Changó, el gran putas

Manuel Zapata Olivella

Fragmento

Changó, el gran putas

Manuel Zapata Olivella:
la literatura como identidad y hermandad

William Mina*

Mi literatura no es para agradar a los colonizadores de ayer y de hoy

MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Changó son cinco novelas en una, cinco historias, cinco micro/macro historias épicas escritas desde una agenda descolonial, desde la «tradición radical negra» de Cedric Robinson y que, para el gran sociólogo de la diáspora africana en las Américas, Agustín Lao-Montes, serían una especie de contrapunteo afromoderno. Changó es una obra clásica de la literatura universal, ya que podemos encontrar en ella filosofía, religión, arte, feminismo, ecología, humanismo, teoría política, cosmogonías y una especie de manifiesto epistemológico escrito para los pueblos del sur global desde sus saberes y haceres. Las características de la obra de Zapata Olivella son su originalidad, su creatividad y el lenguaje poético y musical donde los narradores, en una multiplicidad de tiempos y espacios, son inventores de primer orden con sus aportes a la humanidad y a la cultura afrodiaspórica como rasgo singular.

El protagonista de Changó, el gran putas no es un sujeto, como en la Divina comedia de Dante, ni una familia, como en Cien años de soledad de García Márquez, sino que es una pluralidad de civilizaciones: la africana, la española y la americana. Zapata Olivella le dedica más tiempo, espacio y atención a los eventos y protagonistas afros, justamente porque estos han sido «alienados» la mayoría de las veces. Él nunca olvida a las otras culturas copartícipes de la aventura mestiza en el continente vasconceliano de la Quinta raza: América.

Los sujetos que participan en Changó no están alienados, porque el autor de la novela no lo está. Olivella presenta al afro como un creador, ya esté en África, en el Caribe, en Brasil, en Colombia, en Estados Unidos o en cualquier parte del globo. Él utiliza el lenguaje oral y la filosofía muntu de esos supuestos «salvajes» para recuperar la memoria y el tiempo de la colonización africana, tal cual ella es, sin prejuicios, ni ficción, ni imaginación alguna. He aquí el contenido histórico-sociológico de la obra. Changó parte de hechos para construir ficciones, lo que es posible porque siempre y detrás de toda acción humana está un ancestro o un oricha protector. Realismo y metafísica coexisten en el sentido en que los héroes, líderes e intelectuales afros (Chaka Zulú, Gunga Zumbi, Nat Turner, Malcolm X, Du Bois, Benkos Biohó, Agne Brown) sí existieron, pero ninguno de ellos hubiera sido nada sin la coraza de un ancestro protector. En el lenguaje del cristianismo, el ancestro protector sería como el ángel de la guarda que no desampara a los fieles, tal como dice Manuel Zapata Olivella en Changó: «¡Elegba, dirige bien nuestros pasos, que no nos falte tu sombra protectora!».

Aunque en el pasado se ha escrito una literatura variada sobre la cuestión afro (Amado, Carpentier, Asturias), la originalidad de Zapata Olivella es que solo él ha narrado la hazaña de los miles de millones de africanos que salieron forzosamente de su continente en diáspora por el mundo. Alejo Carpentier es ciego, aunque sigue viendo a sus personajes, imbuidos de prejuicios y hechicerías, cuando ello era parte de su «realismo mítico». Zapata Olivella, creo, dirige su obra hacia aquellos que la historia nunca ha dejado hablar: los analfabetos, los que nunca han ido a la academia, los desheredados de América, los colonizados de África y del mundo. Changó recobra la identidad del ser humano mestizo, esté donde esté, ya sea a través del lenguaje, de la religión o de la etnia; el mestizaje está más allá del color, porque lo que importa es el hombre en su dimensión cósmica, y este aspecto va más allá de los esquematismos del color, de la segregación y de los prejuicios.

Changó es tan significativo y relevante hoy para construir la identidad mestiza de América Latina y de Colombia en particular precisamente porque las voces, los lenguajes y el carácter de los afros nunca se escucharon. Changó es la memoria de los afros, frente al «olvido» nuestro por parte de las instituciones oficiales, y la respuesta civilizada para escuchar las voces del «diferente» e intentar construir un Estado-nación, una patria, otra solidaridad entre los hombres que habitan este planeta. En Changó está escrito y condensado todo cuanto la civilización africana quiso decirle a la europea, a la «loba blanca»: toda una sabiduría filosófica de reinos, de ciudades gloriosas, de médicos tradicionales que hablaban con las plantas, de etnias que siempre reconocieron un orden superior en todo lo creado, de héroes legendarios, de creadores de tradiciones orales y de lenguajes colectivos, de ciudadanos que nunca se doblegaron ante la maldición de Changó, y se reivindicaron con él, porque siempre lucharon por la libertad.

A quienes han querido ver en Zapata Olivella a un autor folclorista, provinciano, que solo escribe para afros, se les debe aclarar que Changó está entre las novelas más importantes escritas por novelista alguno en el siglo XX en este continente indo-afro-iberoamericano, y pertenece no solo a la herencia afro, sino a la humanidad entera, porque Zapata Olivella no ha hecho otra cosa que una defensa filosófica de la libertad, como lo ha hecho la gran literatura de los griegos, y como lo ha enfocado la gran filosofía política, que va de Platón y Aristóteles hasta llegar a Castoriadis, Morín y Dussel: lucha incansable por la libertad, resistencia contra la dominación y los poderes instituidos, autonomía individual y colectiva, luchando siempre contra la heteronomía y el despotismo de los discursos totalitarios. Los orichas pueden sentirse halagados y no sentir disgusto alguno, porque el Guardián de los Ancestros, Zapata Olivella, no ha sido inferior a las exigencias del Muntu.

* William Mina Aragón es doctor en Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, profesor titular del programa de Ciencia Política de la Universidad del Cauca e investigador del Grupo de Investigación Actores, Procesos e Instituciones Políticas (GIAPRIP).

Changó, el gran putas

Al compañero de viaje:

Sube a bordo de esta novela como uno de los tantos millones de africanos prisioneros en las naos negreras; y siéntete libre aunque te aten las cadenas.

¡Desnúdate!

Cualesquiera que sean tu raza, cultura o clase, no olvides que pisas la tierra de América, el Nuevo Mundo, la aurora de la nueva humanidad. Por lo tanto hazte niño. Si encuentras fantasmas extraños —palabra, personaje, trama— tómalos como un desafío a tu imaginación. Olvídate de la academia, de los tiempos verbales, de las fronteras que separan la vida de la muerte, porque en esta saga no hay más huella que la que tú dejes: eres el prisionero, el descubridor, el fundador, el libertador.

Si descubres un vocablo misterioso, dale tu propia connotación, reinvéntala. No acudas al «Cuaderno de bitácora» al final del libro, porque este solo tiene por objeto mostrar los riscos por donde has andado; no es una brújula para descubrir caminos.

Estás nadando en una saga, esto es, en mares distintos, en cinco novelas diferentes —«Los orígenes», «El muntu americano», «La rebelión de los vodús», «Las sangres encontradas» y «Los ancestros combatientes»—. Todas ellas con unidad, protagonistas, estilo y lenguaje propios. Su única ligazón son los orichas africanos y los difuntos padres nacidos o muertos en América que no reconocen los límites de los siglos, ni de las geografías o de la muerte.

Ahora embárcate en la lectura y deja que Elegba, el abridor de caminos, te revele tus futuros pasos ya escritos en las Tablas de Ifá, desde antes de nacer. Tarde o temprano tenías que enfrentarte a esta verdad: la historia del hombre negro en América es tan tuya como la del indio o la del blanco que lo acompañarán a la conquista de la libertad de todos.

Manuel Zapata Olivella

Changó, el gran putas

PRIMERA PARTE
LOS ORÍGENES

Changó, el gran putas

I
La tierra de los ancestros

Los Orichas

Deja que cante la kora

¡Oídos del Muntu, oíd!

¡Oíd! ¡Oíd! ¡Oíd!

¡Oídos del Muntu, oíd!

(La kora ríe

lloraba la kora,

sus cuerdas hermanas

narrarán un solo canto

la historia de Nagó

el trágico viaje del Muntu

al continente exilio de Changó).

Soy Ngafúa, hijo de Kissi-Kama.

Dame, padre, tu voz creadora de imágenes,

tu voz tantas veces escuchada a la sombra del baobab.

¡Kissi-Kama, padre, despierta!

Aquí te invoco esta noche,

junta a mi voz tus sabias historias.

¡Mi dolor es grande!

(Es un llanto

la templada cuerda de la kora,

cuchilla afilada

hirió

suelta

pellizcará

mi dolor).

¡Padre Kissi-Kama, despierta!

Quiero que pongas en las cuerdas tensas de mi kora

el valor

la belleza

la fuerza

el noble corazón

la penetrante mirada de Silamaka capturando la serpiente de Galamani.

Soy Ngafúa, hijo de Kissi-Kama

reconóceme, padre,

soy el pequeño que cargabas

a la sombra del baobab de profundas raíces

en cuyas pesadas ramas dormían y cantan los héroes del Mandingo.

(La kora narra

cantará

la historia larga

la historia

corta

la larga

historia de Nagó el navegante).

Dame, padre, tu palabra,

la palabra evocadora de la espada de Soundjata

la sangrienta espada cantada por tu kora

la que bañó en sangre el suelo de Krina

solo para que Changó-Sol

todas las tardes

allí manchara su máscara roja.

¡Padre Kissi-Kama, despierta!

Aquí te invoco esta noche,

junta a mi voz tus sabias historias.

¡Mi dolor es grande!

(Hay un vodú escondido en la kora

dolor antiguo

alguien llora

dolor de las madres cuando pierden el hijo,

alguien llora

dolor de las viudas enjugándose con las sábanas

del muerto,

alguien llora

dolor de los huérfanos,

dolor que cierra los ojos

cuando el sol se apaga en pleno día

hay un vodú escondido en la kora

un dolor antiguo).

Sombras de mis mayores

Ancestros

sombras de mis mayores

sombras que tenéis la suerte de conversar con los Orichas

acompañadme con vuestras voces tambores,

quiero dar vida a mis palabras.

Acercaos huellas sin pisadas

fuego sin leña

alimento de los vivos

necesito vuestra llama

para cantar el exilio del Muntu

todavía dormido en el sueño de la semilla.

Necesito vuestra alegría

vuestro canto

vuestra danza

vuestra inspiración

vuestro llanto.

Vengan todos esta noche.

¡Acérquense!

La lluvia no los moje

ni los perros ladren

ni los niños teman.

¡Traigan la gracia que avive mi canto!

Sequen el llanto de nuestras mujeres de sus maridos apartadas,

huérfanas de sus hijos.

Que mi canto

eco de vuestra voz

ayude a la siembra del grano

para que el nuevo Muntu americano

renazca en el dolor

sepa reír en la angustia

tornar en fuego las cenizas

en chispa-sol las cadenas de Changó.

¡Eía! ¿Estáis todos aquí?

Que no falte ningún Ancestro

en la hora de la gran iniciación

para consagrar a Nagó

el escogido navegante

capitán en el exilio

de los condenados de Changó.

Hoy es el día de la partida

cuando la huella no olvidada

se posa en el polvo del mañana.

Escuchemos la voz de los sabios

la voluntad de los Orichas cabalgando

el cuerpo de sus caballos.

Hoy enterramos el mijo

la semilla sagrada

en el ombligo de la madre África

para que muera

se pudra en su seno

y renazca en la sangre de América.

Madre Tierra ofrece al nuevo Muntu

tus islas dispersas,

las acogedoras caderas de tus costas.

Bríndale las altas montañas

las mesetas

el duro espinazo de tus espaldas.

Y para que se nutra en tus savias

el nuevo hijo nacido en tus valles

los anchos ríos entrégale

derramadas sangres

que se vierten en tus mares.

Ngafúa rememora el irrompible nudo de los vivos con los muertos

Muntu que olvidáis

rememora aquellos tiempos

cuando los Orichas no nacidos

muertos vivían entre sus hijos

y sin palabras iluminaron las imágenes

inventan caminos a los ríos

y mañanas a los vientos.

En la primera hora…

—viejo el instante

el fuego que arde

en cenizas convertido—

el Padre Olofi

con agua, tierra y sol

tibios aún por el calor de sus manos

a los mortales trazó su destino

sus pasiones

sus dudas

el irrompible nudo con los muertos.

El misterio de la yesca y la chispa

deposita en sus dedos,

la red y el anzuelo

la lanza, el martillo

la aguja y el hilo.

Los caballos, elefantes y camellos

sujetó a tu puño

y en las aguas de los océanos y los ríos

empujará sus balsas con tus remos.

Para establecer el equilibrio y la justicia

la pródiga tierra entre todos repartió

sin olvidar las plantas y animales.

A los hombres hace perecederos

y a los difuntos, amos de la vida,

por siempre declaró inmortales.

No canto a los vivos

solo para vosotros poderosos Orichas

ojos, oídos, lengua

piel desnuda

párpado abierto

profunda mirada de los tiempos

poseedores de las sombras sin sus cuerpos

poseedores de la luz cuando el sol duerme.

Mi oído vea vuestras voces

en la caída de las hojas

en la veloz sombra de los pájaros

en la luz que no se moja

en el respiro de la semilla

en el horno de la tierra.

Aquí os nombraré

donde nacieron nuestros hijos

donde reposan vuestros huesos

en el terrible momento

en la hora de la partida

arrojados por Changó

a los mares y tierras desconocidas.

Hablaré en orden a vuestras jerarquías.

Primero a ti, Odumare Nzame

gran procreador del mundo

espíritu naciente, nunca muerto

sin padre, sin madre.

Hablo a tu sombra Olofi

sobre la tierra proyectada.

Y a tu otra llama,

tu invisible luz, tu pensamiento

Baba Nkwa

dispersos

sus luces soplos

por los espacios siderales.

Los tres separados

los tres unidos

los tres espíritus inmortales.

Repito tu nombre, Olofi,

sombra de Odumare Nzame

su mano, su luz, su fuerza

para gobernar la tierra.

Invocaré a tu hijo Obatalá

en barro negro

amasado por tus dedos

con los ojos y el brillo de los astros

la sabiduría de las manos

inventor de la palabra,

del fuego, la casa,

de las flechas y los arcos.

Acércate madre Odudúa

primera mujer

también por Olofi creada

para que en la amplia

y deshabitada mansión

fuera amante de su hijo

su sombra en el día

su luna en la noche

por siempre

su única compañera.

Nombraré a sus únicos hijos:

Aganyú, el gran progenitor

y a su hermana Yemayá

que recorrieron solos el mundo

compartiendo la luna, el sol

y las dormidas aguas…

hasta que una noche

más bello que su padre

relámpago en los ojos

del vientre de la Oricha

nació Orungán.

Y el propio Aganyú

su padre arrepentido

lleno de celos

turbado por su luz

lentamente

leño entre fuego

extinguió su vida.

Más tarde…

años, siglos, días

un instante…

violentada por su hijo

de pena y de vergüenza

por el incestuoso engendro

en las altas montañas

refugiose Yemayá.

Y siete días después de muerta

entre truenos, centellas y tormentas

de sus entrañas removidas

nacen los sagrados

los catorce Orichas.

¡Óyeme

dolida

solitaria

huérfana Yemayá!

Guardaré el ritmo-agua que diste a la voz

el tono a la lluvia que cae

el brillo a las estrellas que mojan nuestros ojos.

Mi palabra será canto encendido

fuego que crepita

melodía que despierte vuestro oído.

Estos olores de tierra húmeda

mar

ríos

ciénagas

saltos

olores de surcos, nubes, selvas y cocodrilos

olores son de tierra fecundada

por las aguas de la madre Yemayá

después de parir a los Orichas

sus catorce hijos

en un solo y tormentoso parto.

Invocación a los grandes Orichas

Te nombro, Changó,

padre de las tormentas

con tu verga de toro

relámpago descomunal.

A Oba, Oshún y Oyá

tus hermanas concubinas

diosas de los ríos

empreñas en una sola noche nupcial.

¡Te invoco Dada!

Oricha de la vida

tu aliento escondes en la semilla.

Protector de los vientres fecundos

vigilante de los partos

la sangre placentaria

las nacientes aguas orientarás.

¡Hijos todos,

hijos son de Yemayá!

¡Olokún marimacho!

Marido y mujer de Olosa

tu hermana y esposa.

En los abismos del mar

mal repartís los sexos,

barbas ponéis a las mujeres;

a los hombres largos senos.

¡Hijos todos,

hijos son de Yemayá!

¡Ochosí te menciono!

Oricha de las flechas y los arcos

perseguidor de jabalíes y panteras

en las oscuras y peligrosas selvas

a los cazadores guías,

llenas de pájaros sus trampas

sus huellas escondes entre las hojas

y sus pasos proteges con tu lanza.

¡Oricha-Oke escúchame!

Elevaré mi voz

a tu solitaria morada

en las escondidas cumbres del Kilimanjaro

donde suben los pájaros

y los Hombres-Bosques

para mirar desde lo alto el sol.

Resplandeciente Orún

cara-sol de Changó

te nombro,

Oricha de los cielos

asómate con Ochú

tu nocturna compañera.

Los infinitos

los inmensos espacios

oscuros, solitarios

llenaron con vuestros hijos

luceros y estrellas.

¡Hijos son,

hijos de Yemayá!

Te invoco Ayé-Shaluga

Oricha de la voluble fortuna

tu mano tejedora

que anuda y desata las sogas

afloje el nudo

soltará nuestros puños

libres los pies para tomar el rumbo.

¡Oko tiéndenos tu mano!

Señor de la siembra y la cosecha

danos el ñame y la palmera

la olorosa almáciga

el blando dedo de los plátanos.

Aquí te invoco

para que nutras la espiga de millo

nacida en la pradera

a la orilla de los ríos y de la mar.

¡Hijos son,

hijos de Yemayá!

¡Chankpana leproso!

El último en asistir al gran reparto

de los catorce hijos en un parto

solo obtuviste de la sagrada madre

como único don entre los vivos

repartir por el mundo las viruelas

las moscas y los piojos

devoradores de las sangres.

También te rememoraré, padre,

condenados entre las cuevas

necesitamos de tu alivio.

Estos olores de tierra fecunda

ríos

sabanas

montañas

océanos

olores son de los Orichas

frutos maduros

harinas amasadas

con granos de millo

de leñas y de humos

olores son de las aguas derramadas

en la tierra y en el mar

después de parir catorce hijos

en un solo y tormentoso parto

la prolífera madre Yemayá.

La maldición de Changó

Ngafúa relata la prisión y exilio de Changó

Escucha Muntu que te alejas

las pasadas, las vivas historias

los gloriosos tiempos de Changó

y su trágica maldición.

¡Eléyay, ira de Changó!

¡Eléyay, furia del dolor!

¡Eléyay, maldición de maldiciones!

Por venganza del rencoroso Loa

condenados fuimos al continente extraño

millones de tus hijos

ciegos manatíes en otros ríos

buscando los orígenes perdidos.

Por siglos y siglos

Ile-Ife la Ciudad Sagrada

mansión de los Orichas

nunca olvidará la imborrable mancha

la siniestra rebelión

contra el glorioso Changó

tercer soberano de Oyo

y su nunca igualada venganza

cuando prisionero y en el exilio

al Muntu condena a sufrir

su propio castigo.

En aquel entonces…

Muntu que olvidáis las pasadas, las no muertas historias

el furibundo y generoso Changó

odiado por sus súbditos

venerado por su gloria

a sus hermanos hizo la guerra

a Orún cuyo escudo es el sol

a Ochosí constructor del arco y de la flecha

a Oke habitante de los montes y las cimas

a Olokún enamorado de los machos

y hasta al dulce Oko

el músico, el poeta

que fertiliza la tierra con su gracia

las flautas, la kora, las trompetas

para danzar con ellas, arrebató.

Changó, infatigable procreador

entre guerras, cabalgaduras y estribos

en el intocado surco de sus hermanas

sembraba la semilla fértil

cepa de las múltiples tribus.

A Oba, espía de su hermosura,

por siempre en las noches

escondida en las lagunas

entre todas quiso por esposa

y para que no tuviera paz en su locura

celosa Oricha de sus pasos

puso cien ojos en su cara

cien oídos

cien narices

la piel sensible a los aromas

guardiana eterna de su falo.

Oya, voluptuosa corriente,

húmedo, oloroso cuerpo del Níger

su preferida concubina

su otra hermana

con sus manos, sus brazos de agua

después de las terribles batallas,

las heridas, la sangre, le bañaba.

Pero no era menos consentida

su hermana menor, Oshún

espíritu de los ríos y lagunas

en sus senos de aguas retenidas

dormía sus sueños el Oricha.

El tiempo hurtado a sus amores

consagró a las armas

a la invención del rayo y de los truenos

adiestrando caballos que volaran por los cielos.

A sus más hábiles gladiadores:

¡Al noble Gbonka!

¡A Timi, el valiente!

Enseñoles el tiro de la lanza

la cacería nocturna del leopardo

burlar el nudo corredizo de la serpiente

romper los invisibles hilos de la araña.

Al primero entregó su rutilante espada

la cabeza y la cola de un relámpago cortaba;

al segundo la astucia de la guerra

el brillo de sus lanzas

la noche en día transformaba.

Con las huestes imperiales

y sus adiestrados capitanes

treinta mil cabalgaduras

en oro troquelados los frenos y armaduras

las cinchas de plata

el hijo de Yemayá, intrépido Changó

hacia el Chad, hacia el Oeste

hasta donde las luces no alcanzan

por las arenas desérticas del Norte

por los océanos, los ríos y los montes,

los reinos del Níger unificó.

¡Eléyay los celos!

Buitre en los hombros del guerrero

envidia de la ajena gloria

en su dormido corazón

repetidas veces

depositó su ponzoña.

Y ciego a su propia grandeza

envidia tuvo de sus fieles generales

que aprendieron con sus caballos y alaridos

a sembrar la muerte en los vencidos.

En sus largas noches sin sueño

olvidado de su estirpe sagrada

concibió la perversa estratagema

de enfrentar hasta la muerte

con sus armas hechizadas

a sus dos guerreros frente a frente

en duelo interminable

que no quisieron ver las madres.

¡Eléyay soberbio, rencoroso Changó!

Obsesionado vaticinaste el fin de la batalla:

los dos cadáveres sobre la sangre derramada.

Pero Changó, padre de mil familias,

tu mano hábil, tus puños fuertes

no anudan la sutil trama de la muerte.

Solo el dueño de las Tablas de Ifá

Solo Orunla escoge el camino.

Solo Orunla conoce los sueños no soñados de Odumare.

Solo Orunla abre la puerta al elegido.

Solo él hace el último llamado

para morir naciendo entre inmortales.

Para castigar la soberbia

del ambicioso hijo de Yemayá

que pretendía hurtarle sus poderes,

Orunla, señor de la vida y de la muerte,

la embrujada espada de Gbonka

apuntando la garganta de Timi

contra ella certero la dirige

desatando la tragedia.

Dolorido

desgarrado

asesino de su hermano su mejor compañero

en los peores lances siempre a su lado;

las lágrimas ahogándole los ojos

temblorosas las manos

acercose a Changó

y la cabeza ensangrentada lentamente

a sus pies depositó.

Callada la lengua

prisionero cascabel entre los dientes

seca la garganta

en su caballo sin montura

desprovisto de frenos y diamantes

tristemente alejose del Oricha

de los llorosos rostros de su tropa

sordo a los lamentos de las viudas y los huérfanos

abandonando sus esposas

sin el consuelo de sus hijos

refugiose en el exilio.

Pero apartándose del viento sigue el eco…

La aldea destrozada

la paz del silencio

huella son de la tormenta.

Así el noble corazón de Gbonka

solitario, dolido corazón

separado de su pueblo

¡… murmuraba!

La tropa sin capitán añorando las batallas

sus pasadas glorias

a la sombra del palacio

¡… traicionaba!

Los ancianos

los más cerca a los ancestros

depositarios de las hormas y la justicia

en su silencio,

en el solitario diálogo del insomnio

¡… censuraban al tirano!

El viento, los pájaros, la nube

llevan al voluntario exilio de Gbonka

la memoria no olvidada

de Timi muerto,

su cabeza ensangrentada.

Hasta que Orno Oba

el primer y único hombre inmortal

debido a su soberbia, a sus odios

proscrito por Odumare

a vivir sepultado en los volcanes

escapose de su lúgubre tronera

y por siete noches

la raposa lava de su lengua

el dolor convirtió en hoguera.

Predicó en la plaza, en los establos

contra el temido, el odiado Changó

para arrojarlo de la Oyo Imperial

y a Gbonka, el noble, coronar.

Siempre de noche

a la orilla de los ríos

habladuría de cántaros,

bajo el baobab que congrega a los sabios,

sobre la almohada que arrebata el sueño,

entre las cenizas de los fogones

donde dormían encendidas las palabras del abuelo

la envidia, la traición, azuzó.

¡Eléyay, sorda, baja, torpe rebelión!

Nunca Oyo vio su soberano

arrastrado por las calles

enjaulado león

su corona de fuego destrozada;

las argollas de hierro

por Omo Oba fundidas

en sus fraguas subterráneas

a su cuello fuertemente atadas.

Entre salivas azotados su hijo,

su esposa Oba, sus hermanas concubinas.

Y mientras prisionero de la turba

sale de Oyo el gran Oricha

en cabalgadura de oro y plata

coronado rey entraba Gbonka.

¡Eléyay dolor de Changó!

Sabedor de sus potencias

sol que no se moja con la lluvia

su cólera contuvo, bebió la injuria.

Fue después, hoy, momentos no muertos

de la divina venganza

cuando a sus súbditos

sus ekobios

sus hijos

sus hermanos

condenó al destierro en país lejano.

La risa de los niños

los pájaros sueños de los jóvenes

la heredada sabiduría de los Modimos

los huesos

los músculos

los gritos por los siglos encadenados.

En ajenos brazos vendidas las mujeres,

bastarda la sangre de su cría.

Los vodús malditos

bajo otras máscaras revelados;

olvidada la palabra aprendida con la leche

para repetir en extraña jerga

el totémico nombre del abuelo.

Después de su condena

dejando al propio Muntu

la tarea de liberarse por sí mismo

contra el verdugo, las crueles

Lobas de roja cabellera,

reunió a su lado sus mujeres

y cariñosamente abrazado a sus hijos

convocó las descargas de su madre

al parirlo entre lava de volcanes.

Y estallando en resonante erupción

cuyos ecos todavía se oyen en los truenos

en el Padre-Fuego-Sol se convirtió.

¡Y repartidos en el espacio sin tiempo

iluminando los infinitos rincones

brillan sus Hijos-Luceros

parpadean sus Hermanas-Estrellas!

Desde entonces, en su alto trono

todos los días el padre Changó

al reino de los mortales retorna

a contemplar los afanes del Muntu

arrastrando sus cadenas

sobreponiéndose al dolor.

Ngafúa, en sueños, entreoye la maldición de Changó

En sueños he visto a Changó

sueño entre sueño

¡Eía!

¡Terrible sueño!

He visto a Changó

levantarse de su fragua

enojado

colérico

despierto por angustiosa pesadilla

entre tinieblas, relámpagos y llamas

con su dedo fuego

cuerno de torosol

palabra incendiada,

persiguiendo mi Descendencia

mis Ancestros

a mis hijos y a los hijos de mis hijos

y colérico

y vengativo

¡quemándome!

¡Eía terrible sueño!

¡En sueño he visto a Changó

a Changó trágico

levantarse de su fragua!

He visto la tierra que parió Odumare.

¡América!

La olvidada tierra donde Olofi dejó su huella

piel leopardo.

¡Esa tierra olvidada por el Muntu

espera

espera

hambrienta

devoradora

su retorno!

Pintadas con sangre he visto las quillas de los barcos

las quillas ensangrentadas

he visto con sangre del Muntu.

He visto los negros socavones de las minas

iluminados co

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos