Anónimo era yo

Varias autoras

Fragmento

cap-1

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Prólogo

¿QUÉ CLASE DE SEMILLA ES ESTA?

Recuerdo todas y cada una de aquellas palabras a la perfección. Es como si las hubieran percutido en mis sienes con un taladro; es como si hubieran calado en mi interior como una lluvia de enero congelada, enfriando todos mis órganos y haciéndolos tiritar. Ahí las tengo, indelebles, como si hubieran dictado una sentencia de muerte en un proceso penal por asesinato y los condenados fueran mis sueños.

Yo tenía doce años. Aquel día, hablábamos sobre nuestras futuras profesiones y sobre aquello que nos gustaría ser o hacer cuando fuéramos adultos. Los turnos se sucedieron uno tras otro hasta que llegó el mío. Esta entonces niña pequeña y delgada, de pelo abundante, largo y rizado, que todavía pensaba que podría ser quien era libremente, levantó la mano para pedir la palabra. Porque la palabra, por aquel entonces, aún no me la había hecho mía, aún la pedía, tal y como me habían indicado que debía hacer. Y hablé:

—Yo quiero ser escritora.

Entonces me vi a mí misma y no estaba en una clase. Estaba subida al estrado de la sala de juicios. Estaba declarando, sin saberlo, en mi contra. El jurado lo constituían mis compañeros de clase, y la jueza del proceso encargada de dictar sentencia era una profesora de mi colegio. Algo había mal en mí. Me lo indicaron las miradas de todos los presentes, pero, sobre todo, me lo aclararon las palabras de la autoridad judicial competente en aquel lugar.

—¿Escritora? ¡Sácate esos pájaros de la cabeza!

No mentiré a quien me lee hoy. En aquel momento callé y simplemente bajé despacio el brazo, tímida, colocándolo de nuevo sobre mi pierna derecha, que temblaba tensa por los nervios. No hubo risas por parte de mis compañeros, pero tampoco asentimientos ni comentarios de aprobación, como sí los había habido en las anteriores intervenciones. Las profesiones que habían elegido los alumnos no variaban demasiado: ellos, futbolistas, científicos y arquitectos; ellas, profesoras, cantantes y modelos. Algún biólogo. Alguna peluquera. Yo escritora. Escritora. Escritora. Escritora. Yo escritora. Yo. Escritora.

No.

Aquello me pesó como una losa plúmbea en la espalda durante años. En efecto, y aunque me esforzara por olvidarlo, hubo un día en mi etapa escolar que rasgó el papel en el que esa niña había escrito con tantas ganas la palabra ilusión. Pasé mucho tiempo preguntándome el porqué de aquella reacción, y cada vez que algo me retrotraía a aquel instante, volvía a intentar encontrar razones, por estúpidas y fútiles que resultaran, que explicaran esas duras palabras de mi profesora. Y otras que explicaran el silencio de todos los presentes.

«Ser escritor es muy difícil» o «ser artista no está valorado» o «soy/era muy pequeña para querer ser algo tan complicado» eran de mis excusas favoritas. Me las repetí hasta la saciedad, utilizándolas como una burda detención del pensamiento cada vez que el recuerdo me asaltaba intruso. No fue hasta un tiempo después cuando me formulé la pregunta que tardaría muchísimo en contestarme: ¿y si lo que yo dije lo hubiera dicho un hombre...? ¿Y si hubiera sido un niño el que hubiera dicho que quería ser escritor de mayor? Quizá la respuesta habría sido la misma. Pero algo en mí dudaba. ¿Había dicho alguna vez otro niño que quería ser algo así como pintor? Recordaba que sí, y que la respuesta había sido positiva, incluso había causado expresiones de asombro a los adultos a los que se lo comentaba, un asombro que no era reproche, un asombro que era aprobación, como si supusiera algo original entre tanta respuesta anodina y casi aprendida. Eso sí lo recordaba bien, ya que me animó a decidirme a mí misma. Yo estaba delante en ese momento, sí, lo recordaba perfectamente.

«Es demasiado exagerado el formularse esa pregunta», me reprendía seguidamente a mí misma a modo de otra estúpida detención mental. Una más. Sin embargo, algo en mi fuero interno me decía que la circunstancia de género tenía que ver más de lo que en principio parecía una mera coincidencia.

¿Quizá las niñas no podían decir que querían ser escritoras? ¿Las niñas o las mujeres?

¿Significaba ello que las mujeres no podían ser escritoras? ¿Estaba eso mal visto? ¿Era visto como bizarro o inusual por alguna cuestión? ¿Era un trabajo demasiado arriesgado? Pero ¡cómo podía ser arriesgado algo como ser escritora! Solo había que sentarse y escribir, contar con una buena capacidad imaginativa y expresarse correctamente... No podía ser tan arriesgado o tan difícil, debía haber algo que se me escapaba; algo que no lograba comprender.

La respuesta, como he apuntado, la encontré más tarde.

Yo era una niña. Una mujer. Una niña que quería ser escritora. Aquello implicaba mucho más que sentarse y escribir: implicaba influir a otros con sus ideas. Cambiar el mundo con sus escritos. Hacer sentir los corazones sangrantes. Hacer arder las mentes curiosas. Usar mis manos para crear y mi arte para transmitir. Escribir implicaba lanzar al mundo un motivo para sentir lo que se siente. Implicaba... trascender. Implicaba... implicaba pensar que tenía algo que decir.

Y supongo que ahí estaba el asunto.

Eso no podía hacerlo una mujer porque las mujeres no sabían expresar sus ideas tan fácilmente, no porque no tuvieran manos o mente, sino porque tendían a ser tontas. Se interesaban por otras cosas en exclusiva: maquillaje, revistas, chicos. Yo era una niña y quería ser escritora, y algo en la mente de todos los asistentes al juicio; algo aunque pequeño; algo aunque subconsciente; algo aunque involuntario, les decía que yo no tendría en un futuro mucho que decir.

ESTE TALLO NO ES FUERTE

Comencé a escribir en torno a los doce años. Y fue justo después de que este episodio me partiera el corazón en dos —y no me refiero a los ventrículos— que nació en mí el impulso inevitable por expresar con palabras y tinta lo que sentía —lo de escribir a golpe de electrónica todavía no cotizaba al alza—. Como a la mayoría de artistas les sucede, la frustración no fue tanto un freno sino un motor que me llevó directa a cada muro contra los que me estampé.

Lo hice envuelta en un infantil secretismo —lo de escribir, no lo de estamparme— en trozos de cartas, servilletas y pequeñas libretas que iba recogiendo y escondiendo en mi armario, entre la ropa, o al fondo de mi escritorio. Un arrebato apasionado me asaltaba cada vez que terminaba un texto, e inmediatamente después de recorrerme el cuerpo como una descarga de adrenalina, se entremezclaban con él la vergüenza y lo que bien podría definir como autorechazo, que me hacían cerrar el cuaderno y correr a esconderlo. Como si apartarlo de mi vista equivaliera a ese gesto romántico de tirar lo que había escrito a la basura, pero sin hacerlo porque algo en mí ya adoraba escribir. No era un gesto de estupor postcreación, tampoco era un rubor pueril producto de la temprana edad o del contenido de aquellas palabras. Aquel impulso atendía claramente a un trauma velado que alguien se había ocupado de instaurar en lo más profundo de mí y cuya representación más fidedigna se cifraba en lo que antaño había dicho mi profesora. De nuevo los pensamientos destructivos me sobrepasaban. Había algo malo en mí

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