Obra selecta

Salomon Kalmanovitz

Fragmento

PRÓLOGO

Los criterios para escoger los ensayos de esta obra fueron pertinencia, accesibilidad y si habrían resistido el paso del tiempo. Algunos fueron influyentes en su momento y me preguntaba si mantenían algún interés en materia de método o para entender el surgimiento y eclipse de ciertos paradigmas que orientaron a la comunidad académica o que fueron apropiados por la opinión pública y algunos políticos. El marxismo, la teoría de la dependencia, el keynesianismo y la teoría de las instituciones fueron hitos que mis escritos contribuyeron a popularizar o a criticar.

Mi marxismo fue de la variedad empírica y estuvo acotado por el conocimiento de las tradiciones keynesiana y neoclásica, aunque me alimenté directamente en las fuentes de todos ellos. El tema de la inestabilidad financiera lo descubrí en los ochenta y sigue siendo relevante en todo momento, pero especialmente durante las crisis económicas que han azotado al mundo. Los ensayos de historia económica, que constituyen más de la mitad de la colección, les deben mucho a los institucionalistas viejos y nuevos, pero también a la tradición cuantitativa de hacer historia.

El primer texto es “Autobiografía intelectual”, que apareció en la revista Al Margen pero ha sido actualizado y modificado en varias partes. En él doy cuenta de mi formación y mi experiencia en la política y en la universidad y de mi desarrollo como intelectual público.

El segundo trabajo, “El orden social y la construcción de Estado en Colombia”, escrito especialmente para esta colección, intenta entender la estructura económica y política del país en el largo plazo. Colombia es un ejemplo claro de un orden social de acceso restringido por la gran concentración de los recursos económicos, en particular la tierra, y por haber construido un Estado débil que permite el ejercicio de la violencia por las elites regionales y los grupos alzados en armas. El relativo fortalecimiento del Estado colombiano a partir de los años noventa del siglo XX permite que se acerque a ejercer el monopolio de los medios de violencia y derrote a la insurgencia, obligándola a negociar el fin del largo conflicto interno. Un orden social no cambia fácilmente, lo que sugiere que el final del conflicto no significa necesariamente que se implementen las reformas políticas y económicas requeridas para hacer más incluyente, progresiva y funcional a la sociedad colombiana.

El tercer ensayo “Macroeconomía y gasto público en economías de desarrollo intermedio. Esquemas de reproducción kaleckianos y marxistas” sigue la visión marxista de Michael Kalecky y la de Adolph Lowe en torno a los esquemas de reproducción ampliada; aunque no tuvo mucha difusión, fue la base teórica de buena parte de mi obra pues me permitió pensar una economía como la nuestra en sus relaciones tanto con la economía global como con sus sectores internos, por lo cual la considero mi contribución más seria a la literatura económica.

El cuarto escrito incluido, “La crisis financiera en Colombia: anatomía de una evolución”, que escribiera con Fernando Tenjo mantiene, me parece, un interés metodológico por utilizar la hipótesis de inestabilidad financiera de Hyman Minsky y el análisis de las cuentas financieras de manera didáctica y precisa. La crisis de 1998-2002 espera que se le haga un análisis exhaustivo que pueda ser contrapunteada con lo que pasó 15 años antes.

El interés que pueda tener “Barreras al desarrollo financiero: las instituciones monetarias colombianas”, que escribiera con Mauricio Avella en 1996, se deriva de haber aplicado por primera vez la teoría de las instituciones a la historia monetaria y del Banco de la República, insinuando temas de economía política a ese nivel que han sido poco explorados por los investigadores colombianos. El ensayo lo incluí recortado en una colección anterior de textos y ahora lo vuelvo a publicar completo.

Los ensayos de historia económica comienzan con “El PIB de la Nueva Granada en 1800: auge colonial, estancamiento republicano” que constituyó la primera piedra de un esfuerzo inédito por cuantificar la riqueza de la colonia durante el siglo XVIII y de la República durante el siglo XIX, cuestionando la sabiduría convencional sobre el estancamiento que indujo la dominación colonial de España y demostrando el escaso crecimiento que tuvo la incipiente república hasta 1850. El trabajo “Las consecuencias económicas de la Independencia en América Latina” fue elaborado para la Cepal en un libro coeditado por Luis Bértola y Pablo Gerchunoff y es la primera vez que se publica en Colombia; se puede entender como una extensión del anterior trabajo con un mayor énfasis sobre la distribución del ingreso y la escasa dinámica que alcanza el capitalismo en el continente.

En el ensayo Colombia en las dos fases de globalización” recurro al método de analizar los flujos de comercio, capitales y personas entre Colombia y el mundo, además de su impacto sobre el crecimiento y hago el balance de sus beneficios y costos, para no caer ni en su demonización ni tampoco en su apología. La inserción tardía de Colombia en la globalización de 1860-1914, con base en la exportación de café, fue relativamente exitosa y nos permitió vislumbrar la modernidad pero la que se extendió de 1945 en adelante obtuvo resultados menos favorables sin lograr desanclar al país de su pasado.

Otros ensayos que me ha parecido conveniente publicar en esta obra son los dedicados a la historia del pensamiento económico: “La idea federal en Colombia durante el siglo XIX” que mide los alcances de la fase liberal contra lo que se denomina el federalismo desarrollista. La imposición del centralismo autoritario de la Regeneración, que cerró el país a la democracia y a la modernidad, se analiza en “Miguel Antonio Caro, el Banco Nacional y el Estado”. Esta es un área poco estudiada en el país; afortunadamente, un seminario permanente de la Universidad Nacional liderado por Rubén Sierra y Lisímaco Parra se planteó investigar las ideas políticas y de la cultura de varios períodos importantes de la historia nacional y yo recibí la invitación a participar. El área de estudio está siendo profundizado en la actualidad por historiadores económicos de diversas universidades del país. “Notas para una historia de la economía en Colombia” se publicó en la Historia de la ciencia en Colombia de 1993 por Colciencias y fue reeditada en la Historia de Colombia de Editorial Planeta. Este ensayo puede ser un punto de arranque para hacer una historia de las ideas económicas más completa y que alcance hasta nuestros días.

Entrego así una perspectiva sucinta en esta Obra selecta de más de 40 años de trabajo académico que estuvo frecuentemente asociado al quehacer político; aunque se me dio voz ante la opinión pública, no fue suficiente para cambiar la sociedad colombiana, como lo soñé al terminar mis estudios y llegar a un país sacudido por amplios movimientos sociales en 1970.

UNA AUTOBIOGRAFÍA INTELECTUAL1

Estudios

Llegué en 1960 a la Universidad Industrial de Santander, en Bucaramanga, y me enrolé en Ingeniería Química. Había pocas opciones conocidas de estudio para los jóvenes de esa época: Derecho, Medicina e ingenierías. Las ciencias sociales estaban escasamente desarrolladas y las humanidades y artes atendían a una población muy pequeña. Estudié en la UIS algunos semestres en una álgida atmósfera de activismo estudiantil y comencé a politizarme, algo que no gustó mucho a mis padres. Los sucesivos cierres que hubo en la época los llevaron, por fin, a apoyar mi aspiración de estudiar en Estados Unidos, adonde llegué en 1963. Entré a la Universidad de New Hampshire, donde continué mis estudios de ingeniería durante un semestre, al tiempo que tomaba otros cursos en humanidades y ciencias sociales, para confirmar que mi vocación estaba del lado de estas.

En los Estados Unidos existe un sistema universitario que basa una de sus orientaciones fundamentales en lo que llaman artes liberales. Entienden que el estudiante es joven y no conoce su vocación, así que le prestan herramientas básicas, como el estudio de su idioma y literatura, las matemáticas, la biología, la historia, la tradición cultural de occidente, y otro idioma, junto con la opción de tomar cursos en diferentes áreas para que encuentre la que se ajuste mejor a sus intereses, de tal modo que cada cual construye su propio sistema de estudio y aprendizaje. Esto se aplica a las artes y a las ciencias sociales, pasadas las cuales se pueden hacer postgrados en derecho, economía, artes plásticas, actuación, etc., que es cuando el individuo se especializa a fondo. Desafortunadamente, este sistema está siendo cuestionado por los políticos republicanos que optan por el desarrollo de universidades con ánimo de lucro que preparan sus estudiantes en carreras cortas y muy aplicadas a las necesidades del mercado de trabajo.

Tomé cursos de historia europea que me deleitaron mucho y de sociología que, conjuntamente con los de filosofía y economía, me crearon capacidades analíticas y de síntesis que después me sirvieron para pensar la sociedad colombiana y su historia económica. Hannah Arendt, notable filósofa política, nos dictó un cursillo de una semana para un seminario en el que leímos buena parte de su obra. En un curso de filosofía de la religión escribí un ensayo sobre La esencia del cristianismo de Ludwig Feuerbach, que el profesor me invitó a leer en clase, lo cual comenzó a revelarme que tenía alguna capacidad para la escritura, aunque no tomé conciencia de ello hasta mucho más tarde. Me gradué en 1967 y me fui a hacer un postgrado en economía en el New School for Social Research de Nueva York que hoy se llama New School University.

El New School era una escuela con orientación social-demócrata que, en sus orígenes, acogió a los emigrantes desplazados por el fascismo europeo y de una inclinación política bastante inusual en el contexto norteamericano. Contaba con una facultad que incluyó a Claude Levy Strauss y Adolph Lowe, a estudiantes y colegas del filósofo Edmund Husserl, creador de la fenomenología, como Hans Jonas, y más tarde a Hannah Arendt. En mi momento estaba allí Lowe, quien en la Universidad de Kiel había diseñado unos esquemas de reproducción, basados en los de Marx, pero que agregaba la noción keynesiana de ahorro e inversión, para lo cual introducía un sector que era productor de maquinaria pesada o máquinas para hacer máquinas, seguido de uno que producía maquinaria ligera y el tradicional departamento de medios de consumo. Fue a partir de este conocimiento que pude criticar los esquemas de reproducción de Arrubla que tanta aceptación habían logrado en el público lector colombiano de Ensayos sobre el subdesarrollo colombiano al final de los años sesenta. Tomé cursos con Robert Heilbroner, quien era un buen escritor y se hacía entender por un público amplio, y creo que de él aprendí algo de eso, aunque era un crítico duro de todo lo que él escribía.

Me acuerdo de haber leído febrilmente el libro de Arrubla en 1969 y haber escrito las ecuaciones de la reproducción simple y ampliada con un sector que intercambiaba exportaciones por maquinaria liviana y otro que elaboraba materias primas, bienes intermedios y maquinaria primitiva, de tal modo que el bloqueo arrubliano se despejaba con el desarrollo de la división interna del trabajo y un nivel adecuado de exportaciones. Tenía entonces 26 años y fue esa quizás una de las pocas ideas originales que tuve y que apliqué más adelante para debatir a fondo contra la teoría de la dependencia y del desarrollo del subdesarrollo.

El debate sobre el problema agrario y la dependencia

En 1970 llegué a trabajar con la editorial La Oveja Negra y como profesor de cátedra en la Universidad Nacional. En 1972 me destituyeron de mi posición académica junto con otros 50 profesores, incluyendo a Antonio García y hasta a los seguidores del profesor Lauchlin Currie. Trabajaba en el DANE desde 1971 en el Seminario de Problemas Colombianos, Seprocol, dirigido por Bernardo García, junto con Gabriel Misas, Alberto Corchuelo, Soledad Ruiz, Jorge Villegas y Camilo González Posso. Se realizaba allí un trabajo académico muy empírico sobre industria, historia y sociedad. A mí me correspondió organizar todas las cifras disponibles sobre el sector agropecuario con el fin de analizar su desempeño económico, lo que terminó siendo un trabajo grande en el que empeñé tres años. De ahí salió el libro El desarrollo de la agricultura en Colombia, en un ambiente en el que el problema campesino ocupaba el interés de la izquierda.

Mi primer aporte a la discusión política fue un artículo llamado “La teoría marxista de la renta del suelo”, que apareció en 1972, aunque había circulado profusamente en forma mimeografiada desde 1970. Ese artículo sirvió de base para discernir cuáles eran las vías de desarrollo capitalista: la vía basada en la pequeña propiedad, tipo granjero norteamericano, o la vía de la gran propiedad, como había sido el caso de los aristócratas terratenientes alemanes, los Junker, bajo una alianza con la burguesía. El trabajo que hice en el DANE estuvo organizado entonces por las variables que se derivan de la teoría marxista de la renta, y de las formas de producción (arrendatarios serviles, aparceros, pequeños propietarios y arrendatarios capitalistas) y también fui influido por el libro de Lenin El desarrollo del capitalismo en Rusia.

Leí mucha historia agrícola, como un trabajo del historiador inglés Habakkuk (1967) que hacía una comparación del desarrollo tecnológico de Estados Unidos e Inglaterra en el siglo XIX. Mientras que en Estados Unidos había un auge económico sostenido, basado en un reparto democrático de la tierra, con una consecuente escasez de mano de obra, que incidió en que los salarios fueran altos, y que la mecanización fuera intensa, en Inglaterra había un ejército de reserva grande, los salarios eran bajos y menores los incentivos a introducir el cambio técnico, de tal modo que inventos ingleses no se utilizaban en Inglaterra pero sí resultaban rentables y se aplicaban en los Estados Unidos, lo cual dio lugar a un círculo virtuoso de una acumulación progresiva basada en nuevas tecnologías. En Colombia los bajos salarios serían un factor que explicaría la escasa dinámica del cambio tecnológico. También leí a Esther Boserup (1972), para entender la relación entre demografía y desarrollo y cómo las técnicas de roza y quema se perpetuaban en condiciones de poco crecimiento económico. Por lo demás, absorbí un trabajo neoclásico de Albert Berry (1973), su tesis doctoral, que me sirvió como base con sus series estadísticas entre 1950 y 1965, series que luego conformé hasta los setenta, pero descartando su noción de productividad marginal y analizando con cuidado los datos observados. Me sentí mal con Berry porque la publicación de mi libro impidió que se tradujera y publicara el suyo, aunque hubieran sido complementarios. Todas estas influencias le prestaron a este trabajo un carácter ecléctico, abierto, y lo salvaron del dogmatismo, lo que le ganó aceptación dentro de muchos sectores.

Escribí un primer capítulo histórico sobre el siglo XX, en términos de los cambios más importantes que habían tenido lugar en la agricultura, en parte promovidos por los movimientos campesinos y sociales, en lo cual me resultó muy revelador el trabajo de Albert Hirschman sobre reforma agraria en Colombia: cómo había sido el desarrollo a principios de siglo, cómo se había acelerado después de la Segunda Guerra Mundial, en fin, cómo estaba cambiando todo, lo cual era una demostración que iba en contra de una creencia muy extendida en ese momento, de que no había ni desarrollo ni cambio económico en el Tercer Mundo, creencia sostenida por la Teoría de la Dependencia. Esta informaba que América Latina estaba estancada, que no tenía futuro. Encontré que era una discusión similar a la que se había dado en Rusia a principios del siglo XX, con los Narodnik (populistas), que creían que el capitalismo no podía desarrollarse en Rusia, y los bolcheviques, que sí creían y eran testigos de que sí lo estaba haciendo con mucha rapidez, lo cual me resultó bastante ilustrativo.

El debate en Colombia tuvo lugar en una forma ortodoxa, basada más en los clásicos del marxismo que en los textos dependentistas, aunque el trabajo de Arrubla había tenido un gran impacto y su libro alcanzó a tener 15 re-impresiones. Se leía a Karl Kaustky, La cuestión agraria, supuestamente las obras completas de Lenin, El Capital y la Historia crítica de la plusvalía de Carlos Marx. Mi crítica a Arrubla apareció en mimeógrafo en 1971, pero en Ideología y Sociedad No. 10 sólo en 1975. La razón de la demora fue política: militaba en el Bloque Socialista, y este consideraba a Arrubla como uno de sus pilares, así que mi crítica fue considerada interna. Pero en una publicación del Partido Comunista de 1973 apareció un trabajo de Nicolás Buenaventura, “Polémica de historia contemporánea”, contra Arrubla, que se basaba extensamente en mi trabajo, así que lo revisé y decidí publicarlo con una nota agresiva contra Nicolás. El artículo originalmente impresionó bastante pues era una crítica sólida tanto desde el punto de vista teórico como empírico y destacaba lo que estaba sucediendo en la industria, la agricultura, las exportaciones y cómo, en general, Colombia había vivido un rápido crecimiento económico desde la segunda posguerra. Jorge Orlando Melo expresó que fue una crítica eficiente porque debilitó el paradigma de la teoría de la dependencia en el país, y las ciencias sociales estuvieron menos trabadas por esta orientación que después se derrumbó por doquier.

El grupo de discusión en el DANE fue muy productivo pero era heterogéneo y se desintegró cuando en 1974 el péndulo político nacional se inclinó hacia la izquierda: algunos de sus integrantes se fueron a la Universidad del Valle, y yo fui reintegrado a la Universidad Nacional en 1975, ahora como profesor de tiempo completo. Al DANE no le interesaba tanto la investigación que no fuera estadística y nosotros estábamos haciendo trabajos que interpretaban los datos y la realidad social; era molesto para el gobierno que el DANE hiciera el análisis crítico de la sociedad colombiana. Sin embargo, el trabajo sobre la agricultura estaba hecho, lo había publicado en cuatro entregas en la revista del DANE y más adelante en 1978 lo reorganicé y publiqué en forma de libro con Carlos Valencia Editores.

En 1977 publiqué un libro con la editorial del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), Ensayos sobre el desarrollo capitalista dependiente, que contenía la crítica a Arrubla, un balance de las teorías sobre el imperialismo en Colombia, una crítica desaforada contra Lauchlin Currie, la cual hoy considero injusta y desenfocada, y una crítica al dirigente argentino del PST, Nahuel Moreno, que preanunciaba mi abandono de esa organización. Había recibido una oferta de una editorial mexicana para sacar dos pequeños libros con algunos de los ensayos, pero la militancia me obligó a otorgarle los derechos a esta editorial partidista. Lamentaba haber perdido mi gran oportunidad de ser publicado fuera del país, pero después tuve más oportunidades, como si se cumpliera el dicho “el cartero llama dos veces”. El libro tuvo una reimpresión por la Editorial Oveja Negra en 1980, pero dejó de existir posteriormente.

La reforma académica en la Universidad Nacional

En la Universidad Nacional iniciamos una reforma académica en 1975 que cambiaba una estructura curricular que era muy heterogénea, que no sabía si quería formar un economista, un abogado, un contador o un administrador de empresas, por lo que era muy profusa, viéndose 9 o 10 materias por semestre. Pasamos a una estructura más sencilla y concentrada en la economía, de 5 materias por semestre, con tres vertientes teóricas: neoclásica, marxista y keynesiana. Se eliminó todo lo que fuera redundante, pero se buscó que hubiera dos historias económicas, que se propiciara algún conocimiento de las otras ciencias sociales, y que se ofreciera una mejor formación matemática, pero en este último aspecto no hubo un buen desarrollo. No había el inglés porque era el idioma del imperialismo.

Durante el debate de la reforma académica en Economía había un grupo de profesores que habían sido estudiantes de Currie. Este había sido el verdadero padre de la reforma académica, planteándola en su opúsculo de 1965,La enseñanza de la economía en Colombia, pero los profesores mencionados no entendían bien las concepciones académicas de este pensador. Yo las entendía mejor porque Currie estaba tratando de implementar lo que yo había vivido en mis estudios de artes liberales en Estados Unidos, y me ayudaba el hecho de haber estudiado filosofía, historia, otras ciencias sociales y matemáticas, bajo una concepción abierta que incentivaba la curiosidad.

La concepción que había detrás de la reforma no era estrictamente liberal sino de izquierda, opuesta en cierta medida al libre albedrío, y era profesionalista porque especializaba de una vez a los estudiantes en Economía. Bajo esa reforma, los estudiantes no tenían movilidad en los distintos campos del saber, no contaban con facilidades para construir su propio derrotero y confirmar si su verdadera vocación era ejercer la profesión para la que estaban estudiando, no había vasos comunicantes entre los distintos programas de ciencias humanas, pues la Universidad Nacional estaba estructurada en feudos celosamente guardados. Tratamos entonces de ofrecer esas materias dentro del Departamento de Economía, que no era la mejor idea. Los estudiantes, en consecuencia, no tenían que enfrentar otras disciplinas distintas, que les hicieran pensar un poco más, a través de la historia, de la ciencia política o de la filosofía o que fortaleciera su capacidad de formalizar matemáticamente los problemas económicos. La reforma terminó reafirmando el profesionalismo pero cabe destacar que inició un laboratorio para los estudios de historia y de economía colombianas que todavía logra despertar la curiosidad y el interés de muchos estudiantes. La Universidad de los Andes siguió básicamente los mismos derroteros, con el impulso de Guillermo Perry, Samuel Jaramillo y más tarde José Antonio Ocampo, y eso contribuyó a que el programa orientara la enseñanza de la profesión en el país.

Los estudiantes en general tienen que desarrollar su curiosidad y estar tomando decisiones de elección de sus materias y temas pertinentes, pero eso no se pudo cambiar; ese esquema no funciona ni en la Universidad de los Andes que trata de seguir el modelo anglosajón y no lo logra; esto último se da, creo yo, porque la cultura colombiana es antiliberal: le es difícil permitir que los jóvenes decidan por su cuenta y riesgo lo que quieren estudiar y ser.

De “Economía y nación” al “El desarrollo tardío del capitalismo”

La pretensión de hacer un historia económica del país la habían emprendido varios intelectuales a finales de los años sesenta, dentro de un esfuerzo importante de comunicar el país con la cultura occidental; hubo una aproximación por Mario Arrubla y Estanislao Zuleta, de cuyos borradores surgió la Introducción a la historia económica de Colombia que escribió Álvaro Tirado, pero ellos mismos no la emprendieron. Yo era vecino de Jorge Orlando Melo en 1970, había entrado a trabajar en la Editorial Oveja Negra con su hermano Moisés Melo, y este me cedió su apartamento en la Candelaria. Con Jorge Orlando conversamos muchas veces y con base en las pocas lecturas de historia que había hecho elaboré unas hipótesis de trabajo sobre la Colonia, se las mostré y él me hizo muchas correcciones, me facilitó bibliografía, y a partir de ese esquema empecé a trabajar lentamente sobre el régimen agrario durante la Colonia. Era algo que hacía simultáneamente con mi investigación en el DANE sobre el desarrollo agrícola contemporáneo, así que contaba con un punto de llegada, y fui llenando poco a poco los vacíos, al menos eso creía, que restaban en el proceso de elaborar una historia agraria de Colombia.

Economía y Nación me tomó 15 años de trabajo. De alguna manera, todo lo que hice en este período traté de relacionarlo con este proyecto, que me ocupó muchos fines de semana; asimismo, aprovechaba los cierres frecuentes de la Universidad Nacional para adelantarlo. "El régimen agrario durante la Colonia" lo publiqué en 1973, también en Ideología y Sociedad, la No. 10, que más adelante publicó un ensayo de Jorge Orlando Melo y que marcó un récord para una revista de ciencias sociales, pues se tiraron 5.000 ejemplares y se vendieron todos. Mario Arrubla, obrando con una gran generosidad para quien lo había criticado, me pidió un artículo para Colombia hoy en 1977, en el que pude analizar la evolución agraria durante el siglo XX. Ese libro también se convirtió en uno de los más vendidos en el tema de las ciencias sociales en el país. Más adelante Jaime Jaramillo Uribe me invitó a que hiciera la parte correspondiente al régimen agrario durante el siglo XIX para el Manual de historia de Colombia, lo cual acabó colándome entre los mejores historiadores colombianos. Me quedaban vacíos para Economía y nación, como el de la independencia de España o el período de 1900 a 1925, vacíos que llené en los ochenta en el Cinep, el centro de investigaciones de los jesuitas progresistas, apoyado por una media beca de Colciencias. En la Universidad Nacional no había herramientas para investigar, pero en el Cinep pude conseguir algunos recursos que me faltaban para completar Economía y nación, el cual me llevó otros cuatro años de redacción.

El libro iba a ser una historia agraria, pero cuando estaba a punto de terminarlo, me di cuenta de que lo realizado era más que eso y de que incluyéndole el desarrollo de la artesanía, el desarrollo industrial y el de la minería, conformaba una historia económica de Colombia. En el subtítulo coloqué “una breve historia de Colombia”, cosa que algunos celebraban como un chiste en un libro que tenía más de 500 páginas. Precisaba, sin embargo, que era un trabajo basado en fuentes secundarias, excepto para el siglo XX.

En 1979 y 1980 fui Visiting Fellow a la Universidad de Sussex en Inglaterra, y allí pude refinar mis críticas a la teoría de la dependencia. Pretendí generalizar el debate sobre la crítica con su mayor exponente, André Gunder Frank; también había leído sobre las ideas de la protección en la escuela histórica alemana y en Friedrich List; leí la crítica de Marx a List, y pude elaborar con mayor cuidado los esquemas de reproducción ampliados que ya tenía listos en 1970. En 1983 ese trabajo fue publicado por Siglo Veintiuno Editores como El desarrollo tardío del capitalismo, en un sentido diferente al señalado por un autor trotskista, Ernest Mandel, para quien el capitalismo tardío era el contemporáneo, en decadencia. Para mí significaba simplemente el haber llegado tarde al desarrollo capitalista. En este trabajo hay una sistematización de todo lo que había pensado sobre los debates del desarrollo capitalista, el desarrollo agrícola y la historia económica; sobre cuándo podría haber crisis del desarrollo y si eran permanentes o cíclicas.

Mientras el debate teórico se mantuvo cercano a la política hubo una audiencia de miles de jóvenes que se tornaron en ávidos lectores e intelectuales en los años setenta, dentro de una polarización muy fuerte. En la medida en que fui dando más argumentos teóricos, filosóficos y haciendo más compleja la formalización matemática de los esquemas de reproducción, que no iba más allá del álgebra, fui perdiendo audiencia. Experimenté lo que llaman “la soledad del corredor de larga distancia”, cuando no hay espectadores a la redonda. Al libro se le hicieron algunas críticas en América Latina, pero en lo interno hubo pocas reacciones, porque el sistema académico era atrasado y el nivel de debate bajo, estaban ideologizados y ya en un terreno de mayor complejidad teórica no existían interlocutores. Recordaba que cuando saqué la crítica a Mario Arrubla cayó como una bomba, en medio del álgido debate ideológico, y el público la devoraba. Pero cuando hice una elaboración más detallada y analítica, ahí se acabó la posibilidad de avanzar en el debate.

Tuve la experiencia de que en Europa estaba muy en boga la teoría de la dependencia, lo que me hizo sentir aislado, porque el grupo que la sostenía en Sussex se sentía misionero y se creía dotado de la verdad sobre el subdesarrollo del Tercer Mundo. Encontré sin embargo gente interesante en Inglaterra con posiciones similares a las mías, como Bill Warren, algunos otros de la revista New Left Review que no compraban la teoría de la dependencia por lo simple que era, también porque era poco marxista, y nos entendimos bien en el debate; pero ellos eran una minoría.

No hemos podido desarrollar muchos grupos de debate en la vida académica colombiana, aunque su formación es posible en la Universidad Nacional, donde los profesores tienen pocas opciones de trascendencia y hacen estudios en los propios postgrados de la Universidad, como fuera el grupo de matemáticos y físicos que se congregó en la maestría de filosofía en los años ochenta (Mockus, Charum, Chaparro, Granés), algo que por lo endógeno representa un riesgo moral: los profesores son estudiantes de sus colegas. En 1987 armamos un grupo de estudiantes de la maestría con Fernando Tenjo, donde estudiamos autores postkeynesianos como Hyman Minsky, Alfred Eichner, Paul Davidson y Victoria Chick, entre otros. Ese grupo de debates sirvió para introducirme más en temas de teoría monetaria y macroeconomía, quizás me preparó un poco para entrar al Banco de la República, pero de ahí no salió tampoco un trabajo grande e importante (sólo un ensayo con Fernando Tenjo sobre la crisis financiera de 1985 en una perspectiva de Hyman Mynski) que fue pionero en aplicar la teoría de la inestabilidad financiera en Colombia. Escribí también un ensayo sobre tributación, ahorro e inversión, basado en premisas poskeynesianas. El seminario, sin embargo, fue fundamental para el grupo de estudiantes de la maestría que participó en él (como Jorge Armando Rodríguez y Mario Aranguren, entre otros). Otro seminario interesante fue el organizado por Rubén Sierra y Lisímaco Parra con profesores de varias disciplinas e investigadores que contribuyó a desarrollar la historia de las ideas, la ciencia y la caricatura durante los siglos XIX y XX en Colombia

El libro de Historia de Colombia Grado 9 lo escribí con Sylvia Duzán en 1986 y fue una propuesta que me hiciera Samuel Díaz, en ese entonces de Editorial El Cid, para llevar al bachillerato una versión simplificada de Economía y nación. Los historiadores tendían a sacarle el cuerpo a la aplicación elemental de sus trabajos y yo lo entendí como un desafío interesante y además rentable. Al día de hoy no conozco su impacto y resultados pedagógicos. Me he encontrado jóvenes que me dicen que les ayudó a entender al país y les despertó la curiosidad por la historia. Pero no estoy seguro de si fue muy complejo para los maestros: nunca hice la experiencia de tener un grupo de jóvenes de 15 años que lo estudiara para recibir su retroalimentación. Después, el ministerio cambió el programa de ciencias sociales en bachillerato dividiéndolo por etapas históricas, así que el texto fue desmembrado por grados y quedó hecho un mazacote. En 2010 terminé editando con un grupo de jóvenes historiadores económicos Breve historia económica de Colombia, interpretada desde un enfoque institucional, que ha tenido un ámbito amplio de circulación, incluyendo estudiantes de bachillerato, y que cuenta con una edición digital gratuita en la página de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Cuando apareció el texto escolar mencionado, se produjo una intensa controversia. La Academia de Historia dictaminó que no debía ser utilizado en los colegios, según una vieja atribución que tenía de velar por los contenidos de los textos de historia en el sistema educativo. El Siglo editorializó en el sentido de que una persona con sangre judía, apátrida por definición, no podía escribir la historia patria de Colombia. Yo repliqué que no había escrito una historia para exaltar a mártires y patriotas sino una historia económica, lo más objetiva posible. Lo cierto es que la publicidad propulsó las ventas y el libro fue conocido por más maestros, que lo adoptaron como texto para sus cursos. También escribí un par de ensayos sobre la nueva y la vieja historia, que aparecieron en “Lecturas Dominicales” de El Espectador, donde hacía el balance historiográfico de la academia y el de lo que se conoció como “la nueva historia” (Jaramillo, 1976).

La encrucijada de la sinrazón apareció en 1989; recopilaba artículos periodísticos, publicados en revistas literarias, sobre temas más coyunturales. Hacía unas reflexiones sobre la economía de la violencia que hoy me parecen exageradas, sugiriendo que la política económica causaba violencia, sin entender que la violencia era un proceso más político, que poco tiene que ver con medidas económicas, y más porque la oposición armada surge cuando las formas de oposición legal se perciben como cerradas o el Estado no ejerce el monopolio de la coacción. La violencia de los cincuenta era del gobierno conservador y de muchos grupos privados que la ejercían, buscando excluir a los liberales del poder, mientras que el M-19 se formó porque las elecciones del 19 de abril de 1970 fueron consideradas por ellos un fraude. La violencia no surgió precisamente por las políticas del gobierno en torno a salarios o impuestos, sino por el hecho de que la oposición no pudiera hacer política sin sufrir trampas o exponerse a la muerte.

Tenía un entusiasmo de tiempo atrás por el cantante Bob Dylan, quien fuera el profeta de los sesenta en Estados Unidos, cuando estuvo muy inclinado a la política. Él tenía una visión desolada del modo de vida norteamericano y expresó el rechazo de la juventud a ir a pelear y morir en Vietnam. Dylan comenzó dentro de una corriente folclórica, pero se pasó al rock. Los del “Magazín Dominical” de El Espectador me habían pedido un artículo sobre el tema, así que me puse a escuchar mi discografía y escribí un artículo sobre el rock colombiano y sus problemas. Eso también surgió de mi relación con Sylvia Duzán, quien era una rockera entusiasta, la que me revitalizó pues empecé a desarrollar actividades por fuera de la economía, como escribir de música o hacer textos para jóvenes de 15 años.

También escribí algo sobre Antonio García, en que lo relacionaba con los organicistas alemanes, List y Schmoller, quienes le dieron bases teóricas al proteccionismo.Un muy buen amigo psiquiatra, Simón Brainsky, me invitó a la sociedad de psicoanálisis para que disertara sobre Keynes y sus supuestos psicológicos. En el círculo de Blumsbery, John Strachey estaba traduciendo las obras completas de Sigmund Freud, y los manuscritos eran leídos por Keynes. Este acogió varias de las categorías freudianas, desligándose de la psicología hedonista que dominaba la profesión en ese entonces e introduciendo conceptos como “espíritus animales” o estados de ánimo de euforia especulativa seguidos por depresiones psicológicas que acompañaban las recesiones económicas. Brainsky murió en 2005 y todavía me hace mucha falta.

Sobre la escritura

Siempre tuve muchos problemas para hablar: hacía largas pausas, silencios y la gente a veces se impacientaba conmigo; de ahí creo que me viene la necesidad de escribir, de expresarme y también de perfeccionar el lenguaje. Siempre me pareció que la profesión de educador era muy agradecida pues los estudiantes lo recuerdan a uno como una figura importante en sus vidas. Trato de que ellos también escriban y lean mucho. Una de las razones por las cuales he podido tener una buena carrera es quizás la habilidad de poderme expresar claramente y hasta con cierto ritmo que facilita la lectura. A veces creo que esa comunicación es una neurosis que establece vínculos con los que tienen un problema similar.

Tuve conciencia de esa habilidad de escribir cuando llegué a Colombia, aunque tenía problemas. Una vez Mario Arrubla me dijo: “Usted estructura sus frases con la gramática inglesa”, y me señaló varios errores que cometía sistemáticamente. Entonces me pregunté: ¿cómo escribo yo?, ¿cómo me ven los demás? Comencé a tratar de absorber la literatura española, leí el Quijote, viendo cómo era la estructura de las frases, observando que estas eran mucho más largas que en la literatura anglosajona. Conservé, sin embargo, el estilo directo. Aprendí mucho del periodismo radical que hice en Estados Unidos y después en Colombia. Para que a uno lo lean, la primera frase es fundamental, debe ser contundente para atrapar al lector y es necesario hacer algo similar con el ensayo: lo que voy a plantear trato de hacerlo directamente y de forma atractiva, invitando al lector a que siga, que va a estar muy interesante.

Inconscientemente la lectura enriquece el vocabulario, da un ritmo, y solamente se puede armonizar la redacción cuando ya se ha redactado mucho. Hay que revisar el texto muchas veces y en la tercera o cuarta versión aparece la posibilidad de darle ritmo al texto, aunque a veces ello no es posible porque hay que presentar cifras; en la quinta redacción el trabajo adquiere una cadencia, se puede introducir una catarsis, un desenlace; hay herramientas de la literatura que después de escribir asiduamente se hacen más accesibles.

Para los estudiantes es importante leer y escribir mucho, no existen atajos; todo lo que se lea es bueno. Leer literatura desarrolla la mente, le presta un vocabulario sin que uno se dé cuenta, le da unas herramientas. En cuanto a los maestros, estos deberían hacerles grandes exigencias de lectura y escritura a los estudiantes. Un muchacho que pase cuatro años por una universidad y nunca haya escrito un ensayo o que lo plagie, como sucede con tanta frecuencia ahora, refleja el fracaso del sistema.

Hacia el nuevo institucionalismo

Antes de llegar al Banco de la República, entre 1990 y 1993, no hay nada: está el duelo prolongado por Sylvia, asesinada en febrero de 1990 por paramilitares, una especie de limbo, en el que no sabía si quedarme en el país o marcharme. Finalmente acepté ser decano de la Facultad, y esta me dio un propósito, la tarea de impulsar su desarrollo. En esta época sólo escribí algunos artículos sobre narcotráfico; no hay entonces un trabajo destacable, lo que refleja el duelo profundo que experimentaba.

Entré al Banco Central en 1993. Vivía muy tenso con la enorme responsabilidad constitucional de buscar la estabilidad macroeconómica, y eso me conservatizó bastante, fuera de que habían economistas neoclásicos muy buenos trabajando en investigaciones económicas o eran codirectores, lo que representó para mí un gran desafío. La nueva experiencia me permitió distinguir la teoría que tenía aplicación y la que era especulativa. Descarté entonces a varios de los postkeynesianos, excepto Minsky, que siguió siendo relevante y reaparece cada vez que se da una crisis. A Minsky lo invitamos a la Universidad Nacional y vino en 1988.

Entrar al Banco me hizo dar un viraje. Debíamos tomar decisiones sobre la base de documentos técnicos bien elaborados, conocí investigadores que han pasado por doctorados exigentes, que desarrollan al máximo las habilidades analíticas, matemáticas y estadísticas y son duchos en teoría financiera. Antes me confortaba dentro de la arrogancia izquierdista diciendo que esos investigadores eran neoclásicos y neoliberales equivocados, que no servían de mucho, pero llegué a entender que el Banco Central hace muchos trabajos que son complejos y de buena calidad. Estos profesionales se acercan a la realidad, tienen que hacer operaciones económicas y financieras, tienen que calcular las expectativas de los mercados, y si lo hacen mal se pierde mucha plata; y lo cierto es que no fallan la mayor parte de las veces.

En 1995 alguien me envió desde Cúcuta una revista venezolana en la que aparecía una entrevista de Douglass North sobre el atraso latinoamericano que captó mi atención pues señalaba el legado hispánico como su causa profunda. La lectura de North me llevó a encontrar un nuevo equilibrio ideológico, pues también él se formó en el marxismo: podía mantener lo que había hecho y darle una nueva dirección, dejar atrás parte de los planteamientos marxistas pero insistiendo en mis antiguos temas de economía política, reforma agraria, tributación, democracia y representación. Fue una revelación ya que me llevó a absorber lo que se había hecho en las ciencias sociales en los últimos años. La teoría de juegos había formalizado situaciones que no requerían de los supuestos de la competencia, al incluir agentes que tenían comportamientos estratégicos y enfrentaban a otros agentes con sus propios designios; había además críticas a los supuestos del agente racional que después amplié leyendo el trabajo de Jon Elster quien había establecido buenas relaciones con Antanas Mockus. Y había surgido una teoría de la información imperfecta, con la que Joseph Stiglitz se ganó el Nobel, que introducía temas como los de agente-principal, acción colectiva y el problema del oportunista. Los viejos institucionalistas plantearon que la conducta de las personas surge de las costumbres y los hábitos, y menos de su racionalidad individual, lo cual fue recogido por North para impulsar el nuevo institucionalismo. Ello cuestionaba a fondo también las bases de la teoría económica marxista con su fe en la racionalidad colectiva y de que la historia llevaba a la humanidad hacia el socialismo. Haber insistido en Marx y estar en un país con poco desarrollo científico me había cerrado los ojos a estas novedades importantes.

Se habían modificado profundamente los paradigmas de las ciencias sociales y había retomado importancia la teoría darwinista sobre ellas, algo que no tuvo muy en cuenta la teoría neoclásica, pero que resurgió con fuerza con el nuevo institucionalismo. La teoría de Darwin nunca fue acogida en el país, gracias al dogma católico que hizo de ella una caricatura risible, a pesar de que continúa siendo el paradigma fundamental de la biología. En las ciencias sociales modernas se piensa en los comportamientos de los agentes como basados de alguna manera en la defensa de sus territorios económicos y de sus crías, pero además está el comportamiento estratégico que puede llegar a ser oportunista. Eso genera equilibrios inestables entre los agentes y hace que algunos renieguen de sus compromisos, fenómeno que es extremadamente útil para pensar el desarrollo económico del Tercer Mundo. Ha surgido pues un nuevo institucionalismo con la teoría de la información imperfecta, de los contratos, la teoría de los costos de transacción y la integración de la economía con el derecho y con otras ciencias sociales.

En el libro Las instituciones y el desarrollo económico en Colombia recogí estas inquietudes. Los primeros dos ensayos fueron unas conferencias que dicté en la Universidad Nacional, reflexiones sobre la teoría institucional y su concepción de la historia. El banco me facilitó absorber esta nueva bibliografía institucional que apliqué, entre otras cosas, para enfrentar el desafío a su independencia por parte de la primera Corte Constitucional y de algunos presidentes; pude reflexionar sobre el sistema legal y su efecto sobre el comportamiento económico. Pero también elaboré nuevos trabajos sobre las instituciones en la historia colombiana, sobre la ausencia de liberalismo en esa historia, sobre la economía política de la fiscalidad, y no faltó un análisis del programa económico de las FARC, que fuera escrito antes de que se iniciaran las conversaciones de paz bajo la administración Pastrana y que conserva, creo yo, su frescura al día de hoy.

El artículo apareció originalmente en una pequeña publicación de coyuntura pero fue reproducido por Portafolio y después por El Tiempo de manera incompleta, lo que le quitaba coherencia y perjudicaba el empeño de presentar el programa, criticarlo, describir los riesgos morales que se desprendían de su relación con el narcotráfico y el recurso al secuestro, establecer las opciones socialistas al final del siglo XX y manifestar la prevención de que, si ganaban la guerra, cosa que yo sabía no iba a suceder, las FARC no fueran a organizar un Estado autoritario siguiendo el modelo de Corea del Norte ni se relacionaran con el resto del mundo a partir de un Estado narcocriminal como el de Myanmar. Hubo una respuesta de Voz en la que alcancé a contar 28 adjetivos sin ningún argumento, y también una de las FARC que apareció en Resistencia bajo la firma de Vladimir Plekanov, con el título de “Camaleón Kalmanovitz”; esta por lo menos discutía con argumentos el problema de la descentralización, la reforma agraria y el modelo económico. Parece ser que la respuesta fue promovida por Alfonso Cano, pero uno nunca sabe. Lo de camaleón lo respondí recurriendo al escrito de Isaías Berlín “El erizo y la zorra”, diciendo que me identificaba con la versatilidad de la zorra que no con el dogma totalizante e inamovible que representa el erizo estalinista.

El libro Ensayos sobre banca central en Colombia publicado en 2003 continúa el camino abierto por el trabajo anterior sobre las instituciones. Hay en él más aplicaciones a temas como la independencia del Banco, en lo que está muy influido por el artículo de North y Weinsgat (1996) sobre constituciones y compromisos. La independencia de la Justicia, y la del banco central, junto con la inmunidad del parlamento, son los pilares de las instituciones democrático-liberales. Esa separación de poderes no existió en la carta de 1886, asomó en las reformas de 1910, pero sí se introdujo con más énfasis en la Constitución de 1991. El ejecutivo resultó debilitado, pero todavía es notorio el poder de la Presidencia en la tradición centralista colombiana y en la práctica política. Aunque la injerencia de otros poderes está limitada y el ejecutivo no puede abusar ni de la emisión monetaria ni del crédito público, hay frecuentes incursiones de algunos congresistas y del mismo Presidente que presionan la política del Banco de la República. La Constitución fortaleció la Corte Constitucional, lo cual es positivo para limitar abusos de la presidencia y del legislativo, pero también ha limitado la independencia del banco central colombiano, interviniéndolo en los detalles de la regulación del crédito hipotecario, con un desconocimiento del mercado financiero de vivienda, que resultó algo atrofiado por sus disposiciones.

El banco central debe ser entendido como uno de los poderes que limita los posibles abusos del ejecutivo para financiar inflacionariamente sus gastos. Los economistas no lo entienden como un problema político sino como un problema de intertemporalidad: el gobierno tiende a abusar de la emisión porque sólo piensa en el corto plazo, mientras que el banquero central sí piensa en el largo plazo. Otros economistas debaten si la inflación es exclusivamente un problema de excesos monetarios. Pero el banco central está inmerso en relaciones políticas. Así, las hiperinflaciones latinoamericanas han sido resultado del financiamiento de los déficits fiscales, detrás del cual está el conflicto entre industriales, exportadores y trabajadores. En la colección tengo un artículo sobre el Banco Nacional entre 1880 a 1900 que fue un banco muy abusivo, muy opuesto al sentido democrático liberal, que es ser banco de bancos, responder frente a una crisis financiera (ser prestamista de última instancia) o proveer una liquidez adecuada a la economía. El invento de Miguel Antonio Caro fue para financiar al gobierno y sus guerras contra los liberales, depredar los ingresos de los ciudadanos y destruir a la burguesía financiera liberal. Sin embargo, algunos consideran a Caro como un antecesor de Keynes, miembro activo del partido liberal inglés, y otros liberales colombianos justifican su intervencionismo tan abusivo.

Los dos libros fueron editados por Moisés Melo que trabajaba ahora para Editorial Norma. Él me había ofrecido un contrato de trabajo en 1969 cuando estaba en Nueva York para venir a trabajar con la Editorial la Oveja Negra, de la cual salimos cuando se la tomaron los maoístas. Treinta años más tarde tuvimos la satisfacción de trabajar juntos de nuevo.

Reflexiones políticas

A veces la gente me pregunta por qué he cambiado tanto y me acusan de mostrar una evolución incoherente del marxismo al liberalismo y al nuevo institucionalismo. Pero hay autores que incluyen a Marx dentro de la gran rama del liberalismo político. Hay ciertos temas en los que he mantenido una posición consistente en más de 45 años de vida pública: sobre la propiedad agraria en el país y el sistema tributario; mantengo la voluntad de hacer avanzar la democracia. Antes se trataba de hacerlo de manera revolucionaria y despótica, ahora se trata de lograrlo en forma consensuada. Sigo pensando que la democracia que tenemos es limitada, muy precaria, basada en un sistema de grandes apropiaciones individuales de tierras públicas que fueron injustas y generaron muchas ineficiencias económicas, que se reflejan en un Estado pequeño, donde la política cabalga sobre el clientelismo: no existe un servicio civil profesional ni un servicio diplomático que pueda avanzar los intereses del país. El narcotráfico ha ampliado y empoderado a la clase terrateniente y ha logrado una representación política desmesurada que amenaza frecuentemente la democracia. Esas ideas que antes estaban en un esquema radical continúan, pero dentro de una estructura más abierta. Entonces, me encuentro tratando de construir una política sobre bases democráticas, financiada por una tributación más alta que permita la igualación de oportunidades.

En la Universidad Nacional tuve un encuentro con Antanas Mockus en 1987, cuando él era vicerrector académico y me integró a un comité asesor, en donde participaban, entre otros, Rubén Jaramillo, José Granés, Guillermo Páramo y José Luis Villaveces. Las discusiones fueron sobre la relación universidad y mercado, universidad y sociedad. Habíamos tenido la experiencia en la Facultad, con la decanatura de Juan José Echavarría y el montaje del Centro de Investigaciones para el Desarrollo, de la cual se derivaba que había que tener una relación con el mercado, porque el mercado expresaba mal que bien necesidades sociales. Los centros de investigación, las consultorías, los cursos de educación continuada, los postgrados eran servicios a la comunidad que le reportaban ingresos a las facultades. Eso era muy mal visto en la Universidad donde el auto-financiamiento era acusado de neoliberal y se afirmaba que había que luchar hasta la muerte por el presupuesto público. Se comenzó a cuestionar entonces esa visión del mercado como una perversión y de la universidad aislada de su entorno social, pero en realidad ordeñando el presupuesto. Se trataba de una relación malsana con la sociedad, que pagaba los impuestos que nos sostenían, pero nos rehusábamos a retornarle servicios tecnológicos y científicos. Habían profesores bastante malos que incluso abusaban de los estudiantes y el poder sindical impedía que se les despidiera o destituyera dilapidando recursos públicos. ¿Qué tal que el mercado emitiera buenas señales? Dábamos el ejemplo de los grupos de feministas que hacían publicaciones, conferencias y seminarios, cobraban y se les inscribían muchas mujeres. Concluimos que había un mercado para unas ideologías feministas que era progresivo socialmente, por contribuir a la igualdad de oportunidades. ¿Por qué se dice que el mercado es siempre malo? Se trataba de una equivocación elemental.

Las reformas con Antanas de rector se orientaron a fortalecer la universidad con base en sus propios ingresos, ya fuera por investigación o consultoría, haciendo que los estudiantes de clase media pagaran matrículas acordes con sus ingresos. Al contrario de lo que predecían los radicales, el gobierno le entregó más plata a la institución cuando entendió que ella complementaba el presupuesto público de manera importante y le prestaba más servicios útiles a la sociedad, aunque después siguió la tendencia a pauperizarla, a lo que ayudan los profesores radicales y los encapuchados. Antanas pretendió debilitar el centralismo que caracterizaba a la Universidad Nacional, entregándoles más iniciativas a las facultades y departamentos. Hubo a partir de entonces un florecimiento, por lo menos presupuestal, de la Universidad Nacional, que pudo dotarse de equipos, revivir sus bibliotecas, mientras que el gobierno financió la construcción de nuevos edificios. Las reformas mencionadas fueran autosostenibles, en el sentido de que administraciones de izquierda que vinieron después entendieron que su fortaleza y aceptación dependían de seguir impulsándolo, aunque siguieron denunciando el ogro neoliberal. Más recientemente, las cosas han cambiado para mal y las universidades públicas han entrado en una fase de recortes presupuestales por gobiernos conservadores que amenaza su calidad, mientras que en su interior hay parálisis y no existe ninguna iniciativa que le presta una orientación de desarrollo de largo plazo.

Cuando Antanas Mockus llegó a la Alcaldía tenía en su equipo a varios del grupo asesor, y puso a Fabio Chaparro, profesor de Física de la Universidad Nacional, a cargo de la Empresa de Energía. Él fue una de las personas con quienes compartí las lecturas de North, que creo le ayudaron a concebir un esquema original de capitalización para la empresa, que le reportó a Bogotá una nueva capacidad de inversión equivalente a US$2.500 millones. Pero a diferencia de las privatizaciones a ultranza, la mitad de la empresa es todavía del Distrito, aportándo

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