Agradecimientos
He tenido el gran placer de entrevistar e interactuar con los siguientes científicos ilustres, todos ellos líderes en sus respectivos campos. Me gustaría agradecerles la cortesía de haber dedicado tiempo a hablar conmigo sobre el futuro de la ciencia. He obtenido de ellos consejos e inspiración, así como unos sólidos cimientos en sus respectivas disciplinas.
Quiero darles las gracias a estos pioneros e innovadores, en particular a quienes accedieron a participar en mis programas de televisión para los canales BBC, Discovery y Science TV, así como en mis programas de radio Science Fantastic y Explorations.
Peter Doherty, Premio Nobel, Hospital St. Jude de Investigación Infantil
Gerald Edelman, Premio Nobel, Instituto de Investigación Scripps
Leon Lederman, Premio Nobel, Instituto de Tecnología de Illinois
Murray Gell-Mann, Premio Nobel, Instituto de Santa Fe e Instituto Tecnológico de California (Caltech)
El ya fallecido Henry Kendall, Premio Nobel, Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT)
Walter Gilbert, Premio Nobel, Universidad de Harvard
David Gross, Premio Nobel, Instituto Kavli de Física Teórica
Joseph Rotblat, Premio Nobel, Hospital de St. Bartholomew
Yoichiro Nambu, Premio Nobel, Universidad de Chicago
Steven Weinberg, Premio Nobel, Universidad de Texas en Austin
Frank Wilczek, Premio Nobel, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Amir Aczel, autor de Las guerras del uranio
Buzz Aldrin, astronauta de la NASA, segundo hombre en caminar sobre la Luna
Geoff Andersen, Academia de las Fuerzas Aéreas Estadounidenses, autor de The Telescope
Jay Barbree, autor de Moon Shot
John Barrow, físico, Universidad de Cambridge, autor de Imposibilidad
Marcia Bartusiak, autora de La sinfonía inacabada de Einstein
Jim Bell, astrónomo en la Universidad de Cornell
Jeffrey Bennet, autor de Beyond UFOs
Bob Berman, astrónomo, autor de The Secrets of the Night Sky
Leslie Biesecker, Institutos Nacionales de la Salud (NIH)
Piers Bizony, autor de How to Build Your Own Starship
Michael Blaese, Institutos Nacionales de la Salud
Alex Boese, fundador del Museo de los Bulos
Nick Bostrom, transhumanista, Universidad de Oxford
Teniente coronel Robert Bowman, Instituto de Estudios del Espacio y la Seguridad
Cynthia Breazeal, inteligencia artificial, Media Lab, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Lawrence Brody, Institutos Nacionales de la Salud
Rodney Brooks, director del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts
Lester Brown, Earth Policy Institute
Michael Brown, astrónomo, Caltech
James Canton, autor de The Extreme Future
Arthur Caplan, director del Centro de Bioética de la Universidad de Pennsylvania
Fritjof Capra, autor de La ciencia de Leonardo
Sean Carroll, cosmólogo, Caltech
Andrew Chaikin, autor de A Man on the Moon
Leroy Chiao, astronauta de la NASA
Eric Chivian, Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear
Deepak Chopra, autor de Super Brain
George Church, director del Centro de Genética Computacional de la Universidad de Harvard
Thomas Cochran, físico, Natural Resources Defense Council
Francis Collins, Institutos Nacionales de la Salud
Vicki Colvin, nanotecnóloga, Universidad de Texas
Christopher Cokinos, astrónomo, autor de Fallen Sky
Neal Comins, autor de Hazards of Space Travel
Steve Cook, portavoz de la NASA
Christine Cosgrove, autora de Normal at Any Cost
Steve Cousins, consejero delegado del Willow Garage Personal Robots Program
Phillip Coyle, ex asistente del secretario de Defensa de Estados Unidos
Daniel Crevier, inteligencia artificial, consejero delegado de Coreco
Ken Croswell, astrónomo, autor de Magnificent Universe
Steven Cummer, informático, Universidad de Duke
Mark Cutkowsky, ingeniería mecánica, Universidad de Stanford
Paul Davies, físico, autor de Superforce
El ya fallecido Michael Dertouzos, informático, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Daniel Dennet, filósofo, Universidad de Tufts
Jared Diamond, ganador del Premio Pulitzer, Universidad de California en Berkeley
Marriot DiChristina, Scientific American
Peter Dilworth, Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts
John Donoghue, creador de Braingate, Universidad de Brown
Ann Druyan, viuda de Carl Sagan, Cosmos Studios
Freeman Dyson, Instituto de Estudios Avanzados, Princeton
David Eagleman, neurocientífico, Baylor College de Medicina
Paul Erlich, ecólogo, Universidad de Stanford
John Ellis, físico, CERN
Daniel Fairbanks, autor de Relics of Eden
Timothy Ferris, Universidad de California, autor de Coming of Age in the Milky Way Galaxy
Maria Finitzo, experta en células madre, ganadora del Premio Peabody
Robert Finkelstein, experto en inteligencia artificial
Christopher Flavin, World Watch Institute
Louis Friedman, confundador de la Sociedad Planetaria
Jack Gallant, neurocientífico, Universidad de California en Berkeley
James Garwin, director científico de la NASA
Evelyn Gates, autora de El telescopio de Einstein
Michael Gazzaniga, neurólogo, Universidad de California en Santa Barbara
Jack Geiger, cofundador de Médicos por la Responsabilidad Social
David Gelertner, informático, Universidad de Yale, Universidad de California
Neal Gershenfeld, Media Lab, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Daniel Gilbert, psicólogo, Universidad de Harvard
Paul Gilster, autor de Centauri Dreams
Rebecca Goldberg, Fondo para la Defensa Medioambiental
Don Goldsmith, astrónomo, autor de Runaway Universe
David Goodstein, vicerrector de Caltech
J. Richard Gott III, Universidad de Princeton, autor de Time Travel in Einstein’s Universe
Stephen Jay Gould, biólogo, Universidad de Harvard
El embajador Thomas Graham, satélites espía y espionaje
Eric Green, Institutos Nacionales de la Salud
Ronald Green, autor de Babies by Design
Brian Greene, Universidad de Columbia, autor de El universo elegante
John Grant, autor de Corrupted Science
Alan Guth, físico, Instituto Tecnológico de Massachusetts, autor de El universo inflacionario
William Hanson, autor de The Edge of Medicine
Leonard Hayflick, Facultad de Medicina, Universidad de California en San Francisco
Donald Hillebrand, Laboratorios Nacionales Argonne, futuro del coche
Frank N. von Hippel, físico, Universidad de Princeton
Douglas Hofstadter, ganador del Premio Pulitzer, Universidad de Indiana, autor de Gödel, Escher, Bach
Allan Hobson, psiquiatra, Universidad de Harvard
John Horgan, Instituto Stevens de Tecnología, autor de El fin de la ciencia
Jeffrey Hoffman, astronauta de la NASA, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Jamie Hyneman, presentador de Cazadores de mitos
Chris Impey, astrónomo, autor de The Living Cosmos
Robert Irie, Laboratorio de Inteligencia Artificial, Instituto Tecnológico de Massachusetts
P. J. Jacobowitz, PC Magazine
Jay Jaroslav, Laboratorio de Inteligencia Artificial, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Donald Johanson, antropólogo, descubridor de Lucy
George Johnson, periodista científico en The New York Times
Tom Jones, astronauta de la NASA
Steve Kates, astrónomo
Jack Kessler, experto en células madre, ganador del Premio Peabody
Robert Kirshner, astrónomo, Universidad de Harvard
Kris Koenig, astrónomo
Lawrence Krauss, Universidad Estatal de Arizona, autor de La física de Star Trek
Ray Kurzweil, inventor, autor de La era de las máquinas espirituales
Lawrence Kuhn, director de cine y filósofo, director y presentador de Closer to Truth
Robert Lanza, biotecnología, Advanced Cell Technologies
Roger Launius, autor de Robots in Space
Stan Lee, creador de Marvel Comics y Spider-Man
Michael Lemonick, editor científico de Time
Arthur Lerner-Lam, geólogo, vulcanista
Simon LeVay, autor de When Science Goes Wrong
John Lewis, astrónomo, Universidad de Arizona
Alan Lightman, Instituto Tecnológico de Massachusetts, autor de Sueños de Einstein
George Linehan, autor de Space One
Seth Lloyd, Instituto Tecnológico de Massachusetts, autor de Programming the Universe
Werner R. Loewenstein, antiguo director del Laboratorio de Física Celular, Universidad de Columbia
Joseph Lykken, físico, Laboratorio Nacional Fermi (Fermilab)
Robert Mann, autor de Forensic Detective
Michael Paul Mason, autor de Head Cases: Stories of Brain Injury and Its Aftermath
Patrick McCray, autor de Keep Watching the Skies
Glenn McGee, autor de The Perfect Baby
James McLurkin, Laboratorio de Inteligencia Artificial, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Paul McMillan, director de Spacewatch
Pattie Maes, Media Lab, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Fulvia Melia, astrónomo, Universidad de Arizona
William Meller, autor de Evolution Rx
Paul Meltzer, Institutos Nacionales de la Salud
Marvin Minsky, Instituto Tecnológico de Massachusetts, autor de The Society of Minds
Hans Moravec, autor de Robot
El difunto Phillip Morrison, físico, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Richard Muller, astrofísico, Universidad de California en Berkeley
David Nahamoo, Tecnología para el Lenguaje Humano, IBM
Christina Neal, vulcanista
Miguel Nicolelis, neurocientífico, Universidad de Duke
Shinji Nishimoto, neurólogo, Universidad de California en Berkeley
Michael Novacek, Museo Americano de Historia Natural
Michael Oppenheimer, ecólogo, Universidad de Princeton
Dean Ornish, especialista en cáncer y enfermedades del corazón
Peter Palese, virólogo, Mount Sinai School of Medicine
Charles Pellerin, funcionario de la NASA
Sidney Perkowitz, autor de Hollywood Science
John Pike, GlobalSecurity.org
Jena Pincott, autora de Do Gentlemen Really Prefer Blondes?
Steven Pinker, psicólogo, Universidad de Harvard
Thomas Poggio, inteligencia artificial, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Correy Powell, editor de la revista Discover
John Powell, fundador de JP Aerospace
Richard Preston, autor de Zona caliente y Demon in the Freezer
Raman Prinja, astrónomo, University College London
David Quammen, biólogo evolutivo, autor de El remiso Mr. Darwin
Katherine Ramsland, científica forense
Lisa Randall, autora de Universos ocultos, Universidad de Harvard
Sir Martin Rees, astrónomo real de Gran Bretaña, Universidad de Cambridge, autor de Antes del principio
Jeremy Rifkin, Foundation for Economic Trends (FET)
David Riquier, Media Lab, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Jane Rissler, Union of Concerned Scientists
Steven Rosenberg, Institutos Nacionales de la Salud
Oliver Sacks, neurólogo, Universidad de Columbia
Paul Saffo, futurólogo, Institute of the Future
El ya fallecido Carl Sagan, Universidad de Cornell, autor de Cosmos
Nick Sagan, coautor de You Call This the Future?
Michael H. Salamon, programa Beyond Einstein de la NASA
Adam Savage, presentador de Cazadores de mitos
Peter Schwartz, futurólogo, fundador de Global Business Network
Michael Shermer, fundador de la Skeptic Society y la revista Skeptic
Donna Shirley, programa de la NASA en Marte
Seth Shostak, SETI Institute
Neil Shubin, autor de Your Inner Fish
Paul Shurch, SETI League
Peter Singer, autor de Wired for War
Simon Singh, autor de Big Bang
Gary Small, autor de iBrain
Paul Spudis, autor de Odyssey Moon Limited
Stephen Squyres, astrónomo, Universidad de Cornell
Paul Steinhardt, Universidad de Princeton, autor de Endless Universe
Jack Stern, cirujano especializado en células madre
Gregory Stock, Universidad de California en Berkeley, autor de Redesigning Humans
Richard Stone, autor de NEOs y Tunguska
Brian Sullivan, Planetario Hayden
Leonard Susskind, físico, Universidad de Stanford
Daniel Tammet, autor de Nacido en un día azul
El ya fallecido Ted Taylor, diseñador de las cabezas nucleares estadounidenses
Geoffrey Taylor, físico, Universidad de Melbourne
Max Tegmark, cosmólogo, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Alvin Toffler, autor de La tercera ola
Patrick Tucker, World Future Society
Chris Turney, Universidad de Wollongong, autor de Ice, Mud and Blood
Neil de Grasse Tyson, director del Planetario Hayden
Sesh Velamoor, Fundación para el Futuro
Robert Wallace, autor de Spycraft
Kevin Warwick, cíborgs humanos, Universidad de Reading, Reino Unido
Fred Watson, astrónomo, autor de Stargazer
El ya fallecido Mark Weiser, Xerox PARC
Alan Weisman, autor de El mundo sin nosotros
Daniel Wertheimer, SETI at Home, Universidad de California en Berkeley
Mike Wessler, Laboratorio de Inteligencia Artificial, Instituto Tecnológico de Massachusetts
Roger Wiens, astrónomo, Laboratorio Nacional de Los Álamos
Arthur Wiggins, autor de The Joy of Physics
Anthony Wynshaw-Boris, Institutos Nacionales de la Salud
Carl Zimmer, biólogo, autor de Evolution
Robert Zimmerman, autor de Adiós a la Tierra
Robert Zubrin, fundador de la Mars Society
También me gustaría dar las gracias a mi agente, Stuart Krichevsky, que ha permanecido a mi lado todos estos años y me ha ofrecido consejos útiles sobre mis libros. Siempre he sacado provecho de su buen juicio. También quiero agradecer a mis editores, Edward Kastenmeier y Melissa Danaczko, sus inestimables consejos editoriales y que hayan llevado mi libro a buen puerto. Asimismo, quiero darle las gracias a la doctora Michelle Kaku, residente en neurología en el Hospital Mount Sinai de Nueva York, por nuestras estimulantes y fructíferas conversaciones. Me gustaría darles las gracias también a mis colegas en el City College de Nueva York y en el Centro de Postgrado de la City University de Nueva York.
Introducción
Los dos mayores misterios de la naturaleza son la mente y el universo. Gracias a nuestra avanzada tecnología, hemos sido capaces de obtener imágenes de galaxias situadas a miles de millones de años luz, manipular los genes que controlan la vida e introducirnos en el sanctasanctórum del átomo; sin embargo la mente y el universo siguen siendo tan esquivos como seductores. Son las fronteras más misteriosas y fascinantes de la ciencia.
Si queremos apreciar la majestuosidad del universo, solo tenemos que alzar la vista hacia el firmamento nocturno, resplandeciente con sus miles de millones de estrellas. Desde que nuestros antepasados se asombraron por primera vez ante el espectáculo del cielo estrellado, hemos tratado de dar respuesta a estas preguntas eternas: ¿de dónde surgió todo?; ¿qué significa todo esto?
Para ser testigos del misterio de nuestra mente, no tenemos más que mirarnos al espejo y preguntarnos qué se oculta tras nuestros ojos, lo que nos lleva a plantearnos obsesivamente preguntas como: ¿tenemos alma?; ¿qué es de nosotros tras la muerte?; ¿quién soy «yo»? Y, lo que es más importante, nos conduce hasta la cuestión definitiva: ¿cuál es nuestro lugar en el gran proyecto cósmico? Como dijo el gran biólogo victoriano Thomas Huxley: «La más importante de todas las preguntas para la humanidad, el problema que subyace a todos los demás y es más interesante que cualquiera de ellos, es el de dilucidar el lugar que el hombre ocupa en la naturaleza y su relación con el cosmos».
En la Vía Láctea existen cien mil millones de estrellas, aproximadamente la misma cantidad de neuronas que hay en nuestro cerebro. Tendríamos que viajar treinta y nueve billones de kilómetros, hasta la estrella más cercana al sistema solar, para encontrar un objeto tan complejo como el que reposa sobre nuestros hombros.1 La mente y el universo suponen el mayor reto científico posible, pero también los une una curiosa relación. Por una parte, son polos opuestos: uno tiene que ver con la inmensidad del espacio exterior, donde encontramos extraños habitantes, como agujeros negros, estrellas que explotan y galaxias en colisión; la otra, con el espacio interior, donde hallamos nuestros deseos e ilusiones más íntimos y privados. Nuestra mente está tan presente en nosotros como nuestros propios pensamientos; sin embargo, cuando nos piden que la describamos y la expliquemos, con frecuencia nos faltan las palabras.
Pero, aunque en este sentido puedan ser polos opuestos, poseen una historia y una narrativa comunes. Ambos han estado envueltos en magia y superstición desde tiempo inmemorial. Los astrólogos y los frenólogos afirmaban haber descubierto el significado del universo en cada constelación del zodíaco y en cada protuberancia de la cabeza. Mientras que mentalistas y videntes han sido celebrados y vilipendiados a lo largo de los años.
El universo y la mente siguen entrecruzándose de muy diversas maneras, gracias en buena medida a algunas de las reveladoras ideas que son tan propias de la ciencia ficción. De niño, cuando leía esos libros, soñaba despierto con la posibilidad de formar parte de los slan, una raza de telépatas creada por A. E. van Vogt. Me maravillaba cómo un mutante llamado la Mula podía dar rienda suelta a sus tremendos poderes telepáticos y estar a punto de hacerse con el control del Imperio Galáctico en la Trilogía de la Fundación de Isaac Asimov. Y, en la película El planeta prohibido, me preguntaba cómo una civilización millones de años más avanzada que la nuestra podía canalizar sus enormes poderes telepáticos para transformar la realidad a su antojo y capricho.
Más tarde, cuando tenía unos diez años, se estrenó en televisión The Amazing Dunninger, que deslumbraba al público con espectaculares trucos de magia. Su lema era: «Para quienes creen, no es necesaria ninguna explicación; para quienes no creen, ninguna explicación será suficiente». Un día dijo que transmitiría sus pensamientos a millones de personas en todo el país. Cerró los ojos y empezó a concentrarse, mientras decía que estaba emitiendo el nombre de un presidente de los Estados Unidos. Pidió a los espectadores que escribiesen el nombre que les viniese a la mente y se lo mandasen en una postal. A la semana siguiente anunció eufórico que habían llegado miles de postales con el nombre de «Roosevelt», precisamente el que había «emitido» a lo largo y ancho de Estados Unidos.
A mí no me impresionó. Por aquel entonces, el recuerdo de Roosevelt aún estaba muy presente entre quienes habían vivido la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, así que no fue ninguna sorpresa. (Pensé que lo que sí habría sido verdaderamente asombroso es que Dunninger hubiese pensado en el presidente Millard Fillmore.)
Aun así, avivó mi imaginación, y no pude resistirme a experimentar con la telepatía por mi cuenta, y tratar de leer la mente de otras personas concentrándome con todas mis fuerzas. Cerraba los ojos, me concentraba intensamente, e intentaba «escuchar» sus pensamientos y mover objetos por telequinesis.
No tuve éxito.
Quizá hubiese telépatas en algún lugar de la Tierra, pero yo no era uno de ellos. Poco a poco empecé a darme cuenta de que probablemente las hazañas de los telépatas eran imposibles, al menos sin ayuda externa. Pero, en los años siguientes, también aprendí otra lección: para descifrar los mayores secretos del universo no eran necesarios poderes telepáticos o sobrehumanos. Bastaba con tener una mente abierta, decidida y curiosa. En particular, para entender si los fantásticos objetos de la ciencia ficción son posibles o no, debemos sumergirnos en la física avanzada. Para comprender en qué punto preciso lo posible se torna imposible, debemos apreciar y entender las leyes de la física.
Estas dos pasiones han alimentado mi imaginación durante todos estos años: comprender las leyes fundamentales de la física y ver cómo la ciencia determinará el futuro de nuestras vidas. Para dar testimonio de ello, y para compartir mi entusiasmo por la búsqueda de las leyes últimas de la física, he escrito los libros Hyperspace, Beyond Einstein [Más allá de Einstein] y Universos paralelos. Y, para expresar mi fascinación con el futuro, he escrito Visiones, Física de lo imposible y La física del futuro. El proceso de investigación previa y de escritura de estos libros me recordó una y otra vez que la mente humana continúa siendo una de las mayores y más misteriosas fuerzas del mundo.
De hecho, durante la mayor parte de la historia hemos sido incapaces de comprender qué es o cómo funciona nuestra mente. Los antiguos egipcios, a pesar de todos sus grandes logros en las artes y las ciencias, creían que el cerebro era un órgano inútil y se deshacían de él cuando embalsamaban a sus faraones. Aristóteles estaba convencido de que el alma residía en el corazón, no en el cerebro, cuya única función era la de refrigerar el sistema cardiovascular. Otros, como Descartes, creían que el alma entraba en el cuerpo a través de la minúscula glándula pineal del cerebro. Pero, como carecían de toda evidencia sólida, ninguna de estas teorías se podía demostrar.
Esta «edad oscura» se prolongó durante miles de años, y con razón. El cerebro pesa únicamente alrededor de kilo y medio, sin embargo es el objeto más complejo del sistema solar. Aunque supone tan solo el 2 por ciento del peso corporal, su apetito es insaciable y consume un 20 por ciento de nuestra energía total (en los recién nacidos, el cerebro consume un pasmoso 65 por ciento de la energía total del bebé), mientras que un 80 por ciento de nuestros genes codifican características del cerebro. Se calcula que dentro de la cavidad craneal existen cien mil millones de neuronas, y un número exponencialmente mayor de conexiones neuronales y vías nerviosas.
En 1977, en su libro Los dragones del Edén, por el que obtuvo el Premio Pulitzer, el astrónomo Carl Sagan resumió a grandes rasgos lo que se sabía sobre el cerebro por aquel entonces. El libro está magníficamente escrito y trata de presentar el conocimiento puntero en neurociencia, lo cual en la época implicaba tener que basarse principalmente en tres métodos. El primero consistía en comparar nuestro cerebro con el de otras especies. Esta era una tarea laboriosa y difícil, porque implicaba diseccionar los cerebros de miles de animales. El segundo era igualmente indirecto: el análisis de víctimas de derrames cerebrales y otras enfermedades que, por ello mismo, a menudo exhibían comportamientos extraños. Solo una autopsia podía revelar cuál era la zona del cerebro dañada. Mediante el tercero los científicos podían utilizar electrodos para sondear el cerebro y, lenta y trabajosamente, establecer la relación entre las distintas partes del cerebro y los comportamientos.
Pero las herramientas básicas de la neurociencia no permitían analizar el cerebro de manera sistemática. No era posible seleccionar a una persona que hubiese sufrido un derrame en la zona específica que se quería estudiar. Puesto que el cerebro es un sistema vivo y dinámico, con frecuencia las autopsias no permitían revelar las características más interesantes, como la manera en que las distintas partes del cerebro interactúan entre sí y, menos aún, cómo producen pensamientos tan diversos como el amor, el odio, los celos o la curiosidad.
REVOLUCIONES GEMELAS
El telescopio se inventó hace cuatrocientos años y, casi de la noche a la mañana, este instrumento nuevo y milagroso nos permitió adentrarnos en el corazón de los cuerpos celestes. Es uno de los instrumentos más revolucionarios (y subversivos) de todos los tiempos. De pronto, con nuestros propios ojos, podíamos ver cómo los mitos y dogmas del pasado se disipaban como la bruma de la mañana. En lugar de ser ejemplos perfectos de la sabiduría divina, la Luna tenía cráteres; el Sol, manchas oscuras; Júpiter, lunas; Venus, fases y Saturno, anillos. Aprendimos más sobre el universo en los quince años que siguieron a la invención del telescopio que en toda la historia humana hasta entonces.
Como la invención del telescopio, la aparición, a mediados de la década de 1990 y en la primera década del siglo XXI, de las máquinas de imagen por resonancia magnética (MRI, por sus siglas en inglés: Magnetic Resonance Imaging) y una variedad de sofisticados escáneres cerebrales ha transformado la neurociencia. Hemos aprendido más sobre el cerebro en los últimos quince años que en toda la historia humana, y la mente, antes considerada fuera de nuestro alcance, empieza por fin a ocupar su lugar bajo los focos.
El Premio Nobel Eric R. Kandel, del Instituto Max Planck en Tubinga, Alemania, escribe: «Las revelaciones más valiosas que surgen sobre la mente humana en este período no provienen de las disciplinas dedicadas tradicionalmente al estudio de la mente (como la filosofía, la psicología o el psicoanálisis), sino de una combinación de dichas disciplinas con la biología del cerebro».2
Los físicos han desempeñado un papel fundamental en este proyecto, proporcionando toda una serie de nuevas herramientas, con siglas como MRI, EEG, PET, CAT, TCM, TES y DBS, que han alterado espectacularmente la manera de estudiar el cerebro. De pronto, con estas máquinas podíamos ver cómo los pensamientos se movían a través de un cerebro vivo y pensante. Según dice V. S. Ramachandran, de la Universidad de California en San Diego: «Todas esas cuestiones que los filósofos han estudiado durante milenios, nosotros los científicos las podemos empezar a explorar a partir de imágenes cerebrales, estudiando a los pacientes y haciendo las preguntas correctas».3
Si hago memoria, veo que en algunas de mis primeras incursiones en el mundo de la física me topé con las mismas tecnologías que ahora están abriendo la mente a la exploración científica. Cuando estaba en secundaria, por ejemplo, tuve conocimiento de una nueva forma de la materia, llamada «antimateria», y decidí llevar a cabo un proyecto científico para estudiarla. Como se trata de una de las sustancias más exóticas de la Tierra, tuve que recurrir a la antigua Comisión de la Energía Atómica para conseguir una minúscula cantidad de sodio 22, una sustancia que emite electrones positivos (antielectrones, o positrones) de manera natural. Teniendo a mi disposición una pequeña muestra, pude construir una cámara de niebla y un potente campo magnético que me permitió fotografiar los rastros de vapor que dejaban las partículas. Por aquel entonces no lo sabía, pero poco después el sodio 22 sería instrumental en una nueva tecnología llamada «tomografía por emisión de positrones» (PET, por sus siglas en inglés: positron emission tomography), que nos ha permitido obtener datos sorprendentes sobre el funcionamiento del cerebro.
Otra tecnología con la que experimenté en aquella época fue la resonancia magnética. Asistí a una conferencia de Felix Bloch, de la Universidad de Stanford, quien compartió el Premio Nobel en Física de 1952 con Edward Purcell por el descubrimiento de la resonancia magnética nuclear. El doctor Bloch nos explicó a los chavales de secundaria que acudimos a escucharle que, si teníamos un potente campo magnético, los átomos se alinearían verticalmente con él como la aguja de una brújula. Y si después aplicábamos un pulso de radio a esos átomos con una frecuencia que coincidiese exactamente con la de resonancia, podríamos hacer que se invirtiesen. Al hacerlo, emitían otro pulso, como un eco, que permitiría determinar la identidad de esos átomos. (Más tarde utilicé el principio de la resonancia magnética para construir un acelerador de partículas de 2,3 millones de electronvoltios en el garaje de la casa de mi madre.)
Apenas un par de años después, en mi primer año en la Universidad de Harvard, tuve el honor de asistir al curso de electrodinámica del doctor Purcell. Más o menos por esa misma época, trabajé durante un verano con el doctor Richard Ernst, que estaba intentando generalizar el trabajo de Bloch y Purcell sobre la resonancia magnética. Lo logró de manera espectacular, y acabaría recibiendo el Premio Nobel de Física en 1991 por establecer los fundamentos de la máquina de imagen por resonancia magnética moderna. Esta, a su vez, nos ha permitido obtener fotografías del cerebro v
