Morir sin miedo y sin dolor

Hector Echeverri Tobon

Fragmento

Introducción

LA EXPERIENCIA ACUMULADA EN MIS AÑOS de trabajo me permite afirmar hoy que nuestra concepción sobre la muerte determina en muchos casos nuestra relación con la vida, la manera como la encaramos día tras día. En algunas culturas consideran que la muerte es un regalo y conviven con ella como parte natural de la existencia. Por el contrario, la nuestra, al enfocarse cada vez más en lo material, ha creado una enorme brecha entre la vida y la muerte. Incluso, lenta e imperceptiblemente la muerte ha sido invisibilizada, hoy nadie quiere conocerla, nadie quiere hablar de ella. Sin embargo, nada tan ineludible como la muerte. Un día cualquiera se presenta y no sabemos cómo recibirla, cómo acompañar a quienes la enfrentan o cómo vivir en medio de las tormentas que origina.

Cuando un ser humano sabe que su muerte está próxima o es declarado “paciente terminal” sufre un enorme impacto emocional y se desatan en él toda suerte de procesos físicos, psicológicos y psíquicos. Por ello requiere comprensión, honestidad, compañía y atención sin límites de su familia y seres queridos. Pero aquellos que lo rodean se hallan también bajo el profundo efecto de esta noticia. Es un momento difícil para todos, en el que normalmente, sin importar las buenas intenciones, se cometen graves errores que lesionan la unidad familiar, acarrean para el paciente un sufrimiento innecesario y convierten la despedida más importante de su vida en un momento de angustia y soledad.

Por ello, después de haber dedicado mucha parte de mi vida a estudiar la muerte y a acompañar en sus últimos días a más de doscientos pacientes terminales —ateos o religiosos, de diferentes edades, condiciones socioeconómicas y procedencias—, he querido compartir en este libro sus enseñanzas y mis aprendizajes, en medio de una comunicación siempre iluminada por la belleza y el poder de la honestidad y la humildad.

Tuve la fortuna de derivar mi sustento primordialmente de la anestesiología, y eso, sumado a un ritmo de vida sin excesos, me ha permitido el gusto de servir a todos mis pacientes terminales en su entorno, con sus familias, sin ningún cobro y sin límite de tiempo. Gracias a esa libertad he podido vivir esta experiencia como si se tratara de una escuela personal y profesional. En la mayoría de los casos, mi esposa e inestimable compañera y yo estuvimos presentes en el momento de la muerte de los pacientes, un honor que nos trajo incontables descubrimientos. Los pacientes llegaron a mí referidos por otros enfermos, por amigos o familiares; nunca tuve consultorio y jamás me he presentado como tanatólogo. Sin embargo, desde que hice el año rural nunca han dejado de buscarme. Este recorrido de más de cuarenta años se ha convertido en una rigurosa investigación que me ha permitido decantar un cúmulo de aprendizajes en los que se vislumbra una ruta para acompañar al buen morir y para entender la muerte desde una perspectiva más natural.

El espíritu que animó la escritura de este libro se nutre de una clara esperanza: que todo aquel que lo lea, de manera individual o en familia, dimensione lo importante que es acompañar a los pacientes terminales en todas sus etapas y aprenda, mediante los casos descritos, cómo debe comportarse en cada situación, teniendo presente que cada enfermo es una historia singular. Una familia unida, con amor y paciencia, que se esfuerce por aplicar los conocimientos básicos del acompañamiento, es el mejor bálsamo para un paciente en los últimos días de su vida.

En los primeros capítulos describo mi proceso de aproximación a la muerte y cómo llegué a convertirme en acompañante de enfermos terminales, y luego les doy la palabra a mis pacientes. Relato la historia de quince de ellos, algunos aparecen con nombres ficticios, pues sus familias pidieron reservar su identidad, y otros con sus nombres reales, pues muchos de ellos me pidieron directamente que hiciera este trabajo y compartiera su experiencia para ayudar a otros que estuvieran en su misma situación y a sus familias. La narración de cada uno de los casos está cruzada por reflexiones originadas en su análisis; con particular afecto refiero las relativas al desapego y al perdón por considerarlas vitales en la búsqueda de una “buena muerte”.

Elegí estas historias entre muchas por la contundencia de sus enseñanzas; por supuesto, quedaron decenas de experiencias valiosas sin contar. Quiero resaltar que cada caso ha significado para mí un desafío como médico y un reto como ser humano, y que cada vivencia, lo reitero, es única. Sin embargo, cada encuentro ha sido un privilegio como pocos he tenido en la vida: un paciente con una enfermedad grave es un libro abierto, un maestro; alguien que no miente ni tiene intereses creados. Basta con saberlo abordar, escuchar atenta y pacientemente y dedicarle un poco de tiempo y amor para beber de ese manantial inagotable de sabiduría. Cuando una persona tiene una enfermedad seria, no piensa en cosas banales; lo material es relegado a un segundo plano para dar paso a una profunda espiritualidad, un estado que le permite manifestar una renovada comprensión de la vida. Cada paciente, al morir, enseña a vivir.

Algunos de los casos que seleccioné relatan la historia de familiares míos muy cercanos. Decidí integrarlos a este texto no porque fuera más sencillo presentarlos, sino, por el contrario, porque el grado de dificultad y la intensidad con los que viví las experiencias me permitieron como médico acompañante, y en especial como doliente, constatar el valor de lo aprendido y ratificar la necesidad de prepararnos para estos momentos. Fueron situaciones límite que pusieron a prueba todos mis conocimientos y por ello los comparto. Considero que son concluyentes, ilustrativos, didácticos y muy esperanzadores.

Además de los relatos sobre mi aproximación a la muerte y los quince casos de pacientes dedico tres capítulos a tratar algunos temas fundamentales para el enfermo terminal en el proceso de morir y para sus familias: el dolor, el miedo y la agonía. Todo lo que aprendamos sobre estos tópicos nos ayudará a comprender la intensidad del momento que enfrentan y a prestarles una ayuda verdaderamente significativa.

Paralelo a la descripción de uno de los casos, presento y analizo los derechos de los pacientes terminales, pues considero de vital importancia en la búsqueda de una muerte tranquila y digna que todos los conozcamos, para que nunca cometamos el error de quitarle a un ser humano, en pleno uso de sus facultades, la posibilidad de conocer su situación y de determinar cómo manejarla, por supuesto, dentro de una dimensión ética.

Adicionalmente, en otro capítulo aclaro los términos médicos fundamentales que un paciente y su familia podrán escuchar en tan difíciles momentos, y cuyo desconocimiento podría traerles angustia, incomodidad y dolor. En este aparte, con la ayuda de algunos teóricos como Camps, Singer y Nelson, explico conceptos como: estado crítico, estado crítico terminal, distanasia, situación existencial límite, eutanasia activa voluntaria y eutanasia pasiva. Incluso, con una mirada ética, adelanto

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