El cristal de la Guardiana (Meridia I)

P.C. Cuellar

Fragmento

DÍA 1: LUNES

1

Era temprano en la mañana cuando el piloto sobrevoló lo que, según el mapa, debía ser un conjunto de tres islas pequeñas, pero que en realidad eran cuatro, y se dirigió a una de ellas, buscando el lugar en donde, según las coordenadas, debía aterrizar. Una mujer joven, de unos veintiocho años, lo acompañaba en el helicóptero y le señalaba con la mano hacia dónde debían ir mientras su posicionador satelital mostraba un archipiélago cerca de la Isla de Pascua, en el océano Pacífico. Su largo cabello castaño oscuro, aunque lo llevaba recogido en una cola de caballo, revoloteaba para todos lados con el viento. Debía llegar hasta el interior de la isla, en donde predominaba una densa vegetación sobre las colinas, pero ya se daba cuenta de que el helicóptero no iba a poder aterrizar allí. Después de volar alrededor, el piloto encontró un sitio en la costa en el cual podría descender.

—¡Esto es lo más cerca que te puedo dejar! —dijo hablando a su micrófono.

—¡Es perfecto! —le contestó ella, haciendo un gesto de aprobación con la mano.

El helicóptero descendió y el piloto, de unos cincuenta años, ayudó a bajar todo el equipo de la joven: carpa, víveres, neverita y varios maletines.

—Debo regresar ahora. ¿Seguro que vas a estar bien? Existen historias de civilizaciones enteras que han desaparecido por estos lados —comentó el piloto, un poco preocupado, pues la zona se veía salvaje.

—Eso son precisamente… historias. Estaré bien. Nos veremos en cinco días —se despidió Antonia, tranquilizándolo. Llevaba puesta una camiseta, tenis y un pantalón lleno de bolsillos, al cual se le podía desprender el último tramo para convertirlo en bermuda. Por su cara sin maquillaje, sus brazos bronceados por partes y su aspecto relajado, se notaba que no era la primera vez que la dejaban en un sitio similar.

Caminó lo más que pudo, alejándose de la costa, y pasó el resto de la mañana organizando su campamento. Cuando la carpa estuvo lista, exploró un poco alrededor en busca de madera para hacer una fogata y hacerse algo de comer. Después de recoger todos los restos y guardarlos para no llamar con olores de comida a algún animal, se dedicó a recorrer el lugar, empezando por bordear la playa pues, aunque ella sabía que sus mapas eran bastante inexactos dado lo inhóspito de la región, veía una pequeña isla al frente que no aparecía para nada en ellos. Al parecer, la zona era un punto muerto para las radiaciones de ondas, pues no tenía señal en su teléfono, su posicionador se volvía loco cada tanto y a veces se apagaba del todo.

—A ti te reviso luego —dijo, mirando el islote con curiosidad. Estaba tan cerca que seguramente podía llegar allá con su bote inflable, pero el mar estaba demasiado agitado.

Se alejó de la costa, caminando hacia el interior, parando de vez en cuando para tomar muestras de tierra en sitios donde se alcanzaban a diferenciar las diferentes capas geológicas. La tierra que soltaba con una pequeña pica la echaba en unos recipientes de vidrio, que luego guardaba en un maletín que llevaba en su espalda. Sin embargo, se quedó observando un poco decepcionada la última muestra que había tomado. Regó una porción en su mano, queriendo ver si brillaba al sol y le ennegrecía los dedos al frotarla, pero no lo hizo.

—Tú no eres a quien busco —dijo como si el puñado de tierra pudiera entenderle—. Pero eres muy parecido —agregó guardando la muestra en su maletín, esperanzada de poder encontrar algo interesante también en ese mineral.

Siguió caminando y, al llegar a la parte más alta, casi en medio de la isla, encontró un espacio con poca vegetación desde donde podía ver todo alrededor. Mientras sonreía y disfrutaba del sol y el viento en su cara, se quedó maravillada con la vista que tenía. Veía el pequeño grupo de islas, solas, enfrentando la furia del océano y sobre las cuales el mar golpeaba con tal fuerza que no le extrañaba que ninguna ruta de barcos pasara por allí. La isla más pequeña parecía terminar abruptamente, como si hubiese perdido un pedazo, como si le hubiesen cortado una tajada con un cuchillo gigante. Imaginó el mar devorándosela poco a poco a lo largo de los años. Al anochecer empezó su camino de regreso, señalando en un mapa la zona que había recorrido. Descansó al lado del fuego que acababa de encender, cerrando con cansancio sus ojos castaño oscuro. Cruzó los brazos frente a ella y vio cómo, en la argolla de oro que llevaba en su mano izquierda, se reflejaba el fuego que la calentaba.

DÍA 2: MARTES

2

Al amanecer, cuando estuvo lista, salió en otra dirección con mapa en mano y su maletín medio vacío, en espera de llenarlo con nuevas muestras de tierra, pero, al observar la isla de en frente, vio que el agua que las separaba estaba tan tranquila que decidió abrir su bote y explorarla de una vez. Se veía pequeña y estaba segura de que en una mañana la recorrería. Llegó al otro extremo y aseguró el bote junto a unos troncos. Al contrario de la otra isla, esta era principalmente rocosa y en poco tiempo se encontró ascendiendo mientras buscaba la cima. Un par de horas después, estaba agachada al lado de unas rocas, organizando en su maletín las muestras que había recogido hasta el momento, cuando de repente sintió que el suelo bajo sus pies se estremecía. Tratando de mantenerse en pie, tropezó con un tronco que estaba en el suelo, perdió el equilibrio y soltó un grito sabiendo que iba a caer al mar. Pero, en vez de eso, empezó a rodar cuesta abajo sobre una colina no muy empinada. Aterrizó boca abajo y, aún sintiéndose muy mareada, levantó la cabeza para ver dónde estaba.

«Una vuelta más y creo que me vomito».

Se encontraba en medio de una planicie al lado de un bosque tupido de árboles espinosos y a su alrededor podía ver montañas. «¿O son islas?». Empezó a preguntarse cómo era posible que no las hubiese notado antes. «¿Dónde estoy? ¿Una parte de la

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