Capítulo I
El fantástico galeón macondiano
¿A quién no le gustan los cuentos de navegantes? Mi preferido es “La viuda Ching pirata”, el relato de Jorge Luis Borges sobre las corsarias “hábiles en la maniobra marinera, en el gobierno de tripulaciones bestiales y en la persecución y saqueo de naves de alto bordo”. Como la inglesa Mary Read, que se batía a duelo con cualquier Jack Sparrow y siempre los vencía con sus pistolones hechizos o sus espadas. Como su cómplice más temida, la irlandesa Anne Bonny, “de senos altos y pelo fogoso”. Ellas en la vida real asolaron el mar Caribe desde las islas Bahamas hasta ser sometidas en Jamaica en 1720. En la ficción borgiana, la gran viuda de Ching tuvo 40 mil hombres bajo su mando y dejó en su testamento órdenes precisas de cómo repartir su fortuna conquistada en los mares de Asia. Una leyenda que me robó el aliento como la primera vez que leí Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez.
De eso hablaba con el Nobel de Literatura colombiano en Bogotá, en febrero de 1999, siendo él dueño de la revista Cambio y nuestro jefe de redacción en el ejercicio del “mejor oficio del mundo”. La tertulia, y tal vez este libro, surgió cuando le pregunté por qué incluyó en su reportaje “El amante inconcluso”, sobre la escandalosa relación del presidente estadounidense Bill Clinton y la becaria Monica Lewinsky, una distancia en millas náuticas y no en kilómetros. Me dio dos razones: por la musicalidad del párrafo final y porque desde que escribió el Relato de un náufrago se enamoró de la navegación marítima, no solo por el vívido testimonio del sobreviviente Luis Alejandro Velasco, sino también por las historias que le compartían sus eternos compinches de parrandas de playa y los pescadores que le enseñaron sobre “el océano del mundo” en Cartagena y La Habana, los dos puertos de su vida. Tal medida de longitud aparece en otros reportajes, así como en cuentos y novelas donde, comentó, “no pude disimular mi humor de naufragio”.
Maestro, ¿por eso un galeón español aparece al comienzo de Cien años de soledad? “Relee el fragmento de la expedición de José Arcadio Buendía en busca de la salida al mar para Macondo y te darás cuenta”, me dijo. Y releí: “…se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores. El hallazgo del galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó el ímpetu de José Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de su travieso destino haber buscado el mar sin encontrarlo, al precio de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo encontrado entonces sin buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo insalvable”.
En este caso le interesaba el valor simbólico y mítico del galeón como una manera de atrapar la historia de América para ponerla al servicio de la atmósfera temporal macondiana. La estructura del barco es asimilable a la estructura de la historia del pueblo marginado de la memoria, como este galeón encallado del que solo quedará el costillar. Contó que con los datos y la inspiración que no usó en Cien años de soledad, en 1968 escribió, al vaivén de comas y conjunciones, el cuento “El último viaje del buque fantasma”, su graduación marinera a bordo del sueño de un adolescente con un trasatlántico en el que evocaba los tiempos coloniales del navegante Francis Drake.
Maestro, ¿por qué en El amor en los tiempos del cólera citó con nombre propio al galeón San José? “Por capricho”, dijo antes de insinuar una sonrisa bajo su bigote cenizo. Esa novela es la historia de amor de sus padres elevada a mito con ayuda de esa nave. Dentro de su plan de conquista, Florentino Ariza, que no sabía nadar, se propone buscar el tesoro del galeón 16 millas náuticas al noroeste de la isla mayor para regalárselo a Fermina Daza.
Para entender cómo puso el naufragio al servicio de la ficción también me hizo leer los apartes: “Varias veces al año se concentraban en la bahía las flotas de galeones cargados con los caudales de Potosí, de Quito, de Veracruz, y la ciudad vivía entonces los que fueron sus años de gloria. El viernes 8 de junio de 1708 a las cuatro de la tarde, el galeón San José que acababa de zarpar para Cádiz con un cargamento de piedras y metales preciosos por medio millón de millones de pesos de la época, fue hundido por una escuadra inglesa frente a la entrada del puerto, y dos siglos largos después no había sido aún rescatado. Aquella fortuna yacente en fondos de corales, con el cadáver del comandante flotando de medio lado en el puesto de mando, solía ser evocada por los historiadores como el emblema de la ciudad ahogada en los recuerdos”. Solo la mente de un creador como él podía sacar de la galera la imagen de un timonel que ni muerto abandona su nave y que siempre quiso usarla desde que descubrió las narraciones de Joseph Conrad.
“Medio millón de millones”, me explicó, era la forma de darle una dimensión colosal al tesoro al que nadie había podido darle un estimativo exacto. Una licencia narrativa eficaz como cuando calculó en más de 3.000 los muertos de la matanza de las bananeras y esa cifra hiperbólica se transformó en verdad literaria a través de Cien años de soledad. El caso del San José le había llamado tanto la atención que armó un pequeño expediente para poder escribir en El amor en los tiempos del cólera: “Desde que oyó por primera vez el cuento del tesoro en el hotel de paso, Florentino Ariza se había informado de cuanto era posible sobre los hábitos de los galeones. Aprendió que el San José no estaba solo en el fondo de corales. En efecto, era la nave insignia de la Flota de Tierra Firme, y había llegado aquí después de mayo de 1708, procedente de la feria legendaria de Portobelo, en Panamá, donde había cargado parte de su fortuna: trescientos baúles con plata del Perú y Veracruz, y ciento diez baúles de perlas reunidas y contadas en la isla de Contadora. Durante el mes largo que permaneció aquí, cuyos días y noches habían sido de fiestas populares, cargaron el resto del tesoro destinado a sacar de pobreza al reino de España: ciento dieciséis baúles de esmeraldas de Muzo y Somondoco, y treinta millones de monedas de oro”.
Y añadir: “La Flota de Tierra Firme estaba integrada por no menos de doce bastimentos de distintos tamaños, y zarpó de este puerto viajando en conserva con una escuadra francesa, muy bien armada, que sin embargo no pudo salvar la expedición frente a los cañonazos certeros de la escuadra inglesa, al mando del comandante Carlos Wager, que la esperó en el archipiélago de Sotavento, a la salida de la bahía. De modo que el San José no era la única nave hundida, aunque no había una certeza documental de cuántas habían sucumbido y cuántas lograron escapar al fuego de los ingleses. De lo que no había duda era de que la nave insignia había sido de las primeras en irse a pique, con la tripulación completa y el comandante inmóvil en su alcázar, y que ella sola llevaba el cargamento mayor…”. El mismo método: basarse en hechos reales para recrear la historia del galeón. Se sabe que no incluía carga de Veracruz ni de Contadora pero la sonoridad de esas palabras le convenían como Muzo y Somondoco, al igual que las cifras inventadas de baúles o el “archipiélago de Sotavento”. Carla Rahn Phillips empieza su libro El tesoro del San José (2010) diciendo que todo lo contado por el Nobel de literatura colombiano es falso, excepto el hecho del naufragio y su fecha. Sí. Eso se comprueba en los documentos del Archivo General de Indias, en “las cartas de marear” como las llamaba Gabo, pero ese no es el punto cuando de literatura hablamos: quien lee una novela de García Márquez le otorga verosimilitud absoluta a cada detalle más allá de la verdad de los historiadores.
Florentino intenta la utopía con la ayuda de Euclides, un niño buceador a pulmón. “Salieron de la bahía por entre las dos fortalezas de la Boca Chica, y al cabo de cuatro horas de navegación entraron en el estanque interior del archipiélago… Al final del remanso, a dos horas de la isla mayor, estaba el sitio del naufragio”. Navegaron por el antiguo canal de los galeones, a más de 20 leguas náuticas al oriente del lugar previsto por Florentino, y un día el muchacho salió a flote con dos aderezos de mujer en la boca y una historia increíble: “Lo que entonces contó era tan fascinante, que Florentino Ariza se prometió aprender a nadar, y a sumergirse hasta donde fuera posible, solo por comprobarlo con sus ojos. Contó que en aquel sitio, a solo 18 metros de profundidad, había tantos veleros antiguos acostados entre los corales, que era imposible calcular siquiera la cantidad, y estaban diseminados en un espacio tan extenso que se perdían de vista. Contó que lo más sorprendente era que de las tantas carcachas de barco que se encontraban a flote en la bahía, ninguna estaba en tan buen estado como las naves sumergidas. Contó que había varias carabelas todavía con las velas intactas, y que las naves hundidas eran visibles en el fondo, pues parecía como si se hubieran hundido con su espacio y su tiempo, de modo que allí seguían alumbradas por el mismo sol de las 11 de la mañana del sábado 9 de julio en que se fueron a pique. Contó, ahogándose por el propio ímpetu de su imaginación, que el más fácil de distinguir era el galeón San José, cuyo nombre era visible en la popa con letras de oro, pero que al mismo tiempo era la nave más dañada por la artillería de los ingleses. Contó haber visto adentro un pulpo de más de tres siglos de viejo, cuyos tentáculos salían por los portillos de los cañones, pero había crecido tanto en el comedor que para liberarlo había que desguazar la nave. Contó que había visto el cuerpo del comandante flotando de costado dentro del acuario de castillo, y que si no había descendido a las bodegas del tesoro fue porque el aire de los pulmones no le había alcanzado”.
Imágenes construidas como para la pentalogía Piratas del Caribe. Están en las cartas de Florentino a Fermina, que también intuyó que su prometido había perdido el juicio porque ella sabía que su papá se obsesionó con el mismo cuento y gastó una fortuna, como veremos han hecho varios gobiernos de Colombia, convenciendo a buzos extranjeros para que se asociaran con él en la búsqueda del tesoro sumergido, que según esa ficción realmente estaría a 200 metros de profundidad, sin descartar que el naufragio fuera invento de “algún virrey bandolero” para robarse los caudales de la Corona española.
Bastó que la mamá de Florentino mordiera el metal del arete con una esmeralda y el de la medalla de la Virgen para ponerle fin a “la fábula del galeón” y hacerle ver a su hijo que había sido engañado en una odisea que sería su primera gran lección naviera antes de que aprendiera desde un faro “a conocer los barcos por sus voces” y llegara a ser presidente de la Compañía Fluvial del Caribe. El ardid cumple la función de atrapar al lector y dejar más vigente que antes el misterio que hoy atrae de nuevo a los colombianos a la historia del galeón al tiempo que García Márquez transforma el enamoramiento de Florentino y Fermina en un evento sublime del realismo mágico.
Leídos esos textos, el novelista, cuentista y periodista dio por cerrado su cofre del San José y dijo que incluiría el tema de los galeones en una columna llamada “Gabo responde”, en la que los lectores le preguntaban sobre sus libros. Sacó su libretica de notas y apuntó el tema. Nunca la escribió porque el cáncer linfático le cambió las prioridades y prefirió concentrarse en sus memorias, donde deja constancia de su alma marinera, su cercanía espiritual con “la mar océana del Caribe diáfano” e, incluso, de las maniobras de los pescadores de tiburones inocentes a 89 millas náuticas de Cartagena.
Al final de esas tertulias, que desafortunadamente fueron pocas por su salud, siempre recomendaba lecturas. Aquella vez rememoró La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, para él clásico ejemplo de “una historia bien hecha” que le dibujó por primera vez, a bordo del navío La Hispaniola, el mundo de los piratas.
Le recordé que con él habíamos hablado de esa novela de aventuras cuando obraba como editor en la sombra de la revista Cambio, y Patricia Lara, la dueña de entonces y su amiga, le contó que yo había descubierto que el presidente colombiano Ernesto Samper Pizano, no contento con la llamada isla presidencial en el archipiélago de las Islas del Rosario, había mandado construir una cabaña en la Isla del Tesoro para escapar del estrés que le producía el Proceso 8.000, el escándalo de dineros de la mafia infiltrados en la política que en esos días lo tenía al borde de la renuncia. Precisamente esa traicionera barrera de coral es la que debían sortear los galeones coloniales antes de llegar a la Bahía de Cartagena y más de uno naufragó en el intento.
A finales de 1997, por teléfono desde Ciudad de México, me preguntó cómo había llegado a esa historia y qué documentos la respaldaban. Le conté que había sido a través de una fuente del Ministerio del Medio Ambiente y que la única garantía de comprobación era viajar a la isla a ver si estaban levantando la casa. El problema era que el acceso al islote estaba prohibido para particulares y la Armada Nacional lo custodiaba. Convencí a los comandantes militares de que estábamos haciendo un reportaje sobre la protección de los arrecifes y que la Isla del Tesoro era un ejemplo de cómo hacerlo, lo cual era verdad y se incluyó en el contexto de la denuncia. Así pude entrar con la fotógrafa Claudia Rubio, y mientras uno distraía al oficial a cargo haciendo un recorrido de playa, el otro aprovechaba para inspeccionar. Encontramos a un grupo de carpinteros y maestros de obra trabajando en la cabaña, cuyos detalles había ido a dejar en claro la primera dama de la Nación, Jacquin Strouss de Samper.
Cuando García Márquez revisó el primer borrador me recomendó no apoyarme en la obra de Stevenson, porque la realidad política de ese momento era tan delicada que sobraban las citas literarias y la fuerza del texto radicaba en la investigación periodística y en el viaje a la Isla del Tesoro del matrimonio Samper Strouss. Ellos defendieron su nueva casa de descanso diciendo que no alteraba el paisaje, pero era ilegal según las normas de respeto al hábitat. El maestro solo pidió que hiciéramos un mapa de la zona y, como en el de Stevenson, marcáramos con una X la Isla del Tesoro descubierta. Dijo: “Para qué ficción si con nuestra realidad basta y sobra”.
En ese viaje comprobé su sentencia oyendo las historias de los pescadores a pulmón de las Islas del Rosario, que no perdían la esperanza de encontrar en alguna inmersión el tesoro del galeón y no solo camarones dormidos. Mi obsesión por el tema crecía. Siendo reportero de guerra del diario El Espectador tuve la oportunidad de navegar el Pacífico a bordo de la corbeta Almirante Padilla y el mar Caribe en el ARC Malpelo, el mismo buque oceanográfico ultramodernizado que en 2015 ayudó a localizar los restos del galeón. Y no quedé satisfecho hasta que en 2013 hice un viaje en un crucero de turismo para recrear la última travesía del navío entre Panamá y Cartagena, mientras veía la estela del barco que partía en dos el océano salpicado por una lluvia de plateados pececillos voladores, y fanteaseaba con que desde el fondo y entre la espuma emergiera el San José. He ahí el objetivo periodístico y literario de este libro.
Capítulo II
Colombia, potencia mundial en tesoros sumergidos
En la piscina del Hotel Caribe, a mediados de los años cincuenta del siglo XX, empieza el viaje en busca de los galeones perdidos en el mar Caribe colombiano. Una vez construida esa pileta, atrás quedó la del Club Campestre, y la sociedad de Cartagena de Indias no desaprovechaba oportunidad para acomodarse en los jardines de arquitectura colonial del Caribe para ver las clases del profesor argentino Remo Domingo Civetta, que trabajaba para la Escuela Naval de la Armada Nacional, donde entrenaba al equipo de natación militar, y para el colegio San Carlos. Aparte de gran nadador, Civetta era un buceador aventurero atraído por la belleza y la energía del mar Caribe. “Esto es un Edén –decía, extasiado–. Nada que ver con nuestras playas negras de Mar del Plata”.
Antes y después de las clases se hablaba del amor al mar. Cadetes y colegiales le compartían a Remo el anhelo de su primera travesía a bordo de un buque y más. Así lo recuerdan:
–Profe, yo sueño con encontrar un día el tesoro del galeón San José.
–Sería bárbaro. Dicen que se hundió a diez millas náuticas de aquí.
–Sí, por los lados de las Islas del Rosario –y le señalaban el horizonte–.
–Che, si es tan cerca, ¿alguien ha ido a buscarlo?
–No joda, profe. ¿Y cómo hacemos para bajar a esa profundidad?
–Buceando, chicos, buceando.
–¿Qué tanto ha bajado con equipo de buceo?
–No mucho. Por lo que le he oído a los almirantes, lo del San José es casi imposible, pero quiero ir a los bancos de arena de Salmedina, a cinco millas de aquí en la misma dirección. Allí también hubo naufragios, dicen, y el mar no es tan profundo.
–Profe, enséñenos a bucear y lo acompañamos.
–Seguro. Cuenten con eso.
Corrían los años sesenta cuando Remo Civetta descubrió en una de sus inmersiones en Salmedina objetos del que sería un galeón de la época de la Colonia, según dijo en 2012 al diario cartagenero El Sol el exalumno y exbuceador Daniel Herrera Sáenz. El argentino mostró monedas de oro y plata y vajillas, causando un revuelo nacional en 1966 cuando le mandó al Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, una bandeja de plata que podía corresponder al gran galeón del que tanto se hablaba. A raíz del hallazgo se dictó el primer decreto para la supuesta pro-tección del patrimonio sumergido.
Por falta de acciones claras y tecnología, el gobierno no fue capaz de asumir el control de la situación y la gesta del argentino, que luego se ahogó en una de sus ambiciosas inmersiones, trajo una oleada de extranjeros dispuestos a todo con tal de hacerse ricos con fortunas del pasado: los Jack Sparrow del siglo XX. La búsqueda y localización de tesoros hundidos, que hasta ese momento era algo utópico y motivo de toda clase de imaginarios, ahora era posible y estaba a pedir de mano. Las autoridades locales tampoco hicieron una campaña educativa para concientizar a los nativos y estos terminaron pronto al servicio de buceadores fuera de control que les pagaban con cualquier cosa.
Hubo pescadores que, cansados de la explotación, se especializaron en inmersiones a pulmón al estilo de los esclavos de La Guajira colombiana, obligados por los conquistadores españoles a pescar almejas y caracoles en busca de perlas, o como las famosas buceadoras japonesas Ama, del puerto de Onjuku, a quienes se atribuye la salvación de más de 300 tripulantes del galeón español San Francisco en 1609, gesta investigada por un colombiano y a la que se dedica el último capítulo de este libro.
En la zona de Bocachica, entrada natural a la Bahía de Cartagena, empezaron a extraer monedas y cañones de hierro a pocos metros de la playa con ayuda de botes para venderlos a ricos de la región que los exhibían en los portales de sus haciendas. Se desató una fiebre por oro y plata al tiempo que corrían rumores de que tal o cual se había hecho millonario o se había ahogado en el intento. Decenas pasaron de ser pescadores artesanales a guaqueros de ocasión.
Fue la época en que el buceo y el submarinismo tomaron fuerza en todo el mundo gracias a exploradores como el oceanógrafo francés Jacques Cousteau y su amigo Frédéric Dumas, a quien aseguran haber visto entonces en Cartagena en busca de las posibles coordenadas de hundimiento del galeón San José. Dumas era presidente de la Asociación Mundial de Buceo y se apasionó por el tema desde que en 1945 Cousteau grabó la película Pecios, el nombre que se daba a esas embarcaciones. Luego juntos rodaron El mundo del silencio, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en los cincuenta y convertida en libro (el primer congreso mundial de arqueología submarina se hizo en ese puerto francés en 1955).
Cousteau y Dumas habían diseñado los primeros equipos autónomos de buceo y descendido a 75 metros de profundidad en los mares Mediterráneo, Rojo e Índico. Se especuló que los dos vendrían a la Heroica a bordo del famoso Calypso para buscar el tesoro del San José. No pasó del chisme, pero historiadores y cazafortunas comprobaron en los archivos de Sevilla, Cádiz y Simancas, en libros como Emporio del Orbe. Cádiz Ilustrada, Investigación de sus antiguas Grandezas (1690), que el corredor entre Cartagena y La Habana es el más rico en naufragios coloniales.
Mientras en Cádiz se habla de 400 cerca a sus costas, el cálculo entre historiadores es de 2.000 en el Caribe, 1.200 en aguas colombianas, producto de un promedio de cuatro siniestros por año, ocurridos por ataques de piratas, huracanes, fallas de estructura, choques contra formaciones coralinas, incendios a bordo y pésimas cartas de navegación disponibles. Hay tanto patrimonio cultural sumergido por explorar que debería importarnos más lo que ello significa en potencial recuperación de la memoria histórica de las naciones que han surcado el mar Caribe y no olvidar que cada hundimiento es un sepulcro de centenares de aventureros americanos y europeos (la cifra puede fluctuar entre cinco mil y diez mil víctimas entre los siglos XVI y XVIII). Sin embargo, son los intereses económicos y políticos los que remueven ese pasado en busca de dividendos, con la arqueología submarina como único contrapeso en una balanza que se inclina hacia los más poderosos, hacia las potencias navales de la Colonia que en el siglo XXI siguen reclamando riquezas expoliadas a débiles tipo república bananera de Colombia.
La atención de políticos y cazatesoros de turno se centra en los “galeones de gran concentración de caudales” como los cuatro de la flota de Luis Fernández de Córdoba (1605), el San José (1708), el Santa Teresa (1682), los cuatro del general Marqués de Brenes (1683), la Capitana (1504) y por lo menos otros veinte, que según manifiestos de carga llevaban riquezas que sumadas estarían avaluadas hoy por encima de los diez mil millones de dólares, y eso según cálculos conservadores de historiadores, sin incluir el factor contrabando que podía duplicar la carga.
Cuando hablan de carga no se refieren en primer lugar a los vestigios de la vida humana hace 300 o 400 años, ni en cómo briznas de ropa, un mueble de madera, un escrito, una vasija, un mapa, una brújula, un astrolabio, un reloj detenido en aquel tiempo, nos pueden dar una renovada clase de historia. No. Hablan con especial atención de tesoros materializados en oro y plata. El libro La economía colonial de la Nueva Granada, editado en Colombia en 2015 por el Fondo de Cultura Económica, en asocio con el Banco de la República, muestra la dimensión de la riqueza que los españoles embarcaban. Concluye allí el investigador Ignacio Alberto Henao: “Aunque el oro llegó a España en cantidades apreciables, la bonanza de la plata fue mucho mayor. Según Cipolla (1999), ‘en el transcurso del siglo XVI las colonias vertieron sobre España más de 16.000 toneladas de plata. En el siglo siguiente, más de 26.000 toneladas y en el siglo XVIII más de 39.000 toneladas’”.
Miguel Urrutia Montoya y Juan Felipe Ortiz Riomalo, apoyados en Restrepo, Kalmanovitz y Jaramillo Uribe, consideran que una vez bajaron las exportaciones de plata “las cifras de exportación de oro aumentaron de manera constante durante todo el siglo XVIII” hasta copar casi el 100% de las exportaciones en 1780, a un promedio anual de nueve millones de pesos oro. Con razón el virrey Caballero y Góngora hablaba del desborde de la minería: “en gran parte del Reino el beneficio de las minas ha ocupado el lugar de la agricultura, de las artes y del comercio, porque ofreciendo espontáneamente la tierra los metales, se han deslumbrado todos y sin excepción se han aplicado a mineros y faltando el equilibrio con que mutuamente se sostienen los tres ramos, ha cargado todo el peso sobre el único atendido de las minas”. La segunda urgencia era “traer más chusma”, “más esclavos, que es lo que ha hecho prosperar tanto las colonias extranjeras”, y la tercera: importar más mercurio para “facilitar los procesos de purificación del oro en polvo extraído de los aluviones… para separar la platina del oro”.
Había tanto y tan a la mano que en Minas y mineros de Antioquia (Poveda, R., 1981), en la Colección Banco de la República, se lee: “el oro de aluvión se encontraba en el cauce de los ríos y quebradas, en sus orillas y vegas y, algunas veces, en antiguos sedimentos aluviales trasladados a sitios elevados por procesos tectónicos durante milenios. En unas partes el oro aparecía disgregado entre arena y guijarros, superficialmente; más alejadas del agua, estaba cubierto por un delgado manto de tierra vegetal. En otros casos, en sitios distantes de ríos y quebradas, el oro estaba en yacimientos de arenas, cascajo y esquistos, apoyado sobre una capa inferior de roca firme, y cubierto por mantos superiores de rocas meteorizadas, de algún espesor”.
Cuando el oro se hacía escaso, antes de partir hacia otra montaña, obligaban a negros e indios a lanzarse a lo más profundo de las aguas con una piedra pesada atada a la cintura y una vez llenaban la batea de grava aguantando la respiración, soltaban la piedra grande para elevarse a la superficie con la carga de la que se extraía más metal. Era la despiadada práctica de los “zambullidores lastrados” denunciada en La minería de aluvión en Colombia (West, R., 1972), que condujo a los esclavos a escapar y crear su propio comercio clandestino, el de los “mazamorreros”.
Una parte de esos metales terminaba representada en lingotes, barras o tejos y la mayoría en monedas, desde el vellón de cobre con bajo contenido de plata, con una versión bautizada con la bonita palabra árabe maravedí (un cas
