Síndrome
Empecé a escribir El síndrome de Ulises a mediados del año 2003, en Roma. Tenía apenas 37 años, pero me sentía bastante mayor e incluso prematuramente envejecido, como si el paso del tiempo se hubiera ensañado haciéndose más denso y algo sombrío. Eran tiempos extraños. Sin embargo, mi vida de escritor funcionaba. Los libros anteriores, a partir de Perder es cuestión de método, se distribuían en toda América Latina y España con buenas críticas, e incluso circulaban en otros países traducidos a más de una docena de idiomas. Todo iba bien, pero algo en mi interior, una cierta oscuridad, me impedía estar satisfecho. ¿Qué pasaba? Sentía un malestar nebuloso, el asedio de viejos miedos y una gran inseguridad en cuanto a mi fuerza para seguir en el mundo del modo que anhelaba. Eran las irradiaciones y tal vez la inquietud de una época lejana que yo creía concluida, pero que aún estaba ahí. Intenté sobreponerme a todo eso con trabajo, amor, amigos, viajes, solitarias caminatas, alcohol y, por supuesto, escritura, pero el problema estaba en el pasado, en mi vida de París a principios de los años noventa, en la terrible apuesta que decidí hacer. Ahí se ubicaba mi zozobra, en ese gélido tablero de juego en el que, a los 24 años, puse todas mis fichas, las pocas que había logrado reunir en una juventud azarosa y frágil, y que era lo único de lo que disponía en ese momento.
La herida provenía de ahí.
Habían pasado más de diez años y la situación era otra, pero aún me despertaba sudando en medio de la noche, angustiado por un hambre que ya no tenía y con miedo a perderlo todo y volver a esas calles frías e inhóspitas. Aún llevaba por dentro ese París triste como una larga enfermedad que parecía incurable. Era la consecuencia de esa prueba que me impuse, voluntariamente, con la convicción de que ahí, en esa ciudad saturnal, podría lograr lo que más soñaba, lo que consideraba mi única razón de ser y por lo cual valdría la pena vivir, que era convertirme en escritor. Un escritor de verdad, como los que leía y admiraba, y no un proyecto de escritor, como tantos que conocía y conocería después. Debía arriesgarlo todo y aun así no era seguro que lo lograra, pero decidí intentarlo. Sólo podía perder lo que de todos modos no tenía, que no eran más que anhelos.
De ese modo operaba en mí la influencia de mis maestros, los grandes escritores latinoamericanos, sobre todo los del Boom, que se referían a París como el lugar obligado para un joven escritor, donde era necesario, como escribió Vargas Llosa, «hacer una vela de armas literaria». Fue allá donde Cortázar se convirtió en el novelista que quería ser y estableció con la ciudad una profunda relación poética. García Márquez escribió El coronel no tiene quien le escriba en un hotel de la rue Cujas y Vargas Llosa La casa verde en el tiempo que le dejaba libre su trabajo en la radio estatal francesa. También Julio Ramón Ribeyro hizo su obra en París, lo mismo que Severo Sarduy y Alfredo Bryce Echenique, cuya novela La vida exagerada de Martín Romaña fue un verdadero manual de supervivencia. A los latinoamericanos se sumaba mi admiración por el español Juan Goytisolo, a quien luego conocí en su sencillo apartamento de la rue Poissonnière. Y algunos otros: Henry Miller, con Trópico de Cáncer y Días tranquilos en Clichy, y Hemingway, por supuesto, y también James Joyce e Italo Calvino. Una larguísima lista que daba vértigo y a la que se sumaban, como es obvio, los propios franceses, sobre todo mis idolatrados Marguerite Duras, Malraux y, un siglo antes, nada menos que Balzac, el verdadero creador de la novela moderna.
Todo en mi vida apuntaba hacia París y para allá me fui, de una forma retadora. Corría el mes de octubre de 1990. Le escribí una carta a un viejo amigo colombiano, exiliado del M-19, anunciándole mi llegada a su casa, y sin esperar respuesta viajé con una maleta y 670 dólares en efectivo, capital con el que pensaba iniciar mi nueva vida de escritor. Como el «ruletista» del cuento de Mircea Cărtărescu, levanté la pistola cargada con 6 balas en el tambor, la puse en mi sien y apreté el gatillo.
¿Por qué me lancé a ese proyecto tan arduo sin tener ni los medios ni una mínima seguridad? Varias veces me lo preguntaron y varias veces intenté comprenderlo. ¿Qué podía yo decir de esa pretensión que sólo tenía sentido para mí y de la que yo era su única víctima? La juventud lo aguanta todo y me sentía dispuesto al sacrificio. Quería todo o nada, jugarme la vida. Si no lo hacía, de todos modos la llevaba perdida. Recuerdo haber hablado de esto con mi esposa años después, en la cama y con la luz apagada, en una oscuridad que parecía ideal para arponear las palabras.
«Mientras mis amigos estaban en Bogotá saliendo a cenar con sus novias, yendo a fincas los fines de semana, haciendo cabalgatas por los cerros, enamorándose y teniendo aventuras, gozando de una juventud de clase media en una ciudad latinoamericana, yo había decidido ser un inmigrante pobre en París. Lavaba platos en restaurantes hasta muy tarde o hacía mecánica en la calle, aterido y por unos pocos francos. Cuando ellos salían a discotecas o se preparaban para ir a bailar a Andrés Carne de Res, yo estaba solo en mi «chambrita» leyendo a Albert Camus en una edición barata, de segunda mano, pensando en la vida e imaginando situaciones imposibles, recostado en una colchoneta, sin la más mínima esperanza de que el teléfono sonara.
»Me desclasé. Salté al vacío, a una suerte de intemperie humana en donde ya no era nadie. Borré mis huellas y, de algún modo, fui otro. Comencé desde cero y en ese proceso logré convertirme en el hombre invisible. Las mujeres francesas que me atraían ni siquiera me registraban en su retina. Así fue mi vida en ese momento crucial, en el corazón de la juventud. Tenía 24 años.
»¿Y sabes algo?
»Lo hice porque quise. Nadie ni nada me obligó a hacerlo. Comí muchísima mierda, viví situaciones vergonzosas y tristes. Fui humillado. Caminé solo y tuve miedo solo. Viví lo que ninguno de mis conocidos vivió y poco a poco fui levantando la cabeza. Por eso cuando me acusan de ser un privilegiado me quedo en silencio. Nadie entiende mis fugas solitarias. Traigo heridas que los demás no tienen y que nadie puede comprender. Dirás que las busqué, que me las hice yo solo. Sí, es verdad. Pero fueron esas heridas y su lenta curación las que me convirtieron en escritor».
* * *
Llevaba años con la intención de escribir sobre esa época difícil, pero siempre acababa por eludirla, ahuyentado por terribles imágenes. «Aún debo curarme de todo eso», pensaba siempre, y seguía adelante con otros proyectos, hasta que un día, haciendo un cambio de avión en París, sufrí un ataque de pánico. Comencé a temblar y a sentirme perseguido. Una vieja úlcera me dobló en dos mientras caminaba hacia la puerta de embarque. Y de repente, desde alguna esclusa abierta en la memoria, irrumpió con fuerza el olor del frenado de los neumáticos del Metro parisino. Y vomité el alma. Perdí el sentido de orientación, tuve espasmos, la presión se fue a las nubes. Me llevaron a la enfermería del aeropuerto de Roissy y me suministraron calmantes. Años después sabría que esa crisis fue en realidad una manifestación tardía, encapsulada, de lo que ya se conocía como el «síndrome del emigrante» o «síndrome de Ulises», una especie de gran llamarada del estrés, la ansiedad, la soledad y la tristeza.
De cualquier modo, me repuse al cabo de un par de horas en ese aeropuerto y pude tomar el siguiente vuelo a Roma, y cuando el avión aceleró en la pista para el despegue sentí que escapaba de las fauces de un demonio, que me alejaba del mal.
Llegué a Roma como quien vuelve a la vida y al día siguiente, en mi casa de la vía Germánico, escribí la primera frase de El síndrome de Ulises, sin saber que me esperaba un largo año de «catarsis purgativa», de malestares ciegos, de escuchar a toda hora el eco de gritos atormentados y rotundos que no podía compartir con nadie más allá de la pantalla y el fichero de escritura. Escribí y escribí sin un plan específico, siguiendo una línea sinuosa dictada por la intuición, la invención y la memoria, que son las herramientas legítimas de cualquier novelista, sin tener una consciencia muy clara de hacia dónde iba, hasta que una noche, ahora instalado en una casa de campo cerca de Roma, en Casaprota, no lograba conciliar el sueño y, a eso de las tres de la mañana —la hora del dolor, «la hora en que los muertos entran en agonía y la iglesia está poblada de demonios», dice Ernesto Cardenal—, encendí la televisión y encontré un documental de Fellini sobre el mundo del circo. Contaba la historia de una pareja de payasos que habían trabajado juntos durante cuarenta años. En el número circense, uno de ellos salía al escenario y después de hacer brincos y carantoñas llamaba a su compañero, que aparecía por una puerta lateral. Pero el compañero había muerto. «Y ahora que estás solo, ¿cómo haces?», le preguntó Fellini al payaso, y éste le respondió: «Lo sigo llamando, siempre,
