PRÓLOGO
La Cierva se arrodilló frente a sus amos inmortales y se preguntó qué se sentiría al arrancarles la garganta.
Alrededor de su propia garganta colgaba un collar de plata frío y pesado. Nunca se calentaba al entrar en contacto con su piel. Como si las vidas arrebatadas que simbolizaba quisieran que ella también soportara las frías garras de la muerte.
Un dardo de plata en el uniforme de un necrolobo era el trofeo habitual por eliminar a un rebelde de la faz de Midgard. Lidia se había ganado tantos que ya no cabían en la tela gris de su uniforme imperial. Tantos que habían optado por fundirlos para convertirlos en ese collar.
¿Sabía alguien en esta habitación lo que en realidad representaba aquella joya?
Una correa en torno a su cuello. Unida a una cadena dorada que la ataba directamente a los monstruos que tenía frente a sí.
¿Y sospechaban esos monstruos que su fiel mascota se sentaba a sus pies e imaginaba cómo sería sentir el sabor y la textura de su sangre sobre la lengua? ¿Sobre los dientes?
Pero aquí permanecería arrodillada hasta que le dieran permiso para levantarse. Igual que este mundo permanecería hincado mientras los seis asteri, sentados en sus tronos, lo drenaban hasta dejarlo seco para después abandonar su cadáver y dejar que se pudriera en el vacío del espacio.
El personal del Palacio Eterno ya había limpiado la sangre del resplandeciente suelo de cristal bajo las rodillas de Lidia. No quedaba ni rastro de ese olor a cobre en el aire estéril, ninguna pequeña gota mancillaba las columnas que flanqueaban la habitación. Como si los acontecimientos de los dos días previos nunca hubieran sucedido.
Pero Lidia Cervos no podía permitirse seguir pensando en esos acontecimientos. No mientras estuviera rodeada de sus enemigos. No con Pollux arrodillado a su lado y apoyando una de sus brillantes alas sobre su pantorrilla. Si hubiera sido cualquier otra persona, ella podría haberlo considerado un gesto de consuelo, de solidaridad.
Pero viniendo de Pollux, del Martillo, no significaba nada, salvo posesión.
Lidia se obligó a que sus ojos parecieran muertos y fríos. Se forzó a adoptar la misma actitud en su corazón y se concentró en los dos reyes hada que defendían sus casos.
—Mi difunto hijo actuó de manera independiente —declaró Morven, rey de las hadas de Avallen.
Su pálido rostro exhibía una expresión severa. Era alto y de cabello oscuro, y vestía completamente de negro, aunque no parecía que la densa atmósfera del duelo pesara sobre él.
—Si hubiera sabido de la traición de Cormac, lo habría entregado yo mismo —concluyó.
Lidia desvió ligeramente la mirada hacia el panel de parásitos sentados en sus tronos de cristal.
Rigelus, oculto tras su habitual aspecto de hada adolescente, apoyó su delicada barbilla en un puño y dijo:
—Me resulta difícil creer que no tuvieras conocimiento de las actividades de tu hijo, considerando el firme control que ejercías sobre él.
Unas sombras recorrieron los anchos hombros de Morven para luego desaparecer bajo su armadura de escamas.
—Era un chico desafiante. Creía que lo había corregido a base de golpes hacía mucho tiempo.
—Pues creías mal —se burló Hesperus, la Estrella Crepuscular, que había adoptado la forma de una ninfa rubia. Sus dedos largos y delgados tamborileaban sobre el brazo brillante de su trono—. Debemos asumir que su traición derivaba de alguna corrupción dentro de tu casa real. Una que ahora debe enmendarse.
Por primera vez en las décadas que la Cierva llevaba conociéndolo, el rey Morven controló su lengua. No había tenido más alternativa que responder a la llamada de los asteri ayer, pero claramente no apreciaba este recordatorio de que su autonomía era una mera ilusión, incluso en la brumosa isla de Avallen.
Una pequeña parte de Lidia disfrutaba viendo cómo ese hombre que se había pavoneado en Cumbres, reuniones y fiestas tenía ahora que medir cada una de sus palabras. Consciente de que podrían ser las últimas.
Morven gruñó:
—No tenía conocimiento de las actividades de mi hijo ni de su corazón cobarde. Lo juro por el arco dorado de Luna. —Luego agregó con voz clara y una furia impresionante—: Condeno todo lo que Cormac fue y lo que representaba. No se le honrará con una tumba ni con un entierro. No habrá un barco que lleve su cuerpo a las Tierras Estivales. Me aseguraré de que su nombre sea borrado de todos los registros de mi Casa.
Por un instante, Lidia se permitió sentir un deje de lástima por el agente de Ophion al que había conocido. Por el príncipe hada de Avallen que lo había dado todo por destruir a esos seres sentados frente a ella.
Igual que ella lo había dado todo. Seguiría dándolo todo.
Polaris, la Estrella del Norte, con el cuerpo de un ángel femenino de piel oscura y alas blancas, dijo con una lentitud deliberada:
—No habrá un barco que lleve el cuerpo de Cormac a las Tierras Estivales porque el chico se inmoló. E intentó llevarnos a todos consigo. —Dejó escapar una suave risita odiosa que recorrió la piel de Lidia como garras—. Como si una vil llama pudiera lograr algo así.
Morven no dijo nada. Había hecho todo lo que había podido, excepto arrodillarse y suplicar. Podría llegar a eso, pero, por ahora, el rey hada de Avallen todavía mantenía la cabeza en alto.
Según la leyenda, ni siquiera los asteri podían perforar la niebla que envolvía Avallen, pero Lidia no sabía si aquello se había comprobado. Tal vez esa era otra razón por la que Morven había acudido allí: a fin de evitar que los asteri tuvieran motivos para poner a prueba la veracidad de la leyenda.
Si de alguna manera el poder ancestral que rodeaba Avallen los repelía, valía la pena sufrir la humillación a cambio de guardar el secreto.
Rigelus cruzó una pierna sobre la otra, apoyando el tobillo sobre la rodilla opuesta. Lidia había visto a la Mano Brillante ordenar que se ejecutara a familias enteras con esa misma actitud desenfadada.
—¿Y tú, Einar? ¿Qué tienes que decir de tu hijo?
—Traidor de mierda —escupió Pollux, arrodillado al lado de Lidia. Aún mantenía el ala apoyada en su pierna, como si fuera su dueño. Como si ella fuera de su propiedad.
El Rey del Otoño hizo caso omiso del Martillo. Ignoró a todos, salvo a Rigelus, y contestó sin ninguna entonación:
—Ruhn ha sido salvaje desde que nació. Hice lo que pude por contenerlo. No me queda casi ninguna duda de que las maquinaciones de su hermana lo llevaron a participar en todo este asunto.
Lidia mantuvo los dedos relajados, aunque ansiaban cerrarse para formar puños. Estabilizó el latido de su corazón para que mantuviera un ritmo pausado y ordinario, de modo que ningún oído vanir pudiera detectarlo y considerarlo inusual.
—Así que ¿buscarías salvar a uno de tus hijos condenando a la otra? —preguntó Rigelus, y sus labios se curvaron ligeramente para esbozar una sonrisa tibia—. ¿Qué tipo de padre eres, Einar?
—Ni Bryce Quinlan ni Ruhn Danaan tienen ya el derecho de hacerse llamar mis hijos.
Rigelus ladeó la cabeza y su cabello corto y oscuro brilló bajo la luz de la habitación de cristal.
—Pensaba que ella había adoptado el nombre de Bryce Danaan. ¿Le has revocado el estatus de realeza?
Al Rey del Otoño le vibró ligeramente un músculo de la mejilla.
—Aún estoy decidiendo cuál será el castigo apropiado para ella.
Las alas de Pollux se movieron un poco, pero el ángel mantuvo la cabeza agachada mientras le gruñía al rey hada:
—Cuando le ponga las manos encima a la puta de tu hija, agradecerás haber renegado de ella. Le haré lo mismo que le hizo a la Arpía, solo que será diez veces peor.
—Tendrías que encontrarla primero —respondió el Rey del Otoño con frialdad. Lidia supuso que Einar Danaan era una de las pocas hadas en Midgard que podía desafiar abiertamente a un ángel tan poderoso como el Malleus. El rey hada alzó sus ojos color ámbar, tan similares a los de su hija, para mirar a los asteri—. ¿Los místicos han averiguado ya su paradero?
—¿No deseas saber dónde está tu hijo? —preguntó Octartis, la Estrella del Sur, con una sonrisa falsa.
—Sé dónde está Ruhn —respondió el Rey del Otoño sin inmutarse—. Merece estar ahí. —Se volvió ligeramente en dirección al lugar donde estaba arrodillada Lidia y la estudió con frialdad—. Espero que logren exprimirle todas las respuestas.
Lidia le sostuvo la mirada con una expresión pétrea, tan fría como el hielo…, como la muerte.
Los ojos del Rey del Otoño se posaron brevemente en el collar de plata sobre la garganta de la Cierva y una leve curva de aprobación rozó sus labios. Luego le preguntó a Rigelus con una autoridad que a ella le resultó admirable:
—¿Dónde está Bryce?
Rigelus suspiró, aburrido y molesto: una combinación letal.
—Decidió abandonar Midgard.
—Un error que pronto rectificaremos —agregó Polaris.
Rigelus le lanzó una mirada de advertencia a la asteri menor.
El Rey del Otoño habló con una voz un poco más débil:
—¿Bryce ya no está en este mundo?
Morven se giró para mirar al otro rey hada con cautela. Hasta donde se sabía, desde Midgard solo se tenía acceso a otro lugar, y se había construido un muro entero alrededor de la Fisura Septentrional en Nena para evitar que sus habitantes cruzaran a este mundo. Si Bryce ya no estaba en Midgard, tenía que estar en Hel.
A Lidia nunca se le había ocurrido que el muro alrededor de la Fisura también existía para evitar que los midgardianos escaparan.
Bueno, la mayoría de los midgardianos.
—Ese conocimiento no se debe compartir con nadie —dijo Rigelus con severidad.
Sus palabras contenían una afilada insinuación: «So pena de muerte».
Lidia había estado presente cuando los demás asteri habían exigido saber cómo había sucedido: cómo había abierto Bryce Quinlan un portal a otro mundo en su propio palacio para escapársele de entre los dedos a la Mano Brillante. La incredulidad y la rabia de los asteri habían sido un leve consuelo tras todo lo ocurrido, tras todo aquello que seguía revolviéndose en el interior de Lidia.
Una campana plateada sonó detrás de los tronos de los asteri como un amable recordatorio de que tenían otra reunión programada poco después.
—No hemos terminado con esta discusión —advirtió Rigelus a los dos reyes hada. Señaló con un delgado dedo hacia las puertas dobles que se abrían al pasillo—. Si pronunciáis una palabra sobre lo que habéis escuchado hoy, comprobaréis que no hay un solo lugar en este planeta donde estéis a salvo de nuestra ira.
Ambos reyes hicieron una reverencia y se marcharon sin decir nada.
El peso de las miradas de los asteri cayó sobre Lidia y le quemó hasta el alma. Lo soportó, como había soportado todos los demás horrores de su vida.
—Levántate, Lidia —dijo Rigelus con algo que casi parecía afecto. Luego, dirigiéndose a Pollux, añadió—: Levántate, mi Martillo.
Lidia se tragó la bilis que le quemaba como ácido y se puso en pie. Pollux hizo lo mismo. Sus alas blancas le rozaron la mejilla, la suavidad de sus plumas en contraposición a la podredumbre de su alma.
La campana volvió a sonar, pero Rigelus levantó una mano en dirección al asistente que aguardaba entre las sombras de los pilares cercanos. La siguiente reunión podía esperar un momento más.
—¿Cómo van los interrogatorios? —preguntó, y se desparramó en su trono como si estuviera preguntando sobre el clima.
—Estamos en los procedimientos iniciales —dijo Lidia. De algún modo, sentía que su boca se encontraba muy lejos de su cuerpo—. Llevará tiempo quebrantar a Athalar y Danaan.
—¿Y el Sabueso de Hel? —inquirió Hesperus. Los oscuros ojos de la ninfa destellaban con malicia.
—Sigo evaluándolo —respondió ella, manteniendo la barbilla en alto y las manos a la espalda—. Pero confío en que lograré sacarles todo lo requerido, Sus Gracias.
—Como haces siempre —dijo Rigelus, y bajó la mirada al collar de plata—. Te damos permiso para que hagas tu mejor trabajo, Cierva.
Lidia hizo una reverencia, doblándose por la cintura con precisión imperial. Pollux hizo lo mismo y plegó las alas con un movimiento elegante. El retrato del soldado perfecto, cumpliendo el papel para el que había sido criado.
Cuando al fin entraron al largo corredor que se alejaba del salón del trono, el Martillo habló:
—¿Crees que esa maldita perra se ha ido de verdad a Hel? —Hizo un movimiento brusco con la cabeza para señalar a sus espaldas, hacia la silenciosa Puerta de cristal en el extremo opuesto del pasillo.
Los bustos que decoraban el corredor, todos los asteri en sus diversas formas a lo largo de los siglos, habían sido reemplazados. Las ventanas que había destrozado Athalar con sus relámpagos habían sido reparadas.
Al igual que en el salón del trono, no quedaba ni rastro de lo que había ocurrido ahí. Y más allá de los muros de cristal de este palacio, en las noticias no había aparecido ni un rumor.
La única prueba de lo sucedido eran los dos guardias asterianos que ahora flanqueaban ambos lados de la Puerta. Sus vestimentas de gala doradas y blancas brillaban bajo los rayos de sol que se colaban en el interior. Las puntas de las lanzas que sostenían en sus manos enguantadas eran como estrellas caídas. Con las viseras de los cascos dorados bajadas, Lidia no alcanzaba a distinguir las caras que había detrás. Aunque eso no importaba, supuso. No tenían individualidad, no tenían vida. Los ángeles de élite, nacidos en la alta sociedad, habían sido criados para la obediencia y el servicio. Igual que habían sido criados para tener esas deslumbrantes alas blancas. Como las del ángel que estaba a su lado.
Lidia continuó caminando sin prisa hacia los ascensores.
—No desperdiciaré tiempo intentando averiguarlo. Pero no me cabe duda de que Bryce Quinlan regresará un día, sin importar dónde haya terminado.
Más allá de las ventanas, las siete colinas de la Ciudad Eterna resplandecían bajo la luz del sol. La mayoría estaban cubiertas de edificios coronados por tejados de terracota. Una montaña estéril (aunque era más bien un cerro, en realidad) se elevaba entre varios picos casi idénticos justo al norte de la frontera de la ciudad. El brillo metálico sobre su cima destellaba como un faro.
¿Era una burla intencionada hacia Athalar el hecho de que esa montaña, el monte Hermon (donde él y la arcángel Shahar habían organizado la primera y última batalla de su rebelión fracasada), fuera el sitio donde ahora se almacenaban decenas de los nuevos mecatrajes de los asteri? Desde los calabozos, Athalar no tendría manera de verlos, pero conociendo a Rigelus, el posicionamiento de las nuevas máquinas definitivamente era simbólico.
El día anterior por la mañana, Lidia había leído el informe de lo que habían estado planeando los asteri a lo largo de las últimas semanas, a pesar de los intentos de Ophion por detenerlo. A pesar de los intentos de la propia Lidia por detenerlo. Pero los detalles por escrito no habían sido nada comparados con el momento en que habían aparecido los trajes al atardecer. La ciudad se había convertido en un hervidero de actividad a medida que los transportes militares llegaban a la cima de la colina y los iban depositando uno por uno, mientras los equipos de reporteros corrían a informar sobre la tecnología de última generación.
A ella se le había revuelto el estómago al ver los trajes por primera vez…, y lo mismo le ocurrió ahora al mirar las corazas de acero que brillaban bajo el sol.
Más pruebas del fracaso de Ophion. Habían destruido el mecatraje en Ydra, habían arrasado con el laboratorio hacía días, pero todo había sucedido demasiado tarde. En secreto, Rigelus había construido este ejército de metal y lo había posicionado en la cima desolada del monte Hermon. Los nuevos trajes representaban una mejora con respecto a los híbridos, dado que ya ni siquiera requerían pilotos que los operaran; aun así, seguían teniendo la capacidad de alojar a un soldado vanir, de ser necesario. Era como si los híbridos hubieran sido una distracción calculada para Ophion mientras Rigelus perfeccionaba estos trajes en secreto. La magia y la tecnología se combinaban ahora con una eficiencia letal y un coste mínimo para la vida militar. Sin embargo, estas nuevas corazas prometían una muerte segura para los rebeldes que aún quedaban, y condenaban el resto de la rebelión.
Lidia debería haber detectado la artimaña de Rigelus, pero no lo había hecho. Y ahora esos horrores serían liberados al mundo.
Las puertas del ascensor se abrieron y ella y Pollux entraron en silencio. Lidia presionó el botón que la llevaría al subnivel más bajo… Al penúltimo, en realidad. Los ascensores no descendían hasta las catacumbas, a las que solo se podía acceder a través de una sinuosa e
