INTRODUCCIÓN
“La mujer se da. El hombre se aumenta con ella”.
Anónimo
En cuanto a mi fobia personal al matrimonio, confieso que los ejemplos que he tenido la desgracia de ver a mi alrededor tampoco me han sido de gran ayuda. De hecho, han sido extremadamente patéticos: feministas radicales; tíos adúlteros; primas sumisas; amigas exitosas, pero solteronas; parejas separadas, divorciadas y de nuevo “rejuntadas”; pretendientes indecisos, y un gran número de amigos aún más confundidos que yo. ¿Qué está pasando allá afuera que se ha vuelto tan difícil aceptar la idea del compromiso? ¿Por qué cambiamos tan rápido de pareja? Lo más alarmante es que, veinte años después de haber publicado la primera edición de este libro, la confusión está más vigente que nunca. La alergia al compromiso de todos los tipos, ya sea social, cultural, religioso y demás, es lo que habita en lo que yo llamo “el mercado nacional del usado”: un oscuro lugar (por lo general el bar o el antro de moda) en donde interactuamos todos los emocionalmente inestables. El peor mal del siglo XXI no es el COVID, ni los dictadores ignorantes como Maduro, ni los falsos profetas, ni los triglicéridos altos, sino la inestabilidad emocional.
Después de esta confesión gratuita de mi condición de MEI (Mujer Emocionalmente Inestable), antes que nada, quiero disipar cualquier duda que tengan sobre la autoridad que poseo para escribir un libro de superación, de quejas y reclamos (como prefiero llamarlo), un menú de frustraciones femeninas a la carta, un manual de reflexiones y consejos personales que a lo mejor no interesan a nadie. ¿O, tal vez, sí?
Puede que este sea uno de esos ejemplares inútiles que no sirven más que de relleno para el hueco que aún queda en la biblioteca. Un objeto decorativo, un artículo de moda, de quinta o de lo que usted prefiera. Por esta razón, aclaro que no tengo ninguna autoridad más que la que me confiere el haber ido a una fiesta de más, haberme tomado un trago de más y haber salido con un tipo de más. No más.
Si lo que aún busca a través de estas páginas es a una gurú del amor, a una dalái lama de las relaciones interpersonales o a una Osho del sexo, corra de inmediato a devolver este libro y, de paso, de mi parte, exija que le devuelvan su dinero. No soy psicóloga, no soy feminazi, no soy machista, no soy gay y no soy la solución a ninguno de sus problemas reales, inventados o magnificados. La única autoridad que tengo es la de haber vivido, la de haber sentido, la de haber elegido (casi siempre mal, lo admito), pero, más que nada, la de haberme atrevido. Tengo la autoridad que me he otorgado tras un largo camino recorrido y gracias al cual, hoy día, puedo admitir tranquilamente que tal vez aún no sé lo que quiero, pero vaya que sí tengo una muy buena idea de lo que no quiero, de lo que no me sirve en esta vida.
Advertencia: este libro no debe ser leído por alguien que no goce de tolerancia o de sentido del humor. Aquellas personas que carezcan de una u otra cosa correrán el riesgo de no entender una sola frase. Y, por ende, se arriesgarán innecesariamente a perder su tiempo y, por supuesto, su dinero. No es recomendable para quienes no se quieran casar nunca o quienes ya lo han probado y no quieren repetir la nefasta experiencia. No deberá ser leído ni por machistas consumados, ni por las feministas socialistas radicales ante las que no cambiaré mi posición y mi opinión sobre la denominada “guerra de los sexos”. Tampoco discutiré con nadie cuya patética estrategia sea mandar a hordas de desadaptadas/os a ofenderme u atacarme en redes sociales. Mi abogado últimamente es un hombre muy ocupado: duerme conmigo.
PRÓLOGO
CUIDADO, CABALLEROS, AQUÍ HAY TRAMPA…
Este libro de Isabella Santo Domingo es extremadamente peligroso. Tan peligroso como Isabella. Y debería estar prohibido, así como, de alguna manera, ya lo está ella. Este libro es una mina antimacho, una trampa para cazar señores, un atrapabobos. Se entra a él, animado por el aire de tranquilidad que ofrece su título, y al poco de andar se percata uno de que está metido en un berenjenal del que no hay salida buena. Y es porque, cuando uno ha descubierto que se trata de una conspiración para dominar a los varones, ya es tarde. Yo vine a intuirlo por allá en la página treinta y pico. Al alzar la mirada, me vi rodeado de rejas y arriba estaba la cara de Isabella, que sonreía con malicia. Había caído en el cepo. Era uno más de los que había entrado al laberinto convencido de nuestra superioridad sobre las mujeres, o por lo menos sobre las mujeres brutas (las que preferimos, las musas), y ahora me veía preso en la madriguera isabellina, atónito, inerme, sorprendido.
Gracias a que ya estaba pactado este prólogo, puedo ahora mismo dar alaridos desde el fondo del guacal para advertirles a mis congéneres que tengan cuidado, que no se aventuren en estas páginas procelosas si no quieren arriesgar la razón de ser de su relación con las mujeres, si no están dispuestos a que les aporreen el ego hasta dejarlo, como el mío, malherido.
Caballeros: ¿dónde está la trampa? La trampa está en que si llegan a imponerse los consejos que da Isabella en este manuscrito perverso, va a ser difícil distinguir a la verdadera mujer bruta, esa adorable y fiel compañera que forjamos a lo largo de muchos siglos, y a la falsa mujer bruta, peste de los nuevos tiempos, amenaza social, aborto de Belcebú.
Lo que les está aconsejando Isabella a las demás mujeres es que les conviene crear un “nuevo machismo por conveniencia”, el cual consiste en hacernos creer que ellas son pasto de necedad y estupidez y luego, aprovechando la confianza infundida de manera hipócrita, dominarnos desde el otro extremo del carrete. En fin, el viejo truco de la barracuda, que muerde la carnada a sabiendas de que su fuerza le permitirá ganar la partida desde la desventaja del anzuelo y quedarse con el señuelo, el sedal, la caña y, si pilló descuidado al hombre que la acechaba, incluso procurarse un banquete de pescador inepto.
“Lo que ellos no saben es que ninguna mujer es realmente bruta, sino que nos hacemos las brutas, que es muy distinto”. He ahí la repugnante filosofía de esta gran celada. No voy a entrar en detalles porque aparecen en las páginas nefandas que ustedes van a leer a continuación y, sobre todo, porque, para ser sincero, me avergüenza comprobar el yerto descaro con que la autora tiende el engaño. Los lectores descubrirán revelaciones insólitas sobre orgasmos fingidos, falsas ilusiones creadas, libertades sexuales que (como lo demuestra la historia) solo resultan aceptables para nosotros y una tabla de clasificaciones que escandalizaría a cualquier varón de buena fe.
Lo digo desde lo más hondo de mis convicciones y de la jaula donde me encuentro. Hace muchos años, escribí en mi columna semanal Postre de notas que las mujeres no tienen humor. Me desmiento. Ahora, después de leer este tratado de malas artes que pone en nuestras manos Isabella Santo Domingo, debo rectificar lo dicho. Leyéndolo me he reído con la risa feliz y reparadora de un preso incomunicado, que es lo que soy.
Señores: ¡¡¡exijo terminantemente que me liberen!!! ¡Pido que me liberen! Ruego que me liberen. ¿Me sueltas, Isabellita, porfa?
¿Isabella? ¿¡ISABELLA!?
Dios mío, ¿hay alguien ahí?
Daniel Samper Pizano
CAPÍTULO 1
REVIVAMOS NUESTRA HISTORIA
¿Eva? ¡Eva era la Biblia! Y, valga la redundancia, lo dice la misma Biblia: “Amaos los unos a los otros”. Sí, pero cerciórese al menos de que no la pillen con el “otro”.
Pero si lo dice la historia, ¿por qué venir ahora a cambiar, por nuestro propio sudor y cuenta, el curso de la misma? La Biblia, por ejemplo, dice que está bien amar al prójimo y también a los enemigos. ¿Será porque en ambos casos está hablando de la misma persona, es decir, de la pareja? ¿O acaso la interpretación libre de amar al prójimo se refiere al vecino con el que siempre se topa en el gimnasio? Entonces, si la misma historia es la que se encarga de darnos valiosas enseñanzas, ¿para qué hacerle fiesta a tanto caldo de costilla en cubito como si realmente nos solucionara la vida? Está demostrado que la modernización, en ocasiones, lo que ha hecho es complicarnos la existencia. Por ejemplo, si cocinar se vuelve tan sencillo como para que TODOS lo puedan hacer, los hombres ya no nos van a necesitar y no vamos a tener con qué chantajearlos.
Hablando de costillas y de religión, yo reclamo el derecho a volver a nuestras sanas y católicas costumbres. Porque Eva sí que la tenía clara. ¡Y, además, literal, era la Biblia! Eva sí que sabía vivir bueno. La mujer más sabia de todas. La más vividora fue indiscutiblemente la primera mujer. La más mantenida. ¡Amén! Eva llevaba una vida tan buena que no tenía que lavar ropa ni cocinar. No solo no había fuego ni existían los populares electrodomésticos, ¡sino que la única prenda de vestir que tenía Adán era un simple taparrabos!
Si todo era tan sencillo y funcionaba bien en el Paraíso, ¿para qué venir ahora a amargarnos la vida con tanto sobregiro y hasta el pago de un miserable masaje capilar? Está escrito en la Biblia que, devotas o no, este es el único ejemplo que religiosamente deberíamos seguir. El de Eva, mi nuevo ídolo y el personaje histórico por el cual he venido replanteando mi posición frente a la vida: haz lo mínimo, finge demencia y así ellos quedan felices y contentos. ¿Será verdad tanta belleza? Analicémoslo.
Todo empezó así: Adán, de seguro aburrido y solitario en el jardín del Edén, se había cansado de conversar con las plantas, de echarle agua a las flores, de tratar de seducir a la lagartija en el árbol de mango del huerto y de armar plan con la culebra que, por más que lo intentara, no le parecía ni remotamente atractiva cuando cometió el gran error de su vida: pedirle a Dios una compañera de carne y hueso. El Señor quizás le advirtió que, debido a los altísimos aranceles y a todo el trabajo que había tenido creando el mundo en tan solo siete días, lamentablemente se había quedado sin materiales para confeccionarla, pero que haría un experimento: la sacaría de una de sus costillas. A Adán, por supuesto, no le gustó mucho la idea, pero accedió ante la falta de opciones.
A lo mejor, Dios se excedió un poco en su generosidad y le concedió el deseo de tener a su lado, para “el resto de la eternidad”, a una sensual fémina de curvas peligrosas que, aunque no lo atendía ni tampoco lo entendía mucho que digamos, al menos sí serviría de accesorio para acompañarlo a todos los eventos jartos, como todavía piensan algunos que es para lo único que servimos. La mentalidad masculina latina, entre los que no han podido o querido evolucionar, dicta que es mejor andar del brazo de una curvilínea mujer que enredado con una culebra, que es como ellos llaman a las mujeres que no pueden controlar.
Pero no nos desviemos del tema. El caso es que Eva sí salió de la costilla del primer colono, o sea, de Adán. Lo cual se constituye oficialmente como el primer trasplante del que se tenga conocimiento. Sabiendo que ella era parte de él, que había salido de su cuerpo y que existía por él, eso explicaría por qué Adán y todo su género se creen dueños y señores de Eva y toda su descendencia. La lógica masculina dice que, trasplante o no, prestada o no, sigue siendo su costilla. ¿O no? A mi juicio, esos son detalles ínfimos que ni siquiera vienen al caso. Porque las cosas no son de quien las tiene, sino de quien las necesita. Y como él necesitaba con desespero a una mujer, entonces, ¿de qué se queja?
El caso es que a Eva no solo la hicieron perfecta, sino que, genéticamente hablando, le incorporaron una información que regiría a toda su descendencia: recostarse viene, pues, de costilla. ¡Y recostarse significa que la mantengan a una! Eva, la primera mujer, nació predestinada para reinar como la primera mujer del Paraíso. Eva no aspiraba a ser la primera ministra ni la primera dama de ninguna nación; ella solo quería ser la reina de un lugar paradisíaco en el que no tuviera que hacer nada distinto a caminar, broncearse y respirar de vez en cuando. Y eso cuando no estuviera muy ocupada haciendo yoga o pilates debajo del árbol más cercano. Eva no tenía que pensar mucho, no tenía que hacer nada y no tenía que pagar nada, pues todo era absolutamente gratis. Qué vida la que se daba la primera mujer.
Su única responsabilidad era andar en paños menores provocando a Adán para que le hiciera todo tipo de favores. Todo era perfecto en ese entonces.
Eva era tan inteligente que mandaba a Adán a que lidiara con las culebras (así le decimos en Colombia a los acreedores insistentes y fastidiosos). Y también hacía que se encargara de toda la parranda de acreedores que hacían fila para cobrar la afición (o más bien adicción) de Eva a las manzanas prohibidas del Edén. Y como en el Paraíso no había bancos, el pobre Adán habrá tenido que empeñar hasta los dientes para ponerse al día.
Ha podido ser peor, pues Adán era tan poco hábil para los negocios que ni siquiera fue capaz de negociar con la bendita culebra ni de convencer al Todopoderoso para que no nos desterraran del Paraíso (ahora que lo pienso bien, tal vez, por eso, y para que no se repita la nefasta historia, es que casi todas las gerentes de banco son mujeres). Pero Adán lo pagó bien caro: no solo lo desterraron del Paraíso, sino que lo obligaron a cargar con nosotras… ¡Y con nuestras deudas!
Una vez deportados, al menos Eva tenía a Adán para que hiciera las vueltas jartas. En cambio, hoy en día, por dárnoslas de autosuficientes, es a nosotras a quienes nos toca hacer la fila en el banco; fingir en el teléfono que somos otras para que no nos fastidien; pagar las cuentas del agua, la luz y el teléfono; recoger a los niños en el colegio, y llegar a tiempo para hacer el almuerzo. Y yo me pregunto: ¿qué demonios es lo que queremos demostrar? ¿Acaso que todo lo podemos y que nada nos afecta porque somos “supermujeres”, multitaskers extraordinarias…? ¿O somos, más bien, esclavas disfrazadas? No sé ustedes, pero hacer tanto, tanto oficio y tener exceso de cargas y responsabilidades, a mí, en lo personal, me tienen súper: superagotada. Lamentablemente, todo esto quedó aún más expuesto y demostrado durante la pandemia del 2020, en la que las mujeres fuimos quienes tuvimos que dividirnos en veinte porque había que trabajar, educar a los niños y manejar la casa. Sí, la mayoría sabemos hacer de todo, pero ¿por qué o para qué hacerlo si seguimos siendo subvaloradas?
¿Por qué, si Eva nos enseñó que el simple hecho de existir y procrear ya es un privilegio, insistimos en darnos mala vida y en suplantar a Adán en todos sus deberes? ¿Para qué complicarnos la vida y quitarle las responsabilidades hacia nosotras que Dios le dio cuando pidió que nos creara? Sí, lo admito, Eva es mi ídolo porque a ella le sobraba el tiempo para todo. Desayunaba y quedaba desocupada. En cambio, yo, por desafiar los parámetros bíblicos, desayuno por ventanilla en el McDonald’s más cercano y de afán porque siempre voy tarde a todos lados. A las mujeres autosuficientes el tiempo nunca nos alcanza para nada. Me visto en el ascensor, me lavo los dientes en el carro y me peino mientras manejo, cuidándome, eso sí, de no terminar estampillada contra un poste de luz de camino al trabajo.
¿Y una playa para tener una buena excusa para broncearme? Solo la veo en fotos o una vez al año durante mis vacaciones, valga la pena aclarar, no remuneradas. Por su parte, Eva, que no pretendía ser tan perfecta como la mayoría de nosotras en la actualidad, endeudó a Adán hasta el cuello y por eso nos culpan de haber sido desterrados del fabuloso Paraíso. De seguro los mandaron a un paraje menos exótico, pero no directo al infierno en el que a veces se convierten las caóticas ciudades en las que muchas mujeres vivimos. Me rehúso a creer que Dios los castigó al punto de fomentar nuestra extinción. Fijo los mandó a vivir en un sitio menos arborizado, con un clima diferente o con estaciones para obligar a Eva a aprender a coser y así embarcarse en alguna actividad realmente útil, como la modistería. Sí, el castigo para Eva de pronto fue tener que aprender a zurcir y a tejer para no morirse del frío y a cargar con el resentido de Adán, quien nunca le perdonó que, por su culpa, los hubieran sacado del resort cinco estrellas en el que habitaban.
Pero estoy segura de que la intención del Altísimo nunca fue acabar con la especie humana que tanto trabajo le costó crear a su imagen y semejanza. ¿Para qué iba Dios a mandarlos a la gran ciudad y a exponerlos al smog, al calentamiento global, a la contaminación auditiva y visual, a donde hay trancones, bancos y tasas de interés altísimas? A donde la especie humana se extingue rápido entre el tráfico, jefes insoportables y ventas al por mayor y al detal. Donde la fe se agota en medio de tanta desilusión amorosa. Donde hay bares de mala muerte y clubes de los que tenemos que sacarlos caídos de la borrachera los fines de semana. ¿En qué nos metieron? Adán ha debido negociar mejor con esa culebra. A lo mejor ha debido mandar a Eva, pues seguro habría utilizado bien sus recursos de persuasión con los que también nació dotada la primera mujer. ¿Culpable Eva? Obvio que no. Más bien, ¿quién mandó a Adán a dejarse echar del Paraíso?
Entonces, si eso dice la Biblia, ¿por qué cambiar el curso de la historia, de nuestra propia historia, si es más que evidente que Eva la pasaba mucho mejor y tenía mil veces menos obligaciones que nosotras? No entiendo a quién se le pudo ocurrir la idea de que tener responsabilidades propias es la verdadera libertad. Es otro tipo de esclavitud, pero mejor disfrazada. ¿Pagar cuentas es divertido? ¿Dominar términos complicados como Codensa, ETB, Enel y EPM era útil para algo? ¿A quién se le ocurrió eso? El mundo sería un lugar mejor para vivir si en vez de CADES hubiera más peluquerías, si en vez de supermercados hubiera más restaurantes franceses, si a cambio de embotellamientos vehiculares hubiera más cruceros por el Mediterráneo y si en vez de tanto caldo Ricostilla hubiera más costillas de Adán para que, como lo dice la Biblia, nos recostemos en ellos.
Honestamente, no entendía antes, y sigo sin entender ahora, ¿cuál es todo este afán de querer cambiar los parámetros, declararnos autosuficientes y lidiar con cuanta culebra se nos atraviesa? ¿A quién se le ocurrió que era una buena idea quitarles todas las responsabilidades a ellos y quedárnoslas nosotras? La realidad, así protesten algunas, es que la vida sería mucho más fácil si fuéramos más religiosas y leyéramos la Biblia… Si aprendiéramos a fingir que no somos ni tan útiles a la sociedad, ni tan capaces, ¡ni mucho menos tan inteligentes! ¿Será?
Lo lamentable es que, a pesar de todos nuestros esfuerzos y del terreno que hemos venido ganando en los distintos ámbitos, al parecer muchos caballeros (en algunos casos, solo de nombre) insisten en vivir en el pasado y, para considerar siquiera conformar un hogar con alguna mujer, no quieren a su lado a una que piense u opine demasiado y buscan devolvernos a una época en la que la mujer era un cero a la izquierda. Cuando no teníamos ni voz ni voto. Algunos hombres inseguros, retrógrados y en constante estado de negación nos prefieren escasas de neuronas y malas para pensar. Lo irónico es que aún no se han dado cuenta de que no existen las mujeres brutas, sino que, con astucia, intuición y por un puro y físico sentido de supervivencia, desarrollado al extremo en un mundo aún dominado por el nocivo y obsoleto patriarcado, algunas hemos aprendido a fingir mejor que otras que lo somos (insertar aquí un guiño de ojo).
Dicen las malas lenguas que Eva no quería la manzana porque tenía hambre, sino ¿porque era prohibida?
CAPÍTULO 2
DE LOS JUGUETES MALOS Y OTROS DEMONIOS…
Si desde pequeñas nuestras madres y abuelas nos enseñaron que hay que tener una mentalidad y voluntad sumisas y serviles para lograr subsistir en pareja, ¿qué se puede esperar de nosotras cuando seamos adultas? ¿Qué responsabilidad real tienen las progenitoras en nuestros problemas de adultas? ¿Será por culpa de los juguetes?
¿Quién nos dañó la cabeza? No sé si fueron las madres, que ya venían con la cabeza dañada por las madres de ellas y así sucesivamente. El caso es que muy divinas y todo, pero nos llenaron la cabeza desde pequeñas con las ideas más aberradas y erróneas de cómo serían nuestras vidas. ¿Quiénes son los culpables de tanto regalo malo, que no son más que ejemplos perversos de lo que ellos quieren que hagamos, pero no de lo que nosotras realmente queremos y nos sentimos preparadas para hacer? Fueron, sin querer, los padres, o tal vez los fabricantes de juguetes, que, como una especie de secta, se confabularon en contra de las mujeres para que desde pequeñas nos resignemos a nuestra suerte cuando seamos adultas: a ser unas mal pagadas amas de casa. Porque es muy extraño que el hombre se haya resistido a evolucionar a la par, que se resista a nuestros encantos y decida quedarse con las menos preparadas, pero sí con las más juiciosas y mejor mandadas.
Con esas a quienes muchas mujeres independientes alguna vez hemos tildado (injustamente, debo aclarar) como “modelo a no seguir”. Eso sí, un modelo que hoy en día, veinte años después de haber publicado la primera edición de este libro, de haber madurado (obvio en contra de mi voluntad) y de haber sobrevivido a una pandemia, admiro profunda y respetuosamente, pues el trabajo de una ama de casa es igual o incluso más arduo que el de cualquiera que trabaje por fuera de ella. Entonces, ¿será cierto aquello de que en la actualidad hay sobrepoblación femenina? ¿Será que muchos de ellos, en especial en Latinoamérica, siguen convencidos de que para cada hombre hay siete mujeres desesperadas en el mundo? Corrección: de esas siete, por lo menos cinco somos profesionales y bajo ningún punto de vista queremos casarnos con alguien que piense así. En teoría, les quedarían dos. Así pues, ¿qué es lo que tienen esas dos mujeres que sí logran bajar la guardia y establecerse con cierta comodidad dentro de un hogar?
¿Será que de verdad están cómodas o están fingiendo igual a mí cuando simulo orgasmos para no acomplejar a mi pareja las veces que tengo sexo sin ganas? ¿Será que esas mujeres, a quienes las demás hemos criticado tanto en el pasado, son en realidad mujeres brillantes? ¿Mata Haris disfrazadas con delantal y armadas de balde y trapero? ¿Será esta una secta de mujeres conformistas? ¿O acaso somos otras las equivocadas, pues ellas sí saben cuál es el secreto para convivir en paz con los hombres sin tener que competir? Lo cierto es que para que una mujer pueda realizarse hoy en día en lo profesional, y si además aspira a vivir en pareja, primero deberá descubrir el secreto para encontrar el balance entre ambas cosas y poder gozar así de la tan anhelada estabilidad emocional. ¿Pero cómo logramos eso?
Tal vez podamos encontrar la respuesta remontándonos a nuestra infancia, pues la culpa de gran parte de los traumas femeninos bien podrían tenerla los juguetes inútiles con los que nos estigmatizaban desde niñas. Juguetes en apariencia inocentes que, en la práctica, solo sirven para frustrarnos cuando somos adultas. Piénsenlo. ¿Por qué será que a las mujeres no nos regalan, como a ellos, ni los carros supersónicos, ni el superhéroe con poderes intergalácticos, ni la consola de PlayStation con esos videojuegos violentos en los que muere hasta quien lo creó? ¿Por qué nunca nos obsequian algo que nos invite a soñar siquiera con un futuro mejor o, al menos, diferente? Nos cansamos de escuchar argumentos, entre los cuales el más popular es: “Esos no son juguetes para niñas”. Ni se imaginan que hoy somos más peligrosas con una plancha que con un arma con silenciador. Lo que los padres no saben es que, en secreto, no solo deseamos este otro tipo de juguetes, sino que, incluso, a escondidas, los usamos cuando el hermanito menor se duerme.
Porque sépase que la internacional y reconocida envidia femenina tiene sus raíces en la infancia y proviene precisamente de desear el juguete ajeno. De nada valía manifestar las ganas de intercambiar nuestra Barbie manicurista por el He-Man de ellos. Nosotras corríamos el riesgo de que nos tildaran de bruscas y a ellos de delicados. Todo para que, años más tarde, terminemos intercambiando con los dizque metrosexuales las cremas antiarrugas y tónicos faciales. ¿Para que enseñarnos que los hombres deben ser de una manera y las mujeres de otra si en los tiempos que estamos viviendo todo es bi…? Bilingüe, bilateral, bisexual. A lo mejor todo era un complot para someternos y engañarnos. Para que creyéramos que hacer oficio es divertidísimo. ¡Yupi!
O, díganme, ¿para qué demonios nos sirve la licuadora esa de las bolitas de icopor saltarinas, la aspiradora que nos regalaron a todas que hace “rrruuun” o el combo de trapeador y escoba que barre de verdad? Para hacer bulto en la cocina, para nada más. ¿Será que, por el contrario, nos hicieron un favor al mantenernos en el atraso absteniéndose de regalarnos juguetes tecnológicos y computarizados? Porque la realidad es que el único juguete eléctrico, o de baterías, que las mujeres aprendemos a usar, y eso, después de los treinta, ¡es un vibrador! Y, OJO, señoras, que el tamaño sí importa. Eso de
