Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo [...]. Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas transversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos. No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta?
JORGE LUIS BORGES,
La escritura del dios
Cuando vengas a nuestra tierra,
descansarás bajo la sombra de nuestro respeto.
Cuando vengas a nuestra tierra,
escucharás nuestra voz,
también, en los sonidos del anciano monte.
Si llegas a nuestra tierra con tu vida desnuda
seremos un poco más felices...
y buscaremos agua para esta sed de vida, interminable.
VITO APÜSHANA,
Woumain (Nuestra tierra)
Amanece y es domingo. Quizá jueves. Da igual. De ahora en adelante los días empezarán a acumularse sin medida, lo cual no significa nada porque si algo tiene este lugar es que los días son insoportablemente parecidos unos a otros. Nadie conoce el orden de los meses del año. Nadie sabe el día exacto de su nacimiento. Nadie recuerda con precisión la última vez que cayó agua del cielo. De hecho, cuando Lila pregunte: «¿Hace cuánto que no llueve?», los nativos le responderán: «Desde el último rugido del jaguar». Así entenderá que, en un lugar donde el tiempo se mide con sucesos, la última vez de la lluvia puede ser el más extraordinario de todos, a no ser que vuele el manglar y un cardumen de peces blancos sea arrastrado por las olas. O que llueva al revés después de que el felino ruja tres veces a una distancia demasiado corta para emprender la huida y demasiado larga para descifrar el mensaje oculto en las rosetas de su pelaje. Tal vez sea domingo y no ocurra nada de eso. O jueves, qué más da. Por ahora, amanece en un día cualquiera y merodean una, dos, tres moscas. Son molestas y sin embargo serán la menor de las molestias de Lila, pero ella aún no lo sabe. Lila no es una flor, es una mujer con nombre de flor, pese a no tener pétalos ni espinas ni raíces. A veces huele a abril. A veces a perfume caro. Hoy no es una de esas veces. Lo único importante ahora es que la mujer con nombre de flor se acuerde adónde amaneció y cómo llegó hasta allá y cuál fue la razón que la obligó a refundirse en aquel lugar recóndito en donde el tiempo se mide con sucesos extraordinarios, porque existe una razón, aunque ella se empeñe en esconderla.
El zumbido de las moscas aumenta su intensidad. Cuatro moscas, cinco moscas, seis moscas. Anoche había sangre en la mano de Miguel. Ya está coagulada y, aun así, las moscas la sobrevuelan como si fuera un manjar. Tiene visos morados y verdosos que recuerdan a las auroras boreales, Lila las vio el otro día en la televisión. ¿Adónde está Lila y por qué hay sangre y auroras boreales? Sigue demasiado dormida para recordarlo. De anoche solo tiene algunos chispazos que aún no logran materializarse en recuerdos: una cama, cuatro piernas corriendo hacia un colchón desconocido, plagado de ácaros, polvo y mal de tierra; dos viajeros cansados y sudorosos intentando no rozarse entre sí para no generar más calor, para no provocar un incendio en aquella cabaña en medio de ninguna parte. Lila estaba cansada. Miguel estaba herido. Si estuvieran en la ciudad y fuera jueves, nada de lo anterior sería grave, pero la ciudad y el tiempo eran eso que habían dejado atrás hacía muchos kilómetros.
A la medianoche, quizá un poco antes o después, Lila sintió unas patitas rasguñando la madera, merodeando por el borde de la cama. Imposible saber si fueron parte de un sueño o no. Eso es lo malo de dormir por primera vez en un lugar al que nunca antes se ha ido. No se conocen los sonidos. No se sabe quién pisa el mismo suelo, quién surca el mismo aire, quién habita el techo de hojas entrelazadas, quién se mete en los sueños. Chicharras, gruñidos, zancudos, un vasto coro de aullidos retumbando en el bosque. Miguel se rascaba. Lila se rascaba. Tres veces el currucutú, el crujir de hojas secas.
Al fondo cantan los gallos. El día se impone con un brillo tan intenso que no parece de este mundo porque no es de este mundo. Sin paredes que impidan su avance, la luz natural enciende los rincones y las grietas, se filtra por los huecos del techo y dibuja trazos luminosos sobre la superficie de la madera. Las moscas. Son las malditas moscas las que sacan a Lila del sueño profundo y aún somnolienta piensa en las patitas rasguñando. Es posible que también le rozaran la cara. Se la toca suavemente con los dedos como asegurándose de que todo esté en el mismo lugar de siempre. Recuerda los aullidos y la piel se le llena de espinas.
Intenta despertar por completo. No puede. Su propio cuerpo no le obedece. La cabeza es de piedra, al igual que los pies y las manos. Consigue moverlas de nuevo en cámara lenta debido a la necesidad imperiosa de rascarse una roncha. Ya se acostumbrará al clima caliente en donde todo es lento: el despertar, los pensamientos, la vida en general. También se acostumbrará a las ronchas. La rapidez está sobrevalorada. Las ronchas están subvaloradas. Malaria. Fiebre amarilla. Dengue hemorrágico. Zika. Paludismo. Se hubiera hecho vacunar, piensa. Los hubiera no existen, vuelve a pensar. Llegará el día en que erradique la palabra afán de su vocabulario. Las enfermedades tropicales, en cambio, no las erradica nadie.
El ambiente es tan húmedo que da la sensación de poderse agarrar con ambas manos y escurrir como si fuera un trapo mojado. Húmedo el pelo. Húmedas las sábanas. Húmedo el techo de palma. Debería empezar a acostumbrarse. Si algo la espera de ahí en adelante es una humedad persistente y opresiva. Al amanecer, las gotas de agua condensada tienden a acumularse en la punta de las hojas. Redondas, transparentes, calladas. Será cuestión de meses para que la sed la obligue a contemplarlas con el mismo interés con el que contemplará al ángel sin alas o al último jaguar del bosque. Sed. Hoy amaneció con sed. La diferencia es que acaba de llegar a un lugar sin tiempo y sin lluvia. Además, tiene botellones de agua dentro del carro. Tener agua: eso es muy importante. Más importante que la sangre en la mano de Miguel. Más importante que la razón por la cual se fue a esconder allá. Más importante que los aullidos y las moscas. Más importante que saber si es domingo o jueves.
Siete moscas, ocho moscas, nueve moscas. Lila permanece en un lugar intermedio llamado duermevela. Muy dormida para considerarse despierta. Muy despierta para considerarse dormida. Duer-me-ve-la, pronuncia la palabra en la mente, mueve los labios sin emitir ningún sonido, la boca se le queda entreabierta. La cierra de forma instintiva cuando el zumbido de las moscas se alborota. Sella los labios formando una línea recta, parecen vigas de cemento, no sea que alguna mosca le aterrice en la lengua. Justo después ocurre lo de la cachetada. Antes fue la mosca en la mejilla, antes fueron las preguntas sin respuesta. Abre los ojos y ve la mosca en la palma de su propia mano, aplastada como la antesala de un presagio. Esa manía de creer que todo son presagios, y eso que todavía no ha conocido a la bruja que habrá de lanzarle el primero: «El agua es el principio y el fin», sentenciará Encarnación mientras un punto de fuego se le enciende dentro de la boca.
Por un instante deja de oír los zumbidos, cómo va a oírlos, si de repente se impone otro sonido más fuerte. Más fuerte que el ronquido de Miguel. Mucho más fuerte que el sonido de sus propias uñas rascándose las ronchas. Olvida todo lo demás y se concentra en el rumor del oleaje. Lo oirá todos los días y todas las noches. Lo oirá tanto que dejará de oírlo. Eso es lo que pasa cuando uno se va a vivir al mar. Primero hay que acostumbrarse al sonido, hasta que llega el día en que no lo oye más y entonces el esfuerzo es por traerlo de vuelta.
Siente la brisa, los labios agrietados, la arena, el regusto a sal en la boca. Está desnuda y no propiamente por haber tenido una noche romántica con ese otro cuerpo desnudo que yace a su lado. Lo conoce como a nadie y, sin embargo, en esa cama ajena, parece un completo desconocido. El pelo engrasado por el sudor, un salpullido terrible en la espalda, los brazos y la cara repletos de ronchas, la mano con rastros de sangre y de auroras boreales, las plantas de los pies con partículas de arena que no alcanzó a sacudirse antes de que lo tumbara el cansancio. Lo mira tres veces para comprobar que sí sea Miguel. Una vez. Dos veces. Tres veces. Es Miguel.
Consigue ponerse de pie y dar algunos pasos. Hay algo en el ambiente que le impide despertarse del todo. Algo que no sabe qué es. Puede ser la falta de costumbre al silencio. Puede ser el aliento del diablo. Puede ser la intensidad de la luz. Puede ser el rumor del oleaje. Algo que le enmaraña los pensamientos. No consigue distinguir la realidad de la imaginación ni la imaginación de los sueños. Han cambiado muchas cosas en muy poco tiempo y aún debe procesarlas en algún lugar de su cabeza. Camina en puntillas, necesita asomarse al balcón: deja caer un pie y la madera chirría, deja caer el otro y sigue chirriando. El avance es como una canción desafinada. La cabaña se mueve con cada uno de sus pasos. Las columnas son troncos gordos y retorcidos en cuyas vetas se adivina la antigüedad de la madera. Carece de ventanas, de ladrillos, de puertas, de paredes. Nada de eso importa porque tiene un techo que canta. Se detiene un rato, mira hacia arriba y se queda escuchando aquel arrullo transportado de pico en pico desde tiempos inmemoriales. La canción de los pájaros es la más antigua y la más dulce del mundo.
El techo se compone de una hoja de palma, entrelazada con otra hoja de palma, entrelazada con otra hoja de palma, entrelazada con otra más. Y así quién sabe cuántas veces. Imagina que debe haber muchas palmeras por allí, muchas manos hábiles y mucho tiempo para entrelazar: techos, redes de pesca, trenzas, cuerpos, líneas de la mano, en fin, todo aquello que sea entrelazable. Se detiene a medio camino y mira todo de nuevo con la intensidad con la que se miran las cosas por primera vez. Necesita entender cómo algo tan sencillo puede albergar tanta belleza. Se asoma hacia abajo y comprueba que todo es arena. Al frente, inmenso, está el mar. Se pone a mirarlo preguntándose si acaso él también está mirándola a ella.
Un viento cálido le revuelca el pelo. Recuerda que está desnuda y se siente tan a gusto que no hace nada por remediarlo. No son ni las siete y ya duele mirar las cosas. La luminosidad le impide abrir los ojos por completo: los achina, hace visera con la mano. A veces los cierra solo para comprobar que la luz permanece anclada en sus párpados como una franja amarilla y brillante. Moscas. Dentro de sus párpados también hay moscas. Estas son blancuzcas, translúcidas y calladas. Cuando los abre de nuevo ve a Lluvia escarbando la arena en busca de grillos y hormigas. Alguien la amarró a un árbol sujetándola por la pata y, aun así, la gallina sigue andando en círculos sin percatarse de que no avanza. Tan fácil moverse sin avanzar. Tan difícil darse cuenta de ello. Se contiene el pelo tras las orejas y mira hacia ambos lados. Mira hacia arriba y hacia abajo. Mira al mar que tiene por delante y al bosque tropical seco que tiene por detrás. Dos bestias acechándola. La inundación y la sequía. La sal y la madera. Lila en todo el borde preguntándose cuál es el borde, quién limita con quién.
Intenta recordar cuándo fue la última vez que pisó un sitio tan inhóspito. No hay huellas en la arena. No se ven siluetas en el mar. No se oyen voces murmurando cosas. No hay avisos. No hay casas. No hay caminos. No hay agua dulce. No hay gente, ¿dónde está la gente? Ahora temprano todo parece nuevo, listo para estrenarse, como si hubiera sido creado apenas la noche anterior. Cuando se encumbre el sol tendrá que superar el marasmo de la hora sin sombra y sobrevivir a otro día que en nada se diferenciará del anterior, ni del siguiente, ni del siguiente del siguiente. Una bandada de pelícanos sobrevuela el cielo formando una V casi simétrica. Los pelícanos siempre le recuerdan a Miguel y sus planes de descifrar los misterios de la alineación perfecta. Falla en el intento de contarlos. Creía ser buena en eso. Se lo decía a diario su jefe en la entidad financiera para la que trabajaba, pero una cosa es contar dinero y otra cosa es contar pelícanos. Los observa con la mirada fija. Mientras más lejos avanzan, más disminuyen de tamaño. Al final terminan desapareciendo. Avanzar hasta desaparecer es una fórmula demasiado conocida para ella.
Asomada al balcón comprende que posee una nueva vida a la cual deberá empezar a acostumbrarse. Arrancar de cero, abrirle una grieta al tiempo. Es la nueva habitante de la última frontera, de la parte borrosa de un mapa que no existe, de un puerto al que pocos saben llegar y del que nadie sabe irse. El aire huele a sal, lo respira por primera vez como si fuera una criatura recién salida del vientre. Le inunda los pulmones, le oxigena el cerebro, le insufla vida. Sus pensamientos antes vagos se concretan en algo parecido a la certeza. Los recuerdos se disparan como ráfagas. Amaneció en Puerto Arturo. Cometió un delito. Es una fugitiva. Miguel se enterró una astilla en la mano. Están esperando a una zahorí con un péndulo que los va a salvar de la sed.
Alza la mirada y se encuentra con el mar. Se queda observándolo un rato, perdida en medio de tanto azul y tanta belleza. Si el borde del mar es el bosque y el borde del bosque es el mar, ella está asentada en algún lugar ambiguo entre ambos. Al fondo zumban las olas y las moscas y Lila se queda oyéndolas con la misma sensación de inquietud que se instala en una parte imprecisa de su cuerpo cada vez que intuye que algo va a pasar.
El péndulo, fue el péndulo el que originó todo. Un pedazo de metal suspendido por una cuerda que se toma entre los dedos índice y pulgar. No oscila en todos los lugares ni en todas las manos. Hay que agarrarlo con suficiente firmeza para que la oscilación no se confunda con el temblor de la mano que lo sujeta y, al mismo tiempo, con suficiente libertad para que pueda moverse a su antojo, indicando la radiación magnética de las aguas subterráneas. Sobre todo, hay que tener consciencia acerca de lo que se está buscando. Ponerle una intención concreta que no se confunda con las demás intenciones de los seres humanos. Un péndulo puede ser sumamente poderoso o sumamente inocuo, según la mano que lo sostenga y la intención que lo convoque.
Viéndolo en perspectiva, quizá no fue el péndulo el que desencadenó los acontecimientos que iban a ocurrir, sino la mano que lo sujetaba el día en que Miguel la vio por primera vez en la televisión. A través de la pantalla titilante, sus ojos recorrieron el constante ondear del metal: a un lado y al otro, a un lado y al otro, a un lado y al otro, hasta sumergirlo, casi sin darse cuenta, en un trance hipnótico, un trastorno obsesivo que lo llevaría a buscar a la zahorí aun por encima de todas las señales de alerta para que no lo hiciera. Quizá sería mejor decir que no, que no fue la mano sino el conjunto entero, aunque tampoco era gran cosa: poco más de un metro y medio de humanidad, cubierto por una túnica desteñida bajo la cual permanecían ocultas un par de piernas cortas, huesudas, llenas de manchas, costras y cicatrices como las de una niña sin adultos que vigilen sus caídas y, menos aún, se tomen el trabajo de curarlas. Los pies anchos estaban bruscamente recogidos en unas chanclas viejas de tres puntas por las cuales se asomaban unos dedos de uñas sucias y retorcidas como si fueran garras.
La piel, engrosada por años de sol y viento, no era ni blanca ni negra, sino de un color parecido a la arena, quizá por tanto andar entre ella. Su tono no era parejo. Todo lo contrario. Los colores se distribuían caprichosamente en manchas de bordes definidos que se asomaban por el cuello, los brazos y las piernas. El pelo era tan oscuro, tan liso y tan brillante que daban ganas de tocarlo. Lo mantenía recogido en una cola que casi nunca se cortaba y, por lo tanto, le rozaba la cadera al caminar. Esa, a grandes rasgos, era la mujer que tenía un don, que tenía una mano, que tenía un péndulo con el que buscaba aguas subterráneas. Había aprendido el método zahorí de su abuela, quien, a su vez, lo aprendió de su madre y esta de la suya. Se llamaba Antigua Padilla.
Nadie supo cuándo nació ni cómo fue a parar a esa caja vacía de cebollas que alguien dejó abandonada bajo la luz roja, en aquel callejón sin salida en donde el viento se empeñaba en formar remolinos de polvo y basura. El apellido Padilla, el péndulo y el machete fueron las únicas tres cosas que le había regalado su supuesta abuela cuando fue a buscarla, más por necesidad que por cariño. Todo eso lo supo Miguel a través del reportaje en la televisión.
Los ojos de Antigua reflejaban la oscuridad de todas las noches, la quietud de los felinos antes de atacar a sus presas, la sabiduría que otorga el haber pisado este mundo desde siempre y para siempre. Tenían el dejo de gravedad que solo poseen las miradas que habrán de enfrentarse, cara a cara, con la fatalidad. Miguel los recordaría incluso mucho tiempo después de los extraños sucesos que iban a ocurrir cuando su vida se cruzara con la de ella. Tomó el control del televisor y oprimió el botón de pausa para poder mirarlos con más detalle: eran negros, como un abismo sin fondo, daban la sensación de ser capaces de adivinar el pasado y el futuro, de tener respuestas a todas las preguntas. Unas veces atravesaban las superficies de las cosas con una mezcla de desinterés e indiferencia. Otras, en cambio, se encallaban en la piel como la mordida de un felino cuando intenta destrozar a su presa antes de devorarla.
El periodista contó en el reportaje de televisión que Antigua no era una mujer común y corriente sino una leyenda. Diversas voces confirmaron dicha afirmación ante el micrófono. Unos aseguraron que los ojos de Antigua, donde fuera que se posaran, hacían brotar sangre de manera espontánea sin que mediara una herida abierta. Otros, que había sido poseída por el espíritu de su abuela. No faltó el que la acusó de mujerzuela y de borracha. Las manchas en la piel se las atribuyeron a una maldición heredada, a su espíritu nahual emparentado con los jaguares o a un conjuro mal ejecutado por su madre, que, según las malas lenguas, hacía pactos con el maligno. Alguien más, con la voz susurrante de quien revela un secreto, contó que Antigua en realidad era un hombre. Lo cierto es que nadie parecía ponerse de acuerdo acerca de si lo mejor era tenerle miedo, respeto o pena.
Por el reportaje, Miguel se enteró de la existencia de aquel lugar desértico en donde vivía la buscadora de agua. Quedaba lejísimos del cómodo sillón de cuero en el que estaba sentado. Incapaz de despegarse de la pantalla, puso un interés poco usual en las palabras del reportero:
«Hasta aquí solo llega el viento a agitar la arena, pulir la roca, resecar la piel y la garganta. Cuando la península empezó a volverse un desierto la gente comenzó a llamarla La Seca. Los años son tan insoportablemente parecidos unos a otros que sus habitantes dejaron de tomarse el trabajo de marcar fechas en el calendario y entonces no pueden ponerse de acuerdo acerca de cuándo los paisajes comenzaron a cambiar. Parecen estatuas de tanto acumular capas de polvo sobre sudor y sudor sobre salitre, solo para volver a acumular de nuevo más polvo, más sudor y más salitre. Las condiciones se han vuelto tan difíciles que hasta los traficantes de droga han dejado de operar desde esta punta olvidada del país. —Hizo una pausa, luego tomó aire y siguió hablando—: Antes, cuando llovía, al menos podían partir el año en dos: la temporada de lluvia y la temporada de sequía. Ahora todo luce igual, todo está árido y seco, cubierto con el mismo polvo omnipresente que el viento no se cansa de llevar de un lugar a otro. Los colores desaparecieron. Solo quedó el azul-cielo, el rojo-sangre, el negro-noche, el amarillo-fuego y el café-todaslascosas. El suelo es café, el viento es café, la ropa es café, las personas son cafés. Tanto tiempo sin caer agua, tanto tiempo olvidados, tanto tiempo invisibles. Los niños más pequeños no conocen el concepto de lluvia por la sencilla razón de que nunca han visto un aguacero», dijo mientras la cámara mostraba las siluetas desdibujadas de un grupo de niños que jugaban dentro de una nube de polvo.
«Son como fantasmas», pensó Miguel desde el otro lado de la pantalla, pausando y devolviendo la imagen para convencerse de lo que estaba viendo: esa gente existía, habitaba el mismo país que él habitaba, hablaba su mismo idioma, los regían las mismas leyes, y aun así parecían de otro mundo. De solo mirarlo, el reportero le hizo dar calor. Pausó el televisor, se puso de pie y encendió el aire acondicionado. Consultó el reloj, y entonces supo que se estaba perdiendo el partido de fútbol que se había sentado a ver. No le importó, había algo en el reportaje que lo había enganchado, ya vería la repetición de los goles después en el noticiero. Quitó la pausa. Un sol alto y brillante reinaba sobre la cabeza enrojecida del periodista a causa de la quemazón. Ríos de sudor se le descolgaban cuerpo abajo abriéndose paso por entre las sucesivas capas de polvo adheridas a la piel. La mitad del sudor era bebido por su propia ropa, la cual lucía completamente mojada, como si recién se hubiera metido en la ducha sin desnudarse. La otra mitad goteaba haciendo pequeños charcos sobre el suelo recubierto con un polvillo seco y fino, incapaz de absorberlo.
«Bajo este sol opresivo —continuó el periodista— se despliega todos los días una fila interminable de gente con bidones viejos y abollados con el fin de que Antigua les asigne un poco de agua. El péndulo es una herencia de la abuela, que también fue zahorí hasta que llegó el día en que se sintió demasiado cansada para seguir buscando agua y demasiado débil para defenderla». Miguel observaba el vaivén del péndulo con una atención impropia en él; si alguien lo hubiera visto, habría asegurado que estaba bajo el efecto de la hipnosis. No podía dejar de seguirlo con los ojos, era como si el artilugio estuviera enviándole un mensaje importante que solo él era capaz de descifrar. Entre tanto, el periodista seguía informando:
«En los últimos años, Antigua Padilla encontró pequeñas corrientes subterráneas gracias a las cuales han podido sobrevivir, pues justo eso es lo que hacen los habitantes de La Seca: sobrevivir. Hay que cavar en el lugar exacto donde el péndulo oscila indicando la existencia de agua. De esa manera, las corrientes se convierten en pozos que siempre están medio llenos o medio vacíos, dependiendo de los ojos que los miren. Y, sin embargo, el agua nunca alcanza. Bien porque hay demasiadas bocas sedientas, bien porque los más fuertes terminan apropiándosela. Entonces a la sed se suma otro sentimiento más fuerte: el miedo. Ser atravesado por un machete al pie de un pozo es algo normal —dijo el periodista con un rictus de gravedad arañándole la cara, mientras un ventarrón trataba de arrancarle las pocas hilachas de pelo que le quedaban—. Los primeros cadáveres debieron haber servido de advertencia, pero no lo hicieron. La sed puede obligar a actos tan irracionales como atreverse a tomar un poco de agua de un pozo tomado por hombres con más filo en el machete que inteligencia. Entre morirse de sed y morirse a tajos, a veces es mejor lo segundo. Al menos es más rápido. Los gallinazos lo saben, por eso no se apartan de los pozos. Casi a diario amanece un cuerpo desmembrado que nadie quiere enterrar después. Los perros sin dueño sacian la sed con la sangre y los fluidos. Los gallinazos se pelean por las vísceras. Las mujeres se roban el pelo para rellenar los colchones en los cuales acuestan a sus bebés antes de que aprendan a dormir suspendidos al vaivén de las hamacas. La tierra es dura, demasiado impenetrable, la pala rebota entre las manos. Al dueño de la retroexcavadora no le gusta gastar gasolina enterrando a los muertos, prefiere abrir huecos para buscar agua. En La Seca hay que tener prioridades».
Prioridades, repitió Miguel en voz alta, sintiéndose mal por el hecho de que su prioridad en ese preciso momento fuera una ducha y una cerveza helada. Quizá dos. O tres. Necesitaba refrescarse y relajar un poco la espalda. A pesar del aire acondicionado, notó que estaba sudando como si fuera él quien estuviera haciendo fila con un bidón vacío bajo aquel sol inclemente. Ya se estaba imaginando el chorro de agua helada que iba a dejar correr espalda abajo durante los interminables minutos que pasara dentro de la ducha nueva. Recién había instalado un sistema que le añadía presión al chorro, y si bien gastaba más agua, la espalda le quedaba mejor que cuando iba al salón tailandés de masajes que tanto le gustaba. Volvió a poner pausa, esta vez para acelerar el proceso de enfriado de las cervezas. Primero metió dos al congelador. Se disponía a quitarle la pausa al televisor cuando pensó que dos eran muy pocas y entonces se volvió a parar y metió todas las que quedaban en la caja. La boca le empezó a salivar de solo imaginarse el líquido amargo y helado bajando por su garganta.
El reportaje también especuló sobre el retorno de los jaguares. Pese a creerlos extintos en la zona, habían empezado a dar señales inminentes de su presencia. Dejaban huellas alrededor de los pozos, los rugidos se oían a lo lejos, incluso habían descuartizado a un hombre que merodeaba solitario y borracho por las afueras del pueblo. Al final concluyó con cifras. Cifras de los muertos en La Seca. Cifras del dinero robado por los políticos de turno. Cifras de los niños desnutridos. Cifras de los montos que movían los narcos que aún se atrevían a subir hasta la punta de la península para sacar la droga en lanchas rápidas. «Este país sí es un mierdero», dijo Miguel en voz alta mientras se levantaba del sillón en busca de las cervezas heladas e intentaba encajar semejantes cifras en su cabeza, pero no encajaban y no supo si era porque las cifras eran muy altas o porque su cabeza era muy pequeña o porque él habitaba un país completamente distinto al que estaba viendo al otro lado de la pantalla.
Miguel se las ingeniaría para contactar al periodista días después. Obtendría el teléfono de Antigua Padilla y una leve advertencia a la que haría caso omiso. Nunca se enteraría de las enormes expectativas que el reportero había puesto en el montaje de una historia que, supuso, iba a sacarlo del anonimato. Es que un reportaje con narcotraficantes, jaguares, sequía, zahoríes, asesinos a machete y ladrones de pelo y agua tendría que haber sido irresistible para los televidentes, pero lo fue más el partido de fútbol del canal privado con el que lo enfrentaron.
En la poltrona de cuero asentada en el piso de mármol de su apartamento de trescientos metros cuadrados, Miguel seguía pegado al televisor. El movimiento de su dedo índice era automático y no obedecía en modo alguno a una orden específica de su cerebro. Cambiaba canales por cambiar. Acababa de ver el péndulo y ahora no dejaba de ondear en su recuerdo: a un lado y al otro; a un lado y al otro; a un lado y al otro. No era algo raro en él. Cada vez que veía algo que le llamaba la atención, se ponía de inmediato a buscar la forma de sacarle dinero. Y también ahora, mientras lo hacía, pensó en todos sus negocios fallidos. A sus treinta y cinco años contaba con edad suficiente para comprender por qué sus padres, antes de morir, le habían insistido tanto en que terminara alguna carrera en vez de dilapidar la fortuna familiar. Como no tenía hermanos había supuesto, ingenuamente, que el dinero iba a rendirle. Sin duda había cometido un error. O muchos. Ya era muy tarde para recuperar lo gastado y empezar de cero.
Antes de conocer a Lila, había estado en el negocio de la importación de repuestos para automóviles de alta gama, luego montó una heladería, más tarde se interesaría por los cortes exóticos de carne vacuna y después por la inseminación de caballos de raza. Nada de eso funcionó. También tuvo un restaurante de comida asiática, salones de microfútbol y una tienda en la que comercializaba artículos de cuero. De los negocios solo le quedó el gusto por la salsa de soya y el solomito; la obsesión por el fútbol y la poltrona en la que ahora mismo estaba sentado. Cuando quebró el negocio del cuero, Lila le hizo notar que ganaba más dinero haciendo nada que emprendiendo. Y era verdad. Por lo tanto, el problema actual de Miguel no era de dinero, sino de aburrimiento. Jamás se lo confesaría a nadie, pero también tenía un poco aporreada su autoestima y cuando sus amigos le preguntaban cómo estaba haciendo dinero no sabía ni qué inventar. Amaba a Lila y, de verdad, se encontraba apegado a ella; no obstante, saberla tan capaz y eficiente en el mundo financiero solo le indicaba lo incapaz e ineficiente que era él. A veces se quedaba observándola trabajar con una mezcla de envidia y admiración. Lila representaba todo lo que él no había sido, todo lo que ya no sería. De un tiempo para acá se encontraba a sí mismo sin nada que hacer diferente a cambiar canales. Hasta ese día en que vio el reportaje en donde aparecía la zahorí que iba a desacomodarle la vida.
No le importó que en La Seca dependieran de ella para no morirse de sed. Ni tampoco tener que mirarla a esos ojos tan negros en los que era imposible saber dónde terminaba la retina y dónde empezaba el iris. Lo que pensó fue que todos sus amigos habían entrado en la mediana edad y, por lo tanto, en el frenesí de adquirir fincas en lugares exóticos y cabañas frente al mar. Desde que la seguridad había mejorado en el país se había puesto de moda alejarse de parcelaciones y unidades cerradas con vigilancia privada las veinticuatro horas del día. De repente, parecía que a todos los hombres se les había despertado el espíritu conquistador y la necesidad de comunión con los orígenes, sea lo que sea que ello significara. Ninguno lo tenía claro; aun así, a todos se les llenaba la boca con ese argumento importado de las nuevas generaciones, según las cuales había que encontrarse a sí mismo y mientras más lejos la búsqueda, mejor. Ninguno quería tener un vecino cerca ni un pedacito de franja de grama recortada a la perfección que en nada se diferenciaba con el pedacito de grama de la casa de al lado. Ninguno quería estar en parcelas idénticas ni en casas idénticas ni en automóviles idénticos. De hecho, ninguno quería andar por carreteras pavimentadas desprovistas de aventuras. Querían trochas. Querían despejar terrenos a punto de machete. Querían tumbar árboles para que les cupieran esas casas inmensas con vidrieras de suelo a techo dibujadas en planos por los que habían pagado una fortuna. Querían despejar bosques para llenarlos de vacas. Querían sentirse colonizadores de algo.
Sus amigos eran esclavos modernos con puestos altos y salarios cuantiosos que ni siquiera tenían tiempo de gastar; por lo tanto, la única manera de demostrarse a sí mismos que aún eran libres era adquiriendo terrenos indómitos que les generaran la falsa ilusión de estar domando algo y camionetas cuatro por cuatro que les permitieran acceder a esos terrenos. Mientras más vírgenes más les gustaban, aunque en el fondo lo que les gustaba era alardear sobre ellos. Después se dieron cuenta de que lo exótico tiene a favor muchas cosas y en contra algunas otras, entre ellas, que no existe red eléctrica ni acueducto ni antenas, lo cual se traduce en que no hay luz ni agua ni internet. Ninguna de las tres cosas estaba dentro de los planes de las empresas prestadoras del servicio. Nadie iba a hacer un montaje tan grande para iluminar un caserío con cuatro ranchos, proveerlos de agua y wifi. Lo único que les quedaba a los nuevos colonizadores era apelar a sus influencias políticas. Cobrar favores prestados en la campaña pasada y prometer otros cuantos en la siguiente.
He ahí la razón por la cual un hijo de papi, un pijo de primera categoría como Miguel termina hipnotizado por una mujer de un metro y medio que sostiene un péndulo para encontrar yacimientos de agua. Buscó en internet y leyó que la técnica zahorí tenía un nombre más sofisticado con el que podría vendérsela a sus amigos sin que lo tildaran de charlatán. Esa tarde, en su poltrona de cuero, Miguel decidió que empezaría a ofrecer servicios de radiestesia. Ra-dies-te-sia. Radiestesia. Radies-tesia. Repitió en voz alta la palabra varias veces y en varios tonos sin conseguir dilucidar dónde diablos poner el acento. Necesitaba que, al pronunciarla, sonara natural. Si iba a empezar a ofrecer el servicio, al menos era importante aparentar que sabía lo que estaba vendiendo.
En el bolsillo del pantalón tenía un papelito en donde había apuntado el nombre del periodista. Era cuestión de ubicarlo para pedirle el contacto de Antigua Padilla. Lo sacó y se quedó mirándolo fijamente mientras su cerebro armaba la película de cómo sería el negocio. En su imaginación ya era millonario sin tener que trabajar demasiado. Una ensoñación típica en él. Al fondo, el televisor titilaba a manera de advertencia, pero, como siempre, por andar pensando en dinero, Miguel no se dio cuenta.
