y que aún estaba dolido, esperó varios meses para reunirse con su esposa. Renunció a su puesto en Riohacha, dejó la telegrafía para siempre y confió que en Aracataca podría ganarse la vida con la medicina homeopática. Sin embargo, puesto que carecía de titulaciones tanto como de posibles, y dado que, aunque la leyenda familiar sostenga lo contrario, al parecer su presencia en casa del coronel no era grata, finalmente decidió llevarse a Luisa a Barranquilla y, tras ciertas negociaciones poco claras, se acordó que Gabito se quedara con los abuelos.3

Por descontado se da que esta clase de arreglos en que ambos matrimonios llegaban a un acuerdo eran tan habituales que se consideraban casi normales en sociedades tradicionales con familias muy extensas y numerosas; sin embargo, resulta difícil entender que Luisa dejase a su primer hijo a una edad en la que podría haber seguido muchos meses amamantándolo. Fuera de toda duda está, en cambio, el firme compromiso con su esposo. A pesar de las críticas de sus padres, por encima de todos los defectos y excentricidades de Gabriel Eligio, tenía que amar de veras a su marido y se entregó, al parecer sin titubear, a su cuidado. Por encima de todo antepuso su esposo a su primogénito. Nunca sabremos lo que Luisa y Gabriel Eligio pensaron o qué se dijeron mientras tomaban el tren en Aracataca con dirección a Barranquilla, tras dejar atrás a su primer hijo. Sabemos, en cambio, que la primera iniciativa de la joven pareja fue un fracaso financiero y que, sin embargo, a los pocos meses Luisa volvía a estar encinta; volvió a Aracataca a dar a luz a su segundo hijo, Luis Enrique, que nacería el 8 de septiembre de 1928. Esto significa que tanto ella como el recién nacido estaban en Aracataca durante el período que culminó con la masacre de los peones bananeros de Ciénaga en diciembre de aquel año y los muchos asesinatos que posteriormente se cometieron en la propia Aracataca y sus alrededores. Uno de los recuerdos más tempranos de Gabito era el de los soldados que pasaban frente a la casa del coronel. Curiosamente, cuando Gabriel Eligio llegó para llevarse a la madre y a su nuevo hijo de regreso a Barranquilla en enero de 1929, bautizaron al recién nacido apresuradamente antes de marcharse, mientras que con Gabito no lo harían hasta julio de 1930.4

Observemos la cara del chiquillo de apenas un año que aparece reproducida en la cubierta de las memorias de García Márquez, Vivir para contarla. Su madre lo había dejado a cargo de sus abuelos varios meses antes de que se hiciera la fotografía, y ahora, meses después de que se tomara la instantánea, la madre había vuelto y había quedado atrapada por el drama de la huelga y la matanza que le siguió. Esta masacre no fue únicamente un acontecimiento de enorme importancia, incluso crucial, que cambiaría la historia de Colombia por coadyuvar directamente al regreso de un gobierno liberal en agosto de 1930, tras medio siglo de guerra civil y exclusión, y que uniría de ese modo al pequeño con la historia de su país; coincidió también con el momento en que la madre del niño podría habérselo llevado consigo a Barranquilla. En lugar de ello, se llevó a su nuevo hijo, Luis Enrique, recién bautizado, y dejó a Gabito en el caserón con sus abuelos, sentenciándolo así a asimilar este abandono, a vivir esta ausencia, a explicarse esta inexplicable secuencia de acontecimientos y, mediante la elaboración de esa historia, de algún modo a forjarse una identidad que, al igual que todas las identidades, vinculara sus propias circunstancias personales, con todas sus alegrías y sus crueldades, a las alegrías y las crueldades del mundo.

A pesar de sus recuerdos de soledad, Gabito no era el único niño que había en la casa, aunque sí el único varón. Su hermana Margarita vivió allí desde que Gabito tenía tres años y medio, y su prima adolescente, Sara Emilia Márquez, la hija ilegítima de su tío Juan de Dios a la que su esposa Dilia había rechazado (según algunos, aseguraba que la niña era en realidad hija de José María Valdeblánquez, no de su marido), también se crió allí, junto con ellos. Tampoco era la casa la mansión que García Márquez a veces ha dado a entender.5 De hecho, en marzo de 1927, más que una casa eran tres construcciones distintas de madera con algunos muros de adobe, a las que había que sumar cierto número de edificaciones anexas y una gran extensión de tierra en la parte de atrás. Cuando nació Gabito, estas tres edificaciones principales tenían suelos de cemento escobillado, al estilo norteamericano, ventanas de acero con mosquiteras y techos rojos de cinc a dos aguas, si bien algunas de las edificaciones anexas conservaban las techumbres de hojas de palma tradicionales en Colombia. La entrada de la propiedad estaba protegida por almendros. En los primeros recuerdos de García Márquez, al acceder a la casa había dos construcciones a la izquierda; la primera de ellas era el despacho del coronel, contiguo a una pequeña sala para las visitas, seguida de un precioso patio y un jardín con un gigantesco jazmín —este jardín, donde crecían en abundancia rosas de vivos colores, jazmines, espicanardos, geranios y astromelias, siempre estaba lleno de mariposas amarillas— y, a continuación, otra serie de tres dependencias.

La primera de estas tres habitaciones privadas era el dormitorio de los abuelos, que no estuvo terminado hasta 1925, donde nació Gabito apenas dos años después.6 Al lado de este dormitorio estaba el llamado «cuarto de los santos», donde en realidad durmió Gabito —en una hamaca, después de que la cuna se le quedara pequeña— durante los diez años que vivió con sus abuelos, acompañado a veces por su hermana menor, Margarita, por su tía abuela, Francisca Cimodosea, o por su prima, Sara Márquez —aunque en ocasiones con todas a la vez—, junto con un panteón de santos que no variaba nunca. Todos estaban iluminados día y noche con lámparas de aceite de palma, y a cada uno se le había encomendado que velara por un miembro en concreto de la familia: «Para que le fuera bien al abuelo, para que velara por los nietos, para que nadie se enfermara, para que protegiera el hogar, en fin ... una costumbre que venía desde la tatarabuela y que heredó mi mamá».7 La tía Francisca pasó muchas horas de su vida rezando de rodillas. La última estancia era el «cuarto de los baúles», un trastero donde se amontonaban los bienes ancestrales y los recuerdos de familia traídos en el éxodo de La Guajira.8

A la derecha de la finca, al otro lado del sendero, había una serie de seis habitaciones que daban a una galería donde se alineaban grandes macetas de flores, y que la familia denominaba el «corredor de las begonias». Desandando el camino hacia la entrada, las primeras tres habitaciones de la edificación de la derecha constituían, junto con la oficina y la salita para recibir a las visitas de enfrente, lo que podría considerarse la parte pública de la casa. La primera era la habitación de invitados destinada a las visitas distinguidas (entre ellas, por ejemplo, el propio monseñor Espejo). También se alojó allí, sin embargo, a parientes y compañeros de batalla de toda La Guajira, Padilla y Magdalena, incluidos héroes de guerra liberales como Rafael Uribe Uribe y el general Benjamín Herrera.9 Contiguo a estas dependencias estaba el taller de orfebrería del coronel, donde siguió practicando su oficio hasta poco antes de morir, aunque sus obligaciones municipales lo obligaron a hacer de su anterior profesión un mero entretenimiento.10 A continuación estaba el amplio comedor, el verdadero centro de la casa, e incluso más importante para Nicolás que el taller de al lado; abierto al aire libre, allí podían sentarse diez comensales a la mesa, y aún quedaba sitio para unas cuantas mecedoras de mimbre en las que tomar una copa antes o después de la cena, cuando la ocasión se presentaba. Luego venía una tercera habitación, conocida como «el cuarto de la ciega», donde el fantasma más célebre de la casa, la tía Petra Cotes, hermana de Tranquilina, había muerto algunos años antes,11 al igual que el tío Lázaro, y donde ahora dormían una u otra tía; luego había una despensa donde, de ser necesario, podían instalarse los huéspedes menos distinguidos, y por último, la gran cocina de Tranquilina, con su enorme horno panadero, abierta, al igual que el comedor, a todos los elementos. Allí la abuela y las tías hacían pan, pasteles y toda clase de dulces con los que agasajar a los huéspedes, y que además los indios de la casa vendían en la calle para complementar con ello los ingresos de la familia.12

Más allá de las habitaciones ocupadas por santos y baúles había otro patio con un cuarto de baño y un gran aljibe, donde Tranquilina bañaba a Gabito con parte de los cinco barriles de agua que José Contreras, el transportista, les entregaba a diario. En una ocasión inolvidable, el pequeño Gabito estaba trepándose al techo cuando abajo vio a una de sus tías, desnuda, dándose una ducha. En lugar de chillar y cubrirse, como esperaba, se limitó a saludarlo. O así lo recordaba el autor de Cien años de soledad. El patio junto al cuarto de baño daba, a la derecha, al jardín en el que se alzaba el mango; en un rincón, un gran cobertizo servía de taller de carpintería, la base desde donde el coronel llevaba a cabo sus renovaciones estratégicas en la casa.

Y a continuación, al fondo del predio, más allá del cuarto de baño y del mango, el nuevo y pujante pueblo de Aracataca, representado ostentosamente por la riqueza y la ambición de este caserón, parecía fusionarse con el campo en una extensión asilvestrada llamada La Roza.13 Aquí estaban los guayabos, con cuya fruta Tranquilina hacía dulces en una gran cubeta de acero y cuyo aroma Gabito asociaría ya siempre al Caribe de su niñez. Allí se alzaba también el castaño inmenso, y ahora legendario, al que José Arcadio Buendía sería atado en Cien años de soledad. Bajo este árbol de ancha copa Gabriel Eligio García le había pedido a Luisa la mano mientras la «cancerbera», la tía Francisca, le gruñía desde las sombras. Entre el follaje había loros, guacamayos y trupiales, e incluso un perezoso habitaba en las ramas del árbol del pan. Y junto a la puerta trasera estaban los establos donde el coronel guardaba el caballo y las mulas, y donde las visitas amarraban las monturas cuando llegaban no sólo a almorzar, en cuyo caso las dejaban en la calle, sino para una estadía más larga.

Contigua a la casona había una construcción que para los niños sería siempre una casa de los horrores. La llamaban «la casa del muerto» y todo el pueblo contaba historias espeluznantes sobre ella, porque un venezolano llamado Antonio Mora siguió habitándola después de ahorcarse, y sus carraspeos y silbidos podían oírse claramente en el interior.14

En la época en que los primeros recuerdos de García Márquez quedaron grabados en su memoria, Aracataca era todavía una ciudad fronteriza violenta y dramática. Prácticamente todos los hombres llevaban machete, y los revólveres eran moneda corriente. Una de las primeras cosas que recuerda de la niñez es estar jugando en el patio exterior y ver pasar por delante de la casa a una mujer con la cabeza de su esposo envuelta en un trapo y el cuerpo decapitado detrás. Se acuerda de la decepción que le produjo que el cuerpo estuviera cubierto de harapos.15

El día, por tanto, traía consigo un mundo lleno de vida, diverso, en constante cambio, unas veces violento y otras veces mágico. La noche, por el contrario, era siempre igual, y lo aterraba. Recordaba que «era una casa enorme, donde se vivía verdaderamente en el misterio. En esa casa había un cuarto desocupado en donde había muerto la tía Petra. Había un cuarto desocupado donde había muerto el tío Lázaro. Entonces, de noche, no se podía caminar por esa casa porque había más muertos que vivos. A mí me sentaban, a las seis de la tarde, en un rincón y me decían: “No te muevas de aquí porque si te mueves va a venir la tía Petra que está en su cuarto, o el tío Lázaro, que está en otro”. Yo me quedaba siempre sentado...».16 No es de extrañar que el niño viera difuntos en el baño y en la cocina, junto a los fogones; incluso hubo una vez en que vio al demonio en su ventana.17

La vida cotidiana estaba controlada inevitablemente por Tranquilina, o Mina, como su esposo y otras mujeres la llamaban: una mujer menuda, inquieta, de ojos grises y mirada preocupada, cuyo cabello canoso, partido por una raya al medio y rematado en un moño recogido en el pálido cuello, enmarcaba un rostro a todas luces hispano.18 García Márquez recordaba: «Haciendo un análisis de cómo era la vida de la casa, ahí en realidad el jefe de la casa era la abuela, y no sólo la abuela sino unas entidades fantásticas con las cuales ella tenía comunicación permanente y que eran las que indicaban qué se podía hacer ese día, qué no se podía hacer ese día; interpretaba los sueños, de acuerdo con los sueños se organizaba la casa ... estábamos como en el Imperio romano, gobernados por pájaros y truenos, por cualquier señal atmosférica, por cualquier cambio del tiempo, cambio de humor, de los sueños; realmente éramos manejados por dioses invisibles, aunque era gente muy católica».19 Vestida de sempiterno luto o semiluto, y siempre al borde de la histeria, Tranquilina flotaba por la casa del alba al anochecer, cantando, tratando siempre de irradiar calma y confianza, pero consciente en todo momento de la necesidad de proteger a los niños a su cargo de los peligros, que acechaban en todo momento: almas en pena («¡Rápido, acuesta a los niños!»), mariposas negras («Esconde a los niños, alguien va a morir»), funerales («Levanta a los niños, o morirán también»)... Lo último que hacía por la noche era recordarles a los niños esos peligros.

Rosa Fergusson, la primera maestra de García Márquez, recordaba que Tranquilina era sumamente supersticiosa. Rosa y sus hermanas llegaban a primera hora de la tarde y la anciana les decía tal vez: «¿Saben que anoche sentí a una bruja...? Sí, cayó aquí, sobre el techo de la casa».20 Cultivaba también el hábito de explicar sus sueños, al igual que muchos de los personajes femeninos de las novelas de García Márquez. En una ocasión contó a los invitados allí reunidos que había soñado que sentía un montón de pulgas en la cabeza; así que en su sueño se quitaba la cabeza, se la colocaba entre las piernas y empezaba a matar las pulgas una por una.21

Francisca Cimodosea Mejía, a la que todos llamaban tía Mama, era la más imponente de las tres tías que vivían en la casa durante la infancia de Gabito y, a diferencia de Tranquilina, tenía fama de no temerle a nada, fuera natural o sobrenatural. Hermanastra de Eugenio Ríos, el socio de Nicolás Márquez en Barrancas, se crió con su primo, el coronel, en El Carmen de Bolívar, y luego se trasladó con él de Barrancas a Aracataca tras el asesinato de Medardo. Era de tez oscura, robusta, con cabello negro semejante al de los indios guajiros, peinado en dos trenzas que unía en un moño cuando salía a la calle. Vestía de negro y llevaba botas de cordones que anudaba muy apretados; fumaba cigarros fuertes, mantenía una actividad permanente, mientras gritaba preguntas y daba órdenes con su vozarrón grave para disponer y organizar el día a los niños. Cuidaba de todo el mundo: de los miembros de la familia, de los niños abandonados de la calle y de los descarriados; elaboraba dulces especiales y caprichos para los invitados; bañaba a los niños en el río (con jabón carbólico si tenían piojos), los llevaba a la escuela y a la iglesia, los acostaba y les hacía decir sus oraciones, antes de abandonarlos a los colofones nocturnos de Tranquilina. Le habían confiado las llaves de la iglesia y el cementerio, y vestía los altares en las fiestas de guardar. También hacía las hostias para la iglesia —el párroco visitaba la casa con asiduidad— y los niños siempre ansiaban el momento de comerse los benditos restos. La tía Mama vivió y murió soltera. Y cuando pensó que llegaba su hora, empezó a coser su propia mortaja, igual que la Amaranta de Cien años de soledad.

Para los niños, la seguía en importancia la tía Pa, Elvira Carrillo, que había nacido en Barrancas a finales del siglo XIX. Era una de las hijas naturales del coronel, hermana gemela de Esteban Carrillo. Se mudó a Aracataca con veinte años y, a pesar de las tensiones del principio, Tranquilina la trató como si fuera su propia hija, y ella a su vez cuidó de Tranquilina hasta su muerte, en Sucre, muchos años después. Era de temperamento dulce, modesta y trabajadora, siempre entregada a la limpieza, la costura y la elaboración de los dulces que vendían, aunque ella misma prefería no aventurarse por las calles.

Otra tía, Wenefrida (tía Nana, la única hermana legítima de Nicolás), era también una presencia constante, aunque vivía en una casa de su propiedad. Había llegado a Aracataca con su esposo, Jesús Quintero, y allí moriría, en casa de Nicolás —pasó sus últimos días en el despacho de su hermano—, poco antes de que falleciera el propio coronel.

Había además numerosas sirvientas, que en su mayoría trabajaban a tiempo parcial, las cuales se encargaban de limpiar la casa y lavar la ropa y la vajilla. Era, ciertamente, una casa llena de mujeres, un hecho que destinó a Gabito, por una parte, a una relación especialmente estrecha, y desde luego decisiva, con el único hombre aparte de él —su abuelo— y, por la otra, a una desenvoltura con las mujeres y una dependencia de ellas que se prolongaría el resto de su vida. A los hombres, para Gabito, había que emularlos, como a su abuelo, o temerlos, como a su padre. Sus primeras relaciones con las mujeres fueron mucho más variadas y complejas. (Había varios sirvientes indios en la casa, que de hecho eran esclavos; el muchacho, Apolinar, apenas contaba como figura masculina, pues ni siquiera se lo consideraba un ser humano de pleno derecho.)

Cuando García Márquez leía cuentos de hadas, debió de sorprenderle que muchos de ellos los protagonizara un niño o una niña, e, invariablemente, participaran también los abuelos. Igual que él, Margot, Nicolás y Tranquilina. Era un mundo complejo desde un punto de vista psicológico, que él mismo le explicó a su amigo Plinio Mendoza: «Lo raro, pensándolo ahora, es que yo quería ser como el abuelo—realista, valiente, seguro—, pero no me podía resistir a la tentación constante de asomarme al mundo de la abuela».22 Leonino y magnífico en la memoria de su nieto, «papá Lelo» imponía orden y disciplina en aquella manada de hembras, una casa llena de mujeres a las que había traído a Aracataca en busca de seguridad y de una respetabilidad renovada. Era campechano y franco, de opiniones directas y decididas. Es evidente que Gabito se sentía su descendiente inmediato y su heredero.

El coronel se llevaba consigo a su nieto a todas partes, todo se lo explicaba, y cuando se le presentaba una duda, lo llevaba a casa, sacaba el diccionario de la familia y subrayaba su propia autoridad con la definición que hallara allí.23 Al nacer Gabito tenía sesenta y tres años, rasgos más bien españoles, como su mujer, y era fornido, de mediana estatura, con una frente despejada, profundas entradas y un poblado bigote. Llevaba gafas con montura dorada y, para entonces, ya era ciego del ojo derecho a causa del glaucoma.24 La mayoría de los días llevaba un traje blanco inmaculado de los que suelen usarse en el trópico, sombrero de jipijapa y tirantes de colores vivos. Era un hombre franco y de buen corazón, cuya autoridad poco severa y confiada quedaba aligerada por el brillo de su mirada, que evidenciaba que comprendía la sociedad en la que vivía y que, aunque en toda circunstancia lo hacía lo mejor que podía, no era ningún mojigato.

Muchos años después, cuando García Márquez logró reconstruir estos dos modos de interpretar y contar la realidad, ambos imbuidos de un aire de certeza absoluta —el tono sentencioso, mundano y racionalizado de su abuelo, junto a las declamaciones premonitorias y sobrenaturales de su abuela— y aderezados por su propio e inimitable sentido del humor, sería capaz de desarrollar una visión del mundo, y una técnica narrativa correspondiente, que los lectores de cada nuevo libro reconocerían al instante.

Aunque derrotado en la guerra de los Mil Días, el coronel Márquez había logrado prosperar en la paz. Tras el fin de las hostilidades, el gobierno conservador había abierto la república a las inversiones extranjeras, y durante la Primera Guerra Mundial, y en los años que siguieron, la economía nacional creció a un ritmo sin precedentes. Las financieras estadounidenses habían invertido intensivamente en los sondeos petrolíferos, la minería y las plantaciones de banano, y el gobierno estadounidense pagó en cierto momento veinticinco millones de dólares al gobierno colombiano a modo de compensación por la pérdida de Panamá. Este capital se destinó a llevar a cabo diversas obras públicas con el objetivo de modernizar el país. Siguieron más préstamos, y todos aquellos dólares y pesos en circulación crearon una especie de histeria financiera que los historiadores colombianos denominan la «danza de los millones». Esos fugaces años de dinero fácil serían recordados por muchos como una época de prosperidad y oportunidades sin parangón en la costa del Caribe.

El banano es un árbol tropical que tarda entre siete y ocho años en crecer, y su fruto puede cosecharse y despacharse prácticamente en cualquier época del año. Trae consigo su propio envoltorio y, con los métodos de cultivo y transporte modernos, contribuiría a transformar los hábitos alimenticios y económicos de las grandes capitales del mundo. Los terratenientes locales, que iniciaban con retraso una apertura de la región costera del norte de Colombia, se vieron superados por los propios acontecimientos. A mediados de la década de 1890, el empresario norteamericano Minor C. Keith, que ya era propietario de vastísimas extensiones de tierra en Centroamérica y Jamaica, había empezado a comprar terrenos en los alrededores de Santa Marta. En 1899 fundó la United Fruit Company, cuyas oficinas estaban en Boston y su principal puerto de expedición, en Nueva Orleans. A la par que compraba la tierra, Keith adquiría acciones de la red ferroviaria de Santa Marta, hasta que al fin la compañía no sólo gestionaba el ferrocarril, sino que además era dueña de 25.500 de sus 60.000 acciones.25

Un crítico ha dicho que las propiedades que Minor C. Keith amasó en Colombia ascendían a una «patente de corso».26 A mediados de la década de 1920, la zona era la tercera exportadora de bananas del mundo. Más de diez millones de racimos se despachaban cada año de los muelles de la United Fruit Company en Santa Marta. Sus ferrocarriles recorrían los casi cien kilómetros que separan Santa Marta de Fundación, con las treinta y dos estaciones que hay entre ellas. Había creado prácticamente un monopolio de la tierra, los sistemas de riego, las exportaciones por mar, el transporte desde Santa Marta por toda la Ciénaga Grande, el sistema de telégrafos, la producción de cemento, la red telefónica, la elaboración de carne y otros alimentos, y el hielo.27 Al ser propietaria de las plantaciones y el ferrocarril, la United Fruit Company controlaba a efectos prácticos las nueve ciudades de la región. Indirectamente, también controlaba a la policía, los políticos y la prensa locales.28 Una de las haciendas de mayor extensión de la United Fruit Company se llamaba Macondo: cincuenta y cinco hectáreas a orillas del río Sevilla, en el corregimiento de Guacamayal.

Las altas esferas de la clase dirigente de Santa Marta habían establecido ya vínculos con Nueva York, Londres y París, y aunque conservadores desde un punto de vista político, eran culturalmente sofisticados. Pero ahora la Gran Flota Blanca de la United Fruit Company puso al alcance de todos el contacto diario con Estados Unidos, Europa y el resto del Caribe. Al mismo tiempo, inmigrantes de distintas partes de Colombia —incluidas la península de La Guajira y las regiones de Bolívar a las que antiguamente huyeron muchos esclavos fugitivos— como de otras partes del mundo acudieron a trabajar en las plantaciones de banano, o establecieron pequeños negocios para abastecer las haciendas y a quienes trabajaban en ellas. Llegaron artesanos, comerciantes, barqueros, prostitutas, lavanderas, músicos y taberneros. Los gitanos iban y venían, pero de hecho casi todos los habitantes de la Zona Bananera eran nómadas por aquel entonces. Estas comunidades, cada vez mayores, quedaron conectadas al mercado internacional por los bienes de consumo: cines que cambiaban la cartelera dos o tres veces por semana, catálogos de los grandes almacenes Montgomery Ward, Quaker Oats, Vicks Vaporub, sal de fruta Eno, dentífrico Colgate y, en realidad, muchos de los artículos que se consumían en Nueva York o Londres.

La población de Aracataca en 1900 no pasaba de unos pocos cientos de habitantes, diseminados por el campo y concentrados en las riberas; en 1913 ascendía ya a tres mil, mientras que a finales de los años veinte se elevaba a cerca de veinte mil personas. Puesto que era el lugar más cálido y húmedo de toda la región, era también allí donde se producían los bananos más grandes; su cultivo requería un esfuerzo épico cotidiano por parte de los trabajadores, puesto que para la mayoría de los mortales el calor de Aracataca es difícil de soportar, incluso si uno permanece sentado o tumbado. Cuando en 1910 el coronel empezó a trasladar allí a su familia, la vía férrea unía ya Santa Marta y Fundación —el último pueblo de la región—, pasando por Ciénaga y Aracataca. Las plantaciones de banano crecían a ambos lados de la vía, a lo largo de poco menos de cien kilómetros.

Aracataca era una población en auge con los entretenimientos propios de este tipo de lugares. Los domingos se jugaba una lotería mientras una banda de música tocaba en la plaza principal. El carnaval de Aracataca, que se celebró por vez primera en 1915, era una atracción peculiar y, año tras año, un aluvión de cantinas improvisadas, tenderetes, pistas de baile, mercachifles, curanderos, herboristas y mujeres con trajes y máscaras exóticos invadía la plaza, y por allí se paseaban los lugareños con aire arrogante, vestidos con pantalones de soldado y camisas azules, todos envueltos en una nube de humo de habano, ron y sudor que la brisa salobre de la Ciénaga Grande esparcía por doquier. Se decía que en aquellos años dorados podía comprarse prácticamente todo: no sólo los bienes de consumo de cualquier lugar del mundo, sino las parejas de baile, los votos políticos o los pactos con el diablo.29

Incluso en su momento álgido, el pueblo nunca tuvo más de diez calles en cualquier dirección que se tomara. A pesar del calor abrasador, cualquiera que estuviera medianamente en forma podía recorrerlo de punta a punta en menos de veinte minutos. Había algunos coches. Las oficinas de la United Fruit Company estaban justo enfrente de la casa del coronel Nicolás Márquez, pegadas a la farmacia de su amigo venezolano, el doctor Alfredo Barbosa. Al otro lado de la vía del tren había otra comunidad, el campamento de los administradores de la compañía norteamericana, junto a un club de campo con extensiones de césped recreativas, pistas de tenis y una piscina, donde podía verse a «mujeres bellas y lánguidas, con trajes de muselina y grandes sombreros de gasa, que cortaban las flores de sus jardines con tijeras de oro».30

Durante la época bananera, Aracataca era un territorio donde ni siquiera Dios o la ley merecían más que un respeto limitado. En respuesta a una petición de los habitantes de la localidad, la diócesis de Santa Marta había enviado al primer párroco de Aracataca, Pedro Espejo, desde Riohacha, a tiempo parcial. Él fue quien inició la construcción de la parroquia, que llevó más de veinte años.31 Fue él también el célebre cura que un día levitó durante una misa. Trabó una estrecha amistad con la familia Márquez Iguarán y se hospedaba en su casa siempre que estaba en Aracataca. Ahora, transcurridos muchos años, la calle en la que estaba aquel viejo caserón es la calle de Monseñor Espejo.

A finales de 1928 la edad dorada de Aracataca tocó a su fin violentamente. La United Fruit Company necesitaba mano de obra para construir la vía del ferrocarril y canales de riego, para desbrozar el terreno, plantar árboles y cosechar la fruta, y para cargar los trenes y los barcos en que se despachaban los bananos. Al principio se las había arreglado para dividir y administrar a los obreros sin problemas, pero poco a poco, en el transcurso de los años veinte, se organizaron en sindicatos, y en noviembre de 1928 elaboraron una petición, respaldada por una amplia mayoría, por la que reclamaban un aumento de salario, una jornada laboral más reducida y una mejora de sus condiciones laborales. La directiva rechazó estas exigencias, y el 12 de noviembre de 1928, treinta mil trabajadores de la Zona Bananera se declararon en huelga. García Márquez era un chiquillo de veinte meses.

Los huelguistas se movilizaron y aquel mismo día ocuparon las plantaciones. El dirigente del Partido Conservador, el presidente Miguel Abadía Méndez, respondió al día siguiente con el envío del general Carlos Cortés Vargas en calidad de jefe civil y militar, acompañado de una tropa de mil ochocientos soldados de las tierras altas. Cuando Cortés Vargas llegó a Santa Marta, él y sus oficiales fueron agasajados por la directiva de la United Fruit Company y los soldados se alojaron en barracones y almacenes de la compañía por toda la zona. Se decía que los dirigentes de la United Fruit Company organizaron fiestas desenfrenadas para los oficiales, en las que hubo damas de la localidad que fueron víctimas de abusos y ofensas, y prostitutas que montaron desnudas los caballos de los militares y desnudas se bañaron en las acequias de la compañía.32

El 5 de diciembre de 1928, al rayar el alba, tres mil trabajadores llegaron a Ciénaga con el propósito de ocupar la plaza y, tras hacerse con el control de la ciudad, controlar también las comunicaciones ferroviarias de toda la región. Junto con Ciénaga, Aracataca fue una de las zonas que más apoyó la huelga; al igual que hicieran los tenderos en Ciénaga, los comerciantes y terratenientes locales brindaron considerable material de ayuda a los huelguistas hasta el día de la matanza.33 Al general José Rosario Durán lo respaldaba su reputación de empleador decente que procuraba mantenerse en buenas relaciones con el sindicato; de hecho, muchos conservadores lo consideraban abiertamente simpatizante de los «socialistas».34 El 5 de diciembre a mediodía, el general Durán, que en los comunicados militares de la época se describía como «el líder liberal de toda la región»,35 envió un telegrama a Santa Marta solicitando un tren que lo llevara a él y a sus adjuntos a esa ciudad, donde esperaba mediar entre los trabajadores y la compañía con la ayuda del gobernador Núñez Roca. Cortés Vargas accedió, sin duda a regañadientes, y el tren fue puntualmente enviado.36 Durán y su delegación, entre los que estaba el coronel Nicolás Márquez, llegaron al fin a Ciénaga a las nueve de la noche. Los trabajadores los recibieron con entusiasmo y prosiguieron hasta Santa Marta con el propósito de negociar un acuerdo, pero cuál sería su sorpresa cuando al llegar fueron detenidos. La administración conservadora, la United Fruit Company y el ejército colombiano parecían resueltos a practicar una sangría saludable que diera a los obreros una lección.

En Ciénaga, una multitud de más de tres mil personas hacía frente al ejército.37 Cada soldado iba armado con un rifle y una bayoneta, y frente a la estación se montaron tres ametralladoras. Se oyó una corneta y un oficial, el capitán Garavito, se adelantó y leyó el «Decreto número 1»: se había decretado el estado de sitio, se declaraba un toque de queda con efecto inmediato, no se permitiría la presencia de grupos de cuatro o más individuos, y si la muchedumbre no se dispersaba en cinco minutos, se abriría fuego. La multitud, que al principio había aclamado al ejército y coreado consignas patrióticas, estalló ahora en abucheos e insultos. Transcurridos unos minutos, el propio Cortés Vargas se adelantó e instó a la multitud a que se moviera, pues de lo contrario se dispararía contra ellos. Les dio un minuto más. En ese momento, una voz se alzó entre aquel mar de gente y gritó la inmortal réplica, que quedó registrada para siempre en Cien años de soledad

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