El juicio de la historia: Maximiliano

José Manuel Villalpando

Fragmento

Título

1

¿Enjuiciar a un emperador?

El fuego de la artillería republicana se hacía cada vez más intenso sobre el cerro de las Campanas. Las columnas se acercaban ahogando a los defensores de la última posición imperial, quienes inquietos y temerosos, apenas podían soportar el rugir de las granadas y el aullido de los soldados republicanos que se les echaban encima.

En la madrugada del 15 de mayo de 1867, la posición era insostenible. A las débiles fortificaciones del cerro habían llegado el emperador y sus principales generales en busca de refugio y tropas leales para emprender, quizá, la acción decisiva. La ciudad de Querétaro había visto cómo, desde antes del amanecer, los republicanos entraban a ella y la recorrían en son triunfal, disparando al aire y dando verdaderos alaridos de furia y gozo. Ya no importaba si la plaza había sido tomada a viva fuerza, como quería Escobedo, o si había sido vendida, traicionando López al ejército imperial, como corría el rumor. El hecho era que los soldados de la República vencían a los seguidores del Imperio.

Desde la pequeña elevación del cerro, Maximiliano observó con detalle la compacta masa humana que los cercaba. Preguntó a sus generales si era posible romper las líneas enemigas y salir airosos de ese trance decisivo. El general Tomás Mejía tomó un miralejos y examinó detenidamente la situación: “Señor, pasar es imposible, pero si vuestra majestad lo ordena, trataremos de hacerlo; en cuanto a mí, estoy dispuesto a morir”.1 Desalentado, el emperador dictó su última orden como monarca: envió a uno de sus ayudantes a dialogar con Escobedo, al tiempo que izaban la bandera blanca, la señal de rendición.

Se hizo el silencio en el campo imperial. Los republicanos, a su vez, dejaron de disparar. Maximiliano no esperó el regreso de su emisario. Montó a caballo y se dirigió hacia donde un grupo de jinetes republicanos avanzaba. Era el general Ramón Corona, comandante de esa línea, ante quien el emperador se rindió a discreción.

Corona dispuso el traslado de los rendidos a la ciudad, en donde se encontraron con el general Mariano Escobedo, comandante en jefe, a quien Maximiliano entregó su espada y con quien dialogó algunos momentos. Luego, despojados de armas, cabalgaduras y demás pertenencias, fueron conducidos al convento de La Cruz. Así, el sueño imperial terminaba para Maximiliano. Con él a la cabeza “todos los generales, jefes, oficiales y tropa que defendían Querétaro, quedaron hechos prisioneros de guerra y puestos a disposición del supremo gobierno para que dispusiera de su suerte”,2 según informó con su parquedad habitual Escobedo.

¿Qué hacer con los prisioneros? Mucho antes de que el gobierno de la República comunicara oficialmente qué hacer con ellos, Maximiliano tenía ya su propuesta. El mismo día de su captura, ingenuamente le dijo a Escobedo que no deseaba “otra cosa que salir de México y que, en consecuencia, espera que se le dé la custodia necesaria hasta embarcarse”,3 aunque, en tono melodramático, agregó: “si es necesaria alguna víctima, lo sea la de mi persona”.4 Al poco tiempo, también solicitó una entrevista con Juárez.5

Como era natural, tales peticiones transmitidas al presidente Juárez no merecieron ninguna respuesta, menos aún la de entrevistarse con él. Ralph Roeder, penetrando en la psicología de don Benito, explica por qué no se celebró la entrevista:

De todos los peligros implícitos de aquel documento, el más grande para Juárez era el riesgo del contacto personal con un adversario generoso; y ahora que sus posiciones estaban invertidas, el peligro de personalizar la cuestión mexicana y de conmoverse y quedar desarmado, traicionando el porvenir al traducirlo en una tragedia individual, era mortal y lo eludió en defensa propia.6

Pero el silencio del gobierno republicano preocupó a más de uno. Alguien sugirió que Escobedo no se atrevía a tomar la determinación de pasar por las armas a los prisioneros, pensando en su futuro político, puesto que si “hubiera deseado fusilarlos, podría haberlo hecho con la simple aplicación de la Ley del 25 de enero de 1862. Consideró, sin embargo, lo grave de su condición y prefirió descargar la responsabilidad en el gobierno”.7 Sin embargo, esta decisión no estaba dentro de sus facultades, puesto que, aunque días antes Juárez le había ordenado fusilar a todo oficial imperialista que cayera en sus manos,8 las circunstancias en este caso eran muy diferentes, y con fundamento puede pensarse que Escobedo recibió del presidente instrucciones confidenciales contrarias, mediante el teniente coronel Manuel Azpíroz, quien iba y venía de Querétaro a San Luis, con mensajes: “me ha puesto al tanto de todo lo que habló con usted y de cuanto usted se sirvió encargarle que me dijera. Todo lo tendré muy presente y no me apartaré para nada de los deseos de usted y de las instrucciones que se ha servido enviarme verbalmente con el señor Azpíroz”,9 según la respuesta de Escobedo. Varias veces sirvió de recadero Azpíroz a lo largo del sitio y aún después de caída la plaza, por lo que puede pensarse que, entre esas instrucciones, estaba la de no fusilar a los prisioneros y esperar la decisión del gobierno.

Escobedo no sabía lo que iba a pasar con sus cautivos. Siete días después de la rendición de Maximiliano, el 22 de mayo, el comandante en jefe ignoraba todavía la voluntad del gobierno. Ese día recurría a Juárez casi en plan de súplica:

Estoy esperando al comisionado que […] me enviaría con instrucciones para proceder con los prisioneros; lo que aguardo con ansiedad para que de una vez se termine este asunto, pues tengo la creencia que la dilación en todos los de esta especie es siempre causa de complicación y dificultades para su resolución. En todos casos, esté usted seguro de que obraré sin separarme en nada de las instrucciones del gobierno.10

Y su preocupación era real. Las complicaciones de que hablaba se agravaban por haberse separado de buena parte de su ejército, enviado a colaborar con el general Porfirio Díaz en el sitio de la Ciudad de México, además de temer, con justa razón, un intento de fuga. Días después se sinceraba nuevamente con el presidente: “los reos pueden en esta ocasión, derramar el oro por salvarse[…]. Más contento estaría combatiendo[…] que colocado en esta situación con tan grave responsabilidad, en donde se suceden las intrigas y donde se ponen en juego, por nuestros enemigos, todos los medios para salvar a los encausados”.11 Don Mariano estaba abrumado y más presionado, quizá, que los mismos prisioneros.

Y, en efecto, el gobierno tardaba en tomar la decisión. Juárez se tomó su tiempo para decidir, aunque ya circulaba el rumor de que habría un juicio. A pesar de ello, “en Querétaro se figuraban que el presidente Juárez y sus ministros vacilaban ante la idea de condenarlos a muerte”,12 o bien, que en el proceso, Maximiliano “probablemente será condenado e indultado después”,13 como suponía con optimismo Alphonse Dano, el embajador francés acreditado ante la corte imperial mexicana. La inacción del presidente fue criticada incluso por sus seguidores. El exaltado liberal Juan José Baz, en representación de muchos de sus correligionarios, le escribió con apremio:

Con bastante admiración ha visto todo el mundo que han pasado nueve días después de tomado Querétaro sin que la justicia nacional haya castigado a ninguno de los criminales cogidos allí […] detesto la pena de muerte, pero creo que hay economía de sangre en quitar de en medio a los que representan un principio ruinoso y detestado por el país […] todo debe arrostrarse cuando se trata de satisfacer la opinión general y de asegurar la felicidad pública.14

Sin embargo,

diversos indicios anteriores, no dejaban ninguna duda sobre el hecho que el juicio de Maximiliano era una cosa desde [hacía] mucho tiempo decidida en el ánimo de los jefes republicanos, aunque pudo ser que hayan tenido un instante de vacilación, mientras llegaba la hora de pasar del proyecto a la realización. ¿Qué ocurrió en el silencio de los seis días que siguieron, por parte de Juárez y de sus consejeros, al saber la captura de su enemigo?15

Las razones de la tardanza nadie las sabe, aunque muchos las intuyeron: “Seis días se tomó el Ministerio para dictar una resolución, que quiso fuera hija de una profunda meditación, para que no estuviese sujeta a los vaivenes de lo impensado”.16

La verdad es más simple. Contrario a los deseos de Maximiliano de que lo dejaran ir, Juárez había decidido hacía tiempo liquidar el asunto mediante un juicio, aunque esto sólo lo sabían sus más allegados. Durante varios días fingió reflexionar sobre el destino de los acusados, jugando con ellos y con sus esperanzas. Su resolución sorprendió a algunos, como a Concepción Lombardo de Miramón, la esposa del general imperial, quien escuchó palabras de aliento cuando partió de la Ciudad de México. El general Porfirio Díaz, que seguramente ignoraba la decisión de Juárez, refiriéndose a la manera como cayó Querétaro, le dijo que “a hombres comprados no se les podía fusilar”,17 y así tranquilizada fue en busca de su marido. No imaginaba que en el ánimo de Sebastián Lerdo de Tejada, el destacado miembro del gabinete presidencial, había otro pensamiento, totalmente distinto. De hecho, en una ocasión dijo: “el día que tomamos preso a Miramón lo condenamos a muerte”,18 así, en plural, incluyendo al presidente.


1 Albert Hans, Querétaro. Memorias de un oficial del emperador Maximiliano, p. 193.

2 Mariano Escobedo, “Informe del general de división Mariano Escobedo dirigido al presidente de la República”, en El sitio de Querétaro, según protagonistas y testigos, p. 179.

3 “Escobedo a Juárez, Querétaro, 16 de mayo de 1867”, en Masae, Sugawara, Mariano Escobedo, pp. 320-321.

4 Idem.

5 “Señor presidente: deseo hablar personalmente con usted de asuntos graves y muy importantes al país; amante decidido usted de él espero que no se niegue a una entrevista; estoy listo para ponerme en camino hacia esa ciudad a pesar de las molestias de mis enfermedades”. “Maximiliano a Juárez, Querétaro, 26 de mayo de 1867”, en Martín, Quirarte, Historiografía sobre el Imperio de Maximiliano, México, p. 63.

6 Ralph Roeder, Juárez y su México, p. 972.

7 Martín Quirarte, “La Victoria”, en A cien años del triunfo de la República, p. 289.

8 “El señor Blanco me dijo que, en una contestación que dio usted a los de la plaza, les manifestó usted que no fusilaba a los prisioneros. Entiendo que habló usted de la clase de tropa y esto me parece muy político y conveniente, aun cuando la tropa se componga de extranjeros[…], pero no debe hacerse lo mismo con los cabecillas prominentes y con los jefes, oficiales y sitiados, en quienes concurran circunstancias agravantes, pues a éstos debe aplicarse el rigor de la ley”. “Juárez a Escobedo, San Luis Potosí, 23 de abril de 1867”, en Masae, Sugawara, op. cit., p. 294.

9 “Escobedo a Juárez, Querétaro, 5 de mayo de 1867”, Ibid., p. 305.

10 “Escobedo a Juárez, Querétaro, 22 de mayo de 1867”, Ibid., p. 324.

11 “Escobedo a Juárez, Querétaro, 5 de junio de 1867”, Ibid., p. 331.

12 Manuel Rivera Cambas, Historia de la intervención europea y norteamericana en México y del Imperio de Maximiliano de Habsburgo, p. 637.

13 “Alphonse Dano al ministro de Relaciones Exteriores”, en Versión francesa de México. Informes diplomáticos 1864-1867, p. 489.

14 “Baz a Juárez, Tacubaya, 24 mayo, 67”, en Benito Juárez, Documentos, discursos y correspondencia, vol. 12, pp. 15-16.

15 Emmanuel Masseras, Ensayo de un imperio en México, pp. 160-161.

16 Rafael Martínez de la Torre, “Maximiliano, Miramón y Mejía”, en Vicente Riva Palacio y Manuel Payno, El libro rojo, p. 571.

17 Concepción Lombardo de Miramón, Memorias de Concepción Lombardo de Miramón, p. 578.

18 Ibid., p. 585.

Título

2

El juicio de Querétaro
y su importancia

¿Por qué hablar del juicio de Querétaro, si han pasado ciento cincuenta años? Porque a pesar de tanto tiempo, su importancia no ha disminuido, aunque permanece sepultado en libros que sólo de vez en cuando se exhuman de las bibliotecas, y resurge cuando se trata de vituperar a Juárez, o bien de ensalzarlo. Como sinónimo de una época difícil y conflictiva, la narración sesgada de este hecho resume las tendencias y posiciones de quienes todavía en nuestro tiempo lo ven como campo ideológico, batallas libradas hace ya más de un siglo. Las figuras del presidente inflexible, asesino p

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