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Juan Padrón Prólogo de Mauricio VicentEpílogo de Alberta Durán
Edición en formato digital: marzo de 2021 © 2021, Juan Padrónc/o Indent Literary Agencywww.indentagency.com© 2021, Mauricio Vicent, por el prólogo© 2021, Alberta Durán, por el epílogo© 2021, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona© 2021, Gabriel Guerra Bianchini, por las fotografías de la p. 257Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-18052-25-5Compuesto en M. I. Maquetación, S. L. Composición digital: Newcomlab S.L.L.
5El humor de CubaDesde pequeño Juan Padrón tuvo muy claro lo que vacilaba y le gustaba hacer, y más aun lo que no quería ser. Le gustaba el sen-tido del humor, dibujar, inventar historias y hacer que la gente disfrutara, fuera a lápiz y papel o dirigiendo la acción cinemato-gráficamente, siempre haciendo volar su imaginación y la de los demás. Padrón odiabael sermón, el “teque” y la “muela”, expre-siones cubanas asociadas a los argumentos, discursos y justifica-ciones interminables que desembocan en el aburrimiento. Pero sobre todo le daban grima los “iluminados”, aquellos que se creen poseedores de la verdad absoluta y la imponen a los demás por convicción u oportunismo, como le ocurrió a él mismo en diversas revistas donde trabajó y le censuraron sus chistes de vampiros, piojos o verdugos, en diversos momentos y por diversas circuns-tancias, como se verá en esta historia. Lo que Padrón llegó a ser; el animador, humorista e historietis-ta más importante de Cuba y uno de los más grandes de América, creador de películas de culto como Vampiros en La Habanay de personajes como Elpidio Valdés, coronel mambí que es parte ya de la identidad nacional cubana, se adivina en este cómic auto-biográfico, en el que trabajó hasta el último instante de su vida. Tenía mucha ilusión en su publicación. Aveces llegabas a su casa y te lo encontrabas dibujando y riéndosesolo de una escena de su infancia que acababa de terminar. En una de ellas, está él,
6ya adolescente, y su padre que le recrimina: “¿Yen el futuro pien-sas ganarte la vida haciendo muñequitos?”. Así fue, y gracias a ello los niños cubanos, que no tuvieron Superman ni el Pato Do-nald sino dibujos animados soviéticos programados en la televi-sión durante décadas, sobrevivieron al sopor.Esta historieta —a él le hubiera gustado llamarla así— abarca los primeros 23 años de su vida, y comienzacon la llegada a la isla de sus bisabuelos desde Islas Canarias y Asturias, y su naci-miento en 1947 en el pequeño batey del ingenio azucarero Caro-lina, cercano al pueblomatancero de Cárdenas. De cómo empe-zó a jugar al cine e inventar las primeras historias con su hermano Ernesto gracias a una pequeña cámara que trajo a casa un primo trata la primera parte de este cómic, en el que Padrón cuenta con ojos chispeantes e ironía criolla —marca de la casa— cómo fue-ron los últimos momentos del dictador Fulgencio Batista y los pri-meros años de la revolución. Cuando él se convirtió en un gran contador de historias.Padrón nos revela en estas páginas el modo rocambolesco en que empezó a dibujar y a animar de modo autodidacta, su apren-dizaje al lado del dibujante español Juan José López (JAN), a quienconsideraba su maestro, y también cómo empezó a colaborar con las primeras revistas de humor y a trabajar en unos estudios fílmicos antes de hacer el servicio militar, destinado en una uni-dad de la marina con sede en el Castillo del Morro. El capítulo de la mili de Padrón no tiene desperdicio. Castigado varias veces por indisciplinas —en su caso, faltar a la autoridad por exceso de li-bertad de pensamiento—, cuando un día le ordenaron vigilar la costa para prevenir posibles ataques enemigos, Padrón hizo lo que hubiera hecho cualquiera de nosotros: girar los prismáticos hacia La Habana Vieja y buscar en aquel palomar un filito de una ventana abierta para admirar a una mulata seductora.
7Decía Padrón que, en momentos de guerra o de circunstanciasadversas, uno siempre ha de andar con una o dos copas de máspero sin llegar a emborracharse. Si te pasas, la cagaste, si no lle-gas, es insoportable. Esa era para él la medida exacta. Padrón tenía21 o 22 años cuando el amor por una joven rusa lo llevó a vivir aLeningrado (antes y hoy, San Petesburgo). El ojo hilarante con queatrapa la esencia de aquella sociedad y retrata las aventuras deaquella etapa soviética es insuperable. Aparece su suegro, ex re-presaliado por Stalin, haciéndole la vida imposible por vivir en sucasa, temiendo que albergar a un extranjero le pudiera costar denuevo una caída en desgracia. Su suegra, un pelín más comprensi-va, le apagaba la luz mientras él dibujaba por la noche, para ahorrar.Pese a tener todo en contra, por aquel entonces Padrón publi-có una viñeta contra la guerra de Vietnam que reprodujo el diario comunista Pravda, y a partir de ahí Juan, Juanito para sus cole-gas rusos, se hizo muy popular entre sus amigos y familiares. Con los primeros rublos ganados, compró vodka, cigarrillos y vi-tuallas, y siguió dibujando. Recordaba que a los borrachos por entonces en la URSS los recogían en la calle medio helados, los reanimaban y los mandaban a un calabozo hasta el día siguiente, y en medio de aquella locura de nieve y alcohol, la nostalgia le hizo ponerse a innovar en la tira cómica que hacía y cuyo prota-gonista era un samurái llamado Kashibashi.Acorralado por sus suegros, el frío y la nostalgia, le dio por crear un personaje secun-dario, cubano y mambí. Lo dibujó a la primera, y años después recordaría así la anéc-dota: “Estaba en Leningrado, bajo cero y con tremendo gorrión. Me gustó tanto trabajar al personaje cubano que descarté todo lo que había dibujado de Kashibashi. Fui al mercado y me compré una botella de vino tinto moldavo, un cartón de cigarrillos Ligeros, pan negro y medio queso Gruyere, y comencé de nuevo, pero con el cubano de protagonista”.
