Veinte mil leguas de viaje submarino

Jules Verne

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

En la novela Sélinonte ou la chambre impériale, de Camille Bourniquel (Seuil, 1970), el protagonista evoca la casa donde pasó su juventud, la de su tío Gast, en Nashville, y lo que recuerda con mayor viveza es el armonio del salón: «Si alguna vez, a miles de kilómetros, evocaba la imagen de su tío, era con los rasgos de una especie de capitán Nemo, que en el fondo de los mares soñaba frente al órgano del Nautilus». Es un ejemplo entre muchos. A partir de 1870, el capitán Nemo y su Nautilus adquirieron para varias generaciones una vida propia que, más allá de lo puramente novelesco, los integró en nuestro imaginario común como si hubieran existido de verdad. Hay ciertos episodios que han quedado grabados en nuestra mente: la lucha contra el pulpo, el entierro bajo el mar, la Atlántida iluminada por el volcán submarino... El propio título, que en el original tiene la sonoridad de un hexámetro (a Jules Verne se le había ocurrido, entre otros, Vint-cinq mille lieues sous les mers, mucho menos musical), con la abertura del sonido final tras las nasales, unidas por las líquidas fluidas, da un primer impulso a las ensoñaciones primordiales de los elementos. Se trata, sin embargo, de la narración de una aventura presentada como real, y que, siguiendo el principio de todas las novelas de Jules Verne (estipulado por contrato con su editorial, Hetzel), debía presentar de una forma atractiva aspectos de la ciencia a los adolescentes de 1869. Así lo habían logrado las cinco novelas anteriores, que también pretendían contar «historias ciertas».

No obstante, se nos presenta una primera diferencia: la génesis de este libro es mucho más compleja que la de los anteriores, y cubre un período más largo (solo La isla misteriosa tendrá una gestación más prolongada). Las cartas de Jules Verne a su editor, Hetzel, especialmente numerosas, permiten seguir desde bastante cerca la creación de la novela. En 1865, el autor empieza a reflexionar acerca de lo que él llama un Voyage sous les eaux. Según un artículo de Adolphe Brisson en Le Temps, del 29 de diciembre de 1897, el escritor explicó al periodista, que había ido a visitarlo, su deuda con George Sand en uno de sus mayores éxitos, Veinte mil leguas de viaje submarino, y le mostró una carta de la novelista. Es cierto que existe una nota de George Sand dirigida a Jules Verne donde le agradece el envío de dos libros (según George Lubin, Viaje al centro de la Tierra, y probablemente De la Tierra a la Luna), y añade: «Espero que nos lleve usted pronto a las profundidades marinas, y haga usted viajar a sus personajes en esos aparatos para buzos que puede permitirse perfeccionar su ciencia y su imaginación» (25 de julio de 1865, datación de Georges Lubin). Considerando esta carta, de la que no nos consta ningún desmentido, se podría pensar que George Sand, cuyo editor (y amigo) era también Hetzel, conoció a través de este último el proyecto de Jules Verne, máxime cuando este tenía por costumbre hablar con su editor de sus futuras novelas (y cuando esta nota está fechada el mismo año que Verne empezó a trabajar en la novela que nos ocupa). También es verdad que, en cierto modo, después de la exploración por el aire (Cinco semanas en globo), el viaje al centro de la Tierra, a la Luna y la travesía por mar (pero sobre su superficie) alrededor del mundo de Los hijos del capitán Grant, imaginar un viaje bajo el agua respondía a una doble lógica en el pensamiento de Jules Verne: la del proyecto didáctico, cuyo objetivo era desplegar los conocimientos de la época sobre los fondos submarinos, cosa que lleva al escritor a pasear in situ al protagonista (como había hecho a bordo de un globo, por ejemplo); y la de lo imaginario, ya que así los cuatro elementos primordiales, como habría dicho Bachelard, se turnan como motores de la invención (considerando que el fuego se combina en proporción variable con los otros tres). Desde este punto de vista es muy posible que a la imaginación de George Sand, tras haber coincidido ya con la de Jules Verne (Viaje al centro de la Tierra y Laura), se le despertase una nueva intuición. En todo caso, Verne pensó en ella al escribir la novela, y en concreto, sin duda, en los pasajes en que Nemo ensalza la libertad:

Le Crotoy, 1867

Ahora bien, habrá que cuidar mucho el estilo. Ciertos pasajes requerirían la elocuencia de madame Sand, o de un buen señor a quien conozco.[1]

Sea como fuere, a partir de 1865, durante las vacaciones en Chantenay, cerca de Nantes (y del mar), la creación del libro se dividió en tres fases. Primero el autor «piensa mucho» en el Voyage sous les eaux, y departe con su hermano Paul, oficial de marina, sobre «la mecánica necesaria para la expedición». Muy pronto, sin embargo, lo absorbe por completo una larga obra didáctica, la Géographie illustrée de la France et de ses colonies, y hasta 1867 no reanuda de verdad la redacción de la novela. Entusiasmado por sus hallazgos («¡Ah, qué hermoso tema, mi querido Hetzel, qué hermoso tema!»), su cerebro «explota [...] después de quince meses de abstinencia», dedicados a la redacción de la Géographie. De hecho habla de «reescribir», pero es sabido que Verne redactaba de corrido una primera versión a lápiz a partir de la cual, a continuación, «reescribía» con pluma la segunda. A mi juicio, la genialidad que dio un vuelco al sentido total de la novela debe situarse al principio de ese período:

Le Crotoy (s. f.)

Se me ha ocurrido una buena idea, que deriva del propio tema. Es necesario que el desconocido no tenga relación alguna con la humanidad, de la que se ha separado. Ya no está sobre la tierra. Prescinde de ella. Le basta con el mar, pero este debe proveerle de todo, ropa y alimentos incluidos. Jamás pone los pies en un continente. Si desaparecieran los continentes y las islas bajo un nuevo diluvio, él seguiría como si tal cosa.

La exploración puramente mecánica adquiere de repente un aura de leyenda, aunque también implica encendidas discusiones con el editor: de alguna manera hay que justificar al lector esta separación absoluta con el mundo, este odio a la sociedad. Jules Verne empieza por buscar una razón histórica verosímil: muy afectado por la cuestión polaca, como todos sus contemporáneos, propone atribuir esta nacionalidad a su protagonista. Insiste varias veces sobre las ventajas de esta decisión, acumulando de forma paulatina las desgracias que habrían podido cebarse con un noble polaco proscrito por los rusos, que explicarían su odio y su misantropía. Esta solución, como indica una carta, fue desechada por el editor por «razones puramente comerciales»: Hetzel tenía acuerdos con Rusia, y las obras de Jules Verne se traducían al ruso. Aun así, como reitera el autor en 1869, es la única opción que justifica el ataque del submarino al acorazado de dos puentes. A su vez, rechaza de plano a un Nemo antiesclavista que persigue a los negreros, solución que le parece demasiado política:

Le Crotoy, viernes, 1869

No quiero hacer política, porque no se me da bien y porque no tiene nada que ver con el tema.

De esta solución quedarán, sin embargo, algunos rastros, como en el episodio en que el capitán acude en ayuda de los insurgentes de Creta. En cuanto a concebir la lucha de Nemo contra «un adversario quimérico, tan misterioso como él», otra propuesta de Hetzel, «lo reduce a un simple duelo entre dos individuos, empequeñeciendo sobremanera el asunto». Verne, por lo tanto, prefiere guardar silencio sobre la causa del odio, al igual que sobre todo lo relacionado con la existencia del personaje y su nacionalidad. Considera que cualquier otra solución mermaría su distinción, como repite en varias ocasiones. Incluso se mostró dispuesto a cambiar el desenlace —el episodio del barco hundido—, que contrariaba visiblemente a Hetzel, quien pensaba, es cierto, en su público adolescente... y en sus padres. No obstante, Verne lo mantuvo, insistiendo en que Nemo, lejos de «matar por matar», se limitaba a responder a un ataque. Conservó también el episodio del maelström, donde, por consejo de Hetzel, cuidó mucho la verosimilitud. Para alcanzarla, el Nautilus tuvo primero que navegar por mares muy concurridos: «Es la plaza de la bolsa de París. Hay que rehacerlo. No se tiene que saber dónde está», conviene Jules Verne, quien se entusiasma por su perspicacia y lo expresa prodigando exclamaciones al final de sus cartas («¡Ah, querido Hetzel, si errara este libro nunca me consolaría! Nunca he tenido mejor sujeto entre las manos»), pero también con la insólita resistencia que opone a las propuestas de Hetzel, como cuando se niega en redondo a rehacer «a un compañero, cosa de la que soy del todo incapaz, ya que llevo dos años conviviendo con él y no sabría verlo de ninguna otra manera».

Estas discusiones se produjeron durante la tercera fase de la creación. Mientras empezaba a publicarse la primera parte en el Magasin d’Éducation et de Récréation (a partir del 20 de marzo de 1869, a razón de dos capítulos por quincena), el escritor trabajaba en la segunda, al tiempo que redactaba Alrededor de la Luna, desde la que a veces, afirma, le costaba descender de nuevo bajo el agua. Produce siempre un gran asombro ver desplegarse de un modo paralelo el proceso verniano de creación en dos ámbitos tan dispares. Aunque ¿de veras lo son? Porque tan imaginario es el viaje bajo el mar como en torno al «astro de las noches». Y además son bien conocidos, sobre todo desde Bachelard y Eliade, los vínculos entre estos dos espacios míticos, la madre mar y el astro de la muerte y la resurrección.

No cabe duda de que Verne surte el viaje submarino con gran lujo de detalles reales, de la misma manera que había atiborrado al lector con toda suerte de cálculos cuando envió su obús a la Luna, hecho que repetiría para justificar la «satelización» de ese obús en la novela siguiente. Él mismo dice, en referencia a Veinte mil leguas, que «se trata de hacer verosímil lo muy inverosímil». Por eso la aventura es narrada en primera persona por un personaje grave, aunque de nombre un poco extraño, Aronnax,[2] profesor suplente en el Museo de Historia Natural de París y respetado autor de Los misterios de las grandes profundidades submarinas, obra que encontrará réplica tanto en los descubrimientos de Nemo —que pretende confiárselos a una «botella en el mar» cuando muera— como en el relato de lo que de verdad presencia Aronnax bajo el agua, es decir, la novela de Jules Verne. Es esta última la narración que necesita ser autentificada, y Aronnax-Verne lo sabe muy bien: «Aquella expedición extraordinaria, sobrenatural, inverosímil, que, aun narrada fielmente en este relato, no dejará de suscitar la incredulidad de algunos» (pp. 70-71). Y lo remacha en el último capítulo:

He releído la narración que he ido escribiendo de nuestras aventuras. Es exacta. No se ha omitido ningún hecho, no se ha exagerado ningún detalle. Es el relato fiel de esta inverosímil expedición bajo un elemento inaccesible para el hombre de hoy, pero cuyas rutas hará algún día libres el progreso.

¿Me creerán? No lo sé. Después de todo, poco importa. Lo que puedo afirmar ahora es mi derecho a hablar de esos mares bajo los cuales he recorrido veinte mil leguas en menos de diez meses; de esa vuelta al mundo submarino.

«Historiador de cosas en apariencia imposibles y que, sin embargo, son reales, indiscutibles» (refiriéndose a la Atlántida), Aronnax, como con frecuencia Verne, ofrece el propio texto como garantía de la veracidad de los hechos. En su relato, el novelista se esfuerza por prodigarse en referencias a la realidad: acumulación de fechas en el primer capítulo, los nombres de los barcos que se han encontrado con el monstruo, los nombres de los barcos naufragados (con fechas y lugares en términos marinos) y la descripción del Abraham Lincoln, el barco que le da caza y cuyos aspectos mecánicos se exponen con el mismo esmero y complacencia que más tarde los del Nautilus, lo que le confiere a este último una especie de sello de autenticidad. Toda la traza científica de la obra constituye también un aval de su veracidad, con lo redundante de las clasificaciones sistemáticas (pero exactas) de Consejo: cada cierto tiempo se nos endosa una enumeración, extraída siempre de Cuvier, de los habitantes de las aguas, al igual que de la vegetación o de la formación de los fondos marinos. También son «reales» tanto los lugares visitados o vistos en la superficie como el itinerario que sigue el Nautilus, que para darle un grado mayor de verosimilitud es dibujado en dos mapas adjuntos en la edición original. También el argumento, siguiendo en esta línea, ofrece garantías de realidad: la rebelión de Creta, la guerra de Secesión, el recuerdo del episodio del Vengador (narrado con respeto y precisión por el capitán en las pp. 515-516), el de los galeones de la bahía de Vigo, etc. En este último caso debe recordarse que en 1869, tras las investigaciones del ingeniero Bazin, se constituyó una sociedad para la recuperación de su tesoro. El lector de la época era muy sensible a todo este aparato «realista» y científico. Si a nosotros, gracias a las películas del capitán Cousteau y otros, nos parece normal lo que presenciaban Aronnax, Consejo y Ned Land a través del gran ojo de buey de cristal del Nautilus, el lector de 1869 debía aceptar el juego y subir a bordo de esa máquina imposible, por mucho que Fulton ya hubiera construido un pequeño Nautilus, y que Verne hubiera podido conocer los ensayos de Petit en la bahía del Somme (donde tenía su segunda residencia) o los del ingeniero Conseil («Consejo», en español), cuyo nombre toma prestado para uno de sus personajes.[3] Para hacer «creíble» su aparato submarino, desgrana con exactitud sus dimensiones, su organización interna, los detalles de la estructura metálica y la disposición de los «apartamentos» del capitán. Las ilustraciones de Neuville subrayan la impresión de realidad. Hay que añadir que a los lectores contemporáneos la silueta del Nautilus nos resulta muy creíble. Aun así, y a pesar de que las máquinas accionan mecanismos del todo verosímiles, lo que las mueve es una fuerza que en la época aún resultaba misteriosa o que, en todo caso, aún no se dominaba por completo: la electricidad. Ninguna otra forma de energía de las que se usaban por aquel entonces habría podido, técnicamente, propulsar el submarino. Recurrir a una fuerza casi mágica (en 1895, en La isla de hélice, Verne define como el «alma del universo») implica, sin embargo, extrañas distorsiones en el discurso del realismo. Así, podemos admirar en la edición original diversas ilustraciones que representan máquinas «realistas» (incluso la forma de los grifos se ajusta al estilo de la época), mientras el texto adjunto reconoce su derrota con toda naturalidad. Al positivista Aronnax, sorprendido por semejante empleo de la electricidad, le responde el capitán Nemo:

Hasta el presente, la potencia dinámica de la electricidad es muy reducida y solo ha sido posible producir con ella fuerzas muy pequeñas...

—[...] mi electricidad no es como la de todo el mundo... Permítame que no sea más explícito respecto de este punto.

Acto seguido, para poner remedio a esta infracción de la verosimilitud, asistimos a una demostración totalmente correcta, e irrefutable en el plano científico, de cómo se produce la electricidad.

No por ello el Nautilus deja de ser un artefacto prodigioso. Los esfuerzos de Jules Verne por hacerlo «posible» tienen sobre todo el efecto de permitir que nuestra imaginación se embarque en él sin recelos —sin que proteste la razón, y la bloquee—, de tal modo que, como en la mayoría de las novelas del autor, las aventuras que se presentan como reales poseen en el fondo una dimensión muy distinta, y adquieren, como búsqueda, una cualidad espiritual. Aronnax sale desde el primer momento a luchar contra un monstruo, como todos los héroes míticos. El afable profesor sufre de pronto una mística exaltación:

Tres segundos después de haber leído el citado mensaje del honorable secretario de Marina [que lo invita a participar en la expedición del Abraham Lincoln], comprendí yo, por fin, que mi verdadera vocación, el único objeto de mi vida, no podía ser otra que perseguir a aquel monstruo inquietante y librar al mundo de él.

Esta vocación, esta llamada, se ve confirmada por el hecho de que Aronnax se encuentre por azar en Nueva York, donde ha regresado, con voluntad de descansar de una expedición muy apacible en Alaska. Por si fuera poco, sube a bordo del Abraham Lincoln en el último momento: «Así pues, de haberme retrasado solo un cuarto de hora, o menos aún, la fragata hubiera zarpado sin mí». Aunque la meta a la que se llega sea distinta a la prevista, no resulta menos simbólica. La novela termina con las siguientes frases: «Por eso, a la pregunta planteada hace seis mil años por el Eclesiastés: “¿Quién ha podido sondear jamás las profundidades del abismo?”, hay dos hombres, y solo dos en todo el mundo, que ahora tienen el privilegio de responder: el capitán Nemo y yo» p. 536).

La ciencia se ha convertido en conocimiento, y Aronnax ha experimentado una verdadera iniciación. Arrancado (en el sentido literal que le confiere la aventura) al mundo profano, y confinado en un espacio cerrado, lugar de paso en el que radica un sueño artificial (que nos recuerda inevitablemente a la cámara de reflexión y a la bebida del olvido masónicas), vive a continuación lo que él mismo describe al final de la novela como una «existencia extranatural». Una y otra vez se repite la palabra «maravilloso» ante espectáculos que no solo están reservados a Nemo y al propio Aronnax (puesto que Consejo y Ned son meros comparsas, insensibles al valor profundo de lo que se les presenta), sino que poseen un sentido simbólico. En los bosques submarinos de la isla Crespo, por poner un ejemplo, está todo «al revés», todo transgrede las normas del mundo terrestre (profano), en señal de que el submarino es el mundo de lo sagrado. Este mismo significado poseen los tesoros (la perla, o el oro de la bahía de Vigo); el «punto supremo» del avistamiento de la Atlántida, magnífica escena en la que se conjugan el agua y el fuego para hacer aun más mágico este regreso a los orígenes («Caminaba exactamente por el mismo lugar por donde habían caminado los contemporáneos del primer hombre», p. 386); y el otro «punto supremo», el Polo Sur, tierra inviolada que responde a esos otros puntos de las novelas anteriores: el Polo Norte conquistado por Hatteras y el centro de la Tierra al que se acerca Axel. En cuanto al arribo al Polo Sur, el recuerdo de Poe (que se cita aquí más tarde, p. 528) y de La narración de Arthur Gordon Pym es tan manifiesto que cuando Verne escribió una continuación de la obra del estadounidense en La esfinge de los hielos hizo referencia a ese episodio de Veinte mil leguas en una nota situada al final del capítulo X de la segunda parte, donde lo presenta como un hecho real: el Polo Sur que el protagonista de La esfinge de los hielos tan solo ha podido vislumbrar, lo pisará, afirma, otra persona el 21 de marzo de 1868. Tras resumir la aproximación, concluye lo siguiente: «Tomó posesión de aquel continente en su propio nombre y desplegó un pabellón con la estameña bordada con una N de oro. Frente a él, en mar abierta, flotaba un navío que se llamaba Nautilus, y cuyo capitán era el capitán Nemo».[4]

La dificultad de llegar a este punto se asemeja a los «pasajes imposibles», como el de las Simplégades, que encontramos en muchas leyendas iniciáticas, de las que se hace eco, de forma manifiesta, el aplastamiento del submarino durante el viaje de vuelta. Por otra parte, la toma de posesión del polo se sitúa en la corriente de las apropiaciones mágicas del mundo que tienen lugar en las iniciaciones, y que convierten esta vuelta al globo, si bien incompleta, en algo más que el cómodo marco de una exposición de la ciencia de la época: quien acceda por esta vía al conocimiento del cosmos del que forma parte es verdaderamente un iniciado. El regreso de Aronnax al mundo profano, su renacer, se produce cuando este conocimiento ya es completo. El peligro de acomodarse a ese mundo está muy presente en Aronnax. Aparece repetida muchas veces la imagen de la concha en la que vegeta el molusco, incluso en sueños: «Soñaba —no escoge uno sus sueños...—, soñaba, digo, que mi existencia se reducía a la vida vegetativa de un simple molusco; me parecía que aquella gruta [dentro del volcán de la isla donde se encuentra el Nautilus] formaba la doble valva de mi concha...». Tan feliz está con su vida en el Nautilus, que comenta: «Como auténticos caracoles, nos estábamos habituando a nuestra concha... Y puedo afirmar que es sumamente fácil convertirse en un perfecto caracol».

Es significativo que esta situación nunca sea aceptada por Ned Land, el profano Ned, cuyo apellido significa «tierra». El iniciado, sin embargo, debe ser expulsado como Jonás del vientre de la ballena para predicar la palabra sagrada. Aronnax tiene que aceptar emerger del feliz vientre del Nautilus para transmitir lo que ignoran los hombres: la ciencia de los fondos marinos y el secreto de Nemo, símbolos de lo incognoscible a los que solo tienen permitido aproximarse unos pocos elegidos, por medios «extranaturales», usando el término del propio Aronnax.

El renacimiento, tan peligroso y brutal como el acceso, se materializa en el incidente del maelström y la lancha, arrancada del flanco del Nautilus. La pérdida ritual de la conciencia es el paso previo al regreso al mundo profano, ya que el espacio sagrado del mar posee un doble valor, benéfico y maléfico, como todos los elementos sacros. Aunque acceda sin quejas a que se penetre en él, aunque alimente y vista a sus fieles, de vez en cuando recuerda que es también poder de muerte (y espacio de muerte, como lugar de iniciación). Su lecho está sembrado de carcasas, las de los barcos que ha sepultado, o devorado. Para los protagonistas representa ante todo un principio de asfixia y de aplastamiento en los incidentes del regreso bajo el banco de hielo y del pulpo. En el primer caso el mar se endurece y aprisiona al Nautilus, mientras los pasajeros se ven privados de aire en poco tiempo (Aronnax se desmaya, lo que representa una forma de muerte). En el segundo, el pulpo, o más bien el calamar gigante, salido de Los trabajadores del mar de Victor Hugo, a quien homenajea Jules Verne en el capítulo XIX de la segunda parte, resulta un monstruo marino aún más mortífero que el tiburón, peligroso este último tan solo si se sale del Nautilus, y, en términos imaginarios, mucho más terrorífico. Sabemos hoy que Verne y Hugo fueron muy injustos con este animal, menos maltratado por la Antigüedad que por nosotros. El pulpo es una de esas criaturas fabulosas cuya relación se nos proporciona en los primeros capítulos (pero en referencia al Nautilus) y que se repite en el momento de la aparición, al otro lado del ojo de buey, del monstruo. Alrededor de él se multiplican los recuerdos míticos: Jules Verne habla de «la cabellera de las Furias», e insiste en el «capricho de la naturaleza» que resulta este molusco con pico de pájaro, que cambia de color y tiene tres corazones, cuyos brazos recuerdan serpientes, que desprende un fuerte olor de almizcle y que es capaz de cegar a sus adversarios con un chorro de líquido negruzco. Por otra parte, mediante el abrazo mortal, el pulpo retoma el motivo de la asfixia en el banco de hielo.

La criatura, sin embargo, responde también a otra concepción del monstruo, la del propio Nautilus, hijo supremo (mecánico) del mar. Al principio de la novela es presentado como un monstruo marino, un misterioso y peligroso animal, un narval o «unicornio de mar», según el especialista Aronnax. Hasta el momento de su identificación exacta encontramos en el texto en francés treinta y cuatro veces la palabra «monstruo» o «monstruos»; treinta y dos las de «narval» o «unicornio de mar» (presentado como un animal raro y monstruoso, con toda la carga legendaria del término «unicornio»); veintitrés veces nombres de la categoría de los cetáceos (animales monstruosos, también ellos); diez las palabras «animal» o «ser» acompañadas de un calificativo como sobrenatural, fantástico, fenomenal; en cinco ocasiones se habla (con algo de ironía, todo hay que decirlo) de una serpiente de mar; en tres de un kraken; y en una de un leviatán. Señalemos, de paso, que más tarde (1901) Jules Verne escribió Las historias de Jean-Marie Cabidoulin, que en Francia también se publicó con el título La Serpent de mer, una especie de Moby Dick (hasta 1941 no se dio a conocer esta novela en Francia). Todo el preludio a la navegación submarina se sitúa, mediante un hábil suspense, bajo el signo del misterio y la invocación de Edipo y la Esfinge. A la posibilidad de una embarcación que la permita se alude una sola vez, y de manera muy indirecta, refutándola de inmediato, alegando las posibilidades técnicas de 1868. Se descarta que un aparato pueda moverse tan deprisa, llegar tan lejos y tener tanta fuerza. Y, sin embargo, cuando Aronnax no tiene más remedio que reconocer su error, clama en los siguientes términos:

El animal, el monstruo, el fenómeno de la naturaleza que había intrigado al mundo de la ciencia, que había alborotado y trastornado la imaginación de los marinos de los dos hemisferios, era... —había que rendirse a la evidencia— era un fenómeno mucho más asombroso: un fenómeno fabricado por la mano del hombre.

Descubrir la existencia del ser más fabuloso, del más mítico de los monstruos, no me hubiera producido tamaña sorpresa. Fácil es aceptar algo prodigioso salido de las manos del Creador. Pero toparse de repente, ante los propios ojos, con un imposible como obra misteriosa de las manos humanas... ¿no es para confundir a la razón?

Pese a revelarse un aparato mecánico, el Nautilus no ha perdido su condición «mitológica». El nombre de la embarcación, sin ir más lejos, se corresponde con el de unos animales marinos que, como recuerda Jules Verne, reciben todavía el nombre de «argonautas»; el propio Consejo, poco dado a las metáforas, señala, al observar cómo acompañan estos animales al submarino, que ofrecen una imagen fidedigna de cómo se comporta el capitán con respecto a su artefacto. También la divisa de este último, Mobilis in mobili, lo vincula al mar.[5] Ya demostró Gilbert Durand que «el pez es el símbolo del continente redoblado, del animal que es como una muñeca rusa», y rehabilita los «instintos primordiales» de la deglución, hecho redundante, ya que el mar contiene al pez, que contiene a su vez a los protagonistas. Esta noción está vinculada a la feminidad maternal, así como a la luna (La novela está enmarcada por otras dos que trataban sobre este último astro). Por mucho que afirme el autor, en el capítulo VII de la primera parte, que «están lejos los tiempos en que los Jonás se refugiaban en el vientre de las ballenas», eso mismo es lo que ocurre. El Nautilus es una ballena mítica, un monstruo sagrado, salvador y destructor, según el código fascinans et tremendum de lo divino, «arca sagrada», en palabras de Verne cuando narra el episodio en que la nave rechaza a los salvajes que pretenden invadirla, cosa que hace hasta cierto punto por sí sola, esto es, por su naturaleza eléctrica (mágica).

No obstante, el Nautilus es al mismo tiempo un lugar de regresión y un vientre feliz, como ha demostrado Roland Barthes. Cuando Jules Verne decide que Nemo viva exclusivamente en el mar, dentro de su embarcación, «situación “absoluta” [que] dará mucho relieve a la obra», especifica: «Y créame si le digo que su arca estará un poco mejor aposentada que la de Noé». La constelación de imágenes que rodean al Nautilus es, por lo tanto, muy completa y compleja. Su autor «soñó», en el sentido bachelardiano de la palabra, con gran felicidad, este barco que tal vez, como pensaba Jean Bornecque, sirviera de modelo al «Barco ebrio», que se convierte, en efecto, en submarino.[6] Sin duda para el poeta es más intensa la obsesión por la muerte, pero también es cierto que Nemo, ya que no Aronnax, es un personaje que ha «llorado demasiado», a quien desconsuelan cada vez más los amaneceres, y que al final entrega su barco a la locura del maelström y a la muerte. Este «querido encierro» (Barthes) es una tentación peligrosa: el iniciado Nemo, resuelto a ovillarse hasta su estado fetal y no salir nunca de él, como sí Aronnax, pone fin así a la aventura antes de su desenlace. El lector, mientras tanto, se beneficia de la cómoda postura de quien participa en los peligros con la seguridad de superarlos, lo cual constituye una apacible lectura, que no causaría excesiva angustia a los adolescentes a quienes, de hecho, estaba destinada la novela. Por lo demás, las exigencias de la narración de aventuras y el peso de las imágenes míticas exigen un desenlace que rompa con la tentación esquizofrénica del refugio absoluto.

Vemos, pues, que la polivalente imagen del Nautilus encaja mucho mejor en la categoría de los símbolos que en la de las «premoniciones científicas» de Jules Verne. Se integra en el mito del héroe, del que es emanación, instrumento y servidor («la niña de mis ojos», dice el capitán, p. 156) por ser «inteligente, audaz e invulnerable». El señor del barco, el capitán Nemo, creador de un monstruo y asimilado como tal al Creador de todas las cosas (véase la cita de la p. 22), es además un Ulises moderno; en el contexto cultural de la época, su nombre es una referencia evidente,[7] aunque lo justifique el deseo del propio capitán de no ser ya «nadie» para el mundo. Ahora bien, aunque Nemo recorra los mares su intención no es alcanzar ninguna Ítaca. Lo que desea es vivir total y exclusivamente en el elemento sagrado y maternal, el mar, la matriz de donde «todo [me] viene [...] de la misma manera que un día todo ha de volver a él». En ese verdadero canto al mar que entona al final del capítulo X, ensalza con lirismo (pese a la frialdad del personaje) su grandeza y sus recursos. Lo que más aprecia es el símbolo de libertad absoluta, imposible para el hombre en cualquier otra circunstancia. El mar convierte a Nemo en un ser ajeno a la humanidad (así lo dice en varias ocasiones Aronnax), pero también lo sitúa por encima de ella. Podría, si quisiera, ser el amo del mundo. Más tarde, en otra novela, un inventor de un ingenio monstruoso, en este caso para lo aéreo, sucumbirá a la tentación (Robur, en Dueño del mundo, 1904). En cambio, Nemo prefiere vivir al margen de la sociedad, a la que odia, si bien con notables excepciones: Aronnax, los insurgentes y los oprimidos de cualquier nacionalidad. Estas excepciones permiten despertar la simpatía del lector, como pedía Hetzel, contrariado por los excesos de pasión del capitán, pero también aportan su sentido etimológico, por decirlo de alguna manera, a la palabra «héroe»: medio hombre, medio dios. Y también iniciado, en mayor grado que Aronnax, con quien desempeña los papeles de guía y sacerdote que desvela los secretos, por muy resuelto que esté a no permitir que se los transmita a nadie más. A este respecto, Nemo no supera la fase de muerte iniciática junto a la comunidad creada por él, a la que otorga un ritual y un idioma incomprensibles para los profanos (en este sentido, Jules Verne inventa unas cuantas palabras que repiten los personajes cada mañana). Vive tan fuera del tiempo como del mundo; tanto es así que para él los grandes artistas carecen de edad, y todos los músicos son «contemporáneos de Orfeo». No es, con todo, un personaje estático. Aronnax saca a relucir un oscurecimiento, un agravamiento de la desesperación. Nemo no puede evitar caer en la tentación romántica de desafiar a lo sagrado, que tan bien ha dominado con su ingenio submarino; algo por lo demás inevitable, en la medida en que se niega a transmitir sus secretos a los hombres. Desafía a Dios en la escena en que «parecía aspirar [en sus ojos] el alma de la tempestad», manteniendo el Nautilus en la superficie y permaneciendo «inconmovible [...] en la plataforma». «Se hubiera dicho que el capitán Nemo pretendía caer fulminado por un rayo, buscando una muerte digna de él». Cosa que hará también Robur, en su caso con éxito. Si Nemo es el «genio del mar», es también el «arcángel del odio», y suplanta a Dios en lo que a impartir justicia se refiere. Ello implica, sin embargo, un delito grave. Al final sale victorioso lo sagrado, y el mar engulle al Nautilus y su dueño. De este desenlace habla Jules Verne con entusiasmo, inspirándose de nuevo, de un modo muy visible, en Edgar Allan Poe:

Le Crotoy (¿1869?)

Por lo que respecta al final, la deriva por mares desconocidos, la llegada al maelström, sin que sospechen nada Aronnax ni sus acompañantes, su idea de quedarse cuando oyen la siniestra palabra, la lancha que se los lleva a su pesar... ¡Será soberbio, sí, soberbio!

¡Y luego el misterio, el eterno misterio acerca del Nautilus y su comandante!

Pero me estoy exaltando a la par que escribo.

El novelista quiere mostrar que el destino del capitán es «extraño», pero «también sublime», y en ese sentido las preguntas del final del último capítulo no resultan solo un hábil recurso para generar un postrer suspense que en vez de concluir el relato lo «abra», y eludir así dar respuesta a las cuestiones que se pregunta el lector sobre el misterioso capitán, sino que otorgan al protagonista su talla sobrenatural.

Y sin embargo, en respuesta al deseo que formula Aronnax (y los lectores, qué duda cabe), el capitán reaparecerá para contestar a esas preguntas. Casi puede afirmarse que cuando Jules Verne puso el punto final a Veinte mil leguas no lo tenía planeado. Sin embargo, al retomar un antiguo proyecto (anterior a la novela que nos ocupa) y emprender la redacción de La isla misteriosa, se le ocurrió la genial idea de ampliar y estructurar su «robinsonada» situando en lo más profundo de la isla, dentro de una gruta submarina, al Nautilus y su capitán. Fiel a su misantropía, Nemo no se deja ver, excepto en el momento en que lo decide él mismo, el momento supremo de su agonía. El papel que desempeña para los demás protagonistas de la aventura es el de providencia, hasta el punto de que uno de ellos considera que le sentarían muy bien los rasgos de las inocentes representaciones de Dios de las iglesias. Hasta el ponderado y científico Cyrus Smith se ve obligado a reconocer que Nemo posee poderes superiores a los del resto de seres humanos. A pesar de todo, en su lecho de muerte Jules Verne lo dota al fin de una nacionalidad y una historia (se intuye la presión de Hetzel, y la de los lectores). El novelista lo resuelve con habilidad, y no solo en el plano de la política (comercial) internacional: Nemo es identificado como el príncipe indio Dakkar. Tiene, pues, motivos para odiar a los ingleses y hundir sus barcos, aunque solo cuando es atacado por ellos. Esta vuelta a la anodina realidad queda compensada por todo lo que puede tener de fabuloso la India. Lo principal, no obstante, es que la obra adquiere un tono trágico, ya que la muerte de Nemo es un auténtico «crepúsculo del dios». Ya no sabe si está en lo cierto o se equivoca, y a pesar del perdón que le otorga la humanidad por boca de Cyrus Smith, a pesar de su reconciliación con los hombres, o al menos con los que ha podido ver actuando en la isla, tenemos la impresión de que su conducta con ellos ha sido la misma que con Aronnax, y por el mismo motivo: porque formaban una comunidad excepcional. De hecho, los únicos secretos que puede transmitirles son también los más humanos, los de la bahía de Vigo, mientras el Nautilus, atrapado en la cueva, se convierte en su tumba para toda la eternidad. Para Jules Verne, por otro lado, era muy importante que el Nautilus fuera la tumba de Nemo, y no lo utilizaran los náufragos para poner fin a su exilio.

A estas imágenes tan bellas del capitán en su agonía superpone el lector las de la primera parte, cuando aquel toca el órgano del Nautilus, pero solo las teclas negras; o cuando, terminado el mortífero ataque al acorazado de dos puentes, se sume en un éxtasis que anula todos sus sentidos; volvemos a ver cómo hinca su bandera en el Polo Sur y proclama su amor insobornable a la libertad. El color de la enseña no debe inducirnos a pensar que Jules Verne dotó a su personaje de algún mensaje político más o menos anarquista (aunque mucho más tarde Kaw-Dyer, que sí se proclama como tal, herede muchos rasgos de Nemo: en esta novela póstuma, Los náufragos del Jonathan (1909), intervino el hijo de Jules Verne, Michel; además, la utopía de Kaw-Dyer fracasa, y acaba su vida a solas en la isla del faro del «fin del mundo»). Toda su correspondencia da testimonio de que no era partidario de esta ideología. Su amor por la libertad era más general y visceral, más personal e inconsciente. En ese sentido, Nemo encarna un ideal exaltado de libertad absoluta, con la tragedia de la soledad que entraña. En 1857 ya cantaba Baudelaire: «¡Hombre libre, siempre amarás el mar!». Ni siquiera en el fondo de los mares, sin embargo, seguirá siendo libre Nemo: en mayo de 1977 se procedió al reparto de los mares y de sus riquezas entre los países durante una conferencia internacional sobre «los derechos del mar».

SIMONE VIERNE

1977

Cronología

CRONOLOGÍA

1828 El 8 de febrero nace en Nantes Jules Verne, hijo de Pierre Verne, procurador de la ciudad, y Sophie Allotte de la Fuye. Su querido hermano Paul nace en 1829 y posteriormente sus tres hermanas. La ascendencia de Jules es lionesa por parte de padre y angevina por parte de madre (aunque también tiene un lejano antepasado escocés, arquero). Su abuelo y su bisabuelo también habían pertenecido al mundo judicial. Su tío Chateaubourg, pintor, está casado con la hermana mayor de Chateaubriand, parentesco que le abrirá a Verne algunos salones de París.

1833-46 Asiste a la institución de la señora Sambin, viuda de un capitán de altura desaparecido en el mar, cuyo regreso todavía espera, y más tarde a la escuela Saint-Stanislas, el seminario menor de Saint-Donatien y el Lycée Royal. Es buen alumno. A partir de 1840 reside con sus padres en la isla Feydeau, el viejo barrio de los armadores, cerca de los muelles y el puerto.

1839 Desde Chantenay, cerca de Nantes, donde la familia posee una segunda residencia, se fuga en un barco del servicio postal, el Coralie, con rumbo a las Indias. Su padre le da alcance en Paimboeuf.

1846 Obtiene sin dificultades el bachillerato, y para complacer a su padre, cuyo deseo es legarle su bufete, acepta cursar la carrera de derecho. Su hermano Paul será oficial de marina.

1847 En abril viaja a París para presentarse a los exámenes de derecho, sobre todo porque su familia desea alejarlo de Nantes, donde se ha casado su prima, Caroline Tronson, de quien llevaba mucho tiempo enamorado. Aprueba los exámenes de primer año de derecho.

1848 Su padre le permite continuar sus estudios en París, donde vive con modestia en el número 24 de la rue de l’Ancienne Comédie. Gracias a su tío Chateaubourg accede a diversos salones literarios y políticos, en especial los de las señoras Jomini, Mariani y Barrère. Traba amistad con Alexandre Dumas. A partir de entonces se siente mucho más atraído por la literatura, sobre todo el teatro, que por el derecho.

1849 Se licencia en derecho. Ya ha escrito tragedias en cinco actos y algunos vodeviles.

1850 El 21 de junio logra que se estrene Pailles rompues, comedia en un acto, gracias a la ayuda de Dumas hijo, quien en 1849 ha inaugurado el Théâtre Historique. Se representan doce funciones, con las que gana quince francos. Traba amistad con el músico Hignard, también de Nantes, para quien escribe un libreto, La mille et deuxième nuit. Es el principio de una larga colaboración. Se niega a regresar a su ciudad natal.

1851 El 21 de noviembre Édouard Seveste inaugura el Théâtre Lyrique, del que Verne se convierte en secretario, muy mal pagado, si es que cobra. Se vuelve asiduo del salón musical del pianista Talexy, y publica su primer artículo en Musée des familles con el apoyo de su director, Pitre-Chevalier: «Un drama en México». Se trata a todos los efectos de un relato. Traba amistad con François Arago, viajero y hermano del astrónomo, y gracias a él conoce a exploradores y científicos.

1852 Publica otro relato en la misma revista, «Martín Paz», y el libreto de una ópera cómica de Hignard, Les compagnons de la Marjolaine. Se niega definitivamente a suceder a su padre: «¡La literatura ante todo!».

1853 Inicia su colaboración con Wallut en comedias de escaso éxito.

1854 Fracasa en su proyecto de casarse con Laurence Janmare. Su padre cede su bufete. La muerte de Seveste libera a Verne de un trabajo que no le interesa. Publica un relato fantástico en Musée des familles: «El maestro Zacarías». Empiezan las neuralgias faciales que le aquejarán hasta el final de su vida.

1855 Publica «Una invernada entre los hielos» en Musée des familles, el relato que mejor anuncia sus futuras obras. Se interpreta en el Gymnase, con el apoyo de Dumas hijo, Les heureux du jour, una comedia más satírica que las anteriores.

1856 En la boda de un amigo en Amiens conoce a Honorine de Viane, viuda y con dos hijas, cuyo hermano es agente de bolsa; piensa que él puede ganarse así la vida. Pese a algunas reticencias, su padre le presta el dinero necesario para adquirir una participación en la agencia Eggly de París, sobre todo cuando Jules le manifiesta su intención de casarse con la joven viuda.

1857 El 10 de enero tiene lugar una boda muy sencilla. Trabaja de forma regular, pero obtiene pocos ingresos. El matrimonio vive en París y cambia a menudo de vivienda, siempre modesta.

1859 Gracias al padre de Hignard, agente de una naviera, que les regala los billetes, los dos amigos viajan por Escocia, país del que Verne quedará enamorado para siempre. Se casa su hermano Paul, tras dejar su puesto de oficial de marina.

1861 Viaja por Noruega y Escandinavia, gracias de nuevo a Hignard, quien lo acompaña. Durante su ausencia nace su único hijo, Michel.

1862 Dumas hijo, probablemente el primer lector del manuscrito de una novela titulada en ese momento Voyage en ballon (inspirada en el interés general por el globo aerostático, «el más ligero que el aire», así como en el hecho de haber conocido a Nadar, defensor a ultranza de ese medio de transporte), contacta a Verne con el novelista Brichet, quien le presenta a su vez al editor P.-J. Hetzel. Nacido en 1814, librero, editor y escritor, miembro del Partido Republicano, jefe del gabinete de Asuntos Exteriores para Lamartine en 1848 y miembro más tarde del ministerio de Cavaignac, Hetzel se exilia en 1852, vuelve a París gracias a la amnistía y revive la editorial fundada por él mismo en 1843, con el doble propósito de comercializar ediciones baratas de grandes escritores (Hugo, Sand, etc.) y literatura específicamente juvenil. Da algunos consejos a Verne y le pide que le traiga otra vez el manuscrito en quince días. Finalmente es aceptada como Cinco semanas en globo, y Hetzel se hace con la colaboración del escritor para la revista juvenil que está preparando, Magasin illustré d’éducation et de récréation. El contrato estipula la entrega de tres libros al año, a razón de 1.925 francos por volumen (algunas novelas ocupan dos tomos). Verne tiene la esperanza de vivir por fin de su pluma, algo que siempre agradecerá al editor, amén de sus consejos y correcciones. Prepara un artículo sobre Poe, a quien lee desde 1861.

1863 Sale a la venta Cinco semanas en globo, cuyo éxito entre los adultos se beneficia de la construcción del globo de Nadar, Le Géant, que efectúa su primer vuelo el 4 de octubre. Verne es uno de los dos censores de la Société d’encouragement pour la locomotion aérienne au moyen d’appareils plus lourds que l’air, cuya sede se encuentra cerca del estudio de Nadar. La aeronave, o el artefacto «más pesado que el aire», no aparecerá en su obra hasta mucho más tarde, en Robur el conquistador. Elogia los proyectos de Nadar en un artículo para Musée des familles, «A propos du Géant».

1864 Cierra un nuevo contrato con Hetzel para el segundo título, dos volúmenes en los que lleva trabajando desde 1863 y que al principio se titulaban Les anglais au pôle nord y Le désert de glace. En mayo de 1866, fecha de su publicación en tomo, el título general será Aventuras del capitán Hatteras. Es la primera novela que se incluye en el lanzamiento del Magasin illustré d’éducation et de récréation de Hetzel, donde aparece por entregas (más largas que las de folletín). Publica en Musée des familles una novela histórica, El conde de Chanteleine (escrita entre 1852 y 1861), y el artículo elogioso sobre Edgar Allan Poe. Escribe Viaje al centro de la Tierra, enviada a la imprenta en agosto y publicada en un volumen el 25 de noviembre. Se establece en Auteuil en una casa con todas las comodidades, y liquida, aunque con gran dificultad, su cargo de agente de bolsa.

1865 A partir de septiembre publica por entregas De la Tierra a la Luna en el Journal des débats. Presenta en Musée des familles la novela Los forzadores del bloqueo, que trata sobre la guerra de Secesión (y sobre el uso del cañón, base para el proyecto de los militares retirados del Gun-Club). Trabaja en Grant y le habla a Hetzel de un Robinson con el que sueña superar a sus predecesores. Las pocas páginas que ha escrito son rechazadas con bastante dureza por Hetzel. Verne abandona el proyecto provisionalmente, aunque lo retomará en La isla misteriosa. Un nuevo contrato le reportará hasta tres mil francos por volumen. Se reúne con su hermano en Burdeos, haciendo en barco tanto el viaje de ida como el de regreso, y vive una tormenta que lo deja fascinado. Anuncia la preparación de un Voyage sous les eaux, cuyo primer volumen ya estará planeado en enero de 1866 (es el futuro Veinte mil leguas de viaje submarino).

1866 Se instala en Crotoy, aunque con un pied-à-terre en París. En este puerto del Somme, bastante próximo a Amiens, ha estado ya de vacaciones. Aborda la continuación para Hetzel de la Géographie illustrée de la France et de ses colonies, empezada por Lavallée.

1867 Acaba la Géographie. Entre marzo y abril viaja a Estados Unidos a bordo del Great Eastern; visita Nueva York y las cataratas del Niágara. Hay muy mala mar en la ida. El relato del viaje, proyectado ya en aquel entonces, acabará siendo Una ciudad flotante (1871). En mayo empieza a publicarse Los hijos del capitán Grant. Trabaja en el Voyage sous les eaux, cuyo manuscrito entrega a Hetzel en agosto, y da pie a muchas discusiones. Prepara al mismo tiempo Alrededor de la Luna.

1868 Empieza la Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros y reescribe el segundo volumen de Voyage sous les eaux. Viaja a Londres. Compra su primer barco, el Saint-Michel I.

1869 Envía el manuscrito de Alrededor de la Luna, cuyos cálculos han sido revisados por Henri Garcet, primo y colaborador de Bertrand, secretario perpetuo de la Académie des Sciences (ya hizo lo propio en De la Tierra a la Luna). Todos estos manuscritos y galeradas van y vienen de Verne a Hetzel, que los corrige o sugiere modificaciones. Veinte mil leguas de viaje submarino se publica en marzo en el Magasin, «fraccionado», para gran disgusto del autor, mientras que Alrededor de la Luna lo hace en el Journal des débats. Se instala en Crotoy, alquila un pied-à-terre en Amiens y se desprende de la casa de Auteuil.

1870 Aparece en un solo volumen Alrededor de la Luna. Publica El descubrimiento de la Tierra, primer tomo de la Historia de los grandes viajes. En agosto, a propuesta de Ferdinand de Lesseps, y con la ayuda de un crítico influyente, Weiss, recibe la cruz de la Legión de Honor en uno de los últimos actos del gobierno de Napoleón III. Vuelve a trabajar en el Robinson. En mayo envía las pruebas de Una ciudad flotante. Remonta el Sena en el Saint-Michel I, la resistente embarcación de pesca reacondicionada que compró dos años antes. Durante la guerra es guardia nacional en Crotoy y se lamenta por la falta de armas, mientras su mujer se refugia en Amiens con sus hijos.

1871 Visita tres veces París, y se muestra horrorizado por la Comuna. Durante el viaje de junio, con la ciudad en manos de los versalleses, la situación le lleva a plantearse un retorno a la bolsa. Interrumpe La isla misteriosa en espera de hablar sobre ella con Hetzel. Trabaja en una antigua novela, El Chancellor, que Hetzel le pide que suavice. También le enseña lo que acabará siendo Aventuras de tres rusos y tres ingleses, novela sobre la medición del meridiano inspirada en los estudios de François Arago. Empieza El país de las pieles. Publica Una ciudad flotante y Aventuras de tres rusos y tres ingleses. Hetzel pasa por dificultades económicas, y le debe dinero. Aun así firman un nuevo contrato que permite a Verne reducir a dos los volúmenes anuales y cobrar mil francos al mes. El 3 de noviembre muere su padre.

1872 Publica El doctor Ox en Musée des familles. Termina El país de las pieles y prepara La vuelta al mundo en ochenta días. En primavera asiste conmocionado a una ejecución. Decide instalarse definitivamente en Amiens, donde vive la familia de su esposa. Ingresa en la Académie d’Amiens. Los Viajes extraordinarios son premiados por la Académie Française. La vuelta al mundo en ochenta días, publicada por entregas en Le Temps, triunfa por todo lo alto, con apuestas entre los lectores. La edición en un solo volumen será la de mayor tirada hasta ese momento (108.000 ejemplares).

1873 Se interpreta en la Porte Saint-Martin una antigua obra suya escrita en colaboración con Wallut, Un neveu d’Amérique. Viaja por primera vez en globo en Amiens, en el Météore de Godard, durante veinticuatro minutos. El relato de su experiencia es publicado en un opúsculo por Jeunet, en Amiens.

1874 Acaba con d’Ennery la adaptación teatral de La vuelta al mundo en ochenta días, que se interpreta en la Porte Saint-Martin. En septiembre publica La isla misteriosa en el Magasin. Su hijo Michel, por cuya conducta lleva ya mucho tiempo preocupado, ingresa en la clínica del doctor Blanche, y después en una institución de rehabilitación. Empieza Le courrier du czar, el futuro Miguel Strogoff, que narra los últimos sucesos en Rusia (la conquista de Jiva en 1873). Compra el Saint-Michel II.

1875 Trabaja en Miguel Strogoff, releído por algunos diplomáticos (para evitar posibles incidentes, ya que sus obras se traducen al ruso) y por Turguéniev. Enviado a Nantes para que estudie en el Lycée, Michel lleva una vida de despilfarro y se rodea de malas compañías. En febrero publica El Chancellor. Su discurso en la Académie d’Amiens, Amiens en l’an 2000, es publicado con el título «Una ciudad ideal», por la imprenta Jeunet de Amiens. Es objeto de una demanda por parte de Pont- Jest, quien le acusa de haberlo plagiado en Viaje al centro de la Tierra.

1876 Botadura de su segundo barco, el Saint-Michel II. Se vende en las librerías La isla misteriosa. Mientras corrige Miguel Strogoff trabaja en Hector Servadac (que todavía se titula Le monde solaire), novela que revisa con Hetzel, del 5 al 10 de abril, en París. En sus cartas también habla de Las Indias negras y de Héros de quinze ans (que será Un capitán de quince años).

1877 Gracias a los ingresos que le reporta la Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros, ya terminada, compra el yate a vela y vapor Saint-Michel III por 55.000 francos (veintiocho metros de eslora, motor de cien caballos y con capacidad para doce personas). El 2 de abril tiene lugar el gran baile de disfraces en Amiens, durante el que Nadar sale del obús lunar; la mujer de Verne, muy enferma, no puede asistir. Publica Hector Servadac y Las Indias negras. A finales de año recibe el manuscrito de Grousset L’Héritier de Langevol (que acabará siendo Los quinientos millones de la Begun). Hetzel le pide que lo use para una novela. A instancias de Dumas hijo, Verne se plantea ingresar en la Académie Française, pero le decepciona la acogida a su candidatura.

1878 Junto con su hermano Paul y su sobrino Gaston, el hijo de Hetzel y los hijos del abogado Raoul Duval, emprenden un crucero en el Saint-Michel III que les llevará por Lisboa, Tánger, Gibraltar y Argel. Michel, «encarcelado por corrección paterna», se embarca el 4 de febrero en Burdeos como aprendiz de piloto, en un viaje de poca severidad del que guardará un buen recuerdo. Verne es dolorosamente consciente de no haber sabido educar a su hijo adolescente. Trabaja en reestructurar el manuscrito de Grousset, y planea L’Assassiné volontaire (que será Las tribulaciones de un chino en China) y La casa de vapor. Se publica Un capitán de quince años. Se estrena en el Théâtre des Variétés El doctor Ox, con música de Offenbach, ópera bufa adaptada por Gille. Conoce en Nantes a un joven Aristide Briand, que aún está cursando los estudios secundarios.

1879 Contra todo pronóstico, su mujer acaba por recuperarse. Su hijo Michel desea emanciparse para contraer matrimonio con una actriz lírica del teatro municipal. Contrae deudas. Su padre lo expulsa de casa, pero sin interrumpir su manutención, y haciendo que lo vigilen las autoridades. Publica Las tribulaciones de un chino en China, primero por entregas en Le Temps, y a finales de año en un solo volumen. También aparecen en el mismo formato Los quinientos millones de la Begun y Los amotinados de la Bounty.

1880 Viaja con Paul, un hijo de este último y R. Godefroy de Rotterdam a Kiel y Copenhague, y después, con el hijo de Hetzel y Raoul Duval, a Irlanda, Escocia y Noruega. Se estrena en el Odéon Miguel Strogoff, adaptado por d’Ennery. Michel, que ha raptado a la actriz del teatro municipal, hace públicas sus amonestaciones. Pese a no estar de acuerdo con la boda, su padre le manda una pensión. Pronto estallan las desavenencias conyugales. Verne publica La casa de vapor (julio y noviembre) y Les voyageurs du XIXe siècle. Trabaja en La jangada, inspirada sin duda en sus relaciones con el conde de París y el de Eu, cuya esposa era la regente de Brasil.

1881 Publica La jangada, seguida por la relación del viaje a Rotterdam por Paul Verne. Empieza a escribir Escuela de robinsones y El rayo verde. Relee De París a Jerusalén de Chateaubriand, «como cada año».

1882 Se muda a otra casa más grande de Amiens (rue Charles Dubois). Publica Escuela de robinsones y El rayo verde. Trabaja en Kerabán el testarudo. En noviembre se estrena en la Porte Saint-Martin Voyage à travers l’impossible, obra escrita en colaboración con d’Ennery.

1883 Michel rapta a una joven pianista (menor de edad) mientras su padre acoge a su esposa en su casa. Once meses después de tener su primer hijo con la joven, Michel es padre por segunda vez. Su mujer acepta el divorcio, y él se casa con Jeanne, quien logra estabilizarlo y obligarlo a trabajar. Desempeña varios oficios, con la frecuente ayuda económica de su padre. Nace su tercer hijo. Se publica en un solo volumen Kerabán el testarudo, pero fracasa en el teatro. Jules Verne vuelve a trabajar en un argumento de Grousset (La estrella del Sur) y en El archipiélago en llamas, alegando que es su deseo escribir una novela histórica sobre la guerra de Grecia. Su novela es marítima y geográfica (L’Archipel grec). Anuncia que a finales de año trabajará en un Monte-Cristo (el futuro Matías Sandorf).

1884 El 15 de mayo emprende un gran periplo por el Mediterráneo, en el que por una vez lo acompaña su mujer, al menos a partir de Orán; Honorine, que sufre las travesías en barco, viaja de Bona a Túnez en tren con su marido (aunque entonces la vía férrea estaba inacabada). El bey le obsequia con una suntuosa recepción. Tras una tormenta en las costas de Malta, Verne renuncia a proseguir el viaje y regresa en tren con Honorine. Lo recibe el Papa en audiencia privada. Lo visita el archiduque de Austria, Luis Salvador, que está realizando estudios oceanográficos en las Baleares. Termina Matías Sandorf, y publica La estrella del Sur y El archipiélago en llamas. Aparece un relato fantástico en Le Figaro Illustré, «Frritt-Flacc», que en 1886 queda completado en Un billete de lotería.

1885 Nuevo baile de disfraces en Amiens, «el gran albergue de la vuelta al mundo». Publica Matías Sandorf, primero por entregas en Le Temps. Aparece en el Magasin una novela firmada por A. Laurie (Grousset) y Verne, El náufrago del Cynthia. Trabaja en una fantasía sobre el artefacto «más pesado que el aire», la futura Robur el conquistador. Mantiene muchas discusiones con Hetzel, aunque también le envía la copia del primer volumen de La dernière esclave (después Norte contra Sur); corrige Un billete de lotería y El camino de Francia. Aparece Robur el conquistador en el Journal des débats.

1886 Publica en un solo volumen Un billete de lotería y Robur el conquistador. El 15 de febrero vende el Saint-Michel III al príncipe de Montenegro, pue

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