2
Se tumbó cuan largo era en la arena caliente, que crujía bajo sus pies. Cerró los ojos, relajó el cuerpo y se quedó aún más quieto para, con cada centímetro de piel abrasada por el sol, con todo el rostro ofrecido a la resplandeciente luz del cielo de agosto, pálido de calor, disfrutar de una sensación única de dicha silenciosa, perfecta, casi animal.
Alrededor, ágiles y semidesnudos, deambulaban hombres y mujeres, jóvenes y atractivos en su mayoría, e increíblemente bronceados. Otros, tumbados al sol en grupo, secaban sus chorreantes cuerpos, como él. Adolescentes de torso desnudo jugaban a la pelota en la orilla, como sombras chinescas deslizándose por la arena clara. Cansado tras el largo baño, Yves cerró los ojos. El fulgor del mediodía atravesaba sus párpados y lo sumía en unas tinieblas de fuego, en las que rodaban grandes soles a la vez oscuros y deslumbrantes. Las olas rompían con ruido de potentes alas, colmando el aire con su sonoro batir. Una aguda risa infantil arrancó de su letargo a Yves; unos rápidos piececitos pasaron corriendo junto a él y, al instante, un puñado de arena le salpicó el cuerpo. Se incorporó.
—¡Pero bueno, Francette! —exclamó una voz de mujer indignada—. ¿Quieres portarte bien y venir aquí ahora mismo?
Ya del todo despierto, Yves se sentó con las piernas cruzadas y los ojos bien abiertos. Vio una atractiva silueta femenina enfundada en un bañador negro, que tiraba de la mano de una niña de dos o tres años, regordeta y muy vivaracha, con un casquete de pelo rubio, desteñido por el sol hasta volverse pajizo, y un cuerpecito rollizo y tan oscuro como el de un negrito.
Las observó mientras se dirigían al agua. Con placer inconsciente, causado tanto por la pequeña como por la guapa mamá, las siguió con la vista largo rato. No había logrado distinguir el rostro de la adulta, que sin embargo tenía una figura tan grácil como una pequeña estatua. Sonrió al imaginar el cúmulo de circunstancias que habrían sido necesarias en París para disfrutar de aquel espectáculo, que tan natural parecía allí. Según la veía en ese momento, con las líneas y las sinuosidades de su cuerpo perfiladas en el fino bañador, aquella mujer, morena y rosa, le pertenecía un poco también a él, un desconocido, puesto que se mostraba casi tan desnuda como lo habría estado frente a un amante. Quizá por eso, cuando la joven desapareció entre la multitud de bañistas, Yves sintió una pequeña, fugitiva angustia, una de esas extrañas pesadumbres que son a los grandes disgustos lo que el pinchazo de una aguja a la herida de un cuchillo.
Se tumbó sobre un costado con una leve y repentina sensación de tedio y empezó a jugar distraídamente con un puñado de dorada arena, que se deslizaba entre sus dedos como las finas, sedosas e irritantes hebras de una cabellera. Luego, volvió a mirar el mar, con la esperanza de ver surgir de las olas a la desconocida. Morenas y sonrosadas figuras femeninas desfilaban ante él, pero, para su impaciencia, no la que había visto hacía un momento. Al final, consiguió localizarla gracias a la niña, que atrajo su atención con su llanto y sus pataleos: el motivo de su sonoro berrinche era el agua salada, que sin duda acababa de probar. La mamá reía sin poder contenerse, la llamaba «tontorrona» y trataba de consolarla. De pronto, se agachó, la levantó en el aire, se la sentó en un hombro y echó a correr. Yves apreció con toda claridad el contorno de sus pechos, altos y bien modelados, y de su talle, flexible y robusto, como sólo lo tienen las mujeres muy jóvenes del presente, que nunca han usado corsé, andan mucho y han bailado toda la vida. Fuerte y a la vez delicada, evocaba vagamente la idea de una mujer griega que corriera con el cuerpo erguido, sosteniendo un ánfora sobre el hombro en posición vertical. Así era como llevaba a su preciosa hijita, y parecía muy sencilla y muy hermosa en aquella hermosa y sencilla naturaleza. Con una especie de ansiedad, Yves se apoyó en los codos para observarla a placer cuando pasara frente a él: quería verle la cara. Y se la vio: casi tan atezada y bronceada como la de su pequeña, con la barbilla redonda y hendida por un hoyuelo, los labios rojos, húmedos y entreabiertos, que debían de saber a agua y sal, y la expresión entre candorosa y seria de los niños y a veces de las mujeres muy jóvenes. Luego, también se fijó en la corta melena, en los negros mechones que, agitados por la fuerte brisa marina alrededor de la pequeña y despejada frente, recordaban, fuertes y rebeldes, los rizos de mármol de la estatua de un adolescente griego. Era realmente bella. Pero ya había desaparecido dentro de una tienda. Yves, que no había tenido tiempo de fijarse en el color de sus ojos, se sintió decepcionado.
Poco después, cruzaba el jardín del hotel. El aire libre y el sol lo mareaban un poco, le producían un ligero dolor de cabeza, irritante y tenaz. Caminaba despacio y con los ojos entornados, sin conseguir librarse de aquella terrible luz, que parecía haber quedado atrapada entre sus pestañas y le hería la vista, acostumbrada a los tonos más apagados del cielo parisino. Al entrar en el vestíbulo, lo primero que vio fue la niña que le había arrojado arena, saltando y riendo a carcajadas sobre las rodillas de un hombre vestido de blanco. Yves lo miró con atención y creyó reconocerlo. Le preguntó su nombre al botones del ascensor.
—Es el señor Jessaint —respondió el chico.
«Pero si lo conozco...», se dijo Yves.
No le cabía la menor duda de que era el marido de la preciosa criatura de la playa; mas, en lugar de alegrarse de la casualidad, que le permitiría conocerla de un modo sencillo, rápido y cómodo, con toda la incongruencia de que es capaz el ser humano, refunfuñó:
—¡Vaya por Dios! Gente de allí... ¿Es que no pueden dejarlo a uno solo y tranquilo quince días?
3
Yves Harteloup había nacido en 1890, en pleno «fin de siglo», bendita época en la que en París aún había hombres que no hacían nada, en la que se podía ser perverso con empeño y vicioso con orgullo, en la que, para la mayoría de los mortales, la vida, encauzada y apacible, discurría como un arroyo cuyo curso uniforme y cuya probable duración resultaban más o menos previsibles desde la fuente.
Yves era hijo de un «hombre de mundo», como se decía entonces, de un parisino de pies a cabeza que había llevado la ociosa y ajetreada existencia de todos sus congéneres. Había tenido dos pasiones: las mujeres y los caballos. Unas y otros le habían proporcionado las mismas sensaciones de embriaguez, de apasionado desenfreno, de riesgo. Gracias a los caballos y a las mujeres, aquel hombre que solamente había salido de París para ir a Niza o a Trouville, que en el mundo no conocía más que los bulevares, los hipódromos y el Bois, que lo único que había mirado eran los ojos de las mujeres, y sus bocas, lo único que había deseado, el día de su muerte pudo decirle al cura que le prometía la vida eterna: «¿Para qué? Sólo quiero descansar. Lo he visto todo.»
Cuando murió, su hijo tenía dieciocho años. Yves recordaba bien sus suaves manos, su sonrisa tierna y socarrona, el leve e irritante aroma que siempre dejaba tras de sí, como si los pliegues de su ropa hubieran conservado los perfumes de todas las mujeres a las que había acariciado... Yves se le parecía: también tenía unas manos bonitas, hechas para la ociosidad y el amor, y unos ojos claros y penetrantes. Pero si los del padre eran tan agudos y apasionadamente vivaces, a menudo los del hijo parecían apagados, rebosantes de hastío y desazón, profundos como aguas profundas...
Asimismo, Yves se acordaba muy bien de su madre, aunque la había perdido muy pronto. Todas las mañanas, la institutriz lo llevaba a la habitación materna cuando estaban peinándola. La señora Harteloup usaba finas batas de encaje llenas de perifollos que, cuando caminaba, sonaban como alas de pájaro. Yves recordaba incluso sus corsés de satén negro, que moldeaban su menudo y hermoso cuerpo, su arqueada silueta, a la moda de la época, su cabello pelirrojo, su piel sonrosada.
Había disfrutado de una infancia feliz de niño rico, sano y mimado. Sus padres lo querían, se ocupaban de él y, como creían conocer por adelantado la vida libre, desahogada y ociosa que sin duda lo esperaba, se esforzaron en inculcarle desde un principio el gusto por la belleza y las ideas, que ennoblece la vida, pero también por las mil sutiles pequeñeces del lujo y la elegancia, que la hermosean y la revisten de una dulzura incomparable. E Yves crecía aprendiendo a amar las cosas bellas, a gastar bien el dinero, a vestir bien, a montar a caballo, a dominar la esgrima y también, gracias a las discretas lecciones de su padre, a considerar a las mujeres como el único bien de este mundo, y la voluptuosidad, un arte; en suma, a ver la vida como algo bonito, ligero y agradable de lo que un hombre inteligente sólo debería obtener placeres.
A los dieciocho años, con los estudios terminados, Yves se vio huérfano y bastante rico. Forzado por el luto a una soledad relativa, aburrido, empezó a preparar vagamente la licenciatura en Letras. Luego pensó en viajar, porque en eso era distinto a su padre, como a toda la generación anterior, y no reducía el universo a la avenue de l’Opéra y al sendero de la Virtud. El extranjero le inspiraba una viva curiosidad, que su padre tildaba de «romántica» sonriendo con desdén. Así que Yves pasó varios meses en Inglaterra, soñó con un viaje a Japón, que no llegó a realizar, visitó pequeñas ciudades fantasma de Alemania, pasó jornadas tranquilas y mágicas en Siena y toda una primavera en España, cumpliendo un deseo arraigado en los días más felices de su infancia, que habían transcurrido en Hendaya, en la frontera española, en una antigua propiedad de sus padres, adonde lo mandaban a pasar el verano con su institutriz. Así, en constante movimiento, vivió algo más de dos años, hasta principios de 1911, cuando regresó a París para instalarse definitivamente. Se las arregló a fin de hacer el servicio militar en Versalles. Pasaron dos, tres años rápidos y gratos. Ahora se acordaba de ellos como de ciertas primaveras cortas y muy soleadas, de breves aventuras amorosas, tan fugaces y vacías pero a la vez tan deliciosas. Y luego, de improviso, en medio de esa existencia, estalló la guerra, como un trueno en un cielo azul.
1914. La partida, el entusiasmo inicial, el miedo a la muerte. 1915. El frío, el hambre, el barro de las trincheras, la muerte convertida en compañera habitual, que camina a tu lado y duerme en tu refugio. 1916. Más frío, más barro, más muerte. 1917. El cansancio, la resignación, la muerte... Una larga, larguísima pesadilla... Entre quienes sobrevivieron, unos, los burgueses, los tranquilos, habían vuelto iguales y retomado las antiguas costumbres, el antiguo carácter, como si fueran viejas pantuflas. Otros, los apasionados, habían retornado llevando consigo su rebeldía, sus ansias, sus atormentados deseos. Y algunos, como Yves, habían regresado simplemente cansados. Al principio creyeron que se les pasaría, que el recuerdo de aquellas horas negras se borraría a medida que la vida volviera a ser tranquila, normal, clemente, que un buen día se levantarían y de nuevo serían fuertes, alegres y jóve
