Para mi tía Afra
Desde su pieza en el segundo piso, arriba del Grill Discotec Las Manzanas, la jueza promiscua municipal del municipio de Carepa miraba por la ventana la marcha de la camioneta que llevaba a los muertos hacia Apartadó. Era roja y cruzaba lento por una de las dos únicas calles del pueblo. Afra no sabía si el conductor reducía la velocidad porque entendía lo terrible de su carga o si tenía motivos más mundanos, como no dañar el carro del patrón con los huecos y las piedras de esa vía sin pavimentar. Aun así, agradeció su paso lento para poder despedirse, aunque fuera desde la ventana de su cuarto, mirando no ya las caras de sus amigos sino las formas de sus cuerpos empacados en las bolsas negras reglamentarias de la investigación judicial. La música de la discoteca de abajo de su casa retumbaba desde temprano pero ya, después de tantos meses, Afra había aprendido, si no a olvidarla, por lo menos a aguantarla como parte del paisaje durante el día, porque en la noche seguía sintiéndola como la primera vez. Desde que había empezado su trabajo como jueza no dormía una noche entera, si mucho cuatro horas, y de resto se robaba pedacitos de sueño en el escritorio del juzgado cuando nadie la veía, o después de almuerzo en la cantina de doña Minta, donde recostaba su silla contra la pared y se cubría la cara con un periódico para echarse una siestica sin que la gente se diera cuenta de que la que estaba ahí despaturrada era la jueza jovencita que había venido hacía unos meses desde Medellín. Solamente los domingos doña Minta, tan querida ella, le advertía que no se fuera a aparecer por la cantina, que ese día andaba siempre llena de borrachos con machete buscando tropel, por lo que le mandaba su almuerzo a la casa y Afra se pasaba el resto del día encerrada escuchando la algarabía de ese pueblo chiquito que crecía el fin de semana con todos los hombres que bajaban de las fincas cercanas a beber, a apostar y a pelear. Siempre a pelear. Ese era el pan de cada día en su trabajo, resolver hurtos, resolver accidentes de tránsito y sobre todo resolver pleitos. Que este le sacó un puñal a aquel y entonces que aquel le mandó un machetazo para que aprendiera por alzado y que este entonces casi pierde la mano y que ya no puede jornalear doctora y que el patrón lo echó de la finca, pero que entonces para qué anda por ahí buscando pleito con puñal en mano, que quién lo manda, que por fanfarrón y camaján.
Más allá del pueblo estaba la selva, en ese entonces todavía dura y casi impenetrable, apenas ahuyentada por los potreros y campos monocultivados. Sin embargo Afra sentía que ese pueblito al que había llegado por lotería y del que probablemente no se habría ido si no hubiera pasado lo que pasó, era una isla en medio del río verde de la selva. Hacia arriba estaba Chigorodó, hacia abajo Apartadó. Carepa era apenas una pausa en el camino, un cruce de calles con más cantinas que casas, como uno de los pueblos de las novelas del Viejo Oeste que tanto le gustaba leer a su papá. Cuando la camioneta roja se perdió a lo lejos, más allá de lo que se podía ver desde su ventana, Afra sintió que se le agarrotaba el pecho y le faltaba el aire, pero no se alarmó. Estaba acostumbrada a un asma que, desde su infancia, trataba de ahogarla sin tregua y ella a no dejarse. Sabía cómo aguantar lo suficiente para buscar en el nochero el polvo Isabar. Cada respiración sonaba como una bomba desinflada en su garganta y sentía unos dedos que se cerraban apretando sus pulmones hasta que no podía entrar nada en ellos. Afra se ahogaba rodeada del aire que sus bronquios no eran capaces de respirar. Del cajón del nochero sacó el frasco con el polvo, la tapa de aluminio, el cono de cartón y los fósforos. Puso un puñado del polvo gris sobre la tapa y con un fósforo lo prendió hasta que este empezó a echar un humo oloroso. Rápida, porque entendía el valor de ese humo, puso el cono sobre el polvo humeante y aspiró hondo. Entonces lo sintió, los pulmones que se abrían, el aire adentro, inflándolos. Podía respirar de nuevo. Aspiró dentro del cono hasta que estuvo segura de que no quedaba nada, no le gustaba desperdiciar. Luego volvió a lo que estaba haciendo. Empacaba en bolsas de plástico su ropa y las pocas cosas con las que había llegado. Quería que fueran varías bolsas, no muy llenas, para que no llamaran la atención, para que no parecieran equipaje sino cualquier cosa que alguien puede llevar en la mano cuando tiene que hacer vueltas de un pueblo a otro. Con cuidado dobló sus camisas, algunos pantalones y un par de vestidos. Dejó separadas una blusa blanca con florecitas amarillas que iba a regalarle a doña Minta, y otra de rayas azules y blancas que le daría a doña Celsa. Confiaba en ambas mujeres, quienes la habían recibido como a una hija perdida y encontrada desde que llegó al pueblo. Puso todo en orden sobre la cama para que a doña Celsa le quedara fácil sacar las cosas más tarde, salió de su casa y cerró la puerta. En las escaleras por las que bajaba al primer piso la música hacía temblar las paredes de cemento contra las que Afra se recostó para dejar que el retumbar la invadiera. Pensaba que, sin la música, solo el movimiento parecía un rugido cavernario surgiendo de la tierra misma, algo grueso y antiguo que se quejaba muy en el centro del planeta, un animal del monte parecido a ese que bramaba metido en el bosque de su infancia, mientras ella, acostada en su cama y cubierta de cobijas gruesas que la protegían del frío, lo escuchaba a lo lejos a las afueras del pueblo, apenas como un eco terrible. Se imaginaba un toro negro perdido entre la vegetación de la montaña, bravo, echando humo por las ñatas. Se imaginaba un verraco enorme y peludo, con colmillos largos, chillando sus chillidos roncos. Aun así, el Grill Discotec Las Manzanas era otro animal, otro bramido brotaba de sus entrañas, más metálico, más afilado, pero para ella igual de amenazante. Y a Afra, mientras salía y cerraba la puerta con doble llave, la sorprendió ese miedo infantil que hacía tiempo no la visitaba. Ese miedo al animal del monte. Ella, apenas una niña de siete años, sentía que había una bestia invisible que la perseguía acechante, esperando el momento de mandarle el guascazo, de arrancarle el pedazo, de masticársela viva. Había algo que tarde o temprano iba a agarrarla, por más que ella se escondiera.
Cruzó la calle destapada y avanzó un par de cuadras hasta la cantina de doña Minta. En la mano llevaba una bolsa con las blusas para las señoras y colgada al hombro y bien agarrada con la otra mano, su carterita de cuero café, siempre al paso apurado del miedo que ya apenas si podía disimular. Tal vez eso que amagaba con agarrarla desde hacía tanto tiempo finalmente la había alcanzado ahí en ese pueblo caliente y lejano.
A la cantina, Afra llegó más empujada por el calor y la humedad de la tarde que llevada por sus piernas. Todavía no era capaz de respirar del todo bien y con ese aire húmedo le parecía aún más difícil, como si estuviera tragando agua. Doña Minta la saludó igual que siempre. Le dijo doctora. Todos en Carepa le decían doctora. Afra le recibió el tinto que le ofrecía, negro e hirviendo, como aprendió a tomarlo de su mamá, porque no había nada mejor para el calor de ese pueblo que un tinto ardiente, de esos que escaldan la garganta hasta dejarla insensible. Se sentó en una mesa a esperar a doña Celsa con la que había quedado de verse en una hora para entregarle las llaves de su casa y por ahí derecho la blusita que quería regalarle. Mientras tanto se distrajo conversando con doña Minta, que aprovechaba la visita de la doctora para ver qué chismes le podía sacar de cosas del juzgado, pero esa tarde no hubo mucha conversa. Afra estaba intranquila, ese miedo que no se le despegaba desde que pasó lo que pasó, le parecía cada vez más insoportable. Doña Minta claramente se dio cuenta porque le puso un trago de aguardiente en la mesa. Pa’ los nervios, doctora, le dijo. Aunque nunca tomaba, Afra se pasó el licor en un par de tragos largos y esperó, agarrada de su cartera, y del borde de la silla, y de la copa vacía, y agarrada de cualquier cosa mientras entendía que cuanto más se acercaba el momento, más miedo sentía, como una avalancha. Como un aluvión.
Se miró las manos blancas y limpias porque desde que pasó lo que pasó le quedó una obsesión por lavárselas a todas horas con mucho jabón y cuidado de cirujana. Sabía que estaban limpias y aun así las volvía a ver llenas de sangre. Sangre que no era suya. Sangre que era la de sus amigos, dos maestras y un maestro que también venían de Medellín y que trabajaban en escuelas cercanas a Carepa. Sangre fría y oscura que fluyó dentro de sus cuerpos y que luego fue reguero negro manchando la mano de Afra, la jueza promiscua municipal del municipio de Carepa, que hacía el levantamiento de los cadáveres. Aunque todos eran de Medellín, fue allá en ese pueblo caliente y plano, sentados tomando café en la cantina de doña Minta, donde se dieron cuenta de que eran prácticamente vecinos. Vivían por el mismo lado. Jorge, el maestro, muy cerca de la casa de los papás de Afra, frente a la iglesia de Manrique, y las dos maestras, Laura y Cecilia, habían compartido un apartamentico más abajo en Aranjuez. Pero fueron a conocerse lejos de las montañas, más cerca del mar. En parte se habían hecho amigos porque no les quedaba de otra, tenían que acompañarse, pero a Afra le alegró que fueran buenas personas, tranquilos, que no se burlaran de su inocencia. A veces le decían santa Afra porque no bebía ni fumaba, ni siquiera bailaba. A Afra lo único que le gustaba era salir, ver gente y conversar, sobre todo conversar. Eso de hablar sin tregua le había quedado después de pasar años de su infancia sola en una cama sin poder respirar mientras escuchaba a sus hermanos afuera jugando por el pueblo. Envidiaba sus historias que para ella sonaban como aventuras fantásticas. Esta culicagada no se ha muerto de milagro, decían a veces las personas cuando se la encontraban en la calle con su mamá, por esa asma terrible que tenía. Pero Afra sabía que su vida no era fruto del milagro sino del esfuerzo y de la búsqueda incesante de sus papás por una cura que la pudiera aliviar. Ella conocía, a sus siete años, más formas de sanar que mucha gente en toda una vida. Una vez habían obligado a su hermano Chepo a esperar con las manos encocadas debajo de una gallina negra guachipelada que iba a poner un huevo, porque el huevo no podía tocar el suelo, lo tenía que recibir él en sus manos. Luego ese huevo lo metieron toda la noche en un vaso con jugo de limón y aceite. Y al otro día su mamá le dio a Afra ese jugo con el huevo reventado para que se lo tomara de a tragos grandes. Así eran casi todas las curas, tomarse algo asqueroso de a tragos largos para poder aguantar. Algunas veces le ponían aceite de ricino caliente con bolas de manzanilla en el pecho y en la espalda para calentarle los pulmones, y ella se sentía como una crucificada. Otras veces le ponían los cristales de una penca asados sobre el pecho, o le daban para comer un polvo de cucarrón negro molido que tenía que pasar con aguapanela. La única cura que sí le gustaba era cuando su papá se levantaba temprano y salía en sus calzoncillos blancos al patio de atrás donde tenía una colmenita. Con maña sacaba un poquito de miel y la calentaba en una olla con mantequilla de vaca hasta que creaba una melcocha que le daba a Afra junto con un pocillado de leche caliente.
Como doña Celsa nada que aparecía, Afra le pidió un café más a doña Minta. Sabía que no estaba teniendo otro ataque de asma, pero el miedo le agarrotaba la garganta de una forma muy similar. Temía que algo le hubiera pasado a Celsa, que alguien se hubiera enterado. No quería levantar más cadáveres, ni tener más sangre en sus manos. El segundo tinto ya no estaba tan caliente, y Afra se lo fue tomando de a tragos cortos mientras intentaba conversar de cualquier cosa con doña Minta. Entonces abrió la bolsa para sacar la blusita. Se la dio a la mujer por debajo de la mesa para que nadie viera, porque ya de cualquier cosa la gente sospechaba, sobre todo si la jueza andaba por ahí repartiendo ropa. Yo sé que a vos te gustó y te la quiero regalar porque seguro que te queda más bonita, le dijo Afra sin mirarla. Doña Minta entendió la despedida de la doctora, entonces cogió el pocillo en el que le había servido el tinto, lo enjuagó y se lo devolvió limpio como regalo. Ese pocillo donde Afra había tomado café desde su llegada a Carepa era muy parecido a los pocillos que tenía su mamá en el pueblo, cuando a ella de niña le hacían todas esas curas para el asma, antes de descubrir el polvo Isabar. Era de porcelana blanca, con el dibujo de una flor rosada en el costado y una letra china azul en la parte de abajo. Con ese pocillo iba Afra juiciosa camino al matadero de la mano de su papá. El recuerdo la sorprendió de nuevo como el rugido del animal olvidado en el monte. Ella, de siete años, ensangrentada hasta los ojos, sentada entre las vísceras calientes de una vaca que hacía unos minutos había estado viva. Una mano se acercaba a ella ofreciéndole el pocillo lleno de sangre. Era la misma mano que con un puñal había chuzado a la vaca para que de su pecho saliera el líquido caliente y oscuro como de una canilla. Era la misma mano que la había agarrado con delicadeza para meterla en el vientre recién abierto, expectante y maloliente. Afra estaba acostumbrada a esa mano morena con las venas brotadas. La mano de su papá. De ella recibía el pocillo, no le gustaba tragar la sangre pero confiaba. Tomátela, mija. No vayás a dejar nada, le advertía él. Y Afra se esmeraba. Era difícil pasar ese líquido caliente, tragárselo, pero ya el olor no la molestaba tanto. Casi se había vuelto reconfortante el sabor a hierro en la boca. Todo su cuerpo de niña se sentía bien, cómodo dentro del cadáver, calientico, arropado. Podía finalmente respirar profundo, sentir que no se ahogaba. Se tomaba la sangre feliz, como se toma el alimento, y se acomodaba mejor para que el costillar abierto del animal no le tallara. Se miraba las manos llenas de sangre y con ellas se embadurnaba los brazos y la barriga y los cachetes hasta quedar toda roja, toda parte del animal.
Para Afra, en ese recuerdo de su infancia, ella había estado sentada no en las entrañas de una vaca, sino en las entrañas mismas del animal del monte, ese que la perseguía rugiendo y de cuya sangre ella había sacado la fuerza para no morirse. En cambio, en ese momento en Carepa, Afra temía estar sentada en la panza de otro animal, en las entrañas inescrutables de una bestia que casi terminaba de tragársela viva. La sensación de la sangre de sus amigos en sus manos no se le quitaba, aunque se las mirara constantemente para vérselas limpias. Doña Celsa apareció por la esquina con cara de acontecida y se sentó en la mesa con Afra, mientras Minta atendía a lo
