Pasar fijándose

Carolina Sanín

Fragmento

Prólogo

Durante diez años publiqué en la revista Arcadia una columna mensual con el nombre de este libro, en el que recojo muchos de los textos que escribí para aquel espacio y otros que escribí simultáneamente —y algunos antes— para el diario El Espectador, la revista Vice, la revista Credencial, el portal web de la revista Semana y la revista Semana Sostenible, además de alguno esporádico que se publicó en otra parte. He hecho pocas modificaciones en las viejas páginas. Con la presentación de los textos en orden cronológico espero dar cuenta de mi trayecto dentro de un género, o bien, dar una idea del ritmo de mis repeticiones.

Al escribir columnas tuve la simple intención de ejercitar la atención, como expresa el contradictorio infinitivo bajo el que las agrupo. Quise combatir el lugar común y la idea prefabricada, y me animé a estudiar lo que me suscitaba admiración con mayor frecuencia que a explicar mis desprecios. A veces forcé una toma de posición y “pasar fijándose” pudo volverse posar sin fijarse. Quise mirar y señalar hacia dónde había mirado y qué veía. Quise hacer crítica, que es buscar las grietas dentro de los objetos y seguir los lazos que en esas grietas se enganchan y desde ellas se tienden hacia otros objetos. Si en el esfuerzo de mi interés hubo un ánimo didáctico, el resultado pudo en ocasiones sonar admonitorio. Escribir alimenta el deseo de persuadir: de atraer una compañía. Pasar fijándose conlleva la aspiración a pasar juntos.

Al repasar mis doce años de columnas para hacer este libro, he leído una historia de mí. Algunas columnas que escribí con fervor me son hoy insípidas. Los objetos de otras siguen encendiéndome. Lamento la laboriosidad de algunas páginas y quisiera recuperar la facilidad de otras. He descubierto que en mi mente ocupan cámaras principales las telenovelas, la comedia, las coronas, Dante, las cuevas y Werner Herzog. He advertido que en dos columnas repetí una misma anécdota. Algunos de los objetos de mis críticas pueden estar desuetos, pero a lo mejor mis comentarios sobre ellos son conservables porque no es del todo inútil el criterio que empleé.

En Arcadia escribí sobre películas, libros, programas de televisión, feminismo, viajes, educación, fútbol, canciones, los Juegos Olímpicos, el tiempo verbal que usamos para contar sueños, Muhammad Ali… Traté de condensar teorías y de resumir historias. Para El Espectador me imponía el deber de fijarme en la actualidad nacional y en el discurso del poder, pero terminé también escribiendo sobre cosas cotidianas y conceptos comunes: la envidia, el atractivo de las celebridades, los trámites burocráticos. Durante un tiempo en El Espectador publiqué también una columna sobre libros, con el nombre de “Desocupado lector”, de la que solo traje una muestra a esta colección. Para Vice, en un sitio que llamé “Verduras de las eras”, escribí más ensayos que columnas: un ciclo largo sobre la condición de las mujeres, y otros textos sobre los refranes, sobre mi veganismo, sobre el reguetón, sobre la gramática, sobre los árboles. En la revista Credencial tuve una columna dedicada exclusivamente a la crítica de televisión. Excluí la mayoría de las piezas que publiqué allí, para que el tema no predominara en este volumen. Entendí que en Semana Sostenible mi encargo era tratar sobre asuntos relacionados con el medio ambiente, y pensé sobre la basura, sobre cuidar a las tortugas, sobre los colegios de la élite y sobre el perdón.

De mi escritura en Arcadia surgió un procedimiento que dio paso a la combinación de narrativa y ensayo con la que he trabajado en mis libros. Algunas columnas de Pasar fijándose se transformaron en pasajes de Los niños, Somos luces abismales y Tu cruz en el cielo desierto. De las piezas que envié a Credencial surgió un ensayo sobre mi televidencia, El ojo de la casa, que publiqué en forma de libro.

Agradezco a mis editores, que me hicieron escribir constantemente, que es pensar despacio y vivir llevando la cuenta: a Lorenzo Morales y María Teresa Ronderos, de Semana.com, que me invitaron por primera vez a escribir columnas; a Fidel Cano, el director de El Espectador, que me favoreció con un espacio dominical quincenal; a Andrés Páramo, que fue mi editor en El Espectador y luego en Vice, donde permitió que me extendiera tanto como quisiera; a Fernando Gómez, editor de Credencial, que me propuso trabajar sobre el descanso de ver series; a María López, que confió en mí para Semana Sostenible; a Marianne Ponsford, fundadora de Arcadia, que hospedó mi columna más longeva y me dio la libertad para experimentar en ella con el tema y el estilo, y a los siguientes directores de la revista, Juan David Correa y Camilo Jiménez, y a su editora, Sara Malagón. Doy las gracias también a Daniela Maldonado, a Francisco Barrios y a Simón Ganitsky, por dejar que les leyera mis textos por teléfono antes de que los mandara a la prensa.

El cuarto de la “muchacha”

Recientemente visité la lujosa residencia de un prominente ciudadano bogotano. En ella había un dormitorio enorme para cada persona, un rincón para cada cosa, una pared para cada obra de arte, una sala para cada actividad interior y una estancia climatizada al aire libre para cada actividad exterior. Después de mostrarme la tercera o cuarta de sus terrazas, mi anfitrión, sin sospechar que yo pudiera traicionar la complicidad de clase que él daba por sentada, me mostró un habitáculo que tomé por un trastero para guardar la barbacoa.

—Este es el cuarto del servicio —dijo—, pero yo no quiero que la muchacha viva aquí, sino que venga por días.

Le dije que me parecía obvio, porque era difícil que alguien pudiera vivir en aquel cuarto. Él hizo cara de no entender por qué yo lo decía.

—Lo digo por el tamaño —expliqué—. Aquí no cabe una persona.

El patrón abrió los brazos como midiendo el recinto y replicó aplomado:

—Pues tiene un metro con ochenta de largo.

No se me ocurrió pensar que la “muchacha” no necesitaría espacio para poner nada; que debía bastarle con un lugar donde poner su cuerpo de pie o acostado en un catre. Por su parte, a mi anfitrión no se le ocurrió pensar que el único espacio de 1,80 m × 1,30 m que puede habitar una persona es una tumba en el cementerio. O una celda en la cárcel. O un zulo.

Yo era niña cuando oí la palabra “zulo” por primera vez. Acababan de liberar a un conocido de mi familia que había sido secuestrado, y algún pariente contaba que los secuestradores lo habían tenido durante seis meses en un zulo en el sur de Bogotá. Pregunté qué era eso, me respondieron, y enseguida me vinieron a la mente los “cuartos del servicio” que conocía. En esos zulos, ubicados en el norte de Bogotá, vivían mujeres que solo los domingos podían salir a hacer su propia vida, que tenían que obedecerles a los niños y a las mascotas de la casa, y a quienes nos referíamos, sin darnos cuenta de nuestra falta de respeto, como “muchachas”, a pesar de que algunas pasaban de los treinta años y otras pasaban de los sesenta.

La mayoría de los colombianos de estratos privilegiados han tenido en su casa, en algún momento, a una mujer semicautiva. Demasiadas “muchachas” colombianas han trabajado en condiciones irracionales: salarios de miseria sin prestaciones sociales, jornada laboral de catorce horas, salidas quincenales, jefes autoritarios, habitaciones de un metro con ochenta en las que inician sexualmente a los adolescentes de la familia, uniformes denigrantes, y un nombre, “muchachas”, que les desconoce el ejercicio de un oficio (asistente, aseadora, niñera, etc.) y las docilita al no reconocerles siquiera la adultez.

Las muchachas, claro, no son obligadas por sus patrones a aceptar contraprestaciones indignas. Son forzadas por la miseria de la ciudad o la violencia del campo, de las cuales los patrones, en muchos casos, son causantes o beneficiarios. Y son forzadas por el machismo, que ha relegado al último renglón de las reivindicaciones sociales a esas mujeres que no saben hacer nada más que cuidarles la casa y los hijos a otras mujeres.

He oído a los patrones más condescendientes decir, con católica filantropía, “Nosotros tratamos a María como a un miembro de la familia”. Creen que esa concesión los exime de su responsabilidad social y humana, e ignoran que sería más apropiado, en una sociedad moderna, que María fuera tratada como una trabajadora con derechos, que, además, quizá quisiera tener su propia familia. Entretanto, pasan por alto que los esclavos de los romanos también eran considerados parte de la familia.

Me acordé del tema el otro día, cuando vi a los desplazados que se tomaron el parque de la 93 para protestar por la precariedad de su situación. Acaso creían que a los ricos se les despertaría la vergüenza si veían pobres en su jardín. Olvidaban que a los ricos colombianos —y a los no tan ricos— les gusta ver pobres y tener a los pobres lo más cerca posible, viviendo en la habitación más interior de su casa. (Pero no los llaman pobres, por parecerles este un término áspero. Los llaman “gente humilde”, eliminando la posibilidad de que los desposeídos puedan conservar el orgullo).

No escribo esta especie de cuadro de costumbres para que los patrones delincuentes caigan en cuenta de nada: si nunca se han preocupado por las violaciones al código laboral, las faltas al sentido común y los errores semánticos en los que incurren con sus “muchachas”, tampoco se preocuparán ahora que la sociedad tiende al extremo de la insensibilización siguiendo el ejemplo del actual presidente, un falócrata que se comporta como el patrón condescendiente de todo el país.

Tampoco lo escribo para los desplazados que se instalan en el parque de la 93 hasta que los policías los echan, ni para esos policías, ni para las empleadas de las casas, pues no lo leerán. Eso es lo que tiene hacer crítica social en Colombia: que uno publica su opinión para cuatro lectores que, de antemano, están de acuerdo con uno. En esta sociedad desintegrada, al opinar públicamente uno siente que no hace mucho más que hablar en corrillo, a espaldas de los aludidos. Parecería, en el mejor de los casos, que ventilara su indignación para expiar sus propias culpas sociales.

Semana.com, septiembre de 2008

Poder pensar el resto del mundo

El otro día la prensa publicó un artículo sobre un libro que escribí en torno a Alfonso X, el Rey Sabio. Entre quienes comentaron el artículo en Internet, hubo alguien que anunció su intención de limpiarse el trasero con el libro, pues éste trataba de “otro” rey. El anuncio me pareció medio divertido, ya que el jacobino comentarista firmaba, para hablar de la culminación de su digestión, con una alusión a su dieta: “Vampiro Vegetariano”. Agradecí, además, la promesa implícita de comprar un volumen, sin importar el fin que se le diera: cuanto más útil, mejor.

Hubo, en cambio, otro comentario que sí me supo amargo (para seguir con las figuras digestivas), a pesar de ser más amistoso. Decía: “Felicitaciones pero la profesora podría interesarse también por la trayectoria del castellano y de la literatura en Colombia desde las primeras obras de la época colonial”. El mensaje estaba firmado por “Peremne” y es un ejemplo de la perenne objeción que aparece siempre que un colombiano se interesa por temas humanísticos que trascienden las fronteras nacionales. Estas opiniones patrióticas hacen eco de la tendencia generalizada según la cual se espera que el “tercer mundo” sea objeto y no productor de conocimiento ni de crítica cultural, y que, en caso de que insista en ser productor, se limite a mirarse el ombligo, que bastante sucio está.

El comentario me trajo también el recuerdo de una experiencia tan irritante como limpiarse con el libro resultará para V. V.: hace dos años, durante el fastuoso Congreso de la Lengua que tuvo lugar en Cartagena de Indias, un célebre escritor español se me acercó a preguntarme quién era. Estábamos en el castillo de San Felipe, en la fiesta inaugural del Congreso. Le conté que para vivir daba clases sobre la Edad Media en una universidad. De inmediato, y con mueca socarrona, el español expresó el asombro que le producía el hecho de que una colombiana se interesara en la Edad Media, es decir, en una época en la que los colombianos no existíamos. A sus ojos, yo parecía ilusa en mi curiosidad o, acaso, entrometida.

Le pregunté si le parecía igualmente asombroso que un académico de su país estudiara la obra de Virgilio, o que un alemán escribiera sobre el boom latinoamericano. No respondió: se lo impidió el alcohol que había bebido a costa de sus anfitriones colombianos, tan hospitalarios pero tan incapaces, los pobres, de entender el mundo que no conocen por experiencia directa.

En aquella fiesta de la lengua (seguimos con el aparato digestivo), los españoles eran recibidos en la rampa de la fortaleza española por actores negros en taparrabos que hacían gestos feroces y se contorsionaban iluminados por antorchas. El plato fuerte era la presentación de un baile dizque folklórico, una especie de strip-tease populoso en el que decenas de muchachas, obviamente menores de edad, movían la cadera sin mucho ton ni son, con tangas más pequeñas que sus sonrisas congeladas. Los anfitriones celebraban —y actualizaban— los estereotipos colonialistas del negro amenazante y la mulata complaciente. La fiesta constituyó un bochorno para los escritores colombianos que estábamos ahí como vencidos espectadores de aquello que las autoridades culturales creían que representaba nuestra cultura mestiza. Comprobamos entonces que nuestros países, empeñados en vender un exotismo falso y nocivo, son tan responsables como el “primer mundo” de que se tenga a los intelectuales tercermundistas por intelectuales de tercera y solo capaces de pensar —o ni siquiera de pensar, sino de representar pintorescamente— lo que pasa aquí abajo, aquí atrás, mientras que los europeos y los norteamericanos pueden ocuparse de cualquier lugar, incluido, por supuesto, este (además, sentimos gratitud cada vez que lo hacen).

Quizás la reminiscencia de este intercambio cultural entre los criollos y la dizque “madre patria” muestre mi interés en “la trayectoria del castellano desde la época colonial”, y valide así mis investigaciones ante el o la comentarista “Peremne”.

El Espectador, abril de 2009

Fitzcarraldo y los diarios del secuestro

Mientras leía Siete años secuestrado por las FARC, el testimonio de Luis Eladio Pérez recogido por Darío Arizmendi, encontré en el último número de la revista Harper’s unos apartes del diario que Werner Herzog escribió en la selva amazónica entre 1980 y 1981. “La selva es obscena”, escribe Herzog. “Las voces en la selva son silenciosas; nada se mueve ni se conmueve, y hay una ira lánguida e inmóvil suspendida por encima de todo (…) Todo en mí se está pudriendo con la humedad. Agradecería que fueran solo sueños lo que me atormenta (…) Esta mañana al despertar sentí un terror que nunca había sentido: estaba totalmente desprovisto de sentimiento (…) No quedaba nada, nada, y yo había quedado como una armadura sin un caballero adentro”.

Herzog había ido allí para rodar Fitzcarraldo, cuyo protagonista decide llevar a cabo el sueño alucinado de construir un teatro de ópera en la selva suramericana. Al recuerdo de la película se han asociado, en mi memoria, algunas de las imágenes del absurdo que el libro de Pérez contiene: el pan que se hacía en la panadería del campamento de Martín Sombra y que el panadero teñía de verde con anilina; el Diccionario enciclopédico que los guerrilleros le dieron y luego le quitaron a Íngrid Betancourt, y sobre el que habrá crecido el musgo y habrán prosperado las orugas en ese mundo donde, en palabras de Herzog, vive “un parásito en otro parásito en otro parásito”.

Quisiera asomarme a la misteriosa profundidad que entraña la contraposición que hace el testimonio de Pérez entre “la selva” y “la realidad”. Pienso en la contundencia de la figura de la putrefacción del cuerpo humano en medio de una naturaleza a la vez inhóspita y demasiado viva; en la oscuridad constante, en los ruidos horríficos del bosque, en las conversaciones del secuestrado con los árboles, en la manera como los cautivos adquieren el olor y el color de la selva; en la naturaleza impenetrable e ilimitada como escenario de la insensibilización.

Pero sobre todo, me intriga que, al leer Siete años secuestrado por las FARC, el lector no entiende cómo pasa el tiempo a través de la experiencia, y se encuentra ante una especie de narrativa sin trayecto. En relación con ese tiempo que borra sus propias huellas, recuerdo la historia de los diarios que Luis Eladio Pérez y los otros secuestrados escribían y que eran sistemáticamente sustraídos por los guardianes; esa literatura colombiana de la selva, que está perdida en la guerra de la selva para siempre.

El Espectador, mayo de 2009

Aguarles La Piscina

La revista Donjuán, de Publicaciones El Tiempo, dedicó la portada de su pasada edición a una prostituta que responde al no-nombre de “Fresita” y que funciona en el burdel capitalino La Piscina. Con esa afición colombiana a no llamar las cosas por su nombre, presentaba al personaje como “la reina” de La Piscina. Se trata de un caso particular, en cuanto a soberanas se refiere. Para empezar, esta reina tiene jefe. A través de las palabras de este jefe, el lector se entera de que la reina no es considerada siquiera una mujer, a pesar de sus veinticuatro años, sino una niña: “Una niña muy educada (…) no presenta problemas con nadie”. Haciendo eco de esa misma infantilización que despoja de todo poder a una mujer ante los ojos de un hombre, el artículo explica que la prostituta es “buena” porque se pone un pijama rosado y tiene “un zoológico de peluches”.

Con una apabullante falta de criterio —y de imaginación—, el reportero cuenta que la vida de Fresita “no tiene el tinte trágico de las prostitutas. (Ella) compra ropa en los mejores almacenes del norte, tiene carro y apartamento, y gana más que un ejecutivo promedio”. Da a entender que, por estar satisfecha con el precio que otros le han puesto a su vida, la prostituta rica aventaja a la pobre, que presta sus servicios por un precio menor y que, aunque no sale en revistas, quizá tiene la posibilidad de saber que ese precio no es justo.

Criticar el ejercicio de la prostitución no es el asunto de este comentario, y es asunto de Fresita si cree que sus polvos son caros. Pero es asunto mío el hecho de que el diario más prominente de mi país pretenda tener alguna autoridad cuando su revista hace ostentosamente la vista gorda ante la explotación de mujeres y omite comentar que los propietarios de los burdeles no son las prostitutas. Y también es asunto mío ver que la mayoría de la sociedad bogotana, desangrada por la corrupción y la venalidad, aprueba La Piscina por el simple hecho de que allí se gasta mucho dinero.

Porque ese negocio, que con tal desenfado aparece en la portada de la revista, es un sitio respetable para los bogotanos: una sucursal de la piscina del Country Club, a donde los burgueses van en gavilla para acostarse con mujeres a quienes no tienen que satisfacer, o para reírse de la cursilería de las mujeres que no son de su clase, o para buscar una pantalla de humillación para el deseo reprimido que sienten unos por los otros. A veces los acompañan sus parejas, quienes, con perpleja imbecilidad y típica mentalidad de prisioneras, se sienten “liberadas” al aprobar el cautiverio de las otras, esperando acaso que su complicidad las haga más interesantes o deseables a los ojos de sus hombres de remotas erecciones.

Pero no solo frecuentan el burdel los católicos socios del Country. Entre los clientes del burdel también están los biempensantes del cambio social, que creen que haber renunciado a toda aspiración a la integridad es signo de progreso. Se rasgan las vestiduras por el desplazamiento de campesinos, pero patrocinan la explotación sexual de las hijas de los campesinos desplazados. Critican la cultura del dinero fácil, pero van tras la inversión del narcotraficante que pagó la cirugía plástica de la muchacha a la que manosean. Deploran el hecho de que se ponga precio a la cabeza de los opositores del régimen, pero eligen ignorar que hay una línea directa entre vender la vida de una mujer y comprar la muerte de cualquiera. No ven las conexiones obvias entre corrupción y corrupción, entre explotación y explotación. O las ven y no lo dicen, no vaya a ser que alguien los tache de moralistas (o de maricas). Algunos de ellos incluso se declaran socialistas, pero evitan leer lo que escribieron Marx y Engels sobre la prostitución, no vaya a ser que se les agüe la fiesta de La Piscina.

Tiene razón el reportero de Donjuán al decir que Fresita no es un personaje de tragedia; es un personaje de comedia, en un país en el que los signos de una sociedad puteada se han convertido, por arte de mafia, en “divertidos”.

El Espectador, mayo de 2009

Nuestros hipopótamos

Hace tiempo vi un documental sobre la taxidermia en el que muchos de los entrevistados contaban que ellos mismos cazaban los animales que aspiraban a reproducir con su arte. Desollaban la presa y luego cubrían con la piel un molde sintético que tenía la forma genérica del animal cazado. Añadían ojos de vidrio, y quedaba listo el nuevo ejemplar. Pero los cazadores parecían creer que los animales que fabricaban eran los mismos que habían matado. Una y otra vez, decían que la taxidermia permitía que las presas “volvieran a vivir”.

La taxidermia es una metáfora saturada. La permuta de la vida por una apariencia de vida remite al círculo que describen la crueldad y la culpa. El hecho de que el cazador mate al animal para “pelarlo” hace pensar en un interrogatorio hasta el límite de lo posible; en la fantasía de desnudar al otro completamente. La frustración de no encontrar bajo la piel del cadáver más que carne se resuelve construyendo otro animal: uno que no tiene carne sino solo piel; que exhibe, eternizada, la tentadora advertencia de que su secreto —su amenaza— no es desentrañable.

He recordado aquel documental porque, al dar la noticia de la muerte a balazos de uno de los hipopótamos que fueran de Pablo Escobar, los medios han hecho hincapié en que la piel del animal irá a parar a una “reconocida colección privada en Bogotá”, como si el público necesitara saber (o temer) que el signo del muerto pervivirá.

Los hipopótamos vivos, al sol en el Magdalena, han sido durante años una metáfora de su amo. Después de la muerte de este, se han reproducido libremente, como reflejando lo que ha sucedido con los personajes que se multiplicaron a partir del molde del capo para merodear por aquellos mismos valles y por el país entero. El hipopótamo muerto también tiene a su amo como referente. En la foto de los quince soldados que posaron contentos con el cadáver, parece como si “las fuerzas del orden” (que llaman al animal, en los documentos que han emitido, “el individuo”) hubieran repetido el rito de la muerte de Escobar en un cuerpo enorme, descuajado, similar al de él, como para convencerse, ante la evidencia política y social de lo contrario, de que la victoria sobre el criminal tuvo efectivamente lugar.

Por otra parte, los argumentos que dieron las autoridades para justificar la cacería hacen que el caso del hipopótamo sea representativo de la manera como los colombianos somos gobernados. Al decir que había que matar al animal “para proteger el medio ambiente”, las autoridades imitan la retórica que justifica el desguace de la democracia para proteger la “seguridad democrática”. Al decir que “los hipopótamos son transmisores de enfermedades”, ignorando que cualquier animal puede serlo, se reproduce el sentimiento que subyace al uso de indigentes y drogadictos como trofeos de caza del ejército. Al decir que el sacrificio era inevitable pues resulta demasiado costoso mantener un hipopótamo, se remeda la justificación que se dio recientemente para no reconocer a las víctimas de la guerra sus justas reparaciones.

Finalmente, la “privatización” del hipopótamo que no era de nadie es un indicio de lo que ocurre con la política social en Colombia. Si el “reconocido coleccionista” u otro próspero empresario nacional hubiera pagado el traslado del animal vivo a un lugar seguro en lugar de interesarse por aumentar su funesto mobiliario, habría un hipopótamo salvado. Ese animal sería el signo de una sociedad viva y coherente y no de nuestra sociedad de cazadores y cazados, de despellejados: de este país que solo sabe repararse como repara sus presas el taxidermista.

El Espectador, julio de 2009

Las niñas y la iglesia de la misoginia

Periódicamente la sociedad se escandaliza, con justicia, por los curas pederastas que abusan sexualmente de niños en colegios católicos para varones. Nunca he oído que alguien se indigne públicamente por las niñas cuya sexualidad es abusada, sin necesidad de tocamientos, a manos de mojigatas ignorantes en los colegios católicos para hembras.

Yo estudié en Bogotá en uno de esos colegios, donde la formación ética y espiritual se centraba en la inculcación de los principios morales católicos que atañen a la administración de la sexualidad femenina. No recuerdo que me recomendaran leer los salmos o me señalaran a santa Teresa, y ni siquiera me hicieron estudiar el sermón de la montaña. Procuraron hacerme experta, en cambio, en el método anticonceptivo de la T y en las reservas que había que tener al respecto. No me mostraron una sola película del católico Bresson, pero sí El grito silencioso, esa película del fanatismo en la que un feto abre la boca al ser abortado.

Educar católicas consistía en enajenar la sexualidad, que pasaba a ser propiedad de una Iglesia coleccionista de hímenes representada por un cura de falda que confesaba niñas. En la casa, sus representantes eran los padres, que ejercían con prohibiciones la potestad sobre el sexo de sus hijas hasta transferirlas a otro hombre a través del contrato matrimonial.

No era que las niñas hicieran siempre caso de estas provisiones, pero tampoco sabían criticarlas, en su mayoría; aprendían a ser mentirosas y culposas, y a sacar algún provecho de la situación. Demasiadas optaron por eternizar su inmadurez, como por demás corresponde en un país donde los hombres —del presidente Uribe, en sus consejos comunales, para abajo— llaman “niñas” a las mujeres aunque estas tengan más de treinta años, sin ver en ello ningún menoscabo de la independencia de las aludidas.

Aunque fui al colegio hace tiempo, y la institución donde estudié se adecentó, el retrato es vigente. Miles de colombianas siguen siendo educadas por una Iglesia que las convence de que su núcleo y su tesoro (e, implícitamente, su mayor bien de intercambio) es su vagina. El desastre de la condición de las mujeres en Colombia —la proliferación de mujeres abusadas, embobadas, pobres en representación política— es, en gran medida, responsabilidad de esa Iglesia.

Un día, en el plantel del que hablo, con motivo de la presentación en la televisión colombiana de la serie El pájaro espino, la rectora nos echó un discurso que desestimaba el placer sexual femenino. Si temía que alguna sedujera a un cura, como sucedía en la serie, temía en vano. Ya entonces su Iglesia, como declaró la semana pasada el padre Germán Robledo, era “clóset de los gays”. Pero desde mucho antes, la Iglesia ha sido cuartel de misóginos. Y si es inaceptable que la sociedad rechace a los gays y los empuje a refugiarse en el sacerdocio, y si es grave que, una vez ordenados, algunos pedófilos hagan realidad sus fantasías pedófilas, tan grave es que católicos de ambos sexos, homosexuales o no, tengan en sus manos la educación de las víctimas de su misoginia, las niñas, sin sufrir por ello rechazo alguno.

El Espectador, agosto de 2009

Corazones fachos

Hace treinta años, la dictadura de Jorge Rafael Videla mandó imprimir miles de calcomanías con la frase “Los argentinos somos derechos y humanos” encima de los colores de la bandera nacional. La idea era que los argentinos las llevaran pegadas a sus automóviles durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA a su país. La campaña, que se financió con dineros públicos, se hizo pasar por una iniciativa de los ciudadanos, supuestamente deseosos de que los “yanquis” se enteraran de que su patria no era ninguna porquería a pesar de las fabulaciones escabrosas que los exiliados y las madres de desaparecidos le contaban al mundo acerca del terrorismo de Estado.

Hace dos semanas, los corazones de la campaña “Colombia es pasión” me trajeron a la mente las calcomanías de Videla. En el caso de la propaganda de Estado colombiana, en lugar de un juego de palabras se usó el eslogan poco ingenioso de la pasión (tan evocativo de la exportación de chicas tropicales) y, en vez de los 16.000 dólares que costaron las calcomanías de marras, se pagó una cifra millonaria para plantar en los lugares más caros de Manhattan unas esculturas enormes, discordantes, en forma de corazón. El propósito era mostrarles a los neoyorquinos que Colombia es tan creativa que puede producir un símbolo publicitario, y tan fenomenal que, sin tener dinero para compensar a las víctimas de su guerra, hace el gesto magnánimo —de mafioso lambón— de engalanar una ciudad extranjera con piñatas deluxe.

Estuve en la exposición de los corazones en la Grand Central Station dos veces: la primera pasé por accidente y me llevé un dolor de estómago, y la segunda fui intencionalmente, llevando unos volantes que hice en mi casa y que fotocopié por doce dólares. Contenían datos de Planeación Nacional sobre la pobreza en Colombia, y de Amnesty International y Human Rights Watch sobre desplazamiento de campesinos, asesinatos de sindicalistas, muertes de civiles perpetradas por la guerrilla y los grupos paramilitares, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y congresistas investigados por colaborar con el paramilitarismo.

Quienes visitaban la exposición recibieron los volantes con cortesía; no descarto que algunos hayan pensado que les estaba repartiendo letras de Juanes, fotos de Juan Valdez o dichos de su mula. Pero no pasaron diez minutos antes de que los organizadores del evento me acorralaran. Si hubiera podido, les habría explicado que estaba tratando de contribuir a que se supiera algo sobre la pasión de Colombia. Pero no me dejaron hablar. Una espontánea me arrebató los papeles y los tiró a la basura, mientras que los colaboradores oficiales de la campaña llamaban a la policía y me amenazaban diciendo que, si no abandonaba la estación (no el hall de la exposición sino toda la estación), yo me iba a “hacer arrestar”.

Tal vez el gusto por la estatuaria voluminosa, mediocre y uniforme no es lo único que los hinchas de “Colombia es pasión” comparten con el fascismo. Parece que también ansían un régimen totalitario en el que reproducir cifras de violaciones de los derechos humanos amerite un arresto.

El Espectador, octubre de 2009

Del Reinado Nacional de Belleza como ironía

Hubo un tiempo en que quise ser Señorita Colombia. No sabía leer, y ya había visto en fotos a una reina de belleza: tenía corona, como las reinas de los cuentos ilustrados que otros me leían, y di por sentado que mandaba sobre los papás, los policías, el pato Donald y el presidente. Qué suerte tenía yo de haber nacido hembra, pues podía aspirar a esa máxima potestad. Como no entendía inglés, asumí que el “miss”, que a veces se usaba en vez del “señorita”, era un posesivo que describía el alcance del título: “Mis Colombias”, contestaba cuando me preguntaban qué quería ser cuando grande. Tenía cuatro años y me tomaba en serio las cosas que el mundo iba mostrándome. A los niños, como a las reinas de belleza, les falla el sentido de la ironía.

El desengaño vino cuando se me permitió ver el reinado por televisión. El desfile en traje de baño con tacones altos debió darme la clave: era imposible que una reina real ignorara que con ese calzado no podría nadar. Cuando entendí que lo de “reina” iba en burla, y que, lejos de conferir poder, la corona parecía imponer a su portadora la condena de tener para siempre cuatro años, ya no quise ser reina cuando grande sino que quise ser un lector cualquiera.

Cada noviembre vuelve a sorprenderme que las colombianas no protestemos masiva y agresivamente contra el Reinado Nacional de Belleza. Más allá del daño que los criterios estéticos entronizados por el concurso hacen a la psique de las adolescentes, más allá de la violación a la integridad del cuerpo femenino que las cirugías plásticas de las candidatas perpetran, y más allá de lo ofensivo que resulta que un juicio sobre su belleza física constituya un “trampolín profesional” para las jóvenes, me preocupa el reinado como entidad que trabaja en el imaginario colectivo justificando, a través de una parodia grotesca, la enajenación de la autoridad de las mujeres.

Es significativo que las fechas elegidas para la coronación de la “soberana” de Colombia en Cartagena sean las mismas que conmemoran la Independencia cartagenera de la monarquía española. En el plano simbólico, la puesta en escena de una monarquía ficticia exclusivamente femenina tiene como corolario la exclusión de las mujeres del orden republicano vigente. El reino de fantasía de las mujeres, con su jerarquía de virreinas y princesas, y con sus flagrantes ignorancias e inconsciencias, se presenta como antítesis del orden presuntamente racional, adulto, de los hombres: del foro democrático que decide los asuntos de la nación.

Ante la coyuntura catastrófica de nuestra democracia, parecerá que una crítica feminista del reinado es periférica. No lo es. La glorificación de los abusos del poder, encarnada en el apoyo popular al caudillismo de Uribe y al despotismo de sus esbirros, se identifica con la victoria de los más machos. Se alimenta de la deformación y la ridiculización de los valores opuestos, circunscritos en la esfera de “lo femenino”, que, a través de símbolos como el del reinado, resulta equivaler a lo melodramático e infantil —y a lo caduco, en cuanto aparece como imitador de un sistema depuesto hace doscientos años por los próceres—.

El Espectador, noviembre de 2009

Meditación navideña

En lugar de dar paso a un debate sobre la autoridad de la mujer sobre su propio cuerpo, la petición del procurador de retirar del mercado la píldora del día después ha provocado un pulso entre la autoridad lingüística de la Iglesia y la autoridad lingüística de la ciencia. Los eclesiásticos dicen que la píldora es abortiva, pues puede interferir en la implantación en el útero de un óvulo fecundado, y los seguidores de la ciencia replican que, para la convención médica, el embarazo empieza con esa implantación. Como es evidente, la falta de concierto entre las definiciones de “gestación” y “embarazo” promete que la polémica será estéril en el campo de la ética aunque no lo sea en la semántica.

Esta vez es especialmente interesante el hecho de que la discusión se centre en una palabra, pues la acción de la píldora del día después cae precisamente en el ámbito de lo innombrable. A diferencia de la mujer que menstrúa y de la que recurre a un procedimiento inequívocamente abortivo, la que consume la píldora susodicha no sabe si la sangre que expulsa a continuación contiene un óvulo fecundado o uno sin fecundar. Su situación escapa a la claridad científica, a la luz de la ley y a la determinación del lenguaje. Ella no ha ni abortado ni no abortado. No puede nombrar lo que ha decidido hacer. Y, sin embargo, lo ha podido hacer.

El peculiar carácter de la píldora del día después —guardiana de un secreto y productora de una consecuencia indeterminada— invita a reflexionar sobre las relaciones entre “lo innombrable”, la libertad sexual de las mujeres y los misterios de la concepción. Es posible que lo que subyace a la resistencia al reconocimiento de los derechos reproductivos de las mujeres sea, precisamente, el temor a que una mujer se encuentre en la tesitura de no saber dar un nombre; más concretamente, el temor de un hombre a no saber cómo se llama.

El intento de la ley y la religión por ejercer control sobre el útero traduce el afán de resolver la gran paradoja del patriarcado: que la identidad registrable y hereditariamente transmisible de cada hombre, su apellido, está sujeta a la manera como las mujeres administren su libertad sexual. En principio, los hombres no pueden saber si son hijos de quienes ellas les dicen que son hijos, e ignoran el nombre verdadero de su sangre. Para llamarse con certeza y asumir que son padres de los niños que, según se les dice, ellos han engendrado, los hombres se ven obligados a creer, antes que en la ciencia, la ley o la religión, en las palabras de las mujeres. Somos, en esa medida, las únicas que saben “quiénes son” ellos.

Con los exámenes de ADN, la ciencia proporciona un alivio para esta dura realidad de la naturaleza. La Iglesia, por su parte, lo hace cada año con la celebración de la Navidad. La historia de la maternidad de una virgen invita al creyente a concebir una concepción sin la sombra de una duda. A través de la fantasía de la eliminación absoluta de la paternidad y de la anulación de la sexualidad femenina, el fiel puede confiar en que es quien se dice que es, a imagen de su dios. Como muestra de las concepciones peregrinas de una mujer, reciba el lector estos saltos conceptuales, de aguinaldo.

El Espectador, diciembre de 2009

Papas fritas y Hay Festival

Tengo una libreta en la que copio frases disonantes que oigo por ahí. El domingo pasado, en el parque del Virrey en Bogotá, un embolador me pidió que le dejara espulgar mi perra “porque hace tiempos que no sueño con pulguitas, que son de buena suerte para el trabajo”. Y el martes, en las aguas de la avenida Jiménez, un mendigo lavaba su camisa con papas fritas. Golpeó el talego de papas contra el pavimento y, cuando su contenido quedó bien molido, lo derramó sobre el harapo y restregó como si lavara con jabón en polvo. Vio que yo miraba, y “Pura elegancia, mona”, me explicó.

El resto de mis anotaciones de la semana pasada reproducen frases acerca del Hay Festival. No son disonantes por insólitas, como las de arriba, sino por hueras: son las consagradas frases de cajón de la prensa cultural. El adjetivo omnipresente en los artículos de los que las extraje es “importante”. El festival es “el más importante del continente” y sus invitados son “los escritores más importantes del planeta”. La prensa no describe en qué consisten estas importancias, pues lo importante es que el lector sepa que gente poco importante como él está viendo en vivo, en Cartagena, a gente importante. Y me parece que eso disuena, pues la gente importante a quien el festival presenta en vivo ha elegido un oficio cuya esencia es no estar en vivo: la escritura.

Dice la prensa que “el Hay Festival es un plan obligatorio para quienes se interesan en la literatura”. Me pregunto qué les aportaría, por ejemplo, a mis estudiantes de literatura la asistencia al festival. La prensa me responde que “en el festival es común ver a escritores charlando en cafés, plazas y restaurantes”, y que las seiscientas personas que acudieron el jueves al teatro Heredia a oír hablar a uno de los invitados “se sintieron parte de la visita, como si estuvieran en la sala de su casa”. De modo que el acto literario tiene lugar entre un autor y un seguidor o un espectador que oye a hurtadillas en un café o aplaude en un teatro. Y el efecto del acto literario es que el fan se sienta en casa. Pues bien, otra cosa es la que saben los lectores: que el contacto literario sucede entre un lector o un oyente y un texto literario, y que su efecto es lo contrario de quedarse en la propia casa.

El Hay Festival no me parece condenable por elitista, como a otros críticos. De hecho, no lo encuentro elitista sino arribista, y lo que me parece es sobre todo aburridor, a juzgar por lo que reporta la prensa cultural, que de las charlas del jueves rescataba la siguiente máxima, dicha por uno de los invitados “más importantes” del certamen: “La vida se compone de una mezcla de tragedia y humor”. Importante revelación.

Al señalar que una especie de superchería subyace al Hay Festival, y al recordar que las actividades de la literatura son la escritura y la lectura (y no de autógrafos), me siento entrometida, como si le señalara a aquel otro que las papas fritas, a pesar de su “elegancia”, no le van a dejar limpia la prenda. Pero me tomo el atrevimiento porque me preocupa que se crea que el hecho de que Cartagena sea sucursal de un festival literario alivia en alguna medida la condición, más bien harapienta, del fomento a la lectura en nuestro país.

El Espectador, enero de 2010

¿Del zurriago a la palmeta?

Si Mockus es elegido presidente, lo celebraré efusivamente. Aplaudiré que la lógica se inserte en el discurso político, que un hijo de inmigrantes se convierta en el mandatario de un país envarado de criollismo, y que un grupo de personas inteligentes y ajenas a la maquinaria política llegue al poder. Me gustará que a la cabeza del poder ejecutivo esté un personaje que se lanzó a la vida pública mostrando el culo, y además me alegrará ver en Palacio la barba de Lincoln. Preveo que celebraré con emoción novelesca el triunfo de Mockus, que me parecerá tan irónico como consecuente; pero de mi estremecimiento participará también el temor que siento ante la perspectiva de ser efectivamente gobernada por Antanas Mockus.

¿Empiezo por hablar del didacticismo del candidato, que insiste en establecer una analogía entre un mandato presidencial y un curso académico, cuando todos los profesores sabemos que hay pocos espacios tan ademocráticos como el salón de clase? ¿O empiezo por recordar la limitación de las libertades individuales durante su alcaldía? ¿Expreso mis reservas con respecto a su ecuación entre cultura y buena conducta? ¿Denuncio la demagogia punitiva que llevó al Congreso a su candidata Gilma Jiménez? ¿Hablo de su amor por los símbolos, tan parecido al que profesan los fascismos? ¿O analizo el erratismo de sus símbolos concretos? O, ya que los colombianos creen que van a elegir a un filósofo, ¿cuestiono la obsoleta definición de libertad del candidato —“Soy libre si logro trazarme unos derroteros y cumplirlos, y si tengo una relación reflexiva con mi comportamiento”— y su fe en el proyecto de la Ilustración, en la estela de cuyo fracaso vivimos los latinoamericanos?

No, mejor no empiezo por Mockus sino por sus electores. Porque lo que me produce las peores sensaciones ante el eventual gobierno del profesor no es la visualización de su mandato (con sus verdades impuestas, sus caprichosos decretos y su imperio de la culpa), sino el sentimiento que lo haría elegir. Intuyo (y quiero equivocarme) que el sustrato emocional que lleva a los colombianos a querer a Mockus no es diverso del que los llevó a querer a Uribe: ese complejo de inferioridad que, doscientos años después de la Independencia, nos hace seguir eludiendo la responsabilidad de ser autónomos y conscientes; esa desconfianza en nosotros mismos que nos lleva a elegir a quien prometa mandarnos duramente antes que representarnos.

Durante los últimos ocho años, los colombianos que no sucumbieron al síndrome de Estocolmo que generaba Uribe se quejaron sin cesar de que el presidente administrara el país como una finca y arriara a sus ciudadanos con un zurriago como a peones premodernos. Hoy esos mismos colombianos apoyan acríticamente a Mockus, sin darse cuenta de que su talante vaticina que el país será manejado como una escuela y s

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