La razón cercada

Caracol Radio S.A.

Fragmento

La razón cercada

PRÓLOGO

Por Alejandro Santos Rubino

La razón agoniza. Todavía no se le ha dado un tiro de gracia pero está sin aire. No ha desaparecido pero la tenemos delante de nuestros propios ojos arrodillada y maniatada. Se ha vuelto como un susurro entre los gritos y el ruido ensordecedor de los fuegos artificiales del nuevo mundo. A veces se convierte en un paréntesis incómodo en una nueva realidad que premia la velocidad y la dopamina pero castiga la duda y el método. Podríamos decir que la razón no está derrotada pero sí está cercada. Por eso este libro nace de la necesidad de hacer una pausa y reflexionar sobre lo que nos está pasando como sociedad. De abrir un espacio para el pensamiento en un entorno donde todo parece conspirar contra el espíritu crítico.

Ese momento se dio en Santafé de Antioquia, en el marco del Festival del Pensamiento, donde un grupo plural de académicos, periodistas, escritores, científicos y líderes invitados por Prisa Media se sentaron a dialogar y pensar —junto con más de trescientos asistentes— qué significa vivir en este nuevo mundo. Un mundo frenético, donde todo está cambiando y las emociones parecen gobernar nuestro buen juicio y nuestra toma de decisiones. Este libro no es un manifiesto de una sola voz. Es más bien un mapa de conversaciones urgentes, una polifonía que parte de una realidad: la razón está arrinconada. Y lo está por múltiples fuerzas que, juntas, componen el inquietante paisaje de nuestra época: la crisis de la verdad, la polarización convertida en identidad, el deterioro de los consensos, el miedo imponiéndose en el debate público, la democracia en cuidados intensivos y una geopolítica que está rompiendo todas las reglas del multilateralismo y el derecho internacional construidos desde la posguerra. Y la cereza de este pastel atómico: la irrupción de la inteligencia artificial cuyos incentivos y potencial solo aceleran la detonación de una bomba de tiempo que, en cualquier momento, hace volar todo por los aires.

Estas líneas buscan volver a poner en el centro de la conversación lo que parecía un lujo de otras épocas: la razón como método y como ética pública. Porque cuando la palabra sobre la cual se construyó la modernidad está cercada, lo primero que se pierde no es la inteligencia: es la conversación. Es discutir sin deshumanizar y deliberar sin destruir. En un clima de tensión permanente y de lógicas maniqueístas y egocéntricas, este libro — y el Festival del Pensamiento— hacen un gesto que, en estos tiempos de locura, roza lo subversivo: bajar el volumen, recuperar la moderación, valorar la diferencia, exaltar el conocimiento y humanizar el debate. Pero, sobre todo, abre el espacio para hacernos las preguntas correctas en busca de forjar un buen criterio para no dejarnos doblegar por el cinismo o el miedo.

La escena fundacional importa porque explica el espíritu de estas páginas. No se trata de un seminario encerrado en su propio lenguaje ni de una reunión de expertos hablándose a sí mismos. Se trata de una conversación deliberadamente plural con protagonistas desde distintos sectores como la sicología, la literatura, la filosofía, la neurociencia, el periodismo, la economía, entre otros, que aceptaron la invitación para mirar a la sociedad en el espejo de sus contradicciones y frustraciones, pero también de sus retos, dilemas y esperanzas.

Si el problema de nuestra época es que cada conversación termina reducida a una guerra de trincheras, la respuesta no puede venir de una sola trinchera. Si la crisis es cultural, política, ética, tecnológica y neuroemocional, entonces el diagnóstico —y sobre todo la salida— también tienen que serlo.

Porque lo que está en juego aquí no es un debate abstracto sobre ideas. Lo que está en juego es algo más íntimo y más político a la vez: es cómo decidimos, en qué creemos, a quién escuchamos, qué priorizamos y qué sacrificamos.

En una sociedad que se siente amenazada —por la inseguridad, por la incertidumbre económica, por el deterioro institucional o por la desinformación— el miedo se vuelve un lenguaje común. Y cuando el miedo se vuelve lenguaje, todo se transforma en un mercado de emociones: se vende protección, se vende autoestima, se vende pertenencia, se vende indignación. La razón, en ese mercado, compite en desventaja porque requiere tiempo, tiene matices, necesita rigor y verificación. Es lenta en un mundo veloz. Pero también exige reconocer al otro y aceptar que puede tener razón. Pero nada de eso es viral ni alimenta la sed insaciable de los algoritmos de las grandes tecnológicas. En esa lógica desenfrenada, la sociedad de la información le dio paso a la civilización del espectáculo, como bien la bautizó el escritor Mario Vargas Llosa. Una cultura que privilegia el impacto sobre el argumento, el escándalo sobre el contexto, la reacción sobre la reflexión. Porque el espectáculo no es solo ocio sino un modo de percepción. La realidad, como lo vemos en las redes sociales, se convierte en una secuencia de estímulos, y el ciudadano —sin darse cuenta— pasa de interpretar el mundo a consumirlo. El titular que indigna se impone sobre el análisis que explica, la frase que simplifica desplaza al dato que complejiza, y el meme que divierte o humilla viaja mucho más alto y más rápido que el párrafo que intenta explicar. Es un mundo donde el ciudadano ya no quiere entender, quiere sentir, y se acostumbró a tener placer.

En esa dinámica efímera y consumista, las redes sociales, con su promesa de voz para todos, terminaron siendo un laboratorio emocional donde lo viral desplazó lo verificable y donde el algoritmo le dio rienda suelta a las bajas pasiones de la condición humana. Ya no es la razón, no es la serenidad, no es la duda. Y cuando la duda deja de ser una virtud pública, el pensamiento se empieza a fosilizar. Se desprecia el valor de la opinión del otro porque no interesa o huele a traición y el debate se degrada hasta convertirse en un duelo de identidades. Entramos en la dialéctica maniqueísta de los bandos y la polarización. Ser “de un lado” o “del otro” termina ofreciendo una falsa estabilidad en un mundo inestable: te ofrece una tribu, un enemigo, un relato. Y cuando el relato se vuelve un refugio seguro, todo dato que lo contradiga se siente como una amenaza. En esta nueva era, la posverdad no opera únicamente como mentira, manipulación o media verdad: opera como indiferencia frente a lo verificable, como derecho a creer lo que me protege emocionalmente, aunque me empobrezca intelectualmente. La crisis de la verdad y de la ética no es un asunto meramente académico. Tiene consecuencias prácticas: define políticas públicas, erosiona instituciones, amplifica prejuicios y normaliza el estigma. Cuando ya no importan los hechos, lo que importa es el efectismo y sus sensaciones. Y el efecto más rentable suele ser el miedo.

En medio de ese ruido, y de esas fuerzas oscuras que buscan anular nuestro buen juicio, este libro también es una reivindicación de los valores universales de la Ilustración entendidos no como un templo de certezas, sino como un conjunto de reglas mínimas para la convivencia: la dignidad humana, el imperio de la ley, la evidencia como criterio, el pluralismo como convivencia, la ciencia como método y el debate público como escenario de

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