Viento y ceniza

Diana Gabaldon

Fragmento

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Contenido

Portada

Dedicatoria

Contenido

Prólogo

PRIMERA PARTE. Rumores de guerra

1. Una conversación interrumpida

2. La cabaña holandesa

3. Mantén cerca a tus amigos

4. La serpiente en el edén

5. Las sombras que proyecta el fuego

6. Emboscada

7. James Fraser, agente indio

SEGUNDA PARTE. Sombras crecientes

8. Víctima de una masacre

9. El umbral de la guerra

10. El deber llama

11. Cuestiones de sangre

12. Otros misterios de la ciencia

13. Manos seguras

14. El pueblo de Pájaro de Nieve

15. Stakit to droon

TERCERA PARTE. Hay un momento para todo

16. Le mot juste

17. Los límites del poder

18. ¡Bruum!

19. Segar la mies

20. Regalos peligrosos

21. ¡Ignición!

22. Encantamiento

23. Anestesia

24. Sin tocar

25. Cenizas en el aire

CUARTA PARTE. Secuestro

26. Con un ojo en el futuro

27. El cobertizo de malteado

28. Maldiciones

29. Perfectamente

30. El cautivo

31. A la cama

32. Ahorcarlo sería demasiado bueno para él

33. Intervención de laseñora Bug

34. Las pruebas del caso

QUINTA PARTE. Grandes desesperanzas

35. Laminaria

36. Lobos de invierno

37. Le maître des champignons

38. Un demonio en la leche

39. Yo soy la resurrección

SEXTA PARTE. En la montaña

40. Primavera de aves

41. El armero

42. Ensayo con vestuario

43. Personas desplazadas

44. Scotchee

45. Una mancha en la sangre

46. Donde las cosas se tuercen

47. Abejas y varas

48. Orejas de Judas

49. El veneno del viento del norte

50. Bordes afilados

51. La vocación

52. El pastor de la comunidad

SÉPTIMA PARTE. Rodar cuesta abajo

53. Principios

54. La barbacoa de Flora MacDonald

55. Wendigo

56. Brea y plumas

57. El regreso del ministro

OCTAVA PARTE. La vocación

58. Amaos los unos a los otros

59. Bobby va de cortejo

60. El jinete pálido cabalga

61. Una fétida pestilencia

62. Ameba

63. El momento de la decisión

64. Yo soy la resurrección. Segunda parte

65. Momento de declaración

66. La oscuridad se cierne

67. El que ríe último...

NOVENA PARTE. Los huesos del tiempo

68. Salvajes

69. Una estampida de castores

70. Emily

71. Morcilla

72. Traiciones

73. Jugar a dos bandas

74. Tan romántico

75. Piojos

DÉCIMA PARTE. ¿Dónde está Perry Mason cuando se lo necesita

76. Correspondencia peligrosa

77. El 18 de abril

78. La hermandad universal de los hombres

79. Alarmas

80. El mundo al revés

81. El beneficio de la duda

82. No es el fin del mundo

83. Declaraciones

84. Entre las lechugas

85. La novia robada

86. Prioridades

87. «La justicia es mía», dijo el Señor

88. Tras el escándalo

89. Huida a la luz de la luna

90. Cuarenta y seis habichuelas a mi favor

91. Un plan razonablemente ingenioso

92. Amanuense

93. Me hago pasar por una dama

94. Fuga

95. El Cruizer

96. Pólvora, traición y complot

97. Por alguien que sí que es digno

DECIMOPRIMERA PARTE. El día de la venganza

98. Mantener un espíritu a raya

99. El antiguo amo

100. Un viaje a la costa

101. Guardia nocturna

102. Anemone

103. Formular la pregunta

104. Durmiendo con un tiburón

105. El hijo pródigo

106. Cita

107. La luna nueva

108. Muy alta

109. Todas las noticias que merecen ser publicadas

110. El olor de la luz

111. Veintiuno de enero

112. El violador de juramentos

113. Los fantasmas de Culloden

DECIMOSEGUNDA PARTE. El tiempo no será nuestro para siempre

114. Amanda

115. Hurgándose la nariz

116. El noveno conde de Ellesmere

117. Seguramente me acompañarán la justicia y la misericordia

118. Arrepentimiento

119. Resistirse a partir

120. Aunque sólo sea por mí

121. Al otro lado del abismo

122. El guardián

123. El regreso del nativo

124. Propiedad del rey

Epílogo I. Lallybroch

Epílogo II. El diablo está en los detalles

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

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Prólogo

El tiempo es una de las muchas cosas que la gente atribuye a Dios. Siempre está ahí, preexistente, y no tiene final. Existe la noción de que es todopoderoso, puesto que nada puede oponerse a él, ¿no es cierto? Ni montañas, ni ejércitos.

Y el tiempo, desde luego, lo cura todo. Con tiempo suficiente, todo se resuelve: todos los dolores se engloban, todas las adversidades desaparecen, todas las pérdidas se clasifican.

Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Recuérdalo: polvo eres y en polvo te convertirás.

Y si el tiempo se parece en algo a Dios, supongo que la memoria debe de ser el diablo.

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PRIMERA PARTE

Rumores de guerra

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1
Una conversación interrumpida

El perro fue el primero en percatarse de su presencia. A pesar de la oscuridad, Ian Murray sintió, más que vio, que la cabeza de Rollo se alzaba de repente cerca de su muslo, con las orejas erguidas. Puso una mano sobre el cuello del perro y sintió que los pelos de esa zona se erizaban en una señal de advertencia.

Había tanta sintonía entre ambos que Ian ni siquiera pensó conscientemente «Hombres», sino que llevó la otra mano al cuchillo y permaneció inmóvil, respirando. Escuchando.

El bosque estaba en silencio. Aún faltaban varias horas para el amanecer y el ambiente era tan solemne como el de una iglesia; una bruma densa similar a la del incienso se elevaba poco a poco del suelo. Ian se había tumbado para descansar en el tronco caído de un gigantesco tulípero, puesto que prefería las cosquillas de las cochinillas a que la humedad se filtrara entre sus ropas. Su mano seguía sobre el cuello del perro, esperando.

Rollo gruñía con un ronquido grave y constante que Ian apenas podía oír, pero que percibía con facilidad, como una vibración que ascendía por su brazo y despertaba cada nervio de su cuerpo. No se había quedado dormido —ya casi nunca dormía por la noche—, sino que había permanecido inmóvil, mirando la bóveda celeste, absorto en su habitual discusión con Dios. La quietud había desaparecido con el movimiento de Rollo. Se sentó lentamente, con las piernas colgando a un lado del tronco semipodrido, con el corazón latiéndole cada vez más deprisa.

La inquietud de Rollo no se había disipado, pero su cabeza giró, siguiendo algo invisible. Era una noche sin luna; Ian alcanzaba a ver las débiles siluetas de los árboles y las sombras inquietas de la noche, pero nada más.

Entonces los oyó. Eran sonidos de pasos. Estaban aún a bastante distancia, pero se acercaban cada vez más. Se puso en pie y entró poco a poco en un charco oscuro debajo de un abeto balsámico. Chasqueó la lengua; Rollo dejó de gruñir y lo siguió, silencioso como el lobo que había sido su padre.

El lugar de reposo de Ian daba a un sendero de venados. Los hombres que iban tres él no estaban cazando.

Hombres blancos. Eso sí que era extraño, incluso más que extraño. No podía verlos, pero no era necesario; el ruido que hacían era inconfundible. Los indios, cuando se desplazaban, no eran silenciosos, y muchos de los escoceses de las Highlands con los que vivía podían moverse como fantasmas en el bosque. Pero Ian no tenía ninguna duda: se trataba de metal. Oía el tintineo de arreos, el choque de botones y hebillas, y cañones de escopetas.

Muchos. Tan cerca que ya empezaba a olerlos. Se inclinó un poco hacia delante, con los ojos cerrados, para olfatear lo mejor que pudiera y obtener pistas.

Llevaban pieles; le llegó el olor a pelo frío y sangre seca que probablemente había despertado a Rollo, pero casi con seguridad no eran tramperos. Eran demasiados. Los tramperos viajaban solos o, como mucho, de dos en dos.

Hombres pobres y sucios. No eran tramperos y tampoco cazadores. Era fácil conseguir presas en esa época del año, pero ellos olían a hambre. Y al sudor de la mala bebida.

Ya estaban cerca, tal vez a unos tres metros del lugar en el que él se encontraba. Rollo soltó un leve bufido y, una vez más, Ian le cerró el hocico con la mano, pero los hombres hacían demasiado ruido como para oírlo. Contó las pisadas, el ruido de las cantimploras y las cajas de balas, los gemidos causados por los pies heridos y los suspiros de fatiga.

Veintitrés hombres, calculó, y había una mula con ellos... no, dos; oyó el crujido de alforjas cargadas y una respiración pesada y afligida, como la de las mulas.

Los hombres jamás habrían advertido su presencia, pero algún movimiento del aire llevó el olor de Rollo hasta las mulas. Un rebuzno ensordecedor rasgó la oscuridad y el bosque a su alrededor estalló con el ruido de golpes y gritos de alarma. Ian ya estaba corriendo cuando oyó disparos detrás de él.

—A Dhia! —Algo lo golpeó en la cabeza y cayó hacia delante. ¿Lo habían matado?

No. Rollo, alterado, le introducía el hocico húmedo en la oreja. La cabeza le zumbaba como una colmena y veía brillantes relámpagos de luz delante de los ojos.

—¡Corre! Ruith! —jadeó, empujando al perro—. ¡Huye! ¡Vete!

El animal vaciló, gimiendo desde lo más profundo de su garganta. Ian no podía ver, pero sintió que el gran cuerpo lo embestía, giraba y volvía a girar, indeciso.

—Ruith! —Se apoyó sobre las manos y las rodillas, urgiéndolo a que se marchara, y Rollo, por fin, obedeció y corrió como lo habían entrenado.

No tenía tiempo de correr él también, incluso aunque hubiera podido incorporarse. Cayó boca abajo, hundió las manos y los pies en el mantillo y se agitó como un poseso, enterrándose cada vez más.

Un pie se clavó entre sus omóplatos, pero el jadeo que le provocó quedó amortiguado por las hojas mojadas. No importaba; hacían demasiado ruido. Fuera quien fuese el que le había pisado, no se había dado cuenta. Lo había golpeado de refilón al pasar sobre él presa del pánico, sin duda pensando que se trataba de un tronco podrido.

Los disparos cesaron. Los gritos no, pero Ian no podía entenderlos. Sabía que estaba tumbado boca abajo, con las mejillas frías por la humedad y el hedor de hojas muertas en la nariz, pero se sentía como si estuviera muy borracho, con el mundo girando poco a poco a su alrededor. La cabeza no le dolía demasiado, más allá del primer estallido que había sentido, pero parecía que no podía levantarla.

Se le ocurrió la idea de que, si moría allí, nadie se enteraría. Su madre se preocuparía, pensó, al no saber qué había sido de él.

Los ruidos se hicieron más débiles, más ordenados. Alguien seguía gritando; parecía que daba órdenes. Se marchaban. Entonces se le ocurrió vagamente que podría llamar su atención. Si sabían que era blanco, tal vez lo ayudarían. O tal vez no.

Permaneció inmóvil. O se estaba muriendo, o no. Si iba a morir, no podrían ayudarlo. Si no, su ayuda no sería necesaria.

«Bueno, es justo lo que he pedido, ¿no? —pensó, reanudando su conversación con Dios, tranquilo como si aún siguiera tumbado sobre el tronco del tulípero, con la mirada fija en las profundidades del cielo que se cernía sobre él—. Una señal, he dicho. Pero no esperaba que respondieras tan pronto.»

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2
La cabaña holandesa

Marzo de 1773

Nadie sabía que había una cabaña allí, hasta que Kenny Lindsay, cuando ascendía por el barranco, vio las llamas.

—No la habría visto —dijo, tal vez por sexta vez— si no hubiera sido porque estaba oscureciendo. Si hubiera sido de día, nunca me habría dado cuenta de que estaba allí, nunca. —Se pasó una mano temblorosa por la cara, incapaz de apartar la vista de la hilera de cadáveres que yacían al borde del bosque—. ¿Fueron los salvajes, Mac Dubh? No les han arrancado la cabellera, pero es posible que...

—No. —Jamie volvió a colocar con delicadeza el pañuelo manchado de hollín sobre la cara azulada y de ojos abiertos de una niña pequeña—. Ninguno de ellos está herido. Seguramente te diste cuenta de ello cuando los sacaste de allí, ¿verdad?

Lindsay sacudió la cabeza con los ojos cerrados, y se estremeció con violencia. Eran las últimas horas de la tarde de un día fresco de primavera, pero todos los hombres estaban sudando.

—No miré —dijo simplemente.

Mis propias manos estaban como el hielo, entumecidas e insensibles igual que la piel gomosa de la mujer sin vida que estaba examinando. Llevaban muertos más de un día; el rigor mortis ya había pasado, dejándolos flácidos y helados, pero el tiempo frío de la primavera en la montaña los había protegido, por el momento, de las humillaciones más brutales de la putrefacción.

Traté de que mi respiración no fuera muy profunda; el aire traía el olor amargo de algo quemado. Cada cierto tiempo se elevaban volutas de humo de las ruinas calcinadas de la diminuta cabaña. De reojo vi que Roger pateaba un tronco cercano, luego se agachaba y cogía algo del suelo.

Kenny había llamado a nuestra puerta bastante antes del amanecer y nos había sacado de nuestras tibias camas. Habíamos acudido a toda prisa, incluso sabiendo que ya era demasiado tarde para prestarles ayuda. También habían venido algunos de los arrendatarios de las granjas del Cerro de Fraser. Evan, el hermano de Kenny, estaba junto a Fergus y Ronnie Sinclair en un pequeño grupo bajo los árboles, hablando en gaélico y en voz baja.

—¿Sabes qué les ha ocurrido, Sassenach? —Jamie, con gesto de preocupación, se agachó a mi lado—. Me refiero a los que están debajo de los árboles. —Hizo un gesto hacia el cadáver frente a mí—. Ya me he dado cuenta de qué fue lo que mató a esa pobre mujer.

El viento agitó las largas faldas de la mujer y las levantó, dejando al descubierto unos pies largos y delgados, calzados con zuecos de cuero. A los lados yacían un par de manos también largas e inmóviles. Había sido alta, aunque no tanto como Brianna, pensé, y busqué de manera automática el cabello brillante de mi hija, que se balanceaba entre las ramas al otro extremo del claro.

Yo había levantado el delantal de la mujer para cubrirle la cabeza y la parte superior del cuerpo. Tenía las manos rojas, con los nudillos endurecidos por el trabajo y callos en las palmas, pero por la firmeza de los muslos y la delgadez de su cuerpo, deduje que no tendría más de treinta años, tal vez muchos menos. Era difícil saber si había sido bonita.

Negué con la cabeza a modo de respuesta.

—No creo que muriera a causa del fuego —intervine—. Mira, las piernas y los pies están intactos. Debió de caer sobre la chimenea. Su pelo ardió y el fuego prendió los hombros de su vestido. Quizá estaba lo bastante cerca de la pared o la campana de la chimenea como para que las llamas la alcanzaran. Prendió y luego las llamas se extendieron por toda la casa.

Jamie asintió con tranquilidad, con la mirada fija sobre el cuerpo de la mujer.

—Sí, tiene sentido. Pero ¿qué fue lo que los mató, Sassenach? Los otros están algo chamuscados, aunque ninguno tan quemado como ella. Debieron de morir antes de que la cabaña se incendiara, puesto que ninguno intentó escapar. ¿Alguna enfermedad mortal, tal vez?

—No lo creo. Déjame volver a examinar a los demás.

Caminé poco a poco hacia la hilera de cuerpos inmóviles cuyos rostros estaban cubiertos por una tela, y me agaché sobre cada uno de ellos para volver a mirar debajo de sus improvisadas mortajas. En esa época había bastantes enfermedades que podían matar rápidamente; sin antibióticos y sin ninguna forma de administrar los líquidos, salvo por la boca o el recto, una simple diarrea podía matar en un intervalo de veinticuatro horas.

Veía casos así con suficiente frecuencia como para reconocerlos con facilidad; a todos los médicos les sucede, y yo llevaba más de veinte años en esa profesión. En ese siglo, de vez en cuando, encontraba casos a los que jamás había tenido que enfrentarme en el mío, como enfermedades parasitarias bastante horribles, transmitidas desde los trópicos a través del comercio de esclavos. Pero estaba segura de que no era ningún parásito lo que había acabado con la vida de aquellas pobres almas, y tampoco ninguna patología que yo conociera dejaba aquellas señales en sus víctimas.

Todos los cuerpos —la mujer quemada, otra mujer mucho mayor y tres niños— habían sido hallados en el interior de la casa en llamas. Kenny los había sacado, justo antes de que el tejado se hundiera, y luego había cabalgado en busca de ayuda. Al parecer, todos estaban muertos antes de que el fuego empezara; todos muertos casi al mismo tiempo. Entonces, seguramente, el fuego se habría iniciado poco después de que la mujer cayera muerta sobre la chimenea.

Las víctimas estaban ubicadas con cuidado bajo las ramas de una gigantesca pícea roja, mientras los hombres comenzaban a cavar una tumba cerca de allí. Brianna permanecía de pie junto a la niña más pequeña, con la cabeza inclinada. Me acerqué a arrodillarme al lado del cuerpecillo, y ella se arrodilló conmigo, al otro lado del cadáver.

—¿Qué ha sido? —preguntó en voz baja—. ¿Veneno?

Levanté la vista y la miré sorprendida.

—Creo que sí. ¿Qué te ha hecho pensar eso?

Ella señaló con un gesto el rostro teñido de azul. Había tratado de cerrarle los ojos, pero abultaban demasiado debajo de los párpados, lo que confería a la pequeña una mirada de horror y alarma. Los rasgos diminutos, aún no formados, estaban retorcidos en un rictus de agonía, y había restos de vómito en las comisuras de los labios.

—El manual de las girl scouts —respondió Brianna. Miró de reojo a los hombres, pero no había nadie lo bastante cerca como para escucharla. Hizo una mueca y apartó la vista del cuerpo, extendiendo una mano abierta—. «Nunca comas una seta que no conozcas» —citó—. «Hay muchas clases que son venenosas, pero sólo los expertos pueden distinguirlas.» Roger encontró éstas, que crecían en forma de anillo junto a aquel tronco.

Sombreros húmedos y carnosos, de color beige con manchas blancas como verrugas, laminillas abiertas y tallos finos tan claros que parecían casi fosforescentes a la sombra del abeto. Tenían un aspecto agradable y terroso que ocultaba sus mortíferos efectos.

—Setas pantera —anuncié como para mí misma, y cogí una de su palma con cuidado—. Agaricus pantherinus... O así es como se las llamará en el futuro, una vez que alguien se disponga a bautizarlas correctamente. Pantherinus, porque matan con mucha rapidez, como el ataque de un felino.

Vi que la piel del antebrazo de Brianna se erizaba, levantando su vello suave y dorado. Inclinó la cabeza y dejó caer al suelo el resto de aquellas setas mortales.

—¿Quién en su sano juicio comería setas venenosas? —preguntó, limpiándose la mano en la falda con un repentino estremecimiento.

—Personas que no sabían que lo eran. Personas que es posible que tuvieran hambre —respondí en voz baja.

Cogí la mano de la niñita muerta y seguí con los dedos los delicados huesos de su antebrazo. El pequeño vientre mostraba señales de hinchazón, aunque no podía decir si se debía a la desnutrición o se habían producido post mortem, pero la clavícula era afilada como la hoja de una hoz. Todos los cuerpos eran delgados, aunque no llegaban a ser escuálidos.

Levanté la mirada hacia la sombra azulada y oscura de la ladera que se encontraba sobre la cabaña. Todavía no había llegado la temporada de recolección, pero había comida en abundancia en el bosque para aquellos que podían reconocerla.

Jamie se acercó y se arrodilló a mi lado, posando con suavidad una mano grande en mi espalda. A pesar del frío que hacía, un chorro de sudor le corría por el cuello, y su tupido pelo cobrizo se había oscurecido a la altura de las sienes.

—La tumba está lista —dijo en voz baja, como si temiera asustar a la niña—. ¿Eso fue lo que mató a la chiquilla? —Señaló los hongos esparcidos.

—Creo que sí... y también a todos los demás. ¿Has echado un vistazo por los alrededores? ¿Alguien sabe quiénes son?

Jamie sacudió la cabeza.

—No son ingleses, la vestimenta no concuerda. Si fueran alemanes, seguramente se habrían dirigido a Salem, porque esas personas suelen moverse en clanes y no suelen establecerse de manera aislada. Es posible que éstos fueran holandeses. —Señaló con un gesto los zuecos de madera tallada de los pies de la anciana, agrietados y manchados por el uso—. No queda ningún libro ni otros papeles, si es que los hubo alguna vez. Nada que pueda indicarnos sus nombres. Pero...

—No llevaban mucho tiempo aquí. —Una voz grave y quebrada hizo que levantara la mirada. Había llegado Roger, que se acuclilló junto a Brianna, señalando con la cabeza los restos humeantes de la cabaña. Habían trazado una pequeña huerta en la tierra, pero las pocas plantas que asomaban no eran más que brotes, hojas tiernas y endebles, ennegrecidas por las últimas heladas. No había cobertizos, ninguna señal de ganado, mulas o cerdos.

—Nuevos emigrantes —comentó Roger en voz baja—. Ningún sirviente. Esta familia no estaba acostumbrada a trabajar al aire libre; en las manos de la mujer hay ampollas y cicatrices recientes. —Inconscientemente, se frotó la rodilla, cubierta por un pantalón de confección casera. Sus palmas ya tenían tantos callos como las de Jamie, aunque en otra época había sido un académico de piel suave, y recordaba el dolor que le había causado su propia adaptación.

—Me pregunto si habrán dejado familiares... en Europa —murmuró Brianna. Apartó el pelo rubio de la frente de la niñita y volvió a cubrirle la cara con el pañuelo. Vi que su garganta se movía cuando tragaba saliva—. Jamás sabrán qué les ocurrió.

—No. —Jamie se incorporó de forma abrupta—. Dicen que Dios protege a los necios, pero creo que hasta el Todopoderoso pierde la paciencia de vez en cuando. —Se apartó, haciendo gestos en dirección a Lindsay y a Sinclair.

—Buscad al hombre —le dijo a Lindsay. Todas las cabezas se alzaron para mirarlo.

—¿El hombre? —preguntó Roger, y volvió con brusquedad la mirada hacia los restos chamuscados de la cabaña. Entonces se dio cuenta—. Claro... ¿Quién les construyó esa casa?

—Podrían haberlo hecho las mujeres —señaló Bree, alzando la barbilla.

—Tú, sí —respondió él, torciendo un poco la boca mientras miraba de soslayo a su esposa. Brianna se parecía a Jamie en algo más que en el color de la piel; medía más de un metro ochenta sin zapatos y tenía la fuerza de su padre en los brazos y las piernas.

—Es posible, pero no lo hicieron ellas —interrumpió Jamie. Señaló con un gesto la estructura de la cabaña, donde unos escasos muebles todavía conservaban sus frágiles formas.

Mientras yo miraba lo que él había indicado, el viento del anochecer comenzó a soplar, azotando las ruinas, y la sombra de un banco se desmoronó sin hacer ruido, convirtiéndose en ceniza, generando ráfagas de hollín y partículas carbonizadas que flotaban sobre el suelo como fantasmas.

—¿A qué te refieres? —Me puse en pie y me acerqué a él, mientras miraba la casa. No quedaba prácticamente nada en el interior, aunque el tiro de la chimenea seguía en pie y quedaban algunos pedazos serrados de pared, con los troncos caídos como palillos chinos.

—No hay nada de metal en la casa —dijo, señalando la chimenea ennegrecida, donde había los restos de un caldero roto a causa del calor y cuyo contenido se había evaporado—. Ninguna olla, salvo aquélla, que es demasiado pesada para que se la llevaran. Ninguna herramienta. Ni siquiera un cuchillo, ni un hacha... Y tú misma puedes ver que quienquiera que construyera esta cabaña debió de utilizar alguna herramienta.

Era cierto; los troncos no estaban descortezados, pero en las muescas y los extremos había claras marcas de que habían sido cortados con un hacha.

Roger frunció el ceño, levantó una larga rama de un pino y comenzó a hurgar entre las pilas de ceniza y escombros, tratando de asegurarse.

Kenny Lindsay y Sinclair no se molestaron; Jamie les había dicho que buscaran a un hombre, y de inmediato desaparecieron en el bosque, dispuestos a hacerlo. Fergus los acompañó; Evan Lindsay, su hermano Murdo y los McGillivray empezaron a reunir piedras para cubrir la tumba.

—Si había un hombre, ¿por qué las abandonó? —murmuró Brianna, apartando la mirada de su padre para dirigirla hacia la hilera de cuerpos—. ¿Es posible que esa mujer creyera que no sobrevivirían solas?

¿Y, por tanto, decidió quitarse su propia vida y la de sus hijas para evitar una larga agonía a causa del frío y el hambre?

—¿Las abandonó y se llevó todas sus herramientas? Por Dios, espero que no. —Me santigüé al pensar en ello, a pesar de que, al mismo tiempo que lo hacía, dudaba que fuera verdad—. ¿No se habrían marchado en busca de ayuda? Incluso con las niñas... Ya casi no hay nieve.

Sólo los desfiladeros más altos seguían cubiertos de nieve, y si bien los senderos y las pendientes de la montaña estaban húmedos y llenos de barro, hacía por lo menos un mes que eran transitables.

—He encontrado al hombre —anunció Roger, interrumpiendo mis pensamientos. Hablaba con una voz calmada, pero hizo una pausa para aclararse la garganta—. Justo... justo allí.

La luz comenzaba a disminuir, pero de todas formas me di cuenta de que estaba pálido. Y con razón; la silueta retorcida que había descubierto debajo de las maderas de una pared derrumbada era lo bastante aterradora como para que cualquiera sintiera la necesidad de hacer una pausa. Carbonizado hasta la negrura, con las manos levantadas en la postura de boxeador tan habitual en aquellos que fallecen quemados, era incluso difícil estar seguro de que se tratara de un hombre, aunque a mí, por lo que podía ver, me parecía que sí lo era.

Las especulaciones sobre el hallazgo de ese nuevo cuerpo se interrumpieron cuando se oyó un grito desde el borde del bosque.

—¡Los hemos encontrado, milord!

Todos dejamos de contemplar el nuevo cadáver para mirar a Fergus, que gesticulaba junto a los árboles.

«Los», claro que sí. Esta vez dos hombres. Despatarrados en el suelo a la sombra de los árboles, no juntos, pero tampoco muy separados, a escasa distancia de la casa. Y ambos, por lo que podía ver, probablemente muertos de intoxicación por las setas.

—Aquél no es holandés —dijo Sinclair, tal vez por cuarta vez, sacudiendo la cabeza cerca de un cuerpo.

—Podría serlo —señaló Fergus dubitativo. Se rascó la nariz con la punta del garfio que llevaba donde debería haber estado la mano izquierda—. De las Indias Orientales, non?

Uno de los cuerpos era el de un hombre negro. El otro era blanco, y ambos llevaban ropas indefinidas de confección casera: camisas y pantalones, pero sin abrigos, a pesar del frío. Estaban descalzos.

—No. —intervino Jamie, sacudiendo la cabeza y frotándose la mano contra sus propios pantalones de manera inconsciente, como si quisiera librarse del contacto con los muertos—. Los holandeses tienen esclavos en Barbuda, es cierto, pero éstos están mejor alimentados que la gente de la cabaña. —Levantó la barbilla hacia la hilera muda de mujeres y niños—. No vivían aquí. Además...

Vi que sus ojos se clavaban en los pies de los muertos, que estaban mugrientos a la altura de los tobillos, y muy encallecidos, pero en general estaban limpios. Las plantas de los pies del negro tenían un color rosado amarillento, sin manchas de barro ni hojas sueltas entre los dedos. Aquellos hombres no habían caminado descalzos por el bosque, eso era evidente.

—De modo que tal vez había más hombres... Cuando éstos murieron, sus compañeros les quitaron los zapatos y cualquier otra cosa de valor —añadió Fergus en un tono práctico, haciendo un gesto que iba de la cabaña chamuscada a los cuerpos—, y huyeron.

—Sí, es posible. —Jamie frunció los labios, recorriendo poco a poco el jardín con la mirada, pero el suelo estaba lleno de huellas y matojos arrancados, y la totalidad del jardín estaba cubierta de cenizas y pedacitos de madera carbonizada. Parecía como si hubiese pasado por allí una manada de hipopótamos—. Ojalá el joven Ian estuviera aquí. Él es el mejor rastreador que conozco; tal vez podría decirnos qué ocurrió. —Hizo un gesto hacia el bosque, donde habían encontrado a los hombres—. Cuántos eran y, quizá, en qué dirección se marcharon.

El propio Jamie no era un mal rastreador. Estaba anocheciendo con rapidez; incluso en el claro donde se hallaba la cabaña incendiada estaba aumentando la oscuridad, arremolinándose debajo de los árboles, arrastrándose por la tierra marchita como si se tratara de aceite.

Sus ojos se dirigieron hacia el horizonte, donde unas cintas de nubes comenzaban a teñirse de dorado y rosa a medida que el sol se ponía detrás de ellas, y sacudió la cabeza.

—Enterradlos. Luego nos iremos —decidió.

No obstante, todavía quedaba otro triste descubrimiento. El hombre achicharrado, el único de todos los muertos, no había fallecido a causa del fuego o el veneno. Cuando levantaron el cadáver carbonizado para transportarlo hasta la tumba, algo cayó del cuerpo y aterrizó con un ruido sordo y pesado sobre el suelo. Brianna lo cogió y lo limpió, frotándolo con su vestido.

—Supongo que pasaron esto por alto —dijo en un tono algo sombrío, levantándolo. Era un cuchillo, o la hoja de un cuchillo. El mango de madera se había quemado hasta desaparecer, y la hoja estaba retorcida por el calor.

Sobreponiéndome al hedor denso y agrio de la carne y la grasa quemadas, me incliné sobre el cadáver, palpando suavemente la columna vertebral. El fuego destruye muchas cosas, pero conserva otras muy extrañas. La herida triangular era muy visible, marcada por el fuego debajo de las costillas.

—Lo apuñalaron —comenté, y me limpié las manos sudorosas en mi propio vestido.

—Lo mataron —señaló Bree, mirándome a la cara—. Y luego su esposa... —Miró a la joven en el suelo, con el delantal que le cubría la cabeza—. Preparó un guiso con las setas y todos lo comieron. Los niños también.

El claro quedó en silencio, salvo por los chillidos lejanos de los pájaros de la montaña. Yo oía mi propio corazón latiendo de manera dolorosa en mi pecho. ¿Venganza, o simple desesperación?

—Sí, es posible —intervino Jamie quedamente. Se agachó para alzar un extremo del lienzo sobre el que habían colocado al hombre—. Lo llamaremos «accidente».

Depositaron al holandés y a su familia en una tumba, y a los dos desconocidos en la otra.

Al caer el sol, empezó a soplar un viento frío que hizo que el delantal se moviera de la cara de la mujer cuando la levantaron. Sinclair dejó escapar un extraño grito y casi soltó el cuerpo a causa de la impresión.

La mujer ya no tenía rostro ni cabello; su delgado cuello se estrechaba con brusquedad y se convertía en restos carbonizados. La carne de su cabeza había desaparecido por completo, dejando una calavera extrañamente diminuta, donde sus dientes sonreían con una frivolidad desconcertante.

La bajaron con rapidez a la poco profunda tumba, con sus hijos y su madre a su lado, y dejaron que Brianna y yo hiciéramos un pequeño montón de piedras sobre la sepultura, según la antigua tradición escocesa, para señalar el lugar y protegerla de las bestias salvajes. Mientras tanto, otros cavaban una última morada un poco más rudimentaria para los dos hombres descalzos.

Cuando el trabajo estuvo terminado, todos nos reunimos, con los rostros pálidos y en silencio, en torno a los flamantes montículos. Vi que Roger se colocaba cerca de Brianna, rodeándole la cintura en un gesto de protección. Un pequeño estremecimiento, que a mí me pareció que no tenía nada que ver con el frío, la recorrió de la cabeza a los pies. El hijo de ambos, Jemmy, tenía alrededor de un año menos que la niña más pequeña.

—¿Dirás algunas palabras, Mac Dubh? —Kenny Lindsay miró a Jamie con actitud de interrogación, al mismo tiempo que se colocaba la gorra de lana de modo que le protegiera las orejas del frío cada vez más intenso.

Ya casi había anochecido y nadie quería permanecer allí mucho tiempo. Tendríamos que acampar lo más lejos posible del hedor del incendio, y eso sería bastante difícil en la oscuridad. Pero Kenny tenía razón: no podíamos marcharnos sin llevar a cabo al menos una mínima ceremonia simbólica, una despedida a los desconocidos.

Jamie sacudió la cabeza.

—No, que hable Roger Mac. Si estas personas eran holandesas, lo más probable es que fueran protestantes.

Aunque había poca luz, vi la mirada de furia que Brianna dirigió a su padre. Era cierto que Roger era presbiteriano, pero también lo era Tom Christie, un hombre mucho mayor cuyo adusto rostro reflejaba su opinión sobre esa reunión. La cuestión de la religión, sin embargo, no era más que un pretexto, y todos lo sabían, incluido Roger.

Roger se aclaró la garganta con un ruido que parecía el de un lienzo que se rasga. Un sonido siempre doloroso, pero que ahora también tenía un elemento de ira. De todas formas, no protestó y miró directamente a los ojos de Jamie mientras ocupaba su sitio delante de la tumba.

Yo había supuesto que se limitaría a recitar el padrenuestro, o tal vez uno de los salmos más moderados, pero fueron otras las palabras que le vinieron a la mente:

—«He aquí que yo clamaré agravio y no seré escuchado; daré voces, y no habrá juicio. Ha vallado mi camino, y no pasaré; sobre mis veredas ha puesto tinieblas.»

Antes, su voz había sido profunda y hermosa. Ahora parecía ahogada, con nada más que una áspera sombra de su antigua belleza; no obstante, había suficiente fuerza en la pasión con la que recitaba, e hizo que todos los que lo escuchábamos bajáramos nuestras cabezas, con los rostros perdidos en la penumbra.

—«Me ha despojado de mi gloria, y quitado la corona de mi cabeza. Me ha arruinado por completo, y perezco; y me ha arrebatado toda esperanza como árbol arrancado.» —Su expresión era resuelta, pero sus ojos se posaron durante un instante en el tocón carbonizado que la familia holandesa había usado como superficie para cortar madera—. «Alejó de mí a mis hermanos, y mis conocidos, como extraños, se apartaron de mí. Mis parientes me fallaron, y mis conocidos se olvidaron de mí.»

Vi que los tres hermanos Lindsay se miraban y se acercaban entre sí, para protegerse de la fuerza cada vez mayor del viento.

—«¡Amigos míos, tened piedad de mí, tened piedad de mí!» —dijo, y su voz se volvió más queda, hasta que resultó difícil escucharlo por encima de los suspiros de los árboles—. «Porque la mano de Dios me ha tocado.»

Brianna hizo un ligero movimiento a su lado, y Roger volvió a aclararse la garganta con fuerza, estirando el cuello, de modo que pude atisbar fugazmente la cicatriz de la cuerda que lo había mutilado.

—«¡Ojalá mis palabras fuesen escritas! ¡Ojalá se escribiesen en un libro; que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre!»

Inexpresivo, pasó la vista poco a poco de una cara a la otra, y luego inspiró profundamente antes de continuar recitando, con la voz quebrada:

—«Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo, y después de deshecha» —Brianna se estremeció con violencia, y apartó la vista del vasto montículo de tierra—, «mi piel en mi carne, he de ver a Dios. Y mis ojos lo verán, y no otros».

Se detuvo, y se oyó un breve suspiro colectivo cuando todos soltaron el aliento que estaban conteniendo. Pero Roger aún no había terminado. Extendió la mano casi de manera inconsciente hacia la de Bree y la agarró con fuerza. Me pareció que pronunciaba las últimas palabras casi como para sí mismo, sin tener en cuenta a sus oyentes:

—«Temed la espada, porque su furor sobreviene a causa de las injusticias, para que sepáis que hay un juicio.»

Me estremecí, y la mano de Jamie rodeó la mía, fría pero fuerte. Él me miró y yo le devolví la mirada. Sabía lo que estaba pensando.

Al igual que yo, no estaba pensando en el presente, sino en el futuro. En un pequeño artículo que aparecería tres años más tarde en las páginas del Wilmington Gazette, con fecha del 13 de febrero de 1776.

Con profundo pesar, comunicamos la noticia de la muerte en un incendio de James MacKenzie Fraser y su esposa, Claire Fraser, en una conflagración que destruyó su casa en la colonia del Cerro de Fraser, la noche del 21 de enero pasado. El señor Fraser, sobrino del difunto Hector Cameron, de la plantación de River Run, nació en Broch Tuarach (Escocia). Era muy conocido y profundamente respetado en la colonia; no deja ningún hijo que lo sobreviva.

Había sido fácil, hasta el momento, no pensar demasiado en aquello. Estaba muy lejos en el futuro y, con seguridad, se podría evitar; después de todo, hombre prevenido vale por dos... ¿no es cierto?

Contemplé el montón de piedras y un escalofrío aún más profundo me atravesó. Me acerqué más a Jamie y puse mi otra mano sobre su brazo. Él cubrió mi mano con la suya y la apretó con fuerza, como para tranquilizarme. «No —me dijo en silencio—. No permitiré que ocurra.»

Sin embargo, mientras salíamos del desolado claro, no podía quitarme de la cabeza una imagen vívida. No era la cabaña incendiada, ni los lamentables cuerpos, ni la patética huerta marchita. La imagen que me acosaba era una que había visto algunos años antes: una tumba en las ruinas del Priorato de Beauly, en la parte alta de las Highlands escocesas.

Era la tumba de una dama noble, con su nombre coronado por la talla de una calavera sonriente, muy similar a la que se ocultaba debajo del delantal de la holandesa. Debajo de la calavera estaba su lema:

Hodie mihi cras tibi, sic transit gloria mundi.

Hoy es mi turno; mañana el tuyo. Así pasa la gloria del mundo.

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3
Mantén cerca a tus amigos

Regresamos al Cerro de Fraser al día siguiente, justo antes del crepúsculo, y encontramos a un visitante que nos aguardaba. El mayor Donald MacDonald, antiguo miembro del ejército de Su Majestad, y, hasta hacía muy poco, parte de la guardia personal de caballería ligera del gobernador Tryon, estaba sentado en la entrada de nuestra casa, con mi gato sobre las piernas y una jarra de cerveza a un lado.

—¡Señora Fraser! A sus pies, señora —gritó cordialmente cuando me vio llegar. Trató de incorporarse, pero dejó escapar un gemido cuando Adso, como protesta por la pérdida de su confortable asiento, clavó las uñas en los muslos del mayor.

—Siéntese, mayor —dije, con un gesto apresurado.

Él se dejó caer con una mueca de dolor, pero, con educación, se abstuvo de arrojar a Adso a los arbustos. Me acerqué al escalón de la entrada y me senté a su lado, suspirando aliviada.

—Mi marido está ocupándose de los caballos; vendrá enseguida. Según veo, alguien ya lo ha recibido como es debido. —Señalé la cerveza, que él de inmediato me ofreció con un gesto distinguido, limpiando el borde de la jarra con la manga.

—Oh, sí, señora —asintió—. La señora Bug ha hecho todo lo que ha podido para que me sintiera cómodo.

Para no parecer poco cordial, acepté la cerveza que, a decir verdad, me sentó muy bien. Jamie estaba ansioso por volver, y habíamos estado cabalgando desde el amanecer, con tan sólo un breve intervalo para descansar al mediodía.

—Es una cerveza excelente —dijo el mayor, sonriendo cuando me oyó exhalar después de beberla, con los ojos entornados—. ¿La ha preparado usted misma?

Negué con la cabeza y bebí otro sorbo, antes de devolverle la jarra.

—No, la ha elaborado Lizzie. Lizzie Wemyss.

—Ah, su esclava; sí, por supuesto. Por favor, felicítela de mi parte.

—¿No está aquí? —Miré la puerta abierta tras él, un poco sorprendida. A esa hora del día suponía que Lizzie se encontraría en la cocina, preparando la cena, pero en ese caso nos habría oído llegar y habría salido. Ahora que me fijaba, no olía a comida. Lo cierto era que no sabía cuándo íbamos a llegar, pero...

—Hum, no. Ella está... —El mayor juntó las cejas en un esfuerzo por recordar, y me pregunté cuán llena habría estado la jarra cuando él le puso las manos encima; no quedaban más que unos pocos centímetros de líquido en el vaso—. Ah, sí. La señora Bug me ha dicho que fue a casa de los McGillivray con su padre, para visitar a su prometido, creo.

—Sí, está prometida con Manfred McGillivray. Pero la señora Bug...

— Está en el depósito —aclaró, señalando el pequeño cobertizo en la ladera de la colina—. Algo relacionado con queso, creo que dijo. Ha tenido la amabilidad de ofrecerme una tortilla para la cena.

—Ah... —Me relajé un poco más, mientras el polvo del viaje se asentaba como la cerveza. Era maravilloso estar en casa, aunque seguía inquieta a causa del recuerdo de la cabaña quemada.

Suponía que la señora Bug le había dicho adónde habíamos ido, pero el mayor no hizo ninguna mención a ese tema, ni tampoco al motivo que lo había traído al Cerro. Por supuesto que no; para hablar de cuestiones serias aguardaría a Jamie, como debía ser. Yo era una mujer, así que sólo podía esperar una cortesía impecable y algunos inofensivos chismorreos de sociedad.

Evidentemente, yo podía cotillear, pero necesitaba estar preparada; no tenía un talento natural para ello.

—Ah... Sus relaciones con mi gato parece que han mejorado —aventuré. Eché una mirada involuntaria a su cabeza, pero su peluquín había sido reparado por una mano experta.

—Es un principio establecido de la política, creo —dijo, alborotando con los dedos el pelaje grueso y plateado del vientre de Adso—. «Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos.»

—Muy sabio —asentí con una sonrisa—. Eh... No llevará mucho tiempo esperando, ¿verdad?

Se encogió de hombros, dando a entender que cualquier espera era irrelevante... generalmente era así. Las montañas tenían su propio tiempo, y un hombre sabio no intentaba que transcurriera con más rapidez. MacDonald era un soldado experimentado que había viajado mucho, pero había nacido en Pitlochry, lo bastante cerca de las cumbres de las Highlands como para conocer sus costumbres.

—He llegado esta mañana —comentó—. Desde New Bern.

Unas campanillas de alarma sonaron en alguna parte de mi cabeza. Habría tardado alrededor de diez días en llegar desde New Bern si hubiera venido directamente, y el estado de su arrugado uniforme, lleno de manchas de barro, sugería que había sido así.

New Bern era el lugar donde el nuevo gobernador real de la colonia, Josiah Martin, había fijado su residencia. Y que MacDonald hubiera dicho «desde New Bern» y no mencionara ninguna parada posterior en su viaje me dejaba bastante claro que el asunto que había causado esa visita, fuera el que fuese, se había originado en New Bern. No me fiaba de los gobernadores.

Eché un vistazo hacia el sendero que conducía a la caballeriza, pero no pude ver a Jamie. Aunque sí a la señora Bug, que salía del almacén de alimentos; le hice un gesto que ella correspondió con entusiasmo a modo de bienvenida, aunque con dificultad, puesto que llevaba un cubo de leche en una mano, otro de huevos en la otra, un recipiente de manteca bajo un brazo y un gran pedazo de queso cuidadosamente encajado debajo del mentón. Bajó por la empinada cuesta sin problemas y desapareció por la parte trasera de la casa, camino a la cocina.

—Según parece, tortillas para todos —comenté, volviéndome hacia el mayor—. ¿Por casualidad ha pasado por Cross Creek?

—Pues sí, señora. La tía de su marido le manda muchos saludos, además de un gran número de libros y periódicos que he traído.

Aquellos días tampoco confiaba en los periódicos, aunque los acontecimientos de los que informaban habían ocurrido, sin duda alguna, varias semanas —o meses— antes. De todas formas, proferí algunas exclamaciones de agradecimiento, deseando que Jamie se apresurara para poder excusarme. Mi cabello olía a quemado, y mis manos todavía recordaban el roce de la piel fría; necesitaba un baño con desesperación.

—¿Perdón? —Me había perdido parte de lo que MacDonald estaba diciendo. Él, en un gesto de cortesía, se acercó para repetírmelo, pero de pronto se sobresaltó y pareció que los ojos se le salieran de las órbitas.

—¡Maldito gato!

Adso, que hasta entonces había estado realizando una perfecta imitación de un trapo de cocina, se había abalanzado de lleno sobre las piernas del mayor, con los ojos resplandecientes y la cola tiesa como un cepillo, ronroneando como una tetera y clavándole las uñas con fuerza en los muslos. Antes de que yo pudiera reaccionar, saltó por encima del hombro de MacDonald y trepó por la ventana abierta de mi consulta, que estaba detrás, rasgando los galones del mayor y torciéndole la peluca.

MacDonald empezó a maldecir desenfrenadamente, pero yo no podía prestarle atención. Rollo estaba subiendo por el sendero hacia la casa; su aspecto bajo el crepúsculo era lobuno y siniestro, pero su actitud era tan extraña que yo ya me había incorporado antes de que fuera consciente de lo que sucedía y volviera a la realidad.

El perro corrió unos pasos hacia la casa, giró una o dos veces como si fuera incapaz de decidir qué hacer a continuación, luego volvió a adentrarse en el bosque, se dio la vuelta, y, una vez más, corrió en dirección a la casa, gimiendo todo el tiempo, con la cola baja y temblorosa.

—¡Por los clavos de Roosevelt! —exclamé—. ¡Maldita sea! —Salí a toda prisa del porche y corrí hacia el sendero, casi sin hacer caso al alarmado juramento del mayor a mi espalda.

Encontré a Ian unos cientos de metros más adelante, consciente pero aturdido. Estaba sentado en el suelo, con los ojos cerrados y cogiéndose la cabeza con ambas manos, como si quisiera evitar que se le partiera el cráneo. Abrió los ojos cuando me puse de rodillas a su lado y me sonrió con la mirada extraviada.

—Tía —dijo con voz ronca. Parecía que quería decir alguna otra cosa, pero no estaba seguro de qué; abrió la boca, pero permaneció así, abierta, con la lengua moviéndose de un lado a otro.

—Mírame, Ian —ordené con la mayor serenidad posible. El chico hizo lo que le pedía; buena señal.

Estaba demasiado oscuro para ver si tenía las pupilas dilatadas de una manera anormal, pero incluso en la penumbra nocturna de los pinos que bordeaban el camino pude ver la palidez de su rostro y el oscuro reguero de manchas de sangre que descendía por la camisa.

Detrás de mí, por el sendero, se oyeron unos pasos apresurados; era Jamie, seguido de cerca por MacDonald.

—¿Qué ocurre, muchacho?

Jamie lo agarró de un brazo e Ian se balanceó muy suavemente hacia él; luego dejó caer las manos, cerró los ojos y se relajó en los brazos de Jamie con un suspiro.

—¿Está grave? —preguntó éste, nervioso, por encima del hombro de Ian, sujetándolo mientras yo lo palpaba en busca de heridas.

La espalda de su camisa estaba repleta de sangre seca; pero seca al fin y al cabo. El cabello, recogido en una coleta, también estaba apelmazado por la sangre, y no tardé en encontrar la herida que tenía en la cabeza.

—No lo creo. Ha recibido un fuerte golpe en la cabeza que le ha arrancado parte del cuero cabelludo, pero...

—¿Cree que ha sido un hacha tomahawk? —MacDonald se acercó a nosotros, prestando atención.

—No —dijo Ian arrastrando las palabras, con la voz amortiguada por la camisa de Jamie, que le cubría la cara—. Una bala.

—Fuera, perro —ordenó Jamie a Rollo, que había metido la nariz en la oreja de Ian, provocando un chillido contenido en el paciente y un movimiento involuntario en los hombros.

—Lo examinaré mejor con luz, pero no creo que sea muy grave —pronuncié al ver el gesto—. Después de todo, ha venido andando hasta aquí. Trasladémoslo a casa.

Los hombres se turnaron para ayudarlo a subir por el sendero, sosteniéndole los brazos sobre los hombros, y pocos minutos después el chico ya estaba tumbado boca abajo sobre la mesa de mi consulta. Allí nos relató sus aventuras, de una manera inconexa e interrumpida por pequeños gritos, mientras yo le desinfectaba la herida, le quitaba pedacitos de cabello llenos de sangre coagulada y le daba cinco o seis puntos de sutura en la cabeza.

—Creí que había muerto —dijo Ian, y cogió aire con los dientes apretados mientras yo pasaba el grueso hilo a través de los bordes de la irregular herida—. ¡Dios mío, tía Claire! Pero cuando me he despertado esta mañana no estaba muerto, aunque tenía la cabeza abierta y el cerebro se me derramaba por el cuello.

—Has estado muy cerca —murmuré—. Pero no ha sido una bala.

Aquello atrajo la atención de todos.

—¿No me han disparado? —preguntó Ian en un tono de ligera indignación. Una de sus grandes manos se levantó, directa hacia la parte posterior de su cabeza, y la aparté con un leve gesto.

—Estate quieto. No, no te han disparado, pero no es mérito tuyo. Había bastante tierra en la herida, astillas de madera y corteza. Si tuviera que adivinar, diría que uno de los tiros derribó una rama, que te golpeó en la cabeza al caer.

—¿Está completamente segura de que no fue un tomahawk? —El mayor también parecía defraudado.

Até el último nudo y corté el hilo restante, sacudiendo la cabeza.

—Me parece que nunca he visto una herida de tomahawk, pero no lo creo. ¿Ve lo irregulares que son los bordes? Y aunque el corte de la cabeza es muy feo, no creo que el hueso esté fracturado.

—Además, según nos ha explicado el muchacho, estaba completamente oscuro —añadió Jamie con lógica—. Ninguna persona razonable lanzaría un hacha en un bosque oscuro a algo que no puede ver.

Jamie sostenía la lámpara de alcohol para alumbrarme mientras yo trabajaba; la acercó un poco más, de modo que pudiéramos ver no sólo la irregular línea de los puntos, sino también el hematoma que se extendía a su alrededor y que había quedado al descubierto cuando corté una parte del cabello.

—Es cierto, ¿lo ves? —El dedo de Jamie separó con cuidado los pelos que quedaban, señalando varios rasguños profundos en la zona del moretón—. Tu tía tiene razón, Ian; te ha atacado un árbol.

Ian abrió un ojo, el cual quedó entrecerrado.

—¿Alguna vez te han dicho que eres muy gracioso, tío Jamie?

—No.

Ian cerró el ojo de nuevo.

—Menos mal, porque no lo eres.

Jamie sonrió, y apretó el hombro de Ian.

—Ya te sientes un poco mejor, ¿verdad?

—No.

—Sí, bueno —interrumpió el mayor MacDonald—, la cuestión es que el muchacho se encontró con alguna clase de bandidos, ¿no? ¿Crees que podían ser indios?

—No —repitió Ian, pero esta vez abriendo el ojo del todo; estaba inyectado en sangre—. No lo eran.

MacDonald no pareció complacido con la respuesta.

—¿Cómo puedes estar tan seguro, muchacho? —preguntó algo airado—. Si estaba tan oscuro como dices...

Vi que Jamie lanzaba una mirada socarrona al mayor, pero no lo interrumpió. Ian gimió un poco y luego soltó un profundo suspiro.

—Los olí —contestó, y casi de inmediato añadió—: Creo que voy a vomitar.

Se incorporó apoyándose en un codo y vomitó. Eso consiguió poner fin a las preguntas. Jamie se llevó al mayor MacDonald a la cocina mientras yo limpiaba a Ian y trataba de colocarlo en la posición más cómoda posible.

—¿Puedes abrir los dos ojos? —pregunté una vez que lo aseé y lo dejé descansando de costado, con una almohada bajo la cabeza.

Ian hizo lo que le pedía, parpadeando ligeramente a causa de la luz. La llama azulada de la lámpara de alcohol se reflejó por duplicado en sus ojos, pero las pupilas se contrajeron de inmediato y al mismo tiempo.

—¡Fantástico! —asentí, y dejé la lámpara sobre la mesa—. Déjalo en paz —le dije a Rollo, que estaba olfateando el extraño olor de la lámpara, una mezcla de coñac de baja graduación y aguarrás—. Cógeme los dedos, Ian.

Extendí mis dedos índices y él, poco a poco, cubrió cada uno de ellos con una mano grande y huesuda. Hice que realizara diversos ejercicios para descartar daños neurológicos, indicándole que apretara, tirara y empujara, y luego terminé auscultándole el corazón, que latía con una fuerza tranquilizadora.

—Tienes una ligera conmoción cerebral —anuncié con una sonrisa mientras me enderezaba.

—Ah, ¿sí? —preguntó él, mirándome con los ojos entornados.

—Significa que te duele la cabeza y que tienes náuseas. Te sentirás mejor dentro de unos días.

—Eso podría habértelo dicho yo —murmuró él, volviendo a acostarse.

—Es cierto —repliqué—. Pero «conmoción cerebral» parece mucho más importante que «golpe en la cabeza», ¿no?

Él no se rió, sino que me respondió con una débil sonrisa.

—¿Puedes ocuparte de darle de comer a Rollo, tía? Se negó a dejarme solo en el camino; debe de tener hambre.

Rollo levantó las orejas al oír su nombre y metió el hocico en la mano de Ian, jadeando suavemente.

—Se encuentra bien —dije, dirigiéndome al perro—. No te preocupes. Y sí —añadí para Ian—, le traeré algo de comer. ¿Y tú crees que puedes tomar un poco de pan y leche?

—No —respondió él con firmeza—. Una copita de whisky, tal vez.

—No —contesté yo con la misma decisión, y apagué de un soplido la lámpara.

—Tía —me llamó cuando me volví hacia la puerta.

—¿Sí? —Había dejado una vela encendida para iluminarlo, e Ian parecía muy joven y pálido bajo aquella vacilante luz amarillenta.

—¿Por qué crees que el mayor MacDonald quería que fueran indios los que encontré en el bosque?

—No lo sé. Pero supongo que Jamie sí lo sabe. O ya lo habrá averiguado.

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4
La serpiente en el edén

Brianna abrió la puerta de su cabaña con mucho cuidado por si oía corretear a algún roedor o el seco susurro de escamas en el suelo. Una vez había entrado en la oscuridad y había estado a punto de pisar una pequeña serpiente de cascabel, y si bien el reptil se había asustado tanto como ella y se había ocultado entre las piedras de la chimenea, Brianna había aprendido la lección.

Ninguna rata ni ratón se escabulló cuando entró, pero algo más grande, que ya no estaba, se había metido empujando la piel engrasada sujeta a la ventana. El sol se estaba poniendo, y todavía quedaba luz suficiente como para ver que la cesta tejida en la que guardaba cacahuetes tostados había caído de su estante al suelo y que alguien la había abierto y se había comido el contenido, dejando un reguero de cáscaras por toda la estancia.

Un fuerte crujido hizo que quedara momentáneamente paralizada y que prestara atención. El ruido se repitió, seguido de un violento estrépito cuando algo cayó al suelo, al otro lado de la pared trasera.

—¡Pequeño bastardo! —exclamó Brianna—. ¡Estás en mi despensa!

Animada por una justificada indignación, cogió la escoba y entró en el cobertizo, gritando como un demonio. Un enorme mapache, que masticaba con tranquilidad una trucha ahumada, dejó caer su presa cuando la vio, se escabulló entre sus piernas y huyó con torpeza soltando chillidos de alarma.

Con los nervios de punta, Brianna dejó la escoba a un lado y se agachó para rescatar lo que pudo de aquel desastre, maldiciendo en voz baja. Los mapaches eran menos destructivos que las ardillas, que masticaban y trituraban con desgraciado abandono, pero tenían más apetito.

Sólo Dios sabía cuánto tiempo llevaba allí aquel animal, pensó. Lo suficiente como para acabarse toda la manteca del molde, descolgar un montón de pescado ahumado de las vigas... y ¿cómo algo tan pesado podría haber llevado a cabo una hazaña tan acrobática como ésa? Por suerte, los panales de miel estaban guardados en tres jarras separadas, y sólo una había caído en las zarpas del vándalo. Las patatas estaban desparramadas por el suelo, faltaba casi todo un queso fresco, y la valiosa jarra de jarabe de arce se había volcado, formando un charco pegajoso en la tierra. Ver todo aquel desbarajuste hizo que se enfureciera de nuevo, y apretó la patata que acababa de recoger con tanta fuerza que sus uñas se hundieron en la piel.

—¡Maldita bestia horrible!

—¿Quién? —preguntó una voz a su espalda. Alarmada, Brianna se dio la vuelta como un remolino y lanzó la patata contra el intruso, que era Roger. Le acertó de lleno en la frente y lo hizo trastabillar, obligándolo a agarrarse al marco de la puerta.

—¡Ay! ¡Por Dios! ¿Qué demonios ha ocurrido aquí?

—Un mapache —se apresuró a responder ella, y se echó hacia atrás, dejando que la débil luz que entraba por la puerta alumbrara los daños.

—¿Se ha comido el jarabe de arce? ¡Qué cabrón! ¿Has atrapado a ese bastardo? —Mientras se llevaba la mano a la dolorida frente, Roger se agachó para poder entrar en la despensa, buscando a su alrededor algún cuerpo peludo.

Ver que su marido compartía sus prioridades y su rabia la calmó un poco.

—No —respondió—. Se ha escapado. ¿Estás sangrando? ¿Y dónde está Jem?

—No lo creo —dijo, separando la mano suavemente de la frente y mirándola—. Ay... Tienes un brazo fuerte, muchacha. Jem está en casa de los McGillivray. Lizzie y el señor Wemyss lo llevaron a celebrar el compromiso de Senga.

—¿En serio? ¿A quién ha escogido?

Tanto la ira como el remordimiento desaparecieron de inmediato para convertirse en interés. Ute McGillivray había elegido con meticulosidad alemana a los cónyuges de su hijo y de sus tres hijas de acuerdo con sus propios criterios, según los cuales, las propiedades, el dinero y la respetabilidad eran lo más importante, mientras que la edad, el aspecto físico y la personalidad estaban muy atrás en la lista. Sus hijos, como era natural, tenían otras ideas, aunque la fuerza de la personalidad de Frau Ute era tal que tanto Inga como Hilda se habían casado con hombres que ella había aprobado.

Senga, por otra parte, era hija de su madre, lo que significaba que sus opiniones eran tan fuertes como las de ella, y que las expresaba con la misma desinhibición. Durante meses había estado vacilando entre dos pretendientes: Heinrich Strasse, un joven atractivo pero pobre —¡y luterano!— de Bethania, y Ronnie Sinclair, el tonelero, un hombre acaudalado para el nivel de la zona. Para Ute, el hecho de que Ronnie tuviera treinta años más que Senga no representaba un obstáculo.

El asunto del matrimonio de Senga McGillivray había sido un tema de intensa especulación en el Cerro durante los últimos meses, y Brianna tenía noticias de varias sustanciosas apuestas en juego.

—Entonces, ¿quién es el afortunado? —repitió.

—La señora Bug no lo sabe, y eso la está volviendo loca —respondió Roger con una sonrisa—. Manfred McGillivray fue a buscarla ayer por la mañana, pero la señora Bug aún no había ido a la Casa Grande, de modo que Lizzie dejó una nota en la puerta trasera diciendo adónde habían ido... pero no se le ocurrió añadir quién era el afortunado prometido.

Brianna posó la mirada sobre el sol del crepúsculo; el orbe había desaparecido, aunque la luz brillante que atravesaba los castaños iluminaba todavía la entrada, haciendo que la hierba primaveral pareciera profunda y suave como terciopelo esmeralda.

—Supongo que tendremos que esperar hasta mañana para averiguarlo —se lamentó.

La casa de los McGillivray estaba a más de ocho kilómetros; ya habría oscurecido cuando llegaran allí, y, a pesar de que el deshielo ya había cesado, uno no se aventuraba en las montañas por la noche sin una buena razón... o, al menos, una mejor que la mera curiosidad.

—Cierto. ¿Quieres ir a la Casa Grande a cenar? Ha venido el mayor MacDonald.

—Ah, él. —Brianna reflexionó un momento. Le habría gustado enterarse de las noticias del mayor (y también había que considerar el hecho de que la señora Bug se ocupara de preparar la cena), pero no estaba de humor para ser sociable, después de haber soportado tres días deprimentes, una larga cabalgata y la profanación de su despensa.

Se percató de que Roger evitaba manifestar su opinión. Con un brazo apoyado en el estante en el que se almacenaba la provisión cada vez menos abundante de manzanas, acariciaba una de las frutas con expresión ausente, rozando con el dedo la superficie redonda y amarilla. Parecía que emitiera unas vibraciones débiles y familiares, que sugerían en silencio que podría haber ventajas en pasar una noche en casa, sin padres, conocidos, ni el bebé.

Sonrió a Roger.

—¿Cómo está tu pobre cabeza?

Él la miró brevemente, mientras los débiles rayos de sol doraban el puente de su nariz y proyectaban un reflejo verde en un ojo. Se aclaró la garganta.

—Supongo que podrías besarla —sugirió con timidez—. Si quieres...

Ella, obediente, se puso de puntillas y lo hizo, con suavidad, apartándole el tupido cabello negro de la frente. Había una hinchazón perceptible, aunque aún no había comenzado a formarse ningún hematoma.

—¿Mejor?

—Aún no. Inténtalo de nuevo. Un poco más abajo, tal vez.

Sus manos se posaron en la curva de sus caderas, atrayéndola hacia él. Brianna era casi tan alta como Roger; ya había notado antes lo conveniente que era eso, pero volvió a sentirlo con fuerza en ese momento. Se revolvió ligeramente, disfrutándolo, y Roger soltó una exhalación profunda y ronca.

—No tan abajo —dijo—. Todavía no.

—Qué quisquilloso —bromeó ella, y lo besó en la boca. Sus labios estaban calientes, pero aún olían a ceniza y a tierra húmeda. Brianna pensó que ella también debía de oler así, se estremeció un poco y se apartó de él.

Roger dejó una mano en la espalda de ella, sin forzarla, pero se inclinó un poco y pasó un dedo por el borde del estante donde se había volcado la jarra de jarabe de arce. Luego pasó el dedo con suavidad por el labio inferior de ella, después por el suyo, y volvió a inclinarse para besarla, mientras la dulzura crecía entre ambos.

—No recuerdo cuándo fue la última vez que te vi desnuda.

Ella cerró un ojo y lo miró con escepticismo.

—Hace unos tres días. Supongo que no debió de ser muy memorable.

Había sido un gran alivio quitarse la ropa que había usado los últimos tres días y noches. Pero incluso desnuda, y después de lavarse a toda prisa, su cabello seguía oliendo a polvo, y sentía la suciedad del viaje entre los dedos de los pies.

—Ah, sí, es cierto. Pero no me refería a eso; quiero decir que hacía mucho que no hacíamos el amor a la luz del día. —Se tumbó de costado, frente a ella, y sonrió, al mismo tiempo que le pasaba la mano ligeramente por la pronunciada curva de la cintura y la ondulación de las nalgas—. No tienes idea de lo hermosa que estás, por completo desnuda, con el sol detrás de ti. Toda dorada, como si te hubieras bañado en oro.

Él cerró un ojo, como si la visión lo deslumbrara. Ella se movió y el sol brilló en su cara, haciendo que el ojo abierto resplandeciera como una esmeralda en la fracción de segundo que transcurrió antes de que él parpadeara.

—Hum. —Ella extendió la mano con languidez y acercó la cabeza de él para besarlo.

Sabía muy bien de qué hablaba Roger. Era una sensación extraña, casi perversa, pero a la vez placentera. La mayoría de las veces hacían el amor por la noche, después de que Jem se hubiera dormido, encontrándose entre las capas crujientes y secretas de los edredones y la ropa de dormir. Y si bien por lo general Jem dormía como si lo hubieran noqueado, siempre eran conscientes del pequeño montículo de respiración profunda que se escondía bajo las mantas de la pequeña cuna que se encontraba cerca de ellos.

Por extraño que pareciera, Brianna, en ese momento, y aunque no estuviera allí, era también consciente de Jem. Le resultaba raro estar separada de él, no saber constantemente dónde se encontraba, no sentir su cuerpo como una extensión pequeña y móvil de sí misma. Esa libertad era excitante, pero le producía una sensación de incomodidad, como si hubiera perdido algo valioso.

Habían dejado la puerta abierta para disfrutar mejor de la luz y el aire sobre la piel. Pero el sol ya casi había desaparecido, y aunque el aire seguía siendo cálido como la miel, había algo gélido en él.

Una repentina ráfaga de viento agitó la piel clavada a la ventana y sopló por la habitación, cerrando la puerta de un golpe y dejándolos de repente en la oscuridad.

Brianna soltó un grito ahogado. Roger gruñó sorprendido, se levantó de la cama y fue hacia la puerta para abrirla. La abrió del todo y ella absorbió la corriente de aire y luz solar, consciente entonces de que había contenido el aliento cuando la puerta se había cerrado, sintiendo una claustrofobia momentánea.

Roger parecía sentir lo mismo. Se quedó de pie en el umbral, apoyándose en el marco de la puerta, dejando que el viento agitara sus rizos oscuros. Su cabello seguía recogido en una coleta; no se había molestado en soltárselo, y ella tuvo el repentino deseo de acercarse a él, desatar la tira de cuero y pasar los dedos por aquella negrura suave y brillante, herencia de algún antiguo español naufragado entre los celtas.

Se levantó y comenzó a hacerlo, incluso antes de decidirlo de forma consciente, quitándole espigas amarillas y ramitas de entre los mechones. Él se estremeció por el roce de los dedos de ella o por el viento, pero su cuerpo estaba caliente.

—Tienes la piel bronceada como un campesino —afirmó Brianna, apartándole el pelo del cuello y besándolo en la nuca.

—¿Y? ¿Acaso no soy un campesino?

Su piel se retorcía bajo los labios de ella, como los cuartos traseros de un caballo. Su cara, el cuello y los antebrazos habían perdido color durante el invierno, pero seguían siendo más oscuros que la espalda y los hombros, y todavía tenía una débil línea alrededor de la cintura, que separaba el suave color de gamuza de su torso de la sorprendente palidez de su trasero.

Le agarró las nalgas con las manos ahuecadas, gozando de su solidez turgente y redondeada, y él respiró profundamente, inclinándose un poco hacia ella. Los pechos de Brianna presionaron su espalda y la barbilla descansó sobre su hombro, mirando hacia fuera.

Todavía quedaba un poco de luz, aunque era escasa. Los últimos y largos rayos del sol crepuscular estallaron a través de los castaños, y el suave verde primaveral de sus hojas ardió con un fuego frío y brillante sobre las sombras alargadas. Ya casi había anochecido, pero era primavera; los pájaros seguían charlando y cortejándose. Un ruiseñor cantó desde el bosque cercano, en un popurrí de trinos, claras melodías y extraños alaridos, que a Brianna le pareció que había aprendido del gato de su madre.

El aire era ahora más frío, y la carne de gallina le cubrió los brazos y los muslos, pero el cuerpo de Roger, apretado contra ella, estaba muy caliente. Brianna le rodeó la cintura con los brazos mientras los dedos de una mano jugaban entre el matorral ensortijado de su vello.

—¿Qué estás mirando? —preguntó en voz baja. Los ojos de Roger estaban fijos en el otro extremo del jardín, donde el sendero se internaba en el bosque. El inicio del sendero estaba sombrío, cubierto por unos cuantos pinos oscuros, pero estaba vacío.

—Estoy vigilando por si aparece una serpiente que trae manzanas —dijo él, echándose a reír; luego se aclaró la garganta—. ¿Tienes hambre, Eva? —Bajó la mano para entrelazarla con la de Brianna.

—Un poco. ¿Y tú? —Él debía de estar hambriento; apenas habían comido un rápido bocadillo al mediodía.

—Sí, pero... —Se interrumpió, vaciló, y sus dedos apretaron con fuerza los de ella—. Pensarás que estoy loco, pero... ¿te molestaría que fuera a buscar a Jem esta noche, en vez de esperar hasta mañana? Es sólo que me sentiría un poco mejor si él estuviera aquí.

Ella le devolvió el apretón en la mano, sintiendo que su corazón se alegraba.

—Iremos juntos. Es una gran idea.

—Tal vez, pero son ocho kilómetros hasta la casa de los McGillivray. Oscurecerá mucho antes de que lleguemos. —Estaba sonriendo, y su cuerpo le rozó los pechos cuando se volvió hacia ella.

Algo se movió junto a la cara de Brianna, que se echó hacia atrás bruscamente. Una oruga diminuta, verde como las hojas de las que se alimentaba y vibrante contra el cabello oscuro de Roger, se acurrucó formando una ese, buscando en vano un refugio.

—¿Qué? —Roger miró de reojo, tratando de ver lo que ella miraba.

—He encontrado tu serpiente. Supongo que está buscando una manzana. —Brianna hizo subir a la minúscula oruga a su dedo, salió de la casa y se agachó para soltarla sobre una hoja de un verde tan vívido como el de la larva. Pero la hierba estaba sombría. En apenas un instante, el sol había desaparecido, y el bosque ya no tenía el color de la vida.

Una voluta de humo le llegó a la nariz; era humo procedente de la chimenea de la Casa Grande. Su garganta se cerró con el olor a quemado. De pronto, la inquietud que sentía se hizo más intensa. El ruiseñor había callado, y el bosque parecía lleno de misterios y amenazas.

Brianna se puso en pie, pasándose una mano por el cabello.

—Vayamos, pues.

—¿No quieres cenar antes? —Roger la miró con expresión de curiosidad, con los pantalones en la mano.

Brianna meneó la cabeza; el frío comenzaba a ascender por sus piernas.

—No, vámonos. —En ese instante, nada parecía importar, salvo ir a buscar a Jem y estar juntos de nuevo, como una familia.

—De acuerdo —dijo Roger suavemente, observándola—. Pero creo que será mejor que te pongas tu hoja de parra... por si nos cruzamos con un ángel con una espada de fuego.

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5
Las sombras que proyecta el fuego

Abandoné a Ian y a Rollo al torbellino de la benevolencia de la señora Bug —a ver si Ian podía decirle a ella que no quería pan y leche—, y me senté a comer mi propia y tardía cena: una tortilla caliente y recién hecha, que llevaba no sólo queso, sino también trocitos de tocino, espárragos y setas silvestres, todo ello aromatizado con cebolleta.

Jamie y el mayor ya habían terminado de cenar y estaban sentados junto al fuego bajo la atmósfera viciada y cálida del humo de tabaco que salía de la pipa de barro del mayor. Al parecer, Jamie acababa de contarle a MacDonald la horrible tragedia que había tenido lugar, puesto que el mayor fruncía el ceño y movía la cabeza en un gesto de pesar.

—¡Pobres necios! —exclamó—. ¿Cree que serán los mismos bandidos que atacaron a su sobrino?

—Sí —respondió Jamie—. No me gustaría pensar que hay dos bandas como ésa merodeando en la montaña. —Miró hacia la ventana, ya cerrada para la noche, y de pronto me di cuenta de que había cogido la escopeta de caza que se encontraba sobre la chimenea, y que estaba limpiando, con expresión ausente, el inmaculado cañón del arma con un trapo encerado—. Deduzco, a charaid, que ha recibido informes de casos similares.

—Tres más, por lo menos. —La pipa del mayor amenazaba con apagarse, y éste le dio una poderosa chupada, haciendo que el tabaco resplandeciera en la cazoleta y chisporroteara con un repentino resplandor rojizo.

Sentí una mínima aprensión que hizo que me detuviera, con un bocado de seta caliente en la boca. La posibilidad de que una misteriosa pandilla de hombres armados estuviera merodeando por ahí, atacando asentamientos al azar, no se me había ocurrido hasta ese momento.

Obviamente, Jamie sí lo había pensado. Se incorporó, volvió a colgar la escopeta de sus ganchos y tocó el rifle que colgaba más arriba en un gesto tranquilizador. Luego se dirigió al aparador, donde guardaba sus pistolas de rueda y el estuche con el elegante par de pistolas de duelo.

MacDonald observaba con un gesto de aprobación, soltando nubes de suave humo azul, mientras Jamie procedía a desplegar metódicamente sus armas, bolsas de balas, moldes para fabricar munición, refuerzos, varas y todos los demás elementos de su arsenal personal.

—Mmfm... Qué arma tan bonita, coronel —dijo MacDonald, señalando con la cabeza una de las pistolas de rueda, un objeto elegante, de cañón largo, con una culata tallada y accesorios bañados en plata.

Jamie miró de reojo a MacDonald al oír la palabra «coronel», pero respondió con aparente calma:

—Sí, es bellísima. Pero no acierta a nada que esté a más de dos pasos de distancia. La gané en una carrera de caballos —añadió, con un pequeño gesto de disculpa hacia el arma, para que MacDonald no lo creyera tan estúpido como para pagar una gran suma por ella.

De todas formas, revisó el pedernal, volvió a ponerlo en su lugar y dejó el arma a un lado.

—¿Dónde? —preguntó Jamie, buscando el molde para hacer balas.

Yo había vuelto a masticar, pero miraba al mayor de forma inquisitiva.

—Le advierto que es sólo lo que me han dicho —dijo MacDonald, sacándose la pipa de la boca un momento, para luego volver a metérsela y dar otra chupada—. Un asentamiento a cierta distancia de Salem, totalmente incendiado. Unos tipos que se apellidaban Zinzer... Alemanes. —Dio una fuerte calada a la pipa, de manera que se le hincharon las mejillas—. Eso fue en febrero, a finales de mes. Luego, tres semanas después, un ferry, en el Yadkin, al norte de Woram’s Landing. Robaron en la casa y mataron al barquero. El tercero... —En ese momento dejó de hablar, chupando con furia; me observó y luego miró a Jamie.

—Hable, amigo mío —pidió Jamie en gaélico, con expresión resignada—. Seguramente ella habrá visto cosas más terribles que usted.

Asentí con un gesto, cogiendo otro bocado de tortilla con el tenedor, y el mayor tosió.

—Sí. Bien, con perdón, señora... Yo me encontraba en un, eh, establecimiento de Edenton...

—¿Un burdel? —deduje—. Sí, claro. Continúe, mayor.

Él se apresuró a hacerlo, mientras su cara adquiría un tono rojo subido debajo de la peluca.

—Ah... en efecto. Bien, verán, fue una de las eh... muchachas del lugar, que me contó que la habían secuestrado de su casa unos delincuentes que un día se presentaron de improviso. Ella vivía con una anciana, su abuela, la única familia que tenía, y me comentó que mataron a la anciana y luego quemaron la casa con ella dentro.

—¿Y quién dijo que lo había hecho? —Jamie había girado la banqueta para colocarse frente a la chimenea. Estaba derritiendo trocitos de plomo para el molde de la munición.

—Eh, mmfm... —MacDonald se ruborizó un poco más y el humo salió de su pipa con tanta ferocidad que apenas podía distinguir sus facciones entre las volutas.

Finalmente, y después de muchas toses y rodeos, supimos que el mayor en realidad no había creído a la muchacha en aquel momento, o bien había estado demasiado interesado en disponer de sus encantos como para prestarle mucha atención. Suponiendo que se trataba de una de las historias que las prostitutas solían contar para generar simpatía y conseguir una copa extra de ginebra, no se había molestado en averiguar más detalles.

—Pero cuando más tarde me enteré de los otros incendios... Bueno, verán, he tenido la suerte de que el gobernador me encargara mantener la oreja pegada al suelo en el campo por si había movimiento. Y comencé a pensar que este ejemplo particular de movimiento tal vez no fuera una coincidencia.

Jamie y yo nos miramos, él con aire divertido y yo con gesto de resignación. Me había apostado que MacDonald —un oficial de caballería retirado que sobrevivía con trabajos privados— no sólo saldría indemne de la renuncia del gobernador Tryon, sino que también conseguiría algún puesto en el nuevo régimen rápidamente, ahora que Tryon se había marchado para aceptar el cargo de gobernador de Nueva York. «Nuestro Donald es un caballero de fortuna», había dicho.

El olor del plomo caliente comenzó a invadir la sala, compitiendo con el humo de la pipa del mayor e invadiendo la atmósfera agradable y doméstica del pan caliente, la comida, las hierbas aromáticas, los estropajos y la lejía, que por lo general llenaban la cocina.

El plomo se derrite de repente: en un momento, puede haber una bala deformada o un botón doblado en el cazo, entero y bien definido; un instante después, ya ha desaparecido, convertido en un diminuto charco de metal que brilla débilmente. Jamie vertió el plomo derretido en el molde con mucho cuidado, alejando la cara del humo.

—¿Por qué indios?

—Ah. Eso fue lo que dijo la prostituta de Edenton. Me contó que algunos de los que quemaron su casa y la secuestraron eran indios. Pero, como le digo, en aquel momento presté poca atención a su historia.

Jamie emitió un sonido escocés que indicaba que lo captaba, pero con escepticismo.

—¿Y cuándo conoció a esa muchacha que le contó la historia, Donald?

—Por Navidades. —El mayor hurgó en la cazoleta de su pipa con un dedo índice manchado, sin levantar la mirada—. ¿Se refiere a cuándo atacaron su casa? No me lo dijo, pero creo... que no debió de ser mucho antes. Ella aún era bastante... eh... nueva. —Tosió, se dio cuenta de que yo estaba mirándolo, contuvo el aliento y volvió a toser con fuerza, ruborizándose.

Jamie cerró los labios con fuerza y bajó la vista mientras abría el molde para soltar la bala recién hecha sobre la chimenea.

Dejé el tenedor sobre la mesa, ya sin ningún apetito.

—¿Cómo? —exigí saber—. ¿Cómo fue a parar esa joven al burdel?

—La vendieron, señora. —El rubor seguía manchando las mejillas de MacDonald, pero había recuperado la compostura lo bastante como para mirarme—. Los forajidos. Se la vendieron a un comerciante fluvial, dijo ella, pocos días después de que la secuestraran. Él se la quedó un tiempo en su barco, pero una noche acudió un hombre para hacer negocios, le gustó y la compró. La llevó hasta la costa, pero supongo que a esas alturas se habría cansado ya de ella...

Su voz se fue apagando, y se llevó la pipa de nuevo a la boca para darle una fuerte calada.

—Ya veo —asentí. La mitad de la tortilla que había comido había formado una bola en el fondo de mi estómago.

Aún era bastante nueva... Me pregunté cuánto tardaría. Cuánto duraría una mujer, pasada de mano en mano, de las tablas astilladas de la cubierta de un barco fluvial a los andrajosos colchones de una habitación alquilada, con apenas lo necesario para mantenerse con vida. Era posible que aquel burdel de Edenton le pareciera una especie de refugio para cuando llegó a él. Pero la idea no me hizo congraciarme con MacDonald.

—¿Recuerda al menos su nombre, mayor? —pregunté con una cortesía glacial.

Me pareció ver de reojo que las comisuras de los labios de Jamie se retorcían, pero no aparté la mirada de MacDonald.

Éste se sacó la pipa de la boca, exhaló una enorme nube de humo y luego me miró directamente con sus ojos azules claros.

—A decir verdad, señora, yo las llamo a todas Polly —explicó—. Me ahorra problemas, ¿sabe?

El regreso de la señora Bug, que traía un cuenco vacío, me ahorró la respuesta, o algo peor.

—El muchacho ha comido y va a acostarse —anunció. Sus agudos ojos pasaron de mi cara a mi plato semivacío. Abrió la boca, frunciendo el ceño, pero entonces miró a Jamie, y, después de recibir, al parecer, una orden muda por parte de él, volvió a cerrarla y levantó el plato con un breve «¡hum!».

—Señora Bug —dijo Jamie en voz baja—, ¿podría ir ahora mismo a buscar a Arch y pedirle que venga? Y, si no es mucho pedir, ¿también a Roger Mac?

Sus pequeños ojos negros se convirtieron en canicas y, a continuación, se entornaron al mirar a MacDonald. Era evidente que sospechaba que, si había algún lío en marcha, él era el responsable.

—Lo haré —asintió, y regañándome por mi falta de apetito con un movimiento de la cabeza, dejó los platos y salió, sin cerrar la puerta con llave.

—Woram’s Landing —afirmó Jamie dirigiéndose a MacDonald, mientras reanudaba la conversación como si ésta no se hubiera interrumpido—. Y Salem. Y si son los mismos hombres, el joven Ian se encontró con ellos en el bosque, al oeste, a un día de distancia de aquí. Bastante cerca.

—¿Bastante cerca para ser los mismos? Sí, es verdad.

—Estamos a principios de primavera —comentó Jamie mientras miraba por la ventana; ya había oscurecido y los postigos estaban cerrados, pero una fresca brisa penetraba a través de ellos y agitaba los hilos donde yo había colgado a secar unas setas, que formaban siluetas oscuras y arrugadas que se balanceaban como si se tratara de diminutos bailarines congelados contra la madera pálida.

Entendí qué quería decir con ello. El terreno montañoso era imposible de atravesar durante el invierno; en los pasos altos aún había nieve, y las laderas más bajas habían empezado a reverdecer y a florecer en las últimas semanas. Si había una pandilla organizada de bandoleros, no habrían empezado a trasladarse al campo hasta ahora, después de pasar el invierno ocultándose al pie del monte.

—Es cierto —accedió MacDonald—. Tal vez estemos a tiempo de ponernos en guardia. Pero antes de que vengan sus hombres, señor, podríamos hablar de lo que me trajo aquí.

—¿Sí? —dijo Jamie, entornando los ojos, al mismo tiempo que vertía un torrente brillante de plomo—. Por supuesto, Donald. Debería haberme dado cuenta de que no vendría tan lejos por una cuestión menor. ¿De qué se trata?

MacDonald sonrió como un tiburón; habíamos llegado a la cuestión principal.

—A usted le ha ido bien en este lugar, coronel. ¿Cuántas familias tiene en sus tierras?

—Treinta y cuatro —respondió Jamie. No levantó la mirada; en cambio, hizo girar otra bala en las cenizas.

—¿Habría lugar para unas cuantas más? —MacDonald seguía sonriendo.

Estábamos rodeados de miles de kilómetros de espesura; el puñado de residencias en el Cerro de Fraser apenas formaría un punto en un mapa, y podía desvanecerse como el humo. Pensé por un momento en la cabaña holandesa, y me estremecí, pese al fuego en la chimenea. Todavía podía sentir el olor amargo y asfixiante de la carne quemada en el fondo de mi garganta, acechando bajo los sabores más suaves de la tortilla.

—Es posible —respondió Jamie con ecuanimidad—. Los nuevos emigrantes escoceses, ¿verdad? ¿De más allá de Thurso?

Tanto MacDonald como yo lo miramos fijamente.

—¿Cómo diablos lo sabe? —exigió saber el mayor—. ¡Yo no me enteré hasta hace diez días!

—Ayer encontré a un hombre en el molino —contestó Jamie, levantando de nuevo el cazo—. Un caballero de Filadelfia, que había venido a las montañas a recoger plantas. Venía de Cross Creek y los había visto —dijo, torciendo un poco la boca—. Al parecer, provocaron un gran revuelo en Brunswick, y no se sintieron del todo bienvenidos, de modo que remontaron el río en barcazas.

—¿Revuelo? ¿Qué hicieron? —quise saber.

—Verá usted, señora —explicó el mayor—, son muchos los que están llegando en barcos estos días, directamente desde las Highlands. Aldeas enteras, apiñadas en las bodegas de los barcos, y desembarcan como si fueran ganado. Pero no hay nada para ellos en la costa, y los vecinos del lugar acostumbran a señalarlos con el dedo y a reírse de ellos al ver su aspecto estrafalario, de modo que, en su mayoría, se meten en una barcaza y suben por Cape Fear. En Campbelton y Cross Creek, al menos, hay gente con la que pueden hablar.

Me sonrió, quitándose una pelusa de los faldones del uniforme.

—Los vecinos de Brunswick no deben de estar acostumbrados a unos escoceses tan hambrientos, puesto que sólo han visto escoceses civilizados como su marido y su tía.

Señaló a Jamie, quien entonces hizo una pequeña e irónica reverencia.

—Bueno, relativamente civilizados —murmuré. Todavía no estaba dispuesta a perdonar a MacDonald por la prostituta de Edenton—. Pero...

—Apenas saben una palabra de inglés, por lo que me han dicho —se apresuró a continuar MacDonald—. Farquard Campbell fue a hablar con ellos y los trajo al norte, hasta Campbelton, y no tengo dudas de que todavía deben de estar dando vueltas por la costa, sin ninguna idea de adónde ir o qué hacer.

—¿Qué ha hecho Campbell con ellos? —preguntó Jamie.

—Ah, se los están repartiendo entre los conocidos de Campbell de Campbelton, pero eso no dará resultado a largo plazo, naturalmente. —MacDonald se encogió de hombros. Campbelton era un pequeño asentamiento cerca de Cross Creek que giraba alrededor de las prósperas actividades comerciales de Farquard Campbell, y la tierra que la rodeaba estaba totalmente asignada, en su mayor parte, a manos de parientes de Campbell. Farquard tenía ocho hijos, muchos de los cuales estaban casados, y eran tan fértiles como su padre.

—Por supuesto —asintió Jamie receloso—. Pero son de la costa del norte. Seguramente serán pescadores, y no campesinos.

—Sí, pero están dispuestos a cambiar, ¿no? —MacDonald hizo un gesto hacia la puerta y hacia el bosque que se extendía tras ella—. No hay nada para ellos en Escocia. Han venido hasta aquí y ahora deben sacar el mejor partido posible de la situación. Un hombre puede aprender a trabajar la tierra, ¿no es cierto?

Jamie tenía una expresión dubitativa, pero el entusiasmo de MacDonald era incontenible.

—He visto a muchos pescadores y labriegos convertirse en soldados, y apuesto a que usted también. Trabajar la tierra no es más difícil que ser soldado, ¿verdad?

Jamie sonrió; había dejado el campo a los diecinueve años y combatido como mercenario en Francia durante varios años antes de regresar a Escocia.

—Sí, bien, tal vez sea cierto, Donald. Pero el asunto es que cuando eres soldado, alguien te dice lo que tienes que hacer desde el momento en que te levantas hasta que te desplomas por la noche. ¿Quién les explicará a estos pobres necios de qué lado se ordeñan las vacas?

—Tú, supongo —le dije. Me desperecé, relajando la espalda, y miré fijamente a MacDonald—. O al menos supongo que eso es lo que está usted sugiriendo, ¿no es así, mayor?

—Su encanto es superado sólo por su astucia, señora —comentó MacDonald, haciendo una elegante reverencia en mi dirección—. Sí, ésa es la cuestión. Toda su gente es de las Highlands, señor, y campesina; puede hablar con esos recién llegados en su propia lengua, enseñarles lo que tienen que saber, ayudarlos a abrirse paso.

—Hay muchos otros pueblos en la colonia en los que hablan Gaidhlig —objetó Jamie—. Y la mayoría de ellos están en una zona mucho mejor situada que Campbelton.

—Cierto, pero usted tiene tierras libres que hay que despejar, y ellos no. —Sintiendo, al parecer, que había ganado la discusión, MacDonald volvió a sentarse y levantó su abandonada jarra de cerveza.

Jamie me miró, alzando una ceja. Era cierto que teníamos tierras libres: cuatro mil hectáreas, pero apenas ocho de ellas cultivadas. También era verdad que la escasez de trabajadores era muy grande en toda la colonia, pero todavía más en las montañas, donde la tierra no era adecuada para el tabaco o el arroz, la clase de cosechas aptas para el trabajo de esclavos.

No obstante, al mismo tiempo...

—La dificultad, Donald, es cómo instalarlos. —Jamie se inclinó para hacer girar otra bala en la chimenea, y luego se incorporó, metiéndose un mechón suelto de pelo cobrizo por detrás de la oreja—. Tengo tierra, es cierto, pero poco más. No se puede dejar a la gente recién llegada de Escocia en el bosque y esperar que se gane la vida por su cuenta. Ni siquiera podría proporcionarles los zapatos y la ropa que tendría un esclavo, y mucho menos herramientas. ¿Y cómo alimentarlos a todos ellos y a sus esposas e hijos durante el invierno? ¿Cómo ofrecerles protección? —Levantó el cazo para subrayar su argumento, sacudió la cabeza y luego dejó caer otro pedazo de plomo.

—Ah, protección. Bien, puesto que lo ha mencionado, déjeme pasar a otra cuestión de interés. —MacDonald se inclinó hacia delante, bajando la voz en actitud confidencial, aunque nadie podía oírlo—. He dicho que trabajo para el gobernador, ¿verdad? Él me ha encargado que viajara a la parte occidental de la colonia y que mantuviera los ojos bien abiertos. Hay reguladores que aún no han sido indultados, y... —Miró con recelo a un lado y otro, como si esperara que alguno de ellos saltara de la chimenea—. Usted habrá oído hablar de los comités de seguridad, ¿no?

—Un poco.

—Pero aún no debe de haber ninguno aquí, en el campo...

—No, que yo sepa. —Jamie se había quedado sin más plomo para derretir, y, cuando se agachó para recoger las balas recién hechas de las cenizas que tenía a los pies, la cálida luz del fuego formó un resplandor rojizo en su coronilla. Me senté a su lado en el banco, cogí la bolsa de municiones de la mesa y la sostuve abierta.

—Bien —intervino MacDonald con un gesto de satisfacción—. Entonces veo que he venido en un buen momento.

Tras los disturbios civiles que rodearon la guerra de la Regulación de un año antes, se habían formado varios grupos informales de ciudadanos, inspirados por grupos similares de las otras colonias. Si la Corona ya no era capaz de garantizar la seguridad de los colonos, decían, entonces ellos debían ocuparse personalmente del tema.

Ya no se podía confiar en que los sheriffs mantuviesen el orden; los escándalos que había inspirado el movimiento de los Reguladores habían dado buena cuenta de ello. La dificultad, por supuesto, residía en que, como los comités eran autoproclamados, no eran más fiables que los sheriffs.

También había otros comités. Se trataba de comités de correspondencia, organizaciones poco definidas de hombres que escribían cartas a diestro y siniestro, difundiendo noticias y rumores entre las colonias. Y de estos distintos comités surgirían las semillas de la revolución, que aquella fría noche primaveral ya estaban germinando en alguna parte.

Como me ocurría cada cierto tiempo (y cada vez más a menudo), calculé lo que quedaba. Ya casi estábamos en abril de 1773, y «el 18 de abril de 1775»... como había escrito Longfellow de una manera tan pintoresca...

Dos años. Pero la guerra tiene una larga mecha y una cerilla de efecto lento. Ésta se había encendido en Alamance, y las líneas calientes y resplandecientes del fuego que se arrastraba por Carolina del Norte ya eran visibles para aquellos que sabían dónde mirar.

Las balas de plomo en la bolsa de municiones que yo sostenía rodaron y chocaron entre sí; mis dedos apretaban el cuero. Jamie se dio cuenta y me tocó la rodilla en un gesto rápido y leve para tranquilizarme; luego cogió la bolsa y la guardó en la caja de cartuchos.

—Un buen momento... —repitió, mirando a MacDonald—. ¿Qué quiere decir con eso, Donald?

—¿Qué otra persona, aparte de usted, coronel, debería liderar un comité de esa clase? Desde luego que se lo he sugerido al gobernador. —MacDonald trató de parecer modesto, pero fracasó.

—Muy amable por su parte, mayor —intervino Jamie secamente, y me miró enarcando una ceja. El gobierno de la colonia debía de estar en una situación mucho peor de lo que él suponía para que el gobernador Martin no sólo tolerara la existencia de los comités, sino que también los aprobara de manera clandestina.

El sonido largo y profundo del bostezo de un perro me llegó de manera tenue desde el vestíbulo, y me excusé para ver cómo se encontraba Ian.

Me pregunté si el gobernador Martin tenía alguna idea de lo que estaba liberando. Suponía que sí, y que estaba tratando de sacar el máximo provecho de una mala situación, intentando asegurarse de que, al mando de los comités de seguridad, al menos hubiera hombres que habían apoyado a la Corona durante la guerra de la Regulación. Pero la verdad era que él no podía controlar muchos de esos comités, o conocer tan siquiera su existencia. La colonia comenzaba a sisear como una tetera a punto de hervir, y Martin no tenía tropas oficiales a su mando, sólo irregulares como MacDonald y la milicia.

Ésta, por supuesto, era la razón de que MacDonald llamara «coronel» a Jamie. El gobernador anterior, William Tryon, había nombrado a Jamie —bastante en contra de su voluntad— coronel de la milicia para los territorios a este lado del Yadkin.

«Hum», dije para mis adentros. Ni MacDonald ni Martin eran tontos. Invitar a Jamie a establecer un comité de seguridad significaba que éste convocaría a los hombres que habían servido a su mando en la milicia, pero no comprometería al gobierno a pagarles o equiparlos, y el gobernador quedaría exento de responsabilidad por sus acciones, puesto que un comité de seguridad no era un organismo oficial. Jamie corría un peligro considerable —así como todos nosotros— si aceptaba esa propuesta.

El vestíbulo estaba oscuro; no había ninguna luz, salvo la que llegaba desde la cocina, detrás de mí, y el débil resplandor de la única vela encendida en la consulta. Ian dormía, pero tenía un sueño inquieto, con una ligera arruga de turbación en la suave piel entre las cejas. Rollo levantó la cabeza y su gruesa cola se meneó de un lado a otro sobre el suelo a manera de saludo.

Ian no respondió cuando lo llamé por su nombre, ni cuando coloqué una mano sobre su hombro. Lo sacudí con suavidad, y luego con un poco más de fuerza. Vi que se debatía, bajo la inconsciencia, como un hombre nadando en corrientes subterráneas, rindiéndose a las profundidades que lo llamaban, hasta que de pronto un anzuelo inesperado lo atrapaba, con una punzada de dolor en la piel entumecida por el frío.

Sus ojos se abrieron de repente, oscuros y perdidos, y me contempló sin entender.

—Hola —le dije en voz baja, aliviada al ver que despertaba—. ¿Cómo te llamas?

Me di cuenta de inmediato de que la pregunta no tenía sentido para él, y la repetí con tranquilidad. La comprensión brilló en las profundidades de sus pupilas dilatadas.

—¿Quién soy? —preguntó en gaélico. Dijo algo más, arrastrando las palabras, en mohawk, y sus párpados se agitaron y se cerraron.

—Despierta, Ian —ordené con firmeza, sacudiéndolo otra vez—. Dime quién eres. —Sus ojos volvieron a abrirse y él me miró confundido.

—Intentemos algo más fácil —sugerí, levantando dos dedos—. ¿Cuántos dedos ves?

Un resplandor de comprensión surgió en sus ojos.

—No dejes que Arch Bug te vea haciendo eso, tía —comentó lentamente, con la insinuación de una sonrisa en el rostro—. Es un gesto muy grosero, ¿sabes?

Bueno, al menos me había reconocido, así como la señal de la «V»; eso era algo. Y debía de saber quién era, puesto que me había llamado «tía».

—¿Cuál es tu nombre completo? —volví a preguntar.

—Ian James FitzGibbons Fraser Murray —contestó, algo enojado—. ¿Por qué insistes en preguntarme mi nombre?

—¿FitzGibbons? —pregunté—. ¿De dónde demonios has sacado eso?

Él gimió y se llevó dos dedos a los párpados, haciendo una mueca de dolor cuando los apretó suavemente.

—Me lo puso el tío Jamie; échale la culpa a él —arguyó—. Es por su viejo padrino, según me explicó. Se llamaba Murtagh FitzGibbons Fraser, pero a mi madre no le gustaba el nombre de Murtagh. Creo que voy a volver a vomitar —añadió, apartando la mano.

Por último, tembló y tuvo arcadas sobre la palangana, pero en realidad no vomitó, lo que era una buena señal. Lo ayudé a ponerse de costado, blanco y húmedo de sudor, y Rollo se apoyó en las patas traseras con las delanteras en la mesa para lamerle la cara. Ian rió entre gemidos y trató débilmente de apartarlo.

—Theirig dhachaigh, Okwaho —dijo. Theirig dhachaigh significaba «vete a casa» en gaélico, y era evidente que Okwaho era el nombre de Rollo en mohawk. Parecía que Ian tenía dificultades en escoger entre los tres idiomas que hablaba de manera fluida, pero era obvio que, sin embargo, estaba lúcido. Después de que respondiera más preguntas molestas y sin sentido, le limpié la cara con un paño húmedo, le dejé enjuagarse la boca con vino muy aguado y volví a arroparlo.

—¿Tía? —dijo con dificultad, mientras yo me volvía hacia la puerta—. ¿Crees que alguna vez volveré a ver a mi madre?

Me detuve. No tenía la menor idea de cómo contestar a esa pregunta. Pero en realidad no fue necesario; él ya había vuelto a sumirse en el sueño y respiraba profundamente, con la rapidez que suelen mostrar los pacientes de una conmoción, antes de que yo pudiera encontrar las palabras adecuadas.

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6
Emboscada

Ian se despertó con brusquedad, cerrando la mano en torno a su tomahawk. O lo que debería haber sido su tomahawk, pero en realidad era la tela de sus pantalones. Durante un instante no supo dónde estaba, y se incorporó a medias, tratando de distinguir siluetas en la oscuridad.

El dolor le atravesó la cabeza como un relámpago, haciendo que gimiera quedamente y que la agarrara. En la oscuridad, más abajo, Rollo soltó un leve bufido de alarma.

¡Dios santo! Los intensos olores de la consulta de su tía penetraron en su nariz: alcohol, mecha quemada, hierbas medicinales desecadas y ese espantoso brebaje que ella llamaba penicilina. Cerró los ojos, apoyó la frente en las rodillas levantadas y respiró poco a poco por la boca.

¿Qué había soñado? Un sueño de peligro, algo violento; pero no podía captar ninguna imagen clara, sólo la sensación de algo que lo acechaba, algo que lo seguía por el bosque.

Tenía que orinar con urgencia. Buscando a tientas el borde de la mesa en la que estaba acostado, bajó con cuidado y se incorporó, entornando los ojos para aliviar las ráfagas de dolor.

La señora Bug le había dejado un orinal, según recordaba, pero la vela se había apagado y él no tenía intención de arrastrarse por el suelo para buscarlo. Una luz débil le mostró dónde estaba la puerta; ella la había dejado entreabierta, y por el pasillo llegaba el resplandor de la chimenea de la cocina. Orientándose con esa luz, consiguió llegar hasta la ventana, la abrió, movió el cierre del postigo y permaneció allí de pie, rodeado por el aire de la fresca noche primaveral, con los ojos cerrados mientras aliviaba la vejiga.

Así estaba mejor, aunque con el alivio recobró la conciencia del malestar que sentía en el estómago y de los latidos de la cabeza. Se sentó, apoyando los brazos sobre las rodillas y sosteniéndose la cabeza entre los brazos, mientras esperaba que todo lo demás se calmara.

Había voces en la cocina; ahora que prestaba atención, podía oírlas con claridad. Eran el tío Jamie y el tal MacDonald, y también el viejo Arch Bug; la tía Claire intervenía cada cierto tiempo con un comentario en inglés que sonaba agudo en contraste con los ásperos rezongos del escocés y el gaélico.

—¿Estaría usted interesado en ser un agente indio? —estaba preguntando MacDonald.

¿Qué era eso?, dijo Ian. Luego lo recordó. Sí, desde luego. La Corona empleaba a hombres para que ofrecieran regalos a las tribus: tabaco, cuchillos y cosas semejantes. Les contaban tonterías sobre Jorge III, como si fuese posible que el rey fuera a sentarse ante las hogueras del consejo en la próxima Luna del Conejo y hablar como un hombre.

Ian sonrió tristemente sólo de pensarlo. La idea era bastante sencilla: convencer a los indios de que lucharan para los ingleses cuando fuera necesario. Pero ¿por qué creían que era preciso en ese momento? Los franceses habían cedido posiciones y se habían retirado a sus bastiones del norte, en Acadia.

Ah. Después recordó lo que Brianna le había comentado sobre los combates que estaban por llegar. No sabía si creerla o no; tal vez tenía razón, y en ese caso... No quería pensar en ello. Ni en nada.

Rollo se le acercó sin hacer ruido y se apoyó con fuerza contra su cuerpo. Ian se inclinó y descansó la cabeza sobre la gruesa piel del animal.

Un agente indio se había presentado una vez, cuando él vivía en la Aldea de la Serpiente; era un sujeto gordo y pequeñito, de mirada recelosa y voz temblorosa. A él le había parecido que aquel hombre —los mohawk le habían puesto el sobrenombre de Sudor Fuerte, ya que desprendía un hedor como si tuviera una enfermedad mortal— no estaba acostumbrado a los kahnyen’kehaka; no conocía bien la lengua y era evidente que esperaba que en cualquier momento le arrancaran la cabellera, algo que a ellos les habría resultado graciosísimo, y uno o dos tal vez lo habrían intentado como broma, si no fuera porque Tewaktenyonh había pedido que lo trataran con respeto. Ian se había visto obligado a ser intérprete, una tarea que había llevado a cabo sin mucho placer. Prefería mil veces considerarse un mohawk que reconocer cualquier relación con Sudor Fuerte.

Aunque el tío Jamie... sin duda él lo haría muchísimo mejor. ¿Aceptaría? Ian prestó atención a las voces con interés, pero estaba claro que el tío Jamie no iba a dejar que lo presionaran para tomar la decisión. Al escuchar cómo su tío intentaba eludir el compromiso, pensó que era más probable que MacDonald atrapara una rana en un manantial.

Suspiró, rodeó a Rollo con un brazo y apoyó más peso sobre el perro. Se sentía fatal. Habría supuesto que estaba agonizando si no hubiera sido porque su tía le había advertido que se sentiría mal durante varios días. Estaba seguro de que ella permanecería a su lado si él fuera a morir, en lugar de marcharse y dejarle a Rollo para que le hiciera compañía.

Los postigos todavía estaban abiertos, y el aire fresco se derramó sobre Ian, frío y suave al mismo tiempo, como solía ocurrir las noches de primavera. Sintió que Rollo levantaba la nariz, olfateaba y dejaba escapar un gemido grave y excitado. Tal vez una zarigüeya o un mapache.

—Vete, si quieres —dijo, enderezándose y dándole un pequeño empujón al perro—. Estoy bien.

El perro lo olfateó con recelo y trató de lamerle la parte posterior de la cabeza, donde estaban los puntos, pero se detuvo cuando Ian soltó un grito y se cubrió la herida con la mano.

—¡Vete, he dicho! —Empujó al perro suavemente y Rollo resopló, trazó un círculo, saltó por encima de la cabeza de Ian para salir por la ventana y cayó al suelo al otro lado con un ruido fuerte. Un chillido terrible atravesó el aire y se oyó el sonido de unas patas que trataban de escabullirse y de cuerpos pesados rasgando los arbustos.

Luego hubo voces de alarma en la cocina. Ian oyó los pasos del tío Jamie en el pasillo, un instante antes de que se abriera la puerta de la consulta.

—¿Ian? —dijo su tío en voz baja—. ¿Dónde estás, muchacho? ¿Qué ha ocurrido?

Ian se puso en pie, pero una luz cegadora le cubrió los ojos y él trastabilló. El tío Jamie lo cogió del brazo y lo ayudó a sentarse en una banqueta.

—¿Qué ocurre, muchacho? —Cuando su visión se aclaró, pudo ver a su tío a la luz de la puerta, con el rifle en una mano y una expresión de preocupación en el rostro que se volvió irónica en cuanto vio la ventana abierta. Olfateó profundamente—. Al parecer, no era una mofeta.

—Bueno, eso parece —dijo Ian, tocándose la cabeza con cuidado—. O bien Rollo está persiguiendo a una pantera, o ha caído sobre el gato de la tía.

—Ah, sí. Le iría mejor con la pantera. —Su tío dejó el rifle y se acercó a la ventana—. ¿Cierro los postigos o necesitas aire, muchacho? Estás un poco pálido.

—Me siento pálido —admitió Ian—. Sí, déjalos abiertos, por favor.

—¿No quieres descansar, Ian?

El chico vaciló. Seguía sintiendo náuseas, y suponía que le apetecía volver a acostarse, pero la consulta lo incomodaba, con esos olores fuertes y los reflejos de minúsculas cuchillas y otras cosas misteriosas y dolorosas. El tío Jamie pareció adivinar su preocupación, porque se inclinó y puso una mano debajo del codo de Ian.

—Ven conmigo, muchacho. Puedes dormir arriba, en una cama de verdad, si no te molesta que el mayor MacDonald esté durmiendo en la otra.

—No me importa —afirmó—, pero creo que me quedaré aquí. —Hizo un gesto hacia la ventana, sin querer asentir y que por ello empeorara su dolor de cabeza—. Seguramente Rollo volverá pronto.

El tío Jamie no discutió con él, algo que Ian agradeció. Las mujeres daban vueltas a las cosas; los hombres se limitaban a hacerlas.

Su tío lo levantó sin ninguna ceremonia y lo llevó de vuelta a la cama, lo abrigó con una manta y luego comenzó a buscar a oscuras el rifle que había dejado en el suelo.

—¿Podrías traerme un vaso de agua, tío Jamie?

—¿Eh? Ah, claro.

La tía Claire había dejado una jarra de agua a mano. Se oyó el agradable sonido del líquido golpeando contra las paredes del recipiente, y luego sintió el borde de un vaso de barro en los labios, mientras su tío lo sostenía por la espalda para mantenerlo derecho. No lo necesitaba, pero no protestó; el tacto era cálido y reconfortante. No se había dado cuenta del frío que tenía a causa de la brisa nocturna, y tembló un poco.

—¿Todo bien, muchacho? —murmuró el tío Jamie, apretando el hombro de Ian.

—Sí, por supuesto. ¿Tío Jamie?

—¿Sí?

—¿La tía Claire te ha contado algo sobre... sobre una guerra? Una guerra futura, quiero decir. Con Inglaterra.

Hubo un momento de silencio y la gran silueta de su tío quedó inmóvil contra la luz de la puerta.

—Sí —contestó, y apartó la mano—. ¿Te lo ha explicado a ti?

—No. Ha sido la prima Brianna. —Se tumbó de lado, con cuidado de no rozar su cabeza herida—. ¿Tú las crees?

No hubo vacilación esta vez.

—Sí. Las creo. —Lo dijo con su tono habitual, pero algo en esa frase erizó los pelos de la nuca de Ian.

—Ah, vaya.

La almohada de plumas de oca era suave bajo su mejilla, y olía a lavanda. La mano de su tío le tocó la cabeza y le apartó el cabello despeinado de la frente.

—No te preocupes por ello, Ian —afirmó en voz baja—. Todavía hay tiempo. —Recogió el arma y se marchó.

Desde donde estaba tumbado, Ian podía ver el umbral y, más arriba, los árboles al borde del Cerro, la ladera de Black Mountain y luego el negro cielo estrellado.

Oyó que se abría la puerta trasera y después la voz de la señora Bug, más fuerte que las otras.

—No están en ninguna parte, señor —estaba diciendo, casi sin aliento—. Y la casa está a oscuras, no hay fuego en la chimenea. ¿Adónde habrán ido a estas horas de la noche?

Ian se preguntó quiénes se habrían ido, pero no parecía que tuviera mucha importancia. Si había algún problema, el tío Jamie se encargaría de resolverlo. Era una idea reconfortante; se sintió como un niño pequeño, a salvo en su cama, oyendo la voz de su padre fuera, hablando con un arrendatario en la fría oscuridad de un amanecer en las Highlands.

El calor fue cubriéndolo lentamente debajo del edredón, y, por último, se quedó dormido.

La luna comenzaba a elevarse en el cielo cuando emprendieron el viaje, lo que era bueno, pensó Brianna. Incluso con aquel orbe grande, dorado e inclinado que navegaba por un río de estrellas y derramaba por el cielo el brillo que había tomado prestado, el sendero por el que caminaban era invisible. Lo mismo ocurría con sus pies, ahogados en el negro absoluto del bosque.

Negro, pero no silencioso. Los gigantescos árboles se agitaban en lo alto, pequeñas cosas chillaban y se escabullían en la oscuridad, y cada cierto tiempo, el mudo aleteo de un murciélago se acercaba a ella lo suficiente como para asustarla, como si de pronto parte de la noche se hubiera soltado y le hubieran crecido alas ante Brianna.

—¿La gata del ministro es una gata asustada? —sugirió Roger cuando ella gimió y se aferró a él inmediatamente después de que se le aproximara una de esas criaturas con alas de cuero.

—La gata del ministro es una... gata agradecida1 —respondió ella, apretándole la mano—. Gracias. —Es posible que terminaran durmiendo delante de la chimenea de los McGillivray, en vez de cómodamente metidos en su propia cama, pero al menos estarían con Jemmy.

Él le devolvió el apretón con una mano más grande y fuerte que la de ella, cosa que resultaba muy reconfortante en la oscuridad.

—No hay nada que agradecer —repuso Roger—. Yo también quiero estar con él. Ésta es una noche en la que lo mejor es que la familia esté reunida, a salvo y en el mismo lugar.

Ella hizo un pequeño sonido de aceptación y agradecimiento con la garganta, pero quería seguir con la conversación, tanto por la sensación de contacto con él como para mantener a raya la oscuridad.

—El gato del ministro fue un gato muy elocuente —comentó con delicadeza—. En el... en el funeral, quiero decir. El de aquella pobre gente.

Roger resopló; Brianna vio su aliento, blanco en el aire.

—El gato del ministro fue un gato muy cohibido —intervino—. ¡Por tu padre!

Ella sonrió, puesto que él no podía verla.

—Lo hiciste muy bien, de verdad —aseguró Brianna.

—Mmfm —respondió Roger, con otro breve resoplido—. En cuanto a la elocuencia... si la hubo, no fue mía. Lo único que hice fue citar fragmentos de un salmo; ni siquiera podría decirte cuál.

—No tuvo importancia. Pero ¿por qué escogiste... lo que dijiste? —preguntó con curiosidad—. Yo creía que elegirías el padrenuestro, o quizá el salmo veintitrés; todos lo conocen.

—Yo también creí que haría eso —admitió Roger—. Ésa era mi intención. Pero cuando llegó el momento... —Vaciló, y ella vio en su recuerdo aquellos montículos bastos y fríos, y se estremeció, recordando el olor del hollín. Él le apretó la mano con más fuerza, acercó el cuerpo al suyo y metió la mano de ella en el hueco del codo—. No lo sé. Por alguna razón, me pareció... más apropiado.

—Y así fue —asintió Brianna en voz baja, pero desvió la conversación hacia la cuestión de su último proyecto de ingeniería, una bomba manual para sacar agua del pozo—. Si tuviera algo que me sirviera de tubo, podría llevar agua a la casa con mucha facilidad. Ya tengo la mayor parte de la madera que necesito para una bonita cisterna, si puedo hacer que Ronnie la construya; así, como mínimo, podremos bañarnos con agua de lluvia. Pero ahuecando troncos de árbol —dijo, refiriéndose al método empleado para la pequeña cantidad de tuberías que se utilizaban para la bomba—, tardaría meses en tener los suficientes como para que llegara del pozo hasta la casa; ni hablar de si quisiéramos hacerlo desde el arroyo. Y no hay ninguna posibilidad de conseguir cobre enrollado. Incluso si pudiéramos pagarlo, que no podemos, traerlo desde Wilmington sería... —Brianna levantó la mano que tenía libre, frustrada por lo monumental del proyecto.

Roger reflexionó un poco sobre el tema; el golpeteo de sus zapatos sobre el rocoso sendero se convirtió en un ritmo agradable.

—Bueno, los antiguos romanos lo hacían con cemento —añadió—. La fórmula está en Plinio.

—Lo sé. Pero hace falta determinada clase de arena, que da la casualidad que no tenemos. Y cal viva, de la que tampoco disponemos. Y...

—Sí. Pero ¿y si lo intentamos con arcilla? —la interrumpió él—. ¿Recuerdas aquel plato de la boda de Hilda? ¿Aquel grande, marrón y rojo, con unos dibujos muy hermosos?

—Sí —contestó ella—. ¿Por qué?

—Ute McGillivray dijo que se lo había traído alguien de Salem. No recuerdo el nombre, pero comentó que aquel tipo era famoso por su alfarería, o como sea que se llame hacer platos.

—¡Te apuesto lo que quieras a que ella no dijo eso!

—Bueno, algo parecido —continuó él sin inmutarse—. La cuestión es que lo fabricó aquí; no lo trajo de Alemania. De modo que por esta zona tiene que haber arcilla que pueda cocerse, ¿verdad?

—Ah, ya entiendo. Bueno, es una idea que se puede tener en cuenta... ¿no?

Lo era, y se trataba de una idea atractiva cuya discusión los mantuvo ocupados durante la mayor parte del trayecto restante.

Ya habían bajado del Cerro y estaban a menos de quinientos metros de la casa de los McGillivray cuando Brianna notó una sensación inquietante en la nuca. Quizá sólo fuera su imaginación; después de lo que había visto en aquel desfiladero desierto, el oscuro aire del bosque parecía repleto de amenazas, y ella imaginaba emboscadas en cada curva cerrada, tensándose en anticipación del ataque.

De pronto, oyó un crujido en los árboles a su derecha, el ruido de una ramita al partirse de una manera que no era propia del viento ni de ningún animal. El verdadero peligro tenía su propio sabor, nítido como el zumo de limón, en contraste con la limonada aguada de la imaginación.

Su mano apretó el brazo de Roger en un gesto de advertencia, y él se detuvo de inmediato.

—¿Qué? —susurró, llevando la mano al cuchillo—. ¿Dónde?

Él no lo había oído. Maldición, ¿por qué no habría cogido ella su pistola, o al menos su propia daga? Lo único que llevaba encima era su navaja suiza, que siempre estaba en el bolsillo, además de las armas que pudiera ofrecerle el entorno.

Se apoyó en Roger y señaló, con la mano cerca del cuerpo de él, para asegurarse de que seguía la dirección de su gesto. Luego se agachó y tanteó el suelo en busca de una roca o un palo que pudiera usar como arma.

—Sigue hablando —susurró.

—La gata del ministro es una gata miedosa, ¿verdad? —dijo él, con un tono de burla bastante convincente.

—La gata del ministro es una gata feroz —respondió ella, tratando de imitar su tono jocoso, al mismo tiempo que introducía una mano en el bolsillo. La otra se cerró en torno a una piedra, a la que le quitó la tierra que le quedaba hasta que quedó fría y pesada en su palma. Se levantó, con todos los sentidos centrados en la oscuridad a su derecha—. Va a despellejar a cualquiera que...

—Oh, son ustedes —dijo una voz en el bosque a sus espaldas.

Brianna soltó un alarido y Roger se sobresaltó, se volvió para enfrentarse a la amenaza, la agarró y la empujó detrás de él, todo en un solo movimiento.

El empujón hizo que se tambaleara hacia atrás. Un tacón del zapato se le enganchó en una raíz oculta en la oscuridad, y cayó, golpeándose de lleno en un costado, posición desde la que obtuvo una vista excelente de Roger a la luz de la luna, con el cuchillo en la mano, abalanzándose sobre los árboles con un rugido incoherente.

Al cabo de cierto tiempo procesó lo que había dicho la voz, así como el inconfundible tono de desilusión que había en ella. Una voz muy similar, cargada de alarma, habló desde el bosque a su derecha:

—¿Jo? —dijo—. ¿Qué? ¿Jo, qué?

Se oyeron ruidos de lucha y gritos en el bosque a la izquierda. Roger le había puesto las manos encima a alguien.

—¡Roger! —gritó Brianna entonces—. ¡Roger, para! ¡Son los Beardsley!

Ella había soltado la roca al caer, y ahora estaba en pie, frotándose la mano en la falda para limpiarse la tierra. El corazón seguía latiéndole con fuerza, se había hecho un moretón en la nalga izquierda y su impulso de comenzar a reír estaba teñido por el fuerte deseo de estrangular a uno o bien a ambos gemelos Beardsley.

—¡Kezzie Beardsley, sal de ahí! —gritó, y luego lo repitió, incluso más fuerte. La audición de Kezzie había mejorado después de que la madre de Brianna le hubiera extirpado las amígdalas y las adenoides crónicamente infectadas, pero de todas formas seguía estando bastante sordo.

Tras unos fuertes crujidos en los arbustos, apareció ante sus ojos la delgada silueta de Keziah Beardsley, con su cabello oscuro, el rostro blanco, y armado con un gran garrote, que bajó de su hombro e intentó ocultar con timidez detrás de su espalda cuando la vio.

Mientras tanto, unos crujidos mucho más fuertes y una generosa cantidad de insultos detrás de ella precedieron a la aparición de Roger, que agarraba el huesudo cuello de Josiah Beardsley, el gemelo de Kezzie.

—En el nombre de Dios, ¿qué intentabais hacer, pequeños bastardos? —preguntó Roger, empujando a Jo hacia su hermano, que se encontraba en un pequeño hueco iluminado por la luna—. ¿Te has dado cuenta de que casi te mato?

Había la suficiente luz como para que Brianna distinguiera la expresión más bien cínica que cruzó la cara de Jo ante esas palabras, antes de que fuera borrada y reemplazada por otra de firme disculpa.

—Lo sentimos mucho, señor Mac. Hemos oído que venía alguien y se nos ha ocurrido que podían ser bandoleros.

—Bandoleros —repitió Brianna. Sentía la urgente necesidad de echarse a reír, pero se reprimió—. ¿De dónde demonios has sacado esa palabra?

—Ah. —Jo se miró los pies, con las manos entrelazadas a la espalda—. La señorita Lizzie nos ha estado leyendo aquel libro que trajo el señor Jamie. Allí hablaban de bandoleros.

—Ya veo. —Miró a Roger, que le devolvió la mirada, mientras su enfado iba disminuyendo y transformándose en regocijo—. Historias de piratas —explicó—. Defoe.

—Oh, sí. —Roger envainó su cuchillo—. ¿Y por qué, exactamente, pensasteis que podíamos ser bandoleros?

Kezzie, con las peculiaridades de su oído errático, respondió con la misma seriedad que su hermano, aunque su voz era más alta y algo monótona a causa de su temprana sordera.

—Nos cruzamos con el señor Lindsay cuando iba de camino a su casa y él nos explicó lo que había ocurrido en el Arroyo del Holandés. ¿Es cierto lo que nos ha dicho? ¿Que estaban todos carbonizados?

—Pues sí, estaban todos muertos. —La voz de Roger había perdido cualquier matiz de diversión—. Pero ¿qué tiene eso que ver con que vosotros andéis acechando por el bosque con garrotes?

—Verá, señor, el asentamiento de los McGillivray es un lugar muy bonito y amplio, en especial con el taller del tonelero y la nueva casa y todo eso, y como está cerca del camino, bueno, si yo fuera un bandolero, es justo la clase de lugar que escogería para atacar —respondió Jo.

—Y la señorita Lizzie está allí, con su padre. También su hijo, señor Mac —añadió Kezzie enfáticamente—. No querríamos que sufrieran ningún daño.

—Ya veo —respondió Roger con una sonrisa torcida—. Bien, os doy las gracias, entonces, por vuestra amabilidad. Pero dudo que los bandoleros estén cerca; el Arroyo del Holandés está bastante lejos de aquí.

—Es cierto, señor —accedió Jo—. Pero podría haber bandoleros en cualquier parte, ¿no?

Eso era innegable, y lo bastante cierto como para que Brianna volviera a sentir frío en la boca del estómago.

—Podría, pero no los hay —los tranquilizó Roger—. Venid a la casa con nosotros, ¿de acuerdo? Sólo íbamos a buscar al pequeño Jem. Estoy seguro de que Frau Ute os ofrecerá una cama junto al fuego.

Los gemelos Beardsley intercambiaron una mirada inescrutable. Eran casi idénticos —pequeños y ágiles, con el cabello tupido y negro, y sólo podían distinguirse por la sordera de Kezzie y la cicatriz redonda en el pulgar de Jo—, y ver a dos caras de huesos finos con exactamente la misma expresión era un poco inquietante.

Fuera cual fuese la información intercambiada en esa mirada, era evidente que había incluido toda la discusión que hacía falta, puesto que Kezzie hizo un ligero gesto con la cabeza y delegó la respuesta en su hermano.

—Ah, no, señor —contestó Josiah de manera cortés—. Creo que esperaremos. —Y sin decir nada más, ambos se volvieron y se internaron en la oscuridad, pateando hojas y piedras a su paso.

—¡Jo! ¡Espera! —exclamó Brianna, al encontrar algo más en el fondo de su bolsillo.

—¿Sí, señora? —Josiah regresó y apareció junto al codo de ella con una rapidez perturbadora. Su hermano no era muy silencioso, pero él sí.

—¡Ah! Quiero decir, aquí estás. —Ella inspiró hondo para que disminuyera el ritmo de sus latidos, y le entregó el silbato tallado que había hecho para Germain—. Toma. Si vais a montar guardia, esto podría resultaros de utilidad para pedir ayuda, en caso de que por fin venga alguien.

Era evidente que Jo Beardsley nunca había visto un silbato antes, pero no quería admitirlo. Hizo girar el pequeño objeto en su mano, tratando de no mirarlo demasiado fijamente.

Roger extendió la mano, se lo quitó y lanzó un poderoso silbido que atravesó la noche. Varios pájaros, despertados por el ruido, salieron disparados de los árboles cercanos, soltando chillidos y seguidos de cerca por Kezzie Beardsley, con los ojos muy abiertos a causa del asombro.

—Sopla en este extremo —explicó Roger, señalando con un golpecito el lado apropiado del silbato—. Aprieta un poco los labios.

—Se lo agradezco, señor —murmuró Jo. Su habitual expresión estoica se había desarmado junto con el silencio; cogió el silbato con la cara boquiabierta de un niño la mañana de Navidad, y se volvió de inmediato hacia su hermano para enseñarle el premio. De pronto, Brianna se dio cuenta de que era muy probable que ninguno de aquellos muchachos hubiera tenido jamás una mañana de Navidad, o cualquier otra clase de regalo.

—Haré otro para ti —le prometió a Kezzie—. Luego podríais mandaros señales el uno al otro... Si veis bandoleros —añadió con una sonrisa.

—Ah, sí, señora. Lo haremos, claro que sí —aseguró él, casi sin mirarla por la ansiedad de examinar el silbato que su hermano le había puesto en las manos.

—¡Soplad tres veces si precisáis ayuda! —les gritó Roger cuando ya habían echado a andar, cogiendo del brazo a Brianna.

—¡Sí, señor! —llegó la respuesta desde la oscuridad, seguida de un débil y tardío «¡Gracias, señora!», frase seguida, a su vez, por una serie de resoplidos, gemidos y jadeos, intercalados con algunos breves y estridentes silbidos exitosos.

—Lizzie ha estado enseñándoles modales, por lo que veo —comentó Roger—. ¿Crees que alguna vez serán verdaderamente civilizados?

—No —respondió ella, lamentándolo.

—¿En serio? —Brianna no podía verle la cara en la oscuridad, pero advirtió su sorpresa en la voz—. Sólo bromeaba. ¿De verdad crees que no?

—Sí, lo creo. Y es natural, después de la forma en la que crecieron. ¿Has visto cómo se han comportado al ver el silbato? Nadie les ha ofrecido un regalo jamás, ni tampoco un juguete.

—Supongo que no. ¿Crees que eso es lo que vuelve civilizados a los niños? Si es así, supongo que el pequeño Jem será filósofo, artista o algo parecido. La señora Bug lo consiente demasiado.

—Ya, y tú no —repuso ella—. Y papá, Lizzie, mamá y todos los demás.

—Bueno —se excusó Roger, impasible ante la acusación—. Espera a que tenga un hermanito que le haga la competencia. Germain no corre peligro de que lo consientan, ¿verdad? —Germain, el hijo mayor de Fergus y Marsali, era acosado una y otra vez por sus dos hermanas menores, a quienes todo el mundo conocía como las «gatitas del infierno». Éstas perseguían constantemente a su hermano para molestarlo y fastidiarlo.

Brianna se echó a reír, aunque notó una ligera inquietud. La idea de tener otro hijo siempre hacía que se sintiera como si estuviera en lo alto de una montaña rusa, sin aliento y con el estómago hecho un nudo, entre la excitación y el terror. En especial, en ese instante, en que el recuerdo del momento en que habían hecho el amor seguía presente en su memoria, blando y pesado, moviéndose en su estómago como el mercurio.

Pareció que Roger percibía esa ambivalencia, puesto que no siguió con el tema, sino que buscó la mano de su esposa y la cogió con la suya, grande y cálida. El aire era frío; eran los últimos vestigios de un frente invernal que aún perduraba en los valles.

—¿Y Fergus? —preguntó, volviendo a la conversación anterior—. Por lo que sé, tampoco ha tenido una infancia muy feliz, pero parece bastante civilizado.

—Mi tía Jenny lo ha criado desde que cumplió diez años —explicó Brianna—. Tú no has conocido a mi tía Jenny, pero, créeme, podría haber civilizado a Adolf Hitler si hubiera querido. Además, Fergus creció en París, pero no en el campo, sino en un burdel. Y al parecer era un burdel de mucha clase, por lo que Marsali me cuenta.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te explica?

—Sólo historias que él le ha contado de vez en cuando. Sobre los clientes, y las p... las chicas.

—¿No puedes decir «puta»? —preguntó él divertido. Ella sintió que la sangre le inundaba las mejillas y se alegró de que estuviera tan oscuro; Roger siempre la provocaba más cuando ella se ruborizaba.

—No puedo evitarlo; he ido a una escuela católica —se defendió—. Condicionamiento temprano. —Era cierto; había palabras que no podía pronunciar, salvo cuando estaba sobrecogida por la furia o mentalmente preparada—. Pero tú sí, ¿no? Yo creía que alguien que estuviera a cargo de un predicador tendría el mismo problema...

Roger se echó a reír, sarcástico.

—No tenía exactamente el mismo problema. Era más que me sentía obligado a maldecir y a hacer otras cosas delante de mis amigos, para demostrar que podía hacerlo.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó ella, barruntando una historia. Su marido no acostumbraba a hablar sobre sus primeros años en Inverness, adoptado por su tío abuelo, un ministro presbiteriano, pero a ella le encantaba escuchar los pequeños relatos que a veces narraba.

—Ah. Fumar, beber cerveza y escribir tacos en las paredes del baño de hombres —dijo Roger, con una sonrisa evidente en su voz—. Volcar cubos de basura, deshinchar los neumáticos de los automóviles, robar dulces de la oficina de correos.... De pequeño fui un auténtico delincuente durante un tiempo.

—El terror de Inverness, ¿eh? ¿Tenías una pandilla? —lo incitó ella.

—Sí —dijo él riendo—. Gerry MacMillan, Bobby Cawdor y Dougie Buchanan. Yo era el chico raro, no sólo por ser el hijo del predicador, sino también por tener un padre y un nombre ingleses. De modo que siempre tenía que demostrarles que era un tipo duro. Lo que significaba que, por lo general, me metía en problemas.

—No tenía ni idea de que hubieras sido un delincuente juvenil —comentó Brianna, encantada con la idea.

—Bueno, no por mucho tiempo —le aseguró de manera irónica—. Cuando llegó el verano en que cumplí quince años, el reverendo me alistó en un barco pesquero y me mandó al mar con la flota de arenques. No sabría decir si lo hizo para mejorar mi personalidad, para mantenerme alejado de la cárcel o sólo porque ya no me aguantaba en casa, pero dio resultado. Si alguna vez quieres conocer a tipos duros de verdad, intérnate en el mar con una panda de pescadores gaélicos.

—Lo tendré presente —respondió ella, intentando no reír y emitiendo unos pequeños resoplidos en su lugar—. ¿Y tus amigos terminaron en la cárcel, o se volvieron buenos cuando tú ya no estabas para guiarlos por el mal camino?

—Dougie se alistó en el ejército —respondió Roger, con cierta nostalgia en la voz—. Gerry regentó el negocio de su padre, un estanco. Bobby... sí, bueno, Bobby está muerto. Se ahogó, aquel mismo verano, cuando estaba capturando langostas con su primo, cerca de Oban.

Brianna se inclinó hacia su esposo y le apretó la mano, al mismo tiempo que rozaba su hombro contra el de Roger para transmitirle sus condolencias.

—Lo lamento —dijo. Luego hizo una pausa—. Sólo... que no está muerto, ¿verdad? Aún no. En este momento, no.

Roger movió la cabeza y dejó escapar un leve gemido, mezcla de humor y consternación.

—¿Eso te reconforta? —preguntó ella—. ¿O es algo horrible pensar así? —Quería que él siguiera hablando; Roger no había hablado durante tanto tiempo seguido desde que el ahorcamiento le había afectado la voz, impidiéndole volver a cantar. Cuando se veía obligado a hablar en público, se sentía incómodo y se le cerraba la garganta. Su voz seguía ronca, pero cuando estaba relajado, como ahora, no se ahogaba ni tosía.

—Ambas cosas —dijo él, y volvió a gemir—. En cualquier caso, jamás volveré a verlo. —Se encogió ligeramente de hombros, intentando alejar la idea de su mente—. ¿Tú piensas mucho en tus viejos amigos?

—No, no mucho —respondió ella en voz baja. En ese momento, el camino se estrechaba, y Brianna entrelazó su brazo con el de Roger, acercándose a él, al mismo tiempo que se aproximaban a la última curva, tras la cual estarían a la vista de los McGillivray—. Hay tanto aquí... —Pero Brianna no quería hablar de lo que no había—. ¿Crees que Jo y Kezzie sólo están jugando? ¿O traman algo?

—¿Qué podrían estar tramando? —preguntó él, aceptando el cambio de tema sin hacer comentarios—. No pensarás que estaban esperando para asaltar a alguien en el camino... no a estas horas de la noche.

—Yo me creo lo que han dicho sobre que estaban montando guardia —dijo—. Harían cualquier cosa por proteger a Lizzie. Sólo que... —Brianna hizo una pausa.

Habían salido del bosque y estaban en el camino de carruajes; al otro lado había un empinado talud, que miraba a la noche como un charco sin fondo de terciopelo negro. Durante el día era una masa enmarañada de ramas caídas, macizos de rododendros, árboles del amor y cornejos, llenos de maleza y de restos de antiguas vides y enredaderas. Más allá había una curva pronunciada y el camino giraba sobre sí mismo, hasta llegar al asentamiento de los McGillivray, treinta metros más abajo.

—Las luces todavía están encendidas —comentó ella algo sorprendida.

El pequeño grupo de edificios —la Casa Vieja, la Casa Nueva, el taller de toneles de Ronnie Sinclair, la forja de Dai Jones y la cabaña— estaba casi a oscuras, pero se veía luz a través de las rendijas de los postigos en las ventanas bajas de la Casa Nueva de los McGillivray, y una hoguera delante de la casa creaba un brillante resplandor frente a la oscuridad.

—Kenny Lindsay —dijo Roger con aire despreocupado—; los gemelos Beardsley dijeron que lo habían visto. Se habrá parado a comunicar la noticia.

—Hum... Entonces vayamos con cuidado; si ellos también están esperando bandoleros, podrían disparar a cualquier cosa que se mueva.

—Esta noche, no. Hay una fiesta, ¿recuerdas? Pero ¿qué decías sobre los Beardsley...? ¿Que protegían a Lizzie?

—¡Ay! —exclamó Brianna; el dedo de su pie chocó contra un obstáculo invisible y ella se agarró del brazo de Roger para no caer—. ¡Uf! Sólo que no estoy segura de quién piensan que la están protegiendo.

Roger, instintivamente, la agarró con más fuerza.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Sólo que, si yo fuera Manfred McGillivray, me esforzaría por tratar bien a Lizzie. Mamá dice que los gemelos la siguen como perros, pero eso no es cierto. La siguen como lobos amaestrados.

—Creí que Ian había dicho que no era posible amaestrar a los lobos.

—No lo es —contestó ella de forma lacónica—. Vamos, démonos prisa antes de que apaguen el fuego.

La gran casa de troncos estaba literalmente llena de gente. La luz salía por la puerta abierta y resplandecía en la hilera de ventanas con minúsculas rendijas en forma de flecha que recorrían la parte delantera del edificio, y el brillo del fuego entretejía oscuras formas huidizas. Pudieron oír un violín, delicado y dulce, a través de la oscuridad, transportado por el viento junto al aroma de la carne asada.

—Supongo que es cierto que Senga ha tomado una decisión —afirmó Roger, cogiendo del brazo a su esposa para el último y empinado descenso al cruce—. ¿Quién apuestas que será? ¿Ronnie Sinclair o el muchacho alemán?

—¿Una apuesta? ¿Qué apostamos? ¡Ah! —Brianna tropezó, enganchándose en una roca semienterrada en el sendero, pero Roger la apretó con más fuerza y evitó que cayera.

—El perdedor ordena la alacena —sugirió él.

—De acuerdo —accedió ella de inmediato—. Creo que ha escogido a Heinrich.

—¿Sí? Bueno, tal vez tengas razón —reconoció Roger con un tono divertido—. Pero debo decirte que las apuestas estaban cinco a tres a favor de Ronnie, según me han contado. La fortaleza de Frau Ute no debe ser subestimada.

—Es cierto —admitió Brianna—. Si se hubiera tratado de Hilda o Inga, habría dicho que no a la apuesta. Pero Senga tiene la personalidad de su madre; nadie va a decirle lo que tiene que hacer... Ni siquiera Frau Ute.

»¿En cualquier caso, de dónde sacaron el nombre de “Senga”? —añadió ella—. Hay muchísimas Ingas y Hildas en Salem, pero jamás he oído hablar de otra Senga.

—No encontrarás un nombre así en Salem. Creo que no es un nombre alemán. Es escocés.

—¿Escocés? —preguntó ella asombrada.

—Sí —contestó él, con una sonrisa evidente en la voz—. Es Agnes, leído al revés. Una chica bautizada de esa manera está destinada a llevar siempre la contraria, ¿no crees?

—¡Estás de broma! ¿Agnes, leído al revés?

—Yo no diría que es algo muy corriente, pero puedo asegurarte que he conocido a una o dos Sengas en Escocia.

Brianna se echó a reír.

—¿Los escoceses hacen eso con otros nombres?

—¿Escribirlos al revés? —Roger reflexionó sobre la pregunta—. Bueno, yo fui a la escuela con una chica llamada Adnil, y el verdulero tenía un hijo que apuntaba los pedidos para las ancianas del vecindario; su nombre se pronunciaba «Kirry», pero se escribía «C-i-r-e».

Brianna lo miró fijamente para asegurarse de que no se estaba burlando de ella, pero parecía que no era así. Sacudió la cabeza.

—Creo que mamá tiene razón respecto a los escoceses. De modo que el tuyo, escrito al revés, sería...

—Regor —confirmó él—. Suena como salido de una película de Godzilla, ¿no? Una anguila gigante, podría ser, o un escarabajo con rayos mortales en los ojos. —Parecía que la idea lo complacía.

—Has pensado en ello, ¿verdad? —comentó Brianna, riendo—. ¿Cuál de ellos preferirías ser?

—Bueno, cuando era niño creía que el escarabajo con ojos que lanzaba rayos mortales era lo mejor —admitió—. Luego me hice pescador y comencé a encontrar morenas en mi red de vez en cuando. No son lo que te gustaría hallar en un callejón oscuro, créeme.

—Como mínimo, son más ágiles que Godzilla —dijo ella, recordando con un ligero estremecimiento la única morena que había visto en persona. Un metro veinte de largo de acero elástico y goma, rápida como un relámpago y equipada con una boca llena de hojas de afeitar, que había salido de la bodega de un pesquero mientras ella veía cómo lo descargaban en un pequeño pueblo portuario llamado MacDuff.

Brianna y Roger estaban recostados en un espigón, contemplando distraídamente las gaviotas que planeaban en el viento, cuando un grito de alarma procedente del barco pesquero que había más abajo hizo que desviaran la mirada justo a tiempo para ver cómo los pescadores se alejaban de algo que estaba en cubierta.

Una oscura onda sinusoidal brilló a través de la capa plateada de peces en la cubierta, salió disparada por debajo de la barandilla y aterrizó sobre el mojado empedrado del muelle, donde causó un pánico similar entre los pescadores que estaban limpiando sus enseres con una manguera, agitándose y golpeando para todos los lados como un enloquecido cable de alta tensión, hasta que un hombre con botas de goma se hizo cargo de la situación, se acercó con rapidez y la mandó al agua de una patada.

—Bueno, en realidad, las morenas no son malas —comentó Roger juiciosamente, recordando, al parecer, la misma escena—. No puedes culparlas; las sacan del mar sin ninguna advertencia; cualquiera trataría de soltarse.

—Es cierto —asintió Brianna, pensando en ellos mismos. Cogió de la mano a Roger mientras metía los dedos entre los de él, y su firme y frío apretón le resultó reconfortante.

Ya estaban lo bastante cerca como para escuchar las risas y charlas que se elevaban en la fría noche con el humo del fuego. Había niños correteando; Brianna divisó dos pequeñas formas que salían disparadas de entre las piernas de la multitud que rodeaba la hoguera, negras y de miembros delgados como duendecillos.

—Aquél no puede ser Jem, ¿verdad? No, él es más pequeño, y seguramente Lizzie no lo dejaría...

—Mej —dijo Roger.

—¿Qué?

—Jem, al revés —explicó—. Estaba pensando en que sería muy divertido ver películas de Godzilla con él. Tal vez le gustaría ser el escarabajo de los ojos con rayos mortales. Sería divertido, ¿no?

Roger parecía tan nostálgico que a Brianna se le formó un nudo en la garganta y le apretó con fuerza la mano. Luego tragó saliva.

—Cuéntale historias de Godzilla —dijo con firmeza—. De todas formas, son fantasía pura. Yo le haré dibujos.

Roger se echó a reír.

—Por Dios, si lo haces, te lapidarán por tener relaciones con el diablo, Bree. Godzilla parece salido directamente del Libro de las Revelaciones, o al menos eso me han dicho.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Eigger.

—¿Quién?... Ah —dijo, invirtiendo las letras en su cabeza—. ¿Reggie? ¿Quién es Reggie?

—El reverendo. —Roger se refería a su tío abuelo, su padre adoptivo. Todavía había una sonrisa en su voz, pero teñida de nostalgia—. Cuando íbamos juntos a ver películas de monstruos, los sábados. Eigger y Regor; y deberías haber visto las caras de las mujeres en el Altar de las Señoras y en la Sociedad del Té; cuando la señora Graham las hacía pasar sin anunciarlas, ellas entraban en el estudio del reverendo y nos encontraban dando patadas y rugiendo, destrozando una ciudad de Tokio construida con bloques de juguete y latas de sopa.

Ella se echó a reír, pero sentía que las lágrimas luchaban por salir de los ojos.

—Ojalá hubiera conocido al reverendo —afirmó, apretándole la mano.

—Sí, a mí también me hubiera gustado —aseguró él en voz baja—. Le habrías caído muy bien, Bree.

En esos instantes, mientras él hablaba, el oscuro bosque y las llamas de la hoguera más abajo se habían desvanecido; ahora se encontraban de vuelta en Inverness, confortablemente instalados en el estudio del reverendo, con la lluvia golpeando las ventanas y el sonido del tráfico en la calle. Esa transformación tenía lugar con mucha frecuencia cuando hablaban así, entre ambos. Luego algo pequeño fracturaba el instante —como un grito desde la hoguera cuando la gente comenzaba a aplaudir y a cantar—, y el mundo de su propio tiempo se desvanecía de repente.

«¿Y si él se hubiera ido? —pensó Brianna de pronto—. ¿Habría podido recuperar todo aquello yo sola?»

Un espasmo de pánico elemental la sobrecogió al pensarlo, aunque sólo durante un instante. Sin Roger de apoyo, sin nada excepto sus propios recuerdos como ancla hacia el futuro, aquella época se perdería. Se desvanecería en sueños borrosos, y desaparecería, dejándola sin ningún terreno firme de realidad en el que sostenerse.

Respiró hondo el frío aire nocturno y vibrante con el olor a humo de leña, y clavó las plantas de los pies con fuerza en el suelo mientras caminaban, tratando de sentir la solidez de la tierra.

—¡Mamá-mamá-MAMÁ! —Una pequeña mancha se separó de la confusión que rodeaba el fuego y salió disparada como un cohete en su dirección, hasta que chocó contra sus rodillas con fuerza suficiente como para obligarla a agarrarse al brazo de Roger.

—¡Jem! ¡Estás aquí! —Brianna lo levantó y hundió el rostro en el cabello del niño, que tenía un agradable aroma a cabra, heno y salsa picante. El niño pesaba, y era definitivamente sólido.

En ese momento, Ute McGillivray se volvió y los vio. Su amplio rostro tenía el ceño fruncido, pero se abrió en una sonrisa de alegría al verlos. La gente se volvió al oír su exclamación de saludo, y de inmediato se vieron rodeados por una multitud de personas que les hacían preguntas y que manifestaban lo gratamente sorprendidos que estaban por su llegada.

Hubo algunas preguntas sobre la familia holandesa, pero Kenny Lindsay ya había comunicado la noticia del incendio antes, cosa que alegró a Brianna. La gente chasqueaba la lengua y movía la cabeza, pero a esas alturas ya había agotado la mayoría de las hipótesis más espantosas, y se había centrado en otras cuestiones. El frío de las tumbas bajo los abetos todavía permanecía débilmente en su corazón, y Brianna no deseaba revivir esa experiencia hablando de ella.

La pareja recién comprometida estaba sentada junta en un par de cubos vueltos del revés, cogidos de las manos, con la alegría en los rostros a la suave luz de la hoguera.

—He ganado —dijo Brianna, sonriendo al verlos—. ¿No se los ve felices?

—Sí —respondió Roger—. Dudo que Ronnie Sinclair se sienta feliz. ¿Está aquí? —Miró a su alrededor, y ella lo imitó, pero no había ni rastro del tonelero.

—Espera... Está en su taller —comentó Brianna, poniendo una mano en la muñeca de Roger y señalando con un gesto el pequeño edificio al otro lado del camino. No había ventanas en ese lado del taller, pero a través del marco de la puerta cerrada podía verse un débil resplandor.

Roger desplazó la mirada del oscuro taller a la alegre multitud que rodeaba la hoguera; muchos de los parientes de Ute habían acompañado al afortunado novio y a sus amigos desde Salem, llevando consigo un inmenso barril de cerveza negra, que se sumaba a la celebración. El aire olía a levadura y a lúpulo.

En el taller del tonelero, en cambio, reinaba una atmósfera desolada y sombría. Brianna se preguntó si alguna de las personas que bailaban en torno al fuego echaba de menos a Ronnie Sinclair.

—Iré a charlar un poco con él, ¿te parece? —Roger le tocó la espalda con un leve gesto de afecto—. Tal vez le vendrá bien tener a alguien que lo escuche.

—Eso y un trago fuerte —sugirió ella, señalando la casa donde, a través de la puerta, podía verse a Robin McGillivray, sirviendo lo que Brianna suponía que era whisky para un selecto grupo de amigos.

—Supongo que ya se habrá encargado de eso él mismo —respondió Roger secamente. Y se alejó de ella, abriéndose paso a través del cordial grupo junto al fuego. Luego desapareció en la oscuridad, pero Brianna vio entonces que la puerta de la tienda se abría y que la silueta de Roger se recortaba un poco contra el resplandor procedente del interior, y su cuerpo alto bloqueaba la luz antes de entrar.

—¡Quiero beber, mamá! —Jemmy estaba retorciéndose como un renacuajo, tratando de bajar de sus brazos. Ella lo dejó en el suelo, y él salió disparado como un rayo, casi haciendo tropezar a una mujer corpulenta con un plato de buñuelos de maíz.

El aroma de los humeantes buñuelos le recordó a Brianna que no había cenado, de modo que siguió a Jemmy hasta la mesa de la comida, donde Lizzie, en su papel de casi hija de la casa, le sirvió una ración importante de chucrut, salchichas, huevos ahumados y algo que contenía maíz y calabaza.

—¿Dónde está tu novio, Lizzie? —preguntó en tono burlón—. ¿No deberías estar besuqueándote con él?

—¿Mi novio? —Lizzie puso la expresión de alguien que recuerda algún asunto de cierto interés general, pero sin ninguna importancia inmediata—. ¿Te refieres a Manfred? Él está... por allí. —Entornó los ojos contra la causa del resplandor de la hoguera, y luego señaló un punto con el cucharón. Manfred McGillivray, su prometido, estaba con tres o cuatro jóvenes más, todos con los brazos entrelazados, balanceándose hacia un lado y hacia el otro, al mismo tiempo que cantaban algo en alemán. Parecía que les costaba acordarse de la letra, puesto que cada verso se disolvía en risitas, acusaciones y empujones.

—Toma, Schätzchen... Eso quiere decir «cariño», creo, en alemán —explicó Lizzie, agachándose para darle a Jemmy un pedacito de salchicha. Él tragó el bocado como una foca hambrienta y masticó con mucho trabajo; después murmuró «quiedo bebed» y se alejó en la noche.

—¡Jem! —Brianna comenzó a seguirlo, pero se lo impidió un grupo de gente que se acercaba a la mesa.

—Ah, no te preocupes por él —la tranquilizó Lizzie—. Todos saben quién es; no le pasará nada malo.

Brianna lo habría seguido de todas maneras, de no haber sido porque vio una pequeña cabeza rubia que aparecía junto a Jem. Germain, su amigo del alma. Germain era dos años mayor, y tenía un conocimiento del mundo muy superior al común para un chico de cinco años, gracias, en parte, a la educación que había recibido de su padre. Brianna esperaba que no estuviera registrando bolsillos entre la gente, y pensó que más tarde tendría que cachearlo en busca de material de contrabando.

Germain tenía a Jem firmemente cogido de la mano, y Brianna se dejó convencer para sentarse con Lizzie, Inga e Hilda sobre los fardos de paja que habían colocado un poco más lejos del fuego.

—¿Y dónde está tu cariñito, entonces? —bromeó Hilda—. ¿Tu gran demonio negro y apuesto?

—Ah, ¿mi marido? —preguntó Brianna, imitando a Lizzie, y todas soltaron carcajadas no demasiado apropiadas para unas damas; al parecer, la cerveza llevaba un buen rato circulando—. Está consolando a Ronnie —explicó, haciendo un gesto hacia el oscuro taller del tonelero—. ¿Vuestra madre está disgustada con la elección de Senga?

—Och, sí —dijo Inga, poniendo los ojos en blanco de manera muy expresiva—. Deberías haberlas visto discutir, a ella y a Senga. No dejaban de gritar. Papá se fue de pesca y no regresó hasta tres días más tarde.

Brianna agachó la cabeza para ocultar una sonrisa. Robin McGillivray quería tener una vida tranquila, algo improbable en compañía de su esposa y de sus hijas.

—Ah, bueno —arguyó Hilda de forma filosófica, reclinándose un poco para aliviar el peso de su primer embarazo, ya muy avanzado—. En realidad, meine Mutter no podía decir mucho. Después de todo, Heinrich es el hijo de su propio primo. Aunque sea pobre.

—Pero joven —añadió Inga con sentido práctico—. Papá dice que Heinrich tiene tiempo de hacerse rico.

Ronnie Sinclair no era precisamente rico, y, además, tenía treinta años más que Senga. Por otra parte, era el propietario de su propio taller, y de la mitad de la casa en la que vivían él y los McGillivray. Y era evidente que Ute, que había conseguido que sus dos hijas mayores formaran sólidos matrimonios con hombres que tenían propiedades, había visto la evidente ventaja de unir a Senga con Ronnie.

—Me doy cuenta de que puede ser una situación incómoda —comentó Brianna con tacto—. Ronnie seguirá viviendo con vuestra familia después de... —Señaló a la pareja comprometida. Los enamorados metían bocados de tarta en la boca del otro.

—¡Jo! —exclamó Hilda, poniendo los ojos en blanco—. ¡Estoy muy contenta de no vivir aquí!

Inga expresó su acuerdo asintiendo vigorosamente, pero añadió:

—Bueno, pero Mutti no es de las que lloran sobre la leche derramada. Está buscándole esposa a Ronnie. Observadla. —Hizo un gesto en dirección a la mesa de la comida, donde Ute estaba charlando y sonriendo con un grupo de mujeres alemanas—. ¿A quién crees que habrá escogido? —le preguntó a su hermana, entornando los ojos mientras estudiaba cómo actuaba su madre—. ¿A la menudita Gretchen? ¿O quizá a la prima de tu Archie? ¿La bizca, Seona?

Hilda, que estaba casada con un escocés del condado de Surry, negó con la cabeza.

—Querrá una chica alemana —objetó—. Porque estará pensando en lo que ocurriría si Ronnie muere y su esposa se casa de nuevo. Si es una chica alemana, es más probable que mamá pueda convencerla de que vuelva a casarse con alguno de sus sobrinos o primos. Así conserva la propiedad en la familia, ¿no te parece?

Brianna escuchaba fascinada mientras las chicas discutían la situación, y se preguntó si Ronnie Sinclair tendría idea de que su destino estaba decidiéndose allí, de aquella forma tan pragmática. Aunque él llevaba más de un año viviendo con los McGillivray; ya debía de conocer los métodos de Ute.

Brianna le agradeció en silencio a Dios que no estuviera obligada a vivir en la misma casa que la formidable Frau McGillivray, y buscó con la mirada a Lizzie, sintiendo una punzada de simpatía por su otrora esclava. Ella sí viviría con Ute un año más tarde, cuando su matrimonio con Manfred se consumara.

Al oír el nombre de «Wemyss» volvió a la conversación que tenía lugar a su alrededor, sólo para descubrir que las chicas no estaban hablando de Lizzie, sino de su padre.

—La tía Gertrud —dijo Hilda, y eructó suavemente, llevándose el puño a la boca—. Ella también es viuda; sería ideal para él.

—La tía Gertrud acabaría con el pequeño señor Wemyss en un año —aseguró Inga riendo—. Ella lo dobla en tamaño. Suponiendo que no lo cansara hasta matarlo, un día se volvería en la cama dormida y lo aplastaría.

Hilda se llevó ambas manos a la boca, pero no porque estuviera escandalizada, sino para ahogar sus carcajadas. A Brianna se le ocurrió que ella también se había pasado con la cerveza; llevaba el gorro torcido, y su rostro pálido estaba sonrojado, incluso a la luz de la hoguera.

—Sí, bueno, no creo que a él le preocupe mucho eso. ¿Lo veis? —Hilda señaló más allá de un grupo de personas que bebían cerveza, y Brianna no tuvo dificultad en distinguir la cabeza del señor Wemyss, con el cabello blanco y suelto como el de su hija. Mantenía una animada conversación con una mujer corpulenta con delantal y gorro, que le daba un codazo en las costillas y comenzaba a reír.

Pero justo mientras los observaba, Ute McGillivray comenzó a avanzar hacia ellos, seguida de una mujer alta y rubia, quien vacilaba un poco, con las manos debajo del mandil.

—¿Quién es? —Inga estiró el cuello como un ganso, y su hermana, escandalizada, le dio un codazo.

—Lass das, du alte Ziege! ¡Mutti está mirando hacia aquí!

Lizzie había comenzado a levantarse para espiar un poco más.

—¿Quién...? —preguntó, de manera que sonó como una lechuza. Pero distrajo su atención cuando Manfred se dejó caer a su lado sobre la paja, sonriendo cordialmente.

—¿Cómo va todo, Herzchen? —preguntó, rodeándole la cintura con un brazo mientras trataba de besarla.

—¿Quién es esa mujer, Freddie? —quiso saber Lizzie, esquivando su abrazo con habilidad y señalando de manera discreta a la mujer rubia, que sonreía con timidez mientras Frau Ute se la presentaba al señor Wemyss.

Manfred parpadeó, balanceándose un poco sobre las rodillas, pero no tardó en responder.

—Oh. Es Fräulein Berrich. La hermana del pastor Berrich.

Inga y Hilda susurraron interesadas; Lizzie frunció el ceño, pero luego se relajó cuando vio a su padre inclinar la cabeza para dirigirse a la recién llegada. Fräulein Berrich era casi tan alta como Brianna.

«Bueno, eso explica por qué sigue siendo una Fräulein», pensó Brianna compasiva. El cabello de la mujer tenía hebras grises que sobresalían por debajo del gorro, y su cara era bastante vulgar, aunque había una serena dulzura en sus ojos.

—Ah, entonces es protestante —dijo Lizzie en un tono de desdén que dejaba claro que no se podía considerar a la Fräulein una potencial compañera para su padre.

—Cierto, pero a pesar de todo es una mujer agradable. Ven a bailar, Elizabeth. —Era evidente que Manfred había perdido todo interés en el señor Wemyss y la Fräulein; tiró de Lizzie hasta que ella, protestando, se puso en pie, y la empujó hacia el círculo de bailarines. Ella finalmente accedió a regañadientes, pero Brianna vio que, cuando llegaron al baile, Lizzie reía por algo que Manfred había dicho, y que él estaba sonriéndole, mientras el resplandor del fuego brillaba en los apuestos rasgos de su cara. Hacían una bonita pareja, pensó; al menos, en apariencia, se veían mejor juntos que Senga y su Heinrich, un tipo alto, flacucho y de cara chupada.

Inga y Hilda habían comenzado a discutir en alemán, permitiendo que Brianna se dedicara a comer con entusiasmo. Con el hambre que tenía, le hubiera gustado casi cualquier cosa, pero el chucrut ácido y crujiente, y las salchichas, que casi reventaban de jugo y especias, eran algo especial.

Sólo cuando rebañó lo que quedaba de jugo y aceite de su plato de madera con un pedazo de pan de maíz, echó una mirada al taller del tonelero, pensando con sentimiento de culpa que tal vez tendría que haberle guardado un poco a Roger. Había sido muy amable por su parte preocuparse por el estado de ánimo del pobre Ronnie. Brianna sintió una oleada de orgullo y afecto por él. Tal vez debería ir hasta allí a rescatarlo.

Había dejado el plato y estaba arreglándose las faldas y las enaguas, mientras se preparaba para llevar a cabo su plan, cuando se lo impidió un par de pequeñas figuras que zigzagueaban en la oscuridad.

—¡Jem! —dijo ella alarmada—. ¿Qué ocurre?

Las llamas se reflejaron en el pelo de Jemmy como cobre recién acuñado, pero la cara debajo del cabello estaba pálida, y sus ojos eran dos enormes charcos oscuros que la miraban fijamente.

—¡Jemmy!

Él la miró de forma inexpresiva. Dijo «¿Mamá?» con una voz débil y vacilante, y luego se sentó de pronto cuando sus piernas se derrumbaron como gomas elásticas.

Brianna se percató de manera vaga de la presencia de Germain, balanceándose como un árbol joven en el viento, pero no tenía tiempo de prestarle atención. Cogió a Jemmy, le levantó la cabeza y lo sacudió un poco.

—¡Jemmy! ¡Despierta! ¿Qué ocurre?

—Ese pequeño bribón está totalmente borracho, a nighean —dijo una voz detrás de ella, en tono divertido—. ¿Qué le ha dado? —Robin McGillivray, él mismo, como era obvio, bastante ebrio, se inclinó y dio un suave empujón a Jemmy, sin obtener más respuesta que una débil exclamación. Levantó un brazo del pequeño y luego lo soltó; el brazo cayó, flojo, como un fideo hervido.

—Yo no le he dado nada —respondió ella, mientras el pánico dejaba lugar a una irritación cada vez mayor, cuando descubrió que Jemmy sólo estaba dormido, y su pequeño pecho se elevaba y descendía con un ritmo tranquilizador—. ¡Germain!

Germain se había acurrucado hasta formar un pequeño montículo, y estaba cantando Alouette para sí mismo, medio adormilado. Brianna se la había enseñado; era su canción favorita.

—¡Germain! ¿Qué le has dado de beber a Jemmy?

—... j’te plumerai la tête...

—¡Germain! —Brianna lo agarró del hombro y él dejó de cantar, con aspecto sorprendido al verla—. ¿Qué le has dado a Jemmy, Germain?

—Él tenía sed, madame —dijo Germain, con una sonrisa de una dulzura arrebatadora—. Quería beber. —Luego sus ojos se pusieron en blanco y comenzó a oscilar hacia atrás, flojo como un pescado muerto.

—¡Santo Dios!

Inga y Hilda parecían escandalizadas, pero Brianna no estaba de humor para preocuparse por sus sensibilidades.

—¿Dónde demonios está Marsali? —preguntó.

—No está aquí —contestó Inga, inclinándose hacia delante para examinar a Germain—. Vino a casa con la pequeña mädchen. Fergus está... —Se enderezó y miró vagamente a su alrededor—. Bueno, lo he visto hace un rato.

—¿Cuál es el problema? —La voz ronca a su espalda la sorprendió, y Brianna se volvió para encontrarse con la mirada socarrona de Roger; su rostro no reflejaba su habitual firmeza, sino que parecía bastante relajado.

—Tu hijo es un borracho —le informó. Luego olió el aliento de Roger—. Al parecer, sigue los pasos de su padre —añadió con frialdad.

Sin prestar atención a sus palabras, Roger se sentó a su lado y puso a Jemmy sobre sus piernas. Sosteniendo al niño entre las rodillas, le golpeó la mejilla con suavidad, pero de un modo insistente.

—Hola, Mej —dijo en voz baja—. Hola. Te encuentras bien, ¿verdad?

Como por arte de magia, los párpados de Jemmy se abrieron, y el niño sonrió a Roger como en un sueño.

—Hola, papá. —Sin dejar de sonreír con beatitud, sus ojos se cerraron de nuevo, y Jemmy se relajó hasta quedar totalmente flojo y con la mejilla aplastada contra la rodilla de su padre.

—Está bien —le dijo Roger a Brianna.

—Bueno, me alegro —repuso ella, no muy calmada—. ¿Qué crees que han estado bebiendo? ¿Cerveza?

Roger se inclinó hacia delante y olió los labios manchados de rojo de su hijo.

—Aguardiente de cerezas, creo. Hay una cuba al otro lado del granero.

—¡Por Dios!

Brianna jamás había probado el aguardiente de cerezas, pero la señora Bug le había enseñado cómo elaborarlo: «Tome el zumo de una fanega de cerezas, disuelva diez kilos de azúcar en él, luego viértalo en un barril de ciento ochenta litros y llénelo de whisky.»

—Jem se encuentra bien. —Roger palmeó el brazo a su esposa—. ¿Ese de ahí es Germain?

—Sí. —Se inclinó hacia el otro niño para comprobar su estado, pero Germain estaba profundamente dormido, y también sonreía en sueños—. Ese aguardiente de cerezas debe de ser muy bueno.

Roger rió.

—Es terrible, como un jarabe para la tos muy fuerte. Pero sí te diré que hace que estés muy alegre.

—¿Tú has estado bebiendo eso? —Brianna lo examinó de cerca, pero los labios de Roger parecían tener el color de siempre.

—Claro que no. —Se inclinó hacia ella para besarla y demostrárselo—. Supongo que no pensarás que un escocés como Ronnie haría frente a sus problemas tomando aguardiente de cerezas, ¿verdad? Cuando hay whisky decente a mano...

—Cierto —intervino ella. Dirigió la mirada hacia el taller del tonelero. El débil resplandor que proyectaba el fuego de la chimenea se había desvanecido, y el contorno de la puerta había desaparecido, lo que hacía que el edificio no fuera nada más que un apagado rectángulo de negrura frente a la oscura masa del bosque que se extendía más allá—. ¿Cómo se encuentra Ronnie? —Brianna miró a su alrededor, pero Inga y Hilda se habían marchado a ayudar a Frau Ute; todas se encontraban apiñadas en torno a la mesa de la comida, recogiendo las cosas.

—Ah, Ronnie está bien —aseguró Roger. Levantó a Jemmy de sus piernas y lo puso con cuidado a su lado, sobre el heno, cerca de Germain—. No estaba enamorado de Senga, después de todo. Solamente sufre frustración sexual, no tiene el corazón roto.

—Bueno, si eso es todo —dijo Brianna con sequedad—. No sufrirá durante mucho más tiempo. Me han dicho que Frau Ute ya se está encargando de eso.

—Sí, ya le ha dicho que le encontrará una esposa. Él se lo está tomando todo con mucha filosofía, por decirlo de alguna manera. Aunque sigue apestando a lujuria —añadió al tiempo que arrugaba la nariz.

—Puaj. ¿No quieres algo de comer? —Lanzó una mirada a los chiquillos mientras se ponía en pie—. Será mejor que te traiga algo antes de que Ute y las chicas se lo lleven todo.

De repente, Roger lanzó un enorme bostezo.

—No, estoy bien así. —Parpadeó, sonriendo con cara soñolienta—. Iré a explicarle a Fergus dónde está Germain y tal vez coja algo para comer en el camino. —Palmeó el hombro a su esposa y luego se incorporó, balanceándose un poco, y empezó a caminar en dirección al fuego.

Ella volvió a mirar a los niños; ambos respiraban profundamente y con regularidad, dormidos como un tronco. Con un suspiro, los acercó el uno al otro, formó una pila de heno a su alrededor y los cubrió con su capa. A pesar de que el invierno ya había acabado, había refrescado; no se percibía sensación de escarcha en el aire.

Aunque la fiesta todavía continuaba, había pasado a una etapa más tranquila. El baile había terminado y la multitud se había dividido en grupos más pequeños; los hombres estaban reunidos en un círculo alrededor del fuego, encendiendo sus pipas, y los más jóvenes habían desaparecido. Por todas partes, las familias se preparaban para pasar la noche, formando pequeños refugios en el heno. Algunas en la casa y otras en el granero. De alguna parte de detrás de la casa llegaba el sonido de una guitarra, y una voz que cantaba una tonada lenta y nostálgica. De pronto, Brianna sintió deseos de volver a escuchar la voz del Roger de antes, caudalosa y tierna.

De todas formas, al pensar en ello advirtió algo: su voz sonaba mucho mejor cuando regresó de consolar a Ronnie. Seguía siendo ronca y con apenas una sombra de su antigua resonancia, pero salió con facilidad, sin ese tono ahogado. ¿Era posible que el alcohol relajara las cuerdas vocales?

Lo más probable era, simplemente, que lo relajaba a él, disipando algunos de sus complejos sobre la manera en que sonaba. Era bueno saberlo. Su madre opinaba que su voz mejoraría si él la ejercitaba, si practicaba con ella, pero a Roger le avergonzaba usarla y le molestaba el dolor, ya fuera el que le causaba la sensación real de hablar o la diferencia con respecto a la forma en que sonaba antes.

—Entonces tal vez yo también prepare un poco de aguardiente de cerezas —dijo Brianna en voz alta. Luego contempló las dos pequeñas siluetas que dormían en el heno y pensó en la idea de despertar a la mañana siguiente junto a tres personas con resaca—. Bueno, tal vez no.

Juntó heno suficiente como para hacer una almohada, extendió sobre él su pañuelo doblado (se pasarían la mayor parte del día siguiente quitándose heno de la ropa), y se acostó, acurrucando su cuerpo alrededor del de Jem. Si cualquiera de los niños se agitaba o vomitaba mientras dormía, ella se daría cuenta y se despertaría.

La hoguera se había apagado; apenas un borde irregular de llamas ardía sobre las brasas resplandecientes, y casi todos los faroles ubicados alrededor del patio también habían dejado de alumbrar o se habían apagado para ahorrar. La guitarra y el canto habían cesado. Sin luz ni ruido que la mantuvieran a raya, la noche extendió sus alas de frío silencio sobre la montaña. Las estrellas brillaban en lo alto, pero eran puntitos a miles de años luz de distancia. Brianna cerró los ojos frente a la inmensidad de la noche, inclinándose para posar los labios en la cabeza de Jem, acurrucándose en torno a su calor.

Trató de prepararse para el sueño, pero, sin las distracciones de la compañía, y con el intenso olor a madera quemada en el aire, los recuerdos la dominaron, y sus habituales oraciones y bendiciones se convirtieron en ruegos de misericordia y protección.

—«Hizo alejar de mí a mis hermanos, y mis conocidos, como extraños, se apartaron de mí. Mis parientes me fallaron, y mis conocidos se olvidaron de mí.»

«No os olvidaré», dijo silenciosamente a los muertos. Parecía algo tan patético de decir, tan insignificante e inútil. Pero, sin embargo, era lo único que podía pronunciar.

Se estremeció un poco y agarró aún más fuerte a Jemmy.

Oyó un crujido repentino en el heno, y Roger se deslizó a su lado. Se agitó un poco, extendiendo su manto sobre ella, y luego suspiró de alivio, al mismo tiempo que su cuerpo se relajaba pesadamente contra el de ella, y su brazo le rodeaba la cintura.

—Ha sido un día muy largo, ¿verdad?

Ella gimió un poco para manifestar su acuerdo. Ahora que todo estaba en silencio, ya no había necesidad de hablar, vigilar o prestar atención, y cada fibra de sus músculos parecía a punto de disolverse en la fatiga. No había más que una delgada capa de heno entre ella y el frío y duro suelo, pero sentía que el sueño la acariciaba como las olas de la marea ascendiendo por una playa de arena, con un ritmo relajante e inexorable.

—¿Has comido? —Brianna puso una mano sobre la pierna de Roger, y él tensó el brazo como reflejo, acercándose a su cuerpo.

—Sí. Si crees que la cerveza es alimento. Mucha gente lo piensa. —Roger se echó a reír, generando una cálida niebla de lúpulo en su aliento—. Estoy bien. —El calor de su cuerpo comenzaba a filtrarse a través de las capas de ropa que había entre ambos, dispersando el frío de la noche.

Jem siempre emitía calor cuando se dormía; tenerlo enroscado junto a ella era como coger una olla de terracota recién sacada del fuego. Pero Roger desprendía todavía más calor. Bueno, su madre siempre decía que una lámpara de alcohol calentaba más que una de aceite.

Brianna suspiró y se acurrucó contra su esposo, lo que hizo que se sintiera cálida y protegida. La fría inmensidad de la noche se había alejado, ahora que toda la familia estaba junta otra vez, y a salvo.

Roger estaba tarareando. Ella se dio cuenta de inmediato. No seguía ninguna melodía, pero sintió la vibración del pecho de su marido en su espalda. No quiso arriesgarse a que se detuviera; seguramente eso sería beneficioso para sus cuerdas vocales. Pero después de un momento, él se interrumpió. Con la esperanza de animarlo a que continuara, Brianna extendió el brazo hacia atrás y le acarició la pierna, ensayando un pequeño tarareo propio.

—¿Mmmm? ¿Mmmm?

Las manos de él se ahuecaron en torno a las nalgas de ella y las apretaron con fuerza.

—Mmm... mmm —dijo él, en lo que parecía una mezcla de invitación y satisfacción.

Brianna no respondió, pero manifestó su discrepancia con un pequeño movimiento de su trasero. En condiciones normales, eso habría bastado para que él la soltara. Y la soltó, pero sólo con una mano, y con la intención de deslizarla por su pierna, con el evidente objetivo de levantarle la falda.

Ella movió el brazo hacia atrás y cogió con rapidez la mano errante, llevándola hacia delante y poniéndosela sobre el pecho, como señal de que, aunque apreciaba la idea, y bajo otras circunstancias estaría encantada de aceptar, justo en ese momento...

Por lo general, Roger entendía su lenguaje corporal a la perfección, pero era evidente que esa capacidad se había esfumado junto con el whisky. Eso, o... de repente se le ocurrió que sencillamente no le importaba si quería o no...

—¡Roger! —siseó.

Pero su marido había empezado a tararear otra vez, con un sonido que ahora estaba intercalado con ruidos graves, como los que hace una tetera justo antes de hervir. Roger metió la mano entre las piernas de ella y le subió la falda, caliente contra la piel del muslo, avanzando con rapidez hacia arriba... y hacia dentro. Jemmy tosió, se revolvió en brazos de su madre, y ella intentó patear a Roger en la espinilla, para desalentarlo.

—Dios, eres hermosa —murmuró él contra la curva de su cuello—. Oh, Dios, tan hermosa. Tan hermosa... tan... mmmm... —Las siguientes palabras fueron un balbuceo contra su piel, pero a Brianna le pareció que Roger había dicho «resbaladiza». Mientras tanto, los dedos habían alcanzado su objetivo, y ella arqueó la espalda, tratando de alejarse.

—Roger —dijo, manteniendo la voz baja—. ¡Roger, hay gente aquí! —Y un niño pequeño que roncaba y que, como el tope de una puerta, le impedía moverse.

Él murmuró unas frases en las que sólo podían distinguirse las palabras «oscuro» y «nadie verá nada», y entonces la mano que la palpaba se retiró, sólo para cogerle la falda y empezar a quitársela de en medio.

Roger volvió a tararear, y sólo se detuvo un instante para murmurar:

—Te amo, te amo tanto...

—Yo también te amo —contestó ella, moviendo el brazo hacia atrás y tratando de agarrarle la mano—. ¡Roger, basta!

Él obedeció, pero de inmediato la rodeó con la mano y la cogió por los hombros. Después de un rápido empujón, Brianna quedó boca arriba contemplando las lejanas estrellas, que quedaron de inmediato cubiertas por la cabeza y los hombros de Roger al subirse encima de ella, revolviendo con impaciencia el heno y la ropa suelta.

—Jem... —Ella estiró un brazo hacia Jemmy, que parecía que no había advertido la repentina desaparición de su respaldo, sino que seguía acurrucado en el heno como un erizo hibernando.

Roger continuaba cantando, si es que se podía llamar así. O canturreando, al menos, la letra de una canción escocesa muy subida de tono, acerca de un molinero acosado por una joven que quiere que le muela su maíz. A lo que él accede.

—Él la levantó sobre el costal, y allí le molió el maíz, le molió el maíz... —canturreaba Roger con vehemencia en su oído, mientras su peso la aplastaba contra el suelo y las estrellas giraban intensamente en el cielo.

Brianna había pensado que cuando él había dicho que Ronnie «apestaba a lujuria» lo decía en sentido metafórico, pero ahora se daba cuenta de que no. La piel desnuda se encontró con la piel desnuda, y luego más. Ella dejó escapar un grito ahogado. Roger también.

—Oh, Dios —dijo él. Hizo una breve pausa, paralizado durante un instante contra el cielo, sobre ella; luego suspiró en un éxtasis con olor a whisky y comenzó a moverse con ella, tarareando.

Estaba oscuro, gracias a Dios, aunque no lo suficiente. Los restos de la hoguera proyectaban un misterioso resplandor en su rostro y, por un momento, Roger se vio como aquel diablo huesudo, grande y negro que había mencionado Inga.

«Relájate y disfruta», pensó ella. El heno hacía muchísimo ruido, pero había otros ruidos similares cerca, y el sonido del viento que agitaba los árboles del valle casi bastaba para confundirlos a todos en una especie de silbido envolvente.

Brianna había logrado reprimir su vergüenza, y comenzaba a disfrutar de verdad, cuando Roger metió las manos debajo de ella, alzándola.

—Rodéame con las piernas —susurró, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja—. Ponlas detrás de mi espalda y golpéame el culo con los talones.

Impulsada, en parte, por una lujuria que se correspondía con la de él, y, en parte, por el deseo de aplastarlo como un acordeón y quitarle el aire, ella separó las piernas y las levantó, para luego cruzarlas como una tijera sobre la espalda de su marido. Roger dejó escapar un gemido extasiado y redobló sus esfuerzos. La lujuria estaba ganando; Brianna casi había olvidado dónde se encontraban.

Sintiendo que su vida pendía de un hilo y fascinada por lo que ocurría, arqueó la espalda y se estremeció contra el calor de él, mientras el roce frío y eléctrico del viento nocturno le recorría los muslos y las nalgas, desnudas en la oscuridad. Palpitando y gimiendo, Brianna se derritió contra el heno, con las piernas aún enroscadas alrededor de las caderas de Roger. Débil y relajada, dejó que su cabeza cayera a un lado, y de manera lenta y lánguida, abrió los ojos.

Allí había alguien. Brianna vio un movimiento en la oscuridad y quedó paralizada. Era Fergus, que iba a buscar a su hijo. Oyó los murmullos de su voz, que hablaba en francés con Germain, y los suaves crujidos de sus pisadas en el heno, alejándose.

Permaneció inmóvil, con el corazón latiendo con fuerza, y las piernas todavía entrelazadas en el mismo sitio. Roger, mientras tanto, había alcanzado su propia relajación. Con la cabeza colgando de manera que sus largos cabellos le rozaban la cara como telarañas en la oscuridad, murmuró:

—Te amo... Dios, te amo. —Entonces descendió, lenta y suavemente. Luego respiró «gracias» en su oído y cayó casi inconsciente sobre ella, con una respiración pesada.

—Ah —dijo Brianna, mirando las plácidas estrellas—. De nada. —Separó las piernas rígidas y, con cierta dificultad, consiguió desenredarse de Roger, tapar más o menos su cuerpo y el de su marido, y regresar a un bienvenido anonimato en su refugio de heno, con Jemmy a salvo entre ambos.

—Oye —intervino de pronto, y Roger se agitó.

—¿Mmm?

—¿Qué clase de monstruo era Eigger?

Él se echó a reír, con un sonido grave y claro.

—Oh, Eigger era un bizcocho gigante. Con cobertura de chocolate. Se abalanzaba sobre los otros monstruos y los asfixiaba con su dulzura. —Volvió a reír, soltó un hipido, y se hundió en el heno.

—¿Roger? —llamó ella en voz baja, un momento más tarde. No hubo respuesta, y Brianna estiró una mano por encima del cuerpo dormido de su hijo, para posarla con dulzura sobre el brazo de Roger—. Canta para mí —susurró, aunque sabía que él ya no podía oírla.


1. Juego anglosajón originario de la época victoriana que consiste en ir añadiendo adjetivos que comiencen con la misma letra. (N. del t.)

9788415631620-11

7
James Fraser, agente indio

—James Fraser, agente indio —dije, cerrando un ojo como si estuviera leyéndolo en una pantalla—. Parece un programa de televisión sobre el salvaje Oeste.

Jamie hizo una pausa mientras se quitaba las medias, y me miró con cautela.

—¿Sí? ¿Y eso es bueno?

—Teniendo en cuenta que los héroes de los programas de televisión nunca mueren, sí.

—En ese caso, me parece bien —afirmó, examinando el calcetín que acababa de quitarse. Lo olisqueó con recelo, frotó con el pulgar una fina franja en el talón, sacudió la cabeza y lo arrojó al canasto de la ropa sucia—. ¿Tengo que cantar?

—¿Cantar?... Ah —dije, recordando que la última vez que había tratado de explicarle a Jamie qué era la televisión, mis descripciones se habían basado mayormente en «El show de Ed Sullivan» —. No, no lo creo. Tampoco debes balancearte desde un trapecio.

—Bueno, me alegro. No soy tan joven como antes, ¿sabes? —Se puso en pie y se desperezó gimiendo. La casa estaba construida con techos de dos metros y medio de altura, para que él estuviera cómodo, pero aun así, sus puños rozaron las vigas de pino—. ¡Dios santo, qué día tan largo!

—Bueno, ya casi ha terminado —afirmé, oliendo el canesú del vestido que acababa de quitarme. Aunque no era desagradable, tenía un fuerte olor a caballo y a madera quemada. Decidí que lo airearía un poco y luego vería si podía usarlo alguna otra vez antes de lavarlo—. Yo no podría haberme balanceado en un trapecio ni siquiera cuando era joven.

—Pagaría por ver cómo lo intentabas —dijo él sonriendo.

—¿Qué es un agente indio? —lo interrogué—. MacDonald creía que te estaba haciendo un gran favor recomendándote para ese puesto.

Se encogió de hombros, mientras se desabrochaba el kilt.

—No dudo que él lo considere así.

Sacudió la prenda tentativamente, y una fina capa de polvo y crin de caballo cayó al suelo. Se dirigió a la ventana, abrió los postigos, sacó el kilt al exterior y lo sacudió con más fuerza.

—Sería un gran favor... —Su voz me llegó débilmente, desde fuera, y luego con más fuerza, cuando se volvió—, de no ser por esa guerra tuya.

—¿Mía? —dije indignada—. Da la impresión de que crees que pienso iniciarla yo por mi propia cuenta.

Jamie hizo un pequeño gesto, restándole importancia.

—Ya sabes lo que quiero decir. Un agente indio, Sassenach, es lo que parece ser: un tipo que va y parlamenta con los indios locales, les hace regalos y les habla, con la esperanza de convencerlos de que se alíen con los intereses de la Corona, sean cuales sean.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué es ese Departamento del Sur que mencionó MacDonald? —Eché un vistazo involuntario a la puerta cerrada del dormitorio, pero unos ronquidos amortiguados que llegaban del otro lado del pasillo me indicaron que nuestro invitado ya se había derrumbado en los brazos de Morfeo.

—Mmfm. Hay un Departamento del Sur y un Departamento del Norte que se ocupan de los asuntos indios en las colonias. El Departamento del Sur está a cargo de John Stuart, un tipo de Inverness. Date la vuelta, yo lo haré.

Agradecida, le di la espalda. Con la pericia surgida de una larga experiencia, me desató el corsé en pocos segundos. Suspiré profundamente cuando se aflojó y cayó. Jamie separó la camisola de mi cuerpo y me masajeó las costillas en los puntos en los que el corsé había presionado el tejido húmedo contra mi piel.

—Gracias. —Suspiré feliz y me recosté contra él—. ¿Y MacDonald cree que como el tal Stuart es de Inverness tendrá una predisposición natural a emplear a otros escoceses de las Highlands?

—Eso podría depender de si Stuart conoce a algunos de mis parientes —dijo secamente—. Pero MacDonald lo cree, sí. —Me besó la cabeza con un gesto ausente de afecto, y luego retiró las manos para comenzar a desatarse la cinta del pelo.

—Siéntate —le pedí, saliendo del corsé, que había caído a mis pies—. Yo lo haré.

Se sentó en la banqueta con la camisa puesta, cerrando los ojos en una momentánea relajación mientras yo le deshacía la trenza. Cuando tenía que cabalgar, como había hecho durante los últimos tres días, llevaba el pelo recogido en una trenza muy apretada. Pasé las manos por la cálida y fogosa masa de cabellos que caían a medida que la trenza se deshacía. Cuando le froté suavemente el cuero cabelludo con las yemas de mis dedos, las ondas desprendieron un olor a canela y brillaron como si se tratara de oro y plata a la luz de la lumbre.

—Has dicho regalos. ¿La Corona proporciona esos regalos?

La Corona, según había visto, tenía la mala costumbre de «honrar» a hombres pudientes con puestos que los obligaban a invertir grandes sumas de su propio patrimonio.

—En teoría. —Jamie dio un gran bostezo, y sus hombros se hundieron confortablemente cuando yo cogí mi cepillo de pelo y me dispuse a peinarlo—. Eso está muy bien. Por eso MacDonald lo considera un favor; hay posibilidades de obtener algo en el intercambio.

—Además de oportunidades por lo general excelentes para la corrupción. Sí, ya entiendo. —Estuve peinándolo en silencio durante unos minutos antes de preguntar—: ¿Aceptarás?

—No lo sé. Debo pensarlo. Antes has mencionado el salvaje Oeste... Brianna me ha hablado de lo mismo, y me explicó algo sobre los vaqueros...

—Los cowboys.

Él no prestó atención a la corrección.

—Y los indios. Es cierto, ¿verdad? Lo que ella me ha contado sobre los indios...

—Si lo que te ha dicho es que en su mayoría serán exterminados a lo largo del próximo siglo, más o menos, sí, es cierto. —Le alisé el cabello, luego me senté en la cama delante de él y me dispuse a cepillarme el mío—. ¿Eso te inquieta?

Sus cejas se juntaron un momento mientras consideraba la respuesta, y se rascó el pecho con aire ausente en el punto en el que emergía el vello rizado y rojizo en el cuello abierto de su camisa.

—No —contestó con lentitud—. No en especial. No es como si yo les diera muerte con mis propias manos. Pero... Nos estamos acercando, ¿verdad? Al momento en el que debo andarme con cuidado, si es que he de caminar entre dos fuegos.

—Me temo que sí —afirmé con una tensión incómoda entre mis omóplatos.

Entendía demasiado bien lo que quería decir. Las líneas del frente de batalla aún no eran claras, pero se estaban trazando en ese mismo momento. Convertirse en un agente indio para la Corona equivalía a ser visto como leal a los británicos; todo eso estaba muy bien, por el momento, cuando el movimiento rebelde aún estaba constituido por un grupo radical marginal, con unos pocos focos de descontento. Pero lo cierto es que sería muy peligroso a medida que nos aproximáramos al punto en que los descontentos tomaran el poder y se declarase la independencia.

Jamie, que conocía cuál iba a ser el resultado, no se atrevía a esperar demasiado para aliarse con el bando de los rebeldes; pero, por otro lado, hacerlo muy pronto sería arriesgarse a que lo arrestaran como traidor. Y ésa no era una buena perspectiva para un hombre que ya era un traidor indultado.

—Claro que, si aceptaras ser agente indio —afirmé tímidamente—, supongo que podrías llegar a convencer a algunas de las tribus indias de que apoyaran el bando americano, o, al menos, de que se mantuviesen neutrales.

—Tal vez —aceptó él, con un timbre sombrío en su voz—. Pero dejando a un lado la cuestión de lo honorable que sería hacer algo así, eso ayudaría a condenarlos, ¿no? ¿Crees que su destino sería el mismo si ganaran los ingleses?

—Eso no ocurrirá —intervine con un tono algo afilado.

Él me miró muy serio.

—Te creo —aseguró con el mismo tono—. Tengo razones para hacerlo, ¿verdad?

Asentí con la cabeza, cerrando los labios con fuerza. No quería hablar de los primeros levantamientos. Tampoco deseaba hablar de la inminente revolución, pero no había alternativa.

—No lo sé —dije, e inspiré hondo—. Nadie puede saberlo, puesto que no ha ocurrido, pero si intentara adivinarlo... entonces creo que es muy posible que a los indios les fuera mejor bajo el gobierno británico. —Sonreí con tristeza—. Lo creas o no, el Imperio británico logró, o debería decir logrará, administrar sus colonias sin exterminar del todo a los nativos que viven en ellas.

—Salvo a la gente de las Highlands —repuso Jamie secamente—. Sí, acepto tu palabra, Sassenach.

Se puso en pie, pasándose una mano por el cabello, y por un momento pude ver la minúscula franja blanca que lo atravesaba, recuerdo de una herida de bala.

—Deberías hablar con Roger —dije—. Él sabe mucho más que yo.

Jamie asintió, pero más allá de una ligera mueca, no respondió.

—Hablando de Roger, ¿adónde crees que han ido él y Bree?

—A casa de los MacGillivray, supongo —contestó sorprendido—. A buscar al pequeño Jem.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté, igualmente sorprendida.

—Cuando hay problemas, un hombre quiere tener a su familia a su lado, ¿sabes? —Me miró, enarcando una ceja y, buscando encima del ropero, cogió su espada. La sacó a medias de la vaina, luego volvió a envainarla y la puso de nuevo con cuidado donde se encontraba, con el mango a mano.

Había traído una pistola cargada a la habitación; estaba sobre el lavamanos, junto a la ventana. El rifle y la escopeta para cazar aves también estaban cargados y listos, colgando de sus respectivos ganchos sobre la chimenea, en la planta inferior. Y, con una pequeña floritura irónica, sacó la daga de la funda de su cinturón y la deslizó debajo de nuestra almohada.

—A veces lo olvido —dije con un deje de nostalgia mientras observaba sus movimientos. Bajo la almohada de nuestro lecho nupcial hubo una daga, lo mismo que bajo otras muchas a partir de entonces.

—¿Sí? —Jamie sonrió. Era una sonrisa un poco torcida, pero sonrisa al fin y al cabo.

—¿Tú no? ¿Jamás?

Él negó con la cabeza, sin dejar de sonreír, aunque había un brillo de tristeza en sus ojos.

—A veces desearía olvidarlo.

Nuestra conversación se vio interrumpida de pronto por un fuerte bramido al otro lado del pasillo, seguido de inmediato por ruido de mantas, violentos juramentos y un estruendoso golpe cuando algo, imaginé que un zapato, chocó contra la pared.

—¡Maldito gato! —gritó MacDonald. Me senté, llevándome la mano a la boca, mientras el fuerte sonido de unos pies descalzos vibraba por las tablas del pavimento, seguido brevemente del estruendo de la puerta del mayor, que se abrió y a continuación se cerró con un golpe.

También Jamie se había quedado paralizado. Luego se movió, con suma delicadeza, y, sin hacer ruido, abrió poco a poco la puerta de nuestra habitación. Adso, con la cola en una arrogante forma de «S», entró en el cuarto. Sin prestarnos la más mínima atención, cruzó la estancia con gran majestuosidad, saltó sobre el lavamanos y se sentó en él, donde levantó una pata trasera en el aire y comenzó a lamerse con tranquilidad los testículos.

—Una vez en París vi a un hombre que podía hacer eso —comentó Jamie, observando la actuación con interés.

—¿Hay gente que paga por ver algo así? —Supuse que no era probable que nadie se exhibiera públicamente así sólo por diversión. Al menos, no en París.

—Bueno, en realidad, no era el hombre, sino su acompañante femenina, que también era flexible. —Me sonrió, y la luz de la lumbre hizo que sus ojos azules resplandecieran—. Es como ver copular a dos gusanos, ¿sabes?

—Fascinante —murmuré. Miré el lavamanos, donde Adso había comenzado a hacer algo aún menos delicado—. Tienes suerte de que el mayor no duerma armado, gato. Podría haber hecho un estofado contigo.

—Ah, lo dudo. Nuestro amigo Donald tal vez duerma con una espada, pero sabe bien lo que le conviene. Si hubiera ensartado a tu gato, mañana no le prepararías el desayuno.

Desvié la mirada hacia la puerta. El alboroto provocado por los movimientos agitados sobre el colchón y las palabrotas masculladas al otro lado del pasillo ya se había desvanecido; el mayor, con la facilidad y la práctica de un soldado profesional, ya había emprendido el regreso a la tierra de los sueños.

—Supongo que no. Tenías razón cuando dijiste que estaba tratando de conseguir un puesto con el nuevo gobernador. Imagino que ése es el verdadero motivo por el que desea que tú progreses políticamente, ¿no?

Jamie asintió, pero estaba claro que había perdido cualquier interés por discutir las maquinaciones de MacDonald.

—Cierto, yo tenía razón, ¿no? Eso significa que me debes una prenda, Sassenach.

Me contempló como si se le acabara de ocurrir una idea, que yo esperaba que no estuviera demasiado inspirada en sus recuerdos de los parisinos que parecían gusanos.

—¿Ah, sí? —Lo observé con recelo—. Y, eh, ¿qué quieres...?

—Bueno, aún no he pensado en todos los detalles, pero creo que deberías tumbarte en la cama, para empezar.

Eso parecía un inicio razonable de la cuestión. Acomodé las almohadas en la cabecera de la cama, haciendo una pausa para apartar la daga, y empecé a tumbarme. Pero hice una nueva pausa y, en lugar de echarme, me agaché en el suelo para girar la manivela que tensaba las cuerdas que sostenían el colchón, hasta que el armazón de la cama chirrió y las cuerdas crujieron.

—Muy astuto por tu parte, Sassenach —dijo Jamie a mis espaldas, divertido.

—La experiencia —le informé, trepando a la cama recién tensada a cuatro patas—. Me he despertado muchas veces, después de una noche contigo, con el colchón doblado alrededor de las orejas y el trasero a menos de dos centímetros del suelo.

—Oh, creo que tu pompis terminará un poco más arriba —me aseguró.

—¿Me dejarás ponerme encima? —No sabía si alegrarme o no. Estaba muy cansada, y si bien era cierto que me gustaba cabalgar a Jamie, había estado cabalgando sobre un caballo durante más de diez horas, y los músculos de las piernas requeridos para ambas actividades temblaban espasmódicamente.

—Tal vez más tarde —puntualizó él, entornando los ojos mientras reflexionaba—. Túmbate, Sassenach, y súbete la camisola. Luego ábrete de piernas para mí. Ah, buena chica; no, un poco más, ¿de acuerdo? —Jamie comenzó a quitarse la camisa con deliberada lentitud.

Suspiré y elevé un poco las nalgas, buscando una posición que no me provocara calambres, en caso de que tuviera que aguantarla durante mucho tiempo.

—Si estás pensando en lo que creo que estás pensando, te arrepentirás. No me he bañado como es debido —dije en tono de reproche—. Estoy muy sucia y huelo a caballo.

Jamie, desnudo, levantó un brazo y lo olisqueó como si estuviera verificando algo.

—¿Ah, sí? Bueno, yo también. No importa. Me gustan los caballos.

Abandonó cualquier pretensión de demora, pero hizo una pausa para supervisar la disposición que había solicitado, mirándome con aprobación.

—Sí, muy bien. Ahora, por favor, pon las manos encima de la cabeza y aférrate a la cabecera de la cama...

—¡No te atreverás! —exclamé, y luego bajé la voz, con una mirada involuntaria hacia la puerta—. ¡Con MacDonald al otro lado del pasillo!

—Ah, sí me atreveré —aseguró—. Y al demonio con MacDonald y con una docena más como él. —Pero hizo otra pausa y, tras estudiarme durante un momento, suspiró y meneó la cabeza—. No —dijo en voz baja—. Esta noche, no. Todavía estás pensando en ese pobre bastardo holandés y su familia, ¿no?

—Sí, ¿tú no?

Jamie suspiró y se sentó a mi lado en la cama.

—He tratado de quitármelo de la cabeza —afirmó con franqueza—, pero los muertos recientes no descansan tranquilos en sus tumbas, ¿no crees?

Posé la mano en su brazo, aliviada de que él sintiera lo mismo. El aire nocturno parecía cargado de espíritus, y yo había sentido la pesada melancolía de aquel desolado jardín, aquella hilera de tumbas, arrastrándose a través de todos los acontecimientos y las alarmas de la noche.

Era una noche para quedarse en casa con el pestillo echado, con un buen fuego en la chimenea, y con gente cerca. La casa vibraba y los postigos crujían a causa del viento.

—Te deseo, Claire —dijo entonces Jamie en voz baja—. Lo necesito... ¿Tú quieres?

Me pregunté si ellos habrían pasado así la noche antes de su muerte. Cómodos y abrigados entre las paredes de su casa, marido y mujer susurrando juntos, acostados en la cama, sin tener idea de lo que les deparaba el destino. Vi en el recuerdo los largos y blancos muslos de ella cuando el viento le levantó la falda, y recordé la fugaz visión de la pequeña mata de pelo rizado entre ellos, los genitales debajo de su nube de pelo marrón, pálidos como si estuvieran tallados en mármol, la costura cerrada como la estatua de una virgen.

—Yo también lo necesito —susurré a mi vez—. Ven aquí.

Él se acercó y tiró limpiamente del cordón de mi camisola. El gastado lino se separó de mis hombros. Intenté coger parte de la tela, pero Jamie me agarró la mano y la sostuvo a un lado de mi cuerpo. Con un solo dedo, siguió bajando la prenda, luego apagó la vela, y en una oscuridad que olía a cera, a miel y a sudor de caballo, me besó la frente, los ojos, las mejillas, los labios y el mentón, y continuó así, poco a poco y con suavidad, hasta las plantas de los pies.

Luego se irguió y me lamió los pechos durante un buen rato, y yo bajé la mano por su espalda y la ahuequé alrededor de sus nalgas, desnudas y vulnerables en la oscuridad.

Más tarde hicimos el amor, agradablemente enredados como gusanos, con el débil resplandor de la chimenea como única iluminación en la habitación. Yo estaba tan cansada que sentía que mi cuerpo se hundía en el colchón, y sólo deseaba seguir hundiéndome, cada vez más profundamente, en la bienvenida oscuridad del olvido.

—¿Sassenach?

—¿Sí?

Hubo un momento de vacilación, hasta que su mano encontró la mía.

—Tú no harías lo que ella hizo, ¿verdad?

—¿Quién?

—Ella. La holandesa.

Arrancada del borde del sueño, seguía desconcertada y confusa; tanto, que incluso la imagen de la mujer muerta, amortajada en su delantal, parecía irreal, no más perturbadora que los azarosos fragmentos de realidad que mi cerebro echaba por la borda en un vano esfuerzo por mantenerse a flote mientras yo me hundía en las profundidades.

—¿Qué? ¿Caerme en la chimenea? Trataré de no hacerlo —le aseguré, bostezando—. Buenas noches.

—No, despierta. —Me sacudió el brazo con suavidad—. Hablemos, Sassenach.

—Mmm. —Con un esfuerzo considerable, aparté el tentador abrazo de Morfeo y me volví de lado, enfrentándome a Jamie—. Mmm. Hablar, ¿de qué...?

—De la holandesa —repitió pacientemente—. Si yo muriera, tú no matarías a toda la familia, ¿verdad?

—¿Qué? —Me froté la mano libre por la cara, tratando de encontrar sentido a todo aquello, entre las vacilantes hebras del sueño—. ¿La familia de quién? Ah... ¿Crees que ella lo hizo a propósito? ¿Que los envenenó?

—Creo que es posible.

Sus palabras no eran más que un susurro, pero bastaron para que yo recuperara la conciencia. Permanecí en silencio un instante, y luego extendí la mano, para asegurarme de que él seguía allí.

Sí, estaba allí; un objeto grande y sólido, el hueso liso de su cadera, caliente y vivo, estaba bajo mi mano.

—También pudo haber sido un accidente —afirmé con voz grave—. No puedes estar seguro.

—No —admitió—. Pero no consigo dejar de verlo de esa manera. —Inquieto, giró y quedó boca arriba en la cama—. Los hombres llegaron —dijo en voz baja, dirigiéndose a las vigas que se cernían sobre él—. Él se enfrentó a ellos y lo mataron allí mismo, en el umbral de su propia casa. Y cuando ella vio que su marido había muerto, supongo que les dijo a los asesinos que primero tenía que alimentar a los pequeños, antes de... y entonces puso las setas en el guiso y se lo dio de comer a los niños y a su madre. Se llevó a dos de los hombres consigo, pero creo que eso sí fue un accidente. Ella sólo quería seguirlo a él. No quería dejarlo allí, solo.

Sentí deseos de decirle a Jamie que aquello no era más que una interpretación bastante dramática de lo que habíamos visto. Pero en realidad no podía asegurar que se estaba equivocando. Al escuchar cómo describía lo que veía en sus pensamientos, yo también lo vi con total claridad.

—No lo sabes —afirmé al fin en voz baja—. No puedes saberlo.

«A menos que encuentres a los otros hombres —pensé de repente—, y se lo preguntes.» Pero eso no lo dije.

Ninguno de los dos habló durante un buen rato. Me percaté de que Jamie seguía pensando, pero las arenas movedizas del sueño estaban una vez más arrastrándome hacia abajo, insistentes y seductoras.

—¿Y si no puedo protegerte? —susurró por fin. Su cabeza se movió de manera repentina sobre la almohada, para volverse hacia mí—. ¿A ti y a todos los demás? Lo intentaré con todas mis fuerzas, Sassenach, y no me importaría morir en el intento, pero, y ¿si muero demasiado pronto... y fracaso?

¿Qué respuesta podía darle?

—Eso no va a ocurrir —contesté, también en un susurro. Jamie suspiró e inclinó la cabeza, de modo que su frente se apoyó en la mía. Su aliento tibio olía a huevos y whisky.

—Lo intentaré —dijo, y yo lo besé suavemente, reconfortándolo en la oscuridad. Posé la cabeza en su hombro, le rodeé el brazo con una mano y respiré el olor a humo y a sal de su piel, como si se hubiera curado con fuego.

—Hueles como un jamón ahumado —murmuré, y él dejó escapar un gemido de diversión y metió la mano en su lugar habitual, entre mis muslos.

Yo, por fin, me dejé ir, permitiendo que las pesadas arenas del sueño me absorbieran. Tal vez él lo dijo, justo cuando yo me hundía en la oscuridad, o tal vez sólo lo soñé.

—Si muero —susurró en la oscuridad—, no me sigas. Los niños te necesitan. Quédate aquí con ellos. Yo puedo esperar.

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SEGUNDA PARTE

Sombras crecientes

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8
Víctima de una masacre

14 de abril de 1773

De lord John Grey

Al señor James Fraser

Mi querido amigo:

Te escribo con buena salud, y confío en que tú y los tuyos os encontréis en la misma situación.

Mi hijo ha regresado a Inglaterra, para completar allí su educación. Nos explica sus fantásticas experiencias (adjunto una copia de su última carta), y me asegura que se encuentra bien. Lo más importante es que mi madre también me ha escrito para asegurarme que él está prosperando, aunque creo —más por lo que ella no dice que por lo que dice— que ha introducido un desacostumbrado elemento de confusión y rebeldía en su casa.

Confieso que siento la falta de este elemento en mi propio hogar. Tan ordenada y organizada es mi vida en estos tiempos que tú mismo te asombrarías. De todas formas, el silencio me resulta opresivo, y si bien disfruto de buena salud en lo que respecta al cuerpo, creo que mi espíritu flaquea un poco. Me temo que echo mucho de menos a William, y que eso me entristece.

Para distraerme de mi soledad, últimamente he emprendido una nueva actividad: elaborar vino. Si bien admito que el producto carece de la fuerza de tus propios destilados, me complace decir que no es imbebible, y si se le permite envejecer durante uno o dos años, tal vez llegue a ser aceptable. Te enviaré una docena de botellas este mismo mes, de manos de mi nuevo sirviente, el señor Higgins, cuya historia tal vez encuentres interesante.

Es probable que hayas oído hablar de una vergonzosa gresca que tuvo lugar en Boston hace tres años, en el mes de marzo, que con frecuencia he visto reflejada en el periódico y a la que el Broadside calificó de «masacre», algo del todo irresponsable y muy inexacto para cualquiera que presenciara el suceso tal cual ocurrió.

Yo no estuve presente, pero he hablado con numerosos oficiales y soldados que se encontraban allí. Si ellos son sinceros en sus palabras, y creo que sí lo son, la visión del asunto manifestada por la prensa de Boston es monstruosa.

A decir de todos, Boston es un antro horrible de sentimientos republicanos, con esas denominadas «sociedades en marcha» sueltas por las calles, y que no son más que una excusa para la reunión de muchedumbres cuyo entretenimiento principal consiste en atormentar a las tropas allí acuarteladas.

Higgins me dice que ningún hombre se atrevería a salir solo de uniforme por miedo a esos tumultos y que, incluso cuando están en mayor número, la hostilidad de la gente los hace regresar a los cuarteles, salvo cuando la situación los obliga a resistir.

Una noche, una patrulla de cinco soldados fue asediada de esa manera, perseguida no sólo por insultos de la peor naturaleza, sino también por piedras, puñados de tierra y excrementos, así como otra basura que les arrojaban. Tan fuerte era la presión de la multitud que los rodeaba que los hombres temieron por su seguridad y, por tanto, mostraron sus armas, con la esperanza de desalentar el tumultuoso acoso que se cernía sobre ellos. Lejos de lograr ese propósito, la acción provocó una furia todavía mayor en la muchedumbre y, en un determinado momento, alguien disparó. Nadie puede decir con seguridad si el disparo provino de la multitud o del arma de uno de los soldados, y mucho menos si fue por accidente o de manera deliberada, pero el efecto... Bueno, tú posees un conocimiento lo bastante amplio de estas cuestiones para imaginar la confusión de los acontecimientos que se produjeron.

Finalmente, cinco personas murieron y, si bien los soldados fueron golpeados y muy maltratados, pudieron escapar con vida, sólo para ser convertidos en chivos expiatorios por las maliciosas proclamas de los líderes de la muchedumbre en la prensa, que deformaron los sucesos de modo que pareciera una matanza gratuita y caprichosa de inocentes, en lugar de una cuestión de defensa propia contra una multitud enardecida por la bebida y la retórica vacía.

Confieso que los soldados cuentan con mi absoluta simpatía; estoy seguro de que eso es evidente para ti. Éstos fueron juzgados y el magistrado declaró inocentes a tres de ellos, aunque, sin duda, consideró que sería peligroso para su propia situación liberarlos a todos.

Higgins, junto con otro más, fue acusado de homicidio involuntario, pero pidió clemencia y fue liberado después de que lo marcaran. El ejército, desde luego, lo destituyó, y sin medios para ganarse la vida y sometido al oprobio del populacho, se encontró en una situación muy triste. Me contó que lo golpearon en una taberna poco después de su liberación, y las heridas que allí le infligieron le hicieron perder la visión de un ojo y, de hecho, su propia vida estuvo en peligro en más de una ocasión. Por tanto, y tratando de ponerse a salvo, decidió emplearse en un balandro al mando de mi amigo, el capitán Gill, aunque yo lo he visto navegar y te aseguro que no es ningún marinero.

Esta situación no tardó en ser evidente para el capitán Gill, quien puso fin a su empleo nada más llegar al primer puerto. Yo estaba en la ciudad por negocios y me crucé con él, y me explicó la desesperada situación en la que se encontraba Higgins.

Me esforcé por encontrarlo, sintiendo lástima por un soldado que, según creía, había cumplido con honor con su deber, y pareciéndome mal que sufriera por ello. Al descubrir que era una persona inteligente y de carácter afable, lo empleé a mi servicio, donde ha demostrado que es muy fiel.

Te lo mando junto con el vino, con la esperanza de que tu esposa tenga la amabilidad de examinarlo. El médico local, un tal doctor Potts, lo ha visto y ha dicho que la herida del ojo es irreversible, lo que bien puede ser cierto. Sin embargo, como he podido comprobar personalmente el talento de tu esposa, me pregunto si ella podría sugerir algún tratamiento para sus otras dolencias; el doctor Potts no ha sido de gran ayuda. Dile a tu esposa, por favor, que soy su humilde servidor, y que siento una eterna gratitud por su amabilidad y su talento.

Mis más cálidos saludos para tu hija, a quien le he enviado un pequeño regalo, que llegará con el vino. Confío en que su marido no se ofenda por mi familiaridad, teniendo en cuenta que hace mucho tiempo que conozco a la familia, y que le permita aceptarlo.

Sigo siendo, como siempre, tu obediente servidor,

John Grey

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9
El umbral de la guerra

Abril de 1773

Robert Higgins era un hombre joven y delgado, tan escuálido que parecía que lo único que hacía que los huesos estuvieran en su sitio era la ropa, y tan pálido que era fácil imaginar que uno podía ver a través de él. Tenía, sin embargo, unos ojos azules grandes y sinceros, una masa de cabello ondulado castaño claro y una timidez que hizo que la señora Bug lo pusiera de inmediato bajo su protección y declarase su firme intención de «alimentarlo» antes de que regresara a Virginia.

A mí, Hig

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