Escombros

Fernando Vallejo

Fragmento

A la 1 y 14 minutos de la tarde de ese martes siniestro me estaba afeitando cuando empezó el terremoto. David y yo habíamos regresado de Colombia la noche anterior en un vuelo muy accidentado que llegó al amanecer y nos habíamos ido a dormir sin ni siquiera desempacar las maletas. Olivia había llegado en la mañana, Brusca estaba esperando su comida y David seguía dormido. Todo parecía normal, nuestras vidas iban a transcurrir como siempre, en la felicidad, hasta donde cabe la felicidad en esta vida. La felicidad llega sin saludar y se va sin decir agua va, y entonces uno descubre que sí existía. O sea, cuando ya no existe más. Lo que tiene comienzo tiene que tener final. No hay día sin noche ni blanco sin negro. Todo llega, todo pasa, todo se va. Lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. ¿O es que acaso los muertos se dan cuenta de que lo están?

Las sacudidas de la tierra empezaron a aumentar en las escalas de Richter y de Mercalli rumbo al terror como en el gran terremoto de años atrás que por poco no acaba con la Ciudad de México y sus habitantes.

—¡Don Fer, don Fer, está temblando!

Vea pues a esta mujer. Se va a caer el edificio y me dice que está temblando.

—Ya sé, Olivia, ya sé. Suba con Brusca a la azotea mientras voy por el señor al cuarto.

Brusca era nuestra perra, inmensa y con una fuerza que tumbaba muebles y gente por donde pasaba si se le atravesaban. Y el cuarto era el nuestro, el de la izquierda de los tres que el arquitecto que hizo el edificio ubicó en el fondo del apartamento para que los tres miraran extasiados, a través de las copas de los árboles del Parque México en los días claros, allá lejos, los dos volcanes del Popo y el Ixtla, que a lo que parece son amantes. Muy bien ubicados le quedaron los cuartos al arquitecto, con espléndida vista. Lástima que no hubiera construido el edificio en un barrio asentado en tierra firme, de la que descubrió Colón, y no en la colonia Hipódromo Condesa, que está en terreno acuoso, movedizo, incierto. Debajo de nuestro edificio y del barrio estaba in illo tempore, cuando aquí mandaban los aztecas, el lago de Texcoco, que se secó y quedamos montados, sin darnos cuenta, encima de un barrizal. Y dije «aquí» por decir «ahí», pues donde estoy ahora, mientras escribo, no es en la Ciudad de México temblando sino en Medellín, Colombia, que por lo pronto está quieta, con Brusquita a mi lado pero sin David. O mejor dicho también con él porque lo tengo aquí, donde me estoy señalando, en esta bomba de sangre que llaman el corazón. ¿O será más arriba? Y me toco la cabeza. No sé si en el uno o en la otra o si en los dos está. Mucho cuento es que medio sepa dónde estoy. Hoy en Medellín, mañana quién sabe. Nada está firme para el hombre. Dios lo hizo muy movedizo todo.

Estoy pues, como digo, en Medellín, capital de Colombia, tan lejos de México y David, pero adonde vaya llevándolos siempre a los dos adentro, con latidos del corazón y expansión del pecho. ¡Qué odiosos son los recuerdos, no dejan vivir! Yo que inventé el lector de pensamientos y de almas estoy inventando aquí, ante los propios ojos de ustedes, el borrador de recuerdos. Los felicito. Están presenciando un prodigio. Corrí pues al dormitorio a despertar a David pero ya estaba despierto, frotándose los ojos con una calma de 95 años.

—Levántate, por Dios, David, que se va a caer esto.

Se me hace que ya no le importaban a David ni Dios ni esto. Estaba más allá del bien y el mal. Como Nietzsche.

—¡Rápido, rápido, que se están rajando las paredes!

Nada de rápido. Con la calma del santo Job bajó los pies al suelo y se empezó a poner las medias con la desafiante intención de ponerse luego, uno después del otro, los zapatos.

—Zapatos no. Toma estas chanclas.

Que no eran chanclas sino pantuflas y que lo que él quería era zapatos.

Y en tanto hablaba, las cuatro paredes del cuarto iban de aquí para allá, de allá para acá, rajándose y cantando el aria de la locura. Y la infinidad de vírgenes que él tenía colgadas de las paredes —la de Guadalupe, la del Carmen, la del Socorro, la Inmaculada Concepción—, se venían de cabeza contra el suelo. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

—¿Ya no querés vivir, o qué? —le pregunté con el vos antioqueño que se me sale en los momentos difíciles de la vida—. Bueno. Si lo que querés es que te caiga la plancha de la azotea encima, me voy p’arriba, que allá están Olivia y Brusquita, y después ya veré cómo te saco de los escombros.

Vivíamos en el último piso de ese edificio, en el séptimo, sobre el cual está la azotea. Como bien sabía por los terremotos anteriores, teníamos que subir a ella para caer encima del edificio y no al revés, el edificio encima de nosotros. Ya abajo, por nuestro propio pie, podríamos salir a la calle tranquilamente caminando desde el último piso vuelto el primero. En los terremotos un edificio del tamaño del nuestro, o sea, con siete pisos más el de la cochera y el conserje, queda reducido a dos metros de altura. Lo que encierran los departamentos y las casas entre las paredes, el piso y el techo es aire. Cuando uno compra apartamento o casa lo que compra es aire. Cajas de aire que llaman cuartos, comedores, cocinas, salas, baños…

Dos peligros mortales nos acechaban en la azotea: uno, los tinacos, de venenoso asbesto, unos inmensos depósitos de agua que pesaban toneladas, montados sobre nuestras cabezas en una estructura de cemento que habían rajado los años, y sucios a más no poder por décadas de no lavarlos, un hervidero de infusorios pasteurianos. Y dos, el tanque de gas amenazando con explotar. Una sutil fuga de gas subía silenciosa, traicionera, rumbo al cielo de Dios.

—¡Se está cayendo el edificio de enfrente, don Fer! Mire, mire.

—¡Cuál, Olivia, que no veo! Me vine con las gafas de cerca porque no alcancé a cambiármelas por las de lejos. ¿Cuál dice que se está cayendo, el de Ripstein?

—No, el de la derecha, el de la esquina.

Nos agarrábamos del alambre de gallinero que cercaba los tendederos de ropa para que el terremoto no nos tumbara, reteniendo yo a Brusca por la correa del cuello no se me fuera a zafar y echara a correr despavorida y por sobre los muros de la azotea, que eran muy bajos, se me fuera al abismo.

—¡Auxilio, auxilio, que me están matando! —gritaba la Ciudad de México aterrorizada.

Los edificios se desplomaban y al dar contra el suelo levantaban unos polvaderones tremendos. El pandemónium. Yo no alcanzaba a ver lo que pasaba pero Olivia me iba informando. A través de las copas de los árboles del camellón de la Avenida Ámsterdam ella veía los pisos superiores de los edificios de la acera de enfrente desapareciendo de su vista, haciendo mutis hacia abajo para levantar, al llegar a tierra firme, su correspondiente polvaderón, que subía hasta nosotros y nos entraba por las narices. ¡Puuum! Segundo edificio colapsado en la acera de enfrente y Olivia anunciándomelo:

—¡Se cayó el del señor Ripstein, don Fer!

¡Qué se iba a caer, pura histeria de mujer! Las mujeres son alharacosas y dañinas, se hacen preñar para tener hijos que tarde que temprano se mueren y se los comen los gusanos, las llamas o los peces, según sea que los entierren, los cremen o caigan en aguas de río, lago o mar. Nada de lo cual me entusiasma. En fin, el edificio de Ripstein no cayó, resistió. El que sí se fue al suelo fue el de su izquierda, tal y como se había ido segundos antes el de su derecha. De esta suerte el cineasta Ripstein quedó sin vecinos a lado y lado, entre dos vacíos. ¡Qué afortunado! Mientras menos vecinos menos enemigos. A medida que crecemos y empezamos a abrirnos caminos de subsistencia, nos vamos llenando de enemigos y de discrepantes. De los unos, en los años que tengo me he conseguido decenas; y de los otros miles. Millares de discrepantes es algo en la vida, ¿o no? Quiere decir que uno sí existe.

Por lo pronto en estas noches de bruma mi barrio de Laureles se me está llenando de desechables, que en Colombia se dan en dos tipos: zombis y fantasmas. Los zombis no dejan dormir con sus tambores africanos, y si uno sale de noche a la calle a pedirles que paren, se lo comen porque están muertos de hambre. Y los fantasmas, en su condición de inconsútiles, atraviesan los muros de las casas ajenas a ver qué hay, y al irse dejan jirones pegados de las paredes como telarañas. ¡Qué peste! No sé por qué no interviene el alcalde Quintero. Este taimado es un ambicioso dañino. Por ponerse a votar por él de ociosa, mi ciudad cayó en las manos de la ineptitud más perniciosa que haya brillado bajo el sol por estas latitudes. No sé si toda Colombia está en el mismo caso, y a lo mejor el mundo. Si sí, allá ellos. Y si no, también, que se jodan.

De noche no se ve y de día la bruma permanente que causan los incendios de los bosques me limita mucho el horizonte. Voy lento y alcanzo a distinguir a dos metros. Lo suficiente para no caer con Brusca en el hueco sin tapa de una alcantarilla municipal. Como las tapas son de hierro… Y como el hierro lo persiguen los reducidores… Les compran las tapas a los desechables, que son los que se las roban. Si usted quiere invertir, compre hierro. Oro no. El oro hoy no sirve ni para hacer empastes de dientes. Por reducidores aquí entendemos los revendedores de cosas robadas. ¿Pero quedarán todavía reducidores? ¿No habrá acabado con ellos la peste? Sabrá Dios, que lo ve todo. Yo aquí sin Internet no sé nada. ¡No ser yo presidente de Colombia para fusilar al alcalde, a los reducidores y a los desechables, y acabar de una vez por todas con estas fantasmagorías y sinvergüencerías!

Vuelvo a Ripstein, mi vecino cineasta de la acera de enfrente. Está al otro lado del camellón y a la misma altura nuestra pues también ocupa el último piso de su edificio. Como quien dice vive a tiro de piedra. Pues desde su privilegiada atalaya nos ve y nos filma con una cámara digital de última generación montada en un trípode, y que echa a andar para que grabe de día y de noche, sin cesar, con la esperanza de captar algún día, en la sala nuestra, una orgía interesante que le gane la Palma de Oro del Festival de Cannes. ¡Y a mí en qué me afecta! Que grabe o filme lo que se le antoje. ¡Que enfoque bien su teleobjetivo, se gane la palma esa y sea feliz!

Ahora estoy sin agua, sin luz, sin Internet, sin teléfono ni control mental, aislado del resto de Medellín y el mundo. ¿Qué habrá pasado allá afuera? ¿Seguirá aterrorizando a la humanidad la tremebunda peste de la deshonestidad y el miedo que se ha apoderado de ella? ¿O habrá estallado por fin la guerra nuclear que acabe con todas nuestras desdichas? Si estalló, pues entonces Laureles quedó como una isla en medio de un planeta calcinado, en cenizas. Mejor no volver a salir más con Brusca por las calles, no sea que también esté ardiendo el pavimento y se queme las patas. Los perros no usan zapatos. ¡Cómo la pongo a caminar por sobre brasas!

¡Qué suerte la mía, qué final más siniestro, huele a podrido! De entrada, dos terremotos en México; de plato fuerte, la muerte de David; y ahora este ruido incesante y estas miasmas pestilentes que se me meten por la nariz y me envenenan el alma. ¿Qué más me deparará la Muerte, mi señora? ¿Vendrá por fin por mí y por mi perra? ¡Cómo pretendo que venga, si está ocupada afuera matando y matando con guadaña, con azadón, con metralla, con lo que pueda, metiendo en cintura a este país de zánganos que viven de fiesta en fiesta y de puente en puente! ¡Qué dura es la vida! ¡Pero qué larga puede ser la eternidad, con uno al garete por el espacio infinito! Decía mi mamá cuando se le moría un hijo: «Bendito sea Dios que descansó». Y los que quedábamos le preguntábamos: «¿Quién descansó de quién, mami? ¿Nosotros de Dios, o Él de nosotros?» Veinte hijos tuvo esta loca, de los que solo alcanzó a enterrar quince. Cinco se le escaparon. Uno de los escapados parece que ya está también a un paso del descanso, yo. Porque tengo a Brusca, si no… Me pegaría un tiro en el cuentasegundos y problema resuelto.

El edificio de Ripstein quedó en pie, lo cual constaté al día siguiente cuando bajé con Brusca a pasearla. De lejos, para no estorbar en el rescate, veía lo que ocurría en la acera de Ripstein: un gentío de buenos ciudadanos se congregaba frente a los edificios caídos, rescatistas ad hoc que se iban integrando a las filas de los que sacaban los escombros y se los iban pasando de mano en mano, ladrillo por ladrillo, piedra por piedra, en busca de los sobrevivientes y los muertos. Y los perros rescatistas olfateando, escarbando con las patas, guiándolos. «¿Y el señor Ripstein?», pregunté. Que estaba bien, me contestaron. Que lo habían bajado los bomberos de su departamento con una grúa. Había quedado en vernos en el borde superior de su edificio. ¡Se salvó! La gravedad no discrimina, es justiciera, no distingue entre hombre y piedra. Pero permítanme volver atrás para retomar el relato donde lo dejé que todavía no he acabado con el terremoto. Se sigue moviendo la tierra.

—Ya, ya, ya. Para, para. Fue suficiente. ¿No te bastó minuto y medio?

No bien se aquietó la maldita tierra bajé dando tropezones por la escalera despedazada, dejando a Olivia y a Brusca en la azotea. La puerta del departamento seguía abierta, tal como la dejé. Y menos mal porque se me habían quedado las llaves adentro. Entré. Ya sé por fin lo que va a ser el fin del mundo, en ese instante tuve una visión profética: ¡el Armagedón! Una fina lluvia de yeso llovía del techo. El candil veneciano seguía oscilando, oscilando, pero cada vez menos y menos hasta que cayó, atomizándose en el suelo en una fiesta de reflejos policromos de esquirlas vidriosas. El cuadro victoriano de los patos de dos o tres metros, y que habríamos podido vender por otros tantos millones asegurando el sustento de nuestra vejez, desprendido de un lado y colgando del otro como un Cristo desbalanceado con un brazo arriba y otro abajo. Y lo peor: clavado en el puro centro por la lanza de un hierro brotado de la pared. El tapiz de los muros, rasgado. Sillas quebradas, santos desmembrados, sillones despanzurrados, mesas patasarribiadas, muros rajados, techos resquebrajados, estatuas derrumbadas… La esplendorosa talla colonial de San Miguel Arcángel con el demonio, decapitada. La cabeza del arcángel fue a dar a la mano del demonio, que gracias al terremoto la cachó como un balón. Otra talla colonial, un San Antonio de no sé qué, creo que de Padua, quedó recostado contra una pared, con la cabeza en su lugar pero sin un brazo. Los ceniceros de la mesita de centro que David había ido juntando durante una vida y que Olivia sacudía uno por uno a diario y los ordenaba gastando una hora de su precioso tiempo, empolvados y en plena dispersión. Mi Steinway de Hamburgo (mejor que los de Nueva York y muchísimo más caro), a un paso de irse por el ventanal de la sala como se había ido el otro en el otro terremoto. Y el piano cuadrilongo de los tiempos de Chopin que David usaba como mesa de exhibición para su colección de fotos dedicadas a él por los grandes artistas con los que había trabajado, vuelto un caos de portarretratos destrozados. Tal el fin de las estrellas y las vanidades humanas. Y sobre nuestras alfombras persas, que por lo visto no resultaron voladoras, un vidrierío de terror: copas de bacará, porcelana de Limoges, caballos de arcilla de la dinastía Ming, un vaso Fortuny de antes del Renacimiento, bodegones, jarrones, etcétera, etcétera, todo en el suelo. Una vida entera en astillas, en añicos, en pedacitos, la de David, y arrastrada por la suya la mía. De no creer. Mis ojos que tanto han visto se me salían de las órbitas tratando de abarcar la magnitud del desastre. Astillas y más astillas, añicos y más añicos cubriendo el piso y punzándome con alfilerazos el alma. Hasta bonito se veía el vidrierío donde le daba luz, por las chispas multicolores que despedía. Y el Antinoo de mármol de Carrara, que después de resistir dos milenios sin un desperfecto ni en un dedito de un pie, ¡en pedazos! Pedazos de una belleza marmórea que tanto me excitaba, y mucho más limpia que el modelo real. Los bitinios del año 100 poco más se bañaban.

—Quietas ahí, no se muevan —les dije a Olivia y a Brusca deteniéndolas con la mano en el umbral de la puerta.

Acababan de bajar de la azotea y miraban el desastre con ojos desconcertados. Y luego me miraban a mí como preguntándome: ¿Qué opina de esto, usted que es el que sabe?

—Si la perrita da un paso más —le dije a Olivia—, se corta las patas y se nos desangra. Mire cómo está eso. Voy por una escoba y el recogedor para abrirles camino.

Y avanzando sobre una alfombra cubierta de añicos, que bajo mis zapatos iban diciendo «craaac, craaac, craaac», tomé hacia el cuarto de la lavadora pasando por la cocina, convertida esta en un caos pegajoso, empalagoso, de botellas quebradas con el contenido regado en el piso: aceite, vinagre, miel, gaseosas, mermelada, y el conjunto condimentado con pimienta, sal, azúcar, yerbas de olor, chile en polvo y su buen chorro de salsa inglesa de soya. Mis zapatos, tachonados de añicos, a cada paso mío tenían que luchar por desprenderse del piso pringoso, al que se quedaban pegados en virtud de las fuerzas electrostáticas de la naturaleza. Por el corredorcito exterior llegué al cuarto de servicio donde entre bolsas de detergente regado y pedazos de techo y muros que habían caído sobre el piso y la lavadora encontré la escoba y el recogedor de basura. Con ellos volví a la sala.

—Voy al cuarto por el señor, a ver si me dejan pasar los muebles caídos. Me esperan ustedes dos ahí quietecitas, no se muevan.

Y tomé por el pasillo hacia el cuarto nuestro con el corazón dando tumbos y rogándole al Señor que encontrara bien a David. Lo encontré como lo dejé, sentado en la cama, abrumado por el desastre y los años, con la mirada perdida en el vacío. Entendí en ese instante que nuestras vidas estaban terminadas y que lo que siguiera para mí salía sobrando.

En los rincones de la recámara fui amontonando las astillas y los añicos del espejo y de los vidrios de los cuadros que se habían desprendido de las paredes (exvotos, vírgenes y santos), y cuando el piso quedó despejado volví a la sala por Brusca.

Hoy amaneció Laureles con las calles vacías. Salí a pasear a Brusca y no me crucé con nadie. Del balcón de un edificio se asomó un viejo un instante. Un espectro apareció en la esquina de mi calle con la Avenida Nutibara, con la nariz y la boca cubiertas por un tapabocas. ¿Y por qué no se tapaba también los ojos con un tapaojos, no fuera que la peste le entrara por ahí? Han pasado dos años de mi regreso de México a Colombia y no consigo quitarme un instante de la cabeza el terremoto y la muerte de David. Siento que me van a perseguir hasta la mía. «Crac, crac, crac» decían mis zapatos cuando pasaba sobre los añicos que tapizaban las alfombras del departamento. Me recuerdo abriendo un camino con la escoba para poderme mover. Por ese primer camino llegué al cuarto y vi a David sentado en la cama, como conté, perdido en la nada, sin remedio.

—Me voy —me dijo Olivia cuando volví a la sala—. Mi celular no funciona y no sé qué pasó con mis hijos. Recoja agua en la bañera por si la cortan, don Fer. Adiós.

—Baje rápido por la escalera no le vaya a caer encima el edificio por una réplica —le recomendé—. Y timbre por el interfón al salir para yo saber que llegó.

No timbró. No había interfón. No funcionaba. Nada volvió a funcionar. Ni en México, ni en Colombia, ni en el mundo, ni en mi cabeza. Nunca más. El daño que me hizo Dios sin irle ni venirle fue «irreparable» como se dice rápido. Nervio que se corte, nervio que se jode. Y si usted apaga un cerebro desconectándolo del todo, no lo volverá a reconectar nadie jamás, así lo intenten desde este instante en que le estoy hablando hasta el fin de la eternidad.

Lo de recoger agua en la bañera se lo había enseñado yo. «Cada vez que tiemble —le encargaba— recoja agua en la bañera por si la cortan». Incluso almacené durante un buen tiempo agua en unos tinacos enormes en el cuarto de la lavadora por si estallaba la guerra nuclear: se me fueron llenando en el fondo de lodo y de pasteurianos infusorios. La vida insiste en seguir y seguir y se aferra hasta a las piedras. Todo lo coloniza. De una roca brota una hierbita. Quiere apoderarse de todo el Universo. He ahí la última razón, la causa causarum de nuestras infinitas desventuras y desdichas: la reproducción. En la maldita proliferación de esta horda de insistentes que se siguen propagando a costa de la materia inocente radica el Mal. Astro sin vida, astro que no sufre. Los agujeros negros se la pasan muy bien tragando estrellas, y ellas dejándose tragar. No sufren. Ni los tragones ni las tragadas. De todos modos no puedo hacer nada para impedir el engullimiento, varado como estoy en el planeta Tierra. Resumiendo y para que quede claro: soy un defensor acérrimo de los derechos de la materia. Vida equivale a dolor y a muerte. No más vida, no más dolor, no más muerte, dejen a la materia en paz, paren esta joda, no la vivifiquen.

Le puse el tapón al desagüe de la bañera y abrí la llave. Preciso, no había agua. Dos miserables gotas pantanosas se escurrieron y después silencio absoluto del vital líquido. Prendí el foco a ver si había luz y lo mismo, habían cortado el vital fluido. Cada vez que temblaba, la Compañía de Luz y Fuerza del Centro cortaba la electricidad para evitar incendios. ¡Incendios los que se iban a desatar cuando empezara a prender velas esta población conectada al Global Positioning System pero sin educación velífera! El hombre de hoy no sabe de velas, ignora lo peligrosas que son. En este campo es un analfabeto. Vela prendida, con vientecito que sople quema casa. Y casa que arde sigue con otra y esta con otra y esta con otra hasta que haciendo de la unión la fuerza queman la ciudad entera. Ya me imaginaba los titulares de la prensa mexicana del día siguiente, miércoles, saliéndose de la página impresa entre llamas rojas como las de los cromos del purgatorio o del infierno: «Arde México después de terremoto». ¡Periodistas idiotas! Durante un verano en que nos calcinábamos, otro de estos titulares estúpidos clamaba al cielo: «¡Nos morimos de calor!»

Como para Olivia lo primero eran sus hijos, y como tampoco quería volver al edificio por el terror que le producían temblores y terremotos, nos abandonó después de veinte años de estar con nosotros en medio de sacudidas de la tierra. Ni adiós nos pudo decir porque no sonó el interfón, ni volvió a sonar nunca más, como tampoco volvió a repicar con su alegre rinrín el teléfono. Dos viejos con sus huesudos pies a un paso de la tumba quedaron en el de-samparo, acompañados por una perra voluntariosa en un edificio en ruinas. Tramos de escalera fracturados, muros agrietados, columnas rajadas, vigas cuarteadas, vidrios quebrados, sin agua, ni luz, ni ascensor, ni portero, ni Internet, ni teléfono, pero sin «condóminos», como llaman en México a los copropietarios de los «condominios», estos hervideros de odios y mezquindades de la propiedad horizontal en los que se hacina hoy el género humano. Los humanos no nacimos para vivir en sociedad. Cuando Dios hizo en el paraíso a nuestros primeros progenitores ni se imaginaba lo que le iban a resultar sus criaturitas: unas bestiezuelas proliferantes de una lujuria irrefrenable y con una marcada tendencia sexual al hacinamiento y a la creciente maldad. Y con esta manía de comer y comer y destruir y destruir y devastar y devastar estamos convirtiendo al planeta azul en un yermo.

Cuando se soltó el terremoto brillaba el sol en su vasta bóveda celeste, pero previsor como soy por el ejemplo que me dio mi mamá en mi torrentosa infancia, previendo la oscuridad de la noche volví a la cocina en busca de velas. ¡Qué endemoniado escombrero! El pesado armario michoacano de madera que subía de piso a techo adosado a la pared, se desprendió de la pared y del techo se vino al suelo aunque sin alcanzar a llegar porque lo detuvo la mesa accesoria de centro volviéndola un rebotadero de frascos y botellas que iban a dar contra los vidrios de las ventanas que daban al parque. Al Parque México. Sobre el cual llovió una preciosa lluvia de cristales translúcidos. Un happening de artista. Tazas, sartenes, ollas, platos, vasos, cubiertos, saleros, aceiteros, vinagreras, azucareras, todo en el piso por aquí y po

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos