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INTRODUCCIÓN
Hay muchas probabilidades de que usted ya esté familiarizado con el poema que aparece más abajo. Al fin de cuentas es uno de los poemas más leídos del idioma inglés y legítimamente podría decirse que es “el poema más popular del mundo”.
“If” (Si) fue publicado por Rudyard Kipling en 1909. Kipling dijo que fue inspirado por las andanzas de un oficial británico en Sudáfrica, pero hoy trasciende cualquier lugar o momento específico. Aquí, al comienzo de nuestro libro sobre los principios de clase y el concepto de hacerse inolvidable, no puede haber mejor introducción que el poema de Rudyard Kipling. Quizás quiera volver a leerlo a medida que avanza en el libro. De hecho, puede querer volver a él muchas veces a medida que avanza en su vida…
Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con
demasiada sabiduría...
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado
tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayas perdido todo,
salvo la Voluntad que les dice “¡Resistan!”.
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un Hombre, hijo mío.
¡Esta no es una imagen edulcorada del mundo! Tal como lo muestra Kipling, la vida no es un día en la playa. Le van a mentir, hacer trampa, lo van a culpar, le darán puñaladas por la espalda, se verá desilusionado y no está garantizado un resultado positivo. Aunque supere todo esto, Kipling no le asegura que tendrá riqueza o salud o sabiduría. Sí dice que obtendrá “la Tierra y todo lo que hay en ella”. Pero ¿qué se supone que significa eso? ¿Alguien quiere “la Tierra y todo lo que hay en ella”?
Sin embargo, no importa lo que consiga o no consiga, Kipling sí hace una promesa respecto de lo que usted será. Será un hombre. O, más bien, será un Hombre. Pero una vez más, tal como sucede en “la Tierra y todo lo que hay en ella”, tenemos que preguntarnos qué quiere decir Kipling.
La respuesta a esa pregunta ayudará a nuestra comprensión del significado de clase. Si ser un hombre es el pago por todas las pruebas y tribulaciones de la existencia terrena, debe referirse a mucho más que el género. En realidad, se trata de la sabiduría. Si usted lee el poema con cuidado, podrá ver que cada verso describe varias pruebas, para las que la respuesta correcta es siempre la respuesta difícil. ¿Por qué la respuesta difícil es la correcta? Tampoco aquí hay promesas de recompensas materiales. Solo el estado del ser que eventualmente alcanzará. Y si queremos ser coherentes con el universo que el poema ha creado, es posible que nadie más que usted reconozca que es un Hombre.
Quizás esa sea la última prueba y suena como la más dura.
De última la verdadera recompensa por la clase se resume en el respeto por uno mismo. La gente con clase sabe que es gente con clase, aunque nadie más preste atención. Como dijo alguien una vez: “¿Quién es usted cuando no hay nadie viéndolo?”. Cuando desde el fondo de su corazón puede contestar “soy la persona que realmente espero y quiero ser”, entonces habrá alcanzado la meta que es el tema de este libro. Y, de nuevo, también puede ser el propósito de toda su vida.
De modo que adelante…
CAPÍTULO UNO
La energía inolvidable
La clase —esa energía singular que hace que la gente sea realmente inolvidable— es más fácil de reconocer que de definir. La reconocemos cuando la vemos, ¿pero qué es? Este libro no solo le ayudará a responder esa pregunta, sino realmente a “actuar con clase” en cada área de su vida. Cuando lo logre —y no es fácil—, se hará literalmente inolvidable.
(Dicho sea de paso, así como la clase es fácil de reconocer, la ausencia de clase también es fácil de detectar en un hombre o una mujer. ¡Eso no es algo que quiere que la gente vea en usted!)
Tendremos mucho más que decir acerca de lo que es la clase y por qué es importante en los capítulos que siguen. Tendrá la posibilidad de desarrollar su propia definición de clase y obtendrá herramientas prácticas y poderosas de modo de hacerse inolvidable para todos los que conoce. Sea en el trabajo o en cualquier otra área de su vida, nada es más valioso que eso. Usted puede no comprender toda la importancia de la clase ahora, pero cuando llegue a la última página de este libro decididamente lo hará.
Empezaremos por analizar el significado a menudo poco claro de clase, así como el efecto muy claro que puede tener en las interacciones laborales y personales. Veremos cómo la clase fue realmente el factor decisivo en un momento crítico de la historia de los Estados Unidos y exploraremos cómo usted puede valerse de las lecciones de ese momento.
En los siguientes capítulos exploraremos elementos esenciales que componen la clase en el sentido más genuino de la palabra. Finalmente, en el último capítulo del libro veremos cómo la clase se expresa a través de los logros en el mundo material, para usted y también para quienes lo rodean. Esta capacidad de crear el éxito para los demás es una de las cualidades más admirables de la clase. Como un gran atleta, una persona con clase siempre juega a alto nivel y hace que sus compañeros o compañeras de equipo sean mejores jugadores.
Para comenzar nuestra exploración de la clase y lo que puede hacer, analicemos un caso. Nunca ha habido ejemplo más claro de la clase en acción que el primer debate presidencial de la historia. El debate se realizó el 26 de septiembre de 1960. Los participantes fueron John F. Kennedy, entonces senador por Massachusetts, y el vicepresidente Richard M. Nixon.
Con el paso de los años se han escrito libros enteros sobre este evento, pero rara vez se ha analizado desde la perspectiva de clase del modo que nosotros usaremos la palabra. Pero la clase fue un factor inmenso en el debate. Marcó la diferencia entre quién ganó y quién perdió, y en ese sentido cambió el curso de la historia.
John F. Kennedy y Richard Nixon estaban en excelente estado en el momento de su encuentro televisado. Cada uno de ellos tenía buenos motivos para sentirse optimista respecto de la elección. Sus antecedentes eran muy diferentes, pero impactantes cada uno a su modo.
Cada candidato en 1960 había sido nominado en la primera ronda de votación en la convención nacional de sus respectivos partidos. Kennedy, cuya nominación se dio primero, había obtenido impactantes victorias sobre el más experimentado senador Hubert Humphrey en las primarias. Las victorias de Kennedy en Virginia Oeste y Wisconsin fueron una señal importante respecto de sus probabilidades de alcanzar la presidencia, ya que había habido algunas dudas respecto de si un católico apostólico romano podía ganar una elección fuera de un estado predominantemente católico como Massachusetts.
La religión de Kennedy había producido incertidumbre dentro de su partido, pero los demócratas olvidaron prácticamente estas preocupaciones luego de Virginia Oeste y Wisconsin. Entonces, inmediatamente después de su nominación, Kennedy hizo una jugada audaz y políticamente práctica en la elección de su compañero de fórmula. Su elección del senador por Texas, Lyndon Johnson, puede haber sorprendido el núcleo central de partidarios de Kennedy en el noreste, pero ahora los demócratas tenían una boleta nacional poderosa. Johnson, que era el líder de la mayoría del senado, era un político de lo más experimentado que conocía a Washington por dentro y por fuera. Era decididamente un luchador y, por lo general, un ganador.
¡Quizás la única contra de la selección de Johnson como candidato a la vicepresidencia es que él y Kennedy no se soportaban! Pero Kennedy dejó de lado sus emociones para tomar una decisión práctica efectiva. ¿Fue una jugada con “clase”? Volveremos sobre ello más adelante en este capítulo.
Dos semanas después de la convención de Kennedy, Richard Nixon se convirtió en el candidato republicano. A la luz de lo que le deparó el futuro cuando estalló el escándalo por Watergate, puede ser difícil comprender lo popular que era Nixon cuando fue nominado. En aquellos años los Estados Unidos estaban preocupados con la amenaza nuclear de la Unión Soviética. Nixon había logrado inmensa popularidad cuando debatió contundentemente con el primer ministro ruso Nikita Khruschev en una muestra industrial. También se había enfrentado a una gran multitud antiestadounidense durante una visita a Venezuela. Nixon parecía ofrecer seguridad y competencia en un momento lleno de temor de la historia estadounidense. Es cierto que ya había tenido unos cuantos momentos embarazosos. Pero siempre había salido entero y dominador de esas situaciones. Y parecía que lo haría nuevamente. Decididamente era el favorito para ganar la elección general.
Las posturas presentadas por Kennedy y Nixon eran similares en algunos aspectos y muy distintas en otros. Ambos hablaban de la grandeza de los Estados Unidos en términos más o menos convencionales. Pero Kennedy cuestionaba la complacencia de la gente, sonando al mismo tiempo positivo de algún modo. En muchos de sus discursos se refirió a una “brecha misilística”, una supuesta ventaja que tenían los rusos en la cantidad de armas intercontinentales. No existía tal brecha pero, tal como ocurrió con su elección de Lyndon Johnson, Kennedy parecía dispuesto a sacrificar ciertas cosas para alcanzar sus objetivos.
A la luz de la línea generalmente dura del Partido Republicano en materia de defensa, puede ser difícil imaginar a Richard Nixon como una paloma. Pero comparado con Kennedy, así se lo veía en la elección de 1960. No mucho antes, el presidente Eisenhower —que había sido el comandante supremo de los Aliados en la guerra contra la Alemania nazi— había alertado contra el crecimiento de un “complejo militar industrial” que amenazaba con dominar la vida de los Estados Unidos. El discurso de Eisenhower sobre este tema fue digno de la paloma más ardiente, y Kennedy puede haber acordado, en realidad, con la mayor parte. Pero en vez de ello se presentó como el defensor de la libertad de los Estados Unidos contra la amenaza militar soviética.
Como vicepresidente en ejercicio, los discursos de campaña de Nixon siempre se refirieron a un presente seguro y un futuro brillante, pero hablaba de esto en el contexto de principios republicanos tales como la libre empresa y la reducción del gasto estatal. Además del mensaje general de americanismo, Kennedy y Nixon compartían la alerta frente a la amenaza soviética y acordaban en otras cuestiones de política exterior, aunque Kennedy ponía más énfasis en la necesidad de fortalecer las fuerzas armadas. La similitud de las convicciones declaradas de los dos candidatos los obligó a buscar maneras de diferenciarse en sus campañas.
La elección se convirtió en un debate respecto de la experiencia. Ambos candidatos habían llegado al Congreso el mismo año, 1946, pero Nixon trató de fortalecer su imagen destacando sus credenciales de política exterior como vicepresidente. La cuestión de la experiencia constituía un punto débil de la campaña de Kennedy y antes del primer debate Nixon parecía estar fortaleciéndose. Esto era crucial porque en aquel momento la cantidad de demócratas era mucho mayor que la cantidad de republicanos en todo el país. La carrera por la Casa Blanca era tan pareja que cualquier pequeña ventaja podía dar enormes dividendos.
Pero justo cuando Nixon se fortalecía, se dieron varios eventos en los medios que tuvieron fuerte peso en el resultado de la elección.
El énfasis de Nixon en su experiencia en materia de política exterior e interior se vio perjudicado por su propio jefe. En el otoño boreal de 1960, el presidente Eisenhower dio una conferencia de prensa, actividad que no disfrutaba. Estaba apurado por terminarla. Entonces un corresponsal preguntó en qué decisiones importantes había tenido participación el vicepresidente Richard Nixon. Eisenhower respondió: “Si me da una semana, quizás se me ocurra alguna”. El presidente no estaba tratando de despreciar a Nixon. Estaba tratando de hacer una broma respecto de su cansancio y falta de concentración. Pero el comentario fue un regalo del cielo para Kennedy. Le dio la oportunidad de restar importancia a toda la cuestión de la experiencia superior de Nixon. Kennedy dijo: “Sí, Nixon tiene experiencia, pero su experiencia es en las políticas de la retirada, la derrota y la debilidad”.
También comenzaron a surgir otros problemas para Nixon. Luego de la Convención Nacional Republicana había prometido hacer campaña en los cincuenta estados, pero una infección en una rodilla lo tuvo inmovilizado por dos semanas. Entonces, contrariando los consejos de su círculo íntimo, volvió a la campaña sin haber recuperado plenamente la salud. Y así el candidato, cansado, tuvo que concentrar la atención en el primer debate presidencial televisado de la historia. Nixon había sido un campeón del debate escolástico y recibió con agrado la oportunidad de hablar con su oponente en la cadena nacional de televisión, pero al paso de esa noche, las sutilezas de la política en los medios se volcaron contra el vicepresidente.
Kennedy dedicó una cantidad tremenda de tiempo a prepararse para este evento. El reciente éxito de sus respuestas televisadas respecto de la religión demostró que el medio tenía un potencial inmenso para su triunfo. Además una buena presentación contra el largamente favorito Nixon establecería su credibilidad en materia política y aumentaría la confianza del público en su capacidad como conductor. El vicepresidente también llegó preparado, pero el resultado del debate no se vería decidido por el contenido del mismo.
Nixon también tuvo mala suerte en otros frentes mediáticos. Kennedy ganó puntos con los negros al salir en defensa de Martin Luther King Jr. cuando este fue arrestado en Atlanta. El vicepresidente quedó atrapado en un conflicto de intereses y tuvo que guardar silencio sobre este evento muy publicitado. Kennedy utilizó la cobertura de los medios para fortalecer su imagen carismática de hombre compasivo. Muy avanzada la carrera, Eisenhower aumentó su apoyo para Nixon. Esta acción preocupaba a los demócratas pero posiblemente creó la imagen de que el vicepresidente no podía ganar la elección por su cuenta. La prensa eventualmente se hizo eco de esa percepción de debilidad. Combinado con la mala actuación de Nixon en el primer debate, la gaffe de Eisenhower y los triunfos previos de Kennedy en los medios, pequeños errores de cálculo relacionados con la prensa como este, tuvieron su costo para el candidato republicano.
JFK pudo poner a Nixon a la defensiva con su dominio inesperado de los hechos, pero Nixon logró responder a las críticas de Kennedy. El impacto visual del atractivo Kennedy versus el aspecto enfermizo de un Nixon desgastado se convirtió en la cuestión principal del debate. Varios factores contribuyeron a la mala imagen de Nixon. Sus problemas de salud previos al debate habían resultado en una fuerte pérdida de peso. Un fondo recién pintado en el estudio había secado con un tono de gris claro que se fundía con el color de su traje. Las cámaras pescaron a Nixon secándose traspiración de la frente. Se veía arrinconado y sacudido. Mientras que Kennedy se veía magnífico frente a las cámaras.
Se ha señalado a menudo que la gente que escuchó el debate por radio pensó que Richard Nixon había ganado, mientras que los millones que lo vieron por TV consideraron a John Kennedy el claro ganador. Hay una razón simple. Nixon tuvo una excelente presentación, pero Kennedy tenía —o parecía tener— una abrumadora ventaja de clase.
¿Qué queremos decir con ventaja de clase? No quiere decir que Kennedy era más rico que Nixon, aunque ese era sin duda el caso. Lo que sí significa es el primer punto importante que se debe entender sobre clase. La ventaja de clase de John Kennedy fue que parecía genial, calmo y en control. Nixon puede haber tenido el contenido, pero Kennedy tenía la clase. En realidad, nada de lo que se dijo esa noche fue particularmente significativo en términos de política pública o mundial. No hubo golpes de efecto ni latiguillos pegadizos, y las cuestiones debatidas parecen totalmente irrelevantes en el mundo actual. Pero lo que ha perdurado son las imágenes de un John F. Kennedy relajado y con aspecto confiado, claramente actuando con clase, pese a que Richard Nixon tenía mucha más experiencia de gobierno y era mucho más conocido.
¿Cómo ocurrió esto? De todo lo que se ha escrito sobre el primer debate presidencial, se destacan tres puntos. Volveremos sobre estos tres puntos en diversas formas a lo largo del libro, de modo que al enterarse de ellos ahora, piense en cómo pueden estar presentes también en su vida y su carrera. Usted quizás nunca compita por la presidencia, pero sin duda enfrentará algunas de las mismas decisiones que Kennedy y Nixon tomaron hace alrededor de cincuenta años. A primera vista esas decisiones pueden parecer referidas a cuestiones técnicas o de procedimiento, pero, en realidad, tenían que ver con otra cosa. Tenían que ver con clase —o la percepción de clase— y cómo transmitir del modo más efectivo esa impresión.
Primero, los participantes en el debate estaban allí por motivos muy diferentes. Para Kennedy, el debate era una opción positiva. Como relativo desconocido, tenía todo por ganar y poco por perder. Para Nixon, en cambio, era una imposición. Lo que es peor, él se creó esa imposición, contra el consejo de quienes lo rodeaban. Los asesores de Nixon le insistieron en que no debatiera con Kennedy, pero Nixon se sintió obligado a hacerlo. Sintió que tenía que demostrar algo, quizás a sí mismo más que a nadie. De modo que sus acciones se basaron en la inseguridad en vez de la fuerza.
Esta es una dinámica extremadamente interesante, que puede afectar cualquier toma de decisión, no importa cuáles sean las circunstancias externas. Cuanto más poderosa se vuelve una persona, tanto más obligada puede sentirse a demostrar que realmente merece ese poder. Necesita de apoyo y reaseguro permanente, lo que a menudo se manifiesta en que tiene un equipo de gente que le dice que sí a todo, para evitar toda duda de sí misma.
La clase nunca se expresa de modo involuntario. La clase es siempre una elección positiva o incluso feliz. Aunque sus acciones sean objetivamente con clase, el efecto positivo se ve cancelado si la motivación es negativa. Y no se confunda: la motivación negativa siempre se revela, a veces de modo inesperado y embarazoso.
Hay un vínculo esencial entre clase y comunicación. La gente que actúa con clase es claramente la que puede comunicar claramente quién es y cuál es su visión. No se necesita ser la persona más inteligente en el cuarto para ser el líder. Muchos historiadores aceptan que dos de los hombres más brillantes en haber ocupado la presidencia en la historia reciente fueron Jimmy Carter y Richard Nixon. Carter tenía diploma de ingeniero eléctrico y Nixon tenía título de abogado de la Universidad de Duke. Y sin embargo, se acuerde o no con su política, Ronald Reagan es recordado como un presidente popular y efectivo, el hombre responsable por ganar la Guerra Fría, el Gran Comunicador. Cuando dijo “Derriben el muro”, se hizo inolvidable. No fue por haber obtenido títulos académicos. Fue solo por lo que dijo y cómo lo dijo.
La gente inolvidable habla en términos de visión. A menudo, sorprendentemente, no se trata de lo que han hecho o harán. Se trata de lo que pueden ver. Pintan la imagen de un mundo que otros no pueden imaginar y comparten su visión usando palabras. No usan estadísticas para convencer; usan imágenes vívidas.
Ser un gran comunicador requiere dos cualidades distintivas. La primera es optimismo. El pesimismo no tiene clase. Una persona inolvidable mira más allá de cualquier situación actual para imaginar un tiempo mejor. ¿Cuándo se hará realidad ese tiempo? ¿Cómo se dará? ¡Esos son meros detalles!
Segundo, un gran comunicador pone esa visión compartida en palabras simples que todos pueden entender. No ayuda usar un gran vocabulario. Ayuda usar un lenguaje que puede ser entendido claramente por un camionero y un científico, simple, comprensible y repetible.
Frases tales como puedo ver o imagino o creo son herramientas poderosas. Sus pensamientos ayudan a pintar un cuadro de esa imagen. Por ejemplo, no sirve de nada citar estadísticas que muestran que, cuando la gente disfruta de su trabajo, su productividad y felicidad en general mejoran. Nadie escuchará atentamente si usted afirma la importancia de desarrollar una serie de sistemas y procesos para incrementar sostenidamente el disfrute del trabajo por la gente, de modo que mejore la calidad. Son afirmaciones acertadas, ¿pero quién se va a sentir inspirado por ellas?
Pero qué pasa si dice lo siguiente:
“Imagino un tiempo no demasiado lejano en el que toda persona que vaya a trabajar disfrute lo que hace. Este es el mundo que puedo ver. ¿Se imagina ir a trabajar cada día disfrutando de lo que hace y de la gente con la que trabaja? ¿Cómo cree que afectaría eso su trabajo o incluso su vida personal? Este es el mundo que imagino y es posible si trabajamos juntos para crearlo. Únase a mí. Elija dirigir. Elija inspirar. Si lo hace, sé que tendremos éxito. Si usted dirige a los que lo rodean, si inspira a la gente que lo rodea, todos nos despertaremos y nos encantará ir a trabajar. ¿Se suma o no?”.
El significado es el mismo, pero el mensaje es muy distinto.
“No pregunten lo que su país puede hacer por ustedes, pregunten qué pueden hacer por su país”, dijo John F. Kennedy en su discurso inaugural en 1961. ¿Por qué fue inolvidable esto? ¿Por qué fue inolvidable? Kennedy no nos pidió que lo siguiéramos, ni que dirigiéramos. Nos desafió a servir. Esta es la paradoja de una actuación auténticamente con clase. Las personas que realmente inspiran y son inolvidables no se sienten impulsadas a dirigir gente. Se sienten impulsadas a servir a la gente. Este giro sutil de la lógica le gana a un buen líder la lealtad y el respeto de los que, de última, terminan sirviéndole. Para ser inolvidable una persona tiene que tener seguidores. ¿Por qué querrían individuos seguir a otro individuo a menos que sintieran que esa persona les sirve a ellos y a sus intereses?
Cuanto más capaz sea de hacer eso, tanto más se ganará la confianza de todos los que lo rodean. No porque usted sea “el jefe” sino porque sabe lo que la gente necesita y está decidido a lograr que lo consigan.
Una persona inolvidable quiere ayudar a los demás a convertirse en la mejor versión de sí mismos. Una persona inolvidable no propone hacer el trabajo de los demás en su lugar. De nuevo, la persona inolvidable pinta un cuadro de cómo los demás pueden hacerlo por sí mismos.
Y, dicho sea de paso, esa es exactamente la intención de este libro. De modo que, por favor, vaya al capítulo 2.
CAPÍTULO DOS
La clase en una crisis
En todas las áreas de la vida, suceden cosas que parecen estar fuera de nuestro control y sobre las que no tenemos responsabilidad. En una tormenta de viento, el árbol de su vecino cae sobre el techo de su casa o, aún peor, su árbol cae sobre la casa de su vecino. Una persona se enferma, mientras otra se mantiene saludable. José gana la lotería, mientras Jaime pierde su billete. Hay tanto que es azaroso en la vida. Hay tanto que es simplemente la suerte del sorteo.
Eso puede ser cierto, pero desde la perspectiva de clase, ¡simplemente no se actúa así! Si realmente quiere actuar con clase, si realmente quiere hacerse inolvidable, debe aceptar el cien por ciento de responsabilidad. Por cierto, debe aceptar responsabilidad por sí mismo, e incluso debiera poder aceptar responsabilidad por otros cuando no están en condiciones de hacerlo. Y de última debe aceptar responsabilidad por cosas que están evidentemente fuera de su control. Usted puede no haber causado la caída del árbol, pero quizás pudo haber advertido que era posible que sucediera con un viento lo suficientemente fuerte. No hace falta decir que esto es mucho pedir. No es fácil. No se da porque sí. Pero es la manera con clase de ver las cosas.
Pero eso no es todo. No solo tiene que aceptar responsabilidad total. Tiene que hacer que se vea fácil. Si siente que actuar con clase es un esfuerzo, tiene que ocultar ese esfuerzo a toda costa.
Considere esta historia. Ted conducía un camión para una pequeña compañía manufacturera familiar. Su esposa estaba por tener un bebé. Durante el parto hubo complicaciones que se tradujeron eventualmente en una cuenta de hospital de US$ 20.000. Si bien su esposa e hijo estaban saludables, Ted tuvo que enfrentar un problema financiero real. Algo de la letra chica del contrato del seguro privado de salud de la empresa planteó dudas respecto de si la cuenta de hospital tendría cobertura y la respuesta parecía ser que no. Eso era, al menos, lo que le decía la compañía del seguro de salud a Ted.
Como no había manera de que Ted pudiera pagar los US$ 20.000, fue a ver a Warren, el dueño de la compañía para la que trabajaba. Warren escuchó el problema de Ted y dijo que llamaría él mismo a la compañía de seguro de salud. Por cierto que parecía que la cuenta de salud de Ted debía estar cubierta y, si no era así, Warren decididamente descubriría por qué.
Pocos días más tarde, Warren se encontró con Ted al comienzo de la jornada de trabajo. “Tengo una buena noticia”, dijo Warren. “Hablé con la compañía del seguro y acordaron cubrir su cuenta del hospital. No le van a mandar más cuentas”.
Ted agradeció a su patrón profusamente. Realmente apreciaba la manera en que Warren lo había respaldado. Warren murió varios años más tarde y en el funeral Ted le dijo a la esposa de Warren lo sucedido. Fue entonces que Ted supo la verdad: Warren había pagado personalmente la cuenta del hospital. Podía hacerlo, por supuesto, de modo que el dinero no era realmente una preocupación. Lo único que le preocupaba a Warren era la posibilidad de que Ted descubriera que él había pagado la cuenta. Asumir responsabilidad financiera por alguien que necesita ayuda fue actuar con clase, pero hacerlo saber decididamente no lo hubiera sido.
A la gente con clase no le gusta ver a nadie incómodo. No importa si la
