Vicnix perdidos en el mar

Invictor
Acenix

Fragmento

vicnix_perdidos_en_el_mar-2

Era una mañana perfecta. ¡Por fin Invictor había terminado el nuevo circuito para su gimnasio!

No, no, mejor: su supercircuito. Su supercircuito espartano. Una cinta de correr con cien velocidades, una rueda de hámster gigante... No hay muchos hámsters gigantes, así que le había costado lo suyo encontrar las instrucciones para construir una rueda de ese tamaño, pero al fin lo había conseguido. El circuito terminaba, por supuesto, con un sistema de pesas y poleas donde poder ejercitar sus poderosísimos músculos.

Tras hacer unos estiramientos, Invictor se situó en la cinta y echó a correr, subiendo rápidamente de velocidad. En su mente veía cómo los músculos crecían hasta reventar su armadura. Hasta ahora estaba mamado, pero en unas semanas con este circuido estaría mamadísimo… No habría oponente que tuviera valor para oponérsele oponiendo resistencia, ¡ni siquiera el Hacker!

Estaba en su mundo de musculitos cuando de repente…

—¡¡¡VÍCTOOOOOOOOOOOOOOOR!!!

A Invictor se le salió el corazón del pecho. Vale, no de verdad, pero casi. El grito de Acenix hizo que dejase de correr de golpe... Y el problema es que la cinta no se paró con él. La máquina lo lanzó hacia atrás e Invictor aterrizó en la rueda de hámster, que empezó a girar a toda pastilla... con tan mala suerte que la capa de espartano se le enganchó entre las varillas. Invictor comenzó a dar vueltas y más vueltas en la rueda a toda velocidad. Buf, iba a vomitar...

Después de varios intentos, Invictor consiguió desenganchar su capa de un tirón, pero lo hizo con tanta fuerza que volcó la rueda y salió disparado por la ventana, cayendo en el jardín. ¡Auch!

—¡¡VÍCTOOOOR!! ¡¿DÓNDE ESTÁAAAS?! —oyó de nuevo.

Aún mareado tras aquel centrifugado, Invictor intentó ponerse en pie y miró a su alrededor. No lo había visto nadie, ¿no? Uf, menos mal, tenía una reputación de espartano serio que mantener y haberse convertido en un hámster torpe no era la mejor imagen.

Acenix era, cuanto menos, insistente. Por no decir directamente que era pesado. Cuando Invictor entró en el salón, ahí lo esperaba su amigo, el gato Acenix, que no paraba de darle vueltas a su collar, nervioso.

—¿Qué ha pasao, qué ha pasao, qué ha pasao? —preguntó Invictor.

Acenix saltó sobre Invictor, agarrándolo por la armadura.

—¡Víctor, es el FIN! Sabía que este día llegaría —lloriqueaba el gato, desesperado—. Ya no me quedan razones para vivir…

imagen

—Venga, Acenix, no será para tanto.

—¿Que no es para tanto? ¿QUE NO ES PARA TANTO?

Acenix se aferró con más fuerza a Invictor, y sus garras chirriaron al rascar la armadura. Invictor se estremeció, en parte por el sonido en sí, y en parte porque le recordaba al sonido de la tiza en la pizarra del colegio, ugh.

—¡El lago se ha quedado sin peces, Víctor! ¡No hay un solo pez en ningún sitio!

—¿Pero qué dices, papu? —le contestó Invictor, de camino a la cocina—. Si tenemos la nevera llena.

Error. Al abrir el frigorífico, Invictor vio que estaba casi vacío. Y el casi era porque Acenix había dejado una raspa dentro, nada más. Menudo cochino...

—¡Nos han robado! —exclamó Invictor, llevándose la mano al cinto, de donde colgaba su espada.

Acenix sonrió con vergüenza y agachó las orejas, agitando su cola peluda.

—No… Es que ayer tenía hambre…, mucha. ¡Casi tanta como ahora! Pero los del lago no me los he comido, te lo prometo. ¡Han desaparecido, y yo necesito comer algo YA!

Justo en ese momento, un rayo de sol se coló por la ventana, yendo a parar a la pecera del salón. Acenix vio a los dos pececillos que nadaban en su interior y se relamió. Los pececillos se escondieron rápidamente bajo una caracola.

—Whaaaaaaat? —exclamó Invictor, poniéndose delante de la pecera—. No, no, no, no, ¡ni hablar! Deja a mis peces tranquilos.

—¡Pero es que me voy a desmayar!

—¡Que no, pesado! Vamos a pescar un poco más lejos de casa, que seguro que se están escondiendo de ti… y no me extraña.

imagen

Así que Invictor cogió su caña de pescar y acompañó a Acenix al lago. Pero el gato tenía razón: pasaron las horas y por no picar, no picaban ni los mosquitos.

Acenix no paraba de dar vueltas, llevándose las manos al estómago.

—¡Qué hambre tengo, soy demasiado joven para morir…!—maulló, lastimero.

—¿Por qué no comes algo de brócoli mientras esperamos? —le ofreció Invictor.

—Bueno… Si esa es mi última esperanza…

El espartano se giró bruscamente, haciendo que el anzuelo saliera volando por los aires. ¿De verdad Acenix tenía tanta hambre como para comer BRÓCOLI?

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos