Nunca lo he logrado. Sin embargo esta noche parece ser lo único que me salvaría de una congestión. Madrid me resulta insolente y despiadada. Llegué a esta ciudad hace un año, después de nueve meses de rodar en varios países una serie franco-española sobre narcotraficantes en la que interpreto a la hija del capo. Me enredé con uno de los actores españoles; posiblemente me aferré a esa opción para aliviar el dolor de mi reciente separación matrimonial. Esta noche siento un doble vacío, ninguno de los dos hombres quiere saber nada de mí. He subido unos cuatro kilos desde que salí de Colombia, ni siquiera mis trotadas diarias lo han impedido, y hoy, a mis veinticinco años, me siento gorda y sola.
Esta mañana preparé una olla de arroz con setas para el amante, pero sólo pasó unos minutos a decirme que no podíamos almorzar juntos, que se iba a rodar una película no me acuerdo dónde y que, después de mucho reflexionar, había decidido darle una segunda oportunidad a su matrimonio de siete años. Apenas cerré la puerta me mandé toda esa bendita olla y no pude parar de comer hasta ahora.
Soy un nudo de remordimiento, me culpo por no haber ido a clase hoy. Curiosamente fue la esposa del amante, también actriz, la que me recomendó que tomara un seminario para actores profesionales con mi actual maestro. Ella misma me llamó por teléfono al hotel donde todavía me hospedaba mientras filmábamos las últimas escenas de la serie, aquí en Madrid. Yo llevaba tres días espantosos sin saber de él, encerrada en el cuarto, arropada con una bata de toalla, dando vueltas como un animal agonizante, con las greñas revolcadas, el corazón quemado y los ojos vidriosos clavados en el teléfono. Habíamos aterrizado por fin en Madrid hacía una semana y sólo me quedaba una escena para terminar mi contrato. El productor me pidió que decidiera pronto si quería quedarme o devolverme a mi país. Un timbrazo del teléfono me sacó de mi autismo; pensé que era él. La voz grave de su esposa se identificó muy amablemente mientras yo hacía lo que podía para no tragarme el corazón, que tenía como una papa en la boca. Por fin logré fingir un tono casual. Quise ofrecerle mi cuello para que me degollara de una vez, pero no me confrontó; me bastó una sola frase suya para darme cuenta de que era una mujer muy interesante y luego una segunda para encontrarla divertida y arrolladora. La conocía en fotos y a través de las imprecisas palabras de su marido infiel, quien siempre hablaba de ella como «la patrona».
«Guapa, sería ideal que te quedaras unos días más. Quería informarte sobre un curso de actuación que va a dictar un profesor argentino».
Esta mujer no tenía idea de que en ese momento me estaba salvando la vida, pues no quería devolverme a Colombia por ningún motivo; había odiado mi papel por haber trabajado sin herramientas técnicas, pegada de un supuesto talento que no sabía cómo implementar. La esposa del amante me estaba invitando a lo que para mí hoy es el camino hacia mi verdadera formación como actriz, al menos la clase de actriz que quiero llegar a ser. Ella también asistiría al seminario, que duraría sólo diez días y en el que aún quedaba un cupo vacante; no sé por qué pensó en mí, pero no quise darle muchas vueltas a eso.
Cuando conocí a nuestro maestro y presencié el primer ejercicio que planteó, supe que me quedaría en esa escuela hasta terminar mi preparación. Muchos de esos ejercicios consistían en un trabajo individual que él realizaba con un alumno en frente de todos los demás, orientado al conocimiento exhaustivo de nuestras propias emociones y sensaciones para convertirlas en una paleta de colores personal, y con base en ella colorear y llenar a cada personaje de verdadera sustancia humana. Un par de veces le tocó el turno a la esposa del amante, y pude ver en ella la misma pureza e indefensión que el maestro descubría con sabia habilidad en todos sus alumnos. Me pareció mentira estar sentada en la última fila, invisible, saboreando la libertad de observar cada centímetro de la mujer del hombre que desde hacía nueve meses me llevaba girando en una espiral de placer y amargura. Tendrá unos cinco años más que yo, esbelta y cómoda en su piel bruñida y morena, de movimientos elegantes, graciosa, astuta y con un diablo escondido entre los ojos café oscuro. Sentada en mi silla y privilegiada por la penumbra del fondo del aula de clase, me comparaba con ella y ardía de celos comprobando que el amante jamás la dejaría por mí. Sin embargo, él, irresistible y seductor, había conseguido jugar un rato más conmigo, como lo hace un gato con un ratón moribundo que, al saber que la tiene perdida, se abandona a su destino fatal.
Hoy tuvo a bien venir personalmente para propinarme con mucha hombría la puñalada final, vestido con una gabardina de viaje, sombrero y esa boca como un pañuelo húmedo, con las comisuras hacia arriba, esa boca que se sonríe sola aunque él no esté sonriendo. Quiso parecer triste, pero esos labios tan suyos no lo dejaron; con esos mismos me dio el beso más amargo que me han dado en mi vida y se fue.
Me había ganado el papel en franca lid.
El director español, un señor mayor de 1,50 m de estatura, con larga trayectoria en cine y televisión, llegó a Colombia con su asistente y un productor en busca de actores colombianos que surtieran las características de sus personajes del capo de la droga y su familia. Me contactaron a través de la compañía que cuatro años atrás me había contratado para hacer mi primera telenovela, que protagonicé al lado del que luego sería mi esposo.
Cuando llegué a la prueba, me invadió una seguridad en mí misma bastante inusual. Tenía la certeza de que iba a obtener el rol. El proceso de selección se realizó en un estudio amplio de paredes blancas, en presencia del operador de cámara, el director y sus dos acompañantes, que actuaban como lacayos serviles atendiendo las exigencias de su jefe, proferidas a gritos y con ademanes de dictador. Esto no me intimidó en ese momento, pues la prudencia no era precisamente una cualidad de este hombre pequeño y frenético que, cuando me vio, no ahorró voz para exclamar que había descubierto América. Lo curioso fue que no tuve que leer nada ni interpretar ningún diálogo; pareció bastarle con la cara que veía en la pantalla del monitor.
A las pocas semanas ya estaba con mis maletas empacadas rumbo a París, donde se empezaría a filmar la segunda parte de la saga de esa serie en la que intervendrían actores españoles, franceses y alemanes de reconocido calibre, y que continuaría su periplo por tres ciudades de Alemania, las Antillas, Venezuela y finalmente, Madrid. Este panorama me resultaba fascinante. ¡Sería mi oportunidad de empezar una carrera internacional! Eso lo ansiaba más que luchar por mi matrimonio. Además, ¡París! Qué privilegio, qué suerte haber sido elegida para trabajar en la ciudad más aristocrática del mundo en lo que para mí era casi un juego, no muy serio, por cierto.
Me hospedaron en un adorable hotel boutique, a pocas cuadras del Arco del Triunfo. Desde mi ventana podía ver un pedazo de los Campos Elíseos; no era un sueño, ¡no cabía duda de que estaba ahí! Durante los primeros días se llevaron a cabo pruebas de maquillaje y de un vestuario que resultó tan magnífico como la ciudad misma; abrigos y chaquetas de paño muy fino, de corte impecable; los vestidos, blusas, faldas, botas, zapatos, guantes y demás accesorios eran exquisitas prendas firmadas por los mejores diseñadores del mundo. Cada vez que salía con una vestimenta para ser aprobada por el director, éste saltaba como un muñequito de cuerda, emocionado, y ordenaba distintos peinados y combinaciones. Era tal mi encantamiento con el aire glamoroso de este ambiente que, como un anestésico, dormía el dolor del que debía, por salud emocional, hacerme cargo. Había llegado el fin de mi matrimonio con el cantante, uno de esos seres que vienen a este mundo a brillar desde que nacen. Enamorados perdidamente en un set de televisión, reproducíamos en nuestra vida real un cuento de hadas ante los ojos del público. El sueño había terminado y ansiaba con todas mis fuerzas montarme en un barco que me llevara lejos, a un lugar donde pudiera rehacerme, pero sobre todo, distraer el duelo obligatorio. La escapada se produjo en la forma más oportuna y me encontraba navegando en aguas desconocidas, tanteando el aire nuevo que prometía también nuevos confines. El rodaje comenzaría en pocos días y conocería a los demás actores en su transcurso.
La primera escena tuvo lugar en la entrada del tradicional hotel Royal Monçeau, en la avenue Hoche, un edificio construido en 1928, famoso por haber sido el punto de encuentro de legendarios artistas y celebridades. La fachada era la de un palacio soberbio y lo suficientemente intimidante como para irme doblando las piernas a medida que avanzaba hacia la puerta, y todavía más, a medida que iba reparando en el derroche técnico del montaje que había en el área, con trípodes de luces, pantallas, rieles y una grúa que, como una amenazante criatura mesozoica, movía el cuello con lentitud mientras sostenía en la cabeza una cámara de cine de 35 mm. ¡La serie se rodaría en formato cinematográfico! Yo estaba acostumbrada a los mamotretos de video con que se graban las telenovelas que le dan a la imagen esa calidad muerta, como de plástico, de modo que esa cámara de cine me acercaba más a la fantasía de ser una luminaria del celuloide.
El equipo de producción funcionaba como una máquina muy bien aceitada, cada miembro daba la impresión de saber exactamente lo que debía hacer y la zona de trabajo era un hormiguero de personas que hablaban en francés y en español. En una de las habitaciones se había dispuesto el departamento de maquillaje. Con mis crespos alisados a punta de cepillo y secador me condujeron al salón donde, en un clóset, colgaba un vestido negro de mangas largas y cuello alto; era una sola pieza, en tejido de punto de lana, que la costurera francesa encargada había ajustado para ceñirme al cuerpo y sobre el cual debía llevar un poderoso abrigo blanco de cachemir. A medida que se cumplían los pasos del proceso aumentaban los nervios, y en vez de sentirme como la soñada luminaria del celuloide me iba invadiendo una zozobra incontrolable, como la que puede sentir el remero de una pequeña barca al ver las olas del mar cada vez más grandes, sabiendo, en el fondo de sí mismo, que su barca va a naufragar y va a morir ahogado.
Ya estoy lista. Tiemblo como una gota de agua a punto de romperse; me sudan las manos como si estuviera suspendida sobre el borde de un precipicio, nadie me ha explicado aún lo que tengo que hacer. Repaso mis líneas. Son pocas, afortunadamente. No conozco todavía al actor famoso con quien debo hacer la escena, parece que su ocupada agenda no le permitió llegar antes. Yo ya estoy en el lobby de este palacio versallesco donde las paredes son monumentos sonantes que honran los tiempos imperiales de la Francia más esplendorosa. Nos acabamos de enterar de que Madonna, sí, la de Material Girl, está rodando en uno de los pisos un video para su álbum Erotica. Estoy en el mismo lugar donde una de las mujeres más deseadas del mundo se está moviendo y contorsionando en este mismo instante, a pocos metros, dueña y señora de todo lo que toca. No sé por qué todo esto me aplasta, en vez de emocionarme de mejor manera.
«Hola, colombiana», me saluda por la espalda una voz con suave textura de tabaco.
El actor famoso se presentó, al tiempo que se disculpaba por no haber podido llegar con suficiente anterioridad. Ya había filmado la primera parte de la serie con el mismo director y lo conocía bastante bien, de modo que la primera conversación se movió ágilmente sobre anécdotas graciosas alrededor de la personalidad explosiva y el estilo cómico-terrorista del minúsculo comandante.
«Él está encantado contigo», me estaba diciendo el hombre de ojos negros, cuando el asistente de dirección nos llamó a escena.
Avanzamos hasta la entrada. La secuencia ocurriría afuera, donde aguardaban, como soldados en formación, trípodes, reflectores, rieles y el animal mesozoico con las fauces abiertas, listas para devorar la primera imagen que se capturaría esa mañana gris perla y fría como una lápida. Apenas salimos se acercó el director, aquel hombrecillo de abundante pelo blanco, empacado en una chaqueta inflada como un globo, y nos saludó con su voz atiplada, tan exaltada que su saludo nos pareció más un regaño. Después de presentarnos por segunda vez, nos indicó los movimientos y las intenciones de los personajes, reproduciéndolas él mismo de una forma tan chistosa, que nos obligaba a reorganizarnos mentalmente para lograr convertirlas en el drama que debían contar. Luego me llevó aparte, me sujetó los brazos con sus manitos arrugadas como las de un bebé y me sacudió con fuerza, como convenciéndome de algo de lo cual dependía mi vida.
«Acuérdate de que eres la hija del capo, ¿eh? Eres una tía de mundo que se siente la reina del universo, acostumbrada a hacer lo que se le viene en gana y a que le obedezcan. ¿Eeeeh? ¿Eeeeh? ¿Me habéis comprendido o necesitáis que os lo repita?».
Su tono inquisitivo y desesperado infundió en mí un horror a defraudarlo. De alguna manera, logró convencerme de que mi vida dependía de su aprobación. Enseguida ensayamos lo que nos marcó, no parecía muy complicado.
Debía salir airada por la puerta giratoria, avanzar hasta mi flamante Jaguar azul oscuro estacionado justo al frente (que nunca había manejado), y en el instante en que iba a montarme al automóvil, el actor famoso debía acercarse en su personaje de detective que había venido persiguiéndome y obligarme a que lo escuchara mientras me dirigía unas palabras vehementes, hasta que yo, la mujer de mundo, la hija del capo colombiano de la droga, me rendía ante sus contundentes argumentos y luego, después de dudarlo un poco, nos dábamos un beso apasionado. Terminado el beso, yo abordaba mi nave, cerraba la puerta con mucha decisión, y el hombre quedaba solo, de pie, mirando cómo yo, acelerando las revoluciones del motor del Jaguar, huía, «mundial y veloz», calle arriba. Eso era todo.
Primera toma: salgo por la puerta giratoria, pero tal vez pongo demasiada energía y me tropiezo con mi propia pisada, o sea, con nada. «¡Corten!», grita el dictador desde su asiento plegable y me hace una seña con la mano para que vuelva a la primera posición. No sé, presiento lo peor. Me altera que todas esas personas allá afuera estén esperando a que algo grandioso aparezca por la puerta giratoria, pero me temo que sólo esperan que la actriz haga bien su trabajo; casi pierdo el equilibrio sobre los tacones, como si nunca los hubiera usado y me hubieran sacado descalza directamente de la jungla. Segunda toma: consigo atravesar ilesa la puerta giratoria; ahora falta la parte del detective, mi supuesto amante, a quien debo besar apasionadamente. Acabo de conocer al actor famoso; es bastante atractivo, eso sí. Pero tengo miedo de que no me tome en serio, me siento hueca, no sé cómo convencer a esta gente de que soy una «mujer de mundo», que soy una mujer que pisa fuerte. El valet, un jovencito color rosado pálido, me abre la puerta del Jaguar y yo ni siquiera pienso en mis líneas, sino en el beso que debo dar por contrato y venido de ninguna parte. El detective se acerca con su paso acelerado pero completamente relajado; tiene cancha y kilometraje de sobra. El actor famoso lleva no sé cuántas películas encima y yo me avergüenzo porque sólo he hecho telenovelas. Lo miro aterrorizada, tengo que contestarle con mi primer diálogo en este rodaje. Tengo la mandíbula como pegada con cemento y un frío que jamás había sentido terminó por adormecerme los labios. «¡Corten!». Esa palabra y su sonido filoso cortan la escena, mi cabeza y mis esperanzas de salir viva de aquí. Es apenas la segunda toma, tranquila, no, pero no, es como si ya viera en qué tragedia puede terminar mi fantasía. El dictadorzuelo viene para acá, con su áspero acento castellano. «Estás nerviosa, ¿eh? Pues se te nota, hija mía, no se te ha entendido nada. Vocaliza y acuérdate de que eres tú la que manda, no veas con qué cara de horror le has mirao a éste (dándole un codazo al detective-actor famoso), que para ti debe ser poco menos que una cucaracha». Tercera toma: hago ejercicios con la cara, abro y cierro la boca, me masajeo las mejillas, el asistente me ha ofrecido un té. «¡Corre cámara!» (se me hiela la médula de los huesos). «¡Acción!». Como si tuviera que enfrentarme sola a la legión de infantería francesa avanzo sobre mis tacones vacilantes, abro la puerta giratoria y, nuevamente atrapada en el aliento helado de la mañana mortífera, espero a que el niño rosado me abra la puerta. Llega el detective, me habla, le contesto como puedo, vuelve y me habla, vuelvo y le contesto como puedo, me mira, yo lo miro, silencio, silencio, ya viene el beso, el primero del rodaje. Sostengo en mi mano derecha una cartera de cuero negro. Por reflejo le agarro la cara con ambas manos para besarlo, pero, oh, dios, la cartera, le estampo la cartera sobre la mejilla, me doy cuenta de que ese movimiento no le sirve a la escena, el señor chiquito ya va a gritar «¡corteeeeen!». Allá viene agitando sus manitos enguantadas y con la chaqueta más inflada que nunca. «Pero niña de mi vida, ¿cómo es que le pones un pedazo de cartera en los morros? ¡Lo has tapao
